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OPRESIÓN: EL TRASFONDO Y EL NACIMIENTO DE MOISÉS

Lección 1 para el 5 de julio de 2025

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“Los israelitas, gimiendo a causa de la servidumbre, clamaron, y su clamor subió hasta Dios con motivo de su servidumbre. Dios oyó su gemido, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los israelitas y reconoció su condición”

Éxodo 2:23-25

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El pueblo de Dios en Egipto (Éxodo 1:1-14)

De Abraham a Moisés (Génesis 15:13; Éxodo 1:8)

El triunfo de la fidelidad (Éxodo 1:15-22)

El hijo del Nilo (Éxodo 2:1-10)

El liberador fracasado (Éxodo 2:11-25)

Éxodo comienza su relato con una pequeña familia que se establece en Egipto con el beneplácito del faraón.

La situación se recrudece cada vez más. En medio de los sufrimientos, brilla la fidelidad de dos mujeres, Sifra y Fúa, y el rayo de esperanza con el que Dios saluda a Su pueblo: el hermoso niño rescatado del Nilo, Moisés.

Repentinamente, la situación cambia, convirtiéndose en esclavos obligados a trabajar para sus “amos” egipcios.

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EL PUEBLO DE DIOS EN EGIPTO

“Estos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto con Jacob; cada uno entró con su familia” (Éxodo 1:1)

El segundo libro de Moisés se llamó en latín “Exodus” (Éxodo) por su temática. Pero en hebreo se lo conoce como “Shemot” (Nombres), por sus primeras palabras (Éx. 1:1).

El hijo de Jacob, José, fue ministro de un faraón de la dinastía XVII, de origen hicso, no egipcio. Cuando los hicsos fueron derrotados, comenzó una nueva dinastía en Egipto, que “no conocía a José” (Éx. 1:7-8).

Esto llevó a Israel a una situación angustiosa (Éx. 1:9-14). Sin embargo, al final del libro de Éxodo, la situación cambia completamente: Israel adora en libertad, ante la misma presencia de Dios (Éx. 40:38). La enseñanza del libro es clara: Dios está al control; Él nos salvará, aunque las circunstancias nos lo hagan parecer imposible.

Estos “nombres” son los de Jacob y sus hijos. Un pequeño grupo de 70 personas (Gn. 46:26-27; Éx. 1:5). Con el paso del tiempo, se convirtieron en un pueblo con un ejército de unos 600.000 guerreros (Éx. 12:37).

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DE ABRAHAM A MOISÉS

“Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años” (Génesis 15:13)

Dios había prometido a Abraham darle la tierra de Canaán, pero le avisó acerca de un retraso de 400 años en el cumplimiento de este plan (Gn. 15:13-16).

¿Y cómo llegó Jacob a Egipto? De una forma totalmente milagrosa. A pesar de los intentos fratricidas de matar a José, éste llegó a ser el primer ministro de Egipto. Gracias a su posición pudo traer a toda su familia.

Desde el llamado de Abram en Harán hasta la llegada de Jacob a Egipto: 215 años

Desde la llegada de Jacob a Egipto hasta el éxodo: 215 años

Moisés y Pablo añaden a este periodo 30 años, retrotrayéndolo al llamado en Harán (Éx. 12:40; Gál. 3:17):

¿Cuándo ocurrió todo esto? No sabemos las fechas exactas, pero sí lo suficiente como para encajarlas en la historia conocida (con fechas también inexactas).

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1º de Reyes 6:1, dice que el Éxodo ocurrió 480 años antes del 2º año de Salomón. Si esta fecha es exacta e inclusiva, nos lleva al año 1445 a.C. Si lo consideramos una “cifra redonda”, y tenemos en cuenta la muerte del faraón, el Éxodo tuvo lugar el año 1450 a.C. Con estos datos podemos determinar varios momentos de la vida de Moisés.

“En el año cuatrocientos ochenta después que los hijos de Israel salieron de Egipto, el cuarto año del principio del reino de Salomón sobre Israel, en el mes de Zif, que es el mes segundo, comenzó él a edificar la casa de Jehová” (1º de Reyes 6:1)

DE ABRAHAM A MOISÉS

Amosis I (1575/1550). Derrota a los Hicsos. Es el faraón que “no conocía a José”, y esclavizó a Israel (Éx. 1:8-12)

Amenofis I (1550/1530). Continuó oprimiendo a Israel (Éx. 1:13-14)

Tutmosis I (1530/1517). Mandó matar a los niños hebreos (Éx. 1:15-22)

Moisés (1530/1410). Es adoptado por la hija de Tutmosis I, Hatshepsut

Tutmosis II (1517/?). En su reinado, Moisés huye de Egipto (1490)

Hatshepsut (?/1479). Muere antes de que su “hijo” regrese a Egipto

Tutmosis III (1479/1450). El faraón del Éxodo. Su primogénito estuvo “al cargo del ganado” pero nunca reinó, pues murió en la 10ª plaga.

Amenofis II (1450/1424). Hijo de Tutmosis III, pero no su primogénito

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EL TRIUNFO DE LA FIDELIDAD

“Y por haber las parteras temido a Dios, él prosperó sus familias” (Éxodo 1:21)

La XVIII dinastía egipcia odiaba a los extranjeros. Además, los israelitas eran suficientemente numerosos como para sublevarse (Éx. 1:9-10). Así que los sometieron paulatinamente:

Pusieron comisarios para obligarles a construir edificios (Éx. 1:11)

Endurecieron sus exigencias, convirtiéndoles en trabajadores/esclavos (Éx. 1:13-14)

Decretaron la muerte de los varones, usando a las parteras (Éx. 1:15-16)

Finalmente, impusieron por la fuerza la muerte de los niños varones (Éx. 1:22)

En medio de esta angustia, resalta la fidelidad de las parteras, Sifra y Fúa (Éx. 1:15-19). Moisés omite el nombre del faraón, pero nos da los nombres de ellas.

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También registra, para nuestra enseñanza, cómo Dios las bendijo por su fidelidad (Éx. 1:20-21).

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EL HIJO DEL NILO

“La mujer quedó embarazada y tuvo un hijo, y al verlo tan hermoso lo escondió durante tres meses” (Éxodo 2:2, NVI)

“Hermoso” se queda corto para describir al hijo de Jocabed (Éx. 2:2). El término hebreo “tob” (bueno, hermoso, perfecto), es el mismo que usa Dios para describir la perfección de su Creación (Gn. 1:31).

Su madre aprovechó bien los pocos años que lo tuvo a su cuidado (Ex. 2:8-9). Le enseñó a ser un verdadero hijo de Dios. ¡Qué labor tan importante realizan las madres al educar en el temor de Dios a sus hijos!

No sabemos el nombre que le dieron sus padres, pero sí el que le dio su madre adoptiva, la hija del faraón: Hapimosis (hijo del dios Nilo). Pero él solo se consideró “hijo”, “mosis”, Moisés (Éx. 2:10).

Dios tenía planes especiales para él. La madre se arriesgó; una joven se enterneció; una niña habló con sabiduría… y el futuro libertador fue librado de la muerte (Éx. 2:3-7).

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“Dios había oído las oraciones de la madre; su fe fue premiada. Con profunda gratitud emprendió su tarea, que ahora no entrañaba peligro. Aprovechó fielmente la oportunidad de educar a su hijo para Dios. Estaba segura de que había sido preservado para una gran obra, y sabía que pronto debería entregarlo a su madre adoptiva, y se vería rodeado de influencias que tenderían a apartarlo de Dios. Todo esto la hizo más diligente y cuidadosa en su instrucción que en la de sus otros hijos. Trató de inculcarle la reverencia a Dios y el amor a la verdad y a la justicia, y oró fervorosamente que fuera preservado de toda influencia corruptora. Le mostró la insensatez y el pecado de la idolatría, y desde muy temprana edad lo enseñó a postrarse y orar al Dios viviente, el único que podía oírlo y ayudarlo en cualquier emergencia”

E. G. W. (Patriarcas y profetas, pág. 221)

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EL LIBERADOR FRACASADO

“Oyendo Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en la tierra de Madián” (Éxodo 2:15)

Poco sabemos de la juventud de Moisés. Como posible heredero del trono, sería educado para ello, incluyendo pericia militar y política (E.G.W. “Patriarcas y profetas”, pág. 223).

Sí sabemos que, poco antes de que Moisés cumpliera 40 años, por intrigas políticas, Tutmosis II fue proclamado faraón. Entonces, Moisés consideró que había llegado el momento de liberar a su pueblo Israel. Pero comenzó su liberación matando a un egipcio. Grave error (Éx. 2:11-12). �Ni siquiera su pueblo lo consideró su libertador (Éx. 2:13-14; Hch. 7:25).

En pocos días pasó de ser un respetado miembro de la corte del faraón a un prófugo pastor de ovejas (Éx. 2:15-22). Sin embargo, Dios no desechó a Moisés, sino que siguió contando con él, a pesar de sus errores.

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“El magnífico palacio del faraón y el trono del monarca fueron ofrecidos a Moisés para seducirlo; pero él sabía que los placeres pecaminosos que hacen a los hombres olvidarse de Dios imperaban en sus cortes señoriales. Vio más allá del esplendoroso palacio, más allá de la corona de un monarca, los altos honores que se otorgarán a los santos del Altísimo en un reino que no tendrá mancha de pecado. Vio por la fe una corona imperecedera que el Rey del cielo colocará en la frente del vencedor. Esta fe lo indujo a apartarse de los señores de esta tierra, y a unirse con la nación humilde, pobre y despreciada que había preferido obedecer a Dios antes que servir al pecado”

E. G. W. (Patriarcas y profetas, pág. 224)