CARÍSIMAS señoras, tanto por las palabras oídas a los hombres sabios como por las cosas por mí muchas veces vistas y leídas, juzgaba yo que el impetuoso viento y ardiente de la envidia no debía golpear sino las altas torres y las más elevadas cimas de los árboles; pero en mi opinión me encuentro sobremanera engañado. Porque huyendo yo, y habiéndome siempre ingeniado en huir el fiero ímpetu de ese rabioso espíritu, no solamente por las llanuras sino también por los profundísimos valles, callado y escondido, me he ingeniado en andar; lo que puede aparecer asaz manifiesto a quien las presentes novelitas mira, que no solamente en florentino vulgar y en prosa están escritas por mí y sin título sino también en estilo humildísimo y bajo cuanto más se puede. Pues ha habido quienes, discretas señoras, leyendo estas novelitas, han dicho que vosotras me gustáis demasiado y que no es cosa honesta que yo tanto deleite tome en agradaros y consolaros y [...]

En nuestra ciudad, hace ya mucho tiempo, hubo un ciudadano que fue llamado Filippo Balducci, hombre de condición asaz modesta, pero rico y bien despachado y hábil en las cosas cuanto su estado lo requería; y tenía a una señora por mujer a quien tiernamente amaba, y ella a él, y juntos llevaban una feliz vida, en ninguna otra cosa poniendo tanto afán como en agradarse enteramente el uno al otro. Ahora, sucedió que, como sucede a todos, la buena señora falleció y nada dejó suyo a Filippo sino un único hijo concebido de él, que de edad de unos dos años era. Él, por la muerte de su mujer tan desconsolado se quedó como nunca quedó nadie al perder la cosa amada; y viéndose quedar solo sin la compañía que más amaba, se decidió por completo a no pertenecer más al mundo sino dedicarse al servicio de Dios, y hacer lo mismo de su pequeño hijo. Por lo que, dando todas sus cosas por el amor de Dios, sin demora se fue a lo alto del Monte Sinerio y allí en una pequeña celda se metió con su hijo, con el cual, de limosnas y en ayunos y en oraciones viviendo, sumamente se guardaba de hablar, allí donde estaba, de ninguna cosa temporal ni de dejarle ver ninguna de ellas, para que no lo apartasen de tal servicio, sino que siempre de la gloria de la vida eterna y de Dios y de los santos hablaba, no enseñándole otra cosa sino santas oraciones: y en esta vida muchos años le tuvo, no dejándolo nunca salir de la celda ni mostrándole ninguna cosa más que a sí mismo. Acostumbraba el buen hombre a venir alguna vez a Florencia, y de allí, según sus necesidades ayudado por los amigos de Dios, a su celda se volvía. Ahora, sucedió que siendo ya el muchacho de edad de dieciocho años, y Filippo viejo, un día le preguntó que dónde iba. Filippo se lo dijo; al cual dijo el muchacho:

-Padre mío, vos sois ya viejo y mal podéis soportar los trabajos; ¿por qué no me lleváis una vez a Florencia, para que, haciéndome conocer a los amigos de Dios y vuestros, yo, que soy joven y tengo más fuerzas que vos, pueda luego ir a Florencia a vuestros asuntos cuando lo deseéis, y vos quedaros aquí? El buen hombre, pensando que ya su hijo era grande, y estaba tan habituado al servicio de Dios que difícilmente las cosas del mundo debían ya poder atraerlo, se dijo: «Bien dice éste».

Por lo que, teniendo que ir, lo llevó consigo. Allí el joven, viendo los edificios, las casas, las iglesias y todas las demás cosas de que toda la ciudad se ve llena, como quien no se acordaba de haberlas visto, comenzó a maravillarse grandemente, y sobre muchas preguntaba al padre qué eran, y cómo se llamaban. El padre se lo decía y él, quedándose contento al oírlo, le preguntaba otra cosa. Y preguntando de esta manera el hijo y respondiendo el padre, por ventura se tropezaron con un grupo de bellas muchachas jóvenes y adornadas que de una fiesta de bodas venían; a las cuales, en cuanto vio el joven, le preguntó al padre que qué eran.

El padre le dijo:

-Hijo mío, baja la vista, no las mires, que son cosa mala. Dijo entonces el hijo:

-Pero ¿cómo se llaman?

El padre, por no despertar en el concupiscente apetito del joven ningún proclive deseo menos que conveniente, no quiso nombrarlas por su propio nombre, es decir, «mujeres», sino que dijo: -Se llaman gansas.

¡Maravillosa cosa de oír! Aquel que nunca en su vida había visto ninguna, no preocupándose de los palacios, ni del buey, ni del caballo, ni del asno, ni de los dineros ni de otra cosa que visto hubiera, súbitamente dijo:

-Padre mío, os ruego que hagáis que tenga yo una de esas gansas. -¡Ay, hijo mío! -dijo el padre-, calla: son cosa mala.

El joven, preguntándole, le dijo:

-¿Pues así son las cosas malas?

-Sí -dijo el padre.

Y él dijo entonces:

-No sé lo que decís, ni por qué éstas sean cosas malas: en cuanto a mí, no me ha parecido hasta ahora ver nunca nada tan bello ni tan agradable como ellas. Son más hermosas que los corderos pintados que me habéis enseñado muchas veces. ¡Ah!, si os importo algo, haced que nos llevemos una allá arriba de estas gansas y yo la llevaré a pastar.

Dijo el padre:

-No lo quiero; ¡no sabes tú dónde pastan!

Y sintió incontinenti que la naturaleza era más fuerte que su ingenio, y se arrepintió de haberlo llevado a Florencia. Pero haber hasta aquí contado de la presente novela me basta, y dirigirme a quienes la he contado.

[...]a los cuales, dejando a un lado las bromas, respondo que nunca reputaré vergonzoso para mí hasta el final de mi vida el complacer a aquellas cosas a las que Guido Cavalcanti y Dante Alighieri ya viejos, y micer Gino de Pistoia viejísimo tuvieron en honor, y buscaron su placer .

El texto que tenemos delante es un fragmento de la Jornada cuarta del Decameron de Boccaccio. Concretamente es el fragmento inicial de esta parte, en el que el autor italiano se dirige a su público y dedica algunas palabras a sus detractores; a continuación trae a colacion una breve historia divertida  y, por último, cierra retomando el discurso inicial. Como vemos, no se trata sino de parte del encabezamiento de las diez historias o “novelas” que forman parte de esta jornada del Decameron, ya que no aparece ninguno de los diez jóvenes narradores que articulan el libro y, además, el cuentecillo que leemos es bastante más breve que las novelas habituales.

Como decimos, pues, el fragmento se compone de dos parteso secuencias; veamos qué contiene cada una de ellas:

A) En primer lugar, el autor se queja de los envidiosos que han criticado sus “novelitas”, afirmando modestamente estar extrañado de que aquéllos se hayan ensañado con un texto “hunildísimo y bajo” como el suyo, ya que la mordacidad de la envidia suele atacar a objetivos más elevados.Después, tras incluir la breve historia con que ameniza su discurso, acalarará que, como dicen sus enemigos, él ha escrito un libro para disfrute de sus lectoras, que trata temas vulgares y se entretiene en tratar de amor; sí, todo ello es así, y sin embargo afirma no avergonzarse en absoluto de ocuparse de un tema que considera perfectamente digno; para apoyar su afirmación, se vale de los nombres de Dante y otros autores de gran prestigio que trataron los mismos temas.

B) El cuentecillo narra la historia de un hombre que, tras quedarse viudo, decide apartarse del mundanal ruido y vivir apartado con su hijo. En su retiro decide evitarle futuras penurias a éste ocultándole, entre otras cosas, la existencia de las mujeres, fuente de tantos pesares para los hombres. Sin embargo, el hijo crecerá y tendrá curiosidad por conocer el mundo, por lo que su padre finalmente accede a llevarlo a Florencia. Allí el hijo descubre algo que lo interesa sobremanera: las mujeres.  Con un final jocoso, en el que el padre hace un último intento por seguir escondiéndole la existencia del género femenino, se viene a interpretar que la naturaleza del amor es más fuerte que la inteligencia y que las buenas intenciones, conectando así con el tema principal del fragmento.

Como vemos el fragmento que nos ocupa entra de lleno en el tema principal del Decameron:   El amor es uno de los temas principales de esta obra. Sin embargo, el modo en que éste se concibe está aún muy alejado del amor platónico y espiritual que será  característico del Renacimiento: en la mayoría de los casos (como en el que nos ocupa)se trata de un amor carnal, de una recreación en los placeres sensuales que se repite en la mayoría de las historias. En este sentido la obra tiene un gusto aún muy medieval, si bien puede interpretarse este interés por lo carnal como un rasgo del antropocentrismo renacentista: no interesa la vida humana en tanto en cuanto periodo transitorio previo a la vida del más allá, sino, antes bien, en sí misma: en el punto de mira del autor están el cuerpo humano, sus apetitos, sus vicios y virtudes; sus limitaciones y, ante todo, un optimismo vitalista que procura extraer todos los dulzores que el mundo es capaz de ofrecer.

En cuanto a la técnica narrativa, hemos apuntado ya en la introducción cuál es la estructura de la obra: Boccaccio actúa como narrador al principio de la obra y al comienzo y al final de cada una de las jornadas que articulan la obra.

 

 Para engarzar todas las historias, Boccaccio estableció un marco de referencia narrativo o cornice narrativa: la obra se inicia con una descripción de la peste bubónica, la epidemia que golpeó Florencia en 1348, argumento que da ocasión a que un grupo de siete jóvenes

mujeres y tres hombres, que huyen de la plaga, se refugien en una villa en las afueras de Florencia. Para pasar el tiempo, estos jóvenes cuentan historias.

Cada día, uno de los jóvenes es nombrado rey de los demás, con el encargo de organizar las narraciones, así como de proponer un tema  sobre el que éstas han de versar (recurso que dota de cierta cohesión al conjunto de la obra). De este modo, bajo la guía de un director rotativo, cada miembro del grupo cuenta una historia por cada una de las diez jornadas que pasan en la villa (de ahí proviene el nombre en griego que da título al libro: δἐκα déka 'diez' y ἡμέρα hēméra 'días') hasta completar las cien narraciones que componen el texto del Decamerón.

Por otra parte es de destacar el realismo que suele caracterizar a personajes y situaciones. En este caso, en que sólo se pretendía argumentar de manera general que el amor y la pasión son fuerzas irrnunciables de la naturaleza, el autor trecentista no sabe renunciar a contar una de sus divertidas historias ambientándola en la Florencia contemporánea y sus alrededores y pintando con color local las acciones y hasta la forma de hablar de los personajes...

David Sánchez Rey