El lío de mis pantalones

Braulio Llamero

Nunca debimos pararnos ante aquel escaparate. Nunca debió mi madre preguntar que si me gustaba alguno de aquellos pantalones vaqueros. A ella  se le puso cara de terror cuando le dije que sí y le señalé el que más.

-¿Ese?

-Sí-

-Pero, hijo, ¿no ves lo que cuesta?

-¿Es caro?

-¡Carísimo! Por ese precio, sé dónde podemos comprar cuatro vaqueros. Y bien buenos y bonitos.

-¡Pero no serán Wayne!

-¿Y eso qué es?

-La marca. Parece mentira que no lo sepas. Sale en la tele todos los días. Son los mejores vaqueros que hay. Y no se rompen nunca. En la tele los golpean contra el suelo, les pasa un camión por encima, los tiran por un precipicio... Y nada, no les pasa nada. Están siempre como nuevos. Es lo mejor de lo mejor, mamá.

Nada. No la convencí. Dijo no sé qué de crisis, y de ahorro, y de los rollos esos que siempre dicen los mayores para no comprar lo que queremos. Me agarró de un brazo y me obligó a ir con ella a una tienda feísima. Tenían vaqueros en oferta. Por 999 pesetas daban uno. Por 1999, tres.

Miré a mi madre horrorizado:

-¿No estarás pensando en comprarme esos?

-¿Qué tienen de malo estos pantalones, si puede saberse?

-¡No son de marca conocida! ¡Saldrán malísimos!

-Y tú no eres más que un mocoso presumido. Ya veremos si salen buenos o malos.


Me los hizo probar. Yo estaba rojo de vergüenza. ¡Mira que si pasaba algún amigo y me pillaba con
aquello!

-¿Te quedan bien?

-¡¡¡¡¡No!!!!

-No seas mentiroso. Te están perfectamente. Nos llevaremos tres, para aprovechar la oferta.

-¡No me los pondré jamás! -chillé, hecho una furia.

-Pues irás desnudo por la calle.

A partir de aquel momento anduve de un humor de perros. Me ponía malo pensar en el día siguiente. Porque para colmo mi madre, ¡que es ASÍÍÍ... de cabezona!, se había empeñado en que al día siguiente tenía que ir al cole con los pantalones nuevos. Le respondí que no, y que no, y que no. Pero, por desgracia, bien sabía yo quién se salía siempre con la suya.

Pasé una noche horrible, terrible, tenebrosa, fatal e interminable. En cuanto cerraba los ojos, tenía una pesadilla. Soñaba que llegaba al colegio y que todos vestían los preciosos y duros pantalones Wayne. Y al verme a mí, con mis pantalones feos y blandengues, se mataban de risa:

“¡No tiene Wayne, no tiene Wayne!”

“¡Qué paleto! ¡Vaya pantalones...!”

“¡Uuuuuuhhhhh...! ¡Qué feo está Miguelín!”

Y así todos.

En otro sueño, me quitaban los pantalones y le hacían lo que a los Wayne en los anuncios. O sea, los golpeaban contra el suelo: y se rompían en pedazos. Los tiraban bajo las ruedas de un camión: y quedaban hechos un trapo inservible; los lanzaban por un precicipio: y se deshacían en el aire como polvo.

-¿Ves? Tus pantalones no valen un pimiento.

Se reían. Todos. Y yo, sin pantalones y muerto de vergüenza, solo deseaba que hubiera un terremoto para que la tierra me tragara.

Por la mañana, aún hice un último intento para salvarme del desastre.

-Por favor, mamá, deja que me ponga otros pantalones.

-¿Por qué?

-En el colegio se burlarán de mí...

-¿Por qué?

-¡¡No son de marca conocida!!m ¿Es que no te das cuenta? -le dije con desesperación.

-Eso es una solemne tontería. Los chicos de hoy  sois inaguantables con las marcas. ¿Quién se va a fijar en eso? Nadie...

Estaba claro. No había salvación. Era inútil pelear. El destino quería que hiciera el ridículo, y lo haría.

Arrastraba los pies camino del colegio, para retrasar un poco lo inevitable. Abrigaba la esperanza de llegar con la clase ya empezada. Así no le daría tiempo a nadie para fijarse en mi pantalón.

Pero los días negros son negros hasta el final. Cerca de la puerta del colegio me encontré con Rubén, con Rebeca y con Blas. Eran de mi clase, también ellos, por lo visto, habían ido arrastrando un poco los pies. Y también tenían cara de sueño y de bastante malhumor. Nos miramos con sorpresa. Y entonces, los cuatro a la vez, nos fijamos en que todos estrenábamos pantalones vaqueros.

-¿Son Wayne? -Me preguntó Rebeca, un poco colorada.

-No. ¿Y los tuyos?

-Tampoco. Son de unos malísimos y muy baratos que mi madre...

-¡Los míos igual!

-¡Y los míos!

Todos eran de la marca fea y de los de “tres por 1999 pesetas”. Solo que, de pronto y no sé por qué, se nos marchó el enfado y nos dieron ganas de reír. Y entramos muertos de risa en el colegio. Y los demás, al vernos tan contentos, ni siquiera se fijaron en la marca de los pantalones.

¡Menos mal!