Parece tan lejos ahora 1989, cuando dejé el mundo para no volver. Parece pero no es tanto; veinte años no es nada para la vida de una persona de mi edad. Muchos se preguntarán qué me pasó, como si fuera un hecho muy misterioso. Sin embargo es muy simple: me cansé de la gente, de lo difícil que es tener a alguien verdaderamente cerca, y me subí a este barco mental donde nadie me molesta, donde sólo respiro y pienso. Pienso en colores, en cosas abstractas, en un olor a rosas pálidas medio moribundas, en el mar, en la noche. Pienso en estas cosas y mientras sonrío para mis adentros. Seguro que mi boca allá en mi cuerpo está quieta como la boca de un muerto. Mi cara debe tener mucha barba ya, y no creo que nadie se acuerde de limpiarme ni de cuidarme. Yo también olvidé muchas cosas en este tiempo. Lo último que olvidé es el nombre de mi mamá. No me acuerdo si era Alicia, Elcira o Elvira. Me acuerdo parte de su cara, una sonrisa, y su ojo derecho medio tapado por un mechón de pelo rubio. Me pregunto cuánto tardaré en olvidar también esa imagen, hasta que me quede solamente el brillo en ese ojo que se multiplica y después sólo una sensación, un color asociado con un sentimiento tibio, y después ni siquiera eso. Sé que el lenguaje tampoco me va a durar para siempre, pero todavía converso conmigo mismo, como metido en una bolsa. Hay mucha paz acá. Así debe haber sido mi espera para llegar al mundo. Y así como en aquél momento seguramente no todo era oscuridad, ahora tampoco lo es. Entre la negrura de mi mente distingo una silueta que parece ser un árbol o un hongo gigante. No puedo ver bien a qué distancia está, y no sé si me dirijo a él o si está creciendo. Pero eso es mi mundo ahora, un color negro que vira al rojo pálido y la silueta del árbol (o el hongo) y el olvido a mi lado, como con forma de nada. Allá afuera no estoy seguro de que el mundo siga siendo mundo, o si se agotó como una pera reseca dejada en la ventana y yo vivo solamente porque estoy enchufado a alguna máquina que me mantiene con vida.

Mi plan final es inventarme una canción corta y fácil de recordar. Y cuando la termine, voy a cantarla una y otra vez, y va a ser mi despedida de todo. Al final en mi mente sólo van a existir las palabras de la canción, no voy a poder tener otras ideas que no sean la canción, y de a poco también la canción se irá transformando en un sólo sonido, y hacia ese sonido, o quizás sea un color, o un lugar tibio, voy a ir con todo mi ser a apagarme para siempre.