“Caperucita Roja”
Una mañana, su mamá la llamó desde la cocina y le dijo con voz dulce:�“Caperucita, tu abuelita está un poco enferma. Por favor, llévale esta canasta con panecitos calientes, miel y frutas para que se sienta mejor.”�Antes de salir, su mamá le advirtió:�“Ve por el camino seguro y no hables con desconocidos, ¿de acuerdo?”�Caperucita sonrió, tomó la canasta y respondió: “Sí, mamita, lo prometo.”
Caperucita caminaba feliz por el bosque. El sol entraba entre los árboles, las mariposas revoloteaban a su alrededor y los pajaritos cantaban melodías alegres. Ella se detuvo varias veces para recoger flores de colores, pensando en lo mucho que le gustarían a su abuelita. El bosque parecía tranquilo, pero alguien la observaba desde lejos…
Mientras Caperucita seguía caminando, un lobo grande, gris y astuto salió detrás de un árbol.�“Hola, pequeña. ¿A dónde vas tan temprano?” dijo el lobo con voz suave, fingiendo ser amable.�Caperucita, sin recordar el consejo de su mamá, contestó inocentemente:�“Voy a casa de mi abuelita. Vive al final del bosque, en la casita con techo rojo.” El lobo sonrió de manera misteriosa y pensó en un plan.
El lobo, muy listo, le dijo:�“Qué lindo día para pasear. ¿Por qué no recoges más flores para tu abuelita? Seguro le encantarán.” Caperucita pensó que era una buena idea y siguió recogiendo flores.�Mientras ella estaba distraída, el lobo corrió por un camino más corto para llegar primero a la casa de la abuelita. Corría tan rápido que las hojas volaban a su paso.
Al llegar a la casita, el lobo tocó la puerta.�“¿Quién es?” preguntó la abuelita.�“Soy yo, Caperucita”, dijo el lobo imitando su voz.�La abuelita abrió la puerta y ¡el lobo entró de un salto!�La metió suavemente en un gran armario para que no pudiera salir.�Luego, el lobo se puso su camisón, sus lentes y su gorrito, y se metió en la cama, listo para engañar a Caperucita.