ELEGÍA CIRCENSE

 

 

Yacen.

No están tumbadas.

Si estuvieran durmiendo,

si pudieran estar soñando,

si se hubieran acostado al menos…

Pero no.

No hay vida en sus cuerpos,

como sacos de patatas vacíos,

con tan solo el resto polvoriento de lo que en algún momento fue una

vida,

como cajas huecas donde ya ni siquiera resuena el triste

eco

de

la

mú-

si-

ca

de sus triángulos chocando

y chocando

al ritmo del bamboleo inconsciente del sabio y prudente

burro

que tiraba del carro circense.

Pero no.

No hay eco.

No hay música.

No hay vida.

Sólo polvo,

polvo muerto,

polvo sordo,

polvo ciego,

polvo hueco,

sucio.

Ya no es un “son”,

ni siquiera un melancólico “eran”…

Dejémoslo en un austero “fueron”.

Qué ironía…

Podemos cambiarlo por un verbo en presente,

sí, pequeño Tomás,

alégrate,

¿que cuál es ese verbo?

Los pequeños no escucháis.

Nunca.

Ya te lo dije.

Las carpas del circo,

nuestras catedrales particulares,

el mundo que construimos ilusionados alguna tarde,

(agotados todas las demás),

ese rinconcito del mundo lleno de colorido,

olores,

sabores,

tristes voces enmascaradas con carmín

y melodías,

esas telas enormes que cobijan de la lluvia

a decenas de animales “salvajes” mientras se

marchitan,

ese lugar del mundo donde siempre se pide el

más difícil todavía,

si es que existe,

esas carpas, digo,

yacen.

Como los muertos que vienen ansiosos a ver el espectáculo

que los alegre,

los distraiga,

los aleje de sus miserias diarias.

Como los muertos que ganamos a duras penas el

pan

duro, seco y reseco,

torciéndonos los brazos,

tirándonos tartas a la cara,

jugándonos la vida con el vértigo,

doblegando nuestro cuerpo,

ganando a sangre, llanto y horas,

días, semanas, meses, años,

generaciones enteras

algo de práctica.

Luchamos por un “bravo”,

por dejar abierta de par en par cada boca de siete años,

desdentadas todas,

ansiosas de llegar a casa para ver qué les trae el

Ratoncito Pérez,

y deseando llegar a la cama y dormir arropados por mamá,

oyendo dulcemente el repiqueteo de la lluvia afuera...

Una lluvia que nos recordará a nosotros,

que tendremos que recoger los bártulos y marchar a otro lugar,

que nos lo merecemos por no ser ellos.

 

Guerreamos con nuestra mejor sonrisa cada día.

 

El circo se nutre de muchos de nosotros,

y es voraz,

tiene demasiada hambre…

Siempre quiere más,

más alto,

más fuerte,

más veces…

No nos dan medallas por batir récords cada día,

pero lo hacemos.

 

El circo es la pirámide del faraón:

una enorme bestia erguida sobre sangre apelmazada con el polvo

y la arena

con que se mezcla

desde sus cimientos.

 

Es el lugar del mundo donde hay que donar

la alegría que no se tiene.

 

Es el cementerio donde más muertos ignoran si siguen

vivos

o si todo es una ilusión

ajena.

 

Los circos,

esas empresas donde se fabrica la felicidad

desconocida,

esos paraísos con olor a

churros y algodón de caramelo,

pero también a

excrementos de animales salvajes

y polvo gris,

son seres muertos que laten

con la fuerza de sus operarios.

Unas carpas que no se elevan en el horizonte,

sino que interrumpen el paseo de las nubes,

unas carpas que no dan cobijo al visitante,

sino que lo entretienen mientras se le caen monedas,

unas carpas que no están,

no existen,

ya no son,

(hace mucho de aquello),

ya no viven,

ya no laten…

 

Sólo

yacen.