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Tu alegría insobornable

Benjamín González Buelta

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  • Concédenos, Señor, tu alegría insobornable. �La diversión tiene precio y propaganda�y sus mercaderes son expertos.�Se alquila la evasión fugaz�con sus rutas exóticas y vanas.�Se bebe el gozo con tarjetas de crédito�y se estruja como un vaso desechable.�Pero tu alegría no tiene precio,�ni podemos seducirla.�Es un don para ser acogido y regalado.

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  • Concédenos, Señor, tu alegría sorprendente. �Más unida al perdón recibido�que a la perfección farisaica de las leyes.�Encontrada en la persecución por el reino,�más que en el aplauso de los jefes.�Crece al compartir lo mío con los otros,�y se muere al acumular lo de los otros como mío.�Se ahonda al servir a los criados de la historia,�más que al ser servidos como maestros y señores.�Se multiplica al bajar con Jesús al abismo humano,�se diluye al trepar sobre cuerpos despojados.�Se renueva al apostar por el futuro inédito,�se agota al acaparar las cosechas del pasado.�Tu alegría es humilde y paciente�y camina de la mano de los pobres.

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  • Concédenos, Señor, la perfecta alegría.

�La que mana como una resurrección fresca�entre escombros de proyectos fracasados.�La que no logran desalojar de los pobres�ni la cárcel de los sistemas sociales�ni los edictos arbitrarios de los amos.�La decepción más honda y golpeada�no puede blindarnos para siempre�contra su iniciativa inagotable.�Tu alegría es perseguida y golpeada,�pero es inmortal desde tu Pascua.

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  • Concédenos, Señor, la sencilla alegría.

�La que es hermana de las cosas pequeñas,�de los encuentros cotidianos�y de las rutinas necesarias.�La que se mueve libre entre los grandes,�sin uniforme ni gestos entrenados,�como brisa sin amo ni codicia.�Tu alegría es confiada y veraz,�ve la más pequeña criatura amada por ti,�con un puesto en tu corazón y en tu proyecto.