Prólogo a Psicodelia y ready-made de Diedrich Diederichsen (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2010) por Carlos Gradin y Cecilia Pavón.

Para el crítico siempre es necesario medir la distancia respecto de las obras que analiza, pero esto pareciera aún más crucial en los temas abordados por este libro. Su recorrido atraviesa zonas relegadas de la historia de la cultura y la vanguardia artística, y se detiene en ciertos momentos cuya suerte parecía destinada alternativamente al olvido, o a una inclusión en un campo ya definido, casi naturalizado. El surrealismo americano, la pornografía indie, el envoltorio de los viejos discos de vinilo. Diederichsen pone todo su empeño en rescatar estos materiales, que alguien asociaría con un arcón de los recuerdos como el que parece habitar el personaje de Michael Caine en los Niños del hombre. Un refugio equipado de memorabilia de un siglo XX en vías de ser olvidado, y en el que Caine se retira a esperar el inminente fin del mundo.

¿Por qué ocuparse de ellos?, entonces, ¿qué pueden aportar a nuestra comprensión de la historia y la cultura las canciones de los Talking Heads? La respuesta de Diederichsen recuerda a teóricos marxistas como Walter Benjamin y, sobre todo, a Ernst Bloch. Parece partir de una premisa, casi una declaración de fe, que propone entender toda producción cultural y artística como un modo en que los hombres y mujeres procesan su experiencia, y en el que se dejan entrever proyecciones, más o menos conscientes, de su situación histórica, entremezcladas con alusiones dispersas a un horizonte de futuro que sería constitutivo de los seres humanos. Mirada en retrospectiva, toda obra de arte sería, además de muchas otras cosas, un depósito de ciertos modos de imaginar esperanzadamente el futuro, y al que podemos volver para encontrarnos con esa suma de proyectos inacabados en que se convierte la historia. Por lo que unas estrofas en apariencia inofensivas de una canción de los Talking Heads aparecen, analizadas por Diederichsen, como una oportunidad para interrogarse por el devenir de la ciudad como espacio de reunión y encuentro en las culturas juveniles, de la alegría del pop de los primeros años al desencanto de los años setenta y la ciudad de las canciones más recientes, casi extinguida como escenario apropiable para el baile y la fiesta.

Porque si hay algo que recorre todos los ensayos de Diederichsen es una apuesta por encontrar en los movimientos y estilos que aborda, una veta aprovechable, sintonizable desde el presente. Cómo recuperar algo de esa crítica de la sociedad que alguna vez encarnaron, cómo volver relevantes otra vez los gestos que supieron sacudir el orden de ideas y convenciones de su época. Una apuesta alejada, sin embargo, tanto de la nostalgia por los tiempos idos de la contracultura y el arte de experimentación radical, como de las letanías que intentan dar por acabadas dichas experiencias, y declararlas subsumidas en la lógica del mercado. La fidelidad de un fan, tal vez, que se niega a deponer las banderas que alguna vez lo emocionaron, y que vuelve a internarse en los archivos de la cultura pop para encontrar los motivos por los que vale la pena, a pesar de todo, seguir escuchando los viejos discos de rock de su adolescencia.

Esto se percibe en el ensayo "Diáspora y cultura juvenil". Diederichsenretoma una vez más el tema de las relaciones entre cultura juvenil y contracultura, y propone relacionarlas con el legado de la llamada diáspora afroamericana, la genealogía de consignas que asocian la experiencia del desarraigo forzado y la esclavitud, con la idea del éxodo. Lo que encuentra son afinidades con letras y actitudes que definieron el estilo de aparición pública de distintos grupos juveniles desde los años '50, en lo que llama sus "hábitos de reunión", sus modos de agrupamiento y de desmarcarse de las pautas de sociabilidad.

Diederichsen rastrea este contenido utópico hasta aquella huída ilusionada del hogar que relataban los Beatles en She's leaving home, y que reconoce como una constante, la búsqueda de nuevos ámbitos de intercambio entre pares presente hasta en la actual difusión de las tecnologías de teléfonos celulares y mensajes de texto. Los viejos impulsos contraculturales aparecen, así, como el modelo al que se remiten las experiencias posteriores, cuando se trata de imaginar modos de organizar nuevas comunidades. Una "diseminación no territorial, no moldeada por el mercado", que Diederichsen subraya como el trasfondo esperanzado de muchas de aquéllas manifestaciones.

Por otra parte, el grupo SPUR, al que dedica otro ensayo, expresaba en sus publicaciones a fines de los años '50 una idea que resulta casi incomprensible hoy. Ya casi se olvidó el modo en que se pensaba la figura del artista hasta hace apenas unas décadas, signada por el aura marginal, conflictiva, del que no encuentra nichos de aceptación en la sociedad. En esas denuncias exasperadas por el maltrato al que eran sometidos por parte de las instituciones de la Alemania de posguerra,Diederichsen encuentra una forma de esclarecer el rol que dicha figura cumple en la actualidad, ya plenamente integrada a la economía de mercado. De presa de caza de la sociedad normalizadora, a paradigma del comportamiento laboral en la empresa posfordista, el artista es ahora el creativo que autogestiona su realización personal.

Es irónico que el paso del tiempo y su efecto corrosivo en las aspiraciones revolucionarias de ciertas obras sea el tema invisible de estos textos. Precisamente hoy, cuando las redes de intercambio de archivos convirtieron a Internet en la tierra prometida de fans y coleccionistas, y ya nadie recuerda la odisea, más o menos modesta, que podía representar en otros tiempos el intento de acceder a la música, imágenes e información sobre ciertos autores malditos de la vanguardia y la contracultura. Una percepción que se agudiza al leer estos textos desde Argentina, e imaginar la sorpresa que hubiera significado para cualquier lector de este país saber que estaban a su disposición casi todas las obras cuyas referencias Diederichsen hace proliferar a lo largo de sus ensayos, como se dice, a solo unos clicks de distancia. Cabe pensar que alguna vez un vinilo de The Damned portado bajo el brazo por los senderos del Parque Rivadavia pudo ser una señal reconocible para otros iniciados en esos circuitos restringidos, a su modo elitistas, que fueron las contraculturas; y esa disolución de los mecanismos de difusión alternativa, es también la historia que se deja leer en este libro.

Para Diederichsen las canciones y fanzines de las bandas del under y grupos de arte de vanguardia, siguen entablando diálogos que no se agotan en el ámbito de sus géneros y disciplinas, y que interpelan al mundo, la sociedad y los cambios producidos en la cultura desde su aparición. Diederichsen les devuelve su capacidad de iluminar situaciones históricas que no pudieron inspirar a sus creadores, pero que de todos modos se convierten en motivos más que válidos para recordarlas. La cultura globalizada del presente, cada vez más atravesada por la lógica de la industria y la mercancía, es uno de esos horizontes, como el de los nuevos modos de organización del trabajo, abocado a la búsqueda de virtuosos de las relaciones sociales. Invitan a repasar propuestas estéticas como las de la psicodelia o el punk, y su afán por sacudir el marco perceptivo que relacionaba a las personas y su entorno, si no buscaban destruirlo por completo.

Tal vez ese sea el rasgo más interesante de estos ensayos. Su exploración de las continuidades que enlazan el presente con obras de una época anterior. Más allá de quiebres y transformaciones, dejan al descubierto un sendero aún transitable y proyectado hacia el futuro en el que la canción es y no es la misma, pero todo parece indicar que seguirá sonando.

Carlos Gradin y Cecilia Pavón