REDONDITA
JUANA CRAVERO
departamento 112 /Exhibicion/ Oct 2025
Herminio, Juana, Ringo & René
Relieve de Cemento
60 x 40 cm
1200 USD
Otra Luna Quemera
Oleo sobre tela
137 x 100 cm
1200
La rabona del fideo
Oleo sobre tela
116 x 76 cm
VENDIDA GRACIAS
Skay
Oleo sobre tela
116 x 76 cm
VENDIDA GRACIAS
Redondita
Oleo sobre tela
60 x 40 cm
VENIDA GRACIAS
Sin título
Oleo sobre tela
137 x 100 cm
1200 USD
Lija y Juanete
Oleo sobre tela
35 x 25 cm
400 USD
Bien debute
Oleo sobre tela
35 x 25 cm
300 USD
Sin título
Oleo sobre tela
35 x 25 cm
300 USD
01
02
03
04
05
06
09
08
07
200 - 200
400
1200
1200
900
700
400
Texto por Cristóbal Zanelli
Tenía 13 años. Hacía solo unas semanas que había terminado mi última temporada en las Infantiles del club. A fin de año se hacía la habitual entrega de trofeos que incluía la despedida a la última categoría. Ese año me tocaba a mí. Por primera vez, éramos los grandes del lugar, los veteranos, los maduros. �Vinieron los jugadores de Primera a felicitarnos, abrazarnos y regalarnos sus camisetas de la temporada pasada. A mí me dieron la número 5 y el que me la dio me hizo upa en los festejos. Me pareció una exageración: ya era un preadolescente, no hacía falta.
El jugador que me tenía a upa me decía:� —Así que vos sos Piñón Fijo.� —Sí, así me dicen acá.� Se reía.� —¿Me podés bajar? —le pregunté.� —¿Por qué te dicen así?� —Porque soy gracioso.� —¿Qué sos, Caniggia vos? — yo usaba una vincha.� —No, soy Riquelme —le decía—. ¿Me bajás, por favor?
La camiseta era hermosa: blanca, con cuello azul y celeste y dos líneas en el centro de esos mismos colores. Eran principios de los 2000 y estaban de moda camisetas como la de Independiente, llena de diablos, o la de River con los escudos en las columnas griegas. Esta tenía un estampado de serpientes verdes que se cruzaban formando las iniciales del club. Creo que la marca era Penalty. Era increíble. La perdí.
Las entregas de trofeos eran la síntesis de todo. Se hacían sábado o viernes por la noche y la canchita se llenaba de mesas largas llenas de gaseosas de segunda marca, sanguchitos y empanadas. Una verdadera fiesta popular. Humo, pelotas, griterío y olor a paty. Así debe ser el paraíso. Ahí, en una de las tribunas di mi primer beso a la hermana de Mati, el nueve goleador de la 91, hijo de los almaceneros del barrio. Fuimos novios 1 mes.
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Cada chico tenía un trofeo, aunque no haya ganado nada. Me acuerdo un año que me dieron uno que decía “2º puesto” y habíamos salido 15º en el torneo. Fue el año que festejamos perder 9 a 1 con Argentinos Juniors, que habitualmente nos metía 20. También fue el año que, por primera vez, aparecí en la tabla de goleadores de la revista: 16 goles en 20 partidos. El primero tenía 64.
Ese día nos llamaron aparte a Ezequiel, a Nahuel, a Manu y a mí.� —Vamos, vengan al vestuario un segundo —nos dijo Cacho, uno rengo que todo el tiempo se acomodaba las bolas.� Nos ofreció ir a hacer la pretemporada con la Novena División en Parque Roca.� —Tómenlo como una prueba —nos dijeron—. Pero tómenlo en serio.
Éramos jugadores de inferiores. De cancha de once. Salimos del vestuario en silencio, fuimos a la calle y nos abrazamos, saltando de la emoción. Nuestra vida acababa de cambiar.
Había terminado la primaria hacía unos días y ya tenía mi primer contrato profesional en el fútbol grande de la Argentina. Yo, un diamante en bruto. Bronceado, zapatillas Fila, pantalón pescador, vinchita y mi remera número cinco.
Fue una semana de gloria antes del primer entrenamiento. Días enteros en la plaza del barrio besándome con la hermana del goleador de la 91. Los jugadores formamos familias rápido.
El jueves siguiente me tocó el timbre Ezequiel y nos tomamos el 91 para ir a Parque Roca. En el viaje, Eze me dijo que estaba contento porque con el entrenamiento se le iban a ir las tetas adolescentes que tenía.� —Sí, a mí también. Y vamos a tener abdominales —le decía.
Yo tenía una remera de Peñarol de Uruguay con el número 10 y un botinero con canilleras, vendas y los botines Nike Tiempo que usaba Guillermo Barros Schelotto en ese momento.
Llegamos a Villa Soldati y entramos al Parque. Caminamos varias cuadras por el predio hasta que llegamos al lugar de entrenamiento. Cuando me vieron llegar, varios de los chicos me increparon por tener una remera con los colores de Almirante Brown. No me había dado cuenta. Vega, el técnico, un petiso gordo y pelado, se me acercó y me preguntó si era boludo por llevar esos colores.
—No me di cuenta —le dije.
Apenas me senté a escuchar la charla técnica supe que no iba a estar a la altura. Todos parecían más grandes que yo, la mayoría eran de la Isla Maciel. El que jugaba en la misma posición que yo se llamaba Bruno, tenía un tatuaje en la pierna y fumaba en el vestuario. No podía competir con eso. Yo solo había fumado algunos cigarrillos con mis compañeros en la primaria, pero nada serio.
Llegar y saludar con la mano a todos era algo único: un golpe de palmas desganado pero sincero que te hacía sentir parte de una familia. Todos saludaban a todos sin excepción.
El técnico me preguntó de qué jugaba.� —De 10 —le dije.� —No, de 10 no —me dijo, y me puso de once porque era zurdo.
En una mala salida del arquero, le pegué con el arco libre e hice un gol casi desde la mitad de la cancha. Se me acercaron algunos y me abrazaron. Con ese gol, los suplentes le ganamos a los titulares. Yo, que soy un chico sensible, casi me pongo a llorar y me retiro del fútbol para siempre. Les sugerí que, después de ese gol en el entrenamiento, retiraran mi camiseta como homenaje. Algunos se rieron. Piñon Fijo, ese era yo.
—Bueno, a bañarse —dijo Vega después del partido.
Nunca había sentido tanta vergüenza en mi vida como en ese vestuario. Esos chicos eran hombres: tenían pelos, barba, tatuajes y físicos que yo no había visto en mi vida. Ezequiel y yo todavía teníamos nuestras tetas de la primaria y nos costó mucho esa situación.
Al otro día, en otro entrenamiento, Vega nos sentó en ronda y dio la lista de los convocados para el amistoso contra Deportivo Riestra en la Isla Maciel. Faltaba poco para que terminara y dijo mi nombre. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
El sábado entré a la cancha, me hice la señal de la cruz y debuté.