CLONACIÓN Y ETERNIDAD

________________________________________________________________________

SUEÑOS DE TEMPORALIDAD

Hernán Manrique  

Como toda las mañanas su reloj bioelectrónico lo despertó con una serie de vibraciones musculares controladas. Al igual que las últimas noches después de aquel suceso accidental, no había programado su unidad de proyección onírica. O sea: nuevamente sus sueños se basaron más en las reacciones electro-químicas de su cerebro biológico natural que en el software suministrado por el departamento barrial de asistencia psicológica. Entró en la cámara de aseo y adecuación estética como un autómata. Ese pensamiento tipo “dejà vue” que invadía sus sueños en forma recurrente, anoche lo había “asaltado” nuevamente. La extraña imagen de un prado verde y extendido hasta el horizonte, plácido y estático con un fondo de risas de niños, era una situación totalmente diferente a los juegos  y aventuras virtuales a los que estaba acostumbrado a soñar y esto le causaba una sensación de curiosa y atractiva inseguridad.

En voz alta, previo formal saludo, pidió su desayuno a la unidad de asistencia doméstica que, con voz cordial e impersonal, le respondió:  "Buen día Nicolás, tu cuota diaria de proteínas e hidratos de carbono deberá ser modificada hoy, ya que ayer fue un día de desarreglos." "Estoy en tus manos," contestó él con voz cariñosa y continuó pensando en nada. "Nicolás, Nicolás...." -se repetía a si mismo - "qué nombre .¡ No entiendo como no me cansé de él después de tantos ciclos, bueno..... siempre hay tiempo para cambiar .." y un estremecimiento visceral lo invadió.

El hecho es que, el actual Nicolás VIII de unos 29 años, es el séptimo producto reciclado del otrora Nicolás I, una especie de tatarabuelo de sí mismo que había vivido hacía más de 250 años atrás y que, en honor a él, que fue el primero que accedió a ser implantado con el módulo de recuperación cognicitiva, se había “rebautizado” con el mismo nombre todas esas veces. Hecho algo muy inusual por cierto, ya que todos los “otros” humanos de su condición, lo que menos querían era ser recurrentes con el pasado. En un módulo externo de memoria tenía las vivencias y sentimientos grabados de su tatarabuelo- o sea él, en su 1er.ciclo-, pero hacía ya tiempo que no se detenía a recordarlas ni "sentirlas”; era mucho lo posteriormente vivido y sentido en su reciclada larga vida para sobrecargar su sistema híbrido de almacenamiento “sensomemorial” con más información.

Eso sí, siempre dejó un espacio reservado para conservar situaciones y creencias de su primer Yo antepasado que consideraba peculiares y motivadoras. Era un crítico del sistema y como primer implantado se consideraba a si mismo como el último nexo con el hombre otrora moderno, llamado homo sapiens en tiempos de su pseudo tartarabuelo. En esa lejana época, los mecanismos de la evolución ya habían quedado totalmente en manos de la humanidad y los científicos – luego de debates éticos que llevaron décadas - se dedicaron a materializar el último gran salto evolutivo, una gran mutación artificial y controlada,  que desembocara en un estadio superior. La inteligencia de carbono se fundió con la de silicio y con los dispositivos moleculares biológicos controlados, para crear ese nuevo hombre actual, llamado “homo eternum cósmico”. A él se le concedió la “gracia” de ser el primero y de tanto en tanto, revive ése último momento del “elegido” Nicolás I :  la desesperación por morir joven y la ansiedad de ser el primer producto de la nueva especie humana que estaba por surgir.

La cámara instalada en la sala de operaciones, mostró las incisiones laser-guiadas hacia su cerebelo, lóbulos frontales, zonas temporales y cuerpo calloso, la conexión de los electrodos de transferencia al computador central y el “copiado” en soporte digital de todas sus vivencias. En segundos su vida consciente e inconsciente había sido “succionada” desde su cerebro, dejando un cuerpo vegetativo con su mente en blanco yaciendo en la camilla. En cierta forma, hasta tuvo la sensación de la nada, “sería eso la muerte?” siempre se preguntaba, cuando “ejercitaba” su memoria y recordaba esa primigenia situación.

Después vino el segundo paso: la transferencia a su clon, que desde hacía 15 años lo estaba esperando con la mente “virgen”, lista para ser alimentada con los 45 años de su anterior vida. Eso sí que fue una experiencia intensa: encontrarse dentro de uno mismo nuevamente joven y vigoroso como 30 años antes. Nunca nadie lo había experimentado y él fue el primero en probar ese elixir.

Después de tantos milenios la fuente de la juventud y la vida eterna se habían encontrado. El hombre había dado el gran paso. Como venganza de lo sucedido con la manzana del pecado original, finalmente se había recreado en un dios.

Pero la cosa no era tan idílica, en proporción había pocos hombres eternum; los gobiernos no tenían la capacidad material para facilitar a la totalidad de la población el acceso a las “fuentes de la eternidad” y, de ser así, una gran parte se hubiera negado ya que "locos hay en todas partes.". Así como en el pasado remoto la humanidad estaba dividida en ricos y pobres, ahora lo estaba en eternum y mortalis. Ël se sentía perteneciente a los dos mundos o, al menos, eso quería. Había sufrido los dolores de enamorarse furtivamente de una mortalis –relación prohibida por la Constitución Planetaria - experiencia dolorosa pero que lo había enriquecido. La existencia de plazos era algo que para los eternum  no tenía sentido y, sin embargo, condicionaba la vida del resto de la humanidad. Eran realmente dos especies distintas que compartían una genética y pasados históricos comunes, pero futuros totalmente disímiles.

A los eternum no les estaba permitido procrear ya que de ser así perdían su condición y otra persona - con una mapa genético similar (su hijo)- pasaba a ocupar su lugar; era un precio que casi ninguno estaba dispuesto a pagar. Por lo tanto, las familias multigeneracionales, los chicos correteando y la alegría de los bebés, eran solo privilegios de los mortalis y Nicolás VIII lo añoraba, “recordando” su primera y única infancia.

Pero hoy no era un día común, era un día muy especial, el gran día de la reconfirmación del próximo ciclo. Nicolás VIII cumplía 29 años y 3 meses, fecha en la que su clon debería ser “concebido”, para que después de 15 años y nueve meses de espera, fuera su próxima morada corpórea. Siempre esa fecha le había resultado inquietante, pero en los últimos ciclos, lo que en verdad sentía era una profunda angustia y desconcierto. Ya anteriormente había padecido esa sensación visceral, más emotiva que racional, como la que debe experimentar un suicida antes de saltar al vacío o al apretar el gatillo liberador. No sabía por qué, pero la negativa al reciclado cada vez lo atraía con mas fuerza, la temible temporalidad lo llamaba desde lo profundo de su “alma”. Tenía hasta las 20.00 hs. para comunicar su decisión; de no hacerlo automáticamente se consideraba como aprobado un nuevo ciclo y, en caso de cancelarlo formalmente, también automáticamente se abriría una nueva vacante para ingresar a la selecta y tan codiciada casta de los eternum. Hoy no iría a trabajar, era un día librado a la meditación y la ponderación de tan opuestas alternativas y que Nicolás VIII. quería aprovechar al máximo antes de tomar una decisión.

Ya tenía planeado su itinerario y estaba decidido a cumplirlo al pie de la letra. Asoció la mañana con la niñez y se fue a un centro de Enseñanza Recreacional, donde se quedó varias horas observando a los niños jugando como otrora él lo había hecho en su primera y única infancia. Se deleitaba con el espectáculo y a su vez lo invadían sentimientos de culpa. Se consideraba un ladrón de tiempo y vivencias ya que a pesar de ser ellos  tan jóvenes morirían antes que él. Era protagonista principal de una cruel e  injusta paradoja que él, como primer. eternum había contribuido a crear.

Con todos estos pensamientos acosándolo, continuó a la segunda. y última “parada” de su recorrido: un Centro de Atención de la Cuarta Edad. Allí llegaban los ancianos terminales. Era un escenario triste donde se palpaba la decadencia total y el final inminente. Eso también lo sobrecogió fuertemente y lo confundió aún más. Despavorido “huyó” a su casa y se encerró, esperando lograr lucidez y convencimiento.

Se acercaba la hora límite, abrió la consola de comunicación directa con el Centro de Reciclado, introdujo su contraseña de acceso y empezó a jugar con el botón de “cancelación”. Con las yemas de su dedo lo acariciaba suavemente, amenazaba con presionarlo y se detenía. Sus pulsaciones se habían duplicado y su respiración se entrecortaba, el cronómetro con su conteo regresivo le anunciaba la llegada inminente de la hora crítica y se sentía paralizado. De repente con un grito enajenado –como suicida que se lanza al vacío-  pulsó el botón: el cronómetro súbitamente se detuvo en las 19:59:58 horas. Ya estaba todo dicho, no existía posibilidad de retorno, era el tiempo cero del principio del fin de su vida. Se tiró sobre la cama y desconsoladamente se puso a llorar.

Era una tibia tarde de fin de verano cuando Nicolás VIII cumplía sus 80 jóvenes años. Su aspecto era jovial y calmado aunque sus rasgos evidenciaban el paso del tiempo. ¡Cuánto había vivido desde aquella decisión! Amores, hijos, proyectos frustrados y otros concretados, en fin una intensa vida real. Cada cosa que había hecho había sido con conciencia total de su temporalidad, por eso cada día de su vida había sido único e irrepetible, digno de ser vivido. Dentro de sus limitaciones humanas normales no había dejado mucho por hacer y se sentía satisfecho. Meciéndose en la vieja hamaca, que guardaba como legado de su padre carnal, escrutaba somnoliento el verde prado que se fundía con el horizonte.

De repente sufrió una súbita revelación: su otrora enigmático sueño, oportunamente catalogado por él como una pesadilla, estaba allí presentándose ante sus sentidos: podía oír la risa de sus nietos y bisnietos que habían llegado para saludarlo y escuchar nuevas historias de un joven viejo, más de tres veces centenario. Intimamente comprendió que era eso lo que había estado siempre buscando. Cerró los ojos y respiró profundo: el primer mortalis por propia decisión, por primera vez en toda su vida, se sintió realmente eterno.