DEATH NOTE

God of The New World

— Spanish Version (Translate in Google For other languages)

A novel based on the Death Note universe

Written in the style of Another Note: The Los Angeles BB Serial Killer Case

Historia original: u/AnnualFrequent7426 y u/Last-Trainer-333

Prologue

Chapter 1 — Boredom

Chapter 2 — L

Chapter 3 — Family

Chapter 4 — Current

Chapter 5 — FBI

Chapter 6 — Black Widow

Chapter 7 — French Fries

Chapter 8 — Graduation

Chapter 9 — Queen

Chapter 10 — Love

Chapter 11 — Movement

Chapter 12 — Strategic Surrender

Chapter 13 — Arrest

Chapter 14 — The Eight

Chapter 15 — The Third Kira

Chapter 16 — Matsuda

Chapter 17 — Spy

Chapter 18 — Bells

Chapters 19– Succesor

Prólogo 

Algunos dicen que el aburrimiento es la madre de todas las desgracias. No estoy tan seguro. El aburrimiento, en mi opinión, es simplemente el vacío que precede a la catástrofe, el silencio antes de que la tormenta despedace el mundo. Y si alguien sabe de tormentas, ese soy yo. Mi nombre es Ryuk. Soy un shinigami. Y esta es la historia de cómo, por pura curiosidad, dejé caer un cuaderno en el mundo humano y desaté el infierno.

No, no empiezo así. Eso sería demasiado dramático, demasiado predecible. La verdad es mucho más simple, y por lo tanto mucho más aterradora: estaba aburrido. Así de simple. Así de absurdo. La historia que estás a punto de leer, si tienes el estómago para terminarla, no es un informe policial, ni una obra de ficción, ni los desvaríos de un dios aburrido. Más bien, es el relato de lo que sucede cuando el poder absoluto cae en manos de un adolescente que se cree justo. Y si hay algo más peligroso que el poder absoluto, es el poder absoluto convencido de su propia virtud.

He visto mundos nacer y morir. He visto shinigamis convertirse en polvo por amar a un humano. He visto a la mente más brillante de su generación convertirse en el monstruo que juró destruir. Y aun así, nada de eso me preparó para Light Yagami. Nada me preparó para la forma en que sus ojos cambiaron de la curiosidad al éxtasis, del éxtasis a la obsesión, de la obsesión a algo que solo puedo describir como divinidad corrompida a lo largo de cinco días. Cinco días. Eso fue todo lo que le tomó decidir que él, un estudiante de la facultad, sería el dios de un nuevo mundo.

¿Por qué te estoy contando esto? Porque alguien tiene que hacerlo. Porque los muertos no hablan, y los vivos mienten, y la verdad se pudre en el fondo de un cuaderno que nadie lee ya. Alguien tiene que contar lo que realmente pasó. No la versión oficial, esa narrativa donde Kira era un criminal solitario derrotado por la ley, sino la verdad cruda, desordenada, contradictoria, humana.

Así que aquí está. Tómalo o déjalo. Pero no digas que no te advertí.

Capítulo 1 — Aburrimiento

El mundo de los shinigamis es, por diseño, un lugar donde nada acontece. No es un infierno —el infierno al menos tiene el decoro de ser interesante—, sino algo peor: una extensión gris de huesos y tedio donde el tiempo no transcurre, se acumula. Como polvo sobre un mueble que nadie limpia. Los shinigamis que lo habitan han dejado de contar los siglos porque los siglos, en ese páramo, son indistinguibles los unos de los otros. Juegan a los dados con cráneos. Apuestan años de vida que ya no necesitan. Y esperan. ¿Qué esperan? Nada. Y eso, precisamente, es el aburrimiento.

Ryuk era diferente(que se note que me gusta referirme en tercera persona). No en esencia —se aburría igual que los demás—, sino en la forma en que procesaba ese aburrimiento. Mientras sus compañeros aceptaban la estasis como un hecho natural, como el color del cielo o el sabor del aire, Ryuk la resentía. La sentía como una comezón bajo la piel que no se puede rascar, como una pregunta sin respuesta que roe el interior del cráneo. Y cuando la comezón se volvió insoportable, hizo lo que cualquier shinigami racional no haría: dejó caer su cuaderno en el mundo humano. A propósito. Deliberadamente. No fue un accidente ni un descuido, fue un acto de desesperación existencial, un grito silencioso al vacío  “Que pase algo”.

El cuaderno cayó a través de las capas que separan los mundos como una piedra a través de agua oscura. Giró sobre sí mismo, sus páginas amarillentas agitándose en un viento que no existía, y aterrizó con un golpe sordo en el patio de una universidad japonesa. Era un objeto modesto, casi banal en su apariencia: portada negra, título en inglés impreso con letras que habrían parecido una broma de mal gusto si no hubieran sido absolutamente ciertas. Death Note. Cuaderno de muerte. Las instrucciones estaban escritas en el interior con una caligrafía que mezclaba lo metódico con lo siniestro, como el manual de instrucciones de un electrodoméstico diseñado por un sociópata.

Light Yagami lo encontró a las tres y veintisiete de la tarde. Tenía diecisiete años, una mente que funcionaba como una navaja suiza diseñada por un relojero suizo con obsesión por la eficiencia, y una vista que, en ese momento, no creía en lo que veía. Se inclinó. Lo recogió. Leyó el título en inglés y su primera reacción, la que cualquier persona racional tendría, fue el escepticismo puro. «Death Note», pensó, hojeando las reglas con la condescendencia de quien lee el horóscopo en el metro. «Escribir el nombre y la persona muere. Qué estupidez».

Pero lo guardó. Y este detalle, este gesto aparentemente insignificante de deslizar el cuaderno en la mochila en lugar de dejarlo donde lo encontró es, en retrospectiva, el momento en que la historia del mundo cambió de dirección. Porque Light Yagami no lo guardó por curiosidad, ni por prudencia, ni por un presentimiento sobrenatural. Lo guardó porque, en algún lugar profundo de su cerebro que no controlaba conscientemente, ya había decidido que ese cuaderno era real. No lo sabía aún. Pero lo sentía. Y Light Yagami siempre, siempre, confiaba en lo que sentía.

Esa noche, en la soledad de su habitación, con la televisión parpadeando como un faro en la oscuridad, Light probó el cuaderno. Un secuestrador dominaba la pantalla —Otoharada Kurou, un nombre feo para un hombre feo que tenía a un grupo de niños atrapados en un edificio—. Light escribió el nombre. Causa de muerte: suicidio por disparo en la cabeza. Esperó cuarenta segundos. Nada. Suspiró, sintiéndose ridículo, y fue exactamente en ese momento de rendición, cuando la lógica parecía haber ganado la batalla contra la esperanza,  cuando el disparo resonó desde el televisor. El secuestrador cayó. Los rehenes corrieron. Y Light Yagami se levantó de su silla con el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en las sienes, en las yemas de los dedos, en la base del cráneo.

No fue una coincidencia. No pudo serlo. Pero un solo experimento no es suficiente para un mente como la de Light —una mente que entiende la diferencia entre correlación y causalidad, que sabe que un dato aislado es anécdota, no evidencia—. Necesitaba una segunda prueba. Y la encontró al día siguiente, en la calle, cuando un grupo de motoristas acosaba a una joven. Shibumaru Takuo. Light escribió el nombre siete veces —con diferentes pronunciaciones según los kanjis japoneses— y especificó: accidente de tráfico. Cuarenta segundos después, el motorista fue arrollado por un vehículo frente a sus ojos. La muchacha escapó entre el caos. Y Light, de pie bajo la luz de la tienda, contempló sus propias manos como si pertenecieran a otro.

—No soy un héroe —se dijo, y la frase sonó hueca incluso para él—. Pero si elimino a los que corrompen este mundo, ¿no estoy haciendo justicia?

La pregunta era retórica. Light ya conocía la respuesta. La había conocido desde el momento en que mordió aquella manzana podrida y pensó, con una certeza que no admitía réplica: «Este mundo está podrido». Porque esa era la verdad que Light Yagami había construido para sí mismo: un diagnóstico del mundo como entidad enferma, y la prescripción —él mismo— como cura. No era arrogancia. Era lógica. Era necesidad. Era, sobre todas las cosas, destino.

Cinco días después, Light Yagami había escrito más de cuatrocientos nombres. Y Ryuk, que había estado observando desde las sombras con la fascinación de un entomólogo ante un insecto que devora a su propia especie, decidió que era hora de presentarse.

—Parece que lo estás disfrutando —dijo la voz del shinigami, y Light cayó de su silla.

No de miedo. De sorpresa. Porque Light había previsto la existencia de un ser sobrenatural vinculado al cuaderno —la lógica lo exigía—, pero prever algo y ver a una criatura de dos metros con alas de cuero y ojos amarillos de insecto de pie en tu habitación son experiencias muy diferentes. Ryuk se presentó con la casualidad de quien comenta el clima. Dijo que el cuaderno le pertenecía, que ahora era de Light, y que el humano que lo usara no iría ni al cielo ni al infierno. Light asimiló esta información con la calma de quien recibe un diagnóstico terminal  no es más que un problema esperando solución.

Cuando Ryuk aparece, Light no se asusta, sino que se prepara mentalmente. Deduce que un objeto tan poderoso como la Death Note debe implicar la existencia de una entidad sobrenatural (una propiedad original) que lo acompaña. Ryuk afirma que no eligió a Light y que simplemente dejó caer la libreta. Light deduce que miente, ya que las instrucciones escritas en el libro están claramente destinadas a un usuario humano, no solo a Shinigamis. Pero luego reflexiona: “El libro está escrito en inglés, lo que significa que está destinado a que cualquiera en la Tierra lo tome y lo use, ya que el inglés es un idioma universal. Siguiendo este razonamiento, significa que los usuarios podrían ser cualquiera, lo que le da la razón a Ryuk, ya que si estuviera destinado a mí, estaría escrito en japonés…”. —Es correcto en esta parte. Si bien la Death Note obviamente también es para humanos, la verdad es que cayó a la Tierra por casualidad, no por destino —respondió Light.

—Estoy aburrido también —le dijo a Ryuk, y no era mentira—. Quiero usar este cuaderno como una herramienta. Una herramienta para crear el mundo que siempre quise. Un mundo sin maldad. Un mundo nuevo.

Ryuk estalló en carcajadas. Era una risa seca, metálica, como el sonido de cadenas arrastradas sobre huesos.

—¿Y cuando seas el único escoria que quede, qué harás? —preguntó.

Light lo miró con una expresión que habría hecho retroceder a cualquier ser humano. Pero Ryuk no era humano, y en los ojos del shinigami solo vio diversión.

—No soy escoria —respondió Light, y en su voz había algo que trascendía la arrogancia y entraba en territorio de lo sagrado—. Soy un estudiante con un poco más de cerebro que el resto. Pero también... soy el que se convertirá en el dios del mundo nuevo.

Ryuk lo miró. Y pensó, con una mezcla de terror y deleite que no había experimentado en siglos: «Los humanos son tan interesantes».

Dos días antes, en algún lugar de Rusia, los guardias de una prisión de máxima seguridad habían reportado treinta y seis víctimas. Todas por infarto. Sin virus, sin veneno, sin marcas. Solo corazones que dejaron de latir como si alguien hubiera apagado un interruptor. Y luego fueron setenta y tres en Omsk, y trescientos cuarenta y ocho en Moscú, y los números seguían creciendo como una marea silenciosa que nadie sabía cómo detener.

Capítulo 2 — L

Hay un momento en toda investigación criminal en que la lógica convencional se agota. Los detectives humanos, seres entrenados en la disciplina de la causa y el efecto, del móvil y la oportunidad, del ADN y las huellas dactilares, alcanzan un punto donde sus herramientas ya no sirven. Donde el caso ya no es un rompecabezas sino un agujero negro que devora evidencia y escupe absurdos. Ese momento, para la Interpol, llegó 2 meses después desde el primer asesinato de esta característica en Rusia, un martes por la mañana en la sede de Lyon, cuando los números superaron los 2.759 muertos y la única explicación racional dejó de ser racional.

Las representaciones de los países miembros discutían, argumentaban, se acusaban mutuamente. ¿Virus? ¿Arma biológica? ¿Un asesino en serie con alcance sobrenatural? La mitad de los presentes se inclinaba por el KGB, la otra mitad por la CIA, y ninguno por la verdad, porque la verdad, como Often sucede, era demasiado absurda para ser considerada—. Las autopsias no revelaban rastros de veneno ni virus. Solo infartos de miocardio. Las muertes vinculados al huso horario ruso, después de las 6 PM, con varianzas entre horas, hasta minutos, no había un horario fijo, pero siempre sucedía después de las 6 PM, y se detenía casi  4 horas después entre las 10:00-10:32 PM, Tipo de muertes: Corazones que se detenían. Y el dato que desbarataba toda teoría convencional: el setenta por ciento de las víctimas no tenía antecedentes cardíacos. La mitad tenía menos de treinta y cinco años. No era enfermedad. No era un arma. Era algo que no tenía nombre.

Hasta que alguien lo mencionó. Ese nombre. Ese ser que existía en el borde de la ley y la leyenda, un detective tan mítico como los dioses que los humanos habían inventado para explicar lo inexplicable. L. La última carta. El comodín que solo se juega cuando las cartas normales ya no sirven.

—Podríamos llamarlo detective —dijo el subjefe Soichiro Yagami cuando Matsuda, el agente más joven e inexperto del escuadrón japonés, preguntó quién era L—. Aunque nadie sabe su nombre ni su rostro. Ya ha resuelto casos que el resto del mundo consideraba imposibles. L es como nuestro último recurso. El comodín que solo se usa para los crímenes más complejos.

Y entonces, ante la asamblea de representantes que no sabían si reír o llorar, apareció. Un hombre enmascarado —negro sobre negro, sombrero de detective, uniforme impecable— avanzó hacia el centro de la sala. Detrás de él, otro hombre abrió un portátil y proyectó una imagen en la pantalla. Una letra. Una sola letra. L. Y una voz robótica, desprovista de humanidad, que habló con la calma de quien describe el tiempo:

—Interpol, les saludo. Soy L.

La voz dijo que esto ya no era un asesinato. Era un «Súper Asesinato». Un ser con la capacidad de matar sin estar presente, sin ser visto, sin dejar rastro. Algo que desafiaba toda lógica. Y por lo tanto, se requería un pensamiento que también desafiara toda lógica. L propuso una trampa. No una trampa convencional —redadas, vigilancias, interceptaciones—, sino algo que operaba en un nivel completamente diferente: una prueba de existencia.

Lind L. Taylor. Condenado a muerte. No anunciado como capturado. Mantenido en secreto por orden de L. Un hombre que era, en esencia, un señuelo con pulso, carne y sangre al servicio de una deducción—. Lo vistieron con traje, lo sentaron frente a una cámara, y le dijeron: «Habla». Y él habló, diciendo las palabras que L había escrito para él:

—Soy Lind L. Taylor, también conocido como L. Soy el único hombre capaz de enfrentar esta nueva amenaza que aterroriza a las naciones del mundo. Esa amenaza se llama Kira.

La transmisión fue global. Fue diseñada para transmitirse en diferentes zonas del mundo, con horarios vinculados a la zona horaria rusa, durante las horas en que los asesinatos eran más activos. Cincuenta prisioneros desconocidos fueron utilizados como falsos L en las capitales y metrópolis de los países con mayor probabilidad de albergar al asesino. Desde Moscú hasta Buenos Aires. Pero no fue Buenos Aires. Fue específicamente: la región de Kanto.

Light Yagami vio la transmisión desde su habitación. Y su reacción —esa mezcla de desdén y soberbia que lo definiría durante todo el conflicto— fue inmediata.

—¿Eres idiota? —le dijo a la pantalla—. ¿Cómo vas a atraparme? No saben dónde estoy, mucho menos cómo elimino criminales. Este cuaderno es literalmente la única evidencia que puede condenarme, y podría quemarlo, destrozarlo, esconderlo en cualquier parte del mundo.

Y escribió el nombre. Lind L. Taylor. Paro cardíaco. Cuarenta segundos. Taylor colapsó en cámara. Light sonrió. Y entonces, como una cuchilla que se clava en el momento exacto de la exultación, la voz robótica regresó:

—Increíble. He aclarado mi duda, Kira. Puedes hacerlo sin siquiera tocar a las personas.

La sangre se heló en las venas de Light, sus manos se enfrascaron, su rostro perdió color, y por primera vez desde que había encontrado el cuaderno, experimentó algo que no era control ni poder ni certeza. Era miedo.

—El hombre que acabas de matar era un reo condenado a muerte que aún no había sido encarcelado —continuó la voz de L con una precisión quirúrgica—. No era yo. Este criminal no fue anunciado como capturado y ha sido mantenido en secreto por orden mía. Estoy seguro de que no sabías de él, ¿verdad? Hay información que es difícil de obtener. Pero yo soy L y existo. Ahora intenta matarme. Vamos, ¿no puedes?

Light no podía. Y L lo sabía. Porque L acababa de obtener tres piezas de información vitales: primera, Kira puede matar sin tocar a sus víctimas; segunda, Kira necesita un nombre y un rostro para matar —de lo contrario, ya habría matado al verdadero L—; tercera, Kira está en Kanto, Japón. Porque aunque la transmisión fue transmitida en 50 países, cada país tenía su propio “L” o más bien convictos preparados transmitiendo simultáneamente como si fueran la misma persona con nombres similares pero diferentes según la región: Lee.L chang, Leonardo. L Galeano, Larry. L Johnson, etc. Fue la transmisión en Kanto Japón, dónde el convicto elegido fue “Lind. l Taylor” el que terminó muriendo, dando así la ubicación y reduciendo drásticamente la cantidad de sospechosos de ser Kira, de todo el mundo, a un país, de un país, a una región, y todo por un error humano por parte de light.

—Parece que no puedes matarme —dijo L, y en su voz robótica había algo que, si no era satisfacción, era su primo hermano—.

“Así que hay personas que puedes y no puedes matar. Esa información es valiosa para mí. Ah, y la guinda del pastel: la trampa que te preparé no fue una transmisión global, sino regional. Verás, dado que se desconocía tu ubicación exacta, los primeros meses apuntaban claramente a que vivías en Rusia, pero este enfoque era muy arriesgado. ¿Y si tienes la capacidad de matar a distancia, puedes matar a criminales de otros países, y así parecer que eres de allí,? Esa estrategia es impresionante. Todos los agentes y detectives del mundo, con una sola línea de pensamiento a la vez, cayeron en tu elaborada trampa.  Desde el principio, pensé en formular múltiples hipótesis, pensando fuera de lo convencional, basándose en la idea de que podrías ser un genio intentando engañar al mundo entero. Mi teoría es que elegiste Rusia para ocultar tu ubicación, creaste un perfil falso, incluido los horarios. Si eras alguien y no algo, sugerían un perfil de un ciudadano Ruso, entre 18-60 años, que asesinaba luego de un horario laboral o escolar común en ciertas zonas de ese país. Todo esto es impresionante.

  Pero la verdad es que, aunque no cometiste errores, tienes defectos. Acabas de probar que eres humano y no un dios. Jugué con tu ego, y gané.”

Y así, con la precisión de un cirujano que abre un pecho y señala el corazón, L dejó caer la frase que cambiaría todo:

—Vives en Kanto, Japón. Y pienso ir allí y te arrestaré. Obviamente estoy fascinado, y me da mucha curiosidad saber cómo haces eso, pero esperaré, me lo dirás una vez que te atrape.

Comenzaba el duelo mental más épico de la historia. El detective más brillante del mundo contra el criminal más astuto. Y ninguno de los dos tenía la menor intención de perder.

Capítulo 3 — Familia

Después del encuentro con L, Light se recostó en su cama con los ojos abiertos, fijos en el techo. No dormía. No podía.  Porque L había ganado la primera ronda. Light lo admitía sin problema —la arrogancia sin honestidad es estupidez, y Light no era estúpido—. Pero una ronda no es la guerra. Y la guerra apenas comenzaba.

La puerta se abrió sin ceremonia. Sayu Yagami, su hermana menor, entró como un tornado de energía adolescente, con un cuaderno de matemáticas en la mano y la expresión de alguien que prefiere cualquier cosa antes que estudiar.

—¡Necesito tu ayuda con la tarea!

Light tuvo medio segundo para reaccionar. El cuaderno de muerte estaba en el cajón —el cajón con la trampa que aún no había terminado de diseñar—. Deslizó la silla contra el escritorio, bloqueando el acceso al cajón con su cuerpo, y sonrió con la naturalidad de un actor que ha ensayado esa sonrisa mil veces.

—Está bien, Sayu. Una función lineal... Primero, tienes que cuestionarlo todo. No se trata solo de memorizar y copiar. Tienes que preguntarte por qué usas funciones lineales y para qué sirven.

Y mientras le explicaba a su hermana que Y era una incógnita, que m era la pendiente, que la función subía o bajaba según el signo, Light pensaba en otra función —una que relaciona las variables de su situación actual y cuya pendiente, si no la corregía, lo llevaría directo a la cárcel—. Sayu se fue agradecida, llamándolo «mi hermanito nerd», y Light se quedó solo con el sonido de sus propios pensamientos.

Mientras tanto, en la habitación del hotel que servía como base de operaciones, L pensaba. Lo hacía como siempre: encogido en su silla como un animal que se protege del frío, los pulgares presionando los labios, los ojos oscuros mirando sin ver la pantalla que tenía frente a él. Su mente no procesaba información como la de un humano normal —lineal, secuencial, una cosa después de otra—, sino como una red: múltiples hilos de pensamiento que se cruzaban, se separaban, volvían a cruzarse, creando patrones que solo él podía ver.

—¿Por qué no me mató Kira? —se preguntó, y la pregunta se dividió en ramas como las raíces de un árbol—. ¿Es porque no soy un criminal y por lo tanto no tiene efecto? ¿Es esa la única razón por la que mueren los criminales?

“No, él no sabía de Lind L. Taylor, estaba intentando matarme. Si eso es lo que quería, significa que tiene la capacidad de matar a cualquiera. Los criminales son simplemente sus objetivos.” razonó L.

La conexión era clara. Kira mataba criminales no porque solo pudiera matar criminales, sino porque había decidido que los criminales eran sus objetivos. La diferencia era sutil pero crucial: implicaba voluntad, no limitación. Y la voluntad, L lo sabía, era la fuerza más impredecible del universo.

En la sede de la policía japonesa, el escuadrón anti-Kira recibía informes que pintaban un panorama cada vez más inquietante. Un agente leyó los datos en voz alta:

—A partir de ahora, la mayoría de las muertes se concentran en Japón y Estados Unidos, pero aún hay algunas en otros países europeos. El informe está basado en estimaciones de las últimas veinticuatro horas: el sesenta y ocho por ciento de las muertes ocurrieron entre las ocho de la mañana y las cinco de la tarde, hora local japonesa, lo cual es similar a la jornada laboral japonesa. Después de esa hora, las muertes caen a menos de tres por día, con actividad mínima los fines de semana.

Los números hablaban. Y lo que decían era escalofriante: el horario de Kira coincidía con el de un estudiante o un oficinista japonés. Alguien con rutina. Alguien normal. Alguien que, en este mismo momento, podría estar sentado en un aula, aparentando normalidad mientras decidía quién vivía y quién moría.

A las ocho de la tarde, el subjefe Soichiro Yagami se retiró a su casa. Se quitó los zapatos en la entrada con el cansancio de quien carga el peso de un mundo que se desmorona, y su hijo lo saludó desde la escalera. Light Yagami. Su hijo. El niño prodigio. El orgullo de la familia, pero también, el asesino más prolífico de la historia.

Soichiro no lo sabía. No podía saberlo. Y quizás, en algún lugar profundo de su conciencia que se negaba a despertar, no quería saberlo. Porque hay verdades que destruyen al que las descubre tanto como al que las oculta. Y la verdad sobre Light Yagami era, de todas las verdades posibles, la más destructiva.

Capítulo 4 — Corriente

Light Yagami no era el tipo de persona que dejaba las cosas al azar. Cada elemento de su vida —desde el orden de los libros en su estantería hasta la posición del lápiz en su escritorio— estaba calculado con la precisión de un relojero suizo. Esta obsesión por el control no era un trastorno; era una filosofía. En un mundo que se desmoronaba bajo el peso de su propia podredumbre, el control era la única forma de sentido. Y si había algo que Light necesitaba controlar absolutamente, era el acceso a su cuaderno de muerte.

La solución fue una obra maestra de ingeniería doméstica: un escondite dentro de un escondite dentro de un escondite, donde cada capa servía como disuasión para un tipo diferente de intruso. El cajón de su escritorio, al abrirse, revelaba un diario —algo mundano, personal, el tipo de cosa que cualquier adolescente escribiría—. La mayoría de la gente, al encontrar ese diario, se detendría. Misión cumplida. Secreto descubierto. Ya no buscarían más. Pero Light no diseñó su trampa para la mayoría. La diseñó para la minoría —para los curiosos obstinados, los investigadores meticulosos, los L del mundo—.

Debajo del diario, oculto por un falso fondo, estaba el cuaderno de muerte. Y debajo del cuaderno, en una bolsa de nailon llena de gasolina, un circuito cerrado esperaba como un animal paciente. Si alguien abría el cajón correctamente —insertando un bolígrafo en el orificio oculto que separaba las placas metálicas y evitaba que la corriente fluyera—, el cuaderno permanecía a salvo. Si lo abría de cualquier otra manera —volcando el cajón, forzando el fondo, siendo torpe o apresurado—, el circuito se cerraba, la chispa saltaba, la gasolina se inflama, y el cuaderno ardía hasta convertirse en ceniza irrecuperable. La belleza del diseño residía en su simplicidad: si alguien preguntaba por qué había cenizas en el cajón, Light podía responder con honestidad: «No quería que nadie leyera mi diario real». Razón práctica. Razón lógica. Razón imposible de refutar.

Pero la trampa del cajón era solo la primera línea de defensa. La segunda era el acceso a la información. Light usaba el ordenador de su padre —el subjefe de la policía— para mantenerse un paso adelante de la investigación. Creó un servidor VPN falso, diseñó un virus invisible que clonaba los archivos del ordenador paterno, y lo envió a través de un enlace que el propio Soichiro aceptó sin sospechar. «wkaly.com solicita permiso para acceder a sus archivos, imágenes y videos. ¿Aceptar?». Soichiro hizo clic en Aceptar. Y desde ese momento, Light tuvo un espejo exacto de toda la información del caso Kira en su propio ordenador, protegido por un cracker con siete direcciones IP diferentes que lo hacían indetectable.

—Pero, ¿por qué le has dado pistas de que Kira está involucrado con la policía? —preguntó Ryuk mientras caminaban por una feria, con el shinigami flotando a su lado como un globo grotesco—. ¿No se supone que debes ocultar tu identidad?

Light sonrió. Era la sonrisa de alguien que ve tres movimientos por delante en un tablero de ajedrez.

—Eso es interesante, Ryuk, pero parece que aún no entiendes la mente humana ni cómo funciona. L nunca me encontrará mientras tenga el cuaderno de muerte y pueda borrar su  existencia o hacerlo inservible como evidencia. Pero si hay pistas de que Kira está dentro de la policía misma, ¿qué pasará? Se aislará y se volverá paranoico. Desde el principio, L y la policía desconfían el uno del otro, y es lo normal, la policía se siente expuesta, mientras un sujeto anónimo da las órdenes, como crees que se sentirán?, Kira mata con saber los nombres y ver el rostro, desde la perspectiva de la policía ellos son percibidos como carne de cañón, mientras que L, está en una situación privilegiada, eso no genera simpatía en absoluto, progresivamente, empezaran a desconfiar, y de acuerdo a sus personalidades, algunos cuantos terminarán abandonando el caso, los adultos tienen familia, no van a arriesgarse en vano. Y cuando salgan pistas de que estoy usando recursos de la investigación a través de filtraciones de datos, L será el primero en saberlo, y empezará a investigar a la policía misma y a sus familias, yo quiero que esto pase, L es la única amenaza contra lo que yo defiendo, si lo elimino a él lo antes posible, la policía dejará de ser una amenaza ya que podré estar libremente tejiendo influencia política para apaciguar con leyes y restringir seguir con el caso.-

Tres días después, veinte miembros del escuadrón anti-Kira renunciaron. Tenían familias, vidas, miedos. No eran como L —un ser que parecía existir fuera de los parámetros humanos de supervivencia—. Eran personas normales enfrentadas a algo anormal, y lo normal, cuando se enfrenta a lo anormal, suele elegir la autopreservación.

En otro lugar, en el centro de mando del FBI en Washington, un hombre calvo hablaba por teléfono con la voz robótica de L. La conversación fue breve, eficiente, desprovista de toda cortesía. L quería que el FBI investigara a los miembros de la policía japonesa a cargo del caso Kira. El hombre calvo dudó, pero accedió. Doce agentes del FBI serían enviados. Y cada uno de ellos, sin saberlo, se convertiría en una pieza del tablero que Light Yagami estaba construyendo con la paciencia de un arquitecto que diseña una catedral.

—Hay ciento cuarenta y una personas que han tenido contacto con los datos de la investigación —pensó L después de colgar—. Cada persona es miembro del FBI o de la policía japonesa, y cada una puede o no tener una familia de entre tres y más de seis miembros. Kira se esconde entre todas estas personas.

Capítulo 5 — FBI

Ocho días después de que Ryuk revelara que alguien lo seguía, Light Yagami estaba listo. No era la preparación del novato que improvisa bajo presión, sino la del maestro de ajedrez que ha calculado cada variante posible y ha elegido la secuencia de movimientos que maximiza sus oportunidades mientras minimiza sus riesgos. El plan era complejo —una cascada de eventos interconectados donde cada pieza dependía de la anterior y conducía a la siguiente—, pero la complejidad era su punto fuerte: cuánto más intrincado el diseño, menos probable que alguien pudiera desentrañarlo.

Light comenzó con los criminales. Utilizó la regla cuarta del cuaderno de muerte, la que permite describir la muerte del sujeto con detalle, siempre que sea física y lógicamente realista,  para crear un experimento. Escribió nombres de prisioneros con comportamientos extraños antes de morir:

  • El primero fue inducido y se cortó los pulgares y dibujó un pentagrama con su sangre.
  • Otro que dejó una carta de suicidio con un poema que, traducido al español, revelaba un mensaje oculto en las iniciales.
  •  Un tercero que escapó de su celda, caminó en círculos en el baño y colapsó.

 Eran mensajes cifrados, señales diseñadas para L —porque Light sabía que L analizaría cada detalle, y quería que su mente estuviera ocupada descifrando acertijos mientras él ejecutaba el movimiento real—.

El movimiento real era Ray Penber. Agente del FBI. El hombre que lo seguía. Light lo había identificado gracias a Ryuk —«No es porque quiera ayudarte, es solo que siento que a mí me están siguiendo», dijo el shinigami con la honestidad brutal de quien no tiene lealtades—. Y ahora necesitaba su nombre. Sin el nombre, no podía eliminarlo. Y si no lo eliminaba, tarde o temprano Penber encontraría algo.

El plan para obtener el nombre fue una obra de teatro con actores involuntarios. Light usó a un drogadicto recién reportado —Osoreda Koiichiro— como marioneta. Escribió sus instrucciones en el cuaderno con una precisión que habría hecho llorar a un dramaturgo:

“Osoreda Koiichiro-Causa de muerte:

a las once y treinta y una de la mañana, subiría al primer bus con rayas azules que llegará a la parada del parque central. Llevaría un revólver cargado. Iniciaría un secuestro. Recogería un papel del suelo —un fragmento del cuaderno de muerte que Light dejaría caer deliberadamente—. Y al tocar ese papel, vería al shinigami detrás de Light, entraría en pánico, dispararía hasta agotar la munición, y luego huiría del bus para ser atropellado a las once y cuarenta y tres.”

Cada paso se cumplió como estaba escrito. El drogadicto secuestró el bus. Penber, que era uno de los pasajeros, presionado por la falta de confianza de light al suponer que el podría ser otro secuestrador resguardandose atrás como contingencia, una práctica común en asaltos en transporte, sacó su identificación del FBI para que Light confíe en el y  vio el nombre del agente siendo indirectamente manipulado por Light. El bus se convirtió en un escenario de caos cuando el drogadicto, al ver a Ryuk, vació su cargador contra el shinigami cuyas balas atravesaron sin daño el cuerpo de la muerte, el secuestrador estaba aterrado y exigió al chófer frenar el bus para después  intentar huir pero su destino finaliza al morir bajo las ruedas de un coche. Light obtuvo lo que quería: el nombre de Ray Penber.

Pero el nombre no era suficiente. Light necesitaba los nombres de todos los agentes. Y para eso, diseñó una operación que combinaba la logística de un comando militar con la sofisticación de un ilusionista. En a la logística, Light utiliza a dos criminales: escribe el nombre de un criminal surcoreano, quien, antes de morir, compra un comunicador imposible de rastrear y ropa deportiva en línea y se lo envía por correo a un criminal japonés. Ambos criminales crean cuentas de correo electrónico secundarias, y el criminal japonés recibe el paquete. El criminal surcoreano se suicida días después, y el criminal japonés deja el paquete en una fábrica abandonada cuya ubicación Light conoce. El criminal japonés también muere días después en un accidente de tráfico, mientras conducía ebrio. Light recupera el paquete, lo agarra con guantes y coloca todo el equipo dentro de un sobre. Dentro del sobre había una docena de papeles. Añadió el nuevo contenido y selló el sobre. Conocía el sistema de metro, por lo que le fue fácil deducir la ubicación de las cámaras consultando el mapa una semana antes de la operación. En total, contó 26 cámaras y sus ángulos. Se puso un sombrero para cubrirse el cabello y se vistió con ropa deportiva para camuflarse el día de la operación. Al entrar en el metro y dejar el sobre en el vagón contiguo al de Raye, logró escribir el nombre de un criminal y usarlo como su marioneta. Este criminal se haría pasar por "Kira" y secuestraría a Raye.

 El «Falso Kira» —un abusador convicto liberado con sentencia mínima y controlado mediante el cuaderno— se paró detrás de Penber y lo amenazó.

 Dentro del sobre preparado para la operación hay tres objetos: un comunicador desechable e imposible de rastrear; un bolígrafo; y un sobre con papeles en su interior que tienen cuadrantes recortados con espacios en blanco. En realidad, se trata de páginas de la Death Note que ya contienen información detallada sobre la hora de la muerte, con variaciones de 2 a 6 minutos. Los cuadrantes en blanco son para que Raye escriba los nombres de los agentes.

Se para detrás de Raye y lo amenaza, diciéndole que es Kira y que lo matará si se mueve. Raye Penber está asustado. El secuestrador le pregunta si quiere colaborar o su ser querido morirá. Raye responde al instante que no lastime a su esposa. Light escucha a través de un auricular y aprovecha la situación. Light ya había escrito sobre el día de la muerte del secuestrador, pero dejó un espacio en blanco para detallar las conversaciones. Pregunta cuántos agentes están involucrados. Raye responde que hay doce agentes. Escribe en los detalles de muerta para que el secuestrador diga:

F Kira:

"Debes pensar por qué te elegí. Ya te he investigado a ti y a ella, así que si intentas algo, serás culpable de su muerte."

 Señala una pastelería.

F Kira:

 ¿Ves a esa persona en la tienda? Parece normal, pero es un monstruo. Fue denunciado por acoso sexual a menores, pero lo liberaron hace unos días porque el caso fue archivado. Ahora te preguntarás cómo mato. Es sencillo. Puedo entrar en la mente de una persona y provocar un infarto deteniendo su pulso a voluntad (esto es solo un farol). No necesito nombres; eso es mentira. Solo necesito ver su rostro y puedo desear su muerte como, donde y cuando quiera. Suena fantástico, pero lo verás con tus propios ojos. Esa persona morirá de un infarto en los próximos 10 segundos.

 Raye le ruega que se detenga, pero él responde que ya eligió su muerte. Pasan diez segundos y el sujeto de la tienda muere frente a una multitud. Raye está desconcertado, pero asume que se trata de un fenómeno paranormal; no puede defenderse de algo así.

Raye contacta a su superior del FBI. Light escribe en su página que Raye le pedirá al jefe del FBI una lista de datos de la página del FBI. Mediante una excusa inventada de "inconsistencia de datos" y un error en la página, ya que hay nombres repetidos que ya siguió y familias ya registradas que aparecen de nuevo y que faltan por investigar, logra obtener una nueva vista de la página del jefe y obtiene los nombres y detalles de identificación de todos los agentes involucrados. Estos nombres son luego escritos en la Death Note por Raye Penber, ya inducido por el cuaderno. Los agentes morirán  de un paro cardíaco.  El falso Kira le dice a Raye que ya es suficiente y le ordena que baje del tren. Cuando Raye sale, se desploma. No muere, pero entra en coma temporal. Light había escrito que Raye colapsaría por un miocardio temprano leve y sufriría amnesia por un traumatismo craneoencefálico (cayó justo en la acera). Estaría hospitalizado durante 3 días, recordando a las últimas familias que investigó, incluyendo a Light. Raye continúa durante 2 semanas trabajando antes de investigar un total de 8 familias, recordando cómo era la rutina y la vigilancia de todos. Para la investigación hacia light dice: "Un tipo normal que simplemente sale de clase, se divierte, está en casa y sale con una chica. No se encontró nada sospechoso". La Death Note tiene la regla de los 23 días, así que durante 17 días, todos los agentes, incluido Raye, están controlados por la Death Note pero continuarán con su trabajo habitual como se detalló. El jefe de policía habló con L pero nunca mencionó que alguien solicitó un informe o accedió a información porque su nombre también está escrito. Pasado el día 18, todos el grupo del FBI (incluido Raye) mueren de un ataque al corazón

—Raye está muerto... no, murió a manos de Kira.

Fue lo único que dijo la voz de una persona desconocida cuando recibió el informe. Y en su habitación de hotel, encogida en su silla como un feto que se niega a nacer, pensó en voz baja:

—Kira fue uno de los pasajeros de ese bus.

Mientras tanto…

Casa Yagami:

 Tras el plan de Light para acabar con el FBI, Ryuk nota la preocupación de Light y le pregunta qué le ocurre, pero recibe una respuesta extraña:

“Talón de Aquiles.”

Ryuk se queda pensativo, confundido, y pregunta qué quiere decir con eso.

  –En la mitología, existió un gladiador llamado Aquiles, prácticamente un hombre con todos los dones y aptitudes para ser un guerrero eficaz: astucia, táctica, fuerza, agilidad, resistencia, con impecables habilidades de lucha y manejo de armas. Alguien invencible en la guerra, pero que murió por su talón. En un momento de distracción, en un instante de vulnerabilidad, recibió una flecha en el talón de París, el hermano de Héctor. No murió tras ser derrotado por alguien más fuerte, más hábil o más inteligente que él; murió debido a una situación desfavorable, algo externo. Esto te hace pensar, porque viendo cómo está la situación, prácticamente entre L y yo, si ambos somos igual de inteligentes y nos esforzamos al máximo por ir un paso por delante del otro y no cometer un error que signifique la muerte, se produce un punto muerto; ni L ni yo podemos acercarnos al otro. Básicamente, en un punto muerto, quien tenga una ventaja externa ganará... si algo malo tiene que pasar, pasará, pero inevitablemente... Algo pasará. Iré a la comisaría a dejar algo de ropa para mi padre. Quizás caminar y estar al aire libre me ayude a despejar la mente.- dijo Light mientras se levantó de su silla para salir a tomar aire fresco.

Capítulo 6 — Viuda Negra

Naomi Misora era el tipo de mujer que los hombres subestimaban a su propio riesgo. Alta, de cabello oscuro cortado con la precisión de alguien que no tiene tiempo para lo superfluo, y ojos que habían visto suficiente muerte como para no asustarse ante nada, o eso creía ella. Era una exagente del FBI. Había trabajado con L en el caso de los asesinatos BB en Los Ángeles, un caso que habría destruido a cualquier investigador normal pero que ella resolvió con una combinación de razonamiento abductivo y coraje físico que hizo que L —L, el detective que nunca elogia a nadie— la llamara «una investigadora hábil». Naomi sabía que «hábil», en el vocabulario de L, era el equivalente a «extraordinaria» en el de cualquier otra persona.

Pero eso fue antes. Antes de que Raye Penber muriera. Antes de que su mundo se redujera a un agujero negro de dolor y furia que la consumía desde adentro. Ahora estaba en Japón, frente a la sede de la policía, exigiendo hablar con alguien —cualquiera— que pudiera escuchar lo que sabía. Porque Naomi Misora sabía algo que nadie más sabía: que Kira no era un fenómeno abstracto, sino un asesino con rostro y nombre que ella podía encontrar. Si la dejaban intentarlo.

Los recepcionistas la ignoraban con la cortesía burocrática de quien recibe a un fantasma molesto. Fue en ese momento de frustración abrasiva cuando una voz joven, calmada y extrañamente cálida intervino:

—El escuadrón de investigación Kira está aplicando un nuevo método de operación para proteger las identidades de los miembros.

Light Yagami. Diecisiete años. Cabello castaño, ojos oscuros, la sonrisa de alguien que te está ofreciendo un paraguas mientras prepara la tormenta. Naomi lo miró con suspicacia —siempre con suspicacia, porque la suspicacia era su idioma materno—, pero algo en su postura, en la forma en que no giró la cabeza para mirarla sino que mantuvo los ojos en los recepcionistas mientras hablaba, la desconcertó. Era como si no quisiera que la cámara de la esquina leyera sus labios.

Light, con lo que escucha apenas al llegar, observa los ojos de la mujer, percibiendo recelo y determinación en su mirada; puede leer en ella una intención casi desesperada de ser escuchada. Si está aquí sola, entonces debe tratarse de algo personal; si se encuentra así, incluso podría escuchar a alguien cercano que pueda ayudarla con el caso, quien sea, siempre que entienda y sepa algo también sobre el caso Kira. Nota un bajo neuroticismo, pues responde con poca reactividad; es objetiva y analítica. Pero cuando los asistentes comentan que no pueden ayudarla, ella insiste en que tiene algo importante que decir a los agentes. Ellos solo siguen el protocolo. Su voz suena levemente más frustrada.

Él observa su rostro, con un matiz entre la desolación y la tristeza mezcladas con frustración.

Comprende su comportamiento distante y sus emociones, hipotetizando trauma o duelo. Se presenta y afirma que está allí para entregar ropa a su padre, el jefe de policía, y que ese día no hay detectives disponibles. Habla sin girar la cabeza, manteniendo contacto visual con la mujer, mientras su rostro permanece orientado hacia el frente, mirando a las recepcionistas; desde la cámara trasera en la esquina izquierda no queda claro que Light esté observando, impidiendo que dicha cámara lea sus labios o movimientos faciales.

Con cortesía, sugiere esperar afuera durante cinco minutos, lo cual ella acepta. El momento es intencional, haciendo parecer que Light simplemente dejó algo y se marchó, mientras que la mujer salió más tarde tras no encontrar a nadie.

Afuera, Light inicia una conversación con ella mientras tiene en mente “no activar sus mecanismos de defensa de ella ni hacer preguntas demasiado directas”. Comprende que busca justicia, pero posee información que, con su personalidad, sería normal manejar con extrema cautela.

«Primero debo hacerle creer que solo soy un chico con cierta relación con la base y el caso Kira; alguien algo curioso y con cierta capacidad deductiva. No debe parecer un interrogatorio ni debe sentir presión. Noto cómo me observa, está intentando encontrar algo sospechoso en mí. Debo mantener la intensidad quieta. Si aceptó caminar conmigo, es porque siente que posee una información tan valiosa que necesita liberarla, tanto que aceptó conversar con un desconocido, aunque solo por las referencias de la recepcionista y mi comentario de ser el hijo del jefe de policía. Hasta ahora, sigo siendo alguien en el medio».

—¿Eres estudiante? —preguntó ella, y la pregunta era una trampa disfrazada de curiosidad.

—Sí, estoy en mi último año.

No dijo «preparatoria». Dijo «último año». Y Naomi, que había sido entrenada para leer entre líneas, registró la omisión sin darle importancia, se daría cuenta de que era exactamente lo que un Kira cuidadoso no habría dicho —y que, por lo tanto, Light no era Kira—. Pero eso sería después. Ahora, solo veía a un adolescente brillante que se ofrecía a ayudarla.

Caminaron juntos. Light propuso ir hacia la izquierda, hacia la parada de autobús, y Naomi aceptó sin darse cuenta de que acababa de cumplir la primera condición del efecto Benjamin Franklin: pedir un favor —caminar en una dirección— crea confianza indirecta, baja la guardia, genera simpatía. Light lo sabía. Lo había leído. Lo había practicado. Y lo ejecutó con la naturalidad de alguien que respira.

Mientras caminaban, Naomi habló. Sobre la investigación. Sobre el bus. Sobre lo que Raye le había contado antes de morir. Light escuchaba con atención aparente, tomando notas en un cuaderno —no el cuaderno de muerte, sino uno ordinario—, y en realidad estaba escribiendo el nombre que ella le había dado: Shoko Maki. Nombre falso. Light no lo sabía aún, pero lo sospecharía en cuarenta y cinco segundos, cuando el tiempo de muerte que había escrito en un fragmento del cuaderno pasará sin que Naomi cayera muerta.

Cuarenta y cinco segundos. Ryuk se rio. Y Light entendió.

El nombre era falso. Naomi Misora —porque ese era su verdadero nombre, aunque Light no lo sabía— había aprendido de su marido que mostrar una identificación a un desconocido era una sentencia de muerte. Así que usó un nombre falso. Y Light, atrapado entre la necesidad de obtener su nombre real y la imposibilidad de preguntarlo sin despertar sospechas, improvisó.

—La verdad es que soy miembro del equipo de investigación —dijo, y cada palabra era una mentira envuelta en una verdad. L es quien dirige la investigación. Aunque estaba en la preparatoria, ayudé a la policía a resolver dos casos, así que se me permitió entrar libremente a la oficina e investigar con flexibilidad.

Naomi lo escuchó. Y algo en su rostro cambió —no la confianza, exactamente, sino la disposición a confiar—. Porque Light estaba ofreciéndole exactamente lo que necesitaba: acceso. Acceso a L. Acceso a la investigación. Acceso a la posibilidad de vengar a Raye.

—¿Quieres investigar conmigo? —preguntó Light, y su voz tenía la cadencia de una propuesta romántica—. ¿Por qué no te unes a mi equipo de investigación? Así puedes hablar directamente con L. No, puedes capturar a Kira tú misma. He notado que tienes excelentes habilidades de observación. Lo que me contaste sobre el caso BB y tu investigación sobre Kira es muy bueno.

La adulación funcionó como una llave en una cerradura. Naomi entregó su licencia de conducir —su nombre real, su rostro, su identidad—. Y en el momento en que sus dedos tocaron el plástico, Light Yagami escribió el nombre en el fragmento del cuaderno que sostenía oculto en su mano. Muerte por suicidio en tres días. Rechazo del caso.

—He contado un total de cinco veces —dijo Naomi de repente, y su voz tenía el filo de una cuchilla que se desenvaina—. Cinco veces has mirado tu reloj.

Light sintió un escalofrío que no mostró. Cinco veces. Había mirado su reloj cinco veces, contando los segundos que faltaban para la muerte de esta mujer, y ella lo había notado. Era buena. Era muy buena. Y por un instante —un instante que duró menos de un latido—, Light consideró la posibilidad de que lo hubiera descubierto.

—¿Qué estás esperando? —preguntó Naomi.

—Ah, nada. Solo estoy mirando mi reloj porque... soy Kira.

Naomi se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron. Y Light vio en ellos algo que no era miedo exactamente, sino la comprensión súbita y terrible de que había estado hablando con el monstruo que buscaba. Pero fue demasiado tarde. El cuaderno ya había escrito su destino. Y Naomi Misora, la mujer que había resuelto el caso de los asesinatos BB, la agente que L consideraba hábil, caminó hacia su muerte con la misma determinación con la que había caminado hacia la vida.

Tres días después, desapareció. Su cuerpo nunca fue encontrado.

Capítulo 7 — Papas Fritas

Si hay algo que define a un genio no es la capacidad de resolver problemas, sino la de crearlos. Light Yagami no sólo resolvería el problema de las cámaras —esa red de ojos electrónicos que L había instalado en su habitación—; lo resolvió con una elegancia que habría hecho llorar de envidia a cualquier ilusionista. Y lo hizo en dos minutos y 19  segundos.

Casa Yagami

Light entró en el silencioso recibidor. La casa estaba vacía. Se dirigió hacia las escaleras, sus pasos silenciosos, su mente ya trabajando.

Al llegar a la puerta de su habitación, se detuvo. Manipuló discretamente la manija, comprobando el mecanismo que había instalado previamente. La había dejado ligeramente bajada. Si se movía libremente antes de llegar al tope, nadie había entrado. Si llegaba al tope inmediatamente, alguien había estado dentro.

Observó su habitación. Su ropa seguía sobre la cama, la silla del escritorio estaba ordenada. Descartó de inmediato a su madre y a su hermana. Conocía la rutina de su madre; solo entraba para dejar la ropa sucia y no era curiosa. Su hermana, Sayu, era desordenada. Si hubiera entrado, sus revistas estarían sobre la cama, o la silla y el teclado estarían movidos, ya que solía usar su computadora para jugar.

Todo estaba exactamente como lo había dejado. Casi…

Los ojos de Light se entrecerraron. Se arrodilló, fingiendo ajustarse el zapato, y echó un vistazo a la parte inferior del marco de la puerta. Allí estaba. Un pequeño fragmento del fino alambre que había colocado en la rendija yacía en el suelo, cortado limpiamente.

Había colocado dos trampas. La manija era una comprobación básica, pero el cable era la verdadera prueba. Entró en la habitación abriendo la puerta lo justo para colarse —unos 45 grados—, evitando así aplastar el cable. Pero un intruso, sin saber de la trampa, abriría la puerta del todo. El ángulo obligaría a la puerta a cortar el cable.

El cable había sido cortado. Alguien más había abierto la puerta.

Light se puso de pie, con el corazón latiendo un poco más rápido. El intruso no se había llevado nada. El mecanismo de la manija confirmaba que la puerta se había abierto, y el cable confirmaba que se trataba de una entrada exterior.

Solo había una razón plausible para una intrusión tan sigilosa y poco intrusiva: la vigilancia.

«Instalaron cámaras», dedujo Light, con la mente acelerada. «Y la única razón por la que correrían ese riesgo es si L ya sospecha de mí. Yo era una de las veintitrés personas que Raye Penber investigó».

De entre los sospechosos iniciales, podría haber entre cien y ciento cincuenta. Pero L no los estaba investigando a todos. Se centraba en los objetivos más probables.

Lo ha acotado. Para él, tengo una probabilidad del 1%, mientras que el resto tienen menos del 0,1%.

Light reprimió una sonrisa burlona. El juego había comenzado oficialmente.

 Actúa con normalidad, termina de vestirse y sale de su habitación para ir a un parque, manteniendo el control emocional a pesar de saber que lo están observando.

Light es llamado por su madre para cenar y durante esto L ordena a todas las estaciones de televisión que emitan noticias especiales, estas noticias especiales son que 1.500 detectives de los países van a ayudar a resolver el caso Kira, esta información es posiblemente falsa, y hay forma de que Light lo sepa,

Light llega fácilmente a la conclusión de que probablemente hay cámaras en el lugar donde él y su familia están cenando, y la razón es porque L quiere ver a Light tanto su reacción como también cómo interactúa o habla sobre el caso Kira.

Light deduce que L difundió esa noticia para ver su reacción.

 Light sin afectarse recordando la primera vez que lo enfrentó a L, no cometería el mismo error dos veces,  usando sus dotes de actuación  dice de forma serena para que todos en su mesa lo escuchen que la información de Interpol es mentira.

“ solo es una táctica de guerra psicológica, ya que si fuera verdad, primero no ayudaría mucho y aparte, ¿para qué tantos?, un equipo profesional tienen menos de 100 integrantes para un caso, no son necesarios tantos, si la NPA contactó con la Interpol y consiguió sumar personal, no lo harían público, o a lo más, no dirían una cifra exacta, el número inflado de supuestos agentes es una provocación obvia a generar paranoia, no es una mala táctica, pero no creo que al asesino le afecte.” dijo light a su madre y hermana, ellas asienten.

Light cuestiona el sentido de anunciarlo así, diciendo que deberían guardar silencio y dejarlos trabajar en secreto. Habla de cómo los agentes del FBI estaban en una misión ultrasecreta y todos terminaron muertos. Dice que si Kira descubre a estos tipos, también se encargará de ellos. También dice que apuesta a que esta información ni siquiera es cierta y que es simplemente una trampa para presionar a Kira. Light regresa a su habitación y Ryuk ya ha encontrado la ubicación de todas las cámaras. Le revela a Light que hay un total de 58 cámaras pero no le dice  dónde apuntan. Light se decepciona por el capricho del shinigami, pero se apunta a decir no necesitarlo y que deducirá el la ubicación de las cámaras tomando en cuenta su habitación como la más probable a tener más cámaras, considerando el peor escenario, comienza su estrategia para despistar a L.  

“Primero, los hechos. L había instalado cámaras , cincuenta y ocho en toda la casa, según Ryuk, que reveló la cifra a cambio de manzanas”. La primera premisa que pensó light.

 Light necesitaba saber exactamente dónde estaban. Pero no podía buscarlas , eso sería sospechoso. Así que usó lo que tenía: su propio cuerpo. Conociendo su talla de zapato —treinta y nueve centímetros—, el ancho de su antepié —once centímetros—, su altura —ciento setenta y siete centímetros—, y las dimensiones de su habitación, light se tomó unos segundos al entrar a su habitación, él posee memoria fotográfica y podía visualizar una sola vez todo el panorama de su habitación como si fuera un cuadro, al sentarse en su escritorio, con la imagen en su cabeza,  dedujo usando estas medidas corporales como unidades de referencia, Light reconstruyó la geografía del espacio en su mente con la precisión de un topógrafo. La habitación era cuadrada. El balcón estaba a la derecha. Las cámaras fijas tenían un rango de visión limitado, y su colocación seguía un patrón: maximizar la cobertura con la menor superposición posible, a una distancia de aproximadamente treinta centímetros entre cada una, excepto en las esquinas.

 “Si hay más de cuarenta cámaras en toda la casa, no pueden ser de ángulo amplio, si fueran de 360°, la cantidad de cámaras sería inferior a 10”. Razonó Light, y en su mente con los ojos en su tarea, como si fuera una impresión 3D a escala, rotaba y movía su habitación para determinar las ubicaciones de las cámaras según los espacios disponibles, también al fijar un estimado de dónde pondría las cámaras si fuera L y usando esto, podría desarrollar los puntos de vistas según el ángulo de cada supuesta cámara visualizando el pov, de la cámaras a él como si viera en primera persona a sí mismo desde cada cámara —. “No tendría sentido que L instalara tantas cámaras si no sabe exactamente qué busca. Probablemente quiere ver alguna actividad sospechosa, pero no en tanto detalle. El número de cámaras sugiere que son de tamaño diminuto e imperceptibles , fijas, cuyo campo visual panorámico, por su tamaño, es limitado y depende de una colocación precisa.” razonó también light mientras resolvía su tarea y actuaba normal.

Identificó las cámaras de techo —las llamó T—. T1 y T2 cubrían el escritorio. Pero si inclinaba la bolsa de papas fritas hacia sí y la alineaba con su hombro, T1 no podía ver el interior —solo el envoltorio exterior—, y T2 cubría el lado derecho donde su tarea era visible. Las cámaras traseras —tipo A—, situadas en la pared del armario, eran más complicadas: A2, A3 y A4 tenían la mejor vista de su costado. Y luego estaban las B —las del balcón—, especialmente B1, que tenía un ángulo directo al interior de la bolsa de papas. La solución para B1 fue su propia cabeza: al inclinarse hacia adelante, acercándose al escritorio, usaba su cráneo como punto ciego, bloqueando la línea de visión de la cámara mientras miraba dentro de la bolsa.

Dentro de la bolsa había un televisor en miniatura pegado al lado derecho, mirando diagonalmente hacia la izquierda. En el lado izquierdo, un pequeño espejo rectangular pegado con cinta reflejaba la pantalla del mini TV. Con este sistema, Light podía ver los nombres y rostros de los criminales simplemente bajando la mirada sin mover el cuerpo —porque inclinarse sospechosamente sobre una bolsa de papas fritas sería, precisamente, sospechoso—. Junto al espejo, en el centro, un fragmento del cuaderno de muerte y un lápiz acortado, como si fuera davinci, al ver los nombres inversos por el reflejo su cerebro los traducía al instante: “selàznoG ordeP> Pedro González”

Mientras resolvía ecuaciones de Análisis Matemático Avanzado III —optimización con derivadas e implícitos, convergencia puntual y uniforme—, Light escribía nombres. Cada treinta segundos, aproximadamente, una vida de un criminal se extinguió en algún lugar del mundo. Y desde la perspectiva de las cámaras, todo lo que se veía era un estudiante comiendo papas fritas mientras estudiaba. Diecisiete personas murieron esa tarde. Light cometió dos errores de ortografía en los nombres —un riesgo que calculó y aceptó—, y el lápiz  fue acortado preventivamente para mayor eficiencia.

Cuando terminó, aplastó la bolsa con cuidado y la depositó en la basura sin hacer ruido metálico.

 Y cuando su madre lo llamó para que le ayude en algo, bajó las escaleras con la expresión de un chico normal que ha tenido una tarde de estudio productiva.

L observó las grabaciones y no encontró nada. Ni una microexpresión inusual. Ni un gesto fuera de lugar. Los criminales murieron durante el período en que Light estaba aparentemente estudiando, pero eso no era evidencia —era coincidencia, y L sabía que la coincidencia no es evidencia—. Sin embargo, también sabía que la ausencia de evidencia no era evidencia de ausencia.

—Kira tiene un enfriamiento emocional rápido —pensó L, mordiendo el pulgar—. Dado el tipo de asesinato, no representa un gran desgaste psíquico o emocional. Sería diferente si el asesinato fuera más violento o explícito, pero asumiendo que mata a distancia casi «solo con quererlo», puede recuperarse rápidamente y continuar matando, siguiendo una disciplina de horarios y momentos apropiados.

Era una deducción brillante y absolutamente inútil. Porque saber que Kira era disciplinado no ayudaba a encontrarlo. Solo confirmaba lo que L ya sospechaba: que Kira era alguien excepcional. Y en un mundo de ocho mil millones de personas, «alguien excepcional» era una categoría demasiado amplia como para servir de pista.

Light, mientras tanto, había diseñado un sistema portátil. Memorizaba los nombres de criminales que veía en las noticias —veintisiete en una hora—, los dividía por origen, cortaba tiras de papel del tamaño justo para escribir nombres y apellidos, y las pegaba en diferentes páginas de su libro de criminología. Así, solo cargando el libro, podría escribir los nombres en las tiras del cuaderno de muerte sin acceder directamente a él. Un sistema elegante. Invisible. Imposible de detectar.

Y así, en la frontera invisible entre lo que las cámaras veían y lo que realmente ocurría, Light Yagami continuó matando. Con papas fritas. Con ecuaciones. Con la calma de un dios que ha decidido que el mundo necesita una limpieza a fondo.

Capítulo 8 — Graduación

Light Yagami estableció una línea base de capacidad cognitiva excepcional mucho antes de que el cuaderno cayera en sus manos. Ingresó a la Universidad To-Oh a los doce años —aprobando los exámenes a los once y nueve meses—, procesando años académicos avanzados con una velocidad que desafiaba la norma biológica. Hablaba ocho idiomas con competencia casi nativa y capacidad para distinguir acentos regionales. Sus licenciaturas en Literatura, Criminología y Psicología con calificaciones perfectas no eran solo logros académicos: eran los síntomas de un intelecto que operaba en una frecuencia que la mayoría de los humanos ni siquiera podía percibir. Un cociente intelectual estimado entre ciento ochenta y cinco y doscientos uno. Un cerebro que funcionaba como una orquesta sin director,cada sección tocando simultáneamente, en perfecto ritmo, sin necesidad de batuta—.

Fue en la ceremonia de graduación donde Light Yagami y L se encontraron por primera vez frente a frente. Habían estado jugando al escondite durante meses —uno matando, el otro investigando; uno escondiendo, el otro buscando—, pero la distancia que los separaba era tan grande como la que separa a dos estrellas en la misma constelación: vistas desde lejos parecen cercanas, pero la luz que las une viaja durante años. Ahora, por fin, la distancia se reducía a cero.

L se acercó después de los discursos. Era más bajo de lo que Light esperaba —o quizás era la postura, encorvada como si la gravedad tiraba de él con más fuerza que del resto de los humanos—. Cabello negro despeinado, ojeras profundas como cráteres lunares, camiseta blanca de manga larga y vaqueros que parecían no haber visto una lavadora en semanas. Si no fuera por la mirada —esos ojos negros que absorbían luz en lugar de reflejarla—, habría parecido un vagabundo que se coló en la ceremonia.

—Debes tener un fuerte sentido de la justicia, al igual que tu padre, que está en la policía —dijo L con una voz que era más suave de lo que Light imaginaba, pero con una cadencia que sugería que cada palabra había sido medida, pesada y colocada como una ficha de dominó—. He oído que has ayudado a resolver algunos casos para la policía. Confío en tu sentido de la justicia y me gustaría compartir información sobre el caso Kira contigo.

Light escuchó. Asintió. Y entonces L dijo las palabras que, en cualquier otra circunstancia, habrían sido una sentencia de muerte:

—Soy L.

Light no reaccionó. No podía. Cualquier reacción —sorpresa, miedo, alegría, cólera— sería interpretada por L como un dato. Así que hizo lo que hacía siempre: analizó.

 “Si L se acercó y reveló su identidad, es porque está desesperado por pruebas. Si solo L podía descubrir que Kira no era ruso, sino japonés, era porque su mente operaba fuera de lo que un detective convencional pensaría: análisis de causa-efecto, deducción y lógica matemática rígida. Mi estrategia de disfrazar mi  perfil geoestratégico había sido efectiva para mentes lógicas y manuales. L pensaba fuera de los convencionalismos. Eso lo hacía peligroso.” Pensó light.

—¿Quieres jugar al tenis? —preguntó L, y la proposición fue tan abrupta que Light tardó medio segundo en procesarla.

El partido de tenis no fue un partido de tenis. Fue una guerra.

La pista se extendía bajo el sol de la tarde como un campo de batalla rectangular, con la red como frontera entre dos naciones enemigas que fingían deportividad. Light sacó primero. La raqueta cortó el aire con un sonido seco, y la bola cruzó la red a ciento setenta kilómetros por hora, rebotando en el cuadrado de servicio con la precisión de un misil guiado. L la devolvió sin esfuerzo aparente, con un golpe que no tenía potencia pero sí una colocación calculada al milímetro.

—Qué velocidad —dijo L, y la frase era un cumplido y una observación forense simultáneamente—. Para alguien que dice no practicar regularmente, tienes un saque muy potente, Yagami-kun.

—Gracias, Ryuzaki —respondió Light, y la palabra «Ryuzaki» era el nombre falso de L, pero también un recordatorio de que ninguno de los dos usaba su identidad real en esta pista—. Supongo que es la competitividad.

El primer game fue un sondeo. Cada golpe era una pregunta disfrazada de movimiento físico. Cuando Light golpeaba con fuerza, estaba preguntando: «¿Cómo reaccionas ante la agresión directa?». Cuando L respondía con un golpe corto y angular, estaba respondiendo: «Prefiero la maniobra indirecta». Y cuando ambos se movían hacia la red, estaban diciendo: «Estoy dispuesto a acercarme al peligro si la recompensa lo justifica».

Light pensaba mientras jugaba. Era la única forma en que podía hacerlo —su cerebro no tenía modo de espera, no existía un momento en que los engranajes dejaran de girar—. «¿Qué haría Light si fuera Kira?», se preguntaba, y la pregunta era un laberinto donde cada salida conducía a otra entrada. «¿Qué busca L desafiandome a un partido de tenis? ¿Quiere conocerme mejor? ¿O está usando este juego para entender mi naturaleza y sacar conclusiones sobre mi personalidad y si coincide con el perfil de Kira?».

El segundo game fue más intenso. Light ganó el punto con un revés cruzado que L apenas alcanzó, y por un instante vio algo en los ojos de su oponente que no era admiración ni frustración sino evaluación pura. L estaba midiendo no la velocidad de la bola sino la velocidad de la decisión que la produjo. Porque el tenis, como el ajedrez, no se juega con el cuerpo sino con la mente. El cuerpo es solo el instrumento que ejecuta la decisión ya tomada.

—Eres muy competitivo —observó L después de perder el tercer game, y la palabra «competitivo» no era inocente—. La mayoría de las personas, al jugar un partido amistoso, se contienen un poco. Tú no te contienes en absoluto.

—¿Por qué lo haría? —respondió Light, y la respuesta era a la vez honesta y calculada—. Si juegas, juegas para ganar. No veo el punto de hacer las cosas a medias.

L asintió, y en su gesto había algo que Light  pudo leer —una capa de significado que escapaba a su análisis—. Porque L estaba pensando exactamente lo mismo que Light, pero desde el lado opuesto: «Kira tiene un perfil psicopático, con un complejo de dios y una tendencia hacia el utilitarismo y el narcisismo grandioso. Es algo extremo. Light se mira a sí mismo y concluye que tiene justificaciones para ser algo egocéntrico: es de clase alta, inteligente, popular con las chicas; es natural que sea arrogante. De hecho, L vería la arrogancia como natural en él, e irónicamente sería menos sospechoso si mostrara algo de esa naturaleza competitiva y egoísta, porque después de todo es el mejor estudiante de Japón».

El cuarto game fue un punto de inflexión. Light cometió un error deliberado —una volea que se fue larga por centímetros— y observó la reacción de L. Si L era un detective tan bueno como decía, notaría que el error era deliberado, y se preguntaría por qué alguien cometería un error a propósito. Pero si L no lo notaba, significaba que su capacidad de observación tenía límites que Light podía explotar. L no dijo nada. Pero sus ojos —esos pozos negros que absorbían todo— se estrecharon una fracción de milímetro. Lo había notado.

El quinto game fue el más revelador. Ambos jugadores estaban sudando, respirando con más dificultad, y la máscara de cordialidad comenzaba a agrietarse bajo la presión física. Cuando Light golpeó una bola que rozó la línea de fondo —un golpe que era legal pero apenas—, L lo miró con una expresión que no era enfado sino algo más peligroso: comprensión.

—Juegas al límite —dijo L, y su voz tenía el tono de quien describe un síntoma—. Siempre al límite. Ni un centímetro más, ni un centímetro menos. Es impresionante, Yagami-kun. Y también revelador.

—¿Revelador de qué? —preguntó Light, y la pregunta era genuina aunque fingía indiferencia.

—De que eres alguien que no deja nada al azar —respondió L, y en esa frase había una acusación disfrazada de cumplido—. Cada movimiento es calculado. Cada decisión es deliberada. Incluso cuando pareces espontáneo, estás calculando.

Light sintió un frío que no tenía nada que ver con el viento de la tarde. L lo estaba perfilando. No solo como persona, sino como sospechoso. Y cada gesto, cada palabra, cada golpe de raqueta era un dato que alimentaba el análisis de aquel detective encorvado que jugaba al tenis como si estuviera diseccionando un cerebro.

El sexto game fue silencioso. Ambos concentrados. “Debo ser yo mismo. Sé que soy egocéntrico, pero ego y narcisismo son cosas diferentes, y L lo sabe. En La mente de L, si yo  fuera Kira, fingiría ser el chico perfecto y humilde. No encajaría para nada con Kira, y eso es sospechoso. Pero si yo, sabiendo esto, actuó como siempre lo hago, pero inhibo ciertos comportamientos sin cambiar mi personalidad, sería menos sospechoso de ser Kira. Conociendo la criminología y el perfilamiento, sé que los inocentes no tienen nada que ocultar, mientras que un culpable con rasgos narcisistas tiene la tendencia a querer parecer la persona más recta y santa. Usando esto a mi favor, sé cómo ser inocente. No oculto nada, sé que no tienen pruebas contra mí, y que mi personalidad, aunque tiene algunas similitudes con la de Kira, es mucho más extrema de lo que Kira muestra, y la personalidad mía es casi común entre los niños consentidos”. Pensó light.

El séptimo y último game fue una exhibición. Light ganó con un saque que L no intentó devolver, y el marcador final fue cuatro a tres. No fue una victoria aplastante —Light calculó que una victoria abrumadora sería tan sospechosa como una derrota deliberada—, sino un margen justo lo suficientemente estrecho como para ser creíble y lo suficientemente claro como para satisfacer su orgullo.

Después del partido, sentados en un banco junto a la pista, con las toallas sobre los hombros y el sudor secándose bajo la brisa de la tarde, L dijo:

—Tengo sospechas sobre ti, Light. Te considero el principal sospechoso de ser Kira.

Light no flaquea. Preguntó, con la curiosidad genuina de alguien que no tiene nada que ocultar:

—¿Cuál es la probabilidad?

—Solo un uno por ciento —respondió L.

Y en ese uno por ciento —esa fracción insignificante que L desprendió como quien suelta una migaja— estaba condensada toda la determinación de un detective que nunca se equivocaba, la obsesión de un genio que no podía aceptar que la verdad se le escapara, y la certeza instintiva de que la persona sentada a su lado era, de alguna forma que aún no podía probar, el asesino más prolífico de la historia.

Más tarde, en una cafetería, L propuso una prueba de deducción. Tres cartas supuestamente enviadas por Kira —que el propio Light había enviado para molestar a L, y una fotografía de un pentagrama dibujado con sangre. Light reconoció inmediatamente el mensaje que él mismo había creado : «L, ¿sabías que la muerte solo come manzanas?»—, pero fingió analizarlo con la concentración de un detective legítimo. Descubrió dos interpretaciones posibles: la primera, el mensaje original; la segunda, una frase incompleta generada por la numeración alterada de las cartas. La clave estaba en elegir la interpretación que un detective inocente elegiría, no la que el autor elegiría. Según sus premisas, deduce lo siguiente:

  •  P1: « Yo soy Kira, y envié las tres cartas originales para distraer a L. Las cartas estaban originalmente en inglés, pero contenían una palabra que yo añadí como pista. Esa palabra era "Madrid". El mensaje original que  L leyó, que parecía un poema común, L podía  resolverlo infiriendo que la palabra: Madrid -> España -> español, que revela un mensaje cifrado en la traducción al español. Las primeras letras de las tres cartas que envió formaban la frase completa: "L, ¿sabías que la muerte solo come manzanas?".» ese es el mensaje original.

  • P2: Las cartas que L me muestra fueron modificadas; no contienen la pista. Fueron traducidas al japonés, siguiendo el mismo patrón en el que la primera letra de cada palabra del poema formaba la misma frase al ordenarse como el original.

  • P3: Las cartas modificadas están numeradas como "1, 2 y 3". Al combinar las cartas  según el orden de la numeración, se crea una nueva frase: «L, ¿sabías que la Muerte es como una marioneta con...?» La frase estaba incompleta.

  • Conclusión: Había dos respuestas en las mismas tres letras. Una es la que aparece en las cartas que envié originalmente; la segunda es una frase nueva e incompleta. L quiere saber qué respuesta elijo. No puedo ignorar una, ya que sería sospechoso, y dar la primera respuesta, la original, sería contraproducente. Si fuese inocente, pensaría como un detective. Las letras alteradas tienen un sistema de numeración; por lo tanto, para un detective, la opción 2, la frase incompleta, suena más plausible. Hay dos respuestas; debería comunicar que encontré ambas, pero debería preguntar si hay una letra más. Eso es algo que haría alguien que realmente analiza y deduce».

En ese momento, Light comprende la verdadera naturaleza de la prueba. L no estaba evaluando la capacidad deductiva, sino si Light se obsesionaría demasiado con una interpretación, implicando la autoría. Light reformula inmediatamente su conclusión usando la fotografía. Explica que el mensaje completo es: «L, ¿sabías que los Shinigami son marionetas con manos rojas como manzanas?». Light argumenta que esta versión es simbólica y coherente con el perfil de Kira, y utiliza la semántica, aludiendo a que puede controlar a los criminales antes de matarlos, incluso obligándolos a autolesionarse sin poder resistirse. El efecto de control debe ser total. El pentagrama y la sangre sugieren un control ritualizado. El criminal fue obligado a dibujar el símbolo con sus propios dedos, con la piel arrancada, mediante un poder desconocido, casi psíquico. Vincula la imagen y la poesía del Segador con la mentalidad y la ideología de control de Kira. Posee un narcisismo excesivo y rasgos sociopáticos. L acepta la explicación, inquieto pero sin pruebas. explicó ambas, señaló que la segunda era incompleta, preguntó si faltaba una cuarta carta, y L, con una mezcla de frustración y admiración, reveló la última pieza.

—Buena argumentación —dijo L—. No eres Kira. Sería un problema si lo fueras, porque... De verdad serás de mucha ayuda para el caso kira. La frase no era sincera. Era una maniobra —otra más en este juego infinito de espejos— diseñada para penetrar la mente de Light, crear un vínculo que pareciera casi amistoso, y observar su reacción.  Y Light respondió como Light —no como Kira—, con una sonrisa que era genuina en su falsedad, porque la ironía de la situación no se le escapaba: el primer amigo que había tenido era también su peor enemigo.

Pero lo que Light no esperaba era que la estrategia de L funcionara. No de la manera que L pretendía —haciéndolo confesar—, sino de una manera más profunda y perturbadora: plantando una semilla de duda que, en los meses venideros, crecería como una hiedra en el interior de su cráneo. La duda de que, en otras circunstancias, en otro mundo, sin el cuaderno de muerte, él y L podrían haber sido amigos de verdad. Sucede luego un imprevisto donde L recibe una llamada donde el padre de Light está internado en el hospital.

Durante su visita al padre de Light en el hospital, L le revela cierta información a Light.

*Durante las sospechas de L hacia Light, Light le dice a L que seguramente Raye Penber era uno de los agentes que seguían a nuestra familia por orden de L. Light admite que mintió sobre no saber nada del FBI. L sospecha de Light de inmediato, pero al instante experimenta una disonancia cognitiva.

“¿Por qué me diría algo así? No es común si es Kira. Podría ser Kira enviándome un mensaje diciendo «esto es lo que pasa por seguirme», no... no tiene sentido. Si Light Yagami fuera Kira, sería la persona más callada que miraría hacia otro lado, que jamás sabría que lo están investigando, ya que actuaría como el inocente perfecto, porque ¿por qué dejó de hacerlo?”. Se plantea ese dilema que parece más un rompecabezas.

<Saliendo del flashback>

 Más tarde, después de que L le dijera "¿cómo sabes que Raye Penber te estaba siguiendo?" Preguntó L.

 "Porque es deducible" responde con tranquilidad light. L lo mira desconcertado.

 Light continúa: "Viniste a mí diciéndome que eras L, seas o no lo que sea, eso es extraño viniendo del propio L. En la cancha de tenis dijiste que sospechabas que yo era Kira, y luego me hiciste esta prueba... ¿Crees que soy Kira? ¿Por qué? La única razón posible sería que soy uno de los investigados por los agentes del FBI. Después de tu revelación, comencé a investigar los nombres de los fallecidos, entre ellos Raye Penber. Murió en este hospital, en comparación con los otros agentes que murieron en un radio de entre 3 y 9 km, lo que convierte a este agente en el único cerca de esta zona de Kanto (hablando de una ciudad específica en la zona, hay policías de Kanto trabajando en el caso Kira investigado, pero viven fuera de la capital, por eso). Si viniste a mí, querías comprobar si yo era Kira. Todo lo que aplicaste se llama guerra psicológica, ¿verdad? Es decir, si usaste eso debe ser porque soy uno de los sospechosos más probables, ¿no?"

 L y su padre miran con cierta admiración y sorpresa, pero aquí hay algo sucio, algo

Ryuk se ríe y dice que parecía estar funcionando.

Retrospectiva de 6 horas antes, en la casa de los Yagami

Light pensó en usarlo y le dijo a Ryuk: Táctica del dilema:

—¿Qué es eso? Adaptado al pensamiento, la personalidad y la conducta de L (obsesivo, analítico, pensador profundo). ¿Qué sucede si doy información sobre mí indirectamente, pero eso siempre lleva a dos posibles conclusiones: si Kira, o no? Al proponer algo que da casi un 50% de posibilidad de conclusión siempre, creando este dilema, es un rompecabezas para alguien muy reflexivo que intenta descifrar si hago B cosa por ser X, o por ser Y, siendo X o Y conclusiones diferentes, ambas pueden hacer B con razonamientos diferentes, creando esta paradoja táctica.

  Hospital

L continúa diciendo: Kira ya tenía 12 agentes del FBI en Japón. Las 12 personas que recibieron el archivo el 27 de diciembre y murieron ese mismo día lo demuestran. Kira también obtuvo fácilmente información sobre la situación de la investigación. Desconozco la fuente, pero el sistema de seguridad del ordenador del equipo de investigación también tiene muchas fallas... En general, es muy probable que Kira robara datos de alguien del equipo de investigación. Pero, a pesar de haber dejado el FBI, Kira nunca se puso en contacto con los investigadores japoneses. De esto se deduce que en la organización hay familiares del jefe. Aunque también creo que Kira es capaz de asesinar a sangre fría a sus seres queridos...

Light: Así que has reducido el margen de sospecha entre la familia Kitamura y la mía... Hasta ahora, basándome en las pistas de que Kira se esconde en Kanto, solo puedo suponer que es japonés y que no quiere matar a gente inocente. Pero si los agentes del FBI muertos espiaban a familiares de la policía japonesa, es muy probable que Kira estuviera entre los objetivos... Y yo estaba involucrado (pero Raye Penber me estaba siguiendo). Es normal sospechar.

Como era Kira, Light conocía toda esa información de antemano, pero no podía fingir ignorancia ante L. Así que Light le demostró a L que había utilizado su razonamiento lógico y argumentos persuasivos para deducir lo anterior. Light le mostró a L que era capaz de deducir estas cosas con argumentos muy lógicos, razonables y convincentes, lo que le ayudó a demostrar su sabiduría y capacidad de razonamiento ante L, al tiempo que evitaba revelar que conocía información que solo Kira conocía. Gracias a su capacidad de razonamiento, Light se hizo pasar por una persona inocente, no Kira, sino perfectamente inteligente ante L. Esto funcionó de manera bastante lógica.

 tuvo que deambular en el coche -Yagami Light... ¿Eres Kira?...- pensó L.

Capítulo 9 — Reina

El segundo Kira llegó al mundo con la estridencia de un espectáculo de televisión. No con la sigilosidad del primero —que había construido su reino de muerte en silencio, como un arquitecto que diseña una catedral bajo tierra—, sino con el aplomo de quien sube a un escenario y exige atención. El paquete llegó a Sakura TV sin remitente, con cuatro cintas de video y una nota que decía: «Para el director Demegawa... Soy Kira. La prueba está en esta primera cinta».

Demegawa, un hombre cuya ambición superaba con creces su ética periodística, vio las cintas y pensó: «Esto es un sueño hecho realidad. Los índices de audiencia de mi canal se dispararán». Y los índices se dispararon, porque la segunda cinta cumplió su promesa: predijo la muerte de dos criminales arrestados, y ambos murieron de infarto exactamente a la hora señalada. La tercera cinta era una declaración: un logo con la letra K estilizada, una voz distorsionada que decía «Saludos, soy Kira», y una demostración de poder que incluía la muerte de un presentador en vivo. El agente Ukita, del escuadrón anti-Kira, corrió hacia Sakura TV para detener la transmisión y cayó muerto en la puerta.

—Es una Kira diferente —dijo L después de ver las cintas, y la palabra «diferente» llevaba el peso de toda su capacidad analítica—. Esta Kira mata inocentes para probar su identidad. Busca el reconocimiento del Kira original. Es otra persona.

Soichiro Yagami, el subjefe, se lanzó contra Sakura TV en un vehículo blindado, atravesó la entrada a toda velocidad, y a punta de pistola detuvo la transmisión y recuperó las cintas. Fue un acto de valentía desesperada —la clase de cosa que solo hace un padre que sabe que su hijo está entre los sospechosos y necesita demostrar, con acciones y no con palabras, de qué lado está—. Pero la verdadera historia no estaba en las cintas ni en la televisión. Estaba en un apartamento decorado con un estilo que solo podía describirse como gótico oscuro, en una chica rubia con ojos que habían visto demasiada muerte para alguien de su edad, y en un shinigami que la observaba con una mezcla de devoción y terror que ningún dios de la muerte debería sentir.

Misa Amane tenía veinte años, pero su alma parecía mucho más vieja —o mucho más rota, que a veces es lo mismo—. Su apartamento en Tokio era un reflejo de su interior: paredes oscuras, velas que ardían con llamas temblorosas, crucifijos y rosas marchitas, muebles victorianos que parecían sacados de una novela de terror, y un silencio denso que solo rompía el zumbido del refrigerador. La decoración gótica no era una pose adolescente —aunque Misa era, en muchos sentidos, una adolescente atrapada en el cuerpo de una mujer—, sino un reflejo de algo más profundo: una atracción hacia lo oscuro que nacía no de la fascinación sino de la familiaridad. Misa conocía la oscuridad porque había vivido en ella. Y la oscuridad, una vez te abraza, no te suelta nunca.

Sus padres habían sido asesinados por un ladrón cuando ella era niña. Un evento tan brutal y aleatorio que desafiaba cualquier intento de encontrarle sentido —porque a veces no hay sentido, a veces solo hay violencia absurda y dolor infinito y la certeza de que el mundo es un lugar donde la gente buena muere y la gente mala sigue viviendo—. Misa había procesado esa pérdida como podía: convirtiéndola en motivación. En determinación. En una sed de justicia que, con el tiempo, se había transformado en algo más oscuro: sed de venganza.

Y entonces llegó el acosador.

Rem lo recordaba con la claridad brutal de quien revive una pesadilla. El shinigami flotaba sobre la habitación de Misa como una estatua de hueso y arena, sus ojos fijos en la chica que dormía, y su voz —cuando habló, cuando narró este recuerdo— tenía el peso de quien cuenta una historia que terminó en tragedia y que, si pudiera, borraría de la existencia.

—Fue hace dos años —dijo Rem, y la frase era un suspiro que arrastraba siglos—. Un hombre la seguía. No un admirador, no un fan —aunque Misa ya era modelo y tenía quienes la reconocían en la calle—, sino algo peor. Un obseso. Un depredador que la vigilaba desde las sombras, que conocía sus rutinas, que sabía cuándo salía y cuándo volvía, que había memorizado cada detalle de su vida como un poeta memoriza versos. Y una noche, cuando Misa caminaba sola por una calle desierta después de una sesión fotográfica, él apareció.

Misa no tuvo tiempo de gritar. El hombre la empujó contra la pared, una mano en su boca, otra en su garganta, y en sus ojos había algo que no era deseo sino hambre —el tipo de hambre que no se sacia nunca, que consume y consume y deja solo un caparazón vacío donde antes había una persona—. Misa luchó. Mordió, arañó, pateó. Pero él era más fuerte. Mucho más fuerte. Y en el momento en que las fuerzas la abandonaban y la oscuridad comenzaba a cerrarse alrededor de ella como un sudario, algo increíble sucedió.

Un shinigami apareció.

No Rem. Otro. Un dios de la muerte cuyo nombre Misa nunca supo —y cuyo rostro solo vio como una mancha de hueso y sombra contra el cielo nocturno—. El shinigami la había estado observando. No por curiosidad, como Ryuk observaba a Light, sino por algo que ningún shinigami debería sentir. Amor. Un amor prohibido, imposible, absurdo —el tipo de amor que rompe las leyes del universo y, como todas las cosas que rompen las leyes, tiene consecuencias devastadoras—.

El shinigami escribió el nombre del acosador en su cuaderno. Y el acosador murió. Su cuerpo se desplomó como un saco de huesos, la mano que estrangulaba a Misa se aflojó, y ella cayó de rodillas, jadeando, con lágrimas que no sabía si eran de alivio o de horror. Pero el shinigami no cayó. Se desintegró. Se convirtió en polvo y arena y nada, porque al escribir el nombre de un humano para salvar la vida de otro, había violado la ley fundamental de los shinigamis: no se mata para proteger, se mata para quitar vida. Y la pena por violar esa ley era la muerte.

Misa vio al shinigami desvanecerse. Y en ese momento —en esa fracción de segundo donde la gratitud y el horror se entrelazaron como raíces de un árbol que crece sobre una tumba—, su vida cambió para siempre. Porque alguien había muerto por ella. Alguien que no conocía, que no tenía razón para ayudarla, que lo hizo solo por amor —un amor que ella nunca pidió, que nunca correspondió, que no podía corresponder porque era un amor entre especies imposibles—. Y esa deuda, Misa la llevó consigo como una cicatriz invisible que dolía cada vez que respiraba.

Fue Rem quien le dio el cuaderno. Rem, que había sido compañera del shinigami caído, que había heredado su cuaderno y su deuda, y que ahora flotaba sobre Misa con la devoción de un guardián que ha jurado proteger lo que su amigo amó. Rem no amaba a Misa —no como el otro shinigami la había amado—, pero sentía una obligación que era casi tan poderosa como el amor: la promesa de cuidar a la persona por la que alguien había sacrificado todo.

—Si usas los ojos del shinigami —le dijo Rem—, perderás la mitad de tu vida restante. Pero podrás ver los nombres y la esperanza de vida de cualquier persona con solo mirarla.

Misa no dudó. Aceptó el trato. Porque si había algo que había aprendido en sus veinte años de vida —sus padres muertos, su casi asesinato, su existencia como modelo en un mundo que la consumía y la escupía—, era que la vida sin poder era solo sufrimiento. Y el poder, cualquier poder, era mejor que la impotencia.

—Haré el trato —dijo Misa, y sus ojos se volvieron rojos.

Y con esos ojos rojos —los ojos del shinigami que podían ver el nombre y la fecha de muerte de cualquier ser humano—, Misa Amane se convirtió en la segunda Kira. No por ideología, como Light. No por aburrimiento, como Ryuk. Sino por gratitud. Por amor. Por la misma razón por la que el shinigami había muerto por ella: porque a veces las motivaciones más poderosas no son las racionales, sino las emocionales. Y Misa Amane era, sobre todas las cosas, una criatura de emociones.

—Quiero conocer a Kira —le dijo a Rem—. Quiero agradecerle. Y quiero ser su aliada más fuerte.

Rem la miró con algo que, si no era piedad, era su pariente más cercano. Y pensó, con la certeza de quien ya ha visto el final: «Esta chica va a morir. Y yo no podré evitarlo».

—Kira castigó al ladrón que mató a mis padres —continuó Misa, y su voz se quebraba en la frontera entre la gratitud y la desesperación—. Me salvó. No directamente, no personalmente, pero... él limpió el mundo de la escoria que destruyó mi vida. ¿Cómo no amarlo? ¿Cómo no querer estar a su lado?

Así era Misa Amane. Capaz de amar a un asesino en serie porque ese asesino había eliminado a otros asesinos. Capaz de entregar la mitad de su vida por un poder que le permitiría encontrarlo. Capaz de caminar hacia la oscuridad con una sonrisa, porque la oscuridad ya era su hogar.

En la base anti-Kira, L analizaba las cintas y deducía: la segunda Kira es diferente. Mata inocentes. Busca reconocimiento. Tiene poderes que el primer Kira no tiene —la capacidad de matar con solo ver un rostro, sin necesidad del nombre—. Y lo más importante: la segunda Kira quiere encontrarse con la primera.

En casa de los Yagami, Light veía la transmisión y pensaba: «Puede que tenga una aliada. O puede que tenga un problema». Porque Light Yagami no creía en los aliados —creía en las herramientas—, y una Kira con poderes que él no tenía era tanto una herramienta como una amenaza. Todo dependía de si podía controlarla.

Y en su apartamento gótico, rodeada de velas y sombras, Misa Amane acariciaba las páginas de su cuaderno de muerte y sonreía. Era una sonrisa que habría helado la sangre de cualquier persona normal. Pero Misa no era normal. Misa era una chica rota que había encontrado a alguien más roto que ella, y en esa fractura compartida, había encontrado un propósito.

—Kira —susurró al vacío—. Te encontraré.

Capítulo 10 — Amor

El amor, dicen los poetas, es la fuerza más poderosa del universo. Los poetas, como es habitual, se equivocan. El amor no es una fuerza; es un arma. Y como todas las armas, puede ser empuñada con precisión quirúrgica o con torpeza destructiva. La diferencia entre quien ama y quien usa el amor como instrumento es la misma que hay entre un cirujano y un carnicero: ambos cortan carne, pero solo uno sabe dónde hacerlo.

L lo sabía. Por eso, cuando propuso que Light Yagami se hiciera pasar por Kira ante el segundo Kira, no estaba pidiendo un favor a un amigo. Estaba calibrando un arma. Y el arma, curiosamente, parecía dispuesta a cooperar.

—Quiero que actúes como Kira —dijo L con esa voz suave que jamás elevaba, como si el volumen fuera una variable que no merecía ser optimizada—. Si hay un segundo Kira, y si ese segundo Kira está buscando al original, entonces la mejor forma de atraparlo es convertirse en el señuelo. Tú, Light-kun, eres la persona más indicada para hacerlo.

Light lo miró desde la otra punta de la mesa. El café de la universidad bullía de estudiantes que ignoraban que, a tres metros de ellos, dos de las mentes más brillantes del mundo estaban discutiendo cómo cazar a un asesino de masa. Light sostuvo la taza con ambas manos —un gesto que había practicado frente al espejo para parecer casual— y consideró la propuesta.

No era tonta. Era, de hecho, brillante. Porque si Light se hiciera pasar por Kira y el segundo Kira respondía, L obtendría información sobre ambos al mismo tiempo. Y si Light era realmente Kira —que lo era—, entonces fingir ser Kira le daba la coartada perfecta: ¿por qué el verdadero Kira se ofrecería a imitarlo? Era la lógica del contrabando escondido a plena vista, la mentira tan enorme que nadie puede creerla.

—Lo haré —dijo Light, y su voz no contenía ni un gramo de ironía—. Pero solo porque quiero atrapar al segundo Kira tanto como tú. Si hay alguien más con el poder de matar, es una amenaza para todos.

L inclinó la cabeza como un pájaro que estudia un gusano.

—Por supuesto —dijo, y en sus ojos negros como el fondo del mar había algo que podría haber sido satisfacción, o podría haber sido cálculo, o podría haber sido ambas cosas simultáneamente—. Por supuesto, Light-kun.

Esa noche, el segundo Kira hizo su aparición. No en persona —eso habría sido demasiado conveniente—, sino a través de la pantalla. Cuatro cadenas de televisión recibieron sobres idénticos con cintas de video. En las cintas, una voz femenina —distorsionada pero reconocible como femenina— anunciaba al mundo que el verdadero Kira no actuaba solo, que ella era su aliada, su discípula, su seguidora. Y luego, la frase que cambió todo:

—Yo soy un shinigami.

Las palabras cayeron como piedras en un estanque quieto. En la sala de operaciones del equipo de investigación, Soichiro Yagami se puso de pie como si le hubieran dado un puñetazo. Matsuda dejó caer su café. Aizawa apretó los puños. Y L, encogido en su silla con los pulgares contra los labios, no dijo nada durante exactamente cuarenta y siete segundos. Porque L estaba pensando, y cuando L pensaba, el universo esperaba.

—Si el segundo Kira menciona a un shinigami —dijo finalmente, con la cadencia de quien dicta un testamento—, significa que sabe algo que el primer Kira no ha revelado. O significa que está mintiendo. O significa que hay un ser sobrenatural involucrado que nosotros aún no comprendemos. Cualquiera de las tres posibilidades es perturbadora.

Pero L no necesitaba comprender lo sobrenatural para combatirlo. Solo necesitaba comprender a los humanos que lo usaban. Y los humanos, incluso los que hablan con dioses de la muerte, son predecibles en sus deseos: quieren ser reconocidos, quieren ser amados, quieren ser vistos.

Misa Amane quería las tres cosas.

El sobre que acompañaba las cintas contenía algo más: un diario. Era un diario de tapas rosadas, del tipo que una adolescente compraría en una papelería de Shibuya, con un candado diminuto que un niño podría forzar con un clip. Pero lo que contenía no era el desahogo de una quinceañera: era un código. Fechas, nombres, iniciales, lugares. Mensajes escritos en la caligrafía apresurada de alguien que sabía que el tiempo era limitado y que cada segundo de retraso era un segundo menos de vida.

L lo examinó durante seis horas seguidas. Sin comer, sin beber, sin moverse de su postura encogida. Watari le trajo té tres veces; las tres tazas se enfriaron intactas. Y al amanecer, cuando el resto del equipo llegaba con los ojos hinchados de sueño, L habló:

—El segundo Kira quiere reunirse con el primer Kira. Ha dejado pistas en el diario que solo el primer Kira podría descifrar. Los mensajes apuntan a un lugar: Aoyama. Un distrito de Tokio, conocido por sus boutiques, sus cafés y su vida nocturna. El segundo Kira ha elegido Aoyama porque es lo suficientemente público para ser seguro y lo suficientemente concurrido para ser anónimo. Es un lugar de citas, y eso es exactamente lo que el segundo Kira quiere: una cita con Kira.

Light, que había estado escuchando con la expresión de alguien que resuelve un problema de cálculo, asintió.

—Aoyama tiene un distrito de clubes —dijo—. Note Blue, especialmente, es popular los fines de semana. Si el segundo Kira es joven, y la voz de las cintas sugiere que lo es, ese sería el lugar lógico para buscar.

—Entonces iremos —dijo L.

No fue una sugerencia. Fue una orden. Y Light, que estaba acostumbrado a dar órdenes pero no a recibirlas, sintió una irritación que disimuló con una sonrisa.

El sábado llegó con el calor húmedo del verano japonés. Light fue a Aoyama con un grupo de amigos —Ryuk flotando detrás de él como un globo espectral—, y se mezcló entre la multitud del Note Blue con la naturalidad de alguien que pertenece a ese mundo. La música electrónica latía como el corazón de un animal enorme. Las luces estroboscópicas convertían los rostros en máscaras fragmentadas. Y en algún lugar de esa masa de cuerpos danzantes, Misa Amane buscaba a su dios.

Lo encontró. O más bien, sus ojos lo encontraron —los ojos de shinigami que Rem le había dado a cambio de la mitad de su vida restante, los ojos que podían ver el nombre y la vida restante de cualquier persona con solo mirarla—. Misa vio a Light Yagami a través de la multitud y supo, con la certeza de quien ve arder un arbusto que no se consume, que había encontrado a su Kira.

Light no la vio. No podía verla a través de la multitud, y su visión humana no podía detectar el nombre flotando sobre su cabeza como una aureola de muerte. Pero Misa lo vio. Y en ese instante, el tablero cambió de configuración: el segundo Kira ya no buscaba al primero. Lo había encontrado.

Dos días después, Misa Amane apareció en la casa de Light. Se presentó como fan, como admiradora, como la chica que había visto en la televisión y quería conocerlo. Light, que no era estúpido, registró cada detalle: la ropa excesivamente elegante para una visita casual, el maquillaje demasiado perfecto para ser espontáneo, la forma en que sus ojos recorrieron la sala como si buscaran algo más que un estudiante guapo.

Casa Yagami

Cuando Misa y Light se encuentran en su casa, él la analiza rápidamente en su cabeza: «Muy extrovertida y neurótica, moderadamente reactiva, con buen gusto para la moda. Todo apunta a que es popular, mucha gente la conoce. No podría matarla porque seguramente le contó a al menos un amigo adónde fue. Debo tener cuidado». Aunque había indicios que sugerían lo contrario, Light no podía ignorar lo que veía.

Se encontraba a menos de medio metro de él, más cerca de lo necesario. Sus pupilas aún estaban dilatadas. Al hablar ella, su voz se suavizó lo suficiente como para sonar dulce, casi inconfundible. Mantuvo su mirada fija, parpadeando con naturalidad… pero cada vez que él la miraba directamente, ella inclinaba la cabeza levemente, apartando la mirada o desviándose hacia un lado.

Light que había estudiado tanto Perfilamiento como Psicología cognitiva concluyó que ella mostraba un tipo de comportamiento que denotaba una disposición sumisa.

¿Pero qué pasaría si no fuera real?

Light centró sus pensamientos, escudriñando cada detalle con silenciosa sospecha.

“¿Podía confiar en ella?”

“Ya había demostrado su capacidad: moverse sin ser vista, esquivar las cámaras, gestionar la logística con precisión. Era inteligente. Mucho más inteligente de lo que aparentaba.”

“Si esa personalidad era una actuación, entonces era peligrosa.”

“Y si no lo era, si esa era realmente su verdadera identidad, entonces, con los Ojos de Shinigami, podría convertirse en una herramienta extraordinariamente eficaz.”

Una herramienta para eliminar L.

Entonces se sorprende por su declaración de amor. Obviamente, no lo cree, así que empieza a interrogarla porque le parecía sospechoso que una persona "inocente y tierna" tuviera una Death Note y hubiera escrito a varias personas. Podría ser una manipuladora. "Debo estar atento y ver si no muestra demasiada amabilidad para no bajar la guardia. Tiene esos ojos; podría matarme fácilmente. Debo seguirle el juego". Cambia su actitud a una cálida y atenta, sin parecer falso. La mira con profundidad, como si también estuviera desesperado por que alguien lo ayudara. Adapta su tono a voluntad para transmitir comprensión. Relaja la tensión diciendo que solo quería saber si podía confiar en ella. Ahora puede "Bajar sus defensas".

Él le dice que puede ser su novia, pero solo si él es el centro de su mundo. Misa acepta de inmediato... Rem ve a Light como una amenaza potencial... Para evitar sospechas, Light sutilmente presenta su comportamiento como paranoia causada por una persecución constante... entiende que con esto, ella, siendo tan emocional como es, será una ayudante leal, siempre y cuando él mantenga ese pico de emotividad y atención, con afecto, ella muestra sumisión

—Eres la primera persona que ha venido a verme así —dijo Light con la humildad manufacturada que usaba como camuflaje—. Normalmente la gente solo quiere hablar de mis notas.

Misa sonrió. Era una sonrisa que contenía algo que no era exactamente alegría, sino una forma de hambre —el hambre de quien ha estado sola tanto tiempo que la soledad se ha convertido en un segundo estómago que solo se llena con la presencia de otro—.

—Es porque eres «especial» en su boca sonó como una confesión.

Light la invitó a salir. No porque quisiera —Misa le parecía irritante, infantil, peligrosamente impredecible—, sino porque la necesitaba. Si Misa era el segundo Kira, entonces controlarla era equivalente a controlar una segunda arma de destrucción masiva. Y si no lo era, entonces era una fuente de información. En cualquier caso, descartarla habría sido un error estratégico.

Cuando Light regresó al cuartel general esa noche, L lo estaba esperando. Estaba sentado en su silla con las rodillas contra el pecho, mirando la pantalla donde las grabaciones de las cámaras de Aoyama se sucedían en bucle.

—Fuiste a Aoyama —dijo L. No era una pregunta.

—Sí —respondió Light—. Con matsuda y  unos amigos. Fuimos al Note Blue.

—Ya —dijo L, y la palabra contenía un universo de implicaciones—. El segundo Kira envió las cintas el mismo día que tú estuviste en Aoyama. El mismo distrito. El mismo barrio. Es una coincidencia interesante.

—No es una coincidencia —dijo Light con la paciencia de quien explica algo obvio—. Aoyama es uno de los distritos más concurridos de Tokio. Miles de personas van allí cada fin de semana. Si el segundo Kira es joven, y creemos que lo es, entonces estadísticamente es probable que frecuenta los mismos lugares que yo.

L lo miró. Lo hizo como siempre: sin parpadear, con esos ojos que parecían diseñados para absorber luz en lugar de reflejarla. Y entonces dijo algo que Light no esperaba. Algo que, en el contexto de su guerra silenciosa, era tanto una confesión como una maniobra:

—Light-kun, eres el primer amigo que he tenido.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como humo. Light sintió algo que no pudo identificar inmediatamente —¿sorpresa? ¿compasión? ¿alarma?— y que atribuyó, después de un momento de análisis, a una mezcla de las tres. Porque la frase era, en la superficie, genuina. L no tenía amigos. L nunca había tenido amigos. L era un ser que existía en los márgenes de la humanidad, observando a las personas como un científico observa bacterias en un microscopio, y la idea de que alguien pudiera acercarse lo suficiente para ser llamado «amigo» era, para él, tan extraña como la idea de que una bacteria pudiera aprender a tocar el piano.

Pero bajo la superficie, la frase era algo completamente diferente. Era un lazo. Una cadena invisible que L estaba colocando alrededor del cuello de Light con la delicadeza de un joyero que engarza un diamante. Porque si Light era su amigo, entonces Light no podía ser Kira —el amigo no es el enemigo, la confianza no es la sospecha, el amor no es la guerra—. Y si Light era Kira, entonces la confesión de L era un señuelo: una invitación a bajar la guardia, a sentirse seguro, a cometer el error de creer que el detective que lo perseguía era, en realidad, alguien que lo quería.

Light entendió todo esto en menos de dos segundos. Y su respuesta fue tan calculada como la provocación:

—Gracias, Ryuzaki —dijo, usando el seudónimo de L con la familiaridad de quien pronuncia el nombre de un hermano—. Eso significa mucho para mí también.

Se miraron. Y en ese cruce de miradas había algo que ninguno de los dos quería admitir: la posibilidad, remota pero real, de que la línea entre la verdad y la mentira se hubiera vuelto tan delgada que ambos la estaban pisando simultáneamente.

—Bien —dijo L, rompiendo el momento con la eficiencia de quien corta un cable que podría o no podría estar conectado a una bomba—. Entonces, como amigos, deberíamos trabajar juntos para atrapar al segundo Kira. ¿No crees, Light-kun?

—Por supuesto —dijo Light.

Y ambos sonrieron. Y ninguna de las dos sonrisas era real. O tal vez ambas lo eran. La diferencia, como siempre, era irrelevante para el resultado .

Capítulo 11 — Movimiento

Hay un momento en toda operación de inteligencia donde la paciencia se agota y la acción se vuelve inevitable. No es un momento heroico —la mayoría de las veces, es un momento burocrático: un formulario firmado, una orden emitida, una firma estampada en un papel que convertirá la teoría en realidad—. Pero detrás de cada firma hay una decisión, y detrás de cada decisión hay alguien que tendrá que vivir con las consecuencias.

L firmó la orden de arresto de Misa Amane un martes por la mañana, mientras el resto del mundo desayunaba y leía las noticias sin saber que el nombre de una joven de veintiún años acababa de escribirse en un documento que cambiaría su vida para siempre.

Las pruebas eran circunstanciales, pero circunstanciales en el sentido en que las huellas dactilares en un arma son circunstanciales: coinciden, apuntan, condenan. Las huellas de Misa estaban en los sobres que contenían las cintas enviadas a las cadenas de televisión —no en los sobres mismos, que habían sido limpiados con profesionalidad, sino en el adhesivo del sobre interno, una superficie que la mayoría de la gente olvida limpiar—. Pero las huellas no eran lo único. Había pelos de gato —pelos blancos, de una raza específica, un persa chinchilla que, según los registros veterinarios, pertenecía a la vecina del apartamento de al lado de Misa—. Y había una factura de papel de embalaje comprado en una tienda de Shinjuku, pagada con una tarjeta de crédito emitida a nombre de Misa Amane.

Era suficiente. No para un tribunal convencional —un abogado defensor habría desmantelado la cadena de evidencia en quince minutos—, pero L no operaba en tribunales convencionales. L operaba en el territorio de la certeza matemática, donde el noventa por ciento de probabilidad era equivalente a una condena.

Misa fue arrestada a las seis de la tarde, mientras salía de un ensayo de su programa de televisión. Los agentes no se identificaron como policía —lo hicieron como personal de una agencia de modelos que necesitaba su firma para un contrato urgente—. Misa, que vivía en el universo de las apariencias donde las oportunidades no se desaprovechan, subió al vehículo sin sospechar. Y cuando las puertas se cerraron y el vehículo giró en dirección contraria a la agencia, ya era demasiado tarde.

La llevaron a una instalación que no aparecía en ningún mapa. Era un edificio gris, sin ventanas, construido durante la Guerra Fría como centro de interrogatorios y reconstruido por Watari como centro de detención para los casos de L. La celda era blanca —blanco hospitalario, blanco aséptico, blanco que presiona los ojos y la mente hasta que el color se convierte en un castigo—. Y la sujeción era completa: un camisón de fuerza que inmovilizaba los brazos contra el torso, correas en las piernas, una venda en los ojos que Misa no podía quitarse porque sus manos no existían, habían sido reemplazadas por dos muñones de tela que no podían sostener nada, ni siquiera la esperanza.

Rem lo observó desde el reino de los shinigamis. Lo hizo con algo que, si no era angustia, era su pariente más cercano. Porque Rem no era como Ryuk —Ryuk observaba con desapego, con la curiosidad del entomólogo que contempla una colonia de hormigas—. Rem observaba con implicación. Rem había prometido proteger a Misa. Rem había hecho un trato con Gelus, el shinigami que murió por salvar la vida de Misa, y ese trato pesaba sobre ella como una losa de granito.

—Rem —susurró Misa en la oscuridad de su celda, y su voz era tan pequeña que solo un ser sobrenatural podría haberla oído—. Rem, mátame.

Las palabras flotaron a través de las dimensiones como una oración al revés. Matar. No salvar. Matar. Porque Misa Amane, atrapada en un camisón de fuerza en una celda blanca sin ventanas, con la venda sobre los ojos y el silencio como único compañero, había llegado a la conclusión que todos los prisioneros alcanzan eventualmente: que la muerte es una forma de libertad, y que la libertad, aunque sea la libertad de la nada, es preferible a la cautividad.

—Si me matas —continuó Misa, y ahora su voz tenía el temblor de quien está a punto de llorar pero se niega a hacerlo porque las lágrimas son una debilidad que Kira no toleraría—, Kira estará a salvo. No puedo traicionarlo. No diré nada. Pero si me mantienen aquí el tiempo suficiente, si me interrogan lo suficiente, si me vuelven loca lo suficiente... no sé qué podría decir. Rem, por favor. Mátame ahora, antes de que me debiliten.

Rem no respondió. No porque no quisiera, sino porque no podía. Las reglas de los shinigamis eran claras: un shinigami puede matar a un humano escribiendo su nombre en el cuaderno, pero si lo hace para prolongar la vida de otro humano, el shinigami muere. Y si Rem mataba a Misa para proteger a Light —para que Misa no revelara su identidad bajo interrogatorio—, entonces Rem moriría. Y Rem, aunque había aceptado la muerte como posibilidad, no la buscaba. No todavía.

—No te mataré, Misa —dijo finalmente Rem, y su voz era como el sonido del viento a través de un cementerio—. Pero tampoco dejaré que te destruyan.

Fue una promesa. Y fue, también, una sentencia.

En el cuartel general, Light fue informado del arresto por L mismo. Lo hizo con la delicadeza de un cirujano que comunica un diagnóstico: directo, sin adornos, dejando que el paciente procese la información a su propio ritmo.

—Hemos arrestado a Misa Amane —dijo L—. Es el segundo Kira con un noventa y cinco por ciento de probabilidad. Las huellas dactilares coinciden. Los pelos de su gato coinciden. Su perfil psicológico es consistente con el comportamiento del segundo Kira: joven, femenina, con un complejo de heroína que la lleva a buscar la aprobación de una figura de autoridad. En este caso, tú.

Light no parpadeó. No tragó saliva. No dio ningún signo de que la información afectara su ritmo cardíaco, su presión arterial o su equilibrio hormonal. Era una estatua de carne que procesaba datos.

—¿Y qué hará ahora? —preguntó, y su voz era tan neutral como la de un meteorólogo anunciando lluvia.

—Interrogarla —dijo L—. Si confiesa, tendremos al segundo Kira. Si no confiesa, tendremos que buscar otra forma de obtener la información. Pero hay un problema: si Misa Amane es realmente el segundo Kira, y si tiene acceso al mismo poder que el primer Kira, entonces mantenerla con vida es un riesgo. Puede matar desde su celda. Puede matar a cualquiera de nosotros.

—Entonces ¿la ejecutará? —preguntó Light, y en su voz había algo que L no pudo identificar —¿urgencia? ¿preocupación? ¿cálculo?—.

—No —dijo L—. La mantendré bajo observación hasta que entienda cómo funciona su poder. Y entonces la usaré como cebo.

Light asintió. Y en el interior de su mente, donde los pensamientos se movían como piezas de ajedrez en un tablero que solo él podía ver, una nueva estrategia tomaba forma: Misa era el cebo, sí. Pero no para L. Para Rem. Si L mantenía a Misa prisionera el tiempo suficiente, Rem se vería obligada a intervenir. Y cuando Rem interviniera, Light tendría la oportunidad de usarla. Porque Rem, a diferencia de Ryuk, tenía una debilidad: amaba a Misa Amane. Y el amor, como Light sabía mejor que nadie, era la vulnerabilidad más explotable del universo.

—Misa Amane no es más que una pieza —pensó Light mientras caminaba de regreso a su casa bajo la lluvia—. Una pieza que puede ser sacrificada, movida o transformada según las necesidades del juego. Y si Rem la protege, entonces Rem es otra pieza. La única pregunta es: ¿cómo muevo al shinigami sin que se dé cuenta de que la estoy moviendo?

La respuesta llegó tres días después, en la forma de una idea tan simple y tan devastadora que Light se detuvo en medio de la calle y sonrió como alguien que acaba de ver el final de un laberinto que creía infinito.

Capítulo 12 — Rendición Estratégica

La rendición, en teoría militar, no es una derrota sino una reconfiguración. Es el acto de retirarse de una posición insostenible para ocupar una más favorable. Napoleón lo hizo en Austerlitz, fingir debilidad para atraer al enemigo a una trampa—. Light Yagami lo haría ahora, con una diferencia crucial: él no fingiría debilidad. La crearía. Y la debilidad, una vez creada, sería tan real que nadie, ni siquiera L— podría distinguirla de la genuina.

El plan era una obra maestra de auto-sabotaje calculado. Y como todas las obras maestras, su belleza residía en su simplicidad aparente: Light se desharía del cuaderno de muerte.

No permanentemente. Eso sería estúpido. Pero lo suficiente para que su conexión con el cuaderno se rompiera, para que los recuerdos de ser Kira se desvanecieran como tinta bajo la lluvia, para que Light Yagami se convirtiera, genuinamente y sin artificio, en lo que siempre había pretendido ser: un estudiante brillante que detestaba a Kira y quería ayudar a L a atraparlo.

 Light analiza a L y razona sobre su forma de pensar. Sabe que L tiene dos maneras de evaluar y justificar sus conclusiones:

  •  Justificación externa: Datos y evidencia.

  • Justificación interna: Intuición.

Light sabe que L lo ve como el único sospechoso posible de ser Kira, y obsesionado con esta justificación interna, el plan fracasaría estrepitosamente. ¿Qué sucede si la justificación externa contradice la interna? Esto es lo que Light busca explotar en L. L también es orgulloso. Ganar la guerra implica minar la moral del enemigo, incluso provocar su autodestrucción. L tiene el perfil de un pensador; su principal debilidad es el agotamiento mental y emocional. Teniendo esto en cuenta, light le pide a ryuk que oculte la regla de los 23 días y la reemplace por la falsa regla de los 13 días. Esto hace plausible la regla de que el dueño original morirá si no escribe durante cierto período, y justifica por qué Light no muere después. Tras intercambiar cuadernos con Ryuk, le pide a Rem que entregue el cuaderno a un empresario o político ambicioso, alguien con una fuerte inclinación hacia el poder y el dinero, pero no obstinado, sino dispuesto a negociar.

La primera fase fue Ryuk. Light llamó al shinigami a su habitación y le habló con la franqueza de quien negocia con un adversario que sabe que no puede vencer pero sí puede alquilar.

—Quiero que te lleves el cuaderno —dijo Light—. Pero no cualquier cuaderno. Quiero que lleves uno con una regla falsa escrita en él.

Ryuk inclinó la cabeza como un cuervo que contempla una nuez particularmente interesante.

—¿Regla falsa?

—La regla de los trece días —dijo Light—. Si un humano deja de escribir nombres en el cuaderno durante trece días, muere. Quiero que escribas esa regla en un cuaderno falso para que rem se lo dé a  alguien . Cuando L vea la regla, pensará que si él o yo dejamos de matar durante trece días, moriremos. Eso limitará sus opciones. No podrá simplemente encerrarnos y esperar a que muramos, porque creerá que la muerte no es una consecuencia del confinamiento sino del cuaderno.

Ryuk se rio. Era la risa de alguien que aprecia una buena broma, especialmente cuando la broma es a costa de alguien que no la entiende.

—Eres increíble, Light —dijo el shinigami—. Te estás volviendo más interesante cada día que pasa.

—No es interés lo que busco, Ryuk —respondió Light—. Es supervivencia. Y la supervivencia, a veces, requiere la renuncia más absoluta.

La segunda fase fue el cuaderno de Misa. Light lo buscó en su apartamento —Misa le había dado instrucciones sobre dónde encontrarlo antes de ser arrestada, en un sobre sellado que Light abrió con la curiosidad clínica de quien disecciona un espécimen—. El cuaderno estaba escondido dentro de un peluche, una liebre de peluche con ojos de botón que miraban al vacío con la expresión de quien ha visto demasiado. Light lo sacó, lo examinó, y lo guardó en una bolsa impermeable.

Esa noche, Light caminó hasta el bosque que rodeaba la ciudad. Era un bosque viejo, el tipo de lugar donde los árboles crecen tan juntos que la luz del sol no toca el suelo, donde el musgo cubre las piedras como una manta verde, donde los sonidos de la civilización se desvanecen hasta que lo único que queda es el susurro del viento entre las hojas y el crujir de las ramas bajo los pies. Light cavó un hoyo profundo —dos metros, lo suficiente para que nadie lo encontrara accidentalmente— y enterró el cuaderno de Misa.  

La tercera fase fue la más compleja. Light necesitaba crear una narrativa —una historia que explicara por qué los asesinatos continuaron incluso después de que él y Misa fueran confinados—. Para eso, necesitaba un actor. Un criminal que pudiera ser controlado desde la distancia, un títere que escribiera nombres sin saber que estaba sosteniendo las cuerdas de una marioneta más grande.

Este trabajo se encargaría Rem, luego del intercambio de libretas entre yo, Ryuk y Rem, Rem se llevó una de las dos libretas con el objetivo de encontrar al “tercer Kira”. Light aunque no sabe sobre la psicología de los shinigamis, si sabe que en todas las especies conscientes e inconscientes siguen las reglas de “La teoría de juegos”, light sabe que en cualquier otra situación, Rem no tendría motivos para ayudarlo a él, no siente simpatía por él, y no le interesaba sus objetivos, entonces, cómo lograría que está shinigami la ayudase?, la respuesta era creando una situación en donde ella no pudiera negarse, una situación que afecta directamente al único ser humano que aprecia(Misa), Rem no lo sabe, light oculta su verdadera intención, porque sabe que Rem no se puede rehusar a no cooperar con light, porque negarse complica a misa, y misa no tiene otra ayuda que no sea light o Rem, depende de los dos, no de uno solo, y esto rem inconscientemente lo acepta.

Cuarta Fase: Kira anterior falsa

Light anticipa que la sospecha persistirá incluso después del arresto del nuevo Kira. Para resolver esto, inventa la existencia de un Kira anterior. Escribe el nombre de un criminal de unos cuarenta años. Bajo el control de la Death Note, el hombre escribe seis nombres, todos asignados a muertes por accidentes de tráfico ocurridas entre un mes y cuatro días antes de que Light tocara el cuaderno. (Obviamente, esto es un engaño por parte de Light; las páginas son falsas).  Sabiendo el tipo de papel del que está hecho el cuaderno. Light escribe que este criminal  compre hojas de papel idénticas y escriba lo siguiente: Nombre y apellido de personas al azar (6 personas en total). Luego, también escribirá:

 Light Yagami encontrará un cuaderno en su escuela y escribirá en casa o en cualquier lugar privado, siguiendo las instrucciones que contiene. Su objetivo será eliminar a tantos criminales como considere necesario para reducir el crimen y la violencia. Utilizará toda su inteligencia y todos los recursos disponibles para evitar ser capturado o que se obtengan pruebas en su contra. Si se siente amenazado, entregará el cuaderno (perdiendo la memoria). Su muerte se producirá por un ataque al corazón en 2011.

 Todo lo escrito aquí es falso, ya que el criminal fue inducido a escribir en hojas de papel comunes que compró. Al morir y dejarlas en un lugar donde Light pudiera encontrarlas, insertó estas páginas al principio de la Death Note. Cómo están hechas del mismo material, encajan como si fueran parte del cuaderno. Light hizo todo esto para: Crear una narrativa falsa y plausible de que Light no es Kira, sino alguien controlado. Dejar rastros y una letra diferente a la suya, a la de Misa y a la del tercer Kira, para hacer creer a los demás(en especial a L, que sería el que va a analizar la libreta), dando la pista de que hay cuatro usuarios del cuaderno. El criminal escribió que las supuestas seis personas morirían en un accidente de tráfico y que eran individuos diversos, no todos criminales, lo que le da a este usuario un perfil completamente diferente al de los otros 3 "Kiras". Finalmente, justificar la regla de los 13 días: luego de que este usuario desconocido escribió el nombre de Light Yagami, el criminal moriría en su casa y moriría como lo escribió light, también justificaría más a futuro porque light no  murió después del confinamiento, lo que cambia el razonamiento de L. Al colocar las páginas de hoja común que escribió el criminal al principio de la Death Note, junto con las demás pruebas, se da a entender que hubo un primer Kira, quien, en lugar de seguir matando, decidió pasarle la libreta a otra persona, eligiendo a Light yagami, light como es conocido en periódicos y a veces en noticias al ser “el estudiante prodigio y más joven de toho” no sonaría sospechoso que este “pre-kira” lo eligiera a él como “sucesor forzado”, escribiendo el nombre de Light Yagami para que este usará su inteligencia y todas las medidas posibles para evitar ser capturado. Ese era el engaño. Las páginas utilizadas son de papel común y las víctimas no existen y son elegidas al azar. Tras proporcionar muestras de escritura y huellas dactilares, el criminal escribe su propia nota de suicidio y muere, la muerte fue por colgamiento, un tipo de muerto nunca usado por light, pero light sabe esto, y escribe esa causa de muerte para el criminal. La nota contiene una despedida poética con un perfil psicológico distinto al de Light.

 Usando la Death Note una última vez antes de dejarlo temporalmente, Light también escribe el nombre de un  programador para hackear y crear un sitio web de noticias que documenta accidentes japoneses simulados, con fechas exactas, nombres y fotografías falsificadas. Un titular codificado dirige a los investigadores directamente al sitio.

La quinta fase fue la ejecución. Light llamó a L desde su teléfono y habló con la voz de alguien que ha llegado al límite de su resistencia:

—Ryuzaki, quiero que me confine.

Silencio al otro lado de la línea. Y luego, con la cautela de quien sospecha una trampa incluso cuando la puerta está abierta:

—¿Por qué?

—Porque soy sospechoso —dijo Light—. Y porque Misa es sospechosa. Y porque si ninguno de los dos es Kira, entonces confinarnos demostrará nuestra inocencia. Y si uno de nosotros es Kira, entonces confinarlo detendrá los asesinatos. Es lógico, Ryuzaki. Es lo que harías si no tuvieras que lidiar con mi ego.

L tardó exactamente tres segundos en responder. En esos tres segundos, procesó la información con la velocidad de un superordenador: si Light se ofrecía a ser confinado, era más probable que fuera inocente —un culpable no se ofrecería—. Pero si Light era lo suficientemente inteligente para saber que L pensaría eso, entonces ofrecerse era una jugada calculada, no una prueba de inocencia. Y si era una jugada calculada, entonces Light era culpable. Pero si Light era culpable y se ofrecía a ser confinado, entonces tenía un plan para continuar matando incluso confinado. Lo cual significaba que había un tercer actor. Un Kira que Light controlaba desde la distancia.

—De acuerdo —dijo L finalmente—. Te confinaré. A ti y a Misa Amane. Pero con una condición: si los asesinatos continúan mientras están confinados, serán liberados.

—Acepto —dijo Light.

Y colgó. En la soledad de su habitación, con Ryuk flotando detrás de él como un espejo de la muerte, Light sostuvo el cuaderno una última vez. Sus dedos recorrieron la portada negra, las letras doradas, las páginas amarillentas donde habían escrito más de mil nombres. Y entonces, con la determinación de quien se arranca un miembro para escapar de una trampa, dijo las palabras que cambiarían todo:

—Deshazte de él, Ryuk.

El cuaderno dejó sus manos. Y con él, se fueron los recuerdos. No gradualmente, como se desvanecen los sueños al despertar, sino de golpe, como una puerta que se cierra de golpe dejando al otro lado todo lo que alguna vez fue importante. Light Yagami, el dios del nuevo mundo, dejó de existir en el instante en que el cuaderno abandonó sus manos. Y en su lugar quedó algo que, para todos los efectos prácticos, era un adolescente brillante, idealista y genuinamente confundido que no podía entender por qué L sospechaba de él.

—¿Ryuzaki? —dijo Light, y su voz era diferente —más ligera, más joven, más honesta—. ¿Por qué me mira así? ¿De qué está hablando? ¿Kira? ¿Yo? Eso es ridículo. Yo no soy Kira. Yo nunca podría ser Kira. Yo...

Se detuvo. Miró sus manos. Miró la habitación. Miró a Ryuk, que ya no podía ver. Y sintió, por primera vez en meses, algo que no era cálculo ni estrategia ni control. Era genuina perplejidad.

—¿Qué me está pasando? —susurró.

Nadie respondió. Porque la persona que podría haber respondido ya no existía.

Cinco días después, los asesinatos de criminales se reanudaron. Pero no fueron obra de Light. Fueron obra del tercer Kira: Higuchi Kyosuke, quien había encontrado el cuaderno que Rem le entregó —no por bondad, sino porque Misa, en su desesperación por proteger a Light, había ordenado a Rem que encontrara un sustituto—. Higuchi, que nunca había tenido un pensamiento noble en su vida, usó el cuaderno no para crear un mundo mejor, sino para enriquecerse. Mató a competidores comerciales, eliminó obstáculos corporativos, asesinó a cualquiera que se interpusiera entre él y el beneficio. Era Kira sin ideología, Kira sin filosofía, Kira reducido a su esencia más vulgar: el poder de matar al servicio del beneficio personal.

Y en su celda de confinamiento, Light Yagami —el Light sin memorias, el Light que no sabía que alguna vez había sido un dios— escuchó las noticias de que los asesinatos continuaban y sintió algo que, si no era alivio, era su primo hermano: la confirmación de que él no era, nunca había sido, y nunca podría ser Kira.

Capítulo 13 — Arresto

El confinamiento es, por definición, una espera. Pero no la espera del cazador que acecha a su presa, sino la del preso que no sabe si el siguiente sonido que oirá será el de la llave girando en la cerradura o el del veredicto que lo condenará. Light Yagami llevaba quince días en confinamiento y cada uno de ellos había sido una lección en la geometría del encierro: la forma en que las paredes se acercan cuando no hay nada que las empuje, la forma en que el silencio se espesa hasta convertirse en una sustancia que obstruye la garganta, la forma en que el tiempo deja de ser lineal y se convierte en un círculo que gira sobre sí mismo sin llegar a ninguna parte.

La celda era idéntica a la de Misa —blanca, sin ventanas, iluminada por una luz que nunca se apagaba—. Pero a diferencia de Misa, Light no estaba en camisón de fuerza. L había considerado innecesario inmovilizarlo físicamente; la vigilancia electrónica era suficiente. Seis cámaras, cuatro micrófonos, y un sensor de movimiento que registraba cada vez que Light cambiaba de posición en su cama. Lo cual ocurría, en promedio, cada cuarenta y siete minutos, porque Light no podía dormir. No porque estuviera angustiado —el Light sin memorias no tenía motivo para estar angustiado—, sino porque su cerebro, privado de estímulos, generaba su propia actividad como un motor que no puede apagarse.

L lo observaba desde la sala de control. Lo hacía con la intensidad de quien estudia un fenómeno que no puede explicar, porque Light en confinamiento era una contradicción viviente: se comportaba exactamente como un inocente se comportaría —mostraba frustración, confusión, indignación genuina—, y sin embargo, algo en la perfección de su comportamiento incomodaba a L. Era demasiado perfecto. Demasiado coherente. Demasiado consistente con la hipótesis de inocencia, como si alguien hubiera diseñado cada reacción para que encajara en la narrativa de la falsa acusación.

—O es inocente —pensó L, mordiendo el pulgar con una fuerza que habría hecho sangrar a cualquier otra persona—, o es el actor más brillante que he visto. Y si es el actor más brillante que he visto, entonces es Kira. Pero si es Kira, ¿por qué se ofreció a ser confinado? ¿Por qué renunció a su libertad voluntariamente? Un Kira que se confina a sí mismo es una contradicción. A menos que tenga un plan. Y si tiene un plan, entonces los asesinatos deberían detenerse mientras está confinado.

Pero los asesinatos no se detuvieron. Continuaron, y no solo continuaron, sino que cambiaron de patrón: los objetivos ya no eran solo criminales, sino también ejecutivos de empresas competidoras de Yotsuba, periodistas que investigaban a Kira, personas cuya muerte beneficiaba a una corporación en particular. Era Kira, pero un Kira diferente. Un Kira que mataba por dinero en lugar de por justicia.

A los quince días, L convocó al equipo. La sala de reuniones del cuartel general era un espacio funcional —sin decoración, sin confort, diseñado para la eficiencia como un quirófano—. Los miembros restantes del equipo se sentaron alrededor de la mesa con la fatiga de quienes llevan demasiado tiempo luchando contra algo que no entienden.

—Los asesinatos continúan —dijo L—. Esto demuestra que Light-kun y Misa-san no son Kira, o al menos que no son los únicos Kira. Pero hay otra posibilidad: que Light-kun sea Kira y que haya encontrado una forma de matar incluso desde el confinamiento.

—Eso es imposible —dijo Soichiro Yagami, y su voz tenía el filo de un padre que defiende a su hijo—. Light ha estado bajo vigilancia las veinticuatro horas. No ha tenido acceso a ningún medio de comunicación. No ha podido escribir ningún nombre.

—A menos —dijo L, y la palabra «a menos» flotó en el aire como una espada suspendida— que el poder de Kira no requiera un medio físico. A menos que pueda matar con el pensamiento.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar. Y entonces, L dijo lo que nadie quería oír:

—Quiero ejecutar a Light y a Misa.

Soichiro se puso de pie. Su rostro, siempre sereno, siempre contenido, se descompuso como una máscara de arcilla bajo la lluvia.

—¿Qué ha dicho?

—Si los matamos y los asesinatos continúan, serán inocentes —dijo L con la calma de quien explica una demostración matemática—. Si los matamos y los asesinatos se detienen, eran culpables. Es la única forma de estar seguros.

—¡Es mi hijo! —rugió Soichiro, y la palabra «hijo» resonó en la sala como un disparo.

—Lo sé —dijo L—. Y por eso le ofrezco una alternativa: usted mismo puede ejecutarlo. Si Light-kun es Kira, entonces matarlo es justicia. Si no lo es, entonces morirá inocente, pero los asesinatos continuarán y su nombre será limpiado. De cualquier manera, el resultado es información.

Soichiro Yagami sacó un revólver de su chaqueta. Lo hizo con la lentitud de quien extrae un corazón de su propio pecho, y lo apuntó hacia la puerta de la celda de su hijo.

—Si Light es Kira —dijo, y su voz no temblaba porque la había vaciado de todo excepto de determinación—, entonces no es mi hijo. Y si no es mi hijo, entonces puedo matarlo.

Abrió la puerta. Light estaba sentado en el centro de la celda, con las rodillas contra el pecho y los ojos muy abiertos. Cuando vio a su padre con el revólver, algo en su rostro cambió. No fue la compostura calculada de un actor que representa miedo, sino algo más crudo, más primario, más real: el terror genuino de un joven que ve a su padre apuntándole con un arma.

—¡Padre! —gritó Light, y la palabra salió de su garganta como un fragmento de vidrio—. ¿Qué está haciendo? ¡Yo no soy Kira! ¡Yo nunca he matado a nadie! ¡Por favor! ¡Padre!

Soichiro apretó el gatillo. No para disparar —el cargador estaba vacío; L nunca había tenido la intención de que alguien muriera—, sino para ver la reacción. Y la reacción de Light fue exactamente la de un inocente: puro, sin adulterar, inexpugnable terror. No hubo cálculo en sus ojos. No hubo estrategia en su llanto. No hubo nada excepto el miedo de alguien que está a punto de morir a manos de la persona que más ama en el mundo.

Soichiro bajó el arma. Sus manos temblaban. Y por primera vez en todo el caso, L dijo algo que no era una deducción, una hipótesis o una provocación:

—Light-kun no es Kira.

Fue una sentencia. Una absolución. Y Light, que seguía temblando en el suelo de su celda, no supo si el alivio que sentía era real o si era la última ilusión de un dios que había olvidado que alguna vez lo fue.

Dos días después, Light y Misa fueron liberados. Y L, con la honestidad brutal que lo definía, le dijo a Light:

—Aún no confío en ti al cien por cien, Light-kun. Mi probabilidad de que seas Kira es ahora del cinco por ciento. Pero cinco por ciento no es cero. Y mientras no sea cero, te vigilaré.

—Lo sé —dijo Light, y en su voz había algo que L no había esperado: gratitud—. Gracias por darme la oportunidad de demostrar mi inocencia, Ryuzaki.

L lo miró. Y por un instante —un instante que duró menos de un parpadeo— consideró la posibilidad de que Light fuera genuinamente inocente. De que el muchacho que temblaba ante el revólver de su padre no fuera un actor sino una víctima. De que la verdad fuera, por una vez, exactamente lo que parecía.

Pero L no creía en las apariencias. Y el cinco por ciento era, en su vocabulario, equivalente a una sospecha perpetua.

Capítulo 14 — Los Ocho

Si el mal tiene una forma corporativa, es una mesa de junta directiva. No la mesa en sí —un trozo de madera pulida sobre patas de acero—, sino lo que representa: la burocratización de la crueldad, la transformación del daño en hoja de cálculo, la reducción del sufrimiento humano a un renglón en un balance de ganancias y pérdidas. Los genocidas matan con pasión. Los corporativos matan con actas.

El Grupo Yotsuba era, en apariencia, una corporación como cualquier otra: oficinas en el distrito de Marunouchi, acciones en la bolsa de Tokio, un logo elegante que sugería innovación y estabilidad. Pero detrás de la fachada de respetabilidad, en una sala de reuniones sin ventanas en el piso cuarenta y dos de la torre Yotsuba, ocho hombres se sentaban alrededor de una mesa de caoba y decidían quién vivía y quién moría.

No lo hacían con la pompa de quienes se creen dioses —eso habría requerido imaginación, y la imaginación es un lujo que los hombres de negocios rara vez se permiten—. Lo hacían con la prosaica eficiencia de quienes consideran la muerte como una herramienta más en su arsenal corporativo, tan mundana como una fusión hostil o una campaña de desinformación. ¿El director de una empresa competidora está a punto de lanzar un producto revolucionario? Muerte por infarto. ¿Un periodista está investigando las conexiones entre Yotsuba y el gobierno? Muerte por accidente de tráfico. ¿Un inversor se niega a vender sus acciones? Muerte por suicidio.

Los ocho hombres se llamaban a sí mismos «el comité de dirección estratégica», que era la forma corporativa de decir «los hombres que deciden quién muere». Y sus nombres eran tan prosaicos como sus crímenes: Higuchi Kyosuke, vicepresidente de desarrollo; Namikawa Reiji, director de ventas; Ooi Takeshi, director de tecnología; Shimura Suguru, director financiero; Kida Shingo, director de relaciones públicas; Midou Shingo, director legal; Takahashi Isamu, director de marketing; y Hatori Arayoshi, asistente del presidente.

Higuchi era el más ruidoso —un hombre con el rostro de una comadreja y la ambición de un depredador al que nunca le han negado una presa—. Era él quien había encontrado el cuaderno. Era él quien lo usaba con la discreción de un elefante en una cristalería, matando no solo a competidores sino a cualquiera que obstaculizara su ascenso dentro de la propia corporación. Los otros siete lo sabían —al menos parcialmente—, y su complicidad era tan silenciosa como la de quienes ven un crimen y deciden que lo más rentable es no ver nada.

Rem los observaba desde el reino de los shinigamis con algo que no era exactamente desprecio —los shinigamis no desprecian a los humanos más de lo que los humanos desprecian a las hormigas—, sino una forma de curiosidad teñida de repulsión. Porque estos hombres no mataban por ideología, ni por venganza, ni por amor. Mataban por dinero. Y matar por dinero era, incluso para un shinigami, algo profundamente aburrido. Al menos Light Yagami tenía la decencia de creerse un dios. Estos hombres ni siquiera se creían interesantes.

—Los humanos que usan el cuaderno de muerte para beneficio personal —pensó Rem, recordando las palabras de Gelus que  le había dicho antes de morir— son los más patéticos de todos. No tienen la grandeza del mal ni la nobleza del bien. Solo tienen codicia.

Pero Rem no intervino. No porque no quisiera —el cuaderno en manos de Higuchi era una perversión de todo lo que Gelus había sacrificado—, sino porque intervenir significaría revelarse, y revelarse significaría arriesgar la vida de Misa. Y la vida de Misa era, para Rem, la única humana que valoraba.

Mientras tanto, en el nuevo cuartel general del equipo de investigación —un edificio entero alquilado por Watari, con treinta pisos de equipamiento de vigilancia, salas de reuniones, dormitorios y una cocina que L nunca usaba—, Light y L trabajaban codo a codo. Literalmente. L había propuesto que ambos usaran un par de esposas conectadas por una cadena de acero de treinta centímetros, de modo que estuvieran unidos en todo momento.

—Es por seguridad —había dicho L con la naturalidad de quien sugiere tomar un café—. Si yo soy Kira, Light-kun podrá impedir que actúe. Si Light-kun es Kira, yo podré impedir que actúe. Y si ninguno de los dos es Kira, entonces las esposas son un inconveniente menor que ambos podemos tolerar.

—¿Un inconveniente menor? —había repetido Light, levantando la cadena con la expresión de alguien a quien acaban de pedir que camine descalzo sobre cristales rotos—. Ryuzaki, vamos a estar unidos las veinticuatro horas del día. ¿Cómo se supone que iré al baño?

—Con supervisión —había respondido L sin alterarse.

Y así, unidos por una cadena que tintineaba como una campanilla cada vez que uno de ellos se movía, Light y L se convirtieron en la pareja más improbable de la historia de la investigación criminal. Comían juntos —L con sus postres azucarados, Light con sus raciones equilibradas—. Dormían en la misma habitación —L encogido en su silla, Light estirado en la cama con la cadena tirante entre ambos—. Y trabajaban en la misma mesa, donde sus manos se rozaban con la frecuencia de quienes comparten algo más que una investigación.

Misa, liberada pero bajo vigilancia, operaba en un plano paralelo. Había recuperado su cuaderno de muerte —el que Light había enterrado en el bosque, y que Rem había desenterrado siguiendo las instrucciones codificadas que Misa le había dado antes de su arresto—. Pero Misa no lo usaba. No podía usarlo sin arriesgarse a ser descubierta otra vez. Así que lo guardaba como un amante guarda las cartas de su enamorada: en un lugar secreto, esperando el momento en que pudiera volver a tocarlas.

—Light-kun no me mira como antes —le dijo a Rem una noche, sentada en su apartamento con los ojos húmedos y la voz quebrada—. Antes me miraba como si yo fuera importante. Ahora me mira como si fuera un problema. ¿Qué hice mal?

—Nada —dijo Rem, y era la verdad—. Light-kun simplemente no recuerda.

—¿No recuerda? ¿No recuerda qué?

—Qué te ama —dijo Rem, y era una mentira tan perfecta que ni siquiera Misa, que se las daba de experta en mentiras, pudo detectarla.

Porque Light nunca había amado a Misa. Pero la Misa que conocía la verdad —la Misa que había visto a Kira en los ojos de Light antes de que perdiera la memoria— sabía que el Light que existía ahora no era el Light que ella amaba. Y ese conocimiento era, para ella, una forma de muerte más lenta que cualquier cuaderno podría infligir.

El Grupo Yotsuba continuó matando. Y cada muerte, cada infarto, cada accidente, cada suicidio, era una nota en una sinfonía de avaricia que nadie, excepto L y su equipo, parecía escuchar.

Capítulo 15 — El Tercer Kira

La economía, dijo alguien que probablemente nunca tuvo que preocuparse por ella, es la ciencia de la escasez. Pero la economía también es la ciencia de los patrones: la forma en que el dinero fluye de un punto a otro, la forma en que las pérdidas de uno son las ganancias de otro, la forma en que la muerte —sí, la muerte— puede ser rastreada a través de sus efectos colaterales en los mercados financieros como la estela de un barco en el agua.

Light Yagami lo entendía. No porque fuera un genio financiero —era un recién graduado universitario que apenas había aprobado también su curso independiente de microeconomía—, sino porque su cerebro estaba cableado para detectar patrones donde otros veían ruido. Y el patrón que detectó ahora era tan claro que le sorprendió que nadie lo hubiera visto antes.

—Ryuzaki —dijo una noche, con la cadena tintineando mientras movía su mano hacia la pantalla del ordenador—, mira esto.

La pantalla mostraba tres gráficos: el precio de las acciones de Yotsuba Corporation durante los últimos seis meses, el precio de las acciones de sus tres principales competidores durante el mismo período, y una línea de tiempo de las muertes de ejecutivos en el sector.

—¿Qué ves? —preguntó L, inclinándose hacia la pantalla con la curiosidad de un niño que descubre un insecto nuevo.

—Correlación —dijo Light—. Yotsuba ha subido un ciento veintidós por ciento en seis meses. Sus tres competidores han perdido a sus directores generales en el mismo período: Yamazaki de Sakura Securities, infarto; Tanaka de DAI ICHI Industries, y Nakamura de Maruko Financial. Todos ellos en los últimos cuatro meses. Todos con las mismas causas de muerte que Kira utiliza.

L miró los gráficos. Y algo en su rostro cambió —no la expresión, exactamente, porque L rara vez cambiaba de expresión, sino la intensidad detrás de ella, como si alguien hubiera ajustado el brillo de una pantalla de oscura a brillante.

—Continúa —dijo.

—Yotsuba es la única empresa del sector que no ha perdido ejecutivos —continuó Light, y su voz tenía la cadencia de quien revela un secreto que lleva demasiado tiempo guardando—. Y no solo eso: cada vez que un competidor pierde a un directivo, Yotsuba anuncia una nueva adquisición o un nuevo contrato dentro de las cuarenta y ocho horas siguientes. Es como si supieran de antemano que la competencia va a perder a su liderazgo. Y la única forma de saberlo de antemano es si tú mismo provocas la pérdida.

L se quedó en silencio durante exactamente veintitrés segundos. Light lo contó. No porque quisiera, sino porque su cerebro contaba todo automáticamente: pasos, latidos, segundos de silencio. Era una maldición y una virtud simultánea.

—Es una deducción elegante —dijo L finalmente—. Pero insuficiente. La correlación no implica causalidad. Yotsuba podría estar aprovechando las muertes sin provocarlas. Podría tener un departamento de inteligencia que detecta vulnerabilidades corporativas antes que nadie. Podría ser simple suerte.

—Tres veces en cuatro meses no es suerte —dijo Light—. La probabilidad de que tres directores generales de tres empresas competidoras de la misma corporación mueran de causas naturales en el mismo período es menor al cero punto cero uno por ciento. Lo he calculado.

—¿Lo has calculado? —preguntó L, y en su voz había algo que podría haber sido admiración, o podría haber sido sospecha—. ¿Cuándo?

—Ahora mismo —dijo Light—. Mientras hablaba.

L lo miró. Y por primera vez desde que se conocían, dijo algo que no era una deducción, una hipótesis o una provocación. Dijo:

—Light-kun, eres mi igual en deducción.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una nota musical que no encuentra dónde resonar. Light sintió algo —no orgullo, exactamente, sino una forma de validación que no sabía que necesitaba—. Y L, que había pronunciado esas palabras con la sinceridad de quien reconoce un hecho objetivo, volvió a su postura encogida y añadió:

—Pero eso no significa que confíe en ti. Solo significa que reconozco tu capacidad. La confianza es otra variable.

—Lo sé —dijo Light.

Y ambos volvieron a los gráficos, unidos por la cadena y por algo que ninguno de los dos podía nombrar: la extraña camaradería de dos mentes que se reconocen como iguales en un mundo que les parece lento.

Los días siguientes fueron una inmersión profunda en el universo de la microeconomía y las finanzas corporativas. Light estudió los informes trimestrales de Yotsuba, analizó sus patrones de inversión, rastreó las compras de acciones internas —las transacciones realizadas por directivos de la empresa utilizando información privilegiada—. Y descubrió algo que confirmó su hipótesis: en los cinco días previos a cada muerte de un directivo competidor, uno o más miembros del comité de dirección de Yotsuba habían comprado acciones de la empresa afectada. Estaban apostando a la baja —vendiendo en corto, comprando opciones de venta— antes de que las muertes ocurrieran. Era insider trading con información que solo un asesino podía tener.

—Higuchi Kyosuke —dijo Light, señalando el nombre en la pantalla—. Vicepresidente de desarrollo. Ha realizado las transacciones más grandes. Es el más agresivo. Es el más probable.

L asintió lentamente.

—Mi probabilidad para Higuchi como el tercer Kira es del cuarenta y tres por ciento. Para Namikawa Reiji, del siete por ciento. Los demás están por debajo del tres por ciento.

—¿Namikawa? —preguntó L—. ¿Por qué?

—Porque es el más inteligente —dijo Light—. Y los hombres inteligentes, L, son los más difíciles de descartar, verdad?. No porque sean más propensos a ser criminales, sino porque son más capaces de ocultarlo.

Era una observación tan precisa que L no pudo evitar sentir una punzada de algo que, si no era miedo, era respeto. Porque Light  estaba describiendo exactamente lo que él mismo había hecho durante meses: ocultar su crimen no detrás de la estupidez, sino detrás de la inteligencia. Y si Light podía ver eso en Namikawa, podía verlo en sí mismo aunque como una persona controlada.

Pero el Light sin memorias no tenía nada que ocultar. Y esa, precisamente, era la belleza de su plan original: la inocencia genuina es la coartada perfecta, porque no hay nada que descubrir.

—Necesitamos más datos —dijo Light—. Necesitamos observar a los miembros del comité de Yotsuba de cerca. Necesitamos ver cómo se comportan, qué dicen, qué omiten. Necesitamos infiltrarnos.

—De acuerdo —dijo L—. Pero no seremos nosotros. Serán otros.

—¿Otros?

—Profesionales —dijo L, y la palabra contenía un universo de implicaciones—. Profesionales que yo he utilizado antes. Los mejores en lo que hacen.

Light no preguntó más. No porque no quisiera saber, sino porque sabía que L le diría cuando fuera necesario. Y porque, en el fondo de su mente, una parte de él —una parte que no tenía memoria pero que conservaba el instinto— sospechaba que los profesionales de L serían tan interesantes como el propio L.

Capítulo 16 — Matsuda

Hay dos tipos de criminales en el mundo: los que rompen la ley y los que la doblan. Los primeros son fáciles de detectar —dejan huellas, cometen errores, son humanos en su imperfección—. Los segundos son otra historia. Son contorsionistas del ordenamiento jurídico, acróbatas de la legalidad que caminan por la línea que separa lo permitido de lo prohibido con la gracia de funambulistas que han practicado toda la vida. Y cuando L necesitaba criminales de este segundo tipo, tenía dos nombres en su agenda: Aiber y Wedy.

Aiber —su nombre real era Thierry Morel, aunque hacía tanto tiempo que nadie lo usaba que él mismo lo había olvidado— era un artista. No del tipo que cuelga cuadros en museos, sino del tipo que se convierte en otra persona con la misma naturalidad con la que otros se cambian de camisa. Tenía cuarenta y siete años, cabello gris cortado con la precisión de un banquero suizo, y un rostro tan ordinario que era imposible de recordar —lo cual era, por supuesto, la característica más extraordinaria de todas—. Aiber podía ser un ejecutivo japonés con traje de Armani y acento de Tokio, un diplomático francés con modales de Versalles, un trabajador de la construcción con callos en las manos y olor a cemento. Podía ser cualquiera. Y «cualquiera» es, en el mundo del espionaje, la identidad más poderosa que existe.

L lo contactó a través de un canal que solo ambos conocían: un servidor en la dark web donde los mensajes se autodestruían después de ser leídos, como las cintas de Misión Imposible pero sin la dramática humareda. La respuesta de Aiber llegó en menos de una hora: «Dónde y cuánto». No preguntó qué. No preguntó por qué. No preguntó si era peligroso. Un profesional no hace esas preguntas porque las respuestas son irrelevantes: el dónde y el cuánto son todo lo que necesita saber.

Wedy —su nombre real era Meriken Wedwood, aunque solo su madre lo había usado y su madre llevaba muerta quince años— era un fantasma digital. No en el sentido poético —no era etérea ni evanescente—, sino en el sentido técnico: podía entrar y salir de cualquier sistema informático sin dejar rastro, como un fantasma que atraviesa paredes. Tenía treinta y ocho años, cabello rubio cortado a la altura de la mandíbula, y ojos del color del acero que parecían calcular la distancia a la salida más cercana de cualquier habitación en la que entraba. Wedy no era una hacker convencional —las hackers convencionales buscan fama, buscan reconocimiento, buscan demostrar que son más inteligentes que los sistemas que violan—. Wedy buscaba resultados. Entraba, tomaba lo que necesitaba y salía, y si el sistema ni siquiera registraba que había sido penetrado, entonces el trabajo estaba bien hecho.

Su especialidad era la seguridad física —cierres electrónicos, sistemas de cámaras, redes de sensores—. Donde Aiber abría puertas con personalidad, Wedy las abría con tecnología. Eran complementarios como la llave y la cerradura, como el sonido y el silencio, como la mentira y la verdad. Y cuando L los juntó por primera vez, en una sala de reuniones del cuartel general, la química entre ambos fue inmediata —no la química del romance, sino la del profesionalismo: el reconocimiento mutuo de dos personas que sabían exactamente lo que valían y lo que cobraban por ello—.

—Aiber —dijo L por el altavoz, su voz distorsionada como siempre—, te encargarás de infiltrarte en el Grupo Yotsuba. Necesito que te hagas pasar por un consultor de gestión y accedas a sus reuniones de directorio. Quiero nombres, caras, dinámicas de poder. Quiero saber quién manda y quién obedece.

—El papel me queda —dijo Aiber con una sonrisa que contenía mil sonrisas diferentes—. ¿Algún acento preferido?

—Japonés. Ejecutivo de nivel alto. De la vieja escuela.

—Magnifique —dijo Aiber, y la palabra salió con un acento francés que desapareció tres segundos después, reemplazada por un japonés tan perfecto que Matsuda, que estaba en la esquina de la sala, parpadeó de sorpresa.

—Wedy —continuó L—, necesito que instales cámaras y micrófonos en la torre Yotsuba. Todas las salas de reuniones, las oficinas de los directivos, los pasillos. Quiero ojos y oídos en cada rincón.

—¿Nivel de seguridad? —preguntó Wedy, y su voz era tan plana como la pantalla de un monitor.

—Alto. Sistema biométrico de última generación, cámaras con reconocimiento facial, red interna aislada.

—Necesitaré tres noches —dijo Wedy—. Y quinientos mil dólares en equipo.

—Aprobado —dijo L.

Y así, con la eficiencia de una operación militar, Aiber y Wedy se convirtieron en los ojos y oídos de L dentro del imperio Yotsuba. Aiber, disfrazado de consultor, entró por la puerta principal con una maleta llena de informes falsos y una sonrisa que decía «soy exactamente quien digo ser». Wedy entró por las claraboyas del tejado con un kit de herramientas que habría hecho llorar de envidia a un cirujano y un portátil que contenía más poder de cómputo que la NASA en los años sesenta.

Pero antes de que las cámaras estuvieran instaladas y los micrófonos funcionando, ocurrió algo que nadie había previsto. Algo que tenía el nombre de Touta Matsuda escrito en cada línea, como una firma en una carta que nadie pidió.

Matsuda era el miembro más joven del equipo, el menos experimentado, el más impulsivo. Era el tipo de persona que ve una puerta abierta y entra sin llamar, que ve un problema y lo ataca de frente en lugar de rodearlo, que confunde la valentía con la temeridad y la iniciativa con la insubordinación. Pero Matsuda también tenía algo que los demás habían perdido: corazón. No el corazón como músculo —todos tenían uno de esos—, sino el corazón como metáfora: la capacidad de sentir las cosas antes de pensarlas, de actuar por impulso antes de calcular las consecuencias.

Fue ese corazón el que lo llevó a infiltrarse en el Grupo Yotsuba por su cuenta. Sin autorización. Sin plan. Sin respaldo. Simplemente caminó hasta la torre Yotsuba, se hizo pasar por un empleado de una empresa de catering, y accedió a la sala donde el comité de dirección se reunía. Y escuchó. Escuchó cómo ocho hombres discutían la eliminación de competidores como si discutieran la redistribución de presupuestos. Escuchó a Higuchi decir «podemos deshacernos de él esta semana» con la misma naturalidad con la que se dice «podemos reprogramar la reunión». Escuchó, y se horrorizó, y entonces cometió el error que todo infiltrado novato comete: hizo ruido.

Un vaso volcado. Una maldición susurrada. Lo suficiente. Los ocho hombres se giraron hacia la puerta. Y Matsuda, atrapado como un ratón en una trampa, corrió.

La persecución fue breve y brutal. Matsuda logró llegar al ascensor, pero Higuchi y sus hombres estaban detrás de él. Llamó al cuartel general desde su teléfono —«¡Me han descubierto! ¡Estoy en el piso veinticuatro de la torre Yotsuba!»— y la línea se cortó.

En el cuartel general, L reaccionó con la velocidad de quien ha anticipado el desastre. Miró a Aiber. Miró a Wedy. Y dijo:

—Operación «Matsuda está muerto».

Fue la operación más audaz de toda la investigación. L llamó a la torre Yotsuba y se identificó como el detective L. Dijo que un agente de policía había sido encontrado muerto en las inmediaciones del edificio, que la policía estaba en camino, que los directivos debían cooperar con la investigación. Y entonces, mientras Yotsuba entraba en pánico, Aiber y Wedy ejecutaron la segunda fase.

Aiber se hizo pasar por el cadáver de Matsuda. Se tendió en el suelo del vestíbulo con maquillaje teatral que simulaba una herida de bala en la cabeza, los ojos cerrados, la piel pálida, la inmovilidad perfecta de quien ha dejado de existir. Wedy, disfrazada de paramédico, llegó con una ambulancia falsa, verificó el «cadáver» con la profesionalidad de quien ve muertos todos los días, y lo subió a la camilla. Los miembros de Yotsuba, que habían bajado al vestíbulo para ver qué ocurría, vieron el cuerpo cubierto con una sábana y sintieron la mezcla de alivio y horror que siente quien descubre que ha matado a alguien —alivio porque el problema ha desaparecido, horror porque el problema era una persona—.

—Está muerto —dijo Wedy con la voz plana de quien lee un informe meteorológico—. Trauma craneal. No hay nada que hacer.

La ambulancia se fue. El cuerpo de Matsuda —que no estaba muerto, que nunca había estado muerto, que estaba escondido en el baño del piso veinticuatro con el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en las puntas de los dedos— fue rescatado por un equipo de extracción que L había enviado mientras todos miraban el falso cadáver en el vestíbulo.

Y para completar la ilusión, L publicó una noticia falsa en los medios: «Agente de policía muere en extrañas circunstancias cerca de la torre Yotsuba». La noticia fue seguida por un obituario, una foto de Matsuda con la cara borrosa, y una declaración oficial de la policía confirmando el fallecimiento. Los hombres de Yotsuba leyeron la noticia, respiraron, y volvieron a sus oficinas creyendo que el problema había desaparecido.

Matsuda, sentado en el cuartel general con una manta sobre los hombros y una taza de café temblando en sus manos, miró a L con una mezcla de gratitud y vergüenza.

—Lo siento —dijo—. Lo siento mucho. No debería haber ido sin autorización.

—No —dijo L—. No deberías. Pero lo hiciste. Y ahora sabemos con certeza que Yotsuba está involucrada con Kira. Así que, en cierto modo, tu error fue nuestra victoria.

Matsuda parpadeó. Y L, que jamás elogiaba a nadie, añadió:

—No lo hagas otra vez.

Fue el equivalente, en el vocabulario de L, a una medalla al valor.

Capítulo 17 — Espía

La vigilancia es un arte que se practica en la frontera entre lo visible y lo invisible. Demasiado cerca y te descubren; demasiado lejos y no ves nada. La distancia perfecta es aquella en la que puedes observar sin ser observado, escuchar sin ser escuchado, existir en el espacio entre la conciencia y el olvido. Wedy instaló veinticuatro cámaras y treinta y seis micrófonos en la torre Yotsuba durante tres noches consecutivas, y lo hizo con la precisión de un relojero que ensambla las piezas de un mecanismo que no puede permitirse fallar.

Las imágenes llegaban al cuartel general en tiempo real, proyectadas en una pantalla que ocupaba toda la pared de la sala de operaciones. Light y L las observaban con la intensidad de quienes estudian un organismo vivo bajo el microscopio: cada movimiento, cada palabra, cada gesto era un dato que podía o no ser significativo, pero que debía ser registrado porque la significancia, como la belleza, reside en los ojos del observador.

Light perfiló a cada miembro del comité con la frialdad de un anatomista que disecciona cadáveres. Higuchi Kyosuke: ambición desmedida, inteligencia media, ego frágil. Cuarenta y tres por ciento de probabilidad. Namikawa Reiji: calculador, reservado, inteligencia superior. Siete por ciento. Ooi Takeshi: pasivo, conformista, sin iniciativa propia. Dos por ciento. Shimura Suguru: nervioso, inseguro, probablemente manipulado por Higuchi. Uno por ciento. Kida Shingo: imagen pública impecable, vida privada turbia. Tres por ciento. Midou Shingo: legalista, escrupuloso, el menos probable. Cero punto cinco por ciento. Takahashi Isamu: extrovertido, ruidoso, incapaz de guardar un secreto. Uno por ciento. Hatori Arayoshi: subordinado, miedoso, el más fácil de romper. Dos punto cinco por ciento.

—Los perfiles apuntan a Higuchi —dijo Light—. Pero el porcentaje es insuficiente para actuar. Necesitamos confirmación.

—La confirmación vendrá de Namikawa —dijo L.

—¿Namikawa? Pero tiene solo un siete por ciento.

—Namikawa no es Kira —dijo L—. Pero Namikawa sabe quién es Kira. Es demasiado inteligente para no saberlo. Y es demasiado calculador para usar esa información sin una razón. Si le damos una razón, nos la dará.

La razón llegó en la forma de una identidad: Coil. L tenía tres identidades como detective —L, Coil y Deneuve—, cada una con una reputación, una tarifa y una metodología diferente. Coil era el detective que resolvía casos mediante la negociación, el soborno y la infiltración. Era, en esencia, el lado sucio de L. Y era la identidad perfecta para contactar a Namikawa.

La llamada fue breve. L, como Coil, le dijo a Namikawa que sabía que Yotsuba estaba conectada con Kira, que tenía pruebas, y que estaba dispuesto a venderlas al mejor postor. Namikawa, con la calma de quien juega al póker con cartas marcadas, preguntó el precio. L respondió con algo que no era dinero: información. Quería saber quién dentro del comité tenía el poder de matar.

Namikawa tardó exactamente cuatro segundos en responder. Y cuando lo hizo, su voz no contenía ni alivio ni culpa ni miedo. Contenía cálculo puro, la frialdad de quien sacrifica una pieza para salvar el juego:

—Higuchi —dijo—. Es Higuchi. Pero no tiene pruebas. Nadie las tiene. Higuchi recibe información de una fuente que él llama «su contacto», y esa información siempre resulta ser precisa. Demasiado precisa para ser coincidencia.

Era suficiente. No para un tribunal —L no necesitaba tribunales—, pero sí para la siguiente fase del plan. Y la siguiente fase requería a alguien que pudiera acercarse a Higuchi lo suficiente para obtener una confesión. Alguien que Higuchi quisiera ver. Alguien como Misa Amane.

Misa, que había estado esperando su oportunidad desde que fue liberada, la recibió como un regalo. No porque quisiera ayudar a L —Misa odiaba a L con la intensidad con la que se odia a quien amenaza lo que más se ama—, sino porque acercarse a Higuchi significaba acercarse al cuaderno de muerte. Y acercarse al cuaderno significaba acercarse a Light. Al verdadero Light. Al Light que ella recordaba y que el Light actual había olvidado.

—Lo haré —dijo Misa cuando L le propuso la misión—. Pero con una condición: quiero que Light-kun esté a salvo.

—Light-kun ya está a salvo —dijo L—. Está esposado a mí.

—Eso no es seguridad —dijo Misa, y sus ojos tenían un destello que L no pudo identificar—. Es cautiverio.

Misa obtuvo lo que quería, como siempre. Y dos días después, Rem le entregó un fragmento del cuaderno de muerte —un trozo de página del tamaño de una tarjeta de visita, lo suficiente para escribir un nombre, lo suficiente para matar—. Misa lo escondió en su ropa interior, donde nadie lo buscaría, y fue a su cita con Higuchi.

La cita fue en un restaurante de Ginza, el tipo de lugar donde los camareros usan guantes blancos y el vino cuesta más que el alquiler mensual de un apartamento. Higuchi llegó con traje de Prada y reloj de Rolex, la encarnación del éxito corporativo japonés: ambicioso, superficial, perfectamente vacío. Misa jugó su papel —la modelo ingenua, la celebridad impresionable, la chica que se derrite ante el dinero— con una maestría que habría hecho llorar de orgullo a cualquier director de cine.

—Higuchi-san —dijo Misa, inclinándose sobre la mesa con la intimidad de quien comparte un secreto—, he oído rumores sobre ti. Dicen que eres... poderoso.

Higuchi sonrió. Era la sonrisa de quien se cree irresistible, la sonrisa del hombre que ha comprado todo lo que tiene y cree que puede comprar también a esta mujer.

—Soy el hombre más poderoso de Japón —dijo, y su voz contenía la vanidad de quien ha confundido el miedo con el respeto—. Puedo hacer que cualquier persona desaparezca. Cualquiera.

—¿Cualquiera? —repitió Misa, y su voz tenía la cadencia de la incredulidad fingida—. ¿Cómo?

Higuchi se inclinó más cerca. Y Misa, con el fragmento del cuaderno oculto en su ropa, activó la grabadora que llevaba en el bolso.

—Tengo un poder —susurró Higuchi—. Un poder que me fue dado. Solo necesito escribir el nombre de una persona y... desaparece. Infarto. Así de simple.

La confesión estaba grabada. Misa sonrió —una sonrisa que, si Higuchi hubiera sido más observador, habría reconocido como la sonrisa de un depredador que ha atrapado a su presa— y dijo:

—Eso es increíble, Higuchi-san. ¿Me mostrarías cómo funciona?

—Quizás —dijo Higuchi—. Si eres buena conmigo.

Misa fue «buena» con él durante exactamente el tiempo necesario para obtener la información que L necesitaba. Y cuando regresó al cuartel general, su rostro no mostraba ni asco ni vergüenza, solo la determinación fría de quien ha hecho lo que tenía que hacer.

—Higuchi es el tercer Kira —dijo Misa—. Lo grabé confesándolo. Y accedió a aparecer en televisión.

—¿En televisión? —preguntado L.

—En Sakura TV —dijo Misa—. Quiere hacer un anuncio público. Cree que si la gente sabe que él tiene el poder de Kira, lo adorarán. Es un narcisista, Ryuzaki. Y los narcisistas siempre quieren un público.

L asintió. Y la trampa final comenzó a tomar forma: un programa especial en Sakura TV, un señuelo diseñado para atraer a Higuchi como la luz atrae a las polillas, con la diferencia de que esta luz quemaría a la polilla antes de que pudiera escapar.

Capítulo 18 — Campanas

Las campanas son, en la tradición japonesa, el sonido que marca la transición entre un estado del ser y otro. Tañen al nacer y tañen al morir, tañen al comenzar un año y tañen al terminarlo, tañen cuando el mundo cambia de dirección y no hay forma de volver al punto donde se giró. L escuchó campanas esa tarde. No campanas reales —no había templos cerca del cuartel general, ni campanarios, ni nada que pudiera producir ese sonido—, sino campanas internas, campanas que solo existían en la arquitectura neuronal de su cerebro, campanas que tañían porque algo, en algún lugar profundo de su intuición, le decía que el mundo estaba a punto de cambiar.

—Oigo campanas —dijo L, y su voz era tan suave que Light, encadenado a su muñeca, no estuvo seguro de haber oído bien.

—¿Campanas? —preguntó Light—. No hay campanas, Ryuzaki.

—Lo sé —dijo L—. Pero las oigo.

El plan estaba en marcha. Sakura TV emitiría un programa especial: «¿Quién es el verdadero Kira?», presentado por el locutor que Higuchi había contactado, con la promesa de revelar información exclusiva sobre el poder de Kira. Pero el programa era una trampa. La presentadora era un señuelo —una mujer que L había reclutado, entrenado y equipado con un transmisor oculto—. Y la información exclusiva era un cebo diseñado para que Higuchi, incapaz de resistir la tentación de la publicidad, apareciera en persona para reclamar su momento de gloria.

Higuchi cayó. Como todos los narcisistas, no podía soportar que otra persona ocupara el centro de atención que él creía merecer. Vio el programa desde su oficina en la torre Yotsuba, sintió la furia de quien ve a un impostor robar su identidad, y decidió ir personalmente a Sakura TV para eliminar a la presentadora y reclamar el título de Kira ante las cámaras. Pero antes, hizo algo que L había previsto pero que aún así le heló la sangre: hizo un trato con Rem.

—Shinigami —dijo Higuchi, solo en su oficina, mirando al vacío donde Rem flotaba invisible—. Dáme los ojos. Los ojos de shinigami. Quiero ver los nombres de todos los que me traicionan.

Rem lo miró. Y con la indiferencia de quien realiza una transacción comercial —medio de vida restante a cambio de los ojos que ven la muerte—, dijo:

—A cambio de la mitad de tu vida restante, recibirás los ojos del shinigami. Podrás ver el nombre y la vida restante de cualquier persona con solo mirarla. ¿Aceptas?

—Acepto —dijo Higuchi, y en sus ojos se encendió una luz que no era humana.

La persecución comenzó a las nueve de la noche. Higuchi condujo su Mercedes negro por las calles de Tokio como un hombre poseído —porque lo estaba: poseído por la vanidad, poseído por la furia, poseído por la certeza de que era invencible—. Detrás de él, un helicóptero de la policía seguía su rastro desde el cielo, transmitiendo las imágenes en tiempo real al cuartel general. Y en el cuartel general, todos observaban: Light, L, Soichiro, Matsuda, Aizawa, Mogi, Aiber, Wedy. Todos excepto Misa, que había sido enviada a un lugar seguro porque L sabía que la noche terminaría con sangre y no quería que la de Misa estuviera entre ella.

Higuchi llegó a Sakura TV, entró por la puerta principal, y descubrió que la presentadora no estaba. El programa era falso. La trampa se cerró. Y Higuchi, con los ojos de shinigami ardiendo en su rostro como dos brasas gemelas, huyó.

La persecución se intensificó. Higuchi conducía a ciento cuarenta kilómetros por hora por las autopistas de Tokio, con la policía detrás y el helicóptero encima, y en el cuartel general todos contenían la respiración. Light más que nadie. Porque Light sabía —no con la mente, que había perdido sus recuerdos, sino con algo más profundo, algo que residía en los pliegues de su ADN, en la memoria celular de quien alguna vez había sido un dios— que esta noche terminaría de una forma u otra, y que el final decidiría todo.

Higuchi fue acorralado en una carretera secundaria. Rodeado por coches de policía, con el helicóptero iluminándolo como un foco, salió del Mercedes con las manos en alto. Pero no estaba rendido. Tenía el cuaderno en el bolsillo interior de su chaqueta, y con el cuaderno venía el poder. Si podía ver el nombre de alguien —cualquiera—, podía matarlo y escapar en el caos.

Soichiro Yagami fue el primero en acercarse. Lo hizo con la cautela de quien se acerca a un animal herido, el revólver en la mano, los ojos fijos en el rostro de Higuchi.

—Entregue el cuaderno —dijo Soichiro—. Sé que lo tiene.

Higuchi sacó el cuaderno de su chaqueta. Lo sostuvo en el aire como un trofeo, como la prueba de su divinidad, como el último gesto de un dios caído que se niega a admitir que ha dejado de serlo.

—Esto es el poder —dijo Higuchi—. Con esto, puedo matar a cualquiera. A todos ustedes. Al mismísimo L.

Y entonces, como si el universo hubiera decidido que era hora de revelar sus secretos, el cuaderno cambió de manos. Soichiro lo tomó. Lo abrió. Y en el momento en que sus ojos recorrieron las páginas —los nombres, las fechas de muerte, las instrucciones escritas en la caligrafía de un shinigami—, todos los que estaban lo suficientemente cerca para tocar el cuaderno vieron algo que no deberían haber visto.

Vieron a Ryuk. El shinigami de dos metros con alas de cuero y ojos amarillos de insecto apareció de la nada, flotando sobre la escena como un ángel de la muerte que ha perdido la paciencia. Y Light Yagami, que estaba a tres metros de distancia, tocó el cuaderno.

Los recuerdos regresaron. No gradualmente, como el amanecer ilumina el cielo, sino de golpe, como un rayo que parte la noche. En el instante en que los dedos de Light tocaron la portada negra, todo volvió: los mil nombres escritos, la risa de Ryuk, el rostro de Naomi Misora, el sabor del poder, la certeza de la divinidad. El dios del nuevo mundo abrió los ojos.

Y nadie lo notó. Porque Light Yagami era, sobre todas las cosas, un actor. Y los actores no rompen personaje en el escenario.

—Ryuk —susurró Light, y el nombre del shinigami salió de sus labios como una oración—. Ya estoy de vuelta.

Ryuk lo miró con esos ojos que lo veían todo y no juzgaban nada.

—Te eché de menos, Light —dijo el shinigami—. Estabas empezando a aburrirme sin tus memorias.

Pero Light no tenía tiempo para la nostalgia. Tenía un problema inmediato: Higuchi estaba vivo, y un Higuchi vivo era un testigo que podía revelar la existencia del cuaderno. Así que, con la rapidez de quien ha practicado el movimiento mil veces, Light deslizó un fragmento del cuaderno de muerte —que había escondido dentro de su reloj de pulsera semanas antes de perder la memoria, un fragmento que había permanecido allí, esperando, como una semilla bajo la nieve— y escribió el nombre de Higuchi con la sangre que aún manaba de la herida que él mismo se había infligido en la mano para crear una distracción.

Higuchi Kyosuke. Infarto. Cuarenta segundos.

Higuchi se llevó las manos al pecho. Sus ojos se abrieron. Y cayó al suelo como un árbol talado, muerto antes de que su cuerpo tocara el asfalto.

—¡Higuchi ha muerto! —gritó Matsuda, y su voz contenía la mezcla de alivio y horror que produce la muerte siempre, incluso la muerte de un monstruo.

Light se acercó al cadáver con la expresión adecuada —sorpresa, preocupación, la máscara de humanidad que había llevado durante tanto tiempo que ya no sabía dónde terminaba la máscara y comenzaba el rostro—. Y cuando nadie lo miraba, deslizó el cuaderno de muerte de las manos de Higuchi y lo pasó a Ryuk, que lo hizo desaparecer en el pliegue entre los mundos.

Esa noche llovió. Llovió como solo llueve en Tokio en verano: con la fuerza de un diluvio que parece personal, como si el cielo estuviera llorando por algo que solo él sabe. Y en el tejado del cuartel general, dos figuras estaban sentadas bajo la lluvia: L, encogido como siempre, y Light, de pie a su lado con la cadena que los unía goteando agua como una cascada en miniatura.

—Oigo campanas —dijo L otra vez, y esta vez su voz era más suave, más lejana, como si hablara desde un lugar que no era este mundo—. ¿Las oyes, Light-kun?

—No —dijo Light—. Solo oigo la lluvia.

—Las campanas suenan cuando algo termina —dijo L, y no estaba mirando a Light, sino al horizonte, donde los edificios de Tokio se recortaban contra el cielo como dientes de un monstruo dormido—. Y creo que algo está a punto de terminar.

Light lo miró. Y por un instante —un instante que duró exactamente lo que dura un latido—, sintió algo que no era cálculo ni estrategia ni control. Era algo que no tenía nombre, algo que se encontraba en el territorio entre la admiración y el duelo, entre el respeto y el remordimiento. Porque L era, en muchos sentidos, la única persona en el mundo que podía entender a Light. Y Light era, en muchos sentidos, la única persona en el mundo que podía entender a L. Y en algún universo paralelo, quizás, habrían sido amigos de verdad. No la palabra que L usó como arma, sino la palabra real, la que significa algo.

Pero este no era ese universo. Y Light lo sabía.

—Ryuzaki —dijo Light, y su voz era genuina, o al menos tan genuina como podía serlo la voz de alguien que estaba a punto de matar a la única persona que lo había hecho sentirse vivo—, no va a pasar nada. Estamos a salvo. Hemos atrapado al tercer Kira.

L lo miró. Y en sus ojos había algo que Light nunca había visto antes: no sospecha, no cálculo, no deducción. Sino paz. La paz de quien ha aceptado algo que no puede cambiar, la paz del guerrero que sabe que la batalla está perdida pero lucha de todos modos, la paz del detective que ha resuelto el caso pero no puede probarlo.

—Eres mi amigo, Light-kun —dijo L—. Eres mi primer amigo. Y quiero que lo sepas, sea cual sea la verdad.

Y Light, que no sentía nada —que no podía permitirse sentir nada—, dijo:

—Tú también eres mí amigo, Ryuzaki.

La lluvia cayó. Y las campanas, que solo L podía oír, tañeron por última vez.

Los días siguientes fueron un purgatorio de verificación. L, que nunca confiaba en nada al cien por cien, decidió poner a prueba la regla de los trece días —la regla falsa que Light había hecho que Ryuk escribiera en el cuaderno—. Si la regla era cierta, entonces ni Light ni Misa podían ser Kira, porque habían pasado más de trece días sin escribir nombres y seguían vivos. Pero si la regla era falsa...

L no podía verificar la regla directamente. No tenía un cuaderno de muerte para experimentar. Pero podía verificarla indirectamente: si la regla era falsa, entonces alguien la había inventado. Y si alguien la había inventado, entonces ese alguien era Kira. Y si ese alguien era Kira, entonces el cuaderno que Higuchi tenía —que ahora estaba en posesión de la policía— debía contener alguna pista.

Pero el cuaderno ya no estaba en posesión de la policía. Light lo había recuperado a través de Ryuk, y en su lugar había dejado un cuaderno falso —páginas en blanco con instrucciones de shinigami copiadas a mano—. Era un riesgo, pero Light no tenía alternativa: sin el cuaderno, no podía completar su plan. Y el plan era, ahora, lo único que importaba.

Rem lo sabía. Rem sabía que Light había recuperado el cuaderno. Rem sabía que Light era Kira. Rem sabía que L estaba a punto de descubrir la verdad. Y Rem sabía, con la certeza de quien ve el futuro escrito en las estrellas, que si L descubría la verdad, Misa sería ejecutada. Porque Misa era el segundo Kira. Y el segundo Kira, según la ley que L representaba, merecía la muerte.

Así que Rem tomó la única decisión que podía tomar. La decisión que Light había previsto desde el principio, desde el momento en que decidió que Misa sería el cebo y Rem el arma. La decisión que era, al mismo tiempo, un acto de amor y un acto de sacrificio:

Rem mató a L.

Y mató a Watari.

Fue rápido. Tan rápido que nadie lo vio venir. L estaba sentado en su silla, mirando la pantalla donde los datos del cuaderno falso se sucedían en bucle, cuando su cuerpo se tensó como una cuerda de violín y sus ojos se abrieron con una expresión que no era dolor ni sorpresa ni miedo, sino algo que solo podía describirse como la comprensión final: la comprensión de que la partida había terminado y que él había perdido.

—Light —susurró L, y fue la última palabra que pronunció. No «Light-kun». No «Kira». Solo «Light». Como si, en el último instante de su vida, hubiera decidido llamarlo por su nombre real, el nombre que compartían como amigos, como enemigos, como las dos caras de una moneda que nunca puede ser vista simultáneamente.

Watari cayó un segundo después. El anciano que había dedicado su vida a proteger a L, que había sido su padre, su madre, su guardián, su único vínculo con la humanidad, cayó al suelo con la suavidad de quien se duerme después de una vida muy larga y muy cansada.

Y Rem, que había matado para salvar a Misa, comenzó a desintegrarse. Era la regla de los shinigamis: matar para prolongar la vida de un humano es un crimen contra la naturaleza de la muerte, y el castigo es la desaparición. Rem se convirtió en polvo, en arena, en nada, y su último pensamiento no fue para Light ni para L ni para la justicia ni para la verdad. Fue para Misa. Para la chica que había amado como una madre ama a su hija, con la ferocidad de quien sabe que el amor es la única cosa que hace que la vida valga la pena.

—Cuídate, Misa —susurró Rem, y la voz se desvaneció con el cuerpo.

Light Yagami cayó de rodillas. Gritó. Su grito resonó en el cuartel general como el aullido de un animal herido, y cada persona que lo escuchó sintió, en algún lugar profundo de su ser, que algo terrible había ocurrido. Light gritó el nombre de L. Gritó el nombre de Watari. Golpeó el suelo con los puños. Y las lágrimas —lágrimas reales, lágrimas que no formaban parte de ninguna actuación, lágrimas que provenían de un lugar que ni el propio Light sabía que existía— corrieron por sus mejillas como la lluvia que caía fuera.

O tal vez no. Tal vez las lágrimas eran parte de la actuación. Tal vez el grito era parte del plan. Tal vez Light Yagami no sentía nada excepto la fría satisfacción del ajedrecista que da jaque mate. La diferencia, como siempre, era irrelevante para el resultado.

Porque el resultado era este: L estaba muerto. Watari estaba muerto. Rem estaba muerta. Y Light Yagami, el dios del nuevo mundo, era libre.

Libre para convertirse en el nuevo L.

Porque eso era lo que pasaba cuando matas al detective más brillante del mundo: heredas su título, su autoridad, su red de contactos, su reputación. El mundo no puede quedar sin L, del mismo modo que no puede quedar sin gravedad. Y Light, que había planeado cada detalle de esta noche con la precisión de un relojero suizo, sabía que el siguiente paso era el más importante: asumir la identidad de L y convertirse, simultáneamente, en el cazador y la presa. En el detective y el asesino. En la justicia y el crimen.

Wedy y Aiber murieron meses después, wedy en un accidente con su motocicleta, Aiber envenenado tomando su última copa de Vino, Los sobrevivientes de la empresa yotsuba que solo eran 6, murieron todos de ataques al corazón, todos ellos murieron como cabo sueltos a manos de Kira.

Y así, mientras los miembros restantes del equipo lloraban a su líder caído y la lluvia continuaba cayendo sobre Tokio como el llanto de un cielo que ha perdido la esperanza, Light Yagami se secó las lágrimas —reales o fingidas, quién podía saberlo— y dijo, con la voz de quien ha ganado una guerra que nadie más sabía que se estaba librando:

—Continuaré la investigación. Por L. Por Watari. Por la justicia.

Nadie objetó. Nadie sospechó. Y en el silencio que siguió a sus palabras, las campanas que L había oído dejaron de tañer. Porque no había nada más que anunciar. El mundo había cambiado de dirección. Y el nuevo mundo —el mundo de Kira, el mundo de Light Yagami, el mundo donde un adolescente se había convertido en dios— había comenzado.

Capítulo 19-Sucessor

La muerte de L dejó un vacío que nadie en el mundo podría haber anticipado. El detective más brillante de la era moderna, el hombre cuya mente había sido capaz de desafiar a Kira durante meses, había desaparecido sin que el mundo supiera jamás su verdadero nombre.

1 año después…

 Lo que el mundo no sabía era que la persona que ahora ocupaba su lugar frente a las pantallas, que respondía a los casos con esa misma voz robótica y distante, no era un sucesor designado ni un protegido entrenado durante años. Era Light Yagami. El mismo Light que, bajo la identidad de Kira, había orquestado la caída del detective legendario.

Light observó la pantalla de la computadora que había pertenecido a L. El resplandor de los monitores iluminaba su rostro con una luz tenue, proyectando sombras sutiles sobre sus facciones. Aquella habitación, antes el santuario del hombre más inteligente del mundo, era ahora su territorio. Cada archivo, cada contraseña, cada protocolo de comunicación estaba a su disposición. Light movió los dedos sobre el teclado con la precisión de un cirujano, abriendo los archivos de casos pendientes, revisando los contactos de L en agencias de inteligencia de todo el globo. Sonrió, una expresión casi imperceptible que rozaba la satisfacción pura. Poseer el lugar de L no era solo una cuestión de poder; era la ironía definitiva. Él, Kira, se había convertido en el cazador de criminales, en el detective que el mundo admiraba, mientras continuaba ejecutando su justicia desde las sombras.

Lo primero que hizo fue configurar su propia voz artificial. El modulador de voz de L era una herramienta sofisticada que alteraba las frecuencias sonoras para hacerla irreconocible, y Light pasó horas ajustando los parámetros hasta que el resultado sonara suficientemente similar al original como para no levantar sospechas, pero con sutiles diferencias que podían explicarse como una simple actualización del sistema. Una voz ligeramente más firme, con matices que L nunca había empleado. La nueva voz de L era, en realidad, la voz de Light disfrazada de genio.

Una vez que el sistema de comunicación estuvo operativo, Light se reunió con su padre en una de las salas de reuniones de la Agencia Nacional de Policía. Soichiro Yagami, con el rostro surcado por las arrugas del estrés y la preocupación permanente, escuchó la petición de su hijo con una mezcla de sorpresa y alivio. Light le pidió que alquilara un departamento bajo un nombre falso, lejos de la residencia familiar, para servir como nueva base operativa. Argumentó que, tras la muerte de L, las medidas de seguridad debían intensificarse y que una ubicación separada era esencial para proteger la integridad de la investigación. Soichiro asintió lentamente; no tenía motivos para desconfiar de su hijo. Después de todo, Light había demostrado ser una pieza fundamental en el equipo de trabajo de L.

Esa misma noche, Light habló con Misa Amane. La modelo, sentada en el sofá de su apartamento con las piernas cruzadas y los ojos brillando de admiración, apenas pudo contener su emoción cuando Light le propuso que vivieran juntos. Para Misa, aquella propuesta era la confirmación de que el amor que ella sentía por Light era correspondido, al menos en la medida que él permitía mostrar. Aceptó con una sonrisa radiante, lanzándose a sus brazos sin sospechar que, para Light, tenerla cerca no era un acto romántico sino una jugada estratégica. Misa poseía los ojos de Shinigami, una herramienta invaluable que Light podía utilizar cuando lo necesitara, y vivir juntos facilitaba el control sobre ella. La inocencia de Misa era, desde la perspectiva de Light, un recurso más en su tablero.

Aunque Light sentía que ya no existían amenazas reales, que el mundo se doblaba ante la voluntad de Kira y que los criminales desaparecían uno tras otro sin que nadie pudiera detener el huracán de justicia que había desatado, decidió imponerse una nueva meta. No bastaba con reemplazar a L; tenía que estar a su altura, superarlo incluso. La mente de L había sido forjada en décadas de resolución de casos, en miles de horas de análisis deductivo y en una formación que Light no poseía. Si quería que el mundo creyera que L seguía vivo detrás de las pantallas, necesitaba convertirse en un detective genuinamente.

Así comenzó la fase más intensa de estudio que Light Yagami había emprendido jamás, superando incluso sus años de preparación para los exámenes de ingreso a la universidad. Durante menos de siete semanas, Light devoró treinta libros que abarcaban disciplinas aparentemente inconexas entre sí. Su método era sistemático y brutal: leía en japonés, inglés, español y ruso, extrayendo conceptos, patrones y marcos teóricos que pudiera integrar en su arsenal intelectual. Cada libro era diseccionado con la precisión de un cirujano; no se contentaba con entender las ideas superficiales, sino que buscaba las estructuras profundas del pensamiento que pudiera aplicar a la resolución de casos y, lo que era aún más importante, a la manipulación de las personas que lo rodeaban.

De la filosofía aristocrática, extrajo los principios de liderazgo y autoridad moral que le permitían proyectar una imagen de poder innegable ante los detectives internacionales que consultaban con L. Las 33 estrategias de guerra de Robert Greene se convirtieron en su manual de operaciones, cada estrategia mapeada mentalmente a situaciones de la investigación criminal. Los textos de criminología le proporcionaron el vocabulario técnico y los marcos analíticos para entender las motivaciones detras de los delitos que debía resolver. 1984 de George Orwell, lejos de ser una simple lectura de ficción, le ofreció un modelo de control de la información que aplicó directamente a su gestión del caso Kira: quien controla la narrativa, controla la realidad.

El razonamiento deductivo de Luis Martínez y la introducción a la lógica de Copi-Irving afilaron su capacidad para construir argumentos irrebatibles, los mismos argumentos que utilizaba para engañar al grupo de trabajo y desviar sospechas. La comunicación del poder le enseñó cómo modular su tono de voz, sus gestos y sus palabras para manipular las emociones de quienes lo rodeaban. Sapiens de Yuval Noah Harari le proporcionó una perspectiva macroscópica de la historia humana que utilizaba para predecir el comportamiento de las sociedades ante los castigos de Kira. Los fragmentos de la naturaleza humana y el Leviatán de Thomas Hobbes le recordaron que, en el fondo, todos los seres humanos eran impulsados por el miedo y el interés propio, una visión que justificaba perfectamente su proyecto de un mundo bajo la mano de Kira.

Pero quizás lo más revelador fue su inmersión en la investigación sobre inteligencia emocional. Los trabajos de Gross, Goleman, Paul Ekman y Peirce, junto con la investigación conjunta de Mayer-Salovey-Caruso, le proporcionaron las herramientas para leer las emociones ajenas con una precisión que rozaba lo sobrenatural. Light afiló sus habilidades natas de identificar las microexpresiones faciales que delataban mentiras, a interpretar los cambios sutiles en el tono de voz que indicaban nerviosismo y a calibrar sus propias reacciones emocionales para que nadie pudiera detectar que algo estaba mal. Ekman, en particular, le enseñó que las emociones universales eran siete y que cada una dejaba una huella física en el rostro, una huella que Light aprendió a leer y a falsificar a voluntad.

En un solo año como sucesor de L, Light resolvió doscientos cuarenta y siete casos. Era una cifra impresionante para cualquier detective del mundo, pero los expertos internacionales que seguían de cerca la actividad de L la encontraron curiosamente baja. L había mantenido históricamente un estándar de entre seiscientos y tres mil casos resueltos por año, una producción que lo había convertido en una leyenda viviente de la criminología mundial. Que ahora ese número hubiera caído drásticamente generó todo tipo de especulaciones en los foros privados de detectives y agencias de inteligencia.

La verdad detrás de esa reducción era mucho más pragmática de lo que nadie imaginaba. Light no tenía la experiencia acumulada de L, no poseía esa capacidad intuitiva para resolver casos rutinarios en cuestión de minutos que había convertido al detective original en una máquina de producción de justicia. Su estrategia era radicalmente diferente: en lugar de intentar igualar el volumen de L, había decidido seleccionar exclusivamente los casos más complejos, aquellos que requerían análisis profundo, deducción multinivel y pensamiento creativo. Pocos casos complicados, razonó, otorgaban más formación que cientos de casos simples. Cada caso difícil era un gimnasio para su mente, un desafío que lo obligaba a estirar sus capacidades deductivas y a desarrollar nuevas habilidades de análisis.

Lo que nadie en la comunidad internacional de detectives sabía era que Light había anticipado exactamente cómo reaccionarían ante la caída en la productividad. Conocía la personalidad de L mejor que nadie, había convivido con él durante meses, había estudiado sus métodos, sus manías, su forma de pensar. Sabía que si un impostor simplemente hubiera elegido casos difíciles de forma constante, los detectives del mundo habrían empezado a sospechar. La selección indiscriminada de casos complejos habría sido una anomalia demasiado visible. Pero Light también sabía que la habilidad de actuación que había perfeccionado, combinada con su comprensión de la personalidad de L, le permitía manejar esa percepción con delicadeza.

Y funcionó. Los detectives internacionales, lejos de sospechar que L estaba muerto, llegaron a una conclusión que Light había orquestado con precisión: L estaba afilando sus habilidades. Era razonable, argumentaban en sus reuniones privadas y en sus comunicaciones cifradas, que el caso Kira consumiera la mayor parte del tiempo y la energía de L. Reducir la cantidad de casos para concentrarse exclusivamente en los más complejos era una estrategia lógica para alguien que enfrentaba al criminal más elusivo de la historia. Tal vez L estaba probando nuevos métodos de investigación, tal vez estaba desarrollando un arsenal analítico más sofisticado. La idea de que L estaba muerto y que un impostor ocupaba su lugar era, para ellos, impensable. Light había convertido la duda en certidumbre y la sospecha en admiración.

Adaptándose a la rutina detectivesca que había heredado, Light atendía los casos mediante teléfonos desechables que cambiaba periódicamente, separándolos por nivel de dificultad. Las conversaciones con los clientes se llevaban a cabo en múltiples idiomas: japonés, coreano, chino, francés, alemán, italiano, español, inglés y ruso. Light dominaba casi todos esos idiomas con fluidez, y cada conversación era una actuación meticulosamente preparada. Los clientes, que habían trabajado con L durante años y conocían sus peculiaridades, no notaron ninguna diferencia significativa. Lo único que algunos mencionaron era que este nuevo L parecía más creativo y estratégico en sus enfoques, y ligeramente menos analítico en el sentido tradicional. Pero esa observación, lejos de levantar sospechas, confirmó la teoría que ya habían construido: L estaba evolucionando, probando cosas nuevas, expandiendo sus capacidades. Era exactamente lo que Light quería que pensaran.

A miles de kilómetros de Tokio, en la ciudad antigua de Winchester, al sur de Inglaterra, se alzaba una casa que, desde el exterior, parecía una mansión victoriana más entre las muchas que salpican el campo inglés. Tenía paredes de ladrillo rojo envejecido por el clima húmedo del condado, ventanas altas con marcos de madera oscura, y un jardín rodeado de setos recortados con una precisión que revelaba una obsesión por el orden. Pero la Casa Wammy, como era conocida por los pocos que tenían conocimiento de su existencia, no era una residencia ordinaria. Había sido fundada por Quillsh Wammy, conocido en el mundo del espionaje y la investigación criminal bajo el alias de Watari, y su propósito era tan singular como ambicioso: era un orfanato diseñado exclusivamente para albergar a niños con capacidades intelectuales extraordinarias, un centro de formación donde se cultivaban las mentes más brillantes del mundo con un objetivo concreto, prepararlos para suceder al mayor detective que la humanidad había conocido jamás.

Watari, un inventor genial y un estratega cuya habilidad para el espionaje y la logística solo era comparable a su devoción por L, había creado la Casa Wammy con la convicción de que el genio de L no debía ser un fenómeno irrepetible. Si el mundo podía producir una mente como la de L Lawliet, podía producir otra. Y si no podía, entonces debía fabricarla. El orfanato funcionaba como un laboratorio de intelecto donde los niños, todos huérfanos, todos prodigiosos, competían entre sí en un entorno diseñado para empujarlos al límite de sus capacidades. Cada niño recibía un alias compuesto por una letra del alfabeto, un sistema que eliminaba la necesidad de nombres verdaderos y creaba una jerarquía basada puramente en el mérito intelectual. El niño más brillante era simplemente conocido como L. Los demás esperaban su turno, perfeccionando sus habilidades, acumulando conocimiento, soñando con el día en que la letra que los definiera sería la que el mundo reconociera.

Entre esos niños, dos habían destacado desde temprana edad con una claridad que Watari mismo había notado. El primero era un niño de cabello claro y ojos que parecía siempre observar el mundo desde una distancia inalcanzable, como si estuviera calculando cada variable de la realidad con la frialdad de una computadora. Se hacía llamar Near. El segundo era un niño de cabello oscuro, temperamento impulsivo y una intensidad que irradiaba de cada uno de sus gestos, una intensidad que podía transformarse en furia en cuestión de segundos. Se hacía llamar Mello. Ambos tenían catorce años cuando la noticia de la muerte de L llegó a la Casa Wammy, y esa noticia cambió el curso de sus vidas para siempre.

Near y Mello nunca habían conocido a L en persona. Watari lo había mantenido así, protegiendo la identidad del detective legendario incluso de aquellos que estaban destinados a reemplazarlo. Sin embargo, los niños de la Casa Wammy tenían acceso a los métodos de L, a sus casos resueltos, a sus protocolos de investigación, e incluso podían formularle preguntas que L respondía de forma anónima a través de Watari. Era una relación mediada, distante, pero suficiente para que Near y Mello absorbieran la filosofía deductiva de L como esponjas sedientas de conocimiento. L había favorecido a ambos como candidatos a su sucesión no por su inteligencia pura, que muchos niños en Wammy poseían en grados similares, sino por una cualidad más sutil: ambos se negaban a cuestionarlo, y ambos tenían algo en sus ojos que Watari describía como una mirada desagradable, una mezcla de determinación absoluta y una falta de miedo que resultaba inquietante incluso en niños de catorce años.

Cuando L murió, Watari también murió junto a él, y la Casa Wammy quedó bajo la administración de Roger Ruvie, el mayordomo que había servido como enlace entre Watari y los niños durante décadas. Fue Roger quien transmitió a Near y Mello la noticia de la muerte de L, y fue Roger quien les entregó el legado que L había dejado atrás: toda la evidencia acumulada sobre el caso Kira, años de investigación compilada en archivos que contenía las deducciones de L, los patrones que había identificado, las hipótesis que había descartado y las que aún permanecían abiertas. Era un tesoro de información que, en las manos correctas, podría ser la clave para atrapar al asesino más elusivo de la historia, pero ambos niños tenían sus diferencias, haciendo que mello abandonará la institución.

Tres años después de la muerte de L, Near tenía diecisiete años y se había establecido en una ubicación secreta en los Estados Unidos, rodeado de un equipo de agentes de la CIA y el FBI que formaban lo que denominó el SPK, las siglas de Special Provision for Kira. Era un pequeño grupo de élite, compuesto por agentes selectos cuya lealtad a Near era absoluta y cuya misión era única: resolver el caso Kira. Near operaba bajo la inicial N, el sucesor designado de L, el verdadero heredero del detective legendario. Tenía acceso a los recursos del gobierno de los Estados Unidos, a bases de datos clasificadas, a satélites de vigilancia y a un equipo de analistas que procesaban información las veinticuatro horas del día. Pero lo que hacía a Near verdaderamente peligroso no era su acceso a la tecnología ni su equipo de agentes, era su mente. Una mente que, en muchos aspectos, rivalizaba con la de L en capacidad deductiva y que, en algunos ámbitos específicos, la superaba.

Mello, por su parte, había tomado un camino radicalmente diferente. Si Near era la calma metódica, Mello era la tormenta impredecible. Había abandonado la Casa Wammy con catorce  años, ahora tiene 16, cargando consigo un resentimiento profundo hacia Near que se alimentaba de cada logro del niño de cabello claro. En la Casa Wammy, Near siempre había sido el primero, el mejor, el elegido, y Mello siempre había sido el segundo. Esa posición, tan cercana a la cima y sin embargo tan lejos de ella, se había convertido en una obsesión que definía cada una de sus acciones. Mello había buscado la Death Note por su cuenta, sin los recursos oficiales de los que disponía Near, y la había encontrado en el lugar más inesperado: dentro de la mafia. Una organización criminal que operaba en las sombras de Los Ángeles, con contactos en todo el mundo, con armas, dinero y la voluntad de hacer cualquier cosa con tal de obtener lo que quería. Mello se había convertido en el líder de esa mafia, no por herencia ni por elección, sino por pura fuerza de voluntad y una inteligencia que, aunque diferente a la de Near, era igualmente formidable.

Pasaron 6 años luego de la muerte de L

Mientras tanto, el efecto de los castigos de Kira seguía transformando el mundo de maneras que iban más allá de la simple reducción de la criminalidad. La gente de todo el planeta había comenzado a tratarse mejor, no por una renovación moral espontánea, sino por un miedo profundo y visceral. Cada persona sabía que su vecino, su compañero de trabajo, incluso un desconocido en la calle, podía presenciar un acto malvado y que ese acto podría ser castigado con la muerte por una fuerza invisible e ineludible. La paranoia había reemplazado a la maldad, y en ese reemplazo, Light veía la semilla de un mundo perfecto.

Era exactamente lo que había planeado. La tendencia era clara: cada día que pasaba, menos crimenes premeditados se cometían. Los robos a mano armada habían caído un sesenta por ciento en los principales países del mundo. Los asesinatos por venganza eran cada vez más raros. Incluso la corrupción política, ese cáncer que había resistido todos los intentos de erradicación, estaba menguando. Los políticos sabían que un acto de corrupción podía ser descubierto y que el descubrimiento podía llevar a un ataque cardíaco repentino. El miedo era el instrumento más poderoso que Light había desencadenado, y estaba funcionando con una eficiencia que superaba sus expectativas más optimistas.

Pero ni siquiera un mundo que se doblaba ante Kira estaba libre de amenazas inesperadas. La noticia del secuestro del director Kitamura golpeó al grupo de trabajo como un balde de agua fría. Kitamura, uno de los directores de alto rango de la Agencia Nacional de Policía, había sido secuestrado por fuerzas desconocidas, y el mensaje era claro: querían la Death Note. Light sintió un escalofrío que recorrió su columna vertebral, pero su rostro no traicionó ninguna emoción. Alguien allá fuera conocía de la existencia de la libreta de la muerte y sabía que la policía japonesa la tenía en su poder.

Light procesó la información con una calma que habría resultado perturbadora para cualquiera que pudiera observar sus pensamientos. El hecho de que hubieran secuestrado al director significaba que los responsables no sabían exactamente quién tenía la Death Note. Si lo supieran, habrían ido directamente a su padre. Sin embargo, el director tenía acceso a información clasificada; si lo obligaban a hablar, podría revelar quiénes trabajaban con L, y a partir de ahí, los secuestradores podrían concluir que uno de los miembros del grupo de trabajo poseía la Death Note. Y como todo el mundo creía que L seguía vivo, la conclusión lógica sería que la libreta estaba en poder del propio L.

La situación se complicó aún más cuando descubrieron que Sayu, la hermana menor de Light, había sido tomada como rehén. La noticia golpeó al grupo de trabajo con la fuerza de un martillazo. Soichiro Yagami, el padre de Light, envejeció diez años en un solo instante. Su rostro, normalmente sereno y respetable, se distorsionó con una angustia que Light observó con una atención clínica. A diferencia de su padre, Light se mantuvo tranquilo. Su expresión era la de un hermano preocupado, pero por dentro, su mente estaba calculando probabilidades, evaluando escenarios y diseñando respuestas. No era que no le importara Sayu; era que había aprendido a separar la emoción del análisis, una habilidad que los libros sobre inteligencia emocional le habían perfeccionado.

Cuando la noticia de la muerte del director Kitamura alcanzó al grupo de trabajo, las reacciones fueron de shock y consternación. Pero Light ya había procesado la información y estaba listo con una interpretación que, aunque falsa, era lógicamente impecable. Se dirigió al grupo con la serenidad que caracterizaba a L, su voz modulada transmitiendo una autoridad que nadie en la sala cuestionó.

—Lo más probable es que esto haya sido obra de Kira —dijo Light, con una calma que contrastaba con la agitación de los demás.

El equipo descubre que "John Monroe" es en realidad Larry Conners, del SPK. Light se da cuenta de que podría matar a Conners con la Death Note, pero decide no hacerlo, argumentando que matar a un investigador que identificó al equipo demostraría que Kira está entre ellos

En la llamada telefónica que habían recibido, el secuestrador había dicho «el director está muerto», no «hemos matado al director». Era una diferencia sutil pero crucial. La formulación pasiva sugería que la muerte no había sido directamente causada por los secuestradores, sino que el director había muerto por otras razones durante su cautiverio. Light, que conocía la verdad porque era él quien controlaba los hilos de la investigación, sabía que el director se había suicidado. Kira había intervenido. Pero esa verdad era peligrosa si se revelaba, así que Light hizo lo que hacía mejor: construyó una narrativa alternativa que protegiera su identidad mientras pareciera convincente.

Su argumento era elegante en su simplicidad. Cuando se difundió la noticia del secuestro del director, esa información debió filtrarse desde la policía hasta Kira. Con Higuchi muerto, era muy probable que Kira supiera que la policía japonesa tenía la Death Note en su poder, ya que incluso el FBI y los propios secuestradores lo sabían. Kira era, según la imagen pública que Light había construido, un asesino que se hacía pasar por un ícono de la justicia. No quería que la Death Note cayera en manos de criminales; para Kira, era preferible que la libreta permaneciera en poder de la policía. Además, Kira ya tenía una, por lo que probablemente no necesitaba la que la policía custodiaba.

La lógica era impecable, y cada miembro del grupo de trabajo la siguió paso a paso sin encontrar fisuras. Lo que ninguno de ellos sabía era que Light había construido ese argumento específicamente para manipularlos. Al atribuir la muerte del director a Kira, Light logró algo crucial: persuadir al grupo de trabajo para que centrara toda la investigación en la búsqueda de Sayu. Si Kira estaba involucrado, razonaron, entonces encontrar a Sayu era la prioridad absoluta. La atención se desvió convenientemente de cualquier línea de investigación que pudiera acercarse a la verdad sobre la Death Note o sobre la identidad real de Kira.

Light analizó la cantidad de vuelos, deduciendo a partir de las premisas:

.Sayu desapareció antes de finalizar su clase.

.De la Universidad hasta el aeropuerto más cercano había aproximadamente 15 minutos.

. Vuelos programados en el Aeropuerto más cercano a partir de las 12:55 pm.

.Usando su computadora accede a la información de los vuelos y cuáles son los más posibles, asumiendo que el secuestrador planificó el secuestro, ya tendrían preparado ir en un avión apenas llegarán a tiempo, fue un día en que no había muchos vuelos, y  previendo la posibilidad de que sayu grite o se escape, debe ser uno con pocos pasajeros.

. Light deduce que Sayu está en los ángeles, EE. UU. basándose en la hora en que envió un correo electrónico (12:40 p. m.), su horario de clases (libre hasta las 3 p. m.) y el tiempo de vuelo necesario para salir de Japón.

Fue durante el análisis de las imágenes de Sayu como rehén cuando Light demostró una vez más su capacidad de observación. Mientras los demás miembros del grupo de trabajo se concentraban en el estado físico de Sayu, en su expresión de terror, en las condiciones del lugar donde estaba cautiva, los ojos de Light se deslizaron hacia un detalle aparentemente irrelevante: un monitor de fondo que mostraba un programa de televisión. No era un programa cualquiera. Light lo buscó en la base de datos y descubrió que era una emisión real que se transmitía en Los Ángeles en ese mismo momento. El monitor había sido colocado allí deliberadamente, una señal invisible para los inexpertos pero clarísima para alguien con la capacidad analítica de Light: servía para demostar.

Light tomó la decisión de viajar a Los Ángeles para hacer los preparativos necesarios para el intercambio entre Sayu y la Death Note. Como estaba registrado oficialmente como un simple estudiante graduado, no había razón para que nadie sospechara de él. Era una ventaja que L, en toda su genialidad, nunca había tenido: Light podía moverse por el mundo con una identidad que no levantaba suspicacias. Informó al grupo de trabajo que Aizawa y los demás también viajarían a Los Ángeles, pero tomarían vuelos diferentes como medida de seguridad. Ide, el miembro menos conocido del grupo y por tanto el menos probable de ser reconocido, tomaría el mismo vuelo que el padre de Light para mantener vigilancia discreta.

Para las comunicaciones durante la operación, Light implementó un sistema que ya había sido utilizado en operaciones anteriores: el Sistema de Compartición de Números de Celular. Este sistema permitía que un grupo específico de teléfonos celulares escuchara las llamadas realizadas a cualquier teléfono del grupo. Era una herramienta de vigilancia interna que garantizaba que todos los miembros del equipo estuvieran informados en tiempo real sobre cualquier comunicación con los secuestradores. Light no tenía idea de cómo iban a contactar a su padre en el hotel, pero por el momento tendrían que depender de los teléfonos celulares como único canal de comunicación.

Fue en un momento de relativa calma, cuando los preparativos para el viaje ya estaban en marcha, cuando Soichiro Yagami se acercó a su hijo. El rostro del anciano reflejaba una determinación que Light reconoció inmediatamente: era la expresión de un hombre que había tomado una decisión irrevocable. Soichiro habló con una voz que, a pesar de la emoción contenida, se mantuvo firme.

—Light, no importa lo que me cueste... —dijo Soichiro, mirando a su hijo a los ojos con una intensidad que raramente mostraba. —Debes salvar la vida de tu hermana, aunque eso me cueste la mía.”

Light lo miró durante un largo instante. La habitación pareció encogerse a su alrededor, el aire se volvió denso y pesado. Por un momento, algo parecido a la preocupación genuina asomó en los ojos de Light antes de ser sofocado por la frialdad del cálculo. Entendía perfectamente el sentimiento de su padre; de hecho, lo había anticipado. Soichiro Yagami era un hombre de principios inquebrantables, un policía que había dedicado su vida a proteger a los demás, y la idea de sacrificar su propia vida por la de su hija era completamente coherente con su carácter. Pero Light también sabía que ese sacrificio era innecesario y contraproducente, y estaba decidido a evitarlo.

—No seas tonto, papá —respondió Light, y su tono fue lo suficientemente firme como para detener cualquier protesta. —Puede que tú estés contento con esa decisión, pero ¿alguna vez te has preguntado cómo se sentirían los demás si murieras? ¿Cómo se sentiría Sayu si supiera que su padre murió por ella? ¿Cómo me sentiría yo?”

Las palabras de Light fueron diseñadas con precisión quirúrgica. No apelaban a la lógica ni al deber profesional; apelaban a la culpa, la emoción más poderosa que un padre podía sentir. Light continuó, su voz ahora más suave pero no menos determinada, explicando a su padre que no podía morir frente a Sayu bajo ninguna circunstancia. La escena de un padre muriendo ante su hija sería un trauma del que Sayu nunca se recuperaría, y eso convertiría el sacrificio de Soichiro en una cadena de sufrimiento. Le dijo a su padre que podía perder contacto con el equipo y tener que tomar sus propias decisiones, pero que debía tomar las decisiones correctas para que tanto él como Sayu sobrevivieran.

—Prométeme que no vas a morir —dijo Light, y en esa petición había algo que sonaba a ruego, algo que hizo que Soichiro sintiera un nudo en la garganta. Light había logrado exactamente lo que buscaba: al hacer que su padre se sintiera culpable por la decisión de sacrificarse, lo había obligado a reconsiderarla. La culpa era un instrumento poderoso, y Light lo manejaba con la maestría de un virtuoso.

La tensión se mantuvo alta durante las horas previas al viaje. Fue entonces cuando Ide, que había estado manteniendo vigilancia sobre el padre de Light, reportó una novedad alarmante. Un individuo desconocido había interceptado a Soichiro Yagami y lo había obligado a subir a un vuelo diferente al que tenía programado. El hombre tenía una placa de policía que había utilizado para acceder al aeropuerto sin problemas, y aparentemente planeaba usarla para abordar el mismo avión que ellos.

—Debería arrestar al individuo que interceptó a tu padre —dijo Ide por teléfono, con la voz tensa por la urgencia de la situación. Light, que estaba al otro lado de la línea con una calma que contrastaba violentamente con la agitación de Ide, respondió con una frialdad que sorprendió al detective.

—Cálmate, Ide. Hacer algo así no nos sería de ninguna ayuda. Tu única prioridad ahora mismo es no perder de vista a mi padre. Eso es todo lo que necesitas hacer.”

La respuesta de Light fue calculada para mantener a Ide enfocado y evitar que tomara una decisión precipitada que pudiera arruinar todo el operativo. Ide era un buen detective, pero era impulsivo, y un arresto mal timed en un aeropuerto internacional podría alertar a los secuestradores y poner en peligro la vida de Sayu. Light necesitaba que Ide siguiera al hombre que había interceptado a su padre, no que lo arrestara.

Pero la situación se complicó aún más cuando Ide reveló un detalle que hizo que Light apretara los puños bajo la mesa. El hombre que había interceptado a Soichiro lo había hecho entrar en un vuelo diferente, un vuelo que resultó ser el mismo que estaba tomando Aizawa. Y ahora el individuo planeaba usar su placa de policía para ingresar en el mismo avión en el que viajaba el padre de Light.

—Si haces eso y el hombre que interceptó a mi padre se entera, todo se arruinará —dijo Light, y por primera vez en la conversación, su voz dejó entrever una nota de auténtica preocupación. —¿Cuál es el destino del vuelo que tomaron mi padre y ese hombre?”

—Es el mismo vuelo que está tomando Aizawa —respondió Ide, y Light cerró los ojos por un instante, procesando la información. Aizawa estaba en el mismo vuelo que el individuo que había interceptado a su padre. Eso significaba que Aizawa podría estar en peligro, o peor aún, que su presencia podría alterar los planes de los secuestradores de maneras impredecibles.

Misa Amane lo observaba desde el otro lado de la habitación del departamento que compartían en los ángeles. Estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y una taza de té olvidada entre las manos, y sus ojos, normalmente brillantes de admiración hacia Light, ahora reflejaban algo diferente. Era preocupación, la clase de preocupación que nace cuando se ama a alguien lo suficiente como para notar las fisuras en la armadura que ese alguien se esfuerza por mantener intacta. Llevaba semanas notando cambios sutiles en Light: momentos en los que su mirada se perdía en el vacío, instantes en los que sus mandíbulas se tensaban casi imperceptiblemente, noches en las que se quedaba despierto frente a la computadora hasta altas horas de la madrugada. Algo andaba mal, y Misa, a pesar de su apariencia frívola, era más perceptiva de lo que la mayoría de la gente creía.

—Light, ¿algo anda mal?” preguntó Misa, con una suavidad en la voz que contrastaba con la tormenta que rugía en la mente de Light en ese instante. Dentro de él, una explosión de pensamientos compitió por dominar su atención. El avíon desviado. Aizawa en el mismo vuelo que el interceptador. Sayu en manos de desconocidos. La Death Note fuera de su control. Un sucesor de L que podría estar más cerca de lo que él creía. Era un alboroto de variables imposibles, un torbellino de escenarios que su mente procesaba a una velocidad que habría dejado aturdido a cualquier ser humano normal. Pero Light no era normal. Tomó una respiración profunda, casi imperceptible, y aplicó todo lo que había aprendido de los textos sobre inteligencia emocional. No levantaré la voz. No la insultaré. No mostraré debilidad. Ella es una herramienta, y las herramientas no se dañan por frustración.

Light giró lentamente hacia Misa y le dedicó una de esas sonrisas que había perfeccionado durante años, una sonrisa que transmitía calidez, confianza y una dosis justa de vulnerabilidad calculada. Le dijo que todo estaba bien, que el estrés del trabajo de detective era temporal, que pronto las cosas volverían a la normalidad. Sus palabras fueron suaves, su tono fue reconfortante, y Misa asintió con una expresión de alivio que hizo que Light se sintiera ligeramente culpable por engañarla. Pero la culpa pasó rápidamente, como siempre ocurría, reemplazada por la frialdad del cálculo. Tenía problemas más urgentes que los sentimientos de Misa Amane.

 Fue entonces cuando Light tomó una de las decisiones más calculadas de toda su carrera como impostor. Decidió cooperar con Near. No porque quisiera, no porque confiara en el sucesor de L, sino porque la situación lo exigía. El avión que supuestamente debía aterrizar en Los Ángeles había sido desviado, Aizawa estaba en un vuelo con el hombre que había interceptado a su padre, y la ubicación exacta del aterrizaje era una incógnita que el grupo de trabajo japonés no podía resolver por sí solo. Near tenía acceso a satélites, a radares militares y a una red de inteligencia que podía rastrear ese avión en cuestión de minutos. Cooperar con él era la única opción lógica, y Light, que había construido toda su estrategia en torno a la lógica, no podía permitir que el orgullo interferiera con la supervivencia.

La comunicación con Near se estableció a través de los canales cifrados que L había utilizado durante años. La voz que resonó al otro lado de la línea era la de un joven, apenas un adolescente, pero con una calma y una precisión que resultaban desconcertantes. Near hablaba como quien ya sabe la respuesta antes de formular la pregunta, y cada palabra que pronunciaba estaba medida con la exactitud de un cirujano. Light, que había pasado meses perfeccionando su actuación como L, reconoció inmediatamente que estaba frente a una mente que no podría engañar tan fácilmente como había engañado al grupo de trabajo japonés. Near era diferente. Near era peligroso.

Con la ayuda de los satélites del SPK, el avión fue rastreado hasta una zona desértica del sur de California. Pero cuando las imágenes por satélite llegaron, revelaron algo que Light no había anticipado: los secuestradores no habían construido un escondite convencional. Habían excavado una serie de túneles subterráneos, una red de pasadizos que se extendía como raíces bajo la arena del desierto. Light observó las imágenes con una atención que filtraba cada detalle, y rápidamente dedujo la razón detrás de esa arquitectura. Los secuestradores ya habían descubierto que cualquier intento de localización desde el aire sería inevitable, y habían construido sus instalaciones bajo tierra precisamente para evadir la vigilancia satelital. Era la medida de un oponente que no era solo inteligente, sino que pensaba varios movimientos por adelante.

En algún momento de esa operación, mientras las piezas se movían en el tablero invisible que Light manejaba con tanta maestría, una idea pasó por su mente como una sombra fría. La idea de escribir el nombre de Sayu en la Death Note. No era una idea que surgiera del odio o de la indiferencia, sino del cálculo más puro y despiadado. Si Sayu moría, los secuestradores perdían su única moneda de cambio, la Death Note seguiría estando en manos de su padre, y la operación para recuperar el cuaderno asesino podría continuar sin el lastre de una rehén. Era una línea de razonamiento que solo una mente como la de Light podía concebir, una mente capaz de sopesar la vida de su propia hermana contra el progreso de su objetivo de crear un nuevo mundo.

Pero Light descartó la idea tan rápidamente como la había formulado. No por compasión, no por el amor fraternal que todavía latía en algún rincón de su corazón, sino por lógica. Si escribía el nombre de Sayu, su padre se desmoronaría, y Soichiro Yagami era una pieza crucial en el grupo de trabajo, era la conexión entre L y la Agencia Nacional de Policía, era la fachada de legitimidad que protegía la identidad del impostor. Además, como Kira, Light tenía suspicacias sobre cuántas personas en el mundo todavía conocían la existencia de la Death Note. Si las muertes por ataques al corazón se multiplicaban de forma inexplicable, las probabilidades de que alguien dedujera la existencia del cuaderno asesino aumentarían, y cada persona que supiera era un riesgo. No, matar a Sayu era innecesario. La situación podía resolverse sin ese sacrificio, y Light siempre elegía la ruta que maximizaba sus ventajas mientras minimizaba sus riesgos.

 El intercambio se llevó a cabo con una precisión que honraba a cualquier operación militar. Soichiro Yagami entregó la Death Note a los secuestradores, y Sayu fue liberada. Fue un momento de tensión insoportable para el grupo de trabajo, pero Light lo observó con la frialdad de quien sabe que la pieza que acaba de perder no era la pieza que importaba. La Death Note que su padre había entregado no era exactamente lo que los secuestradores creían, pero eso era un secreto que solo Light conocía en ese momento. Inmediatamente después del intercambio, las cámaras de vigilancia del SPK captaron algo que cambió el rumbo de toda la operación: el perpetrador, el líder de los secuestradores, subió a un helicóptero que despegó del complejo subterráneo con una velocidad que indicaba una urgencia desesperada.

Light reaccionó al instante. Si el helicóptero escapa, perdemos todo. Se comunicó con Near a través del canal cifrado, su voz modulada transmitiendo la autoridad de L con una urgencia que no dejaba espacio para dudas.

—Near, mantén ambos helicópteros en tu radar. Sigue ese helicóptero hasta que aterrice —ordenó Light, y su mente ya estaba procesando las variables. —El perpetrador podría intentar arrojar la Death Note desde el helicóptero o entregársela a alguien más en el aire. No podemos perderlo de vista ni por un segundo.”

Near, al otro lado de la línea, respondió con la calma que lo caracterizaba, pero lo que dijo a continuación hizo que algo dentro de Light se tensara como una cuerda de violín a punto de romperse. Los secuestradores habían preparado un misil. Un misil que, según los datos de los satélites del SPK, era indetectable por los radares convencionales. Era una pieza de tecnología militar avanzada que no tenía lugar en el arsenal de una organización criminal común, y Light lo sabía. Su mente trabajó a velocidad vertiginosa.

 La conclusión fue inmediata y devastadora: la Death Note estaba dentro del misil. Los secuestradores habían colocado el cuaderno asesino en el interior de un proyectil militar, protegiéndolo de una manera que hacía imposible su recuperación por medios convencionales. Pero lo que realmente alarmó a Light no fue la ubicación de la Death Note, sino las implicaciones de que los secuestradores poseyeran un misil indetectable por radar. Esa clase de armamento no se compraba en el mercado negro común; requería conexiones a nivel de Estado, recursos que solo una nación con un complejo militar-industrial avanzado podía proporcionar.

Light formuló su deducción en voz alta, dirigiéndose tanto al grupo de trabajo como a Near. Los secuestradores estaban conectados con el gobierno de los Estados Unidos. Era la única explicación lógica para que una banda criminal poseyera un misil con capacidad de evadir radares. Estados Unidos, razonó Light, había descubierto que la policía japonesa tenía la Death Note en su poder, y en lugar de solicitarla formalmente o intentar robarla por vías diplomáticas, había diseñado una operación encubierta para adquirirla. Todo lo ocurrido hasta ese momento, el secuestro del director Kitamura, la toma de Sayu como rehén, el intercambio, el helicóptero, el misil, estaba planeado desde el principio con una meticulosidad que solo una agencia de inteligencia estatal podía orchestar.

Y entonces, antes de que Light pudiera terminar de articular todas las implicaciones de su deducción, el helicóptero explotó. Las imágenes por satélite mostraron una bola de fuego que se expandió sobre el desierto californiano como una flor mortal, devorando el helicóptero y todo lo que contenía en una fracción de segundo. Light observó la explosión con ojos que no parpadeaban, y en ese instante, su mente saltó a una nueva conclusión con una velocidad que solo él podía alcanzar. La Death Note no estaba en el helicóptero. Estaba en el misil. Los secuestradores se habían tomado demasiadas molestias para conseguir la libreta, habían planeado durante meses, habían arriesgado sus vidas y las de otros, y no tendría ningún sentido que simplemente la hubieran colocado en un helicóptero que podía ser derribado. No, la Death Note estaba a salvo dentro del misil, el helicóptero era solo una distracción, un espectáculo pirotécnico diseñado para que todos miraran hacia arriba mientras lo importante se movía en otra dirección.

El razonamiento de Light fue interrumpido bruscamente por la voz de Aizawa, que irrumpió en la comunicación con una noticia que geló la sangre de todos los presentes. La persona que había subido al avión con el padre de Light, el individuo que había interceptado a Soichiro Yagami, y el piloto del avión habían muerto. Ambos de un ataque al corazón. Las palabras de Aizawa resonaron en la sala como una sentencia, y cada miembro del grupo de trabajo las procesó con una mezcla de horror y comprensión. Ataques al corazón significaban una sola cosa en ese contexto: la Death Note.

Light cerró los ojos por una fracción de segundo, lo único que necesitó para procesar la información y llegar a una conclusión que alteraba fundamentalmente su comprensión de la situación. Ambos tenían sus nombres escritos en la Death Note. El piloto había sido asesinado después del aterrizaje, eso era evidente porque si hubiera muerto durante el vuelo, los pasajeros habrían estado en peligro mortal. Al esperar hasta después del aterrizaje, el autor aseguraba que el avión aterrizará de forma segura y que los pasajeros, incluido su padre, no resultaran heridos. Era un detalle que revelaba algo sobre el autor: no era completamente despiadado, o al menos no lo era cuando no era necesario.

La pregunta crucial era quién había escrito esos nombres. La única persona que podía haberlo hecho era el hombre que había escapado en el helicóptero, el líder de los secuestradores. Pero ese hombre estaba ahora muerto, consumido por la explosión que había arrasado el helicóptero. Y todos los relacionados con el secuestrador también estaban muertos. La cadena de muertes era completa, aparentemente impecable, y si Light no hubiera sabido lo que sabía, habría llegado a una conclusión terrible: si los secuestradores habían usado la Death Note para matar al piloto y al interceptor, entonces también podían haber escrito los nombres de Soichiro y Sayu. Pero esa conclusión se desmoronaba bajo la lupa del análisis lógico. Si hubieran querido matar a Soichiro y a Sayu, simplemente habrían escrito sus nombres en la Death Note, no habría tenido sentido mantenerlos vivos todo ese tiempo para luego matarlos. El hecho de que ambos siguieran vivos significaba que los secuestradores aún tenían un uso para ellos, o que los nombres no habían sido escritos porque los autores ya estaban muertos antes de poder hacerlo.

El teléfono sonó en un momento de relativa calma, cuando las piezas de la operación parecían haberse estabilizado temporalmente. Era su padre. La voz de Soichiro Yagami, normalmente firme y autoritaria, sonaba quebrada, como si el peso de los últimos días hubiera aplastado algo fundamental dentro de él. Lo que dijo fue algo que Light no esperaba, pero que, en retrospectiva, debería haber anticipado. Soichiro anunció que renunciaría al grupo de trabajo. Después de todo lo ocurrido, después de haber entregado la Death Note a una organización terrorista, después de haber puesto en peligro la seguridad del mundo entero por salvar a su hija, Soichiro sentía que no podía continuar. La culpa lo consumía como un ácido que corroe el metal, y la única forma que encontraba de aliviar ese dolor era retirarse, desaparecer, aceptar la responsabilidad de su fracaso.

Para Light, esta situación era grave. Su padre era la pieza central que mantenía unida la fachada de la investigación, el vínculo institucional con la Agencia Nacional de Policía que legitimaba la existencia del grupo de trabajo. Si Soichiro renunciaba, el grupo se desintegraría, y Light perdería la estructura que le permitía operar como L mientras mantenía su cobertura como estudiante universitario. Además, la renuncia de su padre generaría preguntas, investigaciones internas, posiblemente una revisión de todos los casos que había manejado el grupo bajo la supuesta autoridad de L. Era un escenario que Light debía evitar a toda costa.

La respuesta de Light fue rápida y contundente. Le dijo a su padre que no era propio de él decir algo así, que esas palabras no encajaban con el hombre que conocía, un hombre de principios inquebrantables que nunca había retrocedido ante la dificultad. Y luego, con la precisión de un cirujano que diseca un tumor, Light estableció una analogía que estaba diseñada para desarmar la culpa de su padre. Lo que Soichiro estaba haciendo, dijo Light, no era diferente de un detective que intenta asumir la responsabilidad del robo de su arma de servicio presentando su renuncia. Si un policía pierde su arma, si un criminal se apodera de ella y la usa para cometer atrocidades, la culpa no es del policía que fue superado por las circunstancias, sino del criminal que aprovechó esa vulnerabilidad. La Death Note era esa arma, y los secuestradores eran los criminales. Soichiro había sido superado, sí, pero no había actuado con negligencia. Había actuado como un padre desesperado por salvar a su hija, y cualquier padre en el mundo habría hecho lo mismo.

Las palabras de Light calaron hondo en Soichiro, no porque fueran sinceras, sino porque estaban construidas con una comprensión profunda de la psicología de su padre. Light sabía que la analogía del detective y el arma funcionaría porque apelaba directamente al sentido de deber de Soichiro, a su identidad como policía, a su creencia fundamental de que la justicia debía prevalecer sobre la culpa personal. Al reformular la situación de esa manera, Light estaba haciendo algo más que consolar a su padre: estaba manipulando para que permaneciera en su puesto, protegiendo así la estructura que sostenía la doble vida de Kira y L

 Pasó un tiempo antes de que Near volviera a comunicarse con Light, y cuando lo hizo, fue con una solicitud que Light anticipó pero que no pudo evitar. Near informó que llevaría a Soichiro Yagami para interrogarlo, para hacerle preguntas sobre los secuestradores, sobre el intercambio, sobre todo lo que había presenciado durante su cautiverio. Light comprendió inmediatamente las implicaciones. Su padre no revelaría que Light era L, eso era seguro, porque Soichiro no lo sabía. Desde la perspectiva de Soichiro, L era una entidad separada, una voz robótica que comunicaba a través de una computadora, y Light era simplemente su hijo brillante que formaba parte del grupo de trabajo. Además, Light entendía que sería extraño, sospechoso incluso, que intentara impedir que Near interrogara a su padre. Cualquier resistencia sería interpretada como un intento de ocultar información, y eso era exactamente lo que Light no podía permitirse.

Así que Light aceptó, con la misma calma calculada que caracterizaba cada una de sus interacciones. Pero mientras escuchaba cómo Near interrogaba a su padre, algo captó su atención de una manera que hizo que sus sentidos se agudizaran como los de un depredador que detecta presa. Las preguntas de Near eran demasiado específicas. No eran las preguntas genéricas que alguien haría si estuviera intentando entender la situación desde cero; eran preguntas dirigidas, punzantes, diseñadas para confirmar hipótesis que Near ya había formulado. Light escuchó cada pregunta, la analizó, la desarmó en sus componentes, y llegó a una conclusión que lo llenó de una satisfacción mezclada con alarma: Near ya tenía una idea de quién era el secuestrador. No estaba buscando respuestas, estaba buscándolas confirmar.

Después de que Near reveló que ya no trabajaría directamente con Light, que el SPK y el grupo de trabajo japonés seguirían caminos separados a partir de ese momento, Light se quedó a solas con sus pensamientos durante un momento que se estiró como una eternidad comprimida. Su mente comenzó a catalogar todo lo que sabía sobre Near, sobre esa sombra que operaba bajo la inicial N. Hasta ese momento, la información era escasa pero reveladora: el director del FBI estaba con Near, lo cual significaba que el sucesor de L tenía respaldo a nivel gubernamental en los Estados Unidos. El agente del FBI Larry Conners también formaba parte del entorno de Near. Eran conexiones poderosas, peligrosas, y Light comenzó a calcular cómo podría usar la Death Note para controlar a esas personas, para presionarlas, para obligarlas a revelar la identidad de Near. Cualquier asesinato que ocurriera en ese momento podría ser atribuido a Kira o a los secuestradores, lo que añadía una capa de protección adicional a sus operaciones.

Pero Light descartó la idea tan rápidamente como la formuló. Si los secuestradores eran arrestados primero, eso reduciría las posibilidades de que alguien identificara a Kira entre los sospechosos. La prioridad era gestionar la percepción, no crear más caos. Necesitaba pensar con más claridad, con más precisión, y para eso necesitaba información. Necesitaba saber exactamente quién era Near.

La noticia llegó como un golpe certero. Varios miembros del SPK habían sido asesinados, y las muertes tenían la firma inconfundible de la Death Note: ataques al corazón, sin lesiones externas, sin explicación médica. Los nombres habían sido escritos en la Death Note que los secuestradores habían intercambiado por Sayu. Era una ironía amarga: la libreta que el grupo de trabajo había entregado para salvar a la hermana de Light estaba siendo usada ahora para matar a los aliados de Near. Light procesó la información y, con una frialdad que habría helado la sangre de cualquiera que pudiera leer sus pensamientos, vio una oportunidad.

Se comunicó con Near, y su voz transmitió una mezcla de preocupación genuina y una sutileza que Near, a pesar de su brillantez, no pudo detectar del todo. Light le dijo que, hacía un momento, Near había estado actuando como un tipo duro, como alguien que creía poder manejar la situación sin ayuda de nadie. Pero esa, continuó Light, era la realidad del libro asesino. La Death Note no era un arma convencional que pudiera controlarse con recursos técnicos o fuerza militar; era un instrumento de muerte sobrenatural que podía matar a cualquiera en cualquier momento, siempre que el asesino conociera el nombre y el rostro de la víctima. Y ahora, le señaló Light, miembros inocentes del SPK estaban muertos por culpa de esa realidad.

Light intentó hacer sentir culpable a Near. Cada palabra estaba diseñada para abrir una herida emocional, para que Near sintiera el peso de cada muerte como si fuera una losa sobre sus hombros. Era responsable, le dijo Light, de las muertes de esos inocentes. Había sido su decisión crear el SPK, había sido su estrategia la que los había puesto en el radar de los secuestradores, y era su incapacidad para protegerlos lo que había resultado en sus muertes. Pero Near, para sorpresa de Light, no demostró que le importara. Su respuesta fue seca, analítica, desprovista de la emoción que Light esperaba explotar. Near había aceptado las muertes como una variable más en la ecuación, un costo calculado en la búsqueda de Kira, y esa falta de respuesta emocional frustró los planes de Light de manipularlo a través de la culpa.

Pero Light no se rindió. Aprovechó la situación para proponer algo que, desde una perspectiva puramente lógica, era irrefutable. Si compartían la información que cada uno poseía, ambos estarían en mejor posición para resolver el caso. Light le dijo que si Near proporcionaba información sobre quién creía que era el secuestrador, el grupo de trabajo japonés le daría a cambio todo lo que sabían sobre la Death Note: cómo funcionaba, cuáles eran sus reglas, cuáles eran sus limitaciones. Era una oferta que, en la situación actual de Near, nadie que usara la lótica podría rechazar. La Death Note era el factor principal del caso, el elemento alrededor del cual giraban literalmente todos los eventos, y sin conocer sus reglas, Near estaba operando a ciegas.

Near aceptó. Era la decisión lógica, la única que un analista de su calibre podía tomar cuando se enfrentaba a un fenómeno sobrenatural que no podía entender sin información directa. Y con esa aceptación, Light logró algo crucial: ahora tenía un canal de comunicación abierto con Near, un flujo de información que podría monitorear y manipular a su conveniencia.

 Fue durante el intercambio de información con Near cuando se reveló un dato que transformó completamente la comprensión de Light sobre la situación. Near mencionó, casi de paso, como si fuera un detalle menor en una conversación mucho más amplia, que Mello era de la Casa Wammy. Para la mayoría de las personas en el grupo de trabajo, ese nombre no significaba gran cosa. Pero para Light, que había convivido con L durante meses, que había estudiado cada aspecto de la vida del detective legendario, el nombre resonó como una campana en una catedral vacía. La Casa Wammy era el orfanato que Watari había fundado en Winchester, Inglaterra, el lugar donde se entrenaban los sucesores potenciales de L. Era un secreto que pocos en el mundo conocían, y el hecho de que Near lo mencionara con tanta naturalidad significaba que él mismo era producto de esa institución.

Light ordenó inmediatamente a sus compañeros del grupo de trabajo que buscaran toda la información posible sobre la Casa Wammy. Ide, Aizawa y Matsuda se lanzaron a la tarea con una eficiencia que honraba a la agencia policial, y mientras esperaba los resultados, Light comenzó a conectar los puntos con una velocidad que solo su mente podía alcanzar. Watari había fundado la Casa Wammy para entrenar niños prodigio, para crear sucesores de L. Si Mello era de la Casa Wammy, entonces Mello era un candidato a sucesor de L, un niño entrenado desde la infancia para resolver casos criminales con la misma brillantez que el detective original.

Fue durante una conversación con Ide, mientras discutían la muerte de varios matones de la mafia relacionados con los secuestradores, cuando Light articuló una deducción que tendría consecuencias profundas. Si los secuestradores intentaban matar a cualquiera que tuviera la más mínima conexión con ellos, eso era consistente con el comportamiento de una organización mafiosa. La mafia eliminaba testigos, silenciaba informantes, y no dejaba cabos sueltos. Ese patrón de eliminación sistemática era la huella digital de una organización criminal estructurada, no de un grupo improvisado de secuestradores.

Fue entonces cuando Aizawa y Matsuda aparecieron con la información que Light estaba esperando. Trajeron datos sobre la Casa Wammy: su ubicación en Winchester, su fundador Quillsh Wammy, su propósito como centro de formación para niños prodigio, y, lo más importante, los nombres de sus alumnos más destacados. Entre esos nombres, dos brillaban con una intensidad particular: Near y Mello. Near era descrito como el mejor de todos los niños que la Casa Wammy había producido jamás, un genio cuya capacidad deductiva superaba incluso a la de muchos adultos con años de experiencia. Mello era el segundo mejor, igualmente brillante pero con un temperamento radicalmente diferente, más impulsivo, más agresivo, más dispuesto a romper las reglas para conseguir lo que quería.

Light escuchó la información con una atención que absorbía cada detalle como una esponja. Y cuando escuchó el nombre de Near, algo encajó con un clic que resonó en su mente como el cierre de una cerradura. Near y N probablemente eran la misma persona. La inicial N con la que se identificaba el sucesor de L comenzaba con la letra del nombre Near, y la coincidencia era demasiado perfecta para ser casual. Near era el heredero de L, no había duda de ello. Era quien lideraba el SPK, quien tenía acceso a los recursos del gobierno estadounidense, quien había estado investigando el caso Kira desde la muerte del detective original.

Pero si Near era el heredero legítimo, también lo era Mello. O al menos, Mello creía que lo era. Light comprendió inmediatamente la dinámica que se escondía detrás de los eventos: Mello habría querido convertirse en el heredero de L con la misma intensidad con la que Near lo había logrado, y al ser el segundo mejor, habría sentido esa posición como una afrenta personal. Si Near era el primero, Mello era el eterno segundón, y esa segunda posición era un veneno que corroía su ambición. Eso significaba que Mello tomaría cualquier medio necesario para engañar a Near y apoderarse de la Death Note, no por un sentido de justicia, sino por la necesidad de demostrar que era mejor que su rival.

Light articuló sus conclusiones con la precisión de un relojero que ensambla las piezas de un mecanismo complejo. Mello era definitivamente el responsable de todo lo ocurrido: el secuestro del director Kitamura, la toma de Sayu como rehén, el intercambio con la Death Note, los asesinatos de los miembros del SPK, el helicóptero, el misil. Era la obra de una mente brillante impulsada por la ambición y el resentimiento, y eso lo hacía aún más peligroso que un criminal común. Mello no solo quería la Death Note; quería usarla para superar a Near, para demostrar que era digno del titulo de sucesor de L. Y en ese objetivo, había aliado con la mafia, había secuestrado a una niña inocente, había causado muertes y destrucción sin importarle el costo humano.

Esto significaba algo que Light no podía ignorar: ambos, Near y Mello, iban tras Kira. El sucesor legítimo y el rival desheredado, cada uno con sus propios métodos, sus propios recursos, sus propias obsesiones, pero con el mismo objetivo final. Light no se sorprendió. En algún rincón de su mente, había previsto algo así desde el momento en que supo que L había muerto. Watari había creado la Casa Wammy precisamente para evitar que el genio de L muriera con él, y ahora, ese legado se estaba manifestando en la forma de dos jóvenes genios que representaban la amenaza más seria que Light había enfrentado jamás.

 Lo que nadie en el grupo de trabajo sabía, lo que Near no podía haber sospechado ni siquiera con toda su inteligencia, era que Light había anticipado el intercambio mucho antes de que ocurriera. No había confiado en que la suerte o las circunstancias protegerían la Death Note, porque Light no creía en la suerte. Creía en el control. Horas antes del intercambio, mientras su padre aún estaba preocupado por saber dónde estaba sayu, Light había tomado la Death Note de la vitrina donde se custodiaba y había realizado una modificación a la libreta.

Con la ayuda de miembros selectos de su equipo, Light había extraído cuidadosamente todas las páginas de la Death Note, dejando intactas una sola página en el inicio del cuaderno y dos en la parte media. En el lugar de las páginas extraídas, insertó hojas comunes de papel del mismo tamaño, con el mismo color y la misma textura, de manera que el cuaderno parecía completo al tacto y a la vista. Era un trabajo de relojería que requería manos firmes y una atención al detalle que rozaba la obsesión. Además, Light había pegado un pequeño rastreador, un dispositivo TK102 mini, en una de las centenas de hojas del cuaderno, un rastreador tan diminuto que era imposible de detectar a simple vista pero lo suficientemente potente como para transmitir la ubicación del cuaderno en tiempo real.

Antes del intercambio, Light había instruido a su padre con un nivel de detalle que reflejaba la magnitud de su plan. Le había explicado que, durante el trueque, existían dos escenarios posibles, y que su comportamiento debía adaptarse a cada uno con precisión quirúrgica. El primer escenario era que el secuestrador pidiera usar la libreta y le pidiera a Soichiro que la abriera para verificarla. En ese caso, Soichiro debía mostrar cooperación total, abriendo el cuaderno exactamente por la mitad, en la parte donde había solo dos hojas reales de la Death Note. El resto del cuaderno, al estar lleno de hojas comunes, parecería completo pero sería completamente inofensivo. El secuestrador, al ver que las hojas parecían reales y que el cuaderno tenía el aspecto correcto, concluiría que no estaban intentando nada raro. Después de todo, pensaría el secuestrador, la propia hija de Soichiro estaba amenazada; nadie en su sano juicio arriesgaría hacer algo ingenioso en una situación tan desesperada.

El segundo escenario era que el secuestrador no le pidiera a Soichiro que abriera la libreta, sino que le ordenara cerrar y esperar a que él mismo la abriera. Light había previsto esto basándose en un principio fundamental de la psicología humana: cuando una persona abre un libro por primera vez, su instinto natural es comenzar por la primera página. Es un comportamiento universal, tan arraigado en la naturaleza humana que la mayoría de la gente no es consciente de ello. Si el secuestrador abría la libreta por la primera página, encontraría la única hoja real que Light había dejado en esa posición, probaría que era auténtica escribiendo un nombre, y al ver que funcionaba, la guardaría con la satisfacción de quien ha completado una transacción exitosa. Nunca se le ocurriría revisar cada hoja del cuaderno para verificar que todas fueran reales, porque la cooperación de Soichiro confirmó su impresión de que la libreta era genuina.

Era una maniobra arriesgada, Light lo sabía. Dependía de demasiadas variables que no podía controlar completamente: la reacción del secuestrador, la habilidad de actuación de su padre, la posibilidad de que el secuestrador decidiera revisar el cuaderno con más detalle del esperado. El factor más importante era la cooperación: si Soichiro demostraba que no intentaba nada raro, si se comportaba como un padre desesperado dispuesto a hacer lo que fuera para salvar a su hija, el secuestrador bajaría la guardia y no buscaría trampas donde no había motivos para esperarlas.

Y el plan  funcionó. Ahora, gracias al rastreador TK102 mini que descansaba entre las hojas de la libreta falsa, Light y el grupo de trabajo conocían exactamente dónde estaba Mello. Cada movimiento que el secuestrador hacía, cada desplazamiento, cada reunión, era monitorizado en tiempo real por un dispositivo que pesaba apenas unos gramos y que había sido colocado con la delicadeza de un joyero.

Light observó la pantalla del rastreador y, por primera vez en todo el caos de los últimos días, permitió que una sonrisa genuina asomara en sus labios. Era una sonrisa fría, calculadora, la sonrisa de un jugador de ajedrez que acaba de colocar a su oponente en una posición de la que no podrá escapar. Mello tenía la libreta falsa, creía que tenía el poder de Kira en sus manos, pero lo que realmente tenía era un pedazo de papel inofensivo y un rastreador que delataría su cada movimiento. Near buscaba a Mello, y Mello buscaba la Death Note, y Kira, sentado frente a sus pantallas en recién mudado en los ángeles, los observaba a ambos moverse por el tablero como peones que creían estar jugando un juego propio sin darse cuenta de que había un tercer jugador controlando las piezas desde las sombras.