La industria de la muerte en Tamaulipas.

El autobús de la línea ADO hacia su parada obligatoria en la ciudad de San Fernando, Tamaulipas con destino a Reynosa. Llegaron a la terminal, bajaron dos personas y subieron cuatro, haciendo un total de 15 pasajeros en el autobús. Salió de la terminal para seguir su ruta, eran las 8 y media de la noche del 25 de marzo del 2011, salieron rápidamente del pequeño pueblo, no querían ser víctimas de los delincuentes que operan en la ciudad, sin embargo, esa noche sería la última que temerían, pues ya los estaban esperando.

Las calles de San Fernando se vacían a las 6 de la tarde. El pequeño poblado queda como pueblo fantasma al caer la noche, nadie sale de sus casas, todos se resguardan por el miedo a Los Zetas. Solo se pueden ver algunas camionetas de lujo circulando por las calles vacías, nadie se quiere topar con ellos.

El autobús iba saliendo de la ciudad, el chofer miró a lo lejos unas camionetas atravesadas a mitad de la calle y unos hombres encapuchados empuñando sus AR-15, en ese instante supo que todo había acabado. Los hombres le marcaron el alto al autobús, el chofer tuvo que detenerse. Los hombres se acercaron al autobús apuntando sus armas y gritando, "Abre la puerta cabron, muévete hijo de puta si no quieres que te pegue un tiro en la pinche cabeza”, el chofer temblando abrió la puerta del autobús, al instante subieron los hombres armados, uno de ellos le dio un golpe en la cara con su arma al chofer mientras otros dos entraban al área de pasajeros gritando, “Ya se los cargo la chingada a todos putos”, las personas que iban a bordo estaban aterrorizadas, las mujeres lloraban y los niños se abrazaban a sus padres llorando, todos estaban en desconcierto, pensaban que solo era un asalto, pero no era así.

Le ordenaron al chofer siguiera conduciendo, lo llevaron por varios metros de la carretera hasta llegar a una brecha, le indicaron que entrara por ahí, recorrieron 10 kilómetros aproximadamente en la terracería, los más largos en la vida de los pasajeros. Llegaron a una parte muy amplia y sin monte, en medio de la nada, alguna parcela, estaba muy oscuro. Ahí se encontraban 20 camionetas aproximadamente, de lujo, y también 3 autobuses de varias líneas, unos tenían impactos de bala, las llantas ponchadas, los vidrios rotos.

El hombre le indicó al chofer que detuviera la unidad, ahí separaron a hombres y mujeres, les ordenaron a todos los hombres que bajaran de la unidad. Bajaron aproximadamente 8 hombres que iban desde los 15 hasta los 50 años. Los formaron abajo del autobús, y unos hombres se aceraron a ellos y empezaron a clasificarlos, sacaron a los que veían que estaban viejos o débiles, sacaron a dos ancianos y dos que parecían enfermos, los amarraron de pies y manos y los llevaron con un grupo similar. A los que quedaron les ordenaron que se quitaran la camisa y que esperaran ahí.

Todos se dirigían a una de las camionetas estacionadas y gritaban “Háblenle al comandante” ahí se hizo presente ese hombre, que tenia vestimenta de comando en color negro, con chaleco antibalas y fornituras por todos lados, todos se dirigían a el como “Comandante”. El hombre se acercó a los pasajeros que habían bajado del autobús y les dijo con voz enérgica, tipo militar “A ver cabrones, el que quiera vivir que lo diga de una vez”, pero nadie contestó, todos miraban al suelo, ni siquiera podían levantar la mirada por el temor. Un joven como de unos 15 años se orinó de miedo en sus pantalones mientras visiblemente se veía que temblaba fuertemente como si tuviera frío y las lágrimas corrían por sus mejillas. El mentado Comandante sacó su arma corta de la fornitura y sin titubear le pegó un tiro en la frente, el muchacho se desplomó de inmediato, mientras los otros hombres lo veían temblando aun mas de miedo. “Quién más es maricón” preguntó el Comandante. Nadie respondió. “Les preguntaré por última vez, quién puta madres quiere vivir” esta vez lo hizo gritando. Y todos los hombres levantaron la mano. “Bien, se les hará una prueba a ver qué tan chingones son, el que lo logre sobrevivirá, el que no se chingo”, en eso le habló a varios de los hombres que estaban en otras camionetas y les dijo “Traigan los marros” y los hombres trajeron un mazo para cada hombre. “ A ver cabrones, la tranza es así, se van a poner en parejas, y se van a partir la madre, el que sobreviva se viene con nosotros a jalar y se salva, el que no, pues se lo cargó la verga” eso dijo en tono sarcástico, mientras sus hombres reían. Los pasajeros quedaron pasmados por la noticia, no podían creer que fuera cierto lo que les ordenaba el individuo que más bien parecía nazi que narco. Todos tomaron su mazo y se pusieron en parejas y veían a su contrincante con una mirada de miedo. “Pártanse su madre”, dijo el Comandante.

Unos de los pasajeros se acercó llorando a él diciéndole, “Por favor señor, yo no quiero hacer esto, le doy todo el dinero que traigo y mi casa pero déjenos ir”, el Comandante lo vio fijamente a los ojos, le quitó el mazo y le dijo, “Está bien pinche maricon, vete” y tan pronto el hombre dio la vuelta le pegó con el mazo en la cabeza con una fuerza brutal, el hombre cayó al suelo bañado en sangre y comandante se puso como loco dándole golpes en la cabeza con el mazo como 20 veces hasta que quedó deshecha totalmente. “Esto es lo que tienen que hacer hijos de puta, usar los huevos, el que no quiera que me diga y yo le parto su madre”, todos los hombres comenzaron a pelear entre si.

El chofer del autobús seguía con el hombre que lo interceptó junto con las mujeres y los niños dentro de la unidad. Ahí subieron varios hombres armados mas y bajaron a las muchachas que les parecían más guapas, mientras les gritaban “Muévete puta”, todas lloraban y gritaban al igual que los niños, uno de ellos dijo, “A ver perras, denme a sus cachorros” y las madres lloraban abrazando a sus hijos, que iban desde recién nacidos hasta los 8 años máximo. Los niños se aferraban a sus madres mientras se los arrebataban los sicarios. Los bajaron a todos y se los llevaron, mientras unos sicarios golpeaban a las mujeres que quedaban en el autobús.

A las jóvenes que bajaron las llevaron a una casucha donde había más mujeres jóvenes, todo estaba oscuro y sucio, y se escuchaban gritos y lamentos, ahí les arrancaron sus ropas y las comenzaron a violar. Dentro de esa casucha había aproximadamente 30 mujeres que estaban siendo violadas, otras más estaban despedazadas en el piso.

A los niños los llevaron a otra parte, en donde había unos tanques con ácido, ahí los aventaban, se oían los gritos de dolor mientras se deshacían. Y los sicarios solo reían a carcajadas, uno de ellos les gritó a los demás, “Ya va a estar el caldo”.

El hombre le ordenó al chofer que encendiera la unidad, y lo dirigió hasta un lugar en donde vio a todos los que había separado del grupo por estar viejos o débiles, estaban tendidos en el piso en una línea amarrada de los pies y de las manos. “Pasa por arriba de ellos” le dijo el sicario al chofer. El conductor lo miró atónito, no podía creer lo que le ordenaba. “Que pases por arriba de ellos o te pongo ahí para que te lleve la chingada a ti también pendejo”, le gritó el sicario al chofer a quien no le quedó más que hacer caso. Mientras conducía podía sentir como si pasara por topes, pero la diferencia es que aquí podía escuchar los gritos de dolor de las personas que estaban abajo. Las mujeres dentro del autobús lloraban sin parar por aquel hecho tan horroroso. Y los sicarios que iban dentro solo reían. Hasta que terminó con la fila de personas, le ordenaron detenerse.

Fue ahí cuando el sicario le pegó un tiro en la sien al chofer y empezó a dispararles a las mujeres abordo. Bajaron y le prendieron fuego al autobús.

El Comandante reunió a todos Los Zetas y les dijo, “Ya estuvo bueno de diversión por esta noche cabrones. Traigan a los ganadores” y trajeron a los que habían matado a su contra con el mazo y les dijo, “Bienvenidos al grupo de Fuerzas Especiales Zeta, el otro ejército”.

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·                                     Industria de la muerte

-¿Qué esperan para correr al inepto gobernador de Tamaulipas?

-¿A poco de verdad nadie sabe nada en San Fernando… y el dinero

Ricardo Alemán

Resulta aterrador, por donde se le quiera ver, que por segunda ocasión en unos cuantos meses se descubra que en San Fernando, Tamaulipas, se debe pagar —literalmente—, por seguir viviendo.

Es decir, que desde el hallazgo macabro de una ejecución masiva contra decenas de indocumentados centroamericanos, las autoridades del municipio de San Fernando, del estado de Tamaulipas y, las federales, sabían de la existencia de una verdadera industria del crimen y la muerte en esa región del país y —por indignante que resulte—, nada hicieron todas esas autoridades, hasta que conocimos la nueva masacre. Y precisamente la mejor prueba de la ineficacia gubernamental, es que el fenómeno está de vuelta, ahora contra viajeros nacionales del servicio de transporte público.

Pero lo verdaderamente aterrador —incluso más que el segundo lote de fosas clandestinas—, es que el fenómeno se repita una y otra vez, sin que los tres órdenes de gobierno puedan —no se diga llevar a prisión a los responsables—, siquiera contener esa industria de la muerte. ¿Quien es responsable de vigilar las carreteras, de la seguridad municipal en San Fernando, y en estados como Tamaulipas?

Está claro que se trata de una grave falla y, sin duda, una imperdonable irresponsabilidad de los tres órdenes de gobierno; municipal, estatal y federal, que por las razones que sean no han actuado de manera correcta a pesar de que es la segunda “camada de muerte” que se descubre en ese municipio.

Complicidad ciudadana.

Sin embargo, también es cierto que pudiera existir responsabilidad y hasta complicidad entre habitantes de San Fernando y de otros municipios de la región. ¿Por qué? Porque además del elemental sentido común, según especialistas en criminología, una industria del crimen como esa no pasa desapercibida en un pueblo, región o municipio.

Y lo explican de manera didáctica: un crimen se puede ocultar con relativa facilidad; diez crímenes es mucho más difícil mantenerlos en secreto, pero cientos de crímenes, por muy bien organizada que esté la banda criminal que los comete, es prácticamente imposible mantenerlos en secreto.

Es decir, que en el caso de San Fernando, estaríamos ante una fuga masiva de información sobre la identidad de los criminales, sus jefes, la banda completa… ¿Por qué? Porque además de matar, todos los integrantes de la banda criminal tienen familia, hijos, padres hermanos, esposa; todos ellos comen, consumen básicos, visten, tienen que hacer vida social, se divierten, mueven la economía de sus regiones… Por eso la pregunta elemental.

¿De verdad nadie en San Fernando sabe nada? ¿Nadie conoce a los criminales, a los jefes de la banda; nadie sabe, a pesar de los cientos o miles de muertos? ¿A poco nadie podría localizar decenas o centenares de fosas clandestinas? Pero si eso no convence a los incrédulos, acaso los convenza el refranero popular. Dice: “Todo se puede ocultar, menos el dinero y lo pendejo”. Es decir, ¿a donde va a parar el dinero producto de las extorsiones? ¿A poco no se derrama en San Fernando? Está claro que se trata de una industria del crimen y de la muerte.

Y es que el asesinato de cientos de personas en San Fernando, Tamaulipas, —en dos eventos mataron a 130 personas—, nos habla más que de una industria regional del crimen, que vive del asesinato masivo de personas, que por su naturaleza no puede ser ajena a distintos sectores de la población en donde se ejerce el “negocio de la muerte” —incluida la autoridad—, y que por eso opera impune.

¿Si pagas, vives; si no, mueres?

¿Cómo funciona es industria? Todo está dicho, antes, durante y después de la matanza de indocumentados. Y todo se dirá ahora y después del hallazgo de 72 cuerpos. Los criminales instalan retenes en las carreteras federales. Detienen a todo aquel que les puede reportar ganancias. Una vez seleccionados los más rentables, llaman a la familia, piden dinero por su rescate, y los liberan cuando se ha pagado éste. Otros pagan su libertad con lo que llevan; dinero o vehículos, o siendo enganchados. Los que no tienen quien pague cinco o diez mil pesos por sus vidas, son asesinados.

Cuántos miserables no tienen ni un teléfono donde localizar a sus familias; cuántos no tienen forma de comunicarse para pagar el rescate; cuántos no aceptan ser sicarios… todos los que no son rentables, son carne de fosa clandestina. Por eso se puede aventurar que, en San Fernando y municipios aledaños, la industria de la muerte pudiera reportar el asesinato no de cientos, sino de miles de personas.

Lo irracional del hecho —sólo explicable por una patología criminal—, es que los asesinos condenan a muerte a todo aquel que no reporta beneficio económico a su causa, a su negocio, como si sólo valiera la vida humana de aquellos que tienen dinero o bienes para pagar por ella y seguir su camino, claro, con vida.

Pero aún no se responde otra pegunta fundamental. ¿Por qué en estados como el de Tamaulipas, incuban industrias como la del crimen y la muerte, sin que los gobiernos estatales y municipales puedan hacer algo?

Gobernadores nini.

La respuesta, también resulta aterradora, a pesar de que partidos y políticos lo niegan. ¿Por qué? Porque desde el fin de la hegemonía del PRI en el poder presidencial, los gobiernos estatales se trasformaron de vulgares virreinatos, a poderosos feudos, donde el respectivo señor feudal hace y deshace, manda sobre las vidas y los bienes, y en donde esos gobernantes todopoderosos se dan el lujo de declarar “personas non gratas” a sus adversarios políticos —como el caso del ñoño gobernador de Veracruz—, pero que se hacen de la vista gorda cuando se trata de combatir el narcotráfico.

Pero acaso el ejemplo más aterrador de los gobernadores nini —que ni gobiernan, ni mandan, ni combaten el crimen y menos el narco—, es justo el del gobernador de Tamaulipas. Todos saben que el inepto gobernador de Tamaulipas Egidio Torre, llegó al cargo no por méritos, habilidades, cualidades o destrezas, sino porque los criminales mataron a su hermano. Es decir, llegó por lástima. Y claro, ahora da lástima. Y es que los criminales consiguieron su objetivo, porque en los hechos, en Tamaulipas no hay gobiernos estatal, y menos gobiernos municipales..

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