Sobre “los malos” Fernando Savater

Mira este otro comportamiento posible ante nuestros peligrosos

semejantes. Marco Aurelio fue emperador de Roma y además

filósofo, lo cual es bastante raro porque los gobernantes suelen

interesarse poco por las cuestiones que no sean indiscutiblemente

prácticas. A este emperador le gustaba anotar algo así como unas

conversaciones que tenía consigo mismo, dándose consejos o

hasta pegándose broncas. Frecuentemente apuntaba cosas de este

jaez (acudo a la memoria, no al libro, de modo que no te lo tomes al

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pie de la letra): «Al levantarte hoy, piensa que a lo largo del día te

encontrarás con algún mentiroso, con algún ladrón, con algún

adúltero, con algún asesino. Y recuerda que has de tratarles como a

hombres, porque son tan humanos como tú y por tanto te resultan

tan imprescindibles como la mandíbula inferior lo es para la

superior.» Para Marco Aurelio, lo más importante respecto a los

hombres no es si su conducta me parece conveniente o no, sino

que -en cuanto humanos- me convienen y eso nunca debo olvidarlo

al tratar con ellos. Por malos que sean, su humanidad coincide con

la mía y la refuerza. Sin ellos, yo podría quizá vivir pero no vivir

humanamente. Aunque tenga algún diente postizo y dos o tres con

caries, siempre es más conveniente a la hora de comer contar con

una mandíbula inferior que ayude a la superior...

Y es que esa misma semejanza en la inteligencia, en la

capacidad de cálculo y proyecto, en las pasiones y los miedos, eso

mismo que hace tan peligrosos a los hombres para mí cuando

quieren serlo, los hace también supremamente útiles. Cuando un

ser humano me viene bien, nada puede venirme mejor. A ver, ¿qué

conoces tú que sea mejor que ser amado? Cuando alguien quiere

dinero, o poder, o prestigio... ¿acaso no apetece esas riquezas

para poder comprar la mitad de lo que cuando uno es amado

recibe gratis? Y ¿quién me puede amar de verdad sino otro ser

como yo, que funcione igual que yo, que me quiera en tanto que

humano... y a pesar de ello? Ningún bicho, por cariñoso que sea,

puede darme tanto como otro ser humano, incluso aunque sea un

ser humano algo antipático. Es muy cierto que a los hombres debo

tratarlos con cuidado, por si acaso. Pero ese «cuidado» no puede

consistir ante todo en recelo o malicia, sino en el miramiento que

se tiene al manejar las cosas frágiles, las cosas más frágiles de

todas... porque no son simples cosas. Ya que el vínculo de respeto

y amistad con los otros humanos es lo más precioso del mundo

para mí, que también lo soy, cuando me las vea con ellos debo

tener principal interés en resguardarlo y hasta mimarlo, si me

apuras un poco. Y ni siquiera a la hora de salvar el pellejo es

aconsejable que olvide por completo esta prioridad.

Marco Aurelio, que era emperador y filósofo pero no imbécil,

sabía muy bien lo que tú también sabes: que hay gente que roba,

que miente y que mata. Naturalmente, no suponía que por aquello

de llevarse bien con el prójimo hay que favorecer semejantes

conductas. Pero tenía bastante claras dos cosas que me parecen

muy importantes:

primera: que quien roba, miente, traiciona, viola, mata o abusa

de cualquier modo de uno no por ello deja de ser humano. Aquí el

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lenguaje es engañoso, porque al acuñar el título de infamia («ése

es un ladrón», «aquélla una mentirosa», «tal otro un criminal») nos

hace olvidar un poco que se trata siempre de seres humanos que,

sin dejar de serlo, se comportan de manera poco recomendable. Y

quien «ha llegado» a ser algo detestable, como sigue siendo

humano aún puede volver a transformarse de nuevo en lo más

conveniente para nosotros, lo más imprescindible...

Segunda: Una de las características principales de todos los

humanos es nuestra capacidad de imitación. La mayor parte de

nuestro comportamiento y de nuestros gustos la copiamos de los

demás. Por eso somos tan educables y vamos aprendiendo sin

cesar los logros que conquistaron otras personas en tiempos

pasados o latitudes remotas. En todo lo que llamamos

«civilización», «cultura», etc., hay un poco de invención y

muchísinio de imitación. Si no fuésemos tan copiones,

constantemente cada hombre debería empezarlo todo desde cero.

Por eso es tan importante el ejemplo que damos a nuestros

congéneres sociales: es casi seguro que en la mayoría de los

casos nos tratarán tal como se vean tratados. Si repartimos a

troche y moche enemistad, aunque sea disimuladamente, no es

probable que recibamos a cambio cosa mejor que más enemistad.

Ya sé que por muy buen ejemplo que llegue a dar uno, los demás

siempre tienen a la vista demasiados malos ejemplos que imitar.

¿Para qué molestarse, pues, y renunciar a las ventajas inmediatas

que sacan a menudo los canallas? Marco Aurelio te contestaría:

«¿Te parece prudente aumentar el ya crecido número de los malos,

de los que poco realmente positivo puedes esperar, y desanimar a

la minoría de los mejores, que en cambio tanto pueden hacer por tu

buena vida? ¿No es más lógico sembrar lo que intentas cosechar

en lugar de lo opuesto, aun a sabiendas de que la cizaña puede

estropear tu cosecha? ¿Prefieres portarte voluntariamente al modo

de tanto loco como hay suelto, en lugar de defender y mostrar las

ventajas de la cordura? »

Pero estudiemos un poco más de cerca lo que hacen esos que

llamamos « malos »,. es decir, los que tratan a los demás humanos

como a enemigos en lugar de procurar su amistad. Seguro que

recuerdas la película Frankenstein, interpretada por ese entrañable

monstruo de monstruos que fue Boris Karloff. Intentamos verla

juntos en la tele cuando eras bastante pequeñajo y tuve que apagar

porque, según me dijiste con elegante franqueza, « me parece que

empieza a darme demasiado miedo». Bueno, pues en la novela de

Mary W. Shelley en la que se basa la película, la criatura hecha de

remiendos de cadáveres hace esta confesión a su ya arrepentido

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inventor: « Soy malo porque soy desgraciado. »Tengo la impresión

de que la mayoría de los supuestos «malos» que corren por el

mundo podrían decir lo mismo cuando fuesen sinceros. Si se

comportan de manera hostil y despiadada con sus semejantes es

porque sienten miedo, o soledad, o porque carecen de cosas

necesarias que otros muchos poseen: desgracias, como verás. 0

porque padecen la mayor desgracia de todas, la de verse tratados

por la mayoría sin amor ni respeto, tal como le ocurría a la pobre

criatura del doctor Frankenstein, a la que sólo un ciego y una niña

quisieron mostrar amistad. No conozco gente que sea mala de Puro

feliz ni que martirice al prójimo como señal de alegría. Todo lo más,

hay bastantes que para estar contentos necesitan no enterarse de

los padecimientos que abundan a su alrededor y de algunos de los

cuales son Cómplices. Pero la ignorancia, aunque esté satisfecha

de sí misma, también es una forma de desgracia...

Ahora bien: si cuanto más feliz y alegre se siente alguien menos

ganas tendrá de ser malo, ¿no será cosa prudente intentar fomentar

todo lo posible la felicidad de los demás en lugar de hacerles

desgraciados y por tanto propensos al mal? El que colabora en la

desdicha ajena o no hace nada para ponerle remedio... se la está

buscando. ¡Que no se queje luego de que haya tantos malos

sueltos! A corto plazo, tratar a los semejantes como enemigos (o

como víctimas) puede parecer ventajoso. El mundo está lleno de

«pillines» o de descarados canallas que se consideran sumamente

astutos cuando sacan provecho de la buena intención de los demás

y hasta de sus desventuras. Francamente, no me parecen tan «

listos » como ellos se halagan en creer. La mayor ventaja que

podemos obtener de nuestros semejantes no es la posesión de más

cosas (o el dominio sobre más personas tratadas como cosas,

como instrumentos) sino la complicidad y afecto de más seres

libres. Es decir, la ampliación y refuerzo de mi humanidad. «Y eso

¿para qué sirve?», preguntará el pillo, creyendo alcanzar el colmo

de la astucia. A lo que tú puedes responderle: «No sirve para nada

de lo que tú piensas. Sólo los siervos sirven y aquí ya te he dicho

que estamos hablando de seres libres.» El problema del canalla es

que no sabe que la libertad no sirve ni gusta de ser servida sino que

busca contagiarse. Tiene mentalidad de esclavo, el pobrecillo... ¡por

muy «rico» en cosas que se considere a sí mismo!

Y suspira luego el canalla, ahora ya tembloroso y reducido a simple

pillín: « Si yo no me aprovecho de los otros, ¡seguro que son los

otros los que se aprovechan de mí! » Es una cuestión de

ratones-esclavos y leones-Iibres, con las debidas reverencias para

ambas especies zoológicas de mi mayor consideración. Diferencia

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número uno entre el que ha nacido para ratón y el que ha nacido

para león: el ratón pregunta «¿qué me pasará?» y el león «¿qué

haré?». Número dos: el ratón quiere obligar a los demás a que le

quieran para así ser capaz de quererse a sí mismo y el león se

quiere a sí mismo por lo que es capaz de querer a los demás.

Número tres: el ratón está dispuesto a hacer lo que sea contra los

demás para prevenir lo que los demás pueden hacer contra él,

mientras que el león considera que hace a favor de sí mismo todo lo

que hace a favor de los demás. Ser ratón o ser león: ¡he aquí la

cuestión! Para el león está bastante claro -«tenebrosamente claro»,

como diría el poeta Antonio Machado- que el primer perjudicado

cuando intento perjudicar a mi semejante soy precisamente yo

mismo... y en lo que tengo de más valioso, de menos servil.

Llegamos por fin al momento de intentar responder a una

pregunta cuya contestación directa (indirectamente y con rodeos

hace bastantes páginas que no hablamos de otra cosa) hemos

aplazado ya demasiado tiempo: ¿en qué consiste tratar a las

personas como a personas, es decir, humanamente? Respuesta:

consiste en que intentes ponerte en su lugar. Reconocer a alguien

como semejante implica sobre todo la posibilidad de comprenderle

desde dentro, de adoptar por un momento su propio punto de vista.

Es algo que sólo de una manera muy novelesca y dudosa puedo

pretender con un murciélago o con un geranio, pero que en cambio

se impone con los seres capaces de manejar símbolos como yo

mismo. A fin de cuentas, siempre que hablamos con alguien lo que

hacemos es establecer un terreno en el que quien ahora es «yo»

sabe que se convertirá en «tú» y viceversa. Si no admitiésemos que

existe algo fundamentalmente igual entre nosotros (la posibilidad de

ser para otro lo que otro es para mí) no podríamos cruzar ni palabra.

Allí donde hay cruce, hay también reconocimiento de que en

cierto modo pertenecemos a lo de enfrente y lo de enfrente nos

pertenece... Y eso aunque yo sea joven y el otro viejo, aunque yo

sea hombre y el otro mujer, aunque yo sea blanco y el otro negro,

aunque yo sea tonto y el otro listo, aunque yo esté sano y el otro

enfermo, aunque yo sea rico y el otro pobre. « Soy humano -dijo un

antiguo poeta latino- y nada de lo que es humano puede parecerme

ajeno.» Es decir: tener conciencia de mi humanidad consiste en

darme cuenta de que, pese a todas las muy reales diferencias entre

los individuos, estoy también en cierto modo dentro de cada uno de

mis semejantes. Para empezar, como palabra...

Y no sólo para poder hablar con ellos, claro está. Ponerse en el

lugar de otro es algo más que el comienzo de toda comunicación

simbólica con él: se trata de tomar en cuenta sus derechos. Y

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cuando los derechos faltan, hay que comprender sus razones. Pues

eso es algo a lo que todo hombre tiene derecho frente a los demás

hombres, aunque sea el peor de todos: tiene derecho -derecho

humano- a que alguien intente ponerse en su lugar y comprender lo

que hace y lo que siente. Aunque sea para condenarle en nombre

de leyes que toda sociedad debe admitir. En una palabra, ponerte

en el lugar de otro es tomarle en serio, considerarle tan plenamente

real como a ti mismo. ¿Recuerdas a nuestro viejo amigo el

ciudadano Kane? ¿O a Gloucester? Se tomaron tan en serio a sí

mismos, tuvieron tan en cuenta sus deseos y ambiciones, que

actuaron como si los demás no fuesen de verdad, como si fuesen

simples muñecos o fantasmas: los aprovechaban cuando les venía

bien su colaboración, los desechaban o mataban si ya no les

resultaban utilizables. No hicieron el mínimo esfuerzo por ponerse

en su lugar, por relativizar su interés propio para tomar en cuenta

también el interés ajeno. Ya sabes cómo les fue.

No te estoy diciendo que haya nada malo en que tengas tus

propios intereses, ni tampoco que debas renunciar a ellos siempre

para dar prioridad a los de tu vecino. Los tuyos, desde luego, son

tan respetables como los suyos y lo demás son cuentos. Pero fíjate

en la palabra misma «interés»: viene del latín inter esse, lo que está

entre varios, lo que pone en relación a varios. Cuando hablo de

«relativizar» tu interés quiero decir que ese interés no es algo tuyo

exclusivamente, como si vivieras solo en un mundo de fantasmas,

sino que te pone en contacto con otras realidades tan «de verdad»

como tú mismo. De modo que todos los intereses que puedas tener

son relativos (según otros intereses, según las circunstancias,

según leyes y costumbres de la sociedad en que vives) salvo un

interés, el único interés absoluto: el interés de ser humano entre los

humanos, de dar y recibir el trato de humanidad sin el que no puede

haber «buena vida». Por mucho que pueda interesarte algo, si

miras bien nada puede ser tan interesante para ti como la

capacidad de ponerte en el lugar de aquellos con los que tu interés

te relaciona. Y al ponerte en su lugar no sólo debes ser capaz de

atender a sus razones, sino también de participar de algún modo en

sus pasiones y sentimientos, en sus dolores, anhelos y gozos. Se

trata de sentir simpatía por el otro (o si prefieres compasión, pues

ambas voces tienen etimologías semejantes, la una derivando del

griego y la otra del latín), es decir ser capaz de experimentar en

cierta manera al unísono con el otro, no dejarle del todo solo ni en

su pensar ni en su querer. Reconocer que estamos hechos de la

misma pasta, a la vez idea, pasión y carne. 0 como lo dijo más bella

y profundamente Shakespeare: todos los humanos estamos hechos

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de la sustancia con la que se trenzan los sueños. Que se note que

nos damos cuenta de ese parentesco.

Tomarte al otro en serio, es decir, ser capaz de ponerte en su lugar

para aceptar prácticamente que es tan real como tú mismo, no

significa que siempre debas darle la razón en lo que reclama o en lo

que hace. Ni tampoco que, como le tienes por tan real como tú

mismo y semejante a ti, debas, comportarte como si fueseis

idénticos. El dramaturgo y humorista Bernard Shaw solía decir: « No

siempre hagas a los demás lo que desees que te hagan a ti: ellos

pueden tener gustos diferentes.» Sin duda los hombres somos semejantes,

sin duda sería estupendo que llegásemos a ser iguales

(en cuanto a oportunidades al nacer y luego ante las leyes), pero

desde luego no somos ni tenemos por qué empeñarnos en ser

idénticos. ¡Menudo aburrimiento y menuda tortura generalizada!

Ponerte en el lugar del otro es hacer un esfuerzo de objetividad por

ver las cosas como él las ve, no echar al otro y ocupar tú su sitio...

O sea que él debe seguir siendo él y tú tienes que seguir siendo tú.

El primero de los derechos humanos es el derecho a no ser

fotocopia de nuestros vecinos, a ser más o menos raros. Y no hay

derecho a obligar a otro a que deje de ser «raro» por su bien, salvo

que su «rareza» consista en hacer daño al prójimo directa y

claramente...

Acabo de emplear la palabra «derecho» y me parece que ya la

he utilizado un poco antes. ¿Sabes por qué? Porque gran parte del

difícil arte de ponerse en el lugar del prójimo tiene que ver con eso

que desde muy antiguo se llama justicia. Pero aquí no sólo me

refiero a lo que la justicia tiene de institución pública (es decir, leyes

establecidas, jueces, abogados, etc.), sino a la virtud de la justicia, o

sea: a la habilidad y el esfuerzo que debemos hacer cada uno -si

querernos vivir bien- por entender lo que nuestros semejantes

pueden esperar de nosotros. Las leyes y los jueces intentan

determinar obligatoriamente lo mínimo que las personas tienen

derecho a exigir de aquellos con quienes conviven en sociedad,

pero se trata de un mínimo y nada más. Muchas veces por muy

legal que sea, por mucho que se respeten los códigos y nadie

pueda ponernos multas o llevarnos a la cárcel, nuestro

comportamiento sigue siendo en el fondo injusto. Toda ley escrita

no es más que una abreviatura, una simplificación -a menudo

imperfecta- de lo que tu semejante puede esperar concretamente

de ti, no del Estado o de sus jueces. La vida es demasiado compleja

y sutil, las personas somos demasiado distintas, las situaciones son

demasiado variadas, a menudo demasiado íntimas, como para que

todo quepa en los libros de jurisprudencia. Lo mismo que nadie

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puede ser libre en tu lugar, también es cierto que nadie puede ser

justo por ti si tú no te das cuenta de que debes serlo para vivir bien.

Para entender del todo lo que el otro puede esperar de ti no hay

más remedio que amarle un poco, aunque no sea más que amarle

sólo porque también es humano... y ese pequeño pero importantísimo

amor ninguna ley instituida puede imponerlo. Quien vive bien

debe ser capaz de una justicia simpática, o de una compasión justa.