La Biblioteca perdurará. iluminada, solitaria, infinita,

perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos,

inútil, incorruptible, secreta

(Ficciones: La Biblioteca de Babe, J.L. Borges, 1941)

Aficiones

 

 

Neofitus-1 se detuvo en la sección de Filosofía para retirar el volumen titulado Anaxágoras: fragmentos. Nada le inquietó, ni la penumbra ni el silencio, pero unos minutos más tarde, le vieron bajar la escalinata que conduce a la calle para no volver más.

 

Siempre hubo rumores sobre este edificio; dicen que entre sus muros ocurren cosas inexplicables. Los seguidores de estas creencias demuestran su estrechez mental, desconocen que las ficciones acostumbran a traspasar los límites de la letra impresa.

 

Que la biblioteca es circular lo saben todos. Que cada libro está duplicado es un secreto sólo conocido por los lectores más antiguos. Que se han visto tigres de bengala saltando entre las páginas de algunos ejemplares, es una certidumbre para nosotros, los Vetustos.

 

Cuentan que el edificio fue diseñado por un arquitecto loco amante de la Literatura. Después de elaborar complicados dibujos, ideó un vestíbulo oblongo del que parten largos pasillos. Cada uno de ellos desemboca en una estancia de forma circular tapizada de anaqueles. En total son veintisiete y cada una de ellas está bajo la supervisión de un bibliotecario experto..

 

Nuestra principal misión es alargar en lo posible la vida de los libros. Es necesario pasar sus páginas con extremo cuidado, para que el oxígeno acaricie la superficie del pergamino. Igualmente importante es propiciar unas condiciones de quietud. Una corriente de aire, un movimiento brusco, una simple tos, puede desencadenar la tempestad. Pese a nuestro inagotable esfuerzo, existen infinitas partículas de polvo en el ambiente. Esto y otras cosas es lo que no logran comprender los aprendices.

 

Yo tengo asignada la sala Z, allí conviven los aforismos de Zenón de Elea, la Matemática de Zorobasto, y las hazañas de Zurhán el Bárbaro. Allí todavía no han llegado, pero los recintos A, B y C ya se han visto perturbados por las carcajadas de los jóvenes ayudantes.

 

La mayoría se van pronto. Neofitus 2, impresionado por los oscuros corredores, abandonó el trabajo unas horas después de comenzar.  Neofitus 7 renunció al puesto tras escuchar voces extrañas después de haber ojeado sin permiso el tomo VII de la Horribilis Enciclopediae. Neofitus-8 intentó por tres veces retirar de la estantería el volumen IV del Annual Catalogue of Zoological Monsters.  A pesar de que estos hechos han incrementado las habladurías, siempre hay nuevos muchachos dispuestos a continuar el inventario.

 

Por algún azar, los integrantes de la plantilla gozamos de una fortaleza sorprendente, todos hemos sobrepasado ya la edad de la jubilación. El menor, Vetusto M, cuenta con 75 años; y el mayor, Vetusto S, ha cumplido los 98. A quien pueda parecer extraña esta circunstancia le diré que nuestro cargo tiene carácter vitalicio porque así se decidió. Al no existir un catálogo de obras, nos hemos visto obligados a estudiar durante años el contenido y la ubicación exacta de cada uno de los volúmenes. Todo está en nuestra memoria. Hasta ayer, éramos imprescindibles.

 

Hace meses el alcalde, interesado por el funcionamiento de esta biblioteca, mandó llamar a nuestro director, y al ser informado de nuestros métodos, pasó de la incredulidad a la cólera, asestando un puñetazo sobre la mesa y perdiendo por un momento su renombrada compostura. Primero encargó un estudio y después tomó la decisión de crear el archivo digital donde quedarán inventariados cada uno de nuestros libros. Desde entonces, un equipo de especialistas vino a instalarse con sus computadoras en el gran espacio central.

 

Hemos pasado largos años en este lugar, no diré que plácidamente, porque nuestro discurrir se ha visto sometido a los mismos avatares que el resto de los humanos, pero el contacto con la sabiduría de los antiguos maestros nos ayuda a encajar cada golpe, y sin darnos cuenta, de bibliotecarios hemos pasado a ser simples lectores. Nuestra avanzada edad nos obliga a usar gruesas lentes. Algunos se ayudan con lupas y los que apenas distinguen sombras se arremolinan cerca de otro que lee para ellos.

 

Qué será de nosotros – nos preguntamos – pero nadie contesta, sabemos que pronto nos dispensarán de la obligación de trabajar. Entonamos el adiós a los libros que pacientemente aprendimos, a los cónclaves celebrados a media voz. Y nos resignamos con dolor a perder las aficiones, porque nos gusta la vida, amamos la eternidad.

 

Urbana Luna 

(Aficiones/ en Puntos Cardinales)