Homenaje a Pablo Carvajal

HASTA LUEGO PABLO

Por Marcos Vega Seña

Corporación Festival del Porro

Corporación Recreando

La primera década del nuevo milenio se ha despedido con un gran manto de incertidumbre, no sólo por los desastres “naturales” que ha azotado a la población colombiana, sino también por la certeza de que vendrán cosas peores, si sobre nosotros pesa la clarividencia Maya, de la cual mucho han intentado mofarse.

 Pero la década que finaliza y la que se inicia promete ser más agresiva y contundente con algo que para los análisis científicos no merece el menor asomo de preocupación: la memoria y la identidad de los pueblos.  Una de las cosas preocupantes es que por obvias razones, la generación de artistas, y en este caso concreto los músicos, que vivieron el siglo pasado y soportaron esta primera década, la mayoría no han dejado, no sólo con la tristeza de privarnos de su presencia y de sus obras, sino con el infortunio que se han llevado su conocimiento con ellos, y será muy difícil reconstruirlo, a pesar de que la humanidad atraviesa las mieles de la rapidez y formas novedosas de acumular toda la información proveniente de la sabiduría popular. Pero eso, ¿a quién le interesa? ¿A quién le importa?

Este exordio lo hago movido por el dolor y el gran golpe que ha sufrido nuestra sensibilidad musical por la partida de Pablo Carvajal Pacheco, un artista que vio sus primeros días en los albores del siglo pasado, y como diría Piero “viejo mi querido viejo, creciste con ese siglo”. Era el año de 1917, en que una pequeña población enclavada en las entrañas del mítico Sinú, vio nacer el talento de un hombre que se convertiría a lo largo del siglo XX en enclave de la música de gaita, esa expresión que muchos mestizos con pretensiones de abolengo la tachaban y aun la siguen tachando de “música de indios”.  Eran también los años, en que la historia registra la manera cómo los músicos de esta población, entre los que se cuenta el legendario Alejandro Ramírez Ayazo, batallaban con la creatividad para entregar el legado insuperable que los sinuanos le han entregado al país: el porro palitiao.

San Pelayo, de cuya paisaje alucinante, don Jesús Mejía Ossa, el gran defensor de la cultura popular, diría que al extender la mano se puede tocar el cielo, metáfora de la belleza ilimitada al mirar cómo se pierde la vista en lontananza en la confusión arreboles y sabanas. Pero no sólo por eso. Pablo nació donde debía nacer, una población donde en cada casa hay promedio tres músicos en la familia. Dinastía de dinastías, que nuestros estudiosos de las Ciencias Sociales están en mora de reconstruir palmo a palmo para entender la genealogía musical del país y el aporte a la identidad nacional.

Y San Pelayo tiene algo más. Una extensa cuchilla amarillenta, llena de follajes, tradiciones, leyendas y mitología lo atraviesa, convirtiéndolo en un pueblo anfibio lleno de poesía, música y mucha naturaleza: las aguas sinuosas del Río Sinú, que  conforman un paisaje de ilusión y fantasía. Precisamente ese fue el ambiente que recibió a Pablo en su cuna humilde de hombre de campo, de hombre cerrero que no se amilana ante las adversidades de la vida. Y ese ambiente de música, fiesta, río, poesía y naturaleza lo acompañó y lo despidió hasta sus últimos días.

Esa naturaleza moldea su carácter alegre, dicharachero y con un gran sentido del humor. Pero además le confiere la libertad de utilizar sus dones en beneficio de la música. Los pitos provenientes de esa naturaleza le allegaron sus primeras y sempiternas notas musicales, las que deben estar en estos momentos en valses tristes, como “Tristezas del Alma”, pero a la vez redoblando el danzón, del inicio del porro palitiao, para decirle a San Pedro, abra paso que viene Carvajal con su gaita mágica.

La gaita, instrumento también mítico, de origen indígena, que encontró en los mestizos una de las formas poderosas de expresarse musicalmente, no ha tenido la suficiente atención de nosotros sus beneficiarios en la alegría, a pesar de que, según algunas indagaciones, sobre ella descansa la base melódica de los ritmos actuales de la Costa Atlántica, tales como el porro, la cumbia, la puya, el fandango. Y Pablo era su maestro. Era su dominador. La destreza con que arrancaba ora una nota tristona, ora una dulzona, y luego esa velocidad con que medía la alegría de las  caderas y los apuros de un bailarín inexperto con una puya, portento de aquellos que con su melodía expresaban su mofa a los patronos por mentirosos, niega hijos y explotadores.  

De Sapos y Gaiteros

Cuentan que de esos motivos nació El Sapo, una puya que interpretaba Pablo con la alegría de su pueblo y con la ebullición de su mestizaje en la sangre. “Sapo ese hijo es tuyo/ en la cara se parece a ti/ en la cara se parece a ti…”, dice una corta tonada en ritmo de puya, que para reafirmar la creencia entre los cordobeses de que padre que niega su hijo más se parece a él, Pablo la interpretaba una y otra vez en cada escenario donde lo ponían, con sus inolvidables Gaiteros de San Pelayo.

Desde 1975 acompañó, fue el alma, el estandarte y la figura fulgurante de esta agrupación, que se paseó por Colombia y el mundo mostrando que nuestro mestizaje con la gaita, los tambores hembra y macho, la carraca y las tonadas tiene la vitalidad del ser humano sencillo, trabajador, alegre, descomplicado y provinciano, cualidades que nos hacen únicos e irrepetibles en el concierto internacional.

Jamás olvidó su cuna. Eso lo demuestran los títulos de sus canciones que hacían honor a las aves de sus campos, a las animales que lo acompañaron, a los objetos de valor para sus allegados, a las mujeres, a los compadres, en fin, al universo que un ser de sus cualidades tenía a su alrededor. “El Yolofo”, es una de sus composiciones como homenaje a un pájaro silvestre de color negro, amante de las virutas que dejaba la jornada del arroz pilado en un pilón artesanal por dos mujeres o un hombre para su sustento diario.

“La Golera”, hembra del golero, como llaman en esas tierras a los gallinazos, animales que el mundo les debe su gran trabajo ecológico por evitar contaminación por putrefacción, tuvo también la atención de Pablo. Y en eso se dio la mano con el pueblo paisa, que los entronizó en esa bella y juguetona danza: los gallinacitos.

La familia representa un gran respaldo para el músico sinuano. Por ello, los recuerdos se trasladan en las noches de fandangos callejeros cuando, en ritmo de puya, Pablo hacía mover al más tieso de la gallada con “La Máquina de mi Abuela”.

Puyas, fandangos, porros y cumbias fueron el universo musical de quien hoy se va, de quien hoy parte. Nos deja una estela de música, fiesta y enseñanzas, tareas que debemos emprender para que su nombre quede inscrito por siempre en las letras de oro y el molde del recuerdo como alguien que entregó su vida a la mejor causa de un pueblo: su alegría.

Se ha ido el pito, se ha ido la gaita, se ha ido la voz, se ha ido el hombre, pero ha quedado su universo para siempre en el corazón de quienes lo admiramos, lo quisimos y recibimos de él su alegría y su legado.

Cada vez que escuchemos a los Gaiteros de San Pelayo sabemos que tu espíritu de sabio y prohombre de la música rondará su melodía celestial. Por eso te decimos,

Hasta Luego Pablo.

Medellín, 14 de Enero de 2011.