Llegará un día�en el que vivir no sea una pesada carga,�que doble las espaldas�y sofoque los corazones,�sino una asombrosa experiencia de plenitud�para todas las personas,�sea cual sea su origen, color, país o religión.
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Llegará un día�en el que la libertad no sea un sueño,�temeroso de ser perdido�si despierta entre nuestros frágiles brazos,�sino una alegre realidad�capaz de ilusionar y emocionar�a todos los que vivimos y soñamos.
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Llegará un día�en el que la igualdad no esté en entredicho�ni necesite discriminación positiva,�sea cual sea la cultura,�la condición social,�la patria, la riqueza�o el sexo de las personas.
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Llegará un día�en el que los derechos humanos�no necesiten defensores ni leyes,�pues todos los llevaremos tatuados�en nuestras entrañas�y sabremos transmitirlos�a las generaciones futuras.
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Llegará un día�en el que la justicia florecerá�en todos los campos y rincones�de nuestro ser y tierra�y podremos mirar sin temor, en cualquier dirección,�con ojos limpios y acogedores.
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Llegará un día�en el que las fronteras desaparecerán�y todos los seres humanos�podremos movernos,�sin controles ni tarjetas,�de acá para allá,�como en nuestra propia casa.
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Llegará un día�en el que la fraternidad�será la mejor carta de ciudadanía,�de dignidad y de respeto,�y todas las personas serán respetadas,�sean o no compañeras, camaradas,�adversarias o amigas.
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Llegará un día�en el que podremos convivir,�dialogar y enriquecernos,�amar, compartir y criticarnos,�soñar, trabajar y cantar,�y ser diferentes sin excluirnos�en la mesa, en el corazón y en la historia.
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Llegará un día�en el que esta sociedad se sienta renacer�en todos los cruces y sendas,�revistas, periódicos, radios y televisiones;�y en el que la buena noticia�sea el pan nuestro cada día�para quienes aman y caminan.
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¡Pronto llegará ese nuevo día, Señor,� y nosotros lo forzaremos para que pueda ser!