Cuando un Presidente del Gobierno se baja los pantalones ante el mundo entero, a los ciudadanos no les queda otra opción que sacar los huevos. Así el destino ha querido que mientras Rajoy balbuceaba en el Parlamento una justificación infame sobre el porqué está haciendo el exacto contrario de lo que prometió en campaña electoral (“Los españoles no podemos elegir si hacer o no sacrificios. No tenemos esa libertad”) los 200 mineros de la “marcha negra” que salieron de Asturias y de León el pasado 22 de junio llegaran a Madrid y se plantificaran debajo del Ministerio de Industria para reclamar sin pelos en la lengua sus derechos y los de todos los trabajadores.

A esta gente, con los pies llagados, con los músculos deshechos, cocidos por el sol después de una vida pasada bajo tierra y condenados al paro sin previo aviso, el Presidente les ha dicho “necesitamos que nos presten dinero”. Mala suerte la de encontrarse en el sitio equivocado en el momento equivocado: una pena que no fueran los amigotes de Bankia, la banca-juguete del ex-presidente del FMI Rodrigo Rato y de todo el PP, los que se colocaran ayer por la mañana junto al Ministerio de Industria. El dinero, para ellos, para pagar sus agujeros, lo pone Europa y se cobra los intereses no en euros sino en democracia: la única cosa honrada que dijo Rajoy en su discurso de ayer es que no somos libres. Han sido entonces una farsa las elecciones de las que él ha salido Presidente.

Entrenada a la solidaridad, la gente de Madrid se ha volcado con los mineros, paliando así la vergüenza generada por la negativa a ocuparse de ellos expresada por el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, gobernadas por el PP. El carbón no le hace gracia a nadie, contamina, es caro y las técnicas de extracción se han quedado obsoletas pero si pedimos pensar en un plan de reconversión del sector y recolocación de los trabajadores, automáticamente nos volvemos subversivos y sólo tenemos derecho a ser aporreados. Las minas en este país existen desde mucho antes que se inventara Cristo, pero para planear cerrarlas y dar la espalda a todas esas familias que de las minas viven desde hace generaciones ha bastado un año y el 63% de ayudas menos.

Los mineros de la “marcha negra” y muchas de las personas que ayer los apoyaron experimentaron en su piel ese desgastadísimo concepto de “sangre, sudor y lágrimas” que Rajoy estaba esgrimiendo ante el Parlamento “al estilo de Churchill”, como dijo algún demente del PP sin sentido de la Historia y del ridículo.

Además de los mineros están sus mujeres, valientes e insustituibles organizadoras de la logística de buena parte del recorrido; y están esos otros compañeros que desde hace 45 días han decidido quedarse enterrados como forma de protesta contra los recortes.

Su causa se ha convertido en la causa de ese español cada 4 que en el futuro, según la OCDE, no tendrá trabajo. La causa de quien ha entendido perfectamente que el modelo español de crecimiento, basado en el crédito, ha quebrado; y mientras el Gobierno se preocupa de salvarle el culo al abstracto mundo de finanza se van al traste la economía real y el tejido productivo del país. La causa de los que saben que las alternativas existen pero no tienen nada que ver con la inmolación del estado de bienestar.

Los mineros españoles, así como los obreros que pertenecen al sindicato Fiom en Italia, son símbolos de cada una de las luchas por la dignidad. “Orgullo de todos nosotros”, les gritaba la gente al verlos pasar, “sois cojonudos”. Gente que los tiene bien puestos.