Nº 1

 

Las revoluciones de 1848, pues, requerirían un estudio detallado por estados, pueblos y regiones. No obstante, cabe decir que tuvieron muchos aspectos en común, como que ocurrieron simultáneamente, que sus destinos estaban unidos y que todas ellas tenían un carácter y estilo comunes, una curiosa atmósfera romántica y utópica, y una retórica similar, para la que los franceses inventaron la palabra qurante-huitard (*cuarentayochista). Cualquier historiador lo reconoce de inmediato: las barbas, los chales, los sombreros de ala ancha de los militantes, las banderas tricolores, las barricadas, el sentido inicial de liberación, de enorme esperanza y de confusión optimista. Era la primavera de los pueblos y, como ocurre con la estación, no perduró (...). Todas ellas se desarrollaron y languidecieron rápidamente, y en la mayoría de los casos de manera total.

Eric J. Hobsbawn. La era del capitalismo.

 

Nº 2

 

Un gobierno retrógrado y oligárquico acaba de ser derrocado gracias al heroísmo del pueblo de París. Este Gobierno ha huido dejando tras él una huella de sangre que le impide volver nunca más. La sangre del pueblo se ha derramado como en julio; pero en esta ocasión esta generosa sangre no será burlada. Ha conquistado un Gobierno nacional y popular, de acuerdo con los derechos, el progreso y la voluntad de este grande y generoso pueblo.

 

Un Gobierno provisional, surgido por aclamación y urgencia de la voz del pueblo y de los diputados de los departamentos en la sesión del 24 de febrero, está investido momentáneamente del cuidado de asegurar y organizar la victoria nacional. Está compuesto para los señores Dupont (del Eure), Lamartine, Crémieux, Arago (del Institut) Ledru Rollin, Garnier-Pages, Marie. Este Gobierno tiene como secretarios a los señores Armand, Marrast, Louis Blanc, Ferdinand Flocon, Aubert [sic].

 

Estos ciudadanos no han dado ni un instante en aceptar la misión patriótica que se les ha impuesto por la urgencia. Cuando la capital de Francia está bajo el fuego, el mandato del Gobierno provisional es la salvación pública. Francia entera lo comprenderá y le ayudará con su patriotismo. Bajo el Gobierno popular proclamado por el Gobierno provisional todo ciudadano es magistrado.

 

Franceses, ofreced al mundo el ejemplo que París ha dado a Francia. Preparaos, por el orden y la confianza en vosotros mismos, a las sólidas instituciones que estaréis llamados a conceder. El Gobierno provisional quiere la República, siempre que el pueblo lo ratifique, y éste será consultado inmediatamente. La unidad de la nación formada a partir de ahora por todas las clases de ciudadanos que la componen; el Gobierno de la nación por sí misma. La libertad, la igualdad y la fraternidad como principios, el pueblo como divisa y santo y seña, éste es el Gobierno democrático que Francia necesita para sí misma y que estará asegurado por nuestros esfuerzos

 

Proclamación del Gobierno provisional al pueblo francés.

En nombre del pueblo francés, 24 de febrero de 1848.

 

Nº 3

 

He llegado, por fin, a la insurrección de Junio, la más grande y la más singular que haya tenido lugar en nuestra historia y tal vez en cualquier otra: la más grande, porque, durante cuatro días, más de cien mil hombres tomaron parte en ella, pereciendo cinco generales; y la más singular, porque los insurgentes combatieron sin grito de guerra, sin jefes, sin banderas, y, no obstante, con una conjunción maravillosa y con una experiencia militar que asombró a los más viejos oficiales.

Lo que la distinguió, además, entre todos los acontecimientos de este género que se sucedieron desde hace sesenta años en Francia, fue que no se propuso cambiar la forma de gobierno, sino alterar el orden de la sociedad. No fue, ciertamente, una lucha política (en el sentido que hasta entonces habíamos dado a esta palabra), sino un combate de clase, una especie de guerra de esclavos.

 

Caracterizó a la revolución de Febrero, en cuanto a los hechos, de igual modo que las teorías socialistas la habían caracterizado en cuanto a las ideas; o, más bien, surgió naturalmente de aquellas ideas, como el hijo de la madre; y no debe verse en ella más que un esfuerzo brutal y ciego, pero poderoso, de los obreros por escapar a las miserias de su condición, que le había sido descrita como una opresión ilegítima, y por abrirse, mediante las armas, un camino hacia aquel bienestar imaginario que se les había mostrado, en la lejanía, como un derecho. Es esta mezcla de codiciosos deseos y de falsas teorías lo que hizo tan formidable a esta revolución, después de haberla originado. Se había asegurado a aquellas pobres gentes que la fortuna de los ricos era, en cierto modo, el producto de un robo cuyas víctimas eran ellos. Se les había asegurado que la desigualdad de las  fortunas era tan contraria a la moral y a la sociedad como a la naturaleza. Las necesidades y las pasiones contribuyeron a que muchos lo  creyesen. Aquella oscura y errónea noción del derecho, que se mezclaba con la fuerza bruta, comunicó a ésta una energía, una tenacidad y una potencia, que por sí sola no habría tenido nunca.

 

Hay que señalar también que esta terrible insurrección no fue la acción de un cierto número de conspiradores, sino el levantamiento de toda una población contra otra. Las mujeres participaron en ella tanto como los hombres. Mientras éstos combatían, aquéllas preparaban y a acarreaban las municiones, y cuando, al fin, tuvieron que rendirse, las últimas en decidirse fueron ellas [...].

Las jornadas de Junio del 48. El análisis de A. de Tocqueville

Nº 4

 

Cansado por teorías absurdas, el pueblo se ha convencido de que los pretendidos reformadores no eran más que soñadores, que manifestaban contradicciones, desproporción entre los medios y resultados prometidos.

Hoy, Francia me rodea con su; simpatía porque no pertenezco a la: familia de los ideólogos. Para conseguir la felicidad del país no es necesario aplicar nuevos sistemas sino transmitir, ante todo, confianza en el presente, seguridad en el porvenir. He aquí por qué Francia parece querer volver al Imperio.

 

Existe, empero, un temor al que debo responder. Por espíritu desconfiado, algunas personas se dicen: «el Imperio es la guerra»; yo les aseguro: «el Imperio es la paz». Es la paz porque Francia la desea, y cuando Francia se encuentra satisfecha el mundo está tranquilo. La gloria se transmite por título de herencia pero no la guerra. ¿Acaso los príncipes que se honraban con ser nietos de Luis XIV han recomenzado sus contiendas?

 

La guerra no se hace por placer, se hace por necesidad, y en estas épocas de transición en las que por todas partes, al lado de tantos elementos de prosperidad, germinan tantas causas de muerte, se puede decir con verdad: desgraciado el primero que iniciara en Europa una lucha cuyas consecuencias serían incalculables.

Sin embargo, creo, como el Emperador, que hay conquistas que hacer. Deseo, como él deseó, conquistar la concordia de los partidos disidentes y reconducir en la corriente del gran río del pueblo las desviaciones hostiles que a nadie favorecen.

 

Deseo conquistar para la religión, la moral, el bienestar, a la parte todavía numerosa de la población que, en medio de un país de fe y creencias, apenas conoce los preceptos de Cristo y a los que en la tierra más fértil del mundo apenas pueden disfrutar de los productos de primera necesidad.

 

Tenemos inmensos territorios incultos que roturar, rutas que ensanchar, puertos que abrir, ríos que hacer navegables, canales que terminar, red de ferrocarriles que completar. Tenemos, frente a Marsella, un vasto reino que debe asimilarse a Francia. Tenemos que aproximar nuestros puertos del Oeste al continente americano con unas comunicaciones rápidas que todavía no conseguimos. Por todas partes encontramos ruinas que reconstruir, falsos dioses que abatir, verdades que hacer triunfar. Así es como comprendo el Imperio, si el Imperio debe ser restablecido. Estas son las conquistas sobre las que medito. Vosotros, los que me rodeáis, los que queréis como yo el bien de nuestra patria, sois mis soldados.

 

La Ideología y el programa político de Napoleón III

Le Moniteur Universel, 12 de octubre de 1852.

En VOILLIARD: Documentos de Historia. Tomo 11. Págs. 10-12.