Los 28…

E
se es mi número, evidentemente…

Un 28 nací, un 28 me casé… Pero es otro 28 el que me golpea ahora, poco tiempo después de haber ingresado a mi sexta década: los 28 escalones de mi casa… Escalones de madera, amplios, cómodos, elásticos, dulces… Para llegar a mi vieja casa me tomaba el 5 o el subte hasta la estación Río de Janeiro.

Así como se recuerda un paisaje, recuerdo esa marea que transitaba por el empedrado de Avda. La Plata, como un río de aguas azules teñido con sangre. Se podía ver desde el comienzo la suave bajada, mas allá la subida, la vieja iglesia a la derecha y el humo de los chorizos a la pomarola allá a lo lejos. Caminé ese empedrado hasta que cada uno de sus adoquines se grabó en la planta de mis pies.

El recuerdo de la caminata, esa caminata en compañía de cientos de personas que tenían mi mismo destino, que se vestían el alma con mis mismos colores. Despacio, paso a paso mientras sentía en el pecho el golpeteo cada vez más fuerte de un corazón que ansiaba llegar a la fiesta… Porque hacia allí íbamos todos: a una gran fiesta.

Una parada para comerme un chorizo, para comprarme una Coca, alargaban de ex profeso el viaje. Porque, aunque no lo crean, ese simple trayecto a pie era un gozo. Ya cuando cruzaba Pedro Goyena la algarabía de la multitud te estremecía los huesos… Y todos sonriendo, todos cantando, todos envueltos en las mismas banderas, con los mismos gorros, uniformados por ese amor inexplicable que llevábamos adentro del corazón. En Inclan me compraba La Voz del Estadio, cosa de estar al tanto de los otros resultados.

Sin motivo, sin razón, aunque yo ingresaba por Inclan siempre llegaba a la entrada de la Tribuna y me paraba un rato a charlar con mis amigos de siempre, el ruso Libedinsky, el Madera, el Tano Ciammarra y el Gallego Fernández (el Madera y el Gallego se murieron, del Tano y del Ruso hace añares que no sé
nada.

Y después de un rato de tertulia alguien daba la voz de dispersarse: “Vamos, que comienza el segundo tiempo de la tercera y juega un pibe que la rompe… ” Y el Tano y el Gallego agarraban para la Bodas de Oro, el Madera y el Ruso entraban por la puerta principal del club y yo enfilaba para la entrada de Inclan.
No era cábala, pero era un acuerdo tácito: cada uno a su lugar de siempre y nos encontrábamos a la salida.

La entrada por Inclan me subyugaba: ese ambiente de “gente de la casa” que se respiraba, los vitalicios charlando en el hall de entrada, algunos discutiendo con el que controlaba el ingreso por alguna cuota no paga o algún carnet olvidado y, sobre todo, encontrarse con alguna vieja gloria, de esas que mi viejo
nombraba y que yo miraba con respetuosa admiración sin atreverme siquiera a hablarle.

Y después de un lado el gimnasio, del otro lado la pileta olímpica. Y allí estaba él… En pantaloncito de fútbol, descalzo y sin camiseta, sentado con la cara apoyada en la pared, los ojos cerrados, mirando al cielo para que éste le regale todo el sol, con esos pelos rubios cayendo sobre sus espaldas. Mamita…! Cómo
lo admiraba…!  Y aunque quería gritarle “Chau, Loco” mi respeto hacia que solo me animara a decir su nombre casi como en un susurro lo suficientemente alto como para que Doval bajara lentamente la cabeza, levantara su mano izquierda y me dijera “Chau, pibe”, que para mi era como si tocara la gloria con las manos.

Después, de acuerdo a cómo veía la cosa, me daba una vuelta por el Restaurante (siempre te encontrabas con alguien importante) o agarraba para la cancha. Entraba al pasillo que rodeaba el estadio separando las gradas de las plateas bajas, pegaba alguna pispeadita a la Platea de Damas, echaba una mirada a la
Platea Oficial, y caminaba para la tribuna.

Me comía otro chorizo en ese humeante puesto que estaba pegado al alambre de la platea baja, y apuntaba hacia mi lugar… Yo no necesitaba mirar… Automáticamente caminaba hasta el lugar exacto donde la vieja torre de iluminación no me tapaba la  vista, y comenzaba a subir, uno, dos, tres, cuatro…
veintiocho.  Allí me paraba.  Lentamente giraba en redondo para ver a mi alrededor a las caras habituales de anónimos amigos de todos los domingos, me acomodaba la bufanda y comenzaba lo mejor de la fiesta…

Después de casi 20 años de esa misma y feliz rutina, el destino, las malas artes de los malos dirigentes, me robaron mi casa, me robaron esa parte de mi vida que hoy rememoro con una lágrima que se esfuerza por no salir.

Pero yo sé que en algún momento voy a recuperarla. El día que el de arriba me invite a pasar, estoy seguro que todos los que se fueron, desde Jacobo Urso para acá, se encargaron de recoger los tablones y rehacer mi casa. Sé que algún día volveré a contar hasta 28…

  Carlos Francisco Manrique
  El Pampa.