Carta abierta de la Red Por la Vida y la Dignidad
22 de octubre de 2019
Señor Sebastián Piñera Echenique
Presidente de la República
Presente

“Porque hablará paz a su pueblo… para que no se vuelvan a la locura… La justicia y la paz se besaron. La verdad brotará de la tierra, y la justicia mirará desde los cielos” (Salmo 85, 8,10-11).

Señor Presidente:

Con el mayor respeto, pero también con la honestidad que exige la grave coyuntura que estamos viviendo en nuestro país, hermanas y hermanos de diversas iglesias evangélicas y protestantes junto a organizaciones ecuménicas y sociales agrupadas en la “Red por la Vida y la Dignidad”, nos dirigimos a usted para expresarle nuestra profunda preocupación pastoral frente a la manera en que su Gobierno está enfrentando la situación.
Nuestro rechazo a la violencia y a las acciones vandálicas, que ya han costado la vida de al menos once personas y provocado la irresponsable destrucción de numerosos bienes públicos y privados indispensables para la calidad de vida de toda la población, es rotundo e inequívoco. Pero no podemos aceptar que tal rechazo signifique que “no hay espacio para explicaciones”, como ha dicho en su nombre el Ministro del Interior.
Ha sido justamente la incomprensible negativa a dar espacio a las explicaciones, a escuchar las numerosas voces que han querido contribuir a interpretar el descontento, lo que ha llevado a su Gobierno a escoger el camino de “apagar el incendio con bencina”, como bien lo resumió tempranamente una respetada periodista, al concentrarse casi exclusivamente en la declaración del Estado de Emergencia, sacando los militares a las calles.
A menos que exista información de inteligencia que no se ha dado a conocer, hasta ahora no hay ninguna evidencia de que estemos enfrentando una situación de guerra planificada, como lo ha reconocido el propio General Iturriaga. El patrón que han seguido los actos vandálicos, una vez que la protesta sobrepasó las acciones iniciales centradas en el Metro de Santiago, ha sido el mismo que siguió al terremoto y maremoto de 2010, una situación evidentemente no planificada, que además provocó un inmediato colapso de las comunicaciones, dificultando cualquier intento efectivo de coordinación. Esta comparación no es banal, ni simplemente retórica, puesto que nos permite constatar que el descontento que indudablemente se ha expresado en estos días, ya venía incubándose a comienzos de esta década, como también han reconocido enfáticamente algunas personalidades de su propio sector político.
Esto último evidencia que la responsabilidad frente a tamaño descontento es compartida por gobiernos anteriores, y ciertamente también por quienes debieron representar el sentir ciudadano en el Congreso Nacional durante todos estos años. Pero su Gobierno es responsable de haber minimizado las aspiraciones a cambios más profundos orientados a la superación de la escandalosa desigualdad, como si fueran propuestas políticas absolutamente ajenas a “las necesidades de las personas”. Ahora es evidente que son miles las personas que se han cansado de sentirse invisibilizadas.
Estando completamente de acuerdo con que la gravedad del momento exige una respuesta unitaria de todos los poderes del Estado, de todos los sectores políticos, de la sociedad civil, de las iglesias y comunidades religiosas, y de toda la ciudadanía, nos vemos en la obligación moral de decirle que la única manera de lograr esa unidad será mediante gestos convincentes de empatía con los sentimientos y las emociones que embargan a la ciudadanía. No será posible restablecer el orden público y la gobernabilidad sin restablecer las confianzas, y para ello es necesario que su Gobierno, pero también los demás sectores políticos, efectúen gestos creíbles de reconocimiento y pidan perdón por no haber sido capaces de discernir la profundidad de la indignación ciudadana. Sin lugar a dudas, el restablecimiento del estado de derecho es un paso fundamental para hacer posible un diálogo constructivo que permita avanzar en las transformaciones sociales que Chile necesita.
Por nuestra parte, debemos reconocer que nuestro prolongado silencio también nos hace cómplices y co-responsables de la tensión acumulada. Por ello comprometemos humildemente nuestras oraciones y acciones en pro del diálogo por la paz y la justicia, rogándole al Dios de la Vida que nos ayude a todas y todos a reencontrar el camino del respeto, de la cordura y de la responsabilidad ciudadana.
Nos despedimos manifestando nuestra plena disposición para sumarnos a eventuales iniciativas inclusivas de diálogo, o acciones públicas transversales de búsqueda de entendimiento, siempre y cuando se sustenten en el respeto y la empatía ante el cansancio y el enojo ciudadano.


Pastor Pedro Zavala, Iglesia Evangélica Luterana en Chile–IELCH

Pastora Izani Bruch, Obispa Iglesia Evangélica Luterana en Chile–IELCH

Sra. Cecilia Castillo Nanjarí, Teóloga Pentecostal Feminista y Consejo Latinoamericano de Iglesias-CLAI

Pastor Daniel Godoy, Rector Comunidad Teológica Evangélica de Chile-CTE

Pastor Jorge Merino Riffo, Obispo Iglesia Metodista de Chile-IMECH

Sra. Sonia Covarrubias Kindermann, Educación Popular en Salud-EPES

Pastora Juana Albornoz Guevara, Iglesia Misión Apostólica-IMA

Sr. Raúl Rosales, Centro Ecuménico Diego de Medellín-CEDM

Sr. Nicolás Panotto, Director Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública-GEMRIP

Sra. Arianne van Andel, Coalición Ecuménica por el Cuidado de la Creación-CECC

Sr. Juan Gamboa y Sr. Daniel Parra, Coordinadores CEB Oscar Romero Sur Austral

Rvdo. Jorge Zijlstra Arduin, Presidente del Consejo Latinoamericano de Iglesias-CLAI

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