ARLEM, REY DE LOS ÁRBOLES                                       de Antonio Sánchez Martínez

CAPÍTULO I.-

Lambrus, tierra de ogros, país de brujas malvadas y hábitat de dragones; lugar con montañas puntiagudas y repletas de nieve, habitadas por enanos y osos; con bosques extensos y frondosos, donde lobos, trolls, brujas y árboles milenarios residen; tierra plagada de castillos, causa de enfrentamientos pasados, que ahora sirven de hogar para gigantes y brujas con alto poder  adquisitivo. En su capital, al sur del país, se concentra el comercio de escobas voladoras, varitas mágicas, calderos de pociones, porras de ogros y momics.

Muchos os preguntaréis el significado de la palabra “momic”. Pues “momic” es el nombre con el que los seres siniestros denominan a los humanos.  Los momics carecen de derechos o de libertad alguna, pueden ser vendidos o comprados, ser azotados, maltratados o incluso sacrificados si su trabajo no convence a la familia a la que pertenecen o si a ésta le viene en gana, ya porque la sopa estaba sosa o porque quedan migas en la mesa.  Cada familia de seres siniestros tiene uno o más momics, incluso, cuando los hijos cumplen los dieciocho años lunares, los padres tienen la obligación de regalarles un momic, ya que con esa edad muchos hijos se separan de sus progenitores y se hacen o se compran una casa, castillo o palacio, dependiendo del poder económico de cada uno.  Entonces, para que el momic haga la comida, limpie la nueva casa del hijo y desarrolle otras tareas, los padres les compran un momic.  Los momics no pueden separarse de su familia, ya que al comprarlos, les ponen unas cadenas mágicas en los tobillos, que cuando se encuentran a cinco kilómetros de los dueños, hacen que el que las lleve puestas se petrifique. Y yo, por desgracia o por voluntad divina, soy un humano.

CAPÍTULO  II.-

El sonido tintineante de las campanas colgadas encima de la puerta, consiguió despertarme a mí y a todos mis compañeros de jaula. Pues un ogro acababa de entrar en la tienda en la que me encontraba. No pude verlo con claridad, dada la poca luz que había en la vieja tienda; sólo dos velas puestas en el mostrador y una pequeña ventana iluminaban con luz tenue la tienda de la pequeña Agueta, bruja de nariz respingona, barbilla alargada y dedos puntiagudos, capaces de pinchar un balón.  Del ogro que acababa de llegar, sólo conseguí ver sus grandes orejas en forma de trompeta, su nariz verde pero grande como un tomate y su barriga desproporcionada para ser un ogro de poca altura. Llevaba en la mano un pequeño saco que dejó caer sobre el mostrador.

- Tengo cien monedas de oro, mira a ver y dame el momic más fuerte y grande que tengas -  dijo el ogro con voz potente.

La vieja bruja, se encajó un monóculo en la cuenca de su ojo derecho y nos miró uno por uno.  Tenía cara de indecisión, pues ninguno de nosotros tenía las condiciones físicas que el ogro requería dada la escasez de alimentos a la que la asquerosa  y sucia bruja nos tenía sometidos.

- No sé cuál darte, pues todos son fuertes y ágiles- dijo la mentirosa- Te dejo escoger.

El ogro cogió el enorme llavero de mostrador y abrió la celda donde me encontraba yo y otros acompañantes de prisión, cuyos nombres desconocía. Metió su brazo en la jaula y con su mano, un tanto asquerosa, de dedos grasientos y negras uñas, me cogió del pescuezo y levantándome dijo:

- Éste me llevo – y añadió un poco enojado- y a ver si les das de comer, que estos no valen para nada.

La bruja se rascó un lunar voluminoso y peludo que tenía en nariz y gritó: “Así te pudras”.

Estas fueron las últimas palabras que oí salir de la boca de Agueta. Sólo esperaba que mi nuevo amo fuese mejor que la anterior; pues sólo comía algunas acelgas cada dos días y un vaso de agua turbia a diario.  También  esperaba que este ogro tuviera más momics, y así poder tener alguna amistad, porque mis antiguos compañeros de celda no me dirigieron la palabra, ni a mí ni entre ellos.  Yo creo que estaban demasiado desnutridos para hablar. Ahora lo que me pasaba por la mente era una pregunta: ¿Qué me esperará en esta mi nueva vida?

CAPÍTULO  III.-

No tardé en descubrir el futuro que me esperaba, pues poco después de salir a esas calles umbrías y húmedas  y donde todo el mundo te mira mal. Cuando mi amo y yo, que acaba, por cierto, de ponerme las cadenas de servidumbre, nos cruzábamos con un troll, una bruja, u otro ogro,  me agarraba de un brazo y zarandeándome decía: “Estos momics no valen para nada”,  y luego me daba una fuerte patada en el trasero.

Me sorprendía esa actitud, pues sólo me pegaba cuando alguien pasaba a nuestro lado.  Además de sus duros golpes, me caí a causa de las malditas cadenas.  Sabía que las cadenas me condicionarían la vida, una vida de servidumbre a este ogro.  No podría escapar de él o me dejaría petrificado como una estatua que los seres siniestros destrozarían  por representar a un momic.

Salíamos de la ciudad, pues se veía que mi amo vivía en una casa a las afueras.  Pero por ahí no veía ninguna casa, sólo árboles, rocas y barro, con el que me manché hasta el último pelo de mi cuerpo. Mi nuevo amo me condujo hasta una especie de pozo tapado con una gran losa de piedra.  El ogro la arrastró y apareció un túnel con unas escaleras de madera. Me pareció extraño que un ogro de su envergadura pudiera entrar por ese estrecho túnel.  Aunque a duras penas enganchándose la barriga consiguió bajar, y yo la bajé con algún cabezazo que otro contra el techo.

La casa era muy bonita, tenía tragaluces, una bonita chimenea, cuadros por las paredes, dos sillones mirando al fuego, alfombras con motivos florales y una mesita decorada con motivos tribales donde había un vaso y una jarra con un extraño brebaje verde. Se me hacía raro que un ogro pudiera vivir en un lugar así, tan ordenado, limpio y pequeño.  ¿Cómo entraría ese enorme trasero suyo en unos sillones como esos?

- ¡Qué! ¿te gusta mi hogar? – dijo el ogro, con voz más dulce que la que le había oído en la tienda.

- Sí,  sí,  sí, mucho – dije asustado.

Tras mis palabras el ogro estiró el brazo y agarró la jarra de la mesita y se tragó su extraño contenido. Entonces empezó a sufrir una serie de transformaciones: su barriga empezó a disminuir, lo mismo pasó con su nariz, sus dedos anchos y pequeños se hicieron alargados y ganchudos. Quería huir, correr, escapar, pero me quedé petrificado, mirándole fijamente; no podía entenderlo, aquel sucio ogro, era como yo, era un momic.

- No te asustes, soy un momic.- dijo suavemente- Mi nombre es Leo ¿Y el tuyo? – preguntó.

No supe contestarle, pues nunca  me dijeron mi nombre, siempre viví en tiendas de momic y siempre me llamaban “sucio momic”, ”asqueroso” y otras barbaridades.

- Verás amigo, no soy un ogro, sólo me tomé esta poción que yo mismo he preparado para convertirme en ogro- dijo.

- ¿Por qué?- Dije todavía un  poco asustado.

- Buscaba un acompañante y te elegí a ti- dijo.

- Entonces debo darte las gracias por ayudarme – dije mientras me sentaba en una silla.

- No hay de qué. Pero no me has dicho cómo te llamas – prosiguió con su voz dulce.

- No tengo nombre – me limité a decir.

- Pues entonces te llamaré Arlem- dijo.

- ¿Arlem?, me gusta – dije ilusionado por ser mi primer nombre.

- Pues no se hable más, te llamarás Arlem.

CAPÍTULO  IV.-

Como estaba embarrado, mi rescatador me ofreció un baño y me dejó unas ropas limpias, que aunque me estaban un poco grandes, me sirvieron. Nos sentamos a hablar enfrente del fuego y yo no paraba de darle las gracias.

- ¿No crees que tenemos que rebelarnos contra los seres siniestros? –preguntó Leo muy serio.

- Es imposible, los momics no ganaríamos.

- ¿Por qué lo dices? – preguntó Leo.

- Por las cadenas. Estas cadenas que si te separas de tu amo te petrifican. Los momics nunca podríamos reunirnos para pelear – dije yo.

- ¿Pero, y si destruimos la piedra?- dijo Leo con un tono enigmático.

- ¿Qué piedra?- no podía imaginarme qué era la piedra de la que hablaba.

- La piedra, la piedra que le da la energía a las cadenas. Si la destruimos, las cadenas no tendrán energía y los momics nos podríamos reunir para una batalla contra los seres siniestros- dijo iluminándosele la cara.

- ¿Y dónde está esa piedra?- dije un poco confundido.

- Verás, en la época en la que los momics, los ogros y las brujas vivíamos en paz, los árboles estaban alegres y los bosques floridos; pero algunos seres siniestros se creían mejores que los momics y para esclavizarnos le robaron la piedra a los árboles, que dejaron de estar alegres y felices. Y dejaron los bosques oscuros y peligrosos. Con la piedra le dieron poder a las cadenas y los momics pasaron a ser esclavos. La piedra la guardaron en un castillo al norte de la provincia Lagoapestoso.

- En serio, ¿alguna vez estos secos árboles mohosos tuvieron vida?- me impresionó esa idea, pues los bosques por aquí son bosques apagados, muertos, sin vida.

- Sí, las piedras les daban la vida, les hacían crecer, les hacían árboles- dijo Leo melancólico- , pero no te desvíes del tema. La cuestión es que hay una guerra por la libertad de los momics. En el Valle Oscuro, al sur de la capital, hay una antigua fortaleza, allí viejos caballeros de nuestra especie reúnen un ejército de momics libres. Pero con el escaso número de humanos libres que hay, nunca venceremos. Por eso te rescaté, para que me ayudaras a destruir la piedra y así poder liberar a los momics de sus cadenas para luchar en la batalla.

- Es una locura, pero quiero hacerlo. Quiero liberar a los momics- dije ilusionado.

- Hoy es tarde, pero mañana nos dirigiremos a la provincia de Lagoapestoso- dijo Leo.

En poco tiempo caí rendido en una cama que Leo me ofreció. Y así concluyó el día más emocionante de mi vida.

CAPÍTULO  V.-

Hacía tiempo que me había despertado, mucho antes de que me llamara Leo para prepararnos. Me dio una espada un poco cochambrosa que estaba sucia y poco afilada.

- Si rompemos la piedra, para la batalla te daré una espada mejor- dijo Leo mirando el mal estado de la espada.

Llenamos unas calabazas de agua y cogimos algo de comida, no mucha, ya que el castillo de las piedras no estaba muy lejos; en un par de días andando llegaríamos. Salimos del agujero y me llevé otro par de coscorrones.

- Tenemos que ir por el bosque, no podemos arriesgarnos a que nos vean por los pueblos los seres siniestros- dijo Leo nervioso, mirando a todas partes por si nos veían.

Nos dirigimos al bosque, tardamos poco en dejar de ver la luz del sol. En aquel umbrío lugar era difícil saber si era de noche o de día. Por suerte llevábamos un candil que no alumbraba mucho, pero era suficiente para ver. Adentrados en el bosque, Leo empezó a silbar: eran unos silbidos penetrantes. Al poco tiempo, dos unicornios majestuosos salieron al galope. Eran blancos como las nubes, su pelaje sedoso y su cuerno puntiagudo daban un resplandor de luz que nunca había visto ni imaginado.

- Monta, Arlem- dijo Leo.

- Pero…, pero no sé montar- dije yo.

- No pasa nada, si estos unicornios se conducen solos- dijo Leo.

Me asustaba montar, pero tenía que hacerlo si quería luchar por la liberación de los momics.

- Vamos, si comenzamos ahora, llegaremos antes de que anochezca.

Quería liberar a los momics, así es que me agarré a las crines del unicornio, di un salto y me senté en el lomo.

- Tenemos que irnos enseguida; los lobos no tardarán en olernos- dijo Leo.

CAPÍTULO  VI.-

Galopamos durante horas. Yo había aguantado el tipo encima del unicornio, hasta que un pequeño tropiezo hizo que mi cuerpo cayera al suelo, dándome un fuerte golpe en el trasero.

- Arlem, Arlem ¿Estás bien?- dijo Leo asustado.

- Sí, sí, no ha sido nada, pero tengo el culo y la pierna un poco magullados.

- Monta, monta rápido. Esta es tierra de hombres-lobo- dijo asustado.

Pero ya era tarde, cuando nos quisimos dar cuenta, cinco hombres-lobo nos habían rodeado. Eran lobos corpulentos y fuertes. Tenían pinta de tener hambre, mucha hambre. Uno de ellos se acercó a mí, noté el hedor de su aliento. Cerré los ojos, estaba asustado, así es que cerré los ojos. Era mi fin, esos lobos nos descuartizarían y seriamos su cena. No dejaba de pensar en Leo, en qué le habría pasado, pues hacia un rato que no oía nada. Pero superé el miedo y abrí los ojos.  Lo primero que vi fue a Leo de rodillas y con los ojos cerrados, seguramente pensando, pensando en la muerte, como había hecho yo anteriormente. Gire la cabeza y volví a cerrar los ojos. Pensé en lo que había visto al girar la cabeza y en que no podía ser cierto. Volví a superar el miedo y abrí muy despacio los ojos. ¡Era verdad!, lo que había visto antes, era verdad. Los lobos estaban en el suelo sin moverse, eran como estatuas, estaban petrificados. Me levanté y fui corriendo a abrazar a Leo. Estaba asustado, pero cuando abrió los ojos él también se quedó como petrificado. Sólo pudo decir: ¿qué ha pasado?

- No lo sé, abrí los ojos y los lobos estaban ahí, tirados, - dije yo, alegre.

Nuestra alegría tardó poco en disiparse, un arbusto se movía y nos tuvo el corazón en un puño durante unos segundos,  hasta que del arbusto salió un momic, un momic muy extraño. Tenía pinta de señor mayor, con una calva brillante y una barba larga que le llegaba por las rodillas. Vestía con una camiseta con capucha y unos pantalones muy cortos que hacían que se le vieran sus escuálidas piernecillas.

- Ey, ¿Qué hay? ¿Habéis visto cómo he petrificado a estos lobuchos? –dijo con voz de victoria.

- Hola señor, ¿usted nos ha salvado? – preguntó Leo que no acababa de creérselo.

- Acaso no crees que pueda –dijo con la voz de chiflado que le caracterizaba.

- No, no, señor –dijo Leo resignado.

- Bueno…… podéis llamarme Laudruk. Y ustedes cómo se llaman- preguntó.

- Yo, Leo y…

- Y yo, Arlem –dije cortando a Leo.

- Muchas gracias por su ayuda –dijo Leo.

- Ha sido una cosa insignificante – dijo con voz retórica-. Venid, os llevaré a mi casa.

CAPÍTULO  VII.-

Después de andar unos minutos, llegamos a ninguna parte, porque lo único que veía eran árboles. Pero Laudruk dijo: - Ya hemos llegado ¿Es bonita, verdad? – preguntó fardando.

- Yo no veo nada, señor- dije yo.

- Uy, lo siento, siempre se me olvida que tengo puesto el campo de invisibilidad para que los seres siniestros no me encuentren- dijo.

- Perdone, señor Laudruk, pero tenemos que irnos al castillo de Lagoapestoso – dijo Leo.

- Ssssssssss……… ¡dónde? Mejor hablamos dentro –dijo mientras abría lo que se suponía que era una puerta.

Pasamos por donde Laudruk nos dijo, y de repente, estábamos dentro de una pequeña casa redonda, con un montón de estanterías llenas de libros, calderos de pociones, probetas, escobas voladoras… En una parte, porque había dos partes diferenciadas: la parte de hechicería y la parte de descanso, había butacas, una mesita y una cama. En esas butacas Laudruk nos mandó sentar.

- ¿Queréis ir al castillo de Lagoapestoso? – preguntó seriamente.

- Sí, queremos destruir la piedra del castillo, y así los momics se rebelarán contra los seres siniestros –dijo Leo.

- No la destruyáis. Yo puedo desactivar ese poder de la piedra. El poder que da energía a las cadenas, y así, le daríais la piedra a los árboles  a cambio de que os ayuden en la batalla –dijo Laudruk.

- ¡Es una grañidísima idea! –dijimos Leo y yo a la vez.

- Pero hay otro problema: la piedra esta muy vigilada. Ogros, lobos, trolls y brujas la custodian – dijo Laudruk pensativo.

- Ni con magia podríamos entrar –dije yo.

- Ni con magia. Pero podríamos dar el cambiazo, si cogemos otra piedra y la llevamos levitando hasta el lugar donde está la verdadera. Cogemos la piedra verdadera y la traemos levitando hasta nosotros: nadie se daría cuenta –dijo Laudruk con voz misteriosa.

- Si no tenemos otra opción, que así sea –dijo Leo y yo asentí con la cabeza.

Estuvimos comiendo un poco y nos dirigimos al castillo en los unicornios. Laudruk fue en una escoba voladora.

CAPÍTULO  VIII.-

Galopamos hasta que estuvimos a una prudente distancia. Nos escondimos en unos matorrales desde los que se veía el castillo, o digamos torre. Una gigantesca torre acabada en punta, con un portón de madera custodiado por tres trolls. En la parte alta de la torre se distinguía una pequeña ventana por donde salía luz.

- En lo alto de la torre está la piedra, allí están una bruja y unos cuantos ogros. Tendremos que despistarlos de alguna manera- dijo Laudruk.

- Podemos hacer que miren por la otra ventana de la estancia superior, y así podremos hacer el cambio por la otra ventana- dijo Leo dibujando un plan en el suelo.

- ¿Y cómo los distraeremos?- pregunté yo. Aunque la respuesta vino sola, cuando Leo me dio un enorme tirachinas con la horcadura tallada.

- Tiraremos piedras sobre la otra ventana. Ellos se asomarán y perderán de vista la piedra. Entonces Laudruk tendrá tiempo de hacer levitar la piedra falsa y de sustituirla por la verdadera- dijo Leo mientras recogía piedras para el tirachinas.

Todos asentimos. Leo y yo nos posicionamos en unos matorrales desde donde hacíamos blanco. Cogimos los tirachinas y lanzamos piedra tras piedra. Muchas sólo llegaban a dar sobre el umbral de la ventana, pero otras muchas entraban, y en unos instantes unos trolls verdes y feos y una bruja arrugada salieron a la ventana.

- ¿Quién está ahí?- gritó la vieja bruja.

Nosotros seguimos lanzando piedras, mientras por el rabillo del ojo veíamos cómo una piedra entraba flotando por la ventana y cómo salía otra piedra salía por el mismo sitio. Cuando la piedra llegó a las manos de Laudruk, nosotros desistimos del lanzamiento de piedras y los vigilantes, no tan buenos, de la piedra se apartaban de la ventana.

 Nos encontramos de nuevo con Laudruk, que me entregó un saquito con la piedra dentro.

- Ve al bosque de Yahana. Allí encontrarás un enorme árbol al que distinguirás fácilmente de los demás: es el árbol madre. Allí gritarás que tienes la piedra y que se la darás si nos ayudan en la batalla. Yo ya he desactivado el poder de las cadenas. Leo me acompañará al Valle Oscuro, donde se celebrará la batalla y donde está el cuerno de los ancestros- dijo Laudruk.

- ¿Qué cuerno?- pregunté yo.

- El cuerno de los ancestros hace que todo momic que lo escucha sea atraído hasta donde está sonando. Lo haremos sonar por la noche, para que los seres siniestros no se den cuenta de que sus esclavos se han ido. Por eso debes ponerte estas orejeras, para no ser atraído, porque tú tienes que convencer a los árboles- dijo sacando unas orejeras de crin de caballo de su zurrón.

Me subí a mi unicornio y dije: ¡Adiós, queridos amigos! ¡Suerte!

- Susurra a tu unicornio que te lleve a Yahama- dijo Laudruk.

- ¡Qué Dios te acompañe!- dijeron los dos cuando ya casi les había perdido de vista.

- Ánimo, corcel mío, llévame al bosque de Yahama- dije suave y dulcemente.

CAPÍTULO  IX.-

Galopé hasta entrada la tarde. A lo lejos vi unas enormes ramas negras. Me dirigí hasta el árbol del que salían y llegué a la entrada de un oscuro bosque. Antes de adentrarme en el bosque podía ver las ramas, pero una vez en él ya no se veía luz alguna. Anduvimos veloces por ese inhóspito bosque guiado por mi bonito corcel, que sin equivocarse me condujo hasta el árbol madre. Era un árbol seco, apagado, estropeado, quemado, como muerto y con ramas cabizbajas. En una parte de su gruesa corteza había un enorme hueco oscuro del que no se veía su fin.

- Amigo árbol, tengo vuestra piedra. Os la daré si nos ayudáis a los momics a derrotar a los seres siniestros- grité y repetí mil veces. Pero no oía nada. nadie respondía.

Pasado un tiempo, largo para mí, al árbol se le abrió la corteza para formar unos enormes ojos apagados y tristes. También se le formó una enorme boca por donde susurró: “mete la piedra en el agujero y te ayudaremos” – dijo cerrando los ojos.

Saqué la piedra del saco y extendí el brazo por el enorme agujero de la corteza y la deposité. Las ramas de los árboles se elevaron y el color negro que había predominado en el bosque se sustituyó por el verde. Los árboles abrieron los ojos y sonrieron. Y el suelo se pobló de hierbas y flores.

- Tú, Arlem de los bosques, salvador nuestro y amigo de las flores, nos has  traído nuestra piedra, y en señal de agradecimiento te ayudaremos a ti y a los momics a pelear contra los seres siniestros- dijo el árbol madre, mientras levantaba sus raíces del suelo al igual que los miles de árboles del bosque.

Miré mi reloj de arena y casi estaban dando la media noche, así es que me puse las orejeras y comencé la marcha junto a los árboles hacia el castillo del Valle Oscuro.

CAPÍTULO  X.-

Anduvimos toda la noche, y al amanecer pudimos divisar la fortaleza. Tenía forma cuadrangular, con almenas en los vértices y una puerta levadiza que servía de puente para pasar el río que lo rodeaba. Estaba situado al principio del valle, donde terminan las montañas y comienza una inmensa llanura.

- Vosotros quedaos aquí, yo iré a enterarme del plan de ataque- dije al árbol madre y me dirigí a la entrada.

Haciéndome camino entre un mar de momics que venían a la batalla, conseguí entrar. Un chico me condujo hasta una estancia donde Laudruk, Leo y otros tres momics debatían.

- Hola, Arlem. Estos tres caballeros son los reyes momics: Medel, Armam y Pendel.

- Encantados de conocerte, Arlem- me saludaron efusivamente los tres a la vez.

- Verás, Arlem, los árboles sólo te harán caso a ti. Así es que tú serás el que les guíe en la batalla- dijo Medel, el más anciano de los tres reyes.

- De acuerdo- dije con gran inquietud.

- Los seres siniestros vendrán a por nosotros que estaremos aquí aguantando su ataque. Vosotros estaréis en los flancos del valle, camuflados como árboles inmóviles. Cuando los seres siniestros os sobrepasen, saldréis y los tendremos rodeados y sin posibilidades de defenderse ni de huir- dijo Leo.

Yo asentí con la cabeza y salí de la estancia con Leo que me llevó a la fragua. Cogió una magnífica espada y me la puso en las manos.

- Lo prometido es deuda- dijo Leo abrazándome- Toma también esta armadura y dirige bien a tus árboles, amigo.

- Muchas gracias, Leo. Nunca podré pagarte lo que has hecho por mí.

- No es necesario que me agradezcas nada. Ahora ve a comunicar el plan a tu tropa, que al anochecer los seres siniestros ya estarán preparados para la lucha.

  CAPÍTULO  FINAL.-

La noche había caído, y todos estábamos nerviosos, los árboles haciéndose pasar por árboles normales, y yo entre ellos. A lo lejos aparecieron miles de seres siniestros que pasaron delante de nosotros y se plantaron enfrente de la fortaleza. Las flechas empezaron a volar, los seres siniestros intentaban poner escaleras para asaltar la fortaleza. Las dos catapultas que llevaban empezaron a disparar enormes bloques de piedra: la guerra había comenzado.

- Es la hora, amigos- grité a mi ejército de árboles.

Entonces los árboles sacaron sus raíces de la tierra y rodearon a los seres siniestros. Se produjo un momento de incertidumbre que nosotros supimos aprovechar. El portón del castillo se abrió y los guerrero momic salieron. El encuentro cuerpo a cuerpo fue duro, pero, después de horas de lucha, el resultado empezaba a sernos favorable. Muchos seres siniestros yacían muertos en el suelo y los pocos que aún permanecían en pie, soltaron las armas y se rindieron. Todo había terminado; los momics éramos libres.

Sin embargo todavía hay otros seres siniestros que no quieren la paz y permanecen encerrados en el castillo donde la piedra había estado guardada.

Muchos ogros y gigantes se habían convertido en nuestros amigos y a parir de ahora conviviríamos en paz. Así es que este país se ha vuelto pacífico, con momics y seres, ya no siniestros, viviendo en paz, con los bosques verdes y floridos y en paz y con libertad para todos, que es al fin y al cabo, lo más importante.

A partir de entonces mi vida cambió radicalmente y nada fue como yo creía cuando todavía era un esclavo. Pero esa, amigos, es otra historia.    

Nava de Béjar, agosto de 2010 - Logroño, enero de 2011.

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