Thirty-year Class Reunion Speech

Class of 1979

by Carlos Bernal

Colegio Nueva Granada

Bogota, Colombia

May 15, 2009

PARA LOS ALUMNOS GRADUADOS EN 1979, C.N.G.

Queridos amigos y amigas:

Nos hemos reunido para celebrar los 30 años de vida sin maestros a quienes dar cuenta de la tarea de cada día. Treinta años de comenzar la mañana sin preguntar ¿y hoy qué vamos a hacer?, ¿y eso para qué sirve? Hace treinta años, y treinta años son nada –dice el tango-, al entregarles los diplomas, les prometimos el éxito y la felicidad. No recuerdo si les dijimos que uno y otra no son productos que salen de un tragamonedas, sino que son el resultado de la consagración al trabajo. Tampoco recuerdo si les dijimos que en el empeño de su alcance y disfrute, el éxito y la felicidad no tienen un significado universal, sino que esas categorías pertenecen a la subjetividad personal. ¡Hay tantas cosas que ya no recuerdo! Y esa duda me llena de preocupación porque yo fui parte del equipo académico que tuvo la responsabilidad social de proveer las herramientas intelectuales, morales y sociales para su viaje al mundo de la vida. Ahora es tarde para lamentos, pero siempre será oportuna la rectificación. Además, su propia experiencia ya les exigió los útiles indispensables para no morir en el intento de vivir.

Ayer, después de que Claudia me invitó a pronunciar unas palabras hoy, me pregunté muchas veces, si merezco esta distinción. Tengo tantos defectos que nadie conoce, y ya advierto el comienzo de las sombras que llenan esta calle que hoy transito; entonces, ¿qué puedo decirles que no suene a inventario? Esculco la emoción y el cerebro y saco los mejores tesoros que acumulé juicioso en mi tránsito por el CNG:

El primero y más valioso es el cariño que muchos alumnos y alumnas –como toca decir hoy- me han dispensado a lo largo de mi vida en el Colegio Nueva Granada. Este es el activo más importante en mis horas de sumas y restas.

El segundo es la fe inquebrantable en el valor de la educación como actividad central de toda la vida. Esta es mi mayor utopía porque en ella reside la base de la renovación profunda que necesita el hombre universal. En ese proceso de cambio, cuánto necesitamos insistir en contenidos, prácticas y ejemplos que sirvan para superar la crisis que hoy amenaza con destruir la patria. En medio de este festín de escarnio que dura todas las horas de todos los días, aprender a vivir juntos es un imperativo para la supervivencia, a él no podemos renunciar, de él no debemos huir.

Porque la angustia que genera la crisis está llevando a la desesperación, los adultos no fuimos capaces de ofrecer un porvenir seguro, a los jóvenes de hoy. En nombre de la civilización, los metimos bajo el signo de Internet, la anorexia, la bulimia, la drogadicción y la violencia; los hicimos prisioneros de los medios masivos que imponen la imagen enfermiza de la soledad, el odio, los ríos de bilis, tanta bilis que el hígado social difícilmente alcanza a producir toda la sustancia viscosa que algunos se encargan arrojar por la radio, la pantalla, el teléfono, la prensa.

Frente a este precipicio, aceptemos que es hora de parar. El siglo pasado, Faulkner nos decía que cuando la guerra no le sirve ni al que la va ganando, es hora de regresar a casa. Y veo que hoy es el mejor momento de aplicarlo. Por eso, debemos comenzar ya un nuevo aprendizaje de convivencia para la construcción colectiva, donde quepamos todos, donde nadie quede por fuera.

En estos treinta años hemos recibido el beneficio de muchos inventos, pero también hemos padecido muchos males. Me parece que el peor daño que se le ha hecho a la humanidad es la derrota del pensamiento. Pequeños tiranos se tomaron las oficinas de dirección y desde allí, instalaron un aparato de dominación que reposa sobre tres pilares: el nepotismo, el miedo y la mediocridad; el sistema nervioso de esta forma perversa de mantener el cargo, está constituido por un entramado de informantes descerebrados que reciben la bendición del mediocre mayor. Este modelito rescatado de la edad media, se ha tomado muchas organizaciones sociales; entre ellas, las educativas. Una sola norma rige en esos lugares: prohibido pensar. Así aseguran la petrificación del cerebro y contribuyen a la tarea de los medios. Ustedes, amigos queridos, deben luchar contra esta amenaza para el ascenso del hombre. Que Dios libre al Nueva Granada de esa herencia oscurantista.

El tercer tesoro de mi hacienda es el amor y el respeto con los que ejerzo mi profesión de maestro. Hoy tengo una seguridad absoluta: He amado, en el mejor sentido humanitario, a todos mis compañeros de salón de clases. A ustedes que tuvieron la paciencia de soportar mi exigencia y mi intolerancia ante la terquedad del error recurrente, porque siempre busqué el equilibrio entre amor y pedagogía. Motivado por ese amor, por el respeto que cada inteligencia merece, me presenté siempre con la verdad y con la conciencia de que todos podemos alcanzar la perfección y, en consecuencia, todos tenemos un gran deseo de saber, para mejorarnos unos a otros.

He entendido que mi profesión me exige ser un testigo activo de mi tiempo y de los protagonistas de la historia que vivo. El maestro tiene la obligación moral de levantarse contra toda forma de alienación y contra todo proyecto de sometimiento. Jamás trabajé en la medida de la retribución salarial, qué vergüenza. Siempre entendí que el prestigio es resultado de la conciencia ética. El camino es difícil. Claro que fui víctima de la mezquindad y la reticencia; también, fui acusado de corromper a los jóvenes con mi pensamiento y mis palabras: los libros que discutíamos, sembraban semillas de rebeldía social. Pero siempre me alentó y me fortaleció la coherencia entre mis principios y las necesidades de la patria. Cómo extraño ese ayer, con ustedes y muchos otros como ustedes, cuando defendíamos el humanismo, gracias a la sensibilidad moral que el arte nos producía.

Hoy me angustia que los líderes sociales hablan de la educación como un mal mayor de su juventud. Me preocupa que aún en la edad de la razón se siembre una duda sobre el valor de la única institución que puede transformar las condiciones adversas del hombre. Los jóvenes se ufanan repitiendo la grandeza de las personas que condenan la educación. Frente a esta actitud, necesitamos hacerle un barrido a ese principio perverso. La fatalidad no la representa la educación, sino algunos educadores. Y este es un juicio bien diferente. Porque sí tenemos que ser más cuidadosos en la selección de las personas a quienes confiamos la tarea de moldear la mente de los jóvenes, de dar significado al individuo y al mundo social. Ese es el reto, queridos amigos: tener criterio recto y claro para conformar el grupo educativo.

Como mi tiempo se acaba, quiero dejarles un principio de lucha, que me sale del alma honrada, bueno, no tengo otra: Sin utopías, nadie puede superar los obstáculos que le impiden alcanzar la felicidad.

Gracias por su amistad, por su paciencia y por la vida que ayudan a llevar.

Bogotá, La Gaira, 15 de mayo de 2009.