Verdades absolutas y verdades relativas.

 

Dije que no y ahora va a ser que sí.

Y dije que, tal vez nunca porque jamás puede decirse nunca.

Nunca resucitó un muerto y, sin embargo, cada primavera celebramos la resurrección de uno.

Nunca existieron las verdades absolutas y aún seguimos usando la palabra mentira.

“Siempre”, “nunca”, “cierto”, “falso”, “sí”, “no”, “blanco”, “negro”… Vivimos rodeados de absolutismos donde todo es bueno o malo según quien lo nombra, según el cristal con que se mira.

Hay quien no miente jamás, quien nunca empezó una guerra, quien nunca faltó al respeto a nadie y quien siempre tiene razón. Y aún así muchos se sienten ofendidos por tan encantadores personajes… ¿por qué?

Alguien decidido a pensar podría decírselo, pero no lo entendería. Alguien cercano y con capacidad de pensar libremente podría enseñarle, pero la apertura de miras no es algo que ese alguien acepte a su lado. Y el prohombre bueno, sincero y liberal, sigue en la inopia, odiado por seres demoníacos que él mismo alimenta en una caza de brujas de la que abiertamente reniega. Él es bueno y jamás ataca a nadie (a nadie que en su verdad no lo mereciera).Porque nadie es aquel que como él no piensa. Quien como él no cree y, aunque realmente sabe que falta al respeto a esos “seres”, tiene en su fe el veredicto de que no son personas y así puede, en su interior, juzgarlos y condenarlos duramente, sin asumir la responsabilidad de ese acto.

Blanco y no negro… no es racismo.

Fe y no fanatismo… porque está escrito.

Verdad y no mentira… yo soy sincero, porque siempre digo la verdad y, por tanto, cuanto digan los demás es mentira si no coincide con mi verdad.

Y, entre tanto, seres inteligentes, o al que su corto entender lleno de trivialidades y prejuicios así lo creen de  mismos, aceptan como ciertos esos dogmas de fe y no dudan en inyectar su seguidismo a su dedo índice para convertirlo en dedo acusador y cerrar el círculo.

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, si viniste a morir por nosotros, por qué permites que en tu nombre se hagan mártires a otros hombres. Hijos preferidos, o no, de tu Padre, también sangran si los pinchan, se lamentan si les duele, lloran amargamente a la tristeza y mueren cuando la vida se les cierra ¿Y aún así no son dignos de tu misericordia? Pues perdóname o déjame si aún así no quieres entenderme. Tu verdad ya no me llena, pues me parece cruel y vanidosa. Yo prefiero la verdad inocente y sencilla que se para a pensar la verdadera razón de cada uno de los misterios de la vida y rechaza los prejuicios.

Si tu verdad es más verdad por estar escrita en un libro, piensa que siempre existe otra verdad, tan verdad como la tuya porque aparece entre las páginas impresas de otro, y que contradice a la tuya. ¿Es una verdad mayor que la otra? No. Cada verdad lo es únicamente del párrafo donde aparece.

Las verdades de fe lo son, únicamente, dentro de los templos que las alimentan.

Las verdades de ley lo son sólo con las togas puestas.

Y las demás verdades también son relativas. Hasta dos más dos debe pasar por esa criba. No en vano un matemático me mostró que hasta ese valor es relativo, porque ni en nuestro mundo el dos es siempre dos, ni el cuatro es siempre cuatro. “Quédate con la idea de que dos más dos tiende a ser cuatro”. Pero, además, si trabajamos en otras bases numéricas:

--BASE 3:   2 + 2 = 11

--BASE4:    2 + 2 = 10

Claro, que… eso también sería relativo.

Así que, si queréis ser justos, cuando alguien os argumente cualquier verdad, tened cuidado en no dejar que os definan el entorno del que se os habla o no distinguiréis la “verdad” de las palabras. Y si por azar vais a aceptar una acusación “contra” alguien, aseguraos de que acusador y acusado juegan al mismo juego, con el mismo tablero y las mismas herramientas, de lo contrario estaréis tomando partido bajo el estandarte de una verdad absoluta.

Y esta es, ha sido y siempre será, la historia del mundo y de las guerras en que los buenos siempre matan a los malos y, gracias a las cuales, Abel no volverá a morir jamás y Dios abrirá al hombre, de nuevo, las puertas del paraíso.

Punto y final (o no).