Fe en milagros 

Como buena creyente, Mariana creía en los milagros. Confiaba en que esta vez las cosas cambiarían; que comenzarían a hacerlo.

Llegó con paso firme y sereno, aunque sabía perfectamente que estaba fingiendo: un remolino de arrepentimientos, deseos ocultamente satisfechos y mucha culpabilidad se deslizaba como un río subterráneo en sus adentros. Sentía vergüenza por sus actos a lo largo de esta semana. Pequeñas derrotas ante el placer insinuante. Traiciones imperdonables que iban contra todo sentido común. Si mamá viviera para descubrirla, se sentiría profundamente defraudada.

Miró el reloj: las siete y media. La hora habitual. Siempre que venía a él lo hacía en ese momento del día. Se lo habían recomendado una y otra vez. Pero compartir información personal de ese calibre no era algo fácil. Tenía que sentirse con ganas.

Entró en el cuarto y, con cara temblorosa, ojos apretados y respiración contenida, realizó su confesión.

Todo pasó más rápido de lo esperado.

Contó hasta diez, abrió los ojos y dio un grito de horror, fracaso y consternación que hubieran dejado temblando a cualquiera. Como una confesión arrancada junto con la piel que el torturador acumula a los pies del interrogado, como un aullido quebrado entre mordiscos y empujones, peor aún que el llanto del cisne antes de morir: la desesperación de la oruga que no se ha transformado en mariposa porque aún no era el momento.

Desde la parte de debajo de la casa, subiendo las escaleras a toda prisa, gritaba papá:

-¡¡Mariana, cariñooo!! ¿Te pasa algo? ¿¿Qué demonios…??

 

Al entrar en el cuarto de baño se encontró a su hija adolescente acurrucada en una esquina, con las manos tapando su cara y las piernas estiradas en el suelo en un gesto que recordaba a la marioneta recién abandonada en el trastero. La toalla de los Aristogatos que le habían regalado las Navidades de hacía tres años apenas lograba tapar su cuerpo rollizo, motivo de su desdicha. Un cuerpo que bien podría llegar a albergar los más intensos placeres de la carne, un cuerpo que podría dar cobijo amorosamente a sus hijos y, más tarde, a sus nietos. Un cuerpo que enamoraría a más de un hombre. Pero todo eso ella aún no lo podía comprender, no lo imaginaba. No era capaz de concebir las posibilidades de todo cuerpo. Sólo era una chica, una adolescente. Necesitaría que pasase tiempo, que Cronos le diera perspectiva.

 Ella era Mariana la “fuertecita”, como le decía la abuela;  Mariana la “gorda”, como le decían algunos de sus amigos; Mariana la paciente con “obesidaa”, como le decía el médico.

 Como un guiño cruel, una irreverente cifra permanecía en el rostro insobornable de su confesor diario, ese a quien tantas y tantas veces había rogado que restase unidades a su condena, que lograse el milagro por ella, que tuviese piedad… que bajase su peso: la báscula.