MANUEL JOSÉ QUINTANA, Poesías, 1802


Ariadna. 1898. Jonh William Waterhouse.

Colección privada.

Ariadna

¡Nadie me escucha!... ¡Nadie!... El eco sólo,

eterno compañero

de este silencio lóbrego, responde

a mi agudo clamor, y mudamente

mi mal aumenta y mi dolor presente.

¿Y es aquesto verdad? ¿Pudo Teseo

sin mí partir, y pudo

desampararme así? ¡Pecho de bronce,

de todo amor y de piedad desnudo!

¿Qué te hice yo para tan vil huida?

Le vi, le amé; mi corazón, mi vida,

toda yo suya fui, toda... El ingrato,

¿Qué no me debe? Encadenado llega

a la cretense playa,

destinado a morir: su sangre odiosa

al monstruo horrible apacentar debía,

que en la prisión del laberinto erraba.

¿Qué hubiera él sido sin la industria mía?

Entra, combate, vence, y coronado

de nueva gloria se presenta al mundo.

Esto era poco: enfurecida y ciega,

frenética después, mi hogar, mi padre,

todo lo olvido a un tiempo, y me confío

al amable impostor enajenado

con su halago y su amor mi tierno pecho;

¡Falso amor, falso halago! ¿Qué se han hecho

pasión tan viva y perdición tan loca?

Yo lloro aquí desesperada en tanto

que el pérfido se ríe

de mi amor lamentable y de mi llanto.

          Pero no, no es posible

          que tan amantes lazos

          los haga así pedazos

          una argra ingratitud.

                    (Levántase exaltada hacia la tienda).

Dame lecho a mi bien. Ahí tú que fuiste

de mi gloria testigo mira ahora

el triste afán que mi interior devora.

¡Así mientras sus labios me halagaban,

y en tanto que sus brazos me ceñían,

ya allá en su pecho las traiciones viles

este lazo fatal me preparaban!

¡Oh unión inconcebible

de perfidia y placer! ¡conque engañoso

puede ser el halago, y la ternura

lleva tras sí maldad y alevosía!

Yo triste, envuelta en la inocencia mía,

al delirio de amor me abandonaba;

tú sabes cuál mi seno palpitaba,

tú viste cuál mi sangre se encendía,

y cómo de su boca engañadora

deleite, amor y perdición bebía.

          Dos ayer éramos,

          y hoy sola y mísera

          me ves llorando

          a par de ti.

          Mira estas lágrimas,

          mírame trémula,

          donde gozando

          me estremecí.

          ¿Qué se hizo el pérfido?

          mi angustia muévate,

          y haz que volando

          torne hacia mí.

Vuelve, adorado fugitivo, vuelve,

yo te perdono. El ardoroso llanto

que ora inunda mi rostro y me le abraza,

enjugarás; reclinaré en tu pecho

mi atormentada frente, y aplicando

tu mano al corazón, verás cuál bate

de anhelo palpitante y de alegría.

Mas ¡oh! mísero y ciego devaneo;

mientras imploro al execrable amigo,

lleva el viento consigo

mi gritar, mi esperanza y mi deseo.

Y esto, ¡oh! dioses, sufrís y va seguro

y contento el perjuro

por medio de la mar, que le consiente

sin abrirse y tragarle. ¡Oh! tú, divino

astro del claro día, sol luciente,

sagrado autor de la familia mía.

Mira el trance terrible a que he venido,

mírame junto al mar volver llorando

la vista a todas partes, y en ninguna

asilo hallar a mi fatal fortuna,

mírame perecer sin un amigo

que dé a mi suerte lamentable lloro.

¿Donde, dónde volverme? ¿A quién imploro?

Muerte, no hay medio, muerte; este es el grito

que por do quiera escucho; ésta la senda

que encuentro abierta a mi infelice suerte.

Brama el mar, silba el viento, y dicen: «Muerte»

Y muerte hallaré yo... Las ondas fieras

que senda amiga al seductor abrieron,

me la darán... ¡Qué horror! Un sudor frío

baña mi triste frente, y el cabello

se eriza... Sí... Las veo;

Las furias del averno me arrebatan

tras de sí a fenecer... Voy desgraciada

víctima del amor... ¡Ah! Si el ingrato

presente ahora a mi dolor se hallara,

quizá al verme llorar también llorara.

¡Más no, mísera! Muere; el mar te espera,

el universo te olvidó, los dioses

airados te miraron

y sobre ti, cuitada, en un momento

el peso de su cólera lanzaron.

  ¡Oh qué triunfo tan bárbaro y fiero!

  avergüénzate, cielo tirano,

  avergüénzate, o dobla inhumano

  mi tormento y tu odioso rencor.

  ¿Dudo? ¿Temo? ¿A qué atiendo? ¿Qué espero?.

  dame ¡oh! mar, en tu seno un abrigo,

  y las ondas escondan conmigo

  mi infortunio, mi oprobio y mi amor.

                                                (Arrójase al mar).