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A OVIDIO CARLOS NOCEDA:                               Por: Guillermo Horacio Gerarduzzi.

Escribo - o, al menos, intentaré hacerlo – a tu querida memoria. A vos que me apreciaste más allá de mis muchas imperfecciones, al entrañable amigo que nunca me escatimó su apoyo, al que siempre estuvo cerca en los momentos bellos y, sobre todo, en los ingratos.  Pero de ellos no hablaré: sólo diré que no faltaste en ninguno…

 

Sé bien que al escribir, aunque lo haga a título meramente personal por las relaciones que nos unieran, soy consciente que, a la vez, he de referirme a ese ser humano formidable que fuiste; a quien supo honrar la vida y pasó por este mundo dejando una estela luminosa. Seguro estoy que quienes tuvieron la suerte de conocerte y de disfrutar de tu amistad, abonarán mis palabras.

 

Sé, también, que aún no ha elaborado mi alma la resolución del duelo (y sospecho que necesitará mucho tiempo aún para lograrlo). Pero estoy seguro que ha de llegar el día en que, elevándome por sobre la congoja, agradeceré al destino, la inmensa fortuna de haber contado siempre contigo.

 

En el estado espiritual en que ahora me encuentro,  pasan por mí desordenadamente momentos de ira contenida tras los silencios, de rebelión, de impotencia, de dolor y angustia, y de aplastante tristeza.

 

Vanamente busco hoy asumir el hecho irreversible de la finitud humana en búsqueda de alivio, recurriendo a las palabras  de quien, con belleza descarnada, nos puso de frente a la cruda realidad:

 “Mirar el río hecho de tiempo y agua

Y recordar que el tiempo es otro río.

Saber que nos perdemos como el río

Y que los rostros pasan como el agua” (Arte Poética – Jorge Luís Borges)

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Sí, es así: Nos vamos yendo por el río del tiempo y de la vida y, más temprano que tarde, pasaremos. Sí, no es  nada nuevo…

 

Pero esa es la demoledora verdad que nos dicta la recta razón. Más ella, torpemente, ignora las razones que anidan en el alma: es ahí donde la resignación por tu partida demora en llegar. Y, en mí dolor, vuelvo una vez más a intentar asumir la realidad, en los versos de quien supo decirlo como nadie:

 

“De estas calles que ahondan el poniente,

Una habrá (no sé cuál) que he recorrido

Ya por última vez, indiferente

Y sin adivinarlo, sometido

Al que prefija omnipotentes normas y una secreta y rígida medida

A las sombras, los sueños y las formas

Que destejen y tejen esta vida.

 

Sí para todo hay término y hay tasa

Y última vez y nunca más y olvido

¿Quién nos dirá de quién en esta casa,

Sin saberlo, nos hemos despedido” ( “Limites”, JLB)  

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Querido: Dicen que de los Persas legaron a la humanidad el mandato siguiente: “Cuando tu naciste, todos sonreían,  sólo tu llorabas: Vive de tal forma que cuando tu mueras, todos te lloren, sólo tu sonrías”. Es probable que tú no conocieras esas palabras, pero tampoco las precisaste para orientarte en la dirección que ellas señalan: Pasaste por este mundo conduciéndote de tal manera que elevaste el proverbio al rango de tu primera máxima de vida: Por eso hay tantas lágrimas en los ojos y en las almas de los que aquí quedamos…

 

Pero si es cierto que “Aquel que tú crees que ha muerto, no ha hecho más que adelantarse en el camino”  (Séneca), te pido que en ese sitio hacia donde partiste y al que tenemos las esperanza de llegar todos, me reserves un lugar cerca de ti, para tener allí también, la dicha infinita de contar con tu amistad y tu cariño por toda la eternidad.

 

EN EL PRIMER MES DE TU PARTIDA (SANTA FE, 26 de abril de 2012).

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