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Helena

López Cámara

Ilustraciones:

Marisa Cámara

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Federico tenía nariz de ratón. Con su nariz olía como todo el mundo, incluso un poco mejor, porque los ratones tienen el olfato muy fino; cuando se constipaba tenía mocos como todo el mundo, aunque un poco menos porque los ratones tienen la nariz pequeña; y si le picaba, se rascaba como todo el mundo, pero ayudándose con los bigotillos.

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Pensaréis que tener nariz de ratón da muchas ventajas, pero la verdad es que a Federico lo que le daba era mucha vergüenza.

Y como tenía vergüenza y no quería que nadie viera su nariz de ratón, siempre se la tapaba.

Se ponía bufandas anchas y se las subía tanto que no le dejaban ni respirar, se ponía gorros grandes y se los bajaba tanto que a veces se chocaba con la gente porque le tapaban los ojos.

Todos le decían que se quitara el gorro para poder ver algo o que por qué llevaba la bufanda con el calor que hacía. Pero él callaba y seguía su camino, acompañado de su diminuta nariz roedora.

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Un día, tuvo que ir al hospital a ponerse una vacuna y descubrió algo que lo dejó boquiabierto.

La enfermera llevaba puesta una cosa que le tapaba la nariz y la boca. Pensó que para solucionar el problema de su nariz de ratón esa cosa le vendría bien y aunque no le convencía la idea de esconder también su boca porque le gustaba bastante, le preguntó a la enfermera qué era aquello tan raro.

-Es una mascarilla.

-Ooooh.

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Desde entonces, Federico se dedicó a fabricar mascarillas para cubrir su nariz de ratón.

Las hizo de todas las formas y colores.

Tan bien le quedaban que los otros niños del cole empezaron a ponérselas.

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Hasta que una mañana en el recreo, una fuerte ráfaga de viento se llevó la mascarilla de Federico... y su compañera Pamela vio su nariz de ratón.

-Aaaah, por eso llevabas los gorros y las bufandas tan grandes... - dijo ella.

-Sí, porque tengo nariz de ratón...-reconoció asustado Federico tapándosela rápido con la mano. - pero no se lo digas a nadie, por favor.

-Y ¿por qué no?, si es muy bonita- le dijo Pamela mientras le apartaba la mano de la cara. Tenerla te hace especial.

-No, yo quiero ser normal, tener esta nariz me hace diferente y feo, porque nadie la tiene.

-Bueno, yo no tengo nariz de ratón pero ¡tengo orejas de elefante!- y se retiró el largo pelo rizado que las cubría. -Y me gustan porque nadie las tiene. Me hacen sentir especial. Además, con ellas puedo abanicarme…

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-Yo tampoco tengo nariz de ratón, pero tengo antenas de caracol- dijo Andrea que había estado escuchando, quitándose la diadema- con ellas puedo tocar el cielo…

 

-Y yo plumas de halcón- enseñó su brazo Ángel por debajo de la manga del jersey. -Y me dan calor.

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- Pues yo escamas de dragón- gritó Teresa mientras se acercaba para enseñarles su nuca- me protegen si me doy un golpe.

 

-Y yo garras de león- dijo Esteban quitándose sus guantes de portero. - me ayudan un montón.

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Federico estaba alucinado.

Así que todos tenían algo diferente...

Empezó a mover su naricilla de ratón y se la acarició con la mano en lugar de tapársela, como si la descubriera por primera vez.

Pensó que tenía suerte de que su parte especial estuviera en un sitio tan importante como la cara. Y decidió orgulloso dejar que la viera todo el mundo.

 Pamela entonces agitó contenta sus orejas de elefante.

Las movió tan fuerte que se volaron las mascarillas de todos los niños.

A partir de ese día, las mascarillas sirvieron solo para jugar.

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Fin