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Felipa, la princesa

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Felipa estaba aburrida. La vida de princesa la cansaba. Y aunque se encontraba en situación de realizar todos sus caprichos, nada la conformaba porque era una caprichosa.

Su padre estaba desesperado porque a todo decía que no.

-¿Querés salir a cabalgar por el bosque?- le proponía amoroso.

-No, gracias- le respondía Felipa.

-¿Te gustaría que tuviéramos un baile en el palacio? - le sugería paciente.

-¡Otra vez! - le retrucaba ella.

-¿Organizo un torneo de caballeros?- insistía él.

-Ufa...

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Pero con el tema del casamiento, el rey se puso firme con Felipa.

-Hija, debes elegir príncipe para casarte. Algún día compartirás el trono con él y ambos velarán por el destino de nuestro pueblo.

-Debe ser alto pero no mucho, apuesto pero no tanto, audaz pero sensato, paciente, amable, generoso, valiente, justo, solidario, inteligente, hábil en la lucha…

Y la lista de Felipa jamás se agotaba. Por eso, ninguno de los caballeros que se presentó a pedir su mano pudo cumplir con todos los requisitos.

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Una tarde cálida de noviembre. cuando paseaba cerca del lago, tropezó con un noble príncipe, mientras este trataba de ayudar a un animal herido.

Felipa quedó inmediatamente deslumbrada. El joven era hermoso, amable, varonil… Y Felipa ya ni recordó su larga lista porque él era perfecto para ella.

-¡Hola! - le dijo con su voz más encantadora- ¿Puedo ayudarte?

Juntos sacaron al ciervo de la trampa en la que se encontraba y lo llevaron al palacio.

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Felipa se encargó personalmente del cuidado del animal. De la tarde a la mañana, Felipa era otra: a todos sonreía, pedía las cosas con amabilidad, agradecía a los que la servían y se mostraba de lo más complaciente con su padre.

-¿Qué tiene la princesa? - preguntaban algunos.

- Se enamoró- respondían otros.

Y así, un día, le anunció al rey:

-Voy a casarme.

Y esa misma noche, en el jardín del palacio, se lo propuso a su enamorado.

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-Felipa, no puedo- fue la respuesta. Mi corazón suspira por otra, aunque sé que jamás podré estar con ella porque soy víctima de un cruel encantamiento.

Entonces Felipa, que no estaba acostumbrada a las negativas, lo besó desafiante.

Y el príncipe se convirtió en sapo.

Felipa lo vio alejarse a los saltos, feliz, en compañía de una sapa que hacía rato los observaba desde el otro extremo del jardín.

Paula Archanco