¿Qué hay debajo de las plazas? : La fábula de una lombriz extraviada

Por Daniel Schavelzon, 28 junio 2010 15:14

El artículo “¿Qué hay debajo de las plazas? : La fábula de una  lombriz extraviada”de Daniel Schávelzon ha sido publicado en la revista Todo es Historia, número 402, correspondiente al mes de enero del año 2001, pps. 50 y 51, ciudad de Buenos Aires.

Además de ser “oxigenadores” del paisaje urbano, las plazas y los parques son los únicos lugares en donde todavía palpita nuestro pasado. En efecto, la excavación arqueológica de estos espacios, desnuda y muestra ese acervo cultural aún oculto detrás de una fina capa de césped.

Si Esopo reviviera me gustaría pedirle que escribiera una fábula con el siguiente tema: preguntarle a una lombriz —a él le encantaba que hablaran los animales— por qué las plazas de Buenos Aires no son el paraíso de la lombriz. Porque la lógica indica que ser lombriz en la tierra de la pampa húmeda —¿le decían el granero del mundo?—, debería ser perfecto: metros y me­tros de profundidad de humus ne­gro, magnífico, para comer y vivir placenteramente. Pero lo divertido es que la lombriz contestaría que no, que no lo es: es más, se quejaría porque debajo de esos hermosos paisajes hay escombros, caños vie­jos y nuevos, cables varios, basura de todos los tipos y tiempos, y. más que nada, hay restos de todo lo que existió en ese sitio antes de ser plaza. Es decir. debajo de la gas­tronómica tierrita y los árboles está, lamentablemente para la lombriz, el pasado.

Esta idea, de que el pasado queda en forma material bajo la tierra en lugar de evaporarse, es interesante para nosotros, no para la lombriz—, ya que implica dos desafíos paralelos: excavar para estudiarla a la vez que desarrolla­mos los métodos de interpretación (de lectura diríamos) de este pasa­do que no está escrito en papeles ni narrado por voces, y por otra parte recuperarlo y preservarlo como parte integrante de nuestra memoria y nuestro patrimonio cul­tural.

Vista panorámica de la fuente del Parque Lezama a principios de siglo. Debajo de este apacible lugar, se buscaron infructuosamente los restos de la primera fundación de Buenos Aires. Los frondosos árboles actuales entremezclan sus raíces con precarios vestigios de sociedades pasadas.

¿Se fundó Buenos Aires en el Parque Lezama? No, al parecer no, pero la mejor forma de averi­guarlo fue ir a excavar allí buscan­do evidencias materiales que de­bieron quedar del siglo XVI y que no estaban. Había otras cosas, pero eso no estaba. Este ejemplo puede demostrarnos la importan­cia que tienen los espacios verdes para resolver problemas históricos, contestar preguntas sobre noso­tros, nuestra vida cotidiana, sobre cómo fuimos y el por qué somos como somos. Porque sí es cierto que los restos del Caserón de Ro­sas o el Pabellón de los Lagos están aún bajo Palermo, o el Café de Hansen y el sitio en que se inició el fútbol en el país. Es cierto que en la plaza Roberto Arlt estamos ex­ cavando desde hace dos años un cementerio del siglo XVIII, donde se enterraba a los afro-porteños con sus propios objetos y rituales. Por­que debajo de Plaza de Mayo están los restos de la Recova y de la primera iglesia de los Jesuitas que se instalaron allí hacia 1610. Parque Saavedra ¿aún guarda bajo tierra su canal veneciano que recorrían las góndolas desde la avenida Cabil­do? El Parque Avellaneda es la úni­ca estancia cuyo casco completo ha quedado dentro de la ciudad, ¿po­dríamos intentar interpretar los cam­bios en el tiempo del uso del terreno, los cambios en el clima, las altera­ciones del paisaje? Sí, podríamos hacerlo y algún día se hará. ¿Nos podría dar una respuesta mejor al tema de las inundaciones el reestu­diar el sistema de desagüe que hizo Descalzzi para Juan Manuel de Rosas en Palermo y que aún existe tapado por ineficientes muni­cipios del pasado que no entendie­ron para qué estaba allí? La basura arrojada en el pasado, cercano y lejano, forma conjuntos de informa­ción que nos hablan de lo que se comía, de lo que se hacía, con qué se jugaba o qué se quería esconder en cada momento del pasado. Las preguntas que podemos hacernos son finitas y allí debajo, dentro de ese repositorio, de esa cápsula del tiempo que se supone que no es destruida por las obras nuevas, están encerradas muchas de las respuestas.

Restos de las paredes y pisos de la casa de la familia de Magdalena Barriles, excavada en Parque Lezama sobre la calle Brasil. Formó partre de la hilera de viviendas que se demolieron para hacer el parque en la amplia zona que no pertenecía a Gregorio Lezama (foto colección del autor)

La ciudad de Buenos Aires se construye y reconstruye a diario. Los terrenos públicos y privados se excavan con enormes topadoras en sólo días para nuevos edificios e instalaciones de cañerías. Esto no está ni bien ni mal, se hace en función del modelo de sociedad que queremos; podemos conser­var nuestros centros históricos o destruirlos, o nuestras plazas o edificios históricos, esa es una de­cisión de la sociedad en su conjun­to (mi postura personal es una más solamente); pero debemos tener claro que las plazas y parques, además de su valor histórico. cultu­ral y patrimonial, son el único lugar que guarda evidencias materiales del pasado bajo su suelo que no han sido casi alteradas. Son el re­servorio arqueológico del pasado hacia el futuro. Sí pueden ser modi­ficadas pero con la intervención de expertos que recuperen la informa­ción que hay bajo el suelo. Si no cada vez que se haga un agujero –para algo muy útil o muy inútil —, se destruirá un patrimonio irrecu­perable; no importa que el pasto vuelva a crecer, lo de abajo habrá sido destruido para siempre.

Lo lamentamos por la pobre lom­briz de la fábula que nunca se es­cribió, pero los hombres preferi­mos que ella tenga incomodidades y nosotros una posibilidad más de interpretar nuestro pasado, de cons­truir nuestra cultura como ciudad, de preservar nuestra memoria y construir nuestra propia identidad.

Lápida excavada en Parque Avellaneda. A mediados del siglo XIX, los cementarios municipales fueron desmantelados y los fragmentos de las lápidas descartadas eran rotos y quebrados, para luego usarlos como relleno en las zonas bajas (foto colección del autor)