W. Montgomery (2005). Conductismo y marxismo: Un debate interminable. En El Quehacer Conductista, Hoy: Ensayos de Interpretación Teórica y Practica (Cap. 10: pp. 185-217). Lima: Revista Peruana de Filosofía Aplicada, 2005.

Para algunos este tema de marxismo versus conductismo puede parecer “trasnochado”, o “superado” por la marcha de los acontecimientos mundiales, que es de todos conocida. Para mí está simplemente “sumergido”. Subyace soterradamente, sobre todo en el espíritu de cierta juventud universitaria radical (encuentro siempre un porcentaje de ella en mis cursos de análisis conductual aplicado), y en las no pocas alusiones implícitas o explícitas que profesionales de diversa índole hacen al asunto. Yo mismo me ocupe otrora de eso en publicaciones estudiantiles, pero, de hecho, no lo traería de nuevo a mi interés momentáneo de no haber leído al colega Calviño (2003) en una de las páginas de psicología-online, tratando sobre algo que a él, como buen psicólogo cubano y marxista, le subleva: Skinner, erigido a través de una conocida encuesta de la APA como el psicólogo más importante del siglo XX (Haggbloom, S.J.; Warnick, R; Warnick, J.E. y otros, 2002). Y además, ni Wallon ni Merani (conspicuos representantes de la “psicología dialéctica”), entre otros “favoritos”, fueron nominados en la extensa mención.

Dejando aparte dicha lista, con la cual tampoco concuerdo en líneas generales, quiero concentrarme en una frase del Dr. Calviño que  me evoca el recuerdo de viejas épocas de obtusa polémica emprendida por psicólogos marxistas contra el conductismo. Pues bien, siguiendo su tradición, el colega citado refiere en su ácido discurso a los estudiantes que gracias a Skinner la psicología del continente se llenó de ratas y palomas, lo que, evidentemente, constituye una alusión demasiado clara a la supuesta (e incompetente) orientación antihumana del enfoque conductista. A esta mención reciente de antiguas formas de pensar puedo añadirle algunas otras (Merani, 1968, Chomsky, 1984; Segarte, 1986; Torre, 1988 y González Rey, 1997), que coinciden en sostener maniqueos argumentos políticos y académicos sobre el conductismo radical (véase por ejemplo el primer ensayo del presente volumen):

Las mismas críticas son las usuales entre “humanistas”, “constructivistas”, “psicodinámicos” y, en general, “postmodernos”, generalmente producto del prejuicio y de la desinformación sobre el quehacer científico. Sólo las menciono para ejemplificar el fuerte antagonismo dogmático que muchos colegas marxistas sienten contra la ciencia del comportamiento, lo que suele invalidar cualquier intento de comunicación racional con ellos. Pese a esto, como reacción a los ataques y en el afán de esclarecer las cosas, algunos psicólogos conductistas abordaron el tema de las relaciones entre marxismo y conductismo, a veces de manera frontal (Holland, 1973; Ardila, 1980; Ribes, 1985, Freixa i Baqué, 1985), y a veces tangencialmente (Ribes, 1976; Mercado, 1978; Dorna y Mendez, 1979). Más recientemente, Ulman (1991) hizo lo propio al identificar puntos de cercanía entre el segundo Skinner  (“seleccionista” por oposición al “mecanicista”) y Marx; lo que, por supuesto, de nada sirvió.

No busco tampoco revisar tales debates tal como fueron planteados entonces, sino actualizar el tema a la luz del desarrollo reciente de la teoría de la conducta,  en confrontación directa con lo que dicen los clásicos del marxismo.

UN PUNTO DE PARTIDA DOCTRINARIO

                

Algunas especificaciones sobre la evolución actual del conductismo se pueden hallar en un anterior ensayo de este libro y por eso remito a ellos (pp. 16-18):

Un vistazo rápido permite percatarse de algunos avances logrados en su conceptualización de los fenómenos psicológicos:

a) Se ha pasado del énfasis en las relaciones causales, a la consideración de un abanico amplio de variables contextuales y relaciones estocásticas.

b) Se ha incorporado a la descripción de la conducta en términos de simple crecimiento cuantitativo, también la descripción cualitativa con niveles evolutivos y jerárquicos de desarrollo.

c)  Se ha pasado de la concepción de procesos lineales en las contingencias, a la concepción de interdependencias funcionales entre las variables que las componen.

 La filosofía que ampara tales cambios puede decirse que ancla en una forma de postpositivismo, que Staats (1989) llama “positivismo unificado”. En resumen, según sus proposiciones:

a)  La observación de los fenómenos está en interacción continua con la teoría que los sustenta, de modo que no hay observación “pura”.

b) La construcción teórica es progresiva, con multinivel y multimétodo, sin reduccionismos axiomáticos.

c)  Las condiciones sociales influyen en el desarrollo de la ciencia.

Dicho esto, paso a discutir tres cuestiones relativas al tema que me parece que se prestan a encontrar gran similitud entre el pensamiento marxista y el conductista, por encima de sus diferentes focos de atención: 1) el uso de la dialéctica como herramienta conceptual, 2) la delimitación del objeto de estudio de la psicología, y 3) el papel del lenguaje y del trabajo en la estructuración y cambio del entorno social.

DIALÉCTICA  Y CONDUCTISMO

 

La lógica de Marx no es tan explícita, por ello muchas veces hay que advertir sus principios entre líneas. Eso remite el problema de si su interpretación ha de ser: a) formalista, o b) a manera de canon: un método estructuralista cuya función es crítica y heurística. Tras el fracaso de las fórmulas simples y rotundas que caracterizaron la alternativa formal en la versión “oficial“ del socialismo, parece evidente la pertinencia de la segunda opción. Sin embargo la tarea no es fácil, porque los clásicos no carecieron de irresoluciones. Como señala el sociólogo Gurvitch, en los textos marxistas es poco clara la diferencia entre dialéctica y explicación, al punto que ambas se funden en una sola filosofía “escatológica”, perdiendo credibilidad. Las simplificaciones debidas al uso indiscriminado de la dialéctica —entre las cuales se halla el ejemplo del “grano de cebada que germina”, según lo nota Manuel Sacristán—, ilustran el abuso del lenguaje de tipo cosmológico (enunciativo de verdades supraempíricas), aplicado a condiciones que pertenecen más bien a un nivel reductivo de la ciencia positiva. Dicho abuso crea metáforas y falsas antinomias en la órbita gnoseológica de cualquier disciplina. Una consecuencia de esto en psicología es la inadecuada oposición que hacen los colegas marxistas entre “esencia” y “fenómeno”  como símil  para conceptuar el objeto  de estudio (psiquismo como esencia y conducta como fenómeno).

El “fetichismo de la antinomia” resulta exagerado en tal formulación, al reducir todos los procesos y procedimientos a la polarización entre los contrarios. De esto proviene el uso consagrado por el diamat al confundir “oposición real” (a nivel físico) con “oposición dialéctica”  (a nivel conceptual). En una obra juvenil, Marx (1841/1987, p. 400) describe la primera en términos que no dejan lugar a dudas sobre sus características: entre dos extremos reales no hay mediación posible, no se postulan entre sí ni se complementan el uno al otro. La diferencia entre ellos es de existencia (por ejemplo “polo” y “no polo”: [A] y [B]), donde cada uno presupone al contradictorio y es indesligable de él ([A]  también puede expresarse, en este sentido, como “No-No-A”). Ribes (1985), comentando al filósofo marxista Coletti, juzga desde esta perspectiva que:

 

“... en la oposición real, los antagonismos, la anulación, la repulsión recíproca, se dan sin contradicción... Ni en Engels, ni en Plejanov, ni en Lucaks, ni en Mao, se ha hecho la distinción... Por ello, se descubre como oposiciones dialécticas lo que en realidad constituyen oposiciones reales: la acción y reacción mecánicas, la diferencial e integral matemáticas, la carga eléctrica positiva y negativa, etc. “(pp. 272-273)

 

Por encima de esas dificultades, puntualizadas para mostrar cómo no se debe manejar la dialéctica, una lectura de Marx es aconsejable sin mediaciones, al estilo althusseriano, para descubrir in situ los elementos que integran su canon. Tres textos son, en especial, valiosos: el prólogo a la primera y el postfacio a la segunda ediciones de El Capital, y El Método de la Economía Política. En ellos se señala la necesidad de partir de unidades analíticas moleculares para el estudio de los procesos (que Lenin, 1915/1974; también relieva en su escrito Sobre la Dialéctica):

 

“... la forma mercancía del producto del trabajo o la forma valor de la mercancía son formas económicas celulares... Se trata... de minucias, pero de minucias como las que son objeto de la anatomía microscópica”. (Marx, 1867/1970b, p. 70)

 

Esto se completa explicando las partes a la luz de la totalidad estructural que las define mediante reflexiones conexas que elaboren conceptualmente lo concreto abstrayendo su contenido en el concebir (“la anatomía del hombre es la clave de la del mono: Marx, 1867/1970c, p. 94). Son estas mismas reflexiones las que, a decir de Engels (1876/1989), a partir de la acción recíproca o interacción general, permiten separar los fenómenos considerándolos aisladamente, descubriendo así las relaciones de causa-efecto.

¿Qué tiene que ver esto con el conductismo? Creo que el nexo es claro, porque ilustra las ventajas de una concepción materialista científica frente a los enfoques idealistas. El plano de que parten aquellos—centrado en la formalización de operaciones mentales más que en los esquemas de acción que supuestamente los originan—, hace imposible convertir lo sintético en analítico de buenas a primeras (Piaget, por ejemplo, niega que hayan unidades de análisis en psicología). Se limitan, así, a enunciar generalidades poco prácticas, por más que, como en el caso del inefable Edgar Morin, su retórica contenga muchas alusiones a la “complejidad”.

Por el contrario, la teoría de la conducta sí puede partir de las “células” que reclamaba Marx: los eventos discretos (funciones estímulo-respuesta) son al comportamiento lo que la mercancía es para la Economía Política, y esa discretización no agota el continuo, pues así como Marx tomaba la mercancía en referencia a un circuito de intercambio dentro del sistema económico (complejizándolo a través del desarrollo de sus contradicciones), el conductismo asigna un papel a las funciones E-R dentro del concepto de “campo” o sistema de interdependencias entre las variables contingenciales que conforman un episodio de comportamiento.

Se distinguen ciertas pautas dialécticas de análisis que no están ausentes en el andamiaje técnico de la teoría conductual: en primer lugar “captar con todo detalle el material, analizar sus diversos formas de desarrollo... y descubrir la ligazón interna de éstas” (Marx, 1867/1970b, p. 79), y en segundo lugar distinguir una “acción recíproca” donde “la suma total del movimiento en todas sus formas cambiantes sigue siendo el mismo” (Engels, 1876/1989). Respecto a lo dicho, el campo interactivo (organismo-ambiente físico, biológico y social) se concibe conductualmente gracias a un análisis de proceso que requiere el seguimiento de las transiciones operadas en su ocurrir, por lo que incorpora los eventos discretos como actividad que modifica el aspecto histórico del campo, modificándolo o confirmándolo en diversos momentos de su dinámica. A su vez, hay configuraciones particulares que establecen etapas jerárquicas de aptitud  individual progresivamente superior. En semejantes contingencias históricas y situacionales cambiantes, el análisis molar contextúa al molecular (Ribes y López, 1985; Gifford & Hayes, 1999; Staats, 1996/1997).

DEL OBJETO DE ESTUDIO

 

La delimitación del objeto de estudio psicológico que hacen los marxistas (la actividad) parece ser completamente diferente a la de los conductistas (la conducta), pero en realidad hay una relación de inclusividad. La conducta implica siempre la actividad total del organismo en interacción con un entorno: se “piensa”, se “actúa” y se “habla” sobre algo, no en el vacío. La actividad es uno de los factores (el sujeto) que intervienen en el episodio, y no puede ser responsable del evento integral. El cuadro teórico de principio que traza Leontiev (1972/1978) pinta la actividad como un complejo de transformaciones mutuas entre sujeto y objeto, pero en lugar de considerar como clave  justamente dichas transformaciones —lo que sería una auténtica concepción interactiva—, su análisis se polariza en el sujeto adoptando, en la practica, una posición organocentrista y dualista.

Desde esta perspectiva no queda otra cosa que postular una actividad “interna” (el reflejo psíquico) y otra “externa” (el comportamiento) interrelacionadas. En un enlace como éste se requiere un lugar espacial de tipo “psicofisiológico” (similar a la glándula pituitaria de Descartes) para sustantivar el modo en que “lo material se convierte en espiritual”: el sistema nervioso central. Así,  se termina cayendo en una reducción biologicista, ubicando lo psicológico como un sistema de relaciones que solamente incluye los eventos externos en la medida que lo afectan estructural y funcionalmente. Sin embargo, a pesar del intento por internar el locus mental en el cerebro, los datos que ofrece Luria (1974) lo presentan más como estructura facilitadora de actividad que como productor de la misma, pues de las tres fuentes de activación cerebral que menciona, sólo una, la “economía interna”, es inherente a su organización biológica. Las demás se dan en niveles de campo psicológico sensorial y lingüístico.

En cambio, para una auténtica concepción interactiva (y, por tanto dialéctica) de la conducta, pierde significado la división entre los componentes que participan en un episodio, por lo que las dicotomías “interno-externo” , “acción-cognición”, “conducta-psiquismo”, etc.;  son inútiles. Se trata de relaciones concretas que son contraídas en un mundo real, como señalaban Marx y Engels (1848/1965):

 

“Las premisas de que partimos... son... premisas reales, de las que sólo es posible abstraerse en la imaginación. Son los individuos reales, su acción, sus condiciones materiales de vida, tanto aquellas con las que se ha encontrado como las engendradas  por su propia acción. Estas premisas pueden comprobarse, consiguientemente, por la vía puramente empírica.” (p. 19)

 

Es claro que la conducta, definida como interacción entre el individuo y su entorno físico, biológico y social, no requiere de una mediación “mental” para constituirse en conocimiento, puesto que tal mediación tendría que ser extrainteractiva, y, epistémicamente, egocéntrica: el sujeto centrado en sí mismo y en su acción. Asimismo, todo ejercicio conductual es simultáneamente cognoscitivo, pues según decía Marx en sus tesis sobre Feuerbach, no hay conocimiento real, sensible o racional aislado de la práctica social o individual del sujeto (véase Ulman, 1991).

 

“No es de extrañar —Dice Ribes (1982, pp. 30-31) refiriéndose al mentalismo— que al soslayar la praxis como proceso de conocimiento, se redujera al sujeto cognoscente a un sujeto contemplativo e interpretador de la realidad, con un conocimiento internalizado como mundo de representaciones, cuyas descripciones verbales se constituían en la validación racional de la existencia de las palabras y conceptos como cosas. Su reificación configuró la mente.”

 

Referente a esto, el proceso sistémico de “excentración” o de “descentramiento” con respecto a la imbricación sujeto-objeto es un elemento básico en la historia de cada ciencia. Pero tal proceso no parece consistir, como sugerirían Merani y otros psicólogos “marxistas”, en cambiar al sujeto egocéntrico por el sujeto epistémico (coordinador de sus propias acciones consigo mismo y con los demás). Este asunto ha llevado a un interesante cuestionamiento por parte de Althusser hacia Lucien Seve. Juzga el primero de ellos que la filosofía burguesa se ha apoderado de la noción jurídico-ideológica de sujeto, para categorizarla primariamente y para plantear la cuestión del sujeto cognoscente (el ego cogito, el sujeto trascendental kantiano o husserliano), de la moral y de la historia. En tal sentido:

 

“Este problema... en su posición y en su forma no tiene ningún sentido para el materialismo dialéctico. Este lo rechaza, pura y simplemente, como rechaza (por ejemplo) la existencia de Dios... para ser materialista dialéctica, la filosofía marxista debe romper con la categoría de Sujeto como Origen, Esencia y Causa, responsable en su interioridad de todas las determinaciones de “el Objeto” exterior... y no puede contentarse, para salir del paso, con una categoría como la de “excentración de la Esencia” (L. Seve), porque se trata de un compromiso ilusorio que, bajo la falsa “audacia” de una palabra perfectamente conformada en su raíz (excentración) salvaguarda el vínculo umbilical entre la Esencia y el Centro, y permanece por lo tanto prisionero de la filosofía idealista: como no existe Centro, toda excentración es superflua o mendaz.” (Althusser, 1974, pp. 77-78)

 

El sujeto epistémico no puede ser, pues, “centro” de nada, so pena de caer, como efectivamente caen los psicólogos marxistas o dialécticos, en el idealismo. A pesar de que la psicología soviética en sus últimos años se acercó a una concepción sistémica, sus limitaciones derivadas del rechazo al pensamiento proveniente de países geopolíticamente competidores le restó potencial empírico. Esto queda ilustrado por la directiva irreprochable de Lomov (1981): “El enfoque estrictamente científico no sólo requiere que se esclarezca la ley objetiva, sino también se esboce su esfera de acción, como asimismo las condiciones en que sólo ella pueda actuar” (p. 134), que va seguida después por una confesión: “Lamentablemente, no disponemos todavía de procedimientos y medios bastante estrictos para describir la situación (experimental o de la vida) como un sistema” (p. 138). Pero si los soviéticos, liberados de su prejuicio geopolítico, se hubieran fijado en los diagramas conductuales de Findley (1962), hubieran visto que la posibilidad de esa praxis ya existía mucho antes, elaborada ¡como no! desde la perspectiva conductista. Hoy existen incluso procedimientos tecnológicamente más avanzados gracias a los modelos de ecuaciones estructurales y variables latentes (Corral y Obregón, 1998).

En suma, deduciendo a partir de los asertos marxistas provenientes de las fuentes primigenias, “conocer” es “hacer”, es comportarse en relación con un contexto determinado y refinar esa relación en base a sucesivos contactos que la modifican. Términos como los de “pensamiento”, “percepción”, “memoria”, etc., son reificaciones mentalistas de comportamientos suyo nivel cualitativo de complejidad es mayor gracias a la intervención del lenguaje, por eso se dice que son producto de la práctica social. No son entidades no físicas. Existen como propiedades de ciertas interacciones entre el individuo y su entorno, cuya sofisticación no está dada por el sujeto (como hablante, preceptor o pensador), sino por las características multifactoriales de la relación conductual en que participan tanto el sujeto como el objeto (Kantor, 1982; Ribes y López, 1985). La cuestión de si el sujeto desempeña un papel “activo” o “pasivo” dentro del episodio pasa a ser algo relativo a la perspectiva paramétrica particular que se adopte. Algunas veces puede requerirse enfatizar situaciones en las que “el comportamiento determina al ambiente”, y viceversa, todo a condición de no explicar el segmento total a partir de esas simplificaciones.

LENGUAJE, TRABAJO Y CAMBIO SOCIAL

 

Sin duda, la infraestructura compuesta por los sistemas de producción y distribución de la riqueza es la matriz de las contingencias que presiden las pautas macroculturales. Por lo tanto, al observar éstas últimas con el objetivo de cambiar sus bases, se tendrá que acudir a un análisis científico de las contingencias que las sostienen, su génesis de desarrollo  y su relación con la infraestructura. Esto es, en palabras de Lenin, el verdadero “análisis concreto de la situación concreta”: un análisis experimental y tecnológico del comportamiento social. Recientemente se han postulado los conceptos de macrocontingencia (Ulman, 1998) y metacontingencia (S. Glenn, cit. por Andery y Serio, 2003), para designar la múltiple relación entre las prácticas culturales-intitucionales y las resultantes de su ocurrir, así como sus interacciones con el actuar de los individuos, donde cada cual funciona como actor y como creador de ambiente para la acción de otros.

Un examen de los conceptos referentes a la conducta y las leyes del comportamiento económico (la utilidad marginal, la oferta y la demanda, etc.), muestra muchas similitudes entre ellas. Por ejemplo, es claro que los principios de privación-saciedad del estímulo que afectan los parámetros de respuesta (fuerza, duración, latencia, magnitud) de un individuo, están involucrados también con situaciones económicas en que la disponibilidad o cantidad de trabajo que lleva la producción de algún objeto o evento, determina su valor de consumo (Staats, 1975/1979). Así, a mayor escasez  de un producto necesario, se puede decir que  su valor reforzante aumenta, y viceversa. Esto podría extenderse igualmente a las relaciones de intercambio interindividual, como lo ha mostrado Homans (1961): no es lo mismo comunicarse con un amigo entrañable después de tres días que después de tres años. Allí, la cantidad de tiempo de “privación” afecta la reacción emocional. Incluso las relaciones de compra-venta se puede decir que funcionan de manera muy parecida a las relaciones de intercambio puramente social: cuando se señala que todos “vendemos” nuestra personalidad (aptitudes, empatía, solidaridad, etc.), se alude sin duda al esfuerzo que las personas hacen por ser reforzantes para los demás, y así poder ser reforzados a su vez. Todo con miras a maximizar el placer y minimizar el castigo.

Engels (1876/1983) hizo un estudio de las leyes biosociales que influyeron en el paso “del mono al hombre”, recalcando la interrelación de factores laborales y lingüísticos. Esto tampoco está en contradicción con una visión conductista, ya que el plano de las relaciones sociales está dentro del sistema de prácticas interindividuales que imponen a la reactividad humana su sello convencional: el trabajo y el lenguaje. Ellos imprimen a tales interacciones propiedades y dependencias intrínsecas funcionalmente autónomas de la biología y del entorno inmediato. El trabajo le da un realce vinculatorio a los objetos creados o transformados como objetos de uso (redes sociales de producción y consumo), y el lenguaje individualiza dicha relación estableciendo sistemas de “intencionalidad” (mediante la rotulación de posibilidades), que le permiten al individuo desligarse de las características físicas del episodio. El lenguaje, como comportamiento, posibilita el intercambio de objetos y productos subyacente, en el sentido de relación económica básica, al trabajo como comportamiento también. Esto incluye las formas complejas en que se intercambia la fuerza de trabajo por una porción del valor del producto producido (Ribes, 1985), marco en el que se halla, probablemente, lo que Seve (1969/1972, p. 143) llama “conexión de esencia primordial” entre la psicología y el materialismo histórico. En efecto, el estudio de la práctica social individual sin aislarla, “genética ni contextualmente, del sistema de relaciones sociales en que se dan”, y sin caer en la reducción organocéntrica y mentalista de las teorías tradicionales, es un paso importante para convertir a la psicología en una verdadera “ciencia de lo psicológico”.

Al decir de Blanck (1989), dos motivos fundamentales llevaron a la concepción materialista dialéctica hacia el rechazo del conductismo: una, la propuesta watsoniana de la “exclusión” de la consciencia como objeto de investigación, y otra, el “razonamiento simplista, mecánico y un poco tonto” (p. 96) de que dicha corriente es el producto ideológico reaccionario de la cultura norteamericana.

Pues bien, no deben ser obstáculo las disquisiciones idealistas sobre la “consciencia”, dado que ésta no es otra cosa que un campo interconductual plasmado por prácticas convencionales lingüísticas en relación con eventos, objetos u otros individuos (el “ser social”). No pueden caber dudas sobre ello si se examina rigurosamente el análisis de Marx y Engels (1848/1965) sobre el “ser consciente” y su conexión con el lenguaje (pp. 26-31): el ser de los hombres es su vida real (o sea su interacción con el entorno) y se expresa, como consciencia real, en el apremio del intercambio con los demás hombres y con la naturaleza en el producto social llamado lenguaje. La consciencia, entonces, no es algo abstracto. Es, en cuanto tal, saber (Marx, 1844/1974). Por eso se estructura en torno a un proceso de aprendizaje. Aprendemos a ser conscientes (y humanos) en el transcurso de nuestra historia interactiva, de ahí que para estudiar y modificar este fenómeno se requiere basar los procedimientos en ciertas leyes, las leyes del aprendizaje en sus múltiples combinaciones.

En cuanto al asunto del conductismo como “producto imperialista”, las características negativas de la sociedad capitalista, sobre todo en los países subdesarrollados, son harto conocidas por los analistas conductuales: la división de clases, la injusta distribución de la riqueza, la caótica disposición de las relaciones productivas, la impronta de ideologías precientíficas en la educación y en la vida cotidiana, la carencia de servicios y de infraestructura frente al elevado índice de población, los intereses subalternos de las clases gobernantes, etc. No es que Skinner (1971/1982), haya ignorado, por ejemplo, la existencia de la lucha de clases, pues la connotó como “un modo rudo [es decir, no técnico] de representar la forma en que los hombres se controlan unos a otros” (p. 238). Lo que pasa es que los científicos y tecnólogos ansiosos de solucionar problemas no van a estar repitiendo discursos político-ideológicos sin mayor correlato práctico. Como él mismo dice: “La Utopía que simplemente describe una mejor forma de vida sin indicaciones de cómo se va a lograr no sirve” (Skinner, 1982).

En este sentido, más allá de la retórica trillada de críticas y propuestas utópicas que acostumbran hacer los sectores autodenominados “progresistas” y antiimperialistas”, el análisis conductual ha definido dos vías prácticas para el cambio social. Una se podría llamar “remedial” y otra “estructural”.

La vía “remedial” se vale del enorme desarrollo tecnológico de la ciencia del comportamiento para aliviar los males señalados promoviendo estilos de vida saludables y competentes, programas comunitarios de habilidades de comunicación, negociación, solución de conflictos interpersonales, comportamiento cooperativo, de moral convencional y postconvencional, autocontrol y afrontamiento racional, etc. Por otro lado, el propósito de la vía “estructural”  es el cambio sociocultural de raíz, inspirado en el diseño de comunidades hecho a manera de experimento piloto, con una población pequeña donde la propiedad sea colectiva, no haya líderes conspicuos ni una clase dominante, ni tampoco embarazo en aceptar ajustes tal y como se hace en una investigación. Los principios aplicados serían los del refuerzo positivo, con mínimo castigo y sin uso del temor (Skinner, 1982). De hecho, la comunidad experimental, inicialmente ficticia, ha dado lugar ya a varios experimentos sociales reales (por ejemplo la comunidad Los Horcones, de México). Se pueden hacer muchas críticas a esta propuesta, incluyendo la de que es un producto “imperialista y reaccionario”, pero lo cierto es que, al revés de las caóticas alternativas “revolucionarias” y del fracaso del “socialismo real” , aún se mantiene en pie y cuenta con la tecnología necesaria.

Una objeción común a cualquier intervención social conductista es su “inadecuación a nivel humano”, pues ¿cómo principios obtenidos a través de la “experimentación con ratas y palomas” podrían servir a este noble fin? Dejando de lado que quienes dicen esto desconocen absolutamente las características de continuidad filogenética entre las especies, las leyes del aprendizaje, y la inmensa cantidad de investigaciones conductuales educativas y social-comunitarias en las cuales se han confirmado muchos de esos principios básicos, supongamos sólo por un momento que tienen razón, y respondamos que, aún así, los principios funcionan. Así lo admite un terapeuta cubano en la propia Cuba:

 

“Reconocemos al sistema de ficha o de bonos, en nuestra simpática y eficaz premiación anual a los mejores trabajadores, que ajustan su conducta laboral, ciudadana y revolucionaria de modo a merecer los bonos o banderines mensuales que va acumulando para poder sentarse en la tribuna junto a Fidel o para tener prioridad en un viaje turístico... También reconocemos a la reestructuración cognitiva que modificó juicios de valor en un ciudadano indiferente o contrario a la Revolución que, modelando, imitando o ensayando la actividad social y reforzándose con la apreciación colectiva, llegó a la conducta meta de adecuación social.“ (Sorin, 1982; p. 364)

 Sin comentarios.

CONCLUSIÓN

 

Sin pretensiones de agotar el tema, he tratado de confrontar la esencia de lo que dicen textualmente los clásicos marxistas con las formulaciones teórica y empírica de la ciencia del comportamiento, por encima de la aparente separación de los discursos científico (de la teoría conductual) y cosmológico-dialéctico (de la teoría marxista). Como señala Freixa i Baqué (1985), en la época de Marx y Engels no existía la psicología experimental positiva, y por lo tanto éstos carecían de una referencia terminológica y conceptual suficiente para plasmar ideas más claras acerca de los fenómenos psicológicos desde un punto de vista materialista. Utilizaban el vocabulario filosófico y coloquial que tenían a mano para hacer entender que el protagonismo estaba en la realidad ambiental (o en el cerebro como producto de ésta) y no en la mente, pero sin llegar a precisar dicho aserto tal como se debía.

La articulación entre marxismo y conductismo debería ser útil para ambos enfoques. Mientras que el marxismo se beneficia con las herramientas empíricas de la metodología conductual y con la traducción de sus supuestos teóricos a un lenguaje técnico propio de la ciencia especializada; la teoría y la práctica conductuales se enriquecen con las nociones dialécticas y macroestructurales marxistas (Ulman, 1995). Haciendo un esfuerzo de síntesis, independientemente de sus distintos focos de atención, se podrían identificar hasta siete puntos principales de amplia convergencia o complementariedad académica entre marxismo y conductismo, con la salvedad de que también se podría mencionar cierto número de diferencias. Ellos:

1)  Se guían por una filosofía de la praxis específica que compete a sus objetos de estudio (“análisis concreto de la situación concreta”), con pragmatismo y utilitarismo (“la práctica es el criterio de verdad”).

2)   Tienen una visión determinista de los fenómenos, basando sus análisis en principios legales que combinan unidades molares y moleculares (respuestas, desempeños y “macrocontingencias culturales”).

3)  Son materialistas y antidualistas. Lo “ideal” (lo cognitivo) está subordinado a las interacciones materiales (los contactos organismo-ambiente). Consideran la consciencia humana (sistema de valores, autoconcepto, autorregulación, etc.) como un producto histórico-social.

4)   Son contextualistas sistémicos (“dialécticos”). Conciben la realidad como un todo dinámico, compuesto de intercambios recíprocos entre las partes, subordinando los elementos a las relaciones que los engloban (teorías de multinivel acumulativo-jerárquico-evolutivo).

5)   Simpatizan con el seleccionismo evolutivo, considerando lo presente como producto de sus interacciones formadoras. La conducta humana y las formaciones sociales operan análogamente a las formas de adaptación evolutiva de las especies.

6)   Consideran que el conocimiento real del mundo y sus fenómenos se puede lograr a través de sucesivos contactos con los eventos y su transformación (“el pudín se prueba comiéndolo”).

7)   Proponen el cambio social por medios científicos, basados en la comprensión de las leyes que lo gobiernan tanto a nivel estructural como interindividual.

Creo que ninguna de las tendencias psicológicas que se han reclamado marxistas hasta hoy llegan a ser realmente consecuentes con estos puntos. La mayoría caen en lo que Engels (1894/1981) describía como “viejo amable método ideológico... apriorístico, y que consiste en no registrar las propiedades de un objeto estudiando el objeto, sino en deducirlas demostrativamente a partir del concepto del objeto” (p 85). Así, al tener poco contacto con el “objeto” (que en este caso es el comportamiento concreto), sino a través de sus reificaciones conceptuales mentalistas (el “reflejo psíquico”), hay como resultante demasiado verbalismo y poca praxis. Es natural que por esa vía retórico-especulativa, y por sus prejuicios geopolíticos, los psicólogos “marxista-dialécticos” hayan llegado a congeniar mucho más con las corrientes idealistas de la psicología que con el conductismo.

REFERENCIAS

 

Althusser, L. (1974). Para una crítica de la práctica teórica. México: Siglo XXI.

Andery, M. A. y Serio, T. M. (2003). Metacontingencias y dialéctica: ¿Son incompatibles? Revista Latinoamericana de Psicología, 35(3), 273-280.

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Blanck, G. (1989). Dialéctica y conductismo. Aprendizaje y Comportamiento, 7(1), 95-102.

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Chomsky, N. (1984). El proceso contra B. F. Skinner. En F. W. Matson (Dir.).Conductismo y humanismo  (pp. 73-95).. México: Trillas.

Corral, V. y Obregón, V. (1998). Aplicaciones del modelo de variables latentes a la teoría de la conducta. Acta Comportamentalia, 6, 73-86.

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