La importancia del "Libro del Exercicio Corporal", escrito por el médico andaluz Cristóbal Méndez y publicado en Sevilla en 1553, reside en que fue el primer libro impreso dedicado totalmente al ejercicio, escrito por un médico. No existe ningún otro tratado como éste en la literatura renacentista, adelantándose en diecisiete años a la obra de Jerónimo Mercurial "De arte gimnástica" -editada en 1569-, que sigue, sin embargo, un criterio mucho más técnico.
El tema del ejercicio físico y de sus beneficios para la conservación de la salud -auténtico precursor del concepto, tan actual, de medicina preventiva-, despertaba gran interés en la época en todas las clases sociales. El Libro del doctor Méndez recoge, hace ya más de cuatrocientos años, la idea clave del papel que el ejercicio puede jugar en el logro del necesario equilibrio físico y mental del individuo, de la necesidad de conservar la salud del cuerpo para lograr la del alma. Desde esta perspectiva, el auxilio del médico resultaría necesario, no tanto para curar la enfermedad, como para proporcionar las normas y consejos más adecuados para prevenirla y evitarla.
Prevención, mejor que curación, podría ser la máxima extraída de este libro, cuya lectura recomienda el autor especialmente a todos aquellos que se consideran sanos, para que, siguiendo sus consejos, puedan mantener tan privilegiado estado.
Aunque con anterioridad se había tratado el tema del ejercicio físico o higiénico (desde Galeno hasta Arnau de Vilanova o Luis Lobera de Ávila, coetáneo de Méndez), nunca una obra había estado enteramente dedicada al mismo.
Convencido de que el ejercicio físico es el medio más eficaz y más fácil para conservar la salud, Méndez se propuso, según nos cuenta reiteradamente, mostrar los grandes provechos que se pueden obtener de su práctica, y aconsejar y asesorar sobre el ejercicio más adecuado según la edad, el sexo, el clima o la estación del año. Repite en varias ocasiones que él se limita a decir lo que hay que hacer, con independencia de que cada cual quiera o pueda seguir sus consejos.
Dado el marcado carácter utilitario que quiere conferir a su obra, la escribe en castellano, y no en latín, como era habitual en los textos académicos de la época. En lugar de seguir la práctica, tan extendida entre sus coetáneos, de citar a muchos autores antiguos en apoyo de sus afirmaciones, opta por basarse en su propia experiencia o en la de personas conocidas por él. Abundan en el libro las anécdotas, algunas francamente divertidas, que contribuyen a configurar un cuadro lleno de colorido de la España y la Andalucía del momento -creencias y costumbres, alimentación, juegos más practicados- y las citas a los diversos lugares en los que estudió o residió, o que simplemente visitó -Granada, Sevilla, Salamanca, México-.
Si bien la obra de Cristóbal Méndez no es precisamente un modelo de solidez argumentativa, y con frecuencia su razonamiento peca de ingenuo, aunque él recurra reiteradamente a la expresión "como queda mostrado", resulta sorprendente la claridad con la que establece algunos conceptos, como la diferencia entre movimiento, trabajo y ejercicio. Éste último debe reunir varios requisitos indispensables para obtener de él todos los beneficios posibles: libertad -que sea voluntario, característica que lo diferencia del trabajo-, ambiente lúdico -que en él se encuentre placer-, continuidad, progresión en el esfuerzo...
Otra aportación interesante es la utilización del ejercicio como medida de rehabilitación motriz para los enfermos o los que padecen algún impedimento, así como para los convalecientes.
Tratado Primero, en que se trata qué sea ejercicio y sus provechos, y de su facilidad, y para qué se inventó
Capítulo primero, donde se pone qué sea salud, y cómo todo lo creado tenga necesidad de ella, y dice sus grandes virtudes, y muestra el autor la intención que tuvo para hacer este libro
Capítulo segundo, donde se prueba cómo la conversación de la salud es de mayor perfección y primor que su reducción y preservación. Y dice cómo muchos animales naturalmente curan sus enfermedades
Capítulo tercero, de cómo el ejercicio es la cosa más fácil de las que conservan la salud
Capítulo cuarto, donde se pone qué sea ejercicio y de los movimientos que se hallan en nuestro cuerpo
Capítulo quinto, de los efectos del ejercicio y cómo fue hallada la lumbre, según los antiguos
Capítulo sexto, donde muestra cómo el movimiento produce calor, y las opiniones que acerca de esto se hallan
Capítulo siete, de la cuarta opinión, la cual prueba cómo más naturalmente el movimiento produce calor
Capítulo octavo, donde se muestra de qué manera el ejercicio en cualquier cuerpo humano produce calor
Capítulo nueve, cómo este calor de otra manera se aumenta en el cuerpo humano con el ejercicio
Capítulo diez, donde se pone para qué fue necesario el ejercicio en el cuerpo humano
Capítulo once, de los provechos grandes que se siguen del ejercicio
Capítulo doce y último del primer tratado, de las condiciones que ha de tener el ejercicio para conseguir por él los provechos que hemos mostrado
Tratado segundo, de la división del ejercicio, y pone el particular y cuál es el mejor de Y cuál es el mejor de todos, con otras dignas, muy provechosas de saber para el propósito
Capítulo primero, donde se divide el ejercicio y dice cuál sea el particular, y comienza a mostrar cómo se han de ejercitar los órganos del sentido
Capítulo segundo, del ejercicio de los ojos, con otras cosas que al propósito se traen
Capítulo tercero, de cómo se ejercita el órgano del olfato
Capítulo cuarto, del ejercicio de los otros órganos del sentido, y tráense otras cosas muy provechosas para conservar la salud
Capítulo quinto, de cómo se ejercitan las virtudes animales
Capítulo sexto, del ejercicio de la cogitativa y de la memoria
Capítulo séptimo, de los ejercicios particulares de las otras partes del cuerpo, y se nota qué es lo que se ejercita en los juegos
Capítulo octavo, donde se nota cómo muchos trabajos corporales se pueden tomar por ejercicio para que hagan muy gran provecho
Capítulo nueve, del ejercicio particular de las mujeres, y del que las señoras pueden hacer para ser aprovechadas en la salud
Capítulo diez, donde se pone cómo cualquier oficial en su oficio, aunque sea trabajoso, puede hacer ejercicio muy ordenado y con sus condiciones para conservar la salud
Capítulo once, donde enseña que el mejor ejercicio y más provechoso de los particulares es el pasear
Capítulo doce, donde se prueba cómo en el tal ejercicio del pasear se halla la tercera condición, que es tomar placer y alegría, y se prueba cómo es el ejercicio común y pone tres cosas que son necesarias para que no dañen este ejercicio y los demás
Tratado Tercero, del ejercicio común y cuál sea el mejor de ellos, y de otras cosas él convienen
Capítulo primero del tercer tratado, qué sea ejercicio común, y pone cuáles son los ejercicios más comunes
Capítulo segundo, que trata del común ejercicio que a los mancebos conviene. Y dice otras cosas no poco sabrosas
Capítulo tercero, de otros ejercicios que hay también comunes, y pone una regla muy buena que se requiere en el ejercicio, y dice cómo, de los ejercicios comunes, es el de la pelota
Capítulo cuarto, donde se muestra cuán fácil sea el ejercicio del juego de la pelota, comparado a todos los ejercicios comunes
Capítulo quinto, donde se pone cuán solícito ha de ser el buen jugador de la pelota y las condiciones que ha de tener, y cómo el buen capitán ha de tener lo mismo
Capítulo sexto, donde se dice cómo en el ejercicio del juego de la pelota se ejercita todo el cuerpo, y dice cómo en él no hay ningún daño. Y pone la orden que se ha de tener de lo que en él podría haber
Capítulo séptimo, del ejercicio que en cada edad se requiere para conservar la salud, y pone aquí del de la infancia y del de la puericia
Capítulo octavo, del ejercicio de las otras edades
Capítulo noveno, del ejercicio que convenga para algunas enfermedades, y pónese para ejemplo una cura que el autor hizo en un enfermo
Tratado Cuarto, del tiempo en que ha de hacer el ejercicio, y pone otras cosas muy buenas
Capítulo primero, del tiempo en que se ha de usar el ejercicio
Capítulo segundo, de cómo se conoce cuándo son acabadas las digestiones dichas, y lo que se ha de hacer antes del ejercicio
Capítulo tercero, de lo que se ha de hacer después de comer y cenar, y si ha de haber algún ejercicio, y la orden que se ha de tener en el sueño
Capítulo cuarto, del ejercicio para cada tiempo del año
Capítulo quinto, de lo que se ha de considerar en el ejercicio y cuál sea el propio de las complexiones
Capítulo seis, de lo que se ha de hacer después del ejercicio
Capítulo sexto (error del autor o impresor, puesto que éste es en realidad el capítulo séptimo), cómo se ha de ejercitar el que tiene alguna parte del cuerpo flaca porque no le venga daño del movimiento, y pone el perjuicio que podría venir del mucho ejercicio
TRATADO PRIMERO, EN QUE SE TRATA QUÉ SEA EJERCICIO Y SUS PROVECHOS, Y DE SU FACILIDAD, Y PARA QUÉ SE INVENTÓ
Capítulo primero, donde se pone qué sea salud, y cómo todo lo creado tenga necesidad de ella, y dice sus grandes virtudes, y muestra el autor la intención que tuvo para hacer este libro
Dice Galeno que la medicina es ciencia de los sanos y enfermos y neutros, que son los que entre éstos median, que ni están enfermos del todo ni se pueden decir sanos. Todas estas tres partes que en esta división se ponen tienen por fin la salud, la cosa mejor y más necesaria que se puede pensar. Porque al sano el médico le ha de conservar en la salud que tiene, al enfermo reducirlo a la que perdió, y al neutro preservarlo que no venga a perder la que tiene.
Y puesto que es verdad que todas las cosas se hacen por el fin, y él es el que muestra el bien o el mal que se espera, con razón nuestra medicina es de mucho precio y valor, pues su fin es esta salud. Y que sea esto así está muy notorio, porque no hay cosa creada que no tuvo o tiene necesidad de conservarse o reducirse a su salud, o preservarse <para> que del todo no pierda la que tiene. Porque, tomada universalmente, la salud es aquello con <lo> que el que la tiene hace sus obras perfectas, y así, enfermedad, que es su contrario, será, el que la posee, obrar sin perfección, porque de los contrarios tenemos una misma regla.
De donde se sigue que se podría bien mostrar que todo lo que perfectamente obrare se dirá estar sano, y, si imperfectamente hiciere lo mismo, se llamará enfermo. Y porque en todo lo creado hubo o hay falta de la perfección de estas obras, sin duda se dirá que tuvo o tiene necesidad de salud. Esto está claro, porque mirad los ángeles malos, ya se sabe en cuán grave indisposición de soberbia cayeron, que mientras Dios fuere Dios no serán curados de ella. Él, por su inmensa bondad, nos guarde de tan gravísimo mal. Bien será también considerar lo que los Primeros Padres perdieron y perdimos, por tener aquel apetito canino de comer del fruto del árbol vedado. Y nótese bien si enfermaron, pues para reducirlos a salud, sólo Dios por su bondad infinita lo quiso hacer, y tomando nuestra mísera humanidad, no vino como Rey y Señor que es de todo el universo, mas vino como médico del cuerpo y del ánima. Y así los cielos, estrellas y planetas, los unos por sus movimientos y los otros por sus aspectos, conjunciones y oposiciones, incurren en los mismos daños.
Qué se piensa que es eclipse del sol y así mismo de la luna? No otra cosa, por cierto, sino tener defecto en sus obras, porque habiendo sido creado el sol para que, enviando sus rayos a la tierra y con su lumbre, nuestra vida se conservase, se pone la luna entre él y nosotros, y, como perfectamente no pueda obrar, incurre en enfermedad, como todo lo demás ya dicho, y así tiene necesidad de salud. Así mismo la luna, impedida con la sombra de la tierra, no recibe bien la claridad del sol y viene a caer en el perjuicio y detrimento de todos los otros.
Allende (12) de esto, los elementos no hay duda que padecen sus trabajos, y sólo el fuego, en aquello poquito que está debajo del cóncavo de la tierra, está sano, porque todo lo demás, por estar mezclado con el elemento del aire, no se puede decir que del todo tenga salud. Pues el mismo aire, con ser caliente y húmedo de su propia calidad, tiene imperfecciones, pues en lo muy alto está calidísimo y en el medio en gran manera frío, y esta parte en que nosotros tenemos la vida está muy dispuesta para <de> continuo alterarse y para recibir siempre innumerables putrefacciones y corrupciones.
Tampoco el agua se podrá decir del todo sana, sino nótese en ella bien su color, sabor, olor y demasiada terrestridad y grosor, que quiere decir que cuando Dios la creó no pudiera Adán navegar por ella con tan grandes navíos como ahora, por su mucha sutileza. Y así la tierra se podría quejar de sus demasiadas indisposiciones, pues que no hay cosa en ella, grande o chica, perfecta o imperfecta, que no estuvo o está o en alguna manera puede estar enferma, por lo cual con muy justa razón se ha de estimar y preciar y tener en mucho la salud. Pues, como hemos probado, no hay cosa en este mundo que no la haya menester para perfectamente poder hacer sus obras. Por lo cual ella ha de ser guardada y reverenciada como una joya muy rica y de grande estima. En tanto precio ha de ser tenida, que todo se ha de posponer por ella. Qué virtud hay del ánima, qué riqueza, qué provecho, qué bien, qué honra temporal, que por ella no se alcance?
Todo se acaba con la salud. Todo tiene fin. Todo lo deseado se ve cumplido. Oh valerosa, oh generosa, oh grandiosa salud, digna de ser amada! Y en tanto se ha de tener como la vida, pues que sin ella, aunque vivamos, muertos nos pueden decir.
Y un gran bien tiene: que, con su presencia, a la bondad y nobleza adorna, y a los vicios acaba en su ausencia y concluye, porque el hombre sin ella nada puede obrar, y de esta manera al virtuoso perfecciona, y al vicioso puede traer a la bondad. Con esto quiero acabar, pues dice el salmista: "No quieras confiar en los príncipes de la tierra ni en los hijos de los hombres, porque en ellos no hay salud", y debajo de este vocablo incluyo todos los bienes que se pueden pensar, porque todos sin ella valen poco.
Y de esta manera, considerando cuán grande utilidad se siga de tener salud, movido por la caridad que soy obligado a tener a los hermanos en Cristo por nuestro Dios y Señor, como dije, me pareció hacer este libro del ejercicio para que, con la cosa más fácil que en nuestra medicina se halla, se pudiese conservar cosa de tanta excelencia y merecimiento. Y aunque digo conservar, también diremos cómo se pueda preservar de no perderla, y reduciremos al que la perdió, por lo cual (como dije) se ha de recibir mi voluntad.
Capítulo segundo, donde se prueba cómo la conservación de la salud es de mayor perfección y primor que su reducción y preservación. y dice cómo muchos animales naturalmente curan sus enfermedades
Aunque cualquiera de buen ingenio podría, por lo dicho, entender las tres partes de la medicina que Galeno pone, que son conservación y reducción y preservación, bien será, para darlo mejor a entender, tratar algo de ellas, y después diremos cuál tenga más perfección. Por lo cual se note que el día de hoy muy pocos se hallarán verdaderamente sanos, mas como ahora se puede tomar, será respecto de los otros de quien tratamos, y será, como muchos suelen decir: "En mi vida tuve calentura ni dolor de cabeza ni otra ninguna enfermedad". Y otros dicen: "Algunas veces he estado enfermo, pero mal de cabeza, ni de pecho, ni de estómago, ni gota, ni así otras enfermedades que algunos suelen tener, tengo ni he tenido". A estos tales diremos sanos, y han de usar para conservar su salud nuestro ejercicio. Hay otros que actualmente están enfermos, como si tuviesen un dolor de costado o alguna calentura, y a estos hemos de traer a la salud que perdieron. Y en los tales se verifica la reducción, y en ellos no es muy conveniente nuestro ejercicio, aunque algunos tienen enfermedades que el ejercicio les es provechoso, como abajo diremos.
Hay otros que llamamos neutros, los cuales, como dijimos, median entre éstos, porque no están del todo sanos, como los primeros, ni del todo enfermos, como los segundos. Esto se podrá entender en dos maneras: la primera es que hay algunos hombres que tienen alguna indisposición que les suele venir a tiempos, así como dolor de hijada (13) y riñones o gota, y a éstos tenemos que preservar con el ejercicio, porque no les venga. Porque la causa de esto son superfluidades, y la calor, aumentada con el ejercicio, las consume y gasta. En la segunda manera se llaman unos neutros deficientes, que son los que comienzan a enfermar, que en el principio tienen un quebrantamiento del cuerpo y comienzan a comer mal y no dormir bien.
Hay otros que llamamos neutros convalecientes, que son los que, cuando se levantan de alguna enfermedad, ya libres de la tal enfermedad, no tienen calentura ni el mal pasado, pero tienen muchos descontentos y en el dormir y en el comer les va mal; y en los tales el ejercicio no les es muy necesario, aunque el que les es lícito abajo lo diremos. De manera que, por lo que hemos tratado, vendremos a conocimiento de las partes que nuestra medicina contiene. Y para lo que toca a saber cuál de ellas tenga mayor perfección, todos los más doctos dicen que la conservación de la salud en tiempo más se ha de estimar y más vale que las otras dos, porque siempre les precede, y también por naturaleza les lleva ventaja, porque las causas que conservan la salud a ella misma se refieren y las que la hacen, que es en la reducción, también a ella tienen respeto. Y es la razón por <la> que, cuando un médico cura al enfermo, su intención es de reducirlo a la salud que perdió. Y después que lo trae al estado, las causas por las cuales vino a la salud que perdió son en poco tenidas, porque consiguieron el efecto para que fueron ordenadas. Y de esta manera, por lo que tenemos traído, está bien declarado tener el médico mayor perfección en conservar al sano en su salud que en reducirle a ella y preservarle que no pierda la que tiene.
Pues qué diremos a la suma verdad que dijo: "El sano no tiene necesidad de médico"? Yo bien lo creo, porque se entiende para reducirle a su salud, mas para conservarle, está muy claro que le ha menester. Porque cuando uno está en estado de gracia por las buenas palabras que oye y las santas obras que ve hacer, le hacen tener perseverancia en su virtud. También está manifiesto ser lo susodicho muy verdadero, porque para curar <a> un enfermo nunca faltan médicos. Y esto es tan común y cierto, que muchas veces suelo yo decir: "Ese no es médico, <por>que no lo quiere ser". Y la medicina es un gran refugio para muchas necesidades, porque acontece que de haber uno tenido buena memoria de la unción con que le untaron (teniendo mal francés) (14) o de otro cualquier remedio que le aplicaron en alguna enfermedad que tuvo, o de algunas recetas que tiene de algún médico perito, viene a curar y pasa la vida y aun viene a morir rico.
La verdad es que algunos de los insignes varones curaban y dieron consejos en medicina. Plutarco dice, en la Vida de Alejandro, que curaba y se preciaba de dar parecer en medicina. También Galeno dice a Pisón en el libro que hizo de la triaca (15) que muchos de los nobles romanos la ejercitaban. También Plinio dice que el rey Pirro tenía gran virtud en el dedo pulgar del pie derecho, y si alguno tenía enfermo el bazo, tocándole con él lo curaba, y dice que, cuando lo quemaron (que éste era el enterramiento de los antiguos), aquel dedo no le pudo el fuego sobrepujar (16) y se quedó entero como antes.
Yo tengo determinado de no traer en este libro sino muy pocas cosas de lo que se dice que hicieron y dijeron los antiguos, porque en nuestro tiempo se pueden hallar algunos de mayor primor y perfección, y, porque no hay quien las note y tenga advertencia a escribirlas, no se tiene tanto cuidado en encomendarlas a la memoria.
Acuérdome, <el> año veintiocho, estando en Rota, cuando nació el señor duque don Luis Ponce de León, que ahora vive, de cuyo parto murió la ilustrísima duquesa su madre, que su padre, el señor duque de Arcos, oía (17) medicina del doctor Mejía. Y hallándome yo presente, dije a Su Señoría que, habiendo tantos médicos, para qué gastaba el tiempo en aquello. Su Señoría me respondió que para una necesidad era muy gran riqueza saberla, y también me dijo: "Pues que yo la oigo para esto, vos que la estudiásteis para sustentaros con ella, ningún día pase sin su estudio, porque si no lo hiciéreis, muy poco alcanzaréis de ella". Qué mejor obra y más buen dicho se puede hacer ni oír que la de este ilustrísimo señor?
Allende de esto, es tan fácil la cura de cualquier enfermedad, que muchos animales por su natural inclinación la alcanzaron. Y así, se dice que, cuando el gavilán siente flaqueza en su vista, escarba con las uñas el hinojo y cáenle algunas gotas sobre ellos y tórnala a tener tan buena como antes.
El mayor trabajo que tiene el águila es que cuando es vieja se encorva tanto el pico que no puede comer, y váse a una piedra algo áspera y refriégalo mucho en ella, hasta que gasta y consume lo que trae daño y perjuicio y queda sin lesión alguna. El perro, cuando siente el vientre empachado, corre mucho y come la grama (18) , y con esto se cura. Cuando el ciervo se siente herido de alguna saeta que trae ponzoña, va a buscar el dítamo (19) y cómelo, y sana de su herida.
El elefante tiene gran enfermedad si, cuando está paciendo, come por descuido algún camaleón, y aun dicen que le es ponzoña, y dicen que, como el camaleón estando entre las yerbas está verde (por tomar su color), va el otro paciendo y trágalo a vuelta de ellas, y como lo siente, come las hojas del acebuche (20) y luego se libra de tan grande mal.
Cosa es de ver lo que se dice de una comadreja que, estando peleando con una víbora, como sentía que la había mordido, iba corriendo y comía cierta yerba, y venía sana y tornaba a pelear con su enemiga, y sintiéndose otra vez herida, tornaba a hacer lo mismo y volvía con las fuerzas que antes tenía. Viendo esto, cierto hombre mató a la víbora por ver el saber de la comadreja, y cogió la yerba y dice que era lechuga montesina.
El mayor mal que tiene el cocodrilo es que, como come carne cruda y tiene los dientes como sierra, se le mete entre ellos y no puede tornar a mascarla, y siente de ello gran trabajo. Y dicen que hay una avecilla, que se llama en Italia rey de las aves, que viendo al cocodrilo echado a la ribera del río Nilo, llégase a él y, como regalándolo, le hace abrir la boca, y entra dentro y móndale los dientes y límpiaselos. Y aun dicen que hasta la garganta entra y hace lo mismo, de lo cual recibe mucho beneficio, y con este bien, aliviado de su trabajo, se duerme. También dicen que hay un animalejo que se dice icneumón, muy gran su enemigo, y cuando le ve abierta la boca salta tan recio como si arrojase un dardo y éntrasele por la boca y róele las tripas. Es cosa por cierto de admirar de la cura del ave y cómo ella se mantiene de aquello, y de la industria del otro animal para perjudicarle.
Allende de esto, la golondrina, si ve a los hijos quebrados los ojos, trae cierta yerba y se los cura con ella. El león, a bramidos, despierta a sus hijos. Es de admirar de la osa, que pare como los otros animales, mas lo que pare es como un pedazo de carne sin forma ni figura alguna, y el oso con la lengua, como si con la mano lo hiciese, le da proporción y señala dónde ha de tener la cabeza y los demás miembros, y le cura de su deformidad.
De modo que tenemos probado cuán fácil sea curar las enfermedades, y cómo no tan solamente los brutos se curan así, mas también son médicos a otros, lo cual no sabrán hacer para conservar su salud. Y por esto es muy mejor y más digno de usarse, y puesto que sólo nuestro ejercicio lo puede hacer, no hay necesidad de persuadir para que se lea nuestro libro, que de él trata.
Todos los que quieren vivir con razón y tener salud, estando con ella, o el gran señor, o su médico, o cualquiera que sea el que lo cura, teniendo conocido que sea muy docto y experimentado, le ha de preguntar lo que ha de hacer para conservar su salud y también qué orden tendrá para preservarse, que no incurra en cierta indisposición que algunas veces suele venir, así como gota, mal de riñones e hijada. Porque si todos fuésemos tan templados y sabios como el emperador Marco, que conoció que su salud estaba en comer mucha triaca y así la comía como mantenimiento, no habría necesidad de estas preguntas. Pues el médico, preguntando (si es perito), le conoce su complexión como mejor se puede alcanzar, porque, sin su conocimiento, dificultosa cosa es saber conservar, ni reducir ni preservar.
Es la complexión el quicio o cimiento sobre <el que> anda o se edifica la cura de las enfermedades. Esto es muy gran verdad, porque no hay autor en nuestra medicina que no lo muestre, pues <es> presupuesto que sin duda se ha de saber. El médico ha de ordenarle su vida en sus cosas no naturales, que los médicos dicen que son comer y beber, evacuación y retención, sueño y vigilia, movimiento y quietud, y en las pasiones del ánima, y en la alteración del aire.
En la comida, dirále primero el pan, qué tal ha de ser, porque de éste es lo que más se come, y sin él ningún mantenimiento se acaba. Y dirá que ha de ser de buen trigo limpio <en> cuanto a lo primero, y sembrado en buena tierra, que no sea lagunosa ni en valles, y que sea de sequía y no de regadío, y que no sea muy añejo ni tenga mal olor, ni haya estado en silos ni donde haya mucha humedad. También se ha de moler en piedra que no tome mucho de ella, porque éste es gran inconveniente. Allende de esto, no sea molida en ninguna manera sobre picadura, no ha de ser muy apurada la harina, amásese con buena agua, y échenle mucha, porque el pan ha de ser como una esponja. No sea muy leudo (21), y ha de estar ni muy cocido ni muy poco, sino en el medio, y al amasarle, echen alguna simiente que convenga al que lo ha de comer, y ha de estar frío para comerlo.
Y de cada cosa de éstas se haría un libro, pero para ver la facilidad de nuestro ejercicio comparada a todas, de cada una diremos un poco. Y si se dijere que de esta manera ningún pan se come que sea bueno, esto se note: que nuestro libro no es sino para saber lo que se ha de hacer, cada uno hará lo que quisiere o pudiere. Cuanto más, que se ha de tener por cierto que la razón por la que ningún hombre se podría decir verdadero sano ni tenga perfecta salud es porque en la mocedad no se tuvo ningún buen orden de vivir, y por ello muy pocas veces falta indisposición en cualquier hombre en la vejez.
Tornando pues al propósito, dicho ya del pan, en lo otro que se ha de comer que hay de trabajo es: si la carne ha de ser mantenimiento grueso, así como carne de vaca, tasajos (22) o cosa de puerco y otras así semejantes, o sutil, o que tenga el medio, así como pollo, o gallina, o capón, o carnero; y si asada o cocida, o de otra manera. Yo doy por consejo que nunca se coma carne de ninguna manera que sea flaca. También se ha de saber de lo que toca a las frutas, verdes o secas, y a otras yerbas. Pues del pescado no hay poco que decir, algunos tienen por opinión que por ninguna vía se ha de comer.
Allende de esto, no hay poco trabajo para mostrar si se ha de beber agua o vino blanco, o tinto o haloque (23) , añejo o de un año, si aguado o puro. Y del agua, si cruda conviene que se beba o cocida, y con la simiente o flor o yerba que sea necesaria al que la ha de beber.
Aquí en Sevilla hay duda cuál sea mejor agua, la de río o la de los caños de Carmona. Yo diría que la del río, tomada con estas condiciones: la primera, que sea cogida en menguante (24) arriba de los álamos y que esté clara, y después, que esté asentada y se pare clarísima, y se trasiegue de una vasija en otra. Aunque diga Averroes, árabe, que el agua de Guadalquivir es mejor en Córdoba, que es su tierra, que no en Sevilla, porque con la creciente toma alguna cosa de sal, yo digo que con estas condiciones es mejor que la de los caños, porque bebiéndola muy asentada es en extremo muy buena. Porque la de los caños, aunque esté asentada, no tiene la claridad y pureza de la del río, porque siempre muestra no muy buena la color, por pasar por caleras y lugares no muy limpios o cerca de ellos. Y por eso no se ha de beber de la de dentro de la ciudad, aunque los que acostumbran la una les sabe mal la otra, y aun dicen que no les aprovecha.
Tornando a lo de arriba, en el dormir y velar no hay poco consejo, si ha de ser el sueño de día, y cómo se ha de tomar, y si luego ha de ser sobre el lado derecho o izquierdo, y si ha de ser mucho o poco. Y así es en la evacuación: si sois estreñido, comed ciruelas pasas al principio de la comida con dos tragos de caldo caliente encima, y cosas estíticas (25) a la postre, y si sois largo en esto, tomad encima el regimiento contrario en las cosas que aprietan, así como comer membrillo, o granadas o nísperos, o yerbas.
En las pasiones del ánimo, que se tome placer y alegría, o se provoque a ira y tome enojo, si le conviene. La alteración del aire también es necesaria, porque si fuere caliente es menester enfriarlo <con> regar la cámara muchas veces con agua rosada y vinagre, y con poner yerbas verdes, así como ramos de sauces, hojas de parra inicial, bohordos (26) y cañas verdes. Y si está frío, calentarlo poniendo mucho romero, alhucema (27), inciensos y yerbabuena, y sahumando (28) la cámara con pastillas que lleven almizcle o algalia (29), y ámbar.
Sólo el ejercicio (que es movimiento) es el fácil y el más provechoso, y él comprende a todos y suple por todos. Es bueno para los hombres mal regidos y mejor para los bien ordenados; no tiene mucha atención a la complexión ni tiene menester <de> tantas particularidades en su orden. Si no podéis comer, ejercitáos y gastarse ha lo que lo causa. Si coméis mucho y no bueno, haced ejercicio y ayudaréis a digerirlo, y gasta y consume lo malo que de él se engendra. No os sabe bien la bebida por alguna indisposición que lo causa, haced movimiento, que aumenta la calor, y resolverse ha. Tenéis mucha sed por alguna flema podrida o corrompida en el estómago, con recibir calor, con lo dicho se deshace. Qué mayor dulzura, si se aumentó el calor con el ejercicio, que beber un poco de agua o vino aguado!
Pues no podéis dormir, trabajad un poco y el cansancio con tanto provecho os traerá sueño. Dormís mucho: no lo causa, sin duda, sino el mucho ocio y flemas gruesas, en el cuerpo aumentadas, o vapores de ellas que suben a lo alto y opilan (30) las vías por donde van los espíritus animales al sentido y movimiento, y se causa sueño. Cansad y fatigad ese cuerpo tan relleno de superfluidades con algún trabajo, y no tan solamente se quitará esto, mas también las obras y espíritus animales se esmerarán y avivarán.
No podéis bien expeler por abajo, con el ejercicio (por la mayor parte) hay sudor y han de humedecerse las vías, y haréis lo que deseáis. Y si esto mucho se alarga, con la calor la virtud expulsiva se fortifica y tendréis retención, o haced fricaciones, que es ejercicio, y traeréis afuera el humor que lo causa.
Queréis tomar alegría y placer? Qué más que ir a cazar y tomar todos los ejercicios de placer, así como jugar birlos, herrón (31), herradura o pelota, o lo que mandáreis. Si es menester provocar a ira, porfiad un poco a sabiendas, y con menear mucho el cuerpo, en esto hay ejercicio.
Pues queréis alterar el aire para tomar calor, con mucho moveros lo alcanzaréis. Si queréis enfriarlo para enfriaros (si no os trae daño), haced mucho ejercicio o mucho movimiento y paráos luego, y no os abriguéis, y vendréis a tanta frialdad que os podría dañar.
Así que él es el más fácil de todas las cosas que conservan la salud, y él suple por ellas sin tantas particularidades tan diversas, y con más provecho que todas juntas podrían hacer, como diremos, y baste ésta sobre todas: ser hombre señor de sí viviendo sano, para usar bien el ejercicio. Por lo cual ninguno deje de ver nuestro libro, pues que de ello se consigue tanta utilidad y provecho.
Porque la definición declara qué sea la cosa que se ha de tratar, que es el fundamento de toda la obra, justo será que primeramente sepamos qué cosa es ejercicio. Según dicen todos los que escriben de esta materia, el ejercicio es un movimiento voluntario con el cual el aliento se hace veloz y frecuente. En esta definición el movimiento es lo más general, que es el género (según dicen los lógicos), porque hay muchos movimientos que no son voluntarios ni hacen frecuencia ni velocidad en el aliento, como adelante diremos. Y ésta es la diferencia en esta definición, porque en esto difiere de los otros movimientos.
De donde se ha de notar que hay tres vocablos que casi denotan una misma cosa, pero difieren en la manera que los toman, que son: movimiento, trabajo y ejercicio. El movimiento es más general, porque no hay trabajo corporal ni ejercicio sin movimiento. Y el trabajo es movimiento forzoso, y en esto difiere del ejercicio, porque el ejercicio no ha de ser forzoso, sino voluntario, y ha de tener aquella frecuencia y velocidad en el aliento que tenemos dicho. La verdad es que hay algún movimiento que ni es tan recio que en él se halle trabajo ni lo que tiene el ejercicio, como cualquier movimiento que comúnmente hace el hombre. Y dijimos que en el ejercicio ha de haber frecuencia y velocidad en el aliento, porque, como se requiere que sea el movimiento grande, se aumenta la calor del corazón y, como tiene necesidad de mayor aventación, atrae más aprisa y continuo al aire, y por esto se halla lo que hemos dicho en el ejercicio.
Y para mayor declaración de la otra parte que está en la definición, que el ejercicio es movimiento voluntario, se ha de notar que en nuestro cuerpo hay tres movimientos. Conviene a saber, movimiento voluntario y natural, y otro mixto de entrambos. El natural movimiento es el del pulmón y el de los pulsos, aunque en alguna manera son semejantes, pero que, queramos o no queramos, sin duda lo ha de haber. Bien se pueden ellos aumentar (como dijimos), pero no está en nuestra mano quitarlos ni ponerlos, y así habrá otros muchos semejantes a éstos en nuestro cuerpo.
Voluntario movimiento es el que yo quiero hacer en menear el brazo o pie o moverme de una parte a otra. Y estos son muchos, aunque algunas veces se halla forzoso, así como si os van a dar un golpe en la cabeza, alzáis la mano por defenderla, o si vais preso o ligado, o detenido por algo, o enfermo, que no podéis hacer otra cosa, o teméis algo que os pueda dañar, y aun corréis alguna vez contra vuestra voluntad.
Es cosa de oír lo que me decía el señor don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España, que aconteció al señor don Diego de Mendoza, su hermano. Era muy curioso en saber antiguallas, y estando en un cierto lugar de Castilla la Vieja, dijéronle que allí estaba una iglesia en que había muchas cosas de ver. Y entró en la iglesia y, estándolas mirando muy alegre, comienza a dar voces diciendo: "Que se cae esta iglesia, vamos todos fuera!". Y al más correr se salieron, y acabados de salir, luego en el punto cayó la iglesia y mató a un sacristán y a un muchacho que con él estaba. Y aunque se hallaba muy regocijado viendo sus antiguallas y con gran voluntad de estarse allí mirándolas, fuéle forzoso correr. Así que este movimiento voluntario se hace forzoso (como dije).
Hay otro movimiento, mixto de estos dos, que es voluntario y natural, y para darlo a entender quiero poner este ejemplo: cuando en la parte alta del estómago se hace un sentimiento muy triste, que es pedir mantenimiento para sustentarse el cuerpo, que es lo que acá se dice gana de comer. Para hacerse esto, dicen que hay cuatro movimientos. El primero es que los miembros piden de las venas, y las venas del hígado al estómago, y el estómago a su parte alta, donde se causa el hambre, como acabamos de decir. Esto es movimiento mixto, porque los cuatro dichos son naturales, pero está en mi voluntad comer o no comer cuando yo quisiere, o luego o desde ahí a una hora, o nunca, y aun matarme de hambre. Así que en esta gana de comer está bien notorio este movimiento mixto.
Y aunque parezca fuera del propósito, es bueno saber aquí un punto muy sutil: si es verdad que en el hambre hay estos movimientos dichos, o que les digamos apetitos (pues está notorio que los miembros y las venas apetecen cuando les falta mantenimiento), por qué luego en comiendo los miembros se aplacan, puesto que no reciben alguna cosa de aquello que se comió a lo menos hasta pasadas siete horas, según la común opinión? Buena parece la duda. Para ella hay dos respuestas. La una es que naturaleza, con lo que tiene en el estómago que ha recibido, que al presente se comió, satisface a todos los miembros para que su apetito cese. También dicen que naturaleza guarda algún mantenimiento en todo el cuerpo para las necesidades, y, como hay manjar en el estómago, distribuye aquello por los miembros, y satisface su apetito y se les quita la aflicción que tenían.
Hay también otra duda, y digna de admiración, en las mujeres preñadas, que con ver alguna cosa de comer u olerla, muchas veces malparen si no se lo dan. Y es más de notar que, si después que han parido, la criatura no mama, y se les pregunta si se les antojó algo aquel día del parto, y dice tal o tal cosa, y se lo ponen a la criatura en la boca, o el zumo, si lo tiene, o como quiera que sea, luego mama. Esto postrero yo lo tenía por burlería, pero yo he sido informado de mujeres muy honradas y me han dicho que sin duda lo han visto y pasa así.
Para lo primero, yo diría que la imaginación de la mujer basta para hacer aquello, que, como le dio voluntad de comerlo y no lo pidió, o no se lo dieron, e imagina que ha de malparir y por eso expele la criatura. Porque si se cree, como algunas viejas dicen, que después que ya quiere malparir, si le dan lo que se le antojó, que lo trae la criatura en la boca, es burlería y en ninguna manera puede ser. Y a lo otro, que no mama la criatura hasta que le dan lo que a la madre se le antojó aquel día, yo no lo sé decir, porque aquí no cabe razón natural ni yo la hallo, salvo mejor juicio, pero ni en lo uno ni en lo otro se ha de decir conocimiento ni apetito de la criatura, que va muy fuera de propósito. Muchas cosas hay en nuestra naturaleza cuya razón se ignora, presupuesta la voluntad infinita de nuestro Dios y Señor, sobre todo.
Pues luego (32), de estos tres movimientos que en el cuerpo humano se hallan, éste voluntario es el que tiene nuestro ejercicio, porque del natural y mixto no tenemos qué decir. Así que ejercicio es movimiento voluntario, porque ha de estar en nuestra mano tomarlo o dejarlo, o alargarlo o disminuirlo, como diremos en las condiciones que ha de tener el buen ejercicio.
Esto quiero decir que me aconteció con un médico no ha mucho: porfiamos yo y él un buen rato sobre si, cuando cerramos los ojos cuando vamos a dormir, si era movimiento voluntario o natural. Yo decía que era natural, porque ellos se cierran sin nuestra voluntad. Él decía que era voluntario, porque para dormir cierro los ojos, y si no los cerrase no dormiría. También, que fuera de esto, los abro y cierro cuando quiero, y así en el sueño. Tornaba yo a decir que aún era más natural, porque como lo grave naturalmente siempre apetece bajar, así el párpado de arriba cuando dormimos (como cosa grave) naturalmente se baja, y no hay allí voluntad alguna. Concluimos ser movimiento mixto, porque cuando yo quiero lo abro y lo cierro y él se cierra en el sueño sin quererlo nosotros.
Y así se nota que cuando cae algún rayo y mata a alguno, si dormía hállanle los ojos abiertos, y si estaba despierto se los hallan cerrados, y aquello no es voluntario, sino natural, aunque dicen que, al que duerme, aquel tronido muy grande lo despierta y abre los ojos y así se queda muerto. Y el que está despierto, como ve aquel humo muy grande y aquel fuego, de espanto los cierra y así lo hallan. Esto se ha traído para notar mejor el movimiento mixto y queda bien declarado qué es ejercicio.
Pues en el capítulo precedente se ha probado que todo ejercicio es movimiento, sin duda se ha de creer que el efecto del movimiento ha de ser el del ejercicio. El movimiento, por la mayor parte, produce calor: de necesidad, el ejercicio (que es movimiento particular del cuerpo humano con sus condiciones) ha de ser también causa de aumento de calor. Que el movimiento cause calor en los cuerpos mixtos, meneando uno con otro, no pienso que haya niño que tenga sentido que no lo sepa o haya oído. Tomad al carpintero y preguntadle si, después que ha hecho un agujero con su barrena, que por qué, si luego la toca, la halla caliente. Dirá que, como la meneó mucho, se calentó, porque moviendo mucho una cosa con otra se causa calor, y así dirá de la sierra cuando asierra su tabla. Por tanto, buscar razón en lo que con los sentidos se juzga, flaqueza es de entendimiento, como los más sabios dicen.
Pero para tomar más sabor en esto y que mejor lo probemos, digamos algunas cosas al propósito. Dícese que en la primera edad, los hombres, como se ha de creer, andaban desnudos, y por el sol alzarse o bajarse de encima de ellos, tenían frío o calor como ahora nosotros (como también por la mudanza del tiempo se causa). Pues que luego, como Dios creó los cielos, se movieron, y por eso los astrólogos cuentan el año y hacen sus juicios para saber lo que ha de suceder en él desde el punto que el sol entra en el signo del carnero, que es a diez de marzo poco más, porque dicen que el sol estaba entonces en el principio de este signo, cuando los cielos se comenzaron a mover.
Así que aquella gente sentía calor y frialdad en sus tiempos, y dicen que un día hacía gran viento y en una arboleda muy grande juntáronse dos árboles, y fue tanto el movimiento que hicieron juntos uno con otro, que se causó tanta calor que se encendieron, y alzóse una llama muy grande. Los otros, viendo la novedad, van a ver lo que era, y juntáronse tanto que se quemaron, y apartados a un medio, tomaron refrigerio con la calor, y aumentándola con leña de los mismos árboles, nunca les faltó. Y así dicen que se halló el fuego.
Los indios de Nueva España, cuando van <de> camino cargados, no llevan para comer sino dos palos que ellos bien conocen, y un poco de sal y otro poco de maíz; y llegando donde hay agua, ponen sus cargas y menean sus palos uno con otro y hacen lumbre y tuestan su maíz, y cualquier yerba comen con su sal. Y si hallan algún animalejo, como lagartija, o algún gusano u otra cosa, así hacen su comida, y si hallan o llevan algún pimiento que llaman ají, es la comida muy honrada. Así que los de arriba y estos indios, con el movimiento de los árboles y sus palos, hallan su fuego, y así hicieron su lumbre.
También claro está en nuestro pedernal y eslabón, que meneándolos mucho sale lumbre. No ha de ser cualquier piedra, sino muy espesa, ni todo hierro, porque ha de ser acero, que es hierro muy depurado y limpio, aunque fregando mucho dos agujas se hace lo mismo. Aunque algunos dicen que la causa de este fuego en esta fricación muy veloz es que el aire que media entre el eslabón y el pedernal con el tal movimiento se hace muy sutil. Y <como> no puede tener forma de aire por sutilizarse mucho, toma la del fuego. Y esto es lo que allí se muestra, porque actualmente no lo había en el eslabón y pedernal. Otros dicen que no es ésta la causa, como abajo se dirá.
Pues luego, por lo dicho, está muy claro que el movimiento sea causa de calor. Y aun se podría decir que esto no acontece tan solamente en los cuerpos mixtos, mas también en los supracelestes se podría hallar, pues está notorio que las obras que acá abajo ellos hacen, o son por calor, o movimiento o influencia. Y la calor e influencia sin duda que son efectos del movimiento, porque si no lo hubiese no se vendría a hacer tal o tal conjunción o aspecto o pasión de un planeta con otro en tal signo o estrella o figura, de donde se sigue la tal influencia que denota bien o mal. Ni habría calor si el movimiento faltase, porque el sol nunca se subiría en su auge ni bajaría en su opuesto, y no habría mayor cantidad de los días que causan más calor, y ni caniculares, por entrar (si se puede decir) el sol en aquella estrella, la cual se llama canícula. Y así, está bien claro que el movimiento cause esto, de donde está probado que él sea causa de calor, así en los cuerpos del cielo como en los del suelo.
Muchas opiniones o pareceres hay para dar a entender y mostrar cómo el movimiento haga esta operación, y por decirlo en nuestra lengua castellana, en alguna manera podría dar desabrimiento, pero ha de darse a entender por la mejor manera que pudiéremos.
Unos dicen que la causa porque el movimiento produce calor no es otra sino porque notaban que la cosa, cuanto más perfecta era, mayor perfección había de mostrar en sus obras. Y porque el movimiento de un lugar a otro es muy perfecto, lo cual está notorio, porque los cielos, como más perfectos, no tienen otro oficio sino éste, por eso el movimiento había de producir el efecto de mayor perfección que se pudiese pensar. Y porque la calor es la más perfecta de todas las cualidades, así por ser de mayor actividad como por ser más conservativa y principio de la vida, por esta razón el movimiento la ha de producir. Más parece esta razón bien creada que natural, y quien quisiere la podría contradecir según le pareciere.
Otros dicen que cualquier cosa muestra su virtud y obra con aquello que le da perfección, y porque el calor se perfecciona con el movimiento, por eso se muestra más él cuando lo hay. Y que sea verdad que el calor toma esta perfección con el movimiento está muy claro, porque meneando la lumbre mucho mejor se enciende. Y así, parece que, cuando con el fuelle o aventadero se aumenta la lumbre, no hay otra causa sino el movimiento que se hace en el carbón o leña, que como una parte está encendida, muévese con el aire cuando aventáis, y como sea ésta su perfección, crece y auméntase la lumbre y enciende lo que está cerca, y así se va aumentando.
Y también se dice que los elementos que tienen calor, los cuales son fuego y aire, se mueven con el Primer Móvil en veinticuatro horas, aunque el aire que nos cerca no lo muestre. Y es la causa porque este movimiento es su perfección. También, tómense dos cuerpos que sean fríos, así como un pedazo de plomo y otro de hierro, y fregad mucho el uno con el otro y luego veréis que muestra el calor que dentro tienen, porque son mixtos, como abajo diremos, y no fue otra la causa sino que, como se hizo aquel movimiento, el calor se mostró por perfeccionarse con él. La razón no carece de contrarios, como cualquiera los podría traer. Otros ponen muy en breve la causa de esto diciendo que cuando dos cuerpos se refriegan mucho uno con otro, que de muy espesos se sutilizan y hacen ralos, y de aquella raleza que reciben con el movimiento vienen a mostrar el calor que allí hay, porque tienen por muy notado que en el movimiento de la manera dicha hay raleza y luego se sigue calor, y por eso se muestra en el tal movimiento.
Un doctísimo médico dice más claro y más natural la razón de lo dicho, aunque para darla mejor a entender, se han de proponer algunos principios de nuestra filosofía. Cuanto a lo primero, no hay quien ignore que hay cuatro elementos. Conviene a saber: fuego, aire, agua, tierra, y todo lo que está debajo de ellos se hace por su composición, y por eso se llaman mixtos. De modo que ninguna cosa hay que no tenga parte de estos cuatro elementos, pero no igualmente, porque algunos tienen más parte de unos que de otros.
Esto está claro, porque en los metales más parte hay de tierra que de los otros elementos, y por esto son tan pesados; y en un madero más tiene de aire, y por eso anda sobre el agua, aunque algunos son tan pesados por tener mucho de tierra, que por su espesura se van al fondo, y así una nave anda sobre el agua, que aunque está llena de algo, por tener la madera de que se hace más cantidad de aire, ayuda a estar sobre el agua. Y la razón de esto es porque cada elemento se conserva en su propio lugar, y si es liviano, estando en lo bajo sube, y si es pesado, estando en lo alto baja, y por esto la nave llena de aire, porque está en su misma región, resiste a que no se hunda en el agua si no es con violencia cuando está muy cargada. Y así se dice que si una nave estuviese sobre la esfera del aire llena de fuego (con que Dios Nuestro Señor hiciese que no se quemase), estaría allí como está llena de aire sobre el agua, aunque parece que por ser grave bajaría.
Podría cualquiera preguntar cómo los elementos están todos en los mixtos, pues que por ningún sentido lo alcanzamos, pues está notorio que ni con la vista ni tacto no se ve ni siente. Para los doctos y que han leído, no hay que responder a esto, pues que se sabe que están virtual o formalmente en ellos. Y el cómo sea esto no acabaríamos en mucho tiempo de mostrarlo. Pero porque yo tengo y algunas veces sustenté que estaban formalmente en los mixtos, quiero poner una comparación aunque sea odiosa (como todas) para darlo a entender y lo alcance quien no es leído.
Habéis de saber que en el manjar blanco hay cuatro cosas que en alguna manera tiene cada una por sí la cualidad de cada uno de los cuatro elementos. Porque se pone arroz, que es caliente y seco, como el fuego; y pechuga de gallina, que es caliente y húmeda, como el aire, y la leche, que aunque tenga tres sustancias diferentes en la calidad -que son manteca, queso y suero-, todas juntas, algunos tienen que es fría y húmeda, que es el agua; y entra azúcar, que en alguna manera es frío y seco según algunos de los árabes, en el cual se nota la tierra.
Estas cuatro cosas, cada una por sí, por alguna vía, harían los efectos que cada elemento por sí mostrase si los tomásemos, porque comiendo mucho arroz se calentaría, y así los pechos de las aves humedecerían, pero juntadas en este manjar, ninguno tiene por sí fuerza de hacer esto, ni lo podéis ver ni lo sentís, sino que su intento no es otro sino conservar la forma que de manjar blanco se hizo, y lo caliente impide que lo frío se muestre, y lo seco hace lo mismo a lo húmedo, y así por el contrario los otros a ellos. Por lo cual, habiendo cuatro cosas, no se muestra sino una, y cuatro cualidades, y parecen una complexión, que en el manjar blanco es templada, y por eso es digno que de él se haga mención más que de otro manjar en la mesa de los señores. Y ningún otro, aunque haya muy muchos, por excelencia se da el domingo y jueves con razón, sin duda porque en todo tiene extremo: en la color por ser blanco, porque él y el negro son los extremos en las colores, y en el gusto porque es más dulce que ningún otro, y tiene el mismo extremo en los sabores, y es compuesto de estas cuatro cosas tan diferentes en las cualidades, como tengo probado, por lo cual sin duda yo lo hago templado, como está dicho.
Pues luego, aunque parece que <nos> hemos salido del propósito, de la misma manera se pueden juntar los cuatro elementos para hacer cualquier mixto, y estar en él sin que aparezca ninguno, ordenados para conservar la forma y ser de cualquier mixto. Y, como en el manjar blanco no aparece más de su forma y ser, aunque haya en él cuatro cosas diferentes, así es en todo lo engendrado debajo de los elementos. Pienso que medianamente por este ejemplo, así grosero, se podría entender cómo están los cuatro elementos en el mixto, sin verlos ni sentirlos.
Pues viniendo a nuestro propósito, dice este docto médico que cuando vos juntáis algún cuerpo con otro y lo meneáis recio y lo refregáis mucho, que se ablandan las tales partes del uno y del otro y se hacen ralas, y la calor que estaba en ellos mezclada con los otros elementos, como tenemos probado, se sale afuera y se manifiesta en la superficie del tal cuerpo como cosa más sutil y más dispuesta para mostrarse. Y así, cuando vos dais con el eslabón en el pedernal, con aquel movimiento y recia fricación que hacéis sale afuera aquel fuego que allí estaba dentro, y aparece lo que véis.
Pero háse de notar que para esta obra ha de haber dos cosas. La primera, que los tales cuerpos sean dispuestos para que en ellos se muestre esto. Lo segundo, ha de haber movimiento suficiente y ordenado para que la tal calor se manifieste, mucha o poca.
Y así, me acuerdo, estando en Salamanca, que traían tres piedras con que <se> hizo la portada del colegio del señor arzobispo de Toledo, que está a la puerta de Villa Mayor, e hicieron yugos para los carros de hierro, y no lo pudieron sufrir, porque tanto se ablandaban con la calor que se entortaban (33). E hiciéronlos de madera, para aquello convenibles, y con venir echando agua, aún todavía se encendían. Así que de unos cuerpos y con diferente movimiento, se muestra más la calor o menos, y esta razón me parece más natural para mostrar cómo universalmente el movimiento sea causa de calor, y aunque hayamos sido prolijos, la materia lo requiere.
Visto cómo el movimiento sea causa de calor, bien será mostrar cómo en nuestro cuerpo se haga esto, para lo cual se ha de saber que en el cuerpo humano hay cuatro cosas que se dicen ser muy calientes. Conviene a saber: el corazón, <el> calor natural, los espíritus y la cólera. También la sangre es caliente, pero como tenga la humedad más en supremo (como dicen), no puede en grado sumo ser caliente. Y aunque haya opiniones <de> que los espíritus y <el> calor natural sean una misma cosa, porque en alguna manera son sus efectos diferentes, yo no trato aquí sino de esa diferencia que en ellos se halla, por eso los pongo cada uno por sí.
Y de estas cinco cosas que hemos dicho calientes, dejemos el calor natural, del cual luego diremos, y tomemos las cuatro y digamos de su movimiento. El corazón siempre está en su lugar y no se mueve. La cólera (34), aunque esté cantidad de ella en su lugar propio, que es lo que acá llamamos la hiel, mucha va con la sangre para mantener los miembros que tienen su complexión. De manera que, cuanto a este propósito, espíritus y sangre y cólera se mueven en el cuerpo humano.
Y que se mueva la sangre está notorio, por ser hecha en el hígado, y acabada de perfeccionar en las venas, siguiendo esta opinión va al corazón. Y parecerá cosa también dificultosa que, siendo la sangre pesada y grave, cómo sube al corazón, y aun a lo más alto de la cabeza va a mantenerla. A esto se dirá que en tres maneras naturalmente se halla lo grave subir. La una es el agua, por igualar a su nacimiento. Qué sea la causa de esto no es para este lugar. La otra, para que no se dé algo vacío, porque esto aborrece mucho naturaleza, tanto que, si Dios permitiese que se cayese un pedazo del cielo, si no hubiese allí quien henchiese aquello vacío, la tierra se subiría a henchirlo. Lo tercero es la sangre, que siendo pesada, sube, como tengo dicho, a lo más alto del cuerpo a mantenerlo, y aunque se diga que sea regulada por naturaleza, sin duda que es grave y sube contra su natural inclinación.
Así que se ha probado cómo la sangre se mueva y vaya a todas las partes del cuerpo y al corazón. Y cuando allí va por las venas al corazón, primero es a su lado derecho y allí se sutiliza, y después se pasa al lado izquierdo del mismo corazón, de donde se hacen los espíritus vitales, que son (si se puede decir) como unos átomos; y son los átomos como cuando entra un rayo del sol por una ventana y se ven allí unas cositas muy sutiles, como un polvo que se menea, que para darlo a entender así se ha de decir. Pues luego, hechos allí estos espíritus vitales, al momento se mueven, y parte de ellos suben al cerebro y se hacen <espíritus> animales para las obras del sentido y movimiento, y otros se van a los miembros que se llaman naturales, y principalmente al hígado y estómago, para las obras naturales, que son atraer, detener, digerir y expeler lo que allí conviene del mantenimiento.
Aunque también estos espíritus se mueven accidentalmente en todas las pasiones del ánima. Así como en la mucha alegría se mueven afuera y pueden ser tantos que se consuman mucho, y se muera un hombre súbitamente con el mucho placer, también aparece esto cuando un hombre tiene mucha vergüenza, que se muestra colorado, porque se mueven al rostro, donde la vergüenza más se denota. También en el temor se para (35) amarillo, porque los tales espíritus se meten adentro, y de aquí viene que muchos hombres, con el tal temor, expelen la orina y otras superfluidades por detrás. Y es la causa que, como los espíritus sean calientes y es propio de la calor abrir, apartar y dividir las partes, pues como se meten y lanzan adentro, y las tales vías donde esto superfluo está detenido ábrelas, sale aquella sin sentirlo ni quererlo. De manera que hemos mostrado cómo estas tres partes calientes que están en nuestro cuerpo se mueven.
Y pues notorio que si otras cualesquiera cosas (aunque sean frías) moviéndolas causan calor, muy mejor lo harán éstas siendo calientes. Por lo cual cuando hay movimiento, que es el ejercicio, con aquella grande agitación que se hace se aumenta la calor en ellas, y también, como sean mixtos (como los demás), se podía bien verificar en ellos la cuarta opinión dicha, que como haya movimiento en nuestro cuerpo con el ejercicio, friégase mucho la sangre, y así los espíritus y cólera con los miembros, y los miembros con otros miembros, y causan sutilidad y raleza y muéstrase la calor que en ellos hay. Y los calientes más se encienden y por esta vía se aumenta la calor en nuestro cuerpo por el ejercicio.
En muchas maneras se aumenta el calor en el cuerpo humano, mas porque vamos hablando <de> cómo se haga por el ejercicio, no tenemos necesidad de tratar de los otros. Dijimos que había calor natural; también éste sin duda es el que principalmente se aumenta y se enciende cuando las otras partes que dijimos se movían. Qué sea este calor natural y la diferencia que tenga <con los> otros dos que se hallan, que son celeste y elemental, muy bien lo tenemos dicho en el libro que hicimos de muerte y vida.
Pero para nuestro propósito se ha de saber que los otros dos calores, aumentándose, traen muchos daños en nuestro cuerpo. Pero este calor natural, el cual se halla en todo lo que tiene ánima, así como en los árboles, que tienen la vegetativa, y en los brutos la sensitiva, y en los hombres, la racional (que en sí concluye las otras dos), aunque tome grande aumento y mucha virtud y fortaleza en sus obras, no son como de calor, sino como una propiedad que tiene para obrar muy natural. Esto se ve muy claro en lo que se hace en el estómago de un hombre, donde entran tantos manjares diferentes en cantidad, forma, sabor y olor, y los convierte en una cosa, que es como hordiate (36) hecho de cebada, que se llama quilo, y en el hígado se torna en otra cosa que se llama quimo, muy diferente.
Es por cierto de notar esto muy bien en un vientre de un avestruz, porque se dice que come un hierro y lo convierte en sustancia de su cuerpo. Acuérdome, siendo muchacho, que estaba un avestruz en casa del señor arzobispo de Sevilla, don Diego de Deza, y que estando jugando a la pelota con sus pajes, se nos salió del juego la pelota y, como iba rodando por el patio, la tomó el avestruz y comenzó a tragarla. Y como tiene el cuello muy largo, antes que la tragase no hacíamos sino subirla hacia arriba, y ya que la teníamos en la boca, como era muy alto y no alcanzábamos, tornábala a tragar, y era pasatiempo vernos en contienda con el cuello del avestruz.
Estábanos mirando el señor arzobispo y mandó a un mozo de espuelas, que así se llamaban entonces, que allí estaba mirándonos, que nos la sacase. Y como oímos al señor arzobispo, dejamos al avestruz, y cuando vino el otro, ya se la había tragado. Es de maravillar lo que comen y que se digiere en su estómago. Esto sin duda no lo hace el tal calor con su actividad, aunque la haya menester, sino por la propiedad que tiene muy maravillosa para hacerlo.
¿No es también de maravillar lo que se hace en un almácigo (37), donde hay mil diferencias de yerbas sembradas y arbolicos, y en una tierra y con un agua y en un tiempo, cada uno toma para sí lo que le conviene y lo convierte en su naturaleza por la virtud de su calor que tiene para ello? Así que es grande bondad la de este calor natural y de gran precio y de grandiosa obra en nuestro cuerpo humano.
Y así, se dice que a una mesa se dio ponzoña en igual cantidad, y que estaban ocho comiendo, y seis murieron y los <otros> dos escaparon, y no fue sino por tener esta calor natural muy fuerte y de gran vigor, que bastó con su gran propiedad resistir la tal ponzoña y señorearla y vencerla.
Y por esta vía, tenemos probado cómo sea gran virtud la de este calor natural. Éste se aumenta también en nuestro cuerpo, así por las razones dichas en el capítulo precedente como por las causas que mostraban algunas de las opiniones que trajimos. Porque la una decía que el calor se perfecciona con el movimiento; así, cuando lo hay en el cuerpo humano, por el ejercicio se perfecciona este calor y se aumenta. La otra opinión era <que> la cosa muy perfecta ha de traer y mostrar obra de gran perfección; y el movimiento (como dijimos) es muy perfecto, luego muestra cosa de gran perfección, como es el calor natural, y por eso se aumenta con el movimiento (como tenemos dicho). En conclusión, que éstas son las causas que hemos declarado por las cuales el ejercicio, que es movimiento de un lugar a otro (que de éste tratamos aquí), aumenta la calor en nuestro cuerpo.
Ya considerado cómo por el ejercicio se aumente este calor, no será malo saber qué es la necesidad que nos compele <a> aumentarlo en nuestro cuerpo y qué hace para conservar nuestra salud. Y para darlo bien a entender, aunque muy largo tengo esto dicho en el libro que hice de la vida y muerte, y porque allí fue otro propósito muy diferente de esto, diremos en breve lo que para aquí conviene.
Después que en el vientre de nuestra madre somos engendrados, diósenos para sustentar la vida dos humedades, una que se dice radical y otra cibal o nutrimental; la radical es en la que se enciende el calor natural de que tratamos en el capítulo precedente, que son los miembros de nuestro cuerpo, y ésta tiene su cierta limitación: que se ha de acabar por fuerza, que es el término de la vida, donde se sigue la muerte, que en ninguna manera puede dejar de ser.
Hay otra humedad que se llama nutrimental, que se da al cuerpo, que es la que cada día comemos, y también en ésta se sustenta el calor natural, con la cual se aumentan los miembros hasta la edad de veinticinco años que van creciendo los hombres, y después, <en> adelante, para sustentar la vida. Háse más de notar que, para venir a convertirse esto que cada día comemos en sustancia de nuestro cuerpo, se digiere y dispone cuatro veces. Y cada vez que esto se hace, se limpia y mundifica (38), y salen de ello superfluidades.
La primera es en el estómago, y de allí sale lo superfluo que va por abajo a las tripas; la segunda en el hígado, y lo superfluo de esto va a la hiel, y a lo que acá decimos bazo; la tercera en las venas, y de allí se hace la orina, y va por los riñones a la vejiga; la cuarta, cuando se convierte en sustancia de nuestro cuerpo, y de aquella superfluidad se hacen los pelos y crecen las uñas y otras superfluidades que insensiblemente se limpian y son menester para otras cosas.
Háse de mirar más, que, para que estas superfluidades del todo se mundifiquen y se expelan del cuerpo, ha de haber muy gran regularidad en el tal cuerpo del hombre, tanto en el regimiento bueno, para que no se engendren muchas superfluidades, como gran cuidado y solicitud en echarlas fuera, porque es imposible naturaleza poder del todo evacuarlas, y más, pasando el hombre de cuarenta años, que ya el calor, que es el instrumento del ánima con que hace todo lo del cuerpo, se va debilitando y enflaqueciendo; porque si son muchas, hacen enfermedades de repleción y matan súbitamente, y si pocas y malas, de putrefacción, de donde se siguen fiebres, postemas (39) mortales y anda la reuma, gota, riñón, hijada, piedra e indisposiciones mortíferas que, aunque no matan, traen la vida muriendo.
Pues, por amor de Dios, que digáis al médico, pues es ministro de naturaleza, que le ayude a limpiarlas, no podrá sino por una de cuatro maneras: o con provocar vómito, o con sangrar, o purgar, o daros con que sudéis u orinéis mucho. Todo esto, si se ha de hacer, trae a nuestro cuerpo gran trabajo, y naturaleza ha de tener muy gran vejación. Si decimos del vómito, que es gran medicina, hombres hay que se mueren antes que provocarlo. Para sudar o provocar orina, siempre se ha de dar algo por de dentro, que por fuerza ha de ser caliente y puede dañar el hígado, y hacer otros inconvenientes. Pues sangría no compete en muchas de estas indisposiciones, cuanto más que, aunque sea la sangría evacuación universal que evacua muchedumbre de humores, imposible será sacar las flemas gruesas y aun sutiles que están embebidas en las junturas, músculos y en los poros de la carne.
Si os purgáis, hay en la tal evacuación tres daños muy notables y por ninguna vía el hombre lo había de hacer, si no fuese con muy gran necesidad. Uno de los daños es que pocas purgas hay que no tengan ponzoña. Esto está claro, pues que Galeno dice que para probar si la triaca es buena, manda que la den al que ha tomado alguna purga, y si comienza a obrar e impide que evacue más, es buena la triaca, porque impide que el veneno de la purga, por el cual obraba, fuese adelante. Pues, por mi vida, que <no> toméis tóxico o ponzoña para que os mate, queriendo vivir.
Lo segundo que tiene la tal evacuación es que trae grandes daños, aunque purgue el cuerpo, porque inhabilita los miembros principales, corrompe los espíritus, trae trabajo en las virtudes naturales y algunas veces evacua más de lo que queremos, o no cuanto parece que conviene, porque es imposible que el médico pueda regular puntualmente lo que conviene que se evacue.
Trae lo tercero gran trabajo, porque aunque dé vida, siempre la acorta, porque nunca se puede evacuar malo que no se quite lo bueno, que es daño principal. Así que con la tal evacuación no podéis ayudar del todo a naturaleza, y aunque se diga que hay medicinas benditas, así como uibarbo, maná (40), canafístola (41) acíbar (42) y las demás compuestas, las píldoras de cera y las de regimiento, aun éstas podrían traer no poco daño, porque se podrían dar en estómago tan débil y no en tiempo decente, y que moviesen y no evacuasen, de donde se podrían seguir algunos perjuicios, así que a gran necesidad se ha de tomar. Pues todo esto considerado, y visto que el ejercicio sin ninguno de estos inconvenientes podría limpiar el cuerpo de esto demasiado y dañoso, sino que con tomar placer y tener regocijo se podría hacer (como diremos), fue inventado y usado, y por cierto digno de mucho loor, usando de él con las condiciones que diremos, y es medicina muy bendita y que se ha de estimar en mucho.
De verdad que me parece que bastaba, para lo que aquí se ha de decir, entender bien lo que se ha traído en el capítulo pasado, pues que hemos notado cómo el ejercicio se ordena para consumir las superfluidades que no se acaban de evacuar de las cuatro digestiones, porque éstas bastan (como diré) para hacer grandes y muy malas disposiciones en el cuerpo del hombre. Pero para más especificarlo, se note bien lo que aquí se dirá.
Y primero se considere que, como en todas las cosas que se hacen se tenga intento al fin (como mostramos), y lo que de él sucede es lo que muestra que es bueno o malo, o en este medio participe de entrambos extremos, de la misma manera se ha de tener consideración con el ejercicio, porque según lo que de provecho o daño de él se sacare, podremos juzgar y examinar su bondad o lo contrario a ella.
Por lo cual, se ha de saber que en el ejercicio hay movimiento muy grande, velocísimo y muy continuo y así apresurado; o, por el contrario, es movimiento muy pequeño, muy tardo y no continuo ni con apresuración; o tiene el medio entre estos dos extremos y hácese con gran templanza y moderación y con voluntad de hacerlo en el orden que diremos. El primero, aunque al principio en él se aumente la calor, por tener aquella gran fortaleza y frecuencia y por continuarse mucho de una vez o hacerse continuo, váse consumiendo la misma calor natural y trae grandes daños y perjuicios, porque debilita a todas las virtudes naturales y principalmente la digestiva, y gasta los espíritus y trae gran flaqueza al cuerpo, y de nuevo se engendran muchas superfluidades y se hacen enfermedades incurables, y así se ha visto morir hombres de jugar mucho a la pelota. Este tal en ninguna manera se ha de usar, porque antes se dirá trabajo mortal, que no ejercicio que alarga la vida.
El otro, contrario de éste, ni trae daño ni provecho, aunque en alguna manera conserva el calor natural en su vigor y fuerza y en algo lo aumenta. Mas el que media entre estos dos, teniendo las condiciones que luego se dirán, es el que se inventó para gastar las superfluidades, el que incita el calor natural y moderadamente lo enciende. Éste es causa que no haya enfermedades, así de repleción como de putrefacción; excusa la purga y la sangría y todas las evacuaciones artificiales que dijimos, ayuda a que mejor se hagan las naturales.
También consume y desbarata lo que puede ahogar e inhabilitar al calor natural, disponiendo bien la humedad en que está encendido; da fuerza a todas las virtudes naturales, vitales <y> animales. Y esto, moviendo el espíritu a las partes exteriores de las de dentro; da ayuda también a los miembros, en los cuales están las virtudes, resolviendo lo superfluo que en ellos se halla y trayendo el debido mantenimiento para su sustentación. Limpia también los órganos de los sentidos, gastando lo que en ellos hay que les dañe e impida sus obras. Conserva en todo la salud, preserva que si alguna indisposición tenéis que os suele venir, que no os venga, así como reumas, asma, pasiones de hijada, riñones, gota, ciática. Hace seguro que las enfermedades que podéis heredar, que no las tengáis , así como lepra y los demás males dichos; y para las pasiones del ánima no hay medicina más decente y más necesaria, porque, como el ejercicio sea movimiento voluntario, sin duda que en él se ha de tomar placer y alegría y gran recreación.
Y para recopilar todo lo dicho y mostrar mejor su virtud, tres cosas muy notables consigue en el cuerpo ejercitado. La primera, que pone una fuerza y grandeza en los lugares donde están las virtudes, a lo cual se sigue una bondad muy fuerte para hacer sus obras, y una imposibilidad para que no sean perjudicadas. Lo segundo, que tenemos probado que trae aumento de calor natural, en el cual se denota fortísima alteración del manjar, digestión muy perfecta y mayor aumento, y un derramamiento por todo el cuerpo de lo que conserva la salud. Porque a las cosas duras ablanda, deshaciendo las opilaciones y consumiendo el humor que las causa; porque sutiliza la humedad, con lo cual las vías se ensanchan y todo lo perfecciona. Lo tercero, el movimiento de los espíritus se engrandece, a lo cual también se sigue que los poros del cuerpo se abran, y por ellos las superfluidades se exhalen y salgan y se evacuen, de donde se siguen todos los provechos que hemos dicho y mostrado.
Tiene más, que no lo dejaré de decir: que, como tantos bienes traiga, da muy lindo color al rostro. Y lo mejor, que lo podéis usar sin tomar consejo del médico y sin daros desabrimiento alguno, tomándolo como diremos. Y pues así es, y tantos bienes y provechos del ejercicio se toman, que con sólo conservar la salud (señora de tantos bienes) basta, oh señores generosos y señoras que les seguís, oh caballeros y dueñas de todo estado, oh letrados que todo el día gastáis en vuestro estudio, y también religiosos y religiosas! (Si podéis), en veinticuatro horas que hay en el día y <la> noche, elegid siquiera <alguna> para conseguir y alcanzar tanto bien en la salud.
Porque a mi parecer, y según algún docto lo prueba, que la salud del ánima sin duda muchas veces viene de estar bien dispuesto el cuerpo, como dijimos en el prólogo. Y esto está notorio, porque si un hombre es muy lujurioso, de ser muy sanguíneo le viene; pues curadlo en darle manjares que no le aumenten la sangre y trabaje en que haga ejercicio, y gastará las superfluidades que a ello le incitan, y será casto. Y si es muy airado <y> soberbio, que lo causa la mucha cólera, ejercítese y sudará, y evacuará mucha parte de tal humor y será bien sufrido y humilde. Sois perezoso, flojo, por ser flemático, tomad algún trabajo y se ha de deshacer esa gordura y carne superflua, y seréis diligente y hábil para trabajo. El meláncolico, que con su frialdad y sequedad está pensativo, triste, descontento y huélgase con la soledad, haga ejercicio, y con éste, el calor incitado consumirá la frialdad, y siempre en él hay humedad, porque hay sudor, y la sequedad se dispondrá de manera que no haya tanta, y ha de mudarse la complexión.
Cuanto más que, como mostraremos, lo principal que hay en nuestro ejercicio ha de ser placer, y alegría y regocijo. Y esto no puede ser sin conversación de amigos, pues haciéndolo el melancólico, luego perderá sus tristezas y será apartado de sus soledades. Es verdad, sin duda, que para esta enfermedad que ahora se usa, que pocas veces en los antiguos se hallaba, que se dice melarquía o melancolías, el ejercicio moderado, con sus condiciones, yo no hallo para ella mejor medicina. Y de esta manera, bien tengo probado ser la salud del cuerpo muy necesaria para conseguir la salud del ánima. Aunque, dicho esto al revés, se hallara verdadero, que quiero decir que para alcanzar la salud del cuerpo es bueno que se cure primero la del ánima, porque el virtuoso con su bondad podrá muy bien sojuzgar las pasiones del cuerpo, que por no dar pesadumbre no lo declaro más, aunque bien se entiende, y esto me parece bien dicho para el propósito, que pienso que (aunque largo) no dará desabrimiento.
Capítulo doce y último del primer tratado, de las condiciones que ha de tener el ejercicio para conseguir por él los provechos que hemos mostrado
Notorio está que, para alcanzar el provecho de cualquier obra que se ha de hacer, se ha de dar orden antes que se comience en cómo se ha de obrar. Y, porque tenemos mostrado en el capítulo precedente del bien tan excesivo que del ejercicio se toma, ya que nos vamos llegando a su práctica, sepamos qué son sus condiciones y qué manera se ha de tener para usarlo, y para esto se note cómo cuatro cosas son necesarias para que perfectamente se obre.
La primera, que en él se halle voluntad libre, porque se ha de tomar cuando quisiéreis y el que mejor os pareciere y el que más os convenga. Porque si esta libertad no hubiese, y forzado fuéseis a ello, antes sería trabajo y como por jornal se tomaría, de la manera que cualquier oficial ejercita su oficio, así como albañil, carpintero o cavador y otros oficios así semejantes, de modo que habéis de ser señor de vos, con libre voluntad.
Lo segundo, que en él se tome mucho placer y alegría, porque si esto no se hallase en el ejercicio, sin duda que no se podría tomar de él lo que hemos dicho, porque muy visto está que las pasiones del ánima son grande causa de traer la salud o enfermedad, y aun de venir a la muerte. Quién ignora, de los médicos peritos, que, si el enfermo teme mucho la muerte, pone <en> duda (y no poca) al médico que lo cura <de> que podrá conseguir la salud en la indisposición que tiene. Y la razón está notoria, que como tengamos virtudes animales, que son imaginativa y cogitativa, y éstas sean las señoras que mandan a las naturales, que son, como tengo dicho, atraer, digerir, expeler y retener, y como en éstas esté toda la salud o son instrumento de ella, porque con digerir el humor que causa la enfermedad y expelerlo y conservar lo bueno y traer lo convenible se consiga la tal salud, pues como en el temor las dichas virtudes animales manden, impiden a estas naturales que hagan sus obras, y de esto viene a morirse el que teme la muerte.
Así que es gran parte el placer moderado para alcanzar lo dicho que en el ejercicio se halla, y así, se dice que la mejor cosa para la digestión es tomar alegría, y por esto, cuando vais al campo o a otras partes donde se toma regocijo y hay recreación, mucho más se come y bebe. Y aunque parezca que lo haga la conversación, es gran parte de lo que hemos declarado, que es que se hace mejor digestión.
Por eso, yo suelo decir que, cuando hay banquetes en el campo o en otras partes, para tomar salud y que no dañase el mucho comer, antes de la comida había de haber entre los caballeros que allí se hallan ejercicios que trajesen alegría, como correr, saltar, jugar birlos, montar algún caballo o ir a cazar; y las señoras, sus bailes y danzas y paseos por el campo o huertas. Porque sería gran bien que todos viniesen cansados a la comida, y después de haber comido, es bueno el juego de naipes o dados, solamente por pasar tiempo después de comer, o estar mirando a otros que hagan juegos u otras cosas de alegría y placer. Y antes de la cena ha de haber lo mismo <que> antes de comer. Éste, por cierto, es muy saludable consejo y pocas veces dañaría en las tales conversaciones el mucho comer, así que lo segundo que se ha de tomar en el ejercicio es lo que tengo yo dicho.
La tercera condición, que en el tal ejercicio haya continuación y no sea interrupto, porque si comenzáis a ejercitaros y lo dejáis a la mitad, movéis el humor que se ha de consumir y gastar. Como no se consuma y salga por los poros del cuerpo, que se abrieron con la calor, aumentada en el movimiento, sin duda que podría traer más daño y hacer mayor inconveniente, y por esto ha de ser el buen ejercicio continuo y frecuente, veloz hasta el fin, y que se sienta como un alivio en el cuerpo, aunque el que lo hace esté trabajado y con algún sentimiento, y aunque sea mucho, será mejor.
Lo cuarto, que se sigue a esto: que se haga el aliento corto, y aunque parezca que tenéis necesidad de continuarlo, porque se nota el calor estar bien aumentado y que el corazón tiene necesidad de más aire para su aventación; y por esta vía mejor gastará lo superfluo, que trae las indisposiciones dichas. De esto se hablará más en particular abajo.
Y así se da fin a este primer tratado, en el cual se ha dicho del ser del ejercicio y de sus provechos y condiciones, y en lo que se sigue trataremos el cómo se ha de usar. Con el Divino Auxilio, que siempre sea con nosotros.
TRATADO SEGUNDO, DE LA DIVISIÓN DEL EJERCICIO, Y PONE EL PARTICULAR Y CUÁL ES EL MEJOR DE TODOS, CON OTRAS COSAS DIGNAS DE SABER, MUY PROVECHOSAS PARA EL PROPÓSITO
Capítulo primero del segundo tratado, donde se divide el ejercicio y dice cuál sea el particular, y comienza a mostrar cómo se han de ejercitar los órganos del sentido
Muy claro está que, cuanto más de raíz se trata de los principios de las cosas, más fácilmente venimos en su conocimiento. Y porque en el tratado precedente se ha bien mostrado el ser del ejercicio, justo será que comencemos a decir cómo se ha de hacer, para que lo dicho por la obra se conozca.
Y porque la división no solamente da lumbre para más declarar lo que queremos, mas también con ella nos llegamos a la verdad, será bien dividir nuestro ejercicio. Por lo cual, se ha de saber que el ejercicio se divide en ejercicio común y ejercicio particular. El común es en el cual se mueven juntamente todas las partes del cuerpo, y el particular es en el cual tan solamente hay movimiento en una parte, así como desde el medio cuerpo arriba, desde allí abajo o en un lado, como en el derecho o izquierdo, o en una parte de estas dichas, como sola la cabeza, o en un brazo, o en una partecica de éstas, como sola la lengua o sola la mano, aunque algunas veces hay ejercicio en estas partes que hemos dicho sin tener advertencia a ello, como abajo diremos.
Y para mayor declaración, trataremos primero del ejercicio particular y después del común, porque todo lo abrace y comprenda. Allende de esto, se podrá bien contradecir a lo que diremos, si en el ejercicio ha de haber el aliento frecuente y continuo, que es una parte, así de su definición como de las condiciones que hemos dicho que en él se requieren. En todos estos ejercicios particulares parece que esto no se podría hallar, luego ha de seguirse que ni la definición ni las condiciones del ejercicio convenían con él. La respuesta es fácil, porque aquello se entiende en el ejercicio universal de todo el cuerpo, y también en algunos de los particulares, y aunque no se halle en otros, baste que allí en tal parte del cuerpo haya movimiento alguno con el cual se aumente la calor, que sea causa de más perfeccionar el tal lugar o de consumirse alguna cosa superflua que le trae disminución o corrupción, o del todo quitamiento de su obra.
Y para esto, es muy bueno que todos los órganos del sentido tengan su ejercicio particular para que lo dicho no les acontezca. Y por esta razón, trataremos primero de ellos. Y porque dije los órganos del sentido, háse de notar (como en otra parte tengo más declarado, aunque no a este propósito), que estos ojos, narices, lengua, oídos o dedos con que tocamos, ninguna cosa juzgan de lo que se les representa o pone delante, y traeré ejemplo en la vista, y así se podrá entender de todos los otros órganos.
Cuando yo miro alguna cosa, las colores que allí están y la manera que tiene en su ser no se juzga ni alcanza por estos ojos que veis que tengo en mi rostro, sino <que> es una vía, por donde va cierta cosa que sale de aquello que miro, a ser juzgado por una virtud de mi ánima que se llama sentido común, que está en la parte delantera del cerebro. Y porque este medio puede ser perjudicado o tener algún daño, por alguna superfluidad que en él está embebida u otra cosa que le perjudique, viene a ser que lo que se ve, o no se ve del todo, o parece diferente de lo que es, o ninguna cosa se juzga de ello. Porque aquel sentido común, que es el juez, siempre tiene buena disposición, porque no está el defecto sino en este órgano por donde ha de ir a ser juzgado lo que se ve. Y de aquí viene la manera de decir común, que si al viejo le quitasen sus ojos y le pusiesen unos del mozo, que vería como el mismo mozo.
Quiero declararlo en mí propio para darlo mejor a entender. Quitadme a mí, que soy viejo, estos ojos llenos de superfluidades y de mal humor, y ponedme los del mozo, limpios y muy purificados: sin duda que veré tan bien como el mozo. Porque el daño de no tener buena la vista no está en el que juzga, que es el sentido común, sino en el camino por donde ha de ir lo que se ha de juzgar. Y así es del oído y de lo otros sentidos. Porque si pensáis cuando tenéis catarro, ni oléis bien ni tenéis gusto en lo que se come, porque en la lengua, donde se causa el gusto, y en las vías del olfato, que son las narices, están embebidas muchas superfluidades que de la cabeza han caído, que le impiden que pueda bien recibir ni tomar en sí lo que se ha de juzgar del sentido común (como dije), por estar aquí en estos sentidos la imperfección de sus obras. Pues luego, digamos cómo se mundifiquen y limpien con algún mayor movimiento que el común movimiento tiene, y comencemos luego a decir de los ojos.
Comúnmente se dice que la composición y orden que el ojo tiene en su forma y manera es de mayor perfección que ningún órgano de los otros, porque parece que con él se hacen obras más sutiles y de mayor consideración. Aunque el oído de esto se podría quejar, cuestión es muy de oír entre ambos. En aquel libro que yo hice de la vida y muerte, lo traté (aunque breve) razonablemente.
Veamos ahora qué sea ejercicio de la vista para que sienta algún provecho en su movimiento. Los más (43)dicen que, mirando cosas muy menudas y de mucha consideración y diferentes para juzgarse, el ojo toma algún cansancio, y de allí se mueve más para dar a considerarlo. Y de esto viene a consumirse algo superfluo que le impide y daña su operación. Así como si os pusiesen delante un retrato con diferentes colores en las pinturas y tuviese mucha variación en lo que en él se muestra, como en leer en letra muy menuda o ver algo de lejos, que haya mucho que juzgar, sin duda en estas diferencias trabaja el ojo (como dije) y caen algunas lágrimas, que en verdad es lo que aprovecha mucho.
Así mismo, abrir también los ojos cuando hace algún viento que no traiga polvo es provechoso, que, como va a hacer su oficio (que es mirar), no puede con el viento, y con aquel trabajo meneáislos mucho y en alguna manera aumentáis la calor. Y los poros de los mismos ojos (porque son muy porosos) ábrense, y entra el viento muy colado, y derrite alguna superfluidad que allí está, y la vista se aguza. Y así, se tiene por muy bueno meter los ojos en las mañanas en agua caliente, y tenerlos allí algún tiempo y abrirlos después hacia el aire, y mejor si corre algún poco de viento suave y limpio, que como con la calor y la humedad del agua aquellas superfluidades gruesas que allí estaban se ablandaron, entró el aire o viento por los poros del ojo y deshizo lo que allí estaba ablandado, y expelido afuera, luego sentiréis mucho alivio en la vista, y sin duda que más la perfecciona.
También es buen ejercicio en las mañanas muy suavemente fregar los ojos con los dedos, que, <así> como para bien regiros, cuando os laváis en la mañana las manos, habéis de lavaros la boca y fregar los dientes y limpiar los oídos y mundificar las narices, así también se han de fregar los ojos y limpiarlos, y en aquella fricación siempre hay algún calor por haber más movimiento, y no es poco provecho.
De aquí viene que no alabo yo mucho a algunos señores que usan traer continuo anteojos por tener corta <la> vista, porque los ojos de esta manera tapados ningún ejercicio hacen, y tengo por cierto que tienen más superfluidades y les es mucho daño. Verdad es que el señor don García Ponce de León me dice que después que trae los anteojos ve más. Pero, si su merced se acuerda qué tanto veía antes que se los pusiese, y si se considera lo que ve ahora, si probase a ver no trayéndolos, por la razón dicha, que es no hacer ejercicio con los ojos (a mi parecer), podría ser menos. Porque, allende de no consumirse alguna cosa que en ellos se allega, por no ejercitarlos (pues que los vidrios lo impiden), por el mismo ojo salen también muchas superfluidades y vapores del cuerpo, que por tener allí delante aquellas puertas y no poder exhalarse ni salir, yo tengo por muy cierto que se tornan adentro y se recogen a las túnicas exteriores de los ojos, y sin duda que traen muy grande perjuicio. Y esto está claro, porque siempre es menester limpiar los anteojos por lo superfluo que en ellos se allega. Y así, yo daría por consejo que continuo no se trajesen, aunque ponerlos algunas veces para cuando bien no se ve lo que representa, como hacía el señor Deán de Sigüenza, que Dios haya, que era corto de vista, no lo tengo por malo.
Y ya que más no pudiese ser, sino que por fuerza se han de traer, por ser la vista muy débil, de mi consejo sería bueno quitarlos algún tiempo del día y limpiar los ojos, y aun lavarlos con un poco de agua eufrasia (44) o celidonia (45). Y esto sería bueno antes de comer y cenar, que es el tiempo en que se ha de hacer todo ejercicio (como diremos). Para ir de camino en tiempo de mucho frío o que haga polvo, para guardar los ojos de algún daño que de esto les podría venir, no es <de> poco provecho usarlos.
Allende de esto, no estoy bien con la costumbre que se tiene de estudiar siempre con los tales anteojos, porque sin duda no hay cosa que más los ejercite que leer y estudiar mucho sin ellos, aunque se dice que el rejalgar (46) que tiene el molde puede traer algún inconveniente y acorta la vista. Yo no digo que se deje de estudiar con ellos, sino que algunas veces estudien sin anteojos, porque se haga algún ejercicio con la vista.
Y cuando se sintiere que hay algún cansancio y viniere alguna lágrima a los ojos, que acontece cuando mucho estudiáis, es muy bueno lavar entonces los ojos con alguna agua de las dichas y mirar en un espejo de acero o algún vidrio verde para que los ojos descansen. Y después, si todavía estudiando sentís pesadumbre, estudiad con los vidrios hasta que tengan descanso. Quiero decir que el que tiene costumbre de estudiar con anteojos o leer o escribir, o porque no ve mucho o para conservar la vista, que es muy bien que algunas veces estudien sin ellos, para que los ojos hagan algún ejercicio y se tenga la orden dicha de arriba después de haber hecho el tal ejercicio.
Y si se dijere que haciendo lo que dijimos al principio o esto que ahora decimos podrían venir reumas de la cabeza en cantidad que dañasen más que provecho se siguiese, a esto digo que si tal se temiese, que entonces sería menester antes curar las reumas que conservar la vista de los ojos, y así me parece que se debe hacer. Y aun yo digo que, si fuese posible que nunca hubiese anteojos, que sería muy gran bien, porque del uso de ellos siempre viene (como tengo dicho) gran perjuicio a los ojos.
Y así, me acuerdo del doctor Carrera, catedrático de decreto, doctísimo varón en Salamanca en nuestros tiempos. Como era muy gran estudiante, para conservar la vista los comenzó a usar, y fuéle tan mal que pensó perder la vista, y quitados, estudió sin ellos y sintió muy gran provecho. Y no era otra la causa sino que, con el mucho ejercicio que con ellos hacía, gastábanse muchas superfluidades, y así fue aprovechado. Y esto baste para lo que toca a este ejercicio.
Las vías del olfato se ejercitan con oler cosas muy sutiles y que mucho penetren, así como vinagre muy fuerte o vino muy oloroso o aguardiente, y también con olor muy fragante de cosas calientes, así como es el almizcle, ámbar, algalia, pastillas, cazoletas (47), que están compuestas de las dichas cosas olorosas y de otras que contienen calor, porque se atrae el aire, con el cual el vapor que de ellas sale se mezcla, y sin duda consumen y gastan mucho superfluo, y es causa de mucho provecho.
También se tenga gran cuidado que no se huelan cosas que traen mal olor, que sin duda bastan <par>a matar al hombre. Y así, se dice que al abuelo del señor don Pedro de Bobadilla, que ahora vive, vecino de Granada, viniendo de Santa Fe, porque era alcalde de allí, yendo a Granada estaba tras de un vallado un perro muerto, y olió aquel pésimo olor y fue causa de morir de ello, así que se ha de excusar (48) mucho.
Verdad es que hay en medicina algunas cosas que no huelen bien y no daña oliéndolas, así como la ruda (49) es provechosa para muchas cosas. Y otra medicina compuesta que se llama asafétida (50), se huele y es de pésimo olor, pero no trae perjuicio. Y así paño o lana quemada, y por eso las concedemos en las pasiones de la madre (51) a las mujeres. También se dice que la cebolla, aunque a muchos huele mal, hace gran provecho oliéndola muy cerca de las narices, y no tan solamente aguza el olfato, mas también a la vista y oídos trae no poco bien; y la razón es que, como es caliente, tiene aquel olor que sin duda es muy penetrativo y consume algo dañoso que en las tales vías se halla.
Este sentido del olfato es en el hombre más débil y flaco que en todos los otros animales, porque, como las narices son desaguadero del cerebro, siempre caen reumas de la cabeza e impiden mucho las vías, que son causa que no se obre bien con él. Y por eso es menester en él mayor ejercicio que en ninguno de los otros.
Y así, aunque el estornudo es muy provechoso para el ejercicio de los más (52) sentidos, y aun para el pecho no daña, y también en todas las partes del cuerpo hace movimiento, pues que para expeler la criatura del vientre la madre aprovecha. Siempre trae utilidad no poca este órgano, porque, aunque es cierto que principalmente se provoque para mundificar todo el cerebro, como la tos es para lo del pecho y el vómito para lo del estómago, con esta agitación y gran movimiento se halla mucha utilidad (como dije) en todo el cuerpo.
Es de oír lo que aconteció en la Corte a un caballero: diéronle una cuchillada en que le cortaron casi toda la garganta, que ni quedó gaznate (53) ni tragadero (54), en buen romance, que no tuviese parte de la lesión. Y el doctor Ponte, como era gran cirujano, dióle sus puntos tan bien dados y con tanta orden que lo curó. Conque quedó sano y avisóle que por ninguna manera estornudase, porque le sería muy grande inconveniente, y así lo hacía. Y descuidóse un día, muchos años después, y estornudó, y fue tan recio el estornudo, que todo lo curado se tornó a abrir, y murió, y no hubo ningún remedio.
Así que es grande el movimiento que se hace en el estornudo y es de gran provecho. Y cuando alguno estornuda, suélese decir "Dios os ayude", y aunque dicen que hubo una enfermedad que estornudando morían, y por esto se dice aquella bendición. Pero a los grandes señores y al que se le tiene respeto, se le quita el bonete y dámosles gracias. Y ésta es la costumbre antigua, porque se dice que, cuando así estornudaban, lo tenían por buen agüero, como que nos daban a entender que tenían salud, y por eso se les hacía aquel comedimiento, como que le agradecemos hacernos merced en mostrar que tienen buena disposición.
Es gran medicina y muy buena (como tengo probado) el estornudo. Y nos muestra tanto tener salud, como haber gran virtud en el cerebro. Y por eso se mandaba en un cierto hospital que cuando ele nfermo estornudase le despidiesen. Esto se entendía si era en la declinación de la enfermedad, porque al principio o aumento de ella bien que acontece estornudar, pero no muestra mucha salud.
Por tanto, ninguno haya que también en las mañanas no limpie los ojos, así haga en las narices y menearlas algo recio, y lo que tiene dentro lo saque con alguna violencia para que provoque algún estornudo, y ayudará a todo lo dicho. O si no, mire hacia los rayos del sol y estornudará, porque con la tal calor destílanse algunas reumillas de la cabeza en las vías del olfato, y hacen agitación y así provoca el estornudo. Y esto me parece que baste para el ejercicio de este órgano.
Si en los libros siempre cansásemos al lector con sola la materia que en ellos se trata, no podríamos dejar de dar desabrimiento. Y por eso, no pienso que damos pesadumbre en traer algo no muy fuera de propósito, para que mejor se apliquen a leerlo, y con esto nos relevamos de culpa, si parezca que en esto dicho haya algún yerro.
El órgano del oído se ejercita con oír cosas que hagan gran sonido y con oír voces muy recias e instrumentos que suenen muy alto. En lo uno, como oyendo muchos tiros de artillería o truenos del cielo, y lo otro, con oír trompetas o ministriles (55) altos. Porque, como este órgano lo que recibe es a la manera que se hacen unas ondas echando una piedra en el río o en medio de una fuente, que va haciendo unos círculos alrededor hasta llegar al fin; así se hace en el aire, que se va meneando lo que habéis de oír, y una parte mueve a la otra hasta que el aire postrero toca al que está en el oído, y como se mueve muy recio, hace alguna agitación, y si hay allí alguna superfluidad, sin duda que o la expele adentro para que por otras vías se salga, o allí se gasta.
Que sea verdad que baste este movimiento del aire para hacer esto y mucho más, está notorio, porque cuando hay muy grandes nublados, que se dicen torbellinos, mándase tañer las campanas muy recio, porque aquellas ondas que se hacen en el aire con el sonido de ellas hacen tanto movimiento que los vientos se mueven y los expele y empuja a otra parte. Y que sea también cierto que lo que se ha de juzgar por el oído ha de venir de esta manera dicha, nótase bien cuando estáis sobre algún lugar alto o bajo y veis cortar algún árbol lejos: primero veis dar el golpe que lo oís. Y así, en el tronido, el relámpago y trueno todo se hace junto, pero primero se ve el relámpago y el cortar del árbol que se oiga el sonido y tronido que allí se hace. Y no es la causa sino, como dije, por lo que se tarda en venir, por aquello que el aire resiste, hasta llegar a vuestra oreja.
Y de aquí se saca, como tengo dicho aquí y en otra parte, la competencia de la vista y del oído, porque se dice que hay en esto y en otras cosas más perfección en el ver, porque más presto se representa a él lo que se hace, que no al oído. Y así tenemos mostrado cómo se ejercita el órgano del oído. Y sobre todo, se tenga cuidado en su mundificación en las mañanas con el dedo chiquito de la mano, que por eso se llama en latín digitus auricularis, que es dedo de la oreja, porque con él se han de limpiar los oídos, y esto meneándolo dentro mucho, porque con aquel movimiento hay calor y gasta lo superfluo que allí está.
Una pregunta se ofrece al propósito, no poco buena, y es que, por la mayor parte, después de comer siempre nos movemos a limpiar las superfluidades de narices y ojos y oídos, y por esto se dice que es muy bueno lavar las manos después de haber comido, porque dicen que ayuda para ver bien. Y esto se entiende porque como entonces somos movidos a limpiar con los dedos, así los ojos como lo demás dicho, si van sucios de lo que se le pegó cuando comíamos, sin duda que más se le allega al ojo de lo sucio (como dije) en los dedos que <lo que> se puede limpiar con ellos. Y por esto es provechoso el aguamanos, allende de la limpieza, para esto.
Pues respondamos a la pregunta. Dicen que la causa de la duda es porque después de comer suben vapores húmedos de lo que se ha comido y ablandan las tales superfluidades, y como están dispuestas para salir, naturaleza se junta a expelerlas, y para eso somos movidos a limpiarlas en el tal tiempo.
El sentido del tacto, con el común ejercicio de todo el cuerpo se ejercita, porque éste es muy universal en todo el cuerpo, como se sabe. Aunque por la mayor parte se hace con la palma de la mano o extremo de los dedos, si superfluidades le impiden que tenga toda la perfección debida, con el ejercicio común se esmera (como dije) y se limpia.
El del gusto, que se hace con la lengua, tiene más maneras de ejercicio, porque, como sea una parte del cuerpo como una esponja, recibe de arriba y de abajo no poco daño. Ésta se limpia y se ejercita con tener en la boca cosas sutiles y calientes, que penetren y consuman lo malo que tiene, con enjuagarse la boca <en> las mañanas con aguardiente o vino muy antiguo, o mascar cosas calientes, como clavos, canela y jengibre. También las cosas estíticas la ayudan, y más si no son frías, así como almáciga (56), mascándola en las mañanas. También enjuagarse la boca con un poco de arrope (57) de moras deshecho en la misma aguardiente o en el vino muy sutil, o mascar unos granos de arrayán o las mismas hojas, o canela, que también es estítica. Porque estas cosas estíticas aprietan mucho la lengua y hácenle expeler lo que tiene, como quien exprime mucho un cuero donde se ha traído aceite o miel, que lo apretáis para sacar lo que queda, así es en la lengua con estas cosas estíticas.
También es gran ejercicio para la lengua, y aun para todos los otros órganos, gargarizar en la mañana con un poco de vino tibio o aguamiel, que es muy buena medicina. Hácese en esto gran movimiento, y ayuda en extremo a expeler muchas superfluidades, tanto de las partes dichas como del cerebro y toda la boca y garganta. No se deje de hacer cada mañana, aunque sea con el agua que os laváis, si no está muy fría.
El hablar mucho y dar voces es también gran ejercicio para la lengua. Y así, veis que cuando se habla mucho expeléis la saliva muy espesa, que está claro que lo hace por lo dicho, que es por mover mucho la lengua. Este ejercicio, o de dar muchas voces o hablar demasiado, es también muy útil para todo el pecho, así como livianos (58), gaznate y tragaderos, y ternillas y otras partes que allí se hallan. Y aun también todo el cuerpo se ejercita si estáis en pie como los que predican, que por cierto es muy gran salud para los señores predicadores y es ejercicio sin sentirlo, porque aquél no es vuestro sustento, y, tomado con alegría y voluntad libre, será gran provecho, así para nuestras ánimas como para conseguir salud para sus cuerpos, y muy grande. Y es tan bueno que el reverendo padre fray Juan de Ochoa, que yo tengo por uno de los doctísimos teólogos, me decía haber ido a predicar con calentura y, con el mucho movimiento, sudar y venir sin ella.
También los que leen algunas lecciones tendrán lo mismo, pero será del medio cuerpo arriba, porque están sentados. De manera que el dar muchas voces y hablar mucho es gran ejercicio para el órgano del gusto, como tenemos dicho, y así también en todos los señores que predican o leen lecciones, tomándolo con las condiciones del ejercicio que notamos. Aunque el capítulo parece largo, algunas cosas se han traído en él bien provechosas.
Con razón se podría decir que habíamos de comenzar a escribir del ejercicio de las virtudes animales, y proseguir de los órganos de los sentidos, así por ser de mayor perfección sus obras como por estar en lo más alto de nuestro cuerpo. Esto está notorio, porque los más dicen que están en el cerebro, aunque el sentido común, algunos bien doctos quieren mostrar que esté en el corazón; baste que yo sigo la mayor opinión. Y no comenzamos a tratar de ellos, porque este sentido común no toma su ejercicio sino como los órganos lo reciben, porque, según mucho o poco ellos se emplean en obrar, así él se ejercita en juzgar.
Pues para bien entender esto, habráse de notar, como ya tengo mostrado en otro lugar muy claro y más difuso, que en la parte delantera de la cabeza, en la sustancia del cerebro, está una como celdica donde el ánima tiene esta virtud que se llama sentido común, que es con <el> que juzga de todo lo presente que de fuera se le representa y va por los órganos ya dichos. Y todo su esmero y perfección está en la curiosidad que se tiene en ejercitar los tales órganos en cosas sutiles y de mucha consideración y juicio. De manera que él tiene costumbre de mucha especulación, así de pinturas o edificios notables en que haya alguna <de>mora en juzgarlas; aquí se ejercita (como dije) el órgano en pasar por él, y el sentido común en considerarlas. Y por eso, en oír músicas bien ordenadas, con voces muy suaves, a señoras, y oír lecciones a predicadores muy sabios y muy sutiles, y declarar cosas muy oscuras, se ejercita mucho esta virtud, y es muy grande la utilidad y provecho que se toma del tal ejercicio. Y no vienen a ser los hombres inhábiles en semejantes cosas, sino en no tener uso en aquesto y no trabajar en emplearse en la consideración y especulación de lo dicho.
Esto se puede bien probar de esta manera: traiga uno un pleito que nunca en su vida lo hubo; pasado un año, por cierto, más leyes sabe y más puntos alcanza que el letrado que aboga por él, y mejor solicita que el que toda su vida lo usó, y no fue la causa sino el grande ejercicio en juzgar y considerar mucho lo que oye y lo que ve. Pues luego, el ejercicio del sentido común está en la continuación de lo que siempre se representa para juzgarlo, habiendo cosas de mucha consideración.
Después de este lugar, hay otro en el cerebro donde está otra virtud que se llama fantasía o imaginativa. Y dígolo así porque algunos dicen que están juntas en un lugar, y otros las ponen en diferentes. Esta fantasía tiene en sí guardado todo lo que vos habéis menester para fingir y componer lo que quisiéreis. De dónde viene que el otro compuso el libro de Amadís (59) y otros libros profanos, donde hay tantas mentiras que nunca se vieron ni oyeron? Porque estos libros no son sino como quien juega a las mentiras, que quien mejor la dice y la finje, sabe más. De dónde sacó aquel lo que allí compuso? No de otra parte, sino de esta virtud que se dice fantasía, que es como un arca donde tenemos guardado todo lo que queremos para este negocio.
Y la imaginativa, esté con ella o en otra parte, es la que ordena y compone todo lo que se saca de aquí, de la fantasía. Y también, el sentido común juzga de todo lo que se compone con estas virtudes, pero de otra manera, que lo hace por sus órganos, porque con estos juzga (como dije) de lo que acá fuera se le representa, pero con éstas, lo que dentro se forma y compone.
El ejercicio de estas virtudes es el mayor y más necesario que en todo género de saber se halla. Tomadla para virtud, que también se aplica a su contrario. No hay hombre en cualquier oficio, si quiere ser perfecto en él, ni letrado de cualquier facultad que se quiere mostrar doctísimo, que no tiene muy gran necesidad del ejercicio de estas virtudes. No pienso que haya quien no lo entienda.
De dónde viene el buen capitán de un ejército a tener más aviso, así para defender como para ofender? No por cierto de otra causa, sino, allende de ser animoso, de fantasear e imaginar. "Por aquí nos pueden dañar, pues por esta vía nos libraremos de este gran perjuicio". No considerando lo que haya visto ni por experiencia haya hecho, mas ejercitando su fantasía con gran cuidado y presteza, para que ordene lo que nunca pensó. No tan solamente para librarse de cualquier peligro que puede venir a su ejército, mas también para traerlo al contrario por vías y maneras imaginativas nunca vistas ni pensadas (como dije).
Éste es el ejercicio de esta virtud, siempre de nuevo fantasear, componer, ordenar diferentes cosas en cualquier oficio. Y esto se note: que aunque el valor y estima del gran letrado o artífice está en usar muy bien con ventaja de lo común, si no tiene diligencia y gran cuidado de ejercitar esta imaginativa para más mostrarse y diferenciarse de lo que comúnmente se hace, no merece en grado de honra mucho más que los otros.
En conclusión, que es grande la necesidad que se tiene del ejercicio de estas virtudes para esmerarse y tomar gracia, los que tienen oficio de cualquier especulación de obra, para que con más perfección se haga y muestre. Pues luego, justo es trabajarlas, a la una en sacar de ella para vuestras obras lo que quisiéreis y a la otra para componer lo que más perfección les traiga.
Bien pienso que hemos mostrado qué sea sentido común, e imaginativa y fantasía, y cómo se han de ejercitar estas virtudes para su perfección, y cómo el sentido común es el que juzga de todo lo presente, así lo que se obra fuera y le viene por los órganos de los sentidos, como lo que se hace y compone dentro por la imaginativa. Digamos ahora de las otras virtudes, que son la cogitativa y la memoria.
Por lo cual, se ha de notar que en el cerebro hay otra celdica, donde está esta cogitativa. Ésta compone y obra con todo lo pasado, que está guardado en la memoria, que tiene su lugar en la parte postrera del cerebro. Y, como la fantasía sirve a la imaginativa con lo que ha menester para componer lo que al presente se ofrece, así la memoria sirve a la cogitativa con lo que tiene guardado del tiempo pasado, para ordenar lo que quisiere para el tiempo por venir. De manera que la memoria guarda y retiene en sí todo lo que el sentido común ha juzgado, que le vino por los órganos, o lo que juzgó de lo que la imaginativa compuso.
Y con este ejemplo, que es muy bueno al propósito, se dará todo a entender: tomad un pedazo de oro y decid a un platero que os haga de él una fuente, la más rica y más bien labrada que se pueda pensar, con tal condición que todo lo que en ella se obrare sea cosa nueva y que nunca se haya visto. El buen artífice ha de pensar y traer de la memoria todas las piezas de oro muy ricas que haya visto, oído o hecho. En este pensar se ejercita la cogitativa y la memoria, porque considera todo lo que ha visto y oído en el tiempo pasado, para lo que se ha de hacer, que es pieza de oro.
Mas si la fuente de oro se hizo con las condiciones que la pidieron, en aquel hacerla se ejercita la fantasía e imaginativa, porque fue de nuevo ordenada. Pues luego, estas dos potencias, conviene a saber, imaginativa y cogitativa, se ejercitan juntamente cuando se hace esta fuente de oro (como dije), y así la memoria, aunque ella tiene necesidad del mayor ejercicio, porque mientras más la usáreis, muy mejor y más fácil la hallaréis para lo que hubiéreis menester. Para lo cual, se vea con atención aquel libro que ya hice de la vida y muerte, que allí traigo muy bien dichas las condiciones de la buena memoria y lo que se requiere para su perfección.
Pues luego, si queréis que nunca se os olvide lo que habéis estudiado u oído, ejercitad la memoria, que es pensándolo muchas veces. Así que del ejercicio de estas virtudes no hay ningún hombre perfecto que no tenga necesidad, y porque esta materia es muy sutil, no seré prolijo en decirlo muchas veces para darlo mejor a entender, y así se recopila aquí todo lo que tenemos dicho de estas virtudes del ánima.
El sentido común está en la parte delantera del cerebro, y es el que juzga de todo lo que por los órganos se le representa, que son los cinco sentidos que acá decimos, y él y ellos se ejercitan con diversidad de cosas que se les representa, con alteración de ellos muy continua, y él con juzgarlos y especular su conocimiento. Luego está la fantasía, donde está lo que habéis menester para fingir todo lo que quisiéreis, y luego la imaginativa, que ordena todo lo que de aquí sacáis. Éstas se ejercitan con ordenar y componer continuo todo lo que quisiéreis en cosas de virtud, que aunque en el vicio también se halle (Dios nos guarde de tal ficción), todo esto, juzgado por el sentido común y fingido por la imaginativa, que es el tiempo presente, lo guarda la memoria, que es otra virtud que está en la parte postrera del cerebro.
Hay otra que está antes de ésta, que se llama la cogitativa, como quieren los médicos, que ordena todo lo que se requiere hacer para lo porvenir con todo lo pasado, que está (como dije) guardado en la memoria. Y estos dos se ejercitan usando del pensamiento y trayendo de la memoria muchas veces todo lo que oísteis, visteis y estudiásteis para prever todo lo que quisiéreis en el tiempo por venir. Ninguno hay que quiera ser perfecto en toda facultad y oficio que no tenga necesidad del continuo ejercicio de estas virtudes del ánima (como dije).
Mostrado tenemos ya cómo, cuando se dan muchas voces y altas, o cantan alto, se ejercitan la lengua y gaznate y boca y tragadero, pulmón, pecho y aun todas sus partes. Y en esto son aprovechados los cantores, y aun también es buen ejercicio para los predicadores y los que leen alguna lección. Y así mismo dijimos cómo el estornudo es bueno para avivar los órganos de los sentidos.
Y también podemos ahora decir que con él se ejercitan y aguzan las potencias animales, quiero decir, los lugares donde ellas hacen sus obras, porque, limpio el cerebro de sus superfluidades, también se limpian los lugares donde ellas están. Porque en dos palabras se puede saber dónde viene uno a perder el juicio o ser loco: no por otra causa, sino de meterse en estos lugares donde estas potencias hacen sus obras algún humor melancólico o malo o fuera de su propia naturaleza. Por lo cual, mundificados estos lugares por el ejercicio común y con el estornudo, en el cual se hace gran movimiento, y por el gargarizar, que también limpia mucho, vienen ellas a obrar mejor y tener mayor rectitud.
También se note que los que juegan algunos juegos donde hay consideración, sin tener a ello advertencia ejercitan también estas potencias, así como jugar al ajedrez, tablas (60), naipes, que si no hay malicia o engaño (aunque para hacerlas también la imaginativa se aguza) es buen ejercicio. ¿Qué pensáis que quiere decir triunfo (61)? No otra cosa sino triunfo, que, así como cuando se ganaba alguna ciudad o tierra se daba triunfo al que lo alcanzaba, así es este juego de naipes, y por eso se le puso este nombre.
Y por esta causa, naipes y ajedrez son ordenados por reyes o caballeros, soldados y gente común, como hay en los unos peones y en los otros puntos. Y algunos dicen que al principio no había más que estos dos juegos (aunque no es así), que eran ajedrez y triunfo. Mas ya, por nuestros pecados, hay tantas maneras, así de partidas en el ajedrez como de maneras de juegos en los naipes, que tiene uno más trabajo si los quiere saber, para aprenderlos, que para alcanzar cualquier ciencia.
Pues luego, como en el ajedrez y en el triunfo hay mucha especulación para vencer y guardaros de no ser vencido, y así se ejercitan mucho estas potencias, el sentido común se ejercita mirando lo que habéis jugado y lo que juega el contrario, y lo que puede hacer de lo que veis y oís; la fantasía, en imaginar si tal pieza juega o tal carta me parece a mí jugar ésta, y para que si esto sucediere tendré yo hecho esto.
Pues la memoria es la más necesaria de todas las potencias en los juegos, en aprovecharos de lo que habéis visto en otros juegos, tener en la memoria qué carta ha salido y qué triunfos han echado, y si se dijo el basto y quién juega, o si el compañero o el contrario. No quiero dar reglas de malicia, porque no acabaría en otro libro como éste de escribir lo que en juegos hay que especular. Esto se tenga por cierto: que no hay cosa donde hay más ejercicio de las virtudes animales que en esto.
Y por eso digo yo muchas veces que no hay hombre inhábil que sea buen jugador de cualquier juego, y más de ajedrez y naipes. Que tablas y naipes, como sea de ventura, si no es en la malicia para echar bien un dado para que caiga a vuestro propósito, no hay tanta especulación, aunque en el cocadillo no hay poco que saber. De manera que, por tener este ejercicio muy continuo, los que juegan tienen bien aguzadas estas potencias, y aunque sea sólo para aquello, si continuo no lo usan, sacados de allí, en otras cosas los tengo por de buen juicio y para consejo. Y tampoco digo que aquello es menester para esto, sino que, ya que tengan los jugadores este ejercicio, tienen en él provecho de estas virtudes, aunque también de mucho trabajar en barajar los naipes podrían las manos y brazo derecho ser en algo aprovechados, pero, por no ser continuo el movimiento, no se hará caso alguno de él.
Preguntaba yo los días pasados a un caballero cuántos hijos tenía, y decíame "Tengo tres, y los dos son en extremo torpes y para ninguna cosa son hábiles, y el otro es el mejor jugador de todos los juegos que habéis visto, y por cierto que me huelgo (62) mucho de ello". Y yo le dije "En verdad, señor, que de buena virtud alabáis a vuestro hijo y de gran cosa os holgáis que sepa". Y decíame este señor: "Para cualquier negocio lo hallé muy adelante y a los otros para ninguna cosa, ni aun para jugar se aplican. Y ya que ha de jugar, más quiero que en esto tenga extremo, que no sea necio en todo como los otros". De manera que tenía este caballero por cierto que el hijo tenía buen juicio por jugar bien a los naipes. La verdad es que tales habilidades, ni las quiero para los míos, ni ninguno de mis amigos querría que sus hijos las tuviesen.
Los hombres desocupados, que tienen haciendas en el campo, pueden muy bien muchos días del campo ejercitarse y tomar placer con lo que a otros da trabajo y ganan su vida. Y esto se podrá muy bien verificar en los señores que están en el Aljarafe (63) en tiempo de invierno, aquí en Sevilla, que tienen sus olivares u otras haciendas, así como viñas, huertas. Qué mejor cosa sería que tener hecha su hachuela o calabozo (64) hechizo (65), y aun su podadera a propósito, y limpiar sus olivos y árboles, o cortar, si tienen sus frutales, el ramo seco o alguna estaca demasiada, y, si fuere menester, tomar un azadón y cavar el pie del peral, durazno o manzano o ciruelo? Esto, tomándolo a su tiempo y con mucho placer y voluntad libre, que son las condiciones del ejercicio, traen todos los provechos que de él se siguen.
Esto diré que vi, estudiando gramática en Sevilla: fuíme a holgar al Aljarafe con un hijo de un caballero de aquí de esta ciudad, que no hay necesidad de decir quién es, aunque lo que de Su Merced se dirá es muy gran virtud, para ejemplo de los nobles. Y es que por cierto que estuve allí hartos (66) días, y en todo aquel tiempo nunca lo vi ocioso, porque algunos días iba a cazar y los demás íbase a sus olivares, porque traía desmarojadores (67). Y en llegando, tomaba su calabocico, que él tenía hechizo, y con el mayor cuidado que se puede pensar (como si fuera aquel su principal oficio) mondaba sus olivos y cortaba el ramo que le parecía dañar. Y después, tomaba su marojadera de los que allí estaban trabajando, y unas veces riñendo porque no se daban prisa y otras burlando, trabajaba sus dos horas, hasta que sudaba y se sentía cansado. Y veníamos a casa a pie, que era buen rato del lugar, y vestíase su camisa limpia algo caliente y sahumada con pastilla, aunque mejor fuera con romero, que es medicina muy saludable, y lavábase su rostro y ojos con vino aguado, y reposaba su media hora, y por cierto que comía por cuatro el día que tomaba este ejercicio.
Y muchas veces nos decía: "Muchachos, siempre tened cuidado de ejercitaros y de trabajar antes de comer y cenar, y viviréis sanos". Qué mayor ejemplo se puede dar y más virtuoso que éste? De manera que, con ser éste trabajo de hombres del campo, se hace ejercicio y no poco provechoso, así para conservar la salud como para entender en sus haciendas, y que se mire lo que en ellas se hace, y que se huya de la ociosidad y se den al trabajo. Y los que tienen heredades no muy lejos de donde habitan, los más días lo podrían hacer, y aunque tuviesen negocios muy importantes, en los tiempos para esto convenibles, pues para su salud lo podrían tomar.
Estando en Salamanca, <en el> año veinticuatro, conocí allí a un caballero muy mi señor, que se decía Juan de Acevedo, y tenía un azor en extremo muy bueno, y cuando me veía cansado del estudio íbame a cazar con él. Fuimos un día y <en> toda la mañana no hallamos qué volar, y veníamos a comer a un lugarejo que se decía Villamayor, y estaban unos cavadores haciendo unos hoyos para poner un majuelo (68), y apéase del caballo y comienza a reñir con ellos, diciendo que no los hacían muy hondos, y tomando su azadón, hizo más de cuatro muy en breve. Yo moríame de hambre y daba al diablo la caza, y aun la cavada de los hoyos. Era ya más de la una y al cabo de <un> rato, que pensé que acababa la obra, hízome apear y díjome: "Por vuestra vida, que hagáis un par de estos hoyos, y veréis como tenéis más gana de comer".
Al fin vinimos al lugar y, llegando, lavóse su rostro con vino y paseóse un rato, que venía muy sudando, y decía: "Yo pienso que, como sois médico, no daréis por consejo esto que yo tengo hecho a los sanos, porque nunca tengan salud. Sabed que ha veinte años que nunca tuve una calentura ni dolor de cabeza, y no hay semana que tres o cuatro días no tome en ella un ejercicio como éste. Y por eso vosotros los estudiantes estáis llenos de sarna y con mil indisposiciones, y pocos letrados viven mucho, por estar ociosos y sin hacer algún ejercicio ni tomar trabajo. Por eso, tomad para vos este consejo y dadlo a vuestros amigos, si queréis tener vida como hombres".
Pues luego, bien notorio está cuánto bien traiga lo que es trabajo, tomado con voluntad y por placer. En estos ejercicios, más se ejercita el medio cuerpo arriba que no el de abajo, aunque, como todo el cuerpo se menea, todavía le cabe parte a lo demás.
Notorio está que las mujeres, por no hacer ejercicio, vienen a incurrir en grandes enfermedades, y aunque tengan sus desaguaderos, todavía tienen necesidad de alguna ayuda, y principalmente las señoras que tienen ociosidad. Pero haciendo distinción, algunas mujeres hay que hacen los oficios de sus maridos y trabajan como los hombres. Y por esta causa Tolomeo dijo en su Cosmografía que en gran parte de España los hombres están holgando y las mujeres son las que entienden en todos los trabajos, así del campo como de la villa. La verdad es que en muchas partes de Castilla la Vieja, en Galicia y en Vizcaya, algunas de ellas cavan y aran, y siembran y siegan, pero esto ayudando a sus maridos, y no que están ellos holgando, como el otro notaba.
Y ya que fuese así, no hablo yo de estas mujeres ni de las que sirven a sus maridos y entienden en todas las haciendas de su casa, así como ahechar (69), servir, amasar, hacer sus coladas y criar ellas a sus hijos, y hacen todo lo demás, que aunque tengan algún servicio, siempre ellas se entremeten en ayudar a hacerlo. Por lo cual, a las de arriba y a éstas no es menester darles regla de ejercicio para conservar la salud, que ellas trabajan tanto que suelen decir que la hacienda de la mujer nunca seacaba, y tienen mucha razón, porque cada semana y aun cada día se torna a reiterar lo que una vez hacen.
Otras señoras hay que tienen muy cumplidamente todo lo necesario, y así en sus casas quien lo mande y lo pueda hacer, pero su ejercicio puede traerles muy gran provecho. Porque, por su pasatiempo, pueden todas las mañanas andar visitando todas las partes que son lícitas de su casa, y con ver lo que cada día se manda y cómo se hace, y aun también con reñir los descuidos de las mozas, que nunca faltan, y aun con fingir que los haya, porque les es muy provechoso tomar ira y dar voces (como tenemos dicho), les será su ejercicio y traerá gran salud.
Y después de esto, se pueden sentar y, sin sentirlo, hacer muy buenos y notables ejercicios, los cuales por fuerza se han de mandar y tomar para perfectamente vivir, así para lo dicho como para dar ejemplo a las hijas, si las hay, como a las mozas o doncellas desocupadas.
Por lo cual no parece mal a las señoras rastrillar el lino y asedarlo, y el hilar y devanar las madejas, así el labrar, coser, tejer cintas, hacer trenzas. Y ahora, cosas de oro muy ricas, así como tocados, gorgueras (70), franjas. En todos estos ejercicios, como están sentadas, no se ejercita más de la mitad del cuerpo, y sobre todo los brazos, porque allende que se ha de huir por todas las vías de la ociosidad, hay en esto muy gran utilidad.
<En el> año treinta envió la Serenísima Señora nuestra Emperatriz, que Dios tenga en su gloria, una provisión a México a mandar y rogar que, porque de la ociosidad se seguían muy grandes inconvenientes, que todas aquellas señoras entendiesen en algún ejercicio, y si fuese menester, que ella enviaría mucho lino para que hilasen. Algunas lo tuvieron por afrenta, aunque el señor obispo de México mostró a todas que la merced era muy grande, pues que tan grandísima señora se acordaba de ellas. Por cierto, que fue digno de notar y de tener en mucho el cuidado de tan generosa princesa. Así que hay oficios muy notables donde estas señoras se pueden ejercitar, y por ninguna manera haya ociosidad, porque trae muchos perjuicios y con esto se disminuye la salud.
Esto es de notar del primer arzobispo de Granada, aquel que por ser tan bueno, con razón se dice santo. Casó una sobrina y quejábase su marido del poco cuidado que tenía de su casa; y llama una mañana a su compañero y váse a casa de ella, y entra en la cocina y comenzó a lavar los platos y a barrer la casa y poner la olla. Ella, como lo supo, va a donde estaba, diciendo: "Señor, cómo es esto, Vuestra Señoría ha de hacer esto?". Dicen que le dijo: "Porque vos holguéis y tengáis descanso, es muy bien que yo venga a hacerlo". Ella se sintió tanto que de ahí <en> adelante fue muy cuidadosa.
Así que es menester entender en esto, allende de lo que toca a la salud (como dije). Por cierto, que dudo qué consejo se dé para el ejercicio de las grandes señoras, y no hallo quien más necesidad tenga de él que Sus Señorías, porque por no tomarlo incurren en grandes indisposiciones. Pero al fin, me parece que cualquiera de los dichos, tomándolo por su placer, aunque se sienta algún trabajo, sería ejercicio muy bueno. Y porque abajo diré de la gran utilidad del ejercicio del pasear, yo no hallo otro más honesto y necesario que éste, porque allende de ser muy fácil y sin pesadumbre, se puede hacer sin ningún impedimento, porque yo no siento que haya señora que no pueda mandar cerrar la puerta de su cuarto y por una sala de aquellas pasearse dos horas antes de comer. Yo juro que, aunque Sus Señorías se pasan y viven sin hacer lo que digo, que vivirían más y con vida sin trabajo.
Y aunque tengan sus desaguaderos como las demás, no alcanzan tanta mundificación, por no tener algún ejercicio, y de aquí viene a no tener tantos hijos, aunque la causa de esto se podría tener por más alta, así que lo dicho me parece su propio ejercicio. Las señoras monjas, por tener coro y cantar, les ayuda mucho para ejercicio. También, el paseo no les dañaría, como a las otras señoras, aunque a las más no les faltan oficios en que entiendan, que pueden pasar por ejercicio.
Capítulo diez, donde se pone cómo cualquier oficial en su oficio, aunque sea trabajoso, puede hacer ejercicio muy ordenado y con sus condiciones para conservar la salud
Este capítulo se había de seguir después del octavo, porque allí tratamos de cómo el trabajo de los peones y trabajadores se puede hacer ejercicio y muy provechoso, y aquí diremos de cómo el oficial en su oficio, aunque sea trabajoso, lo puede tomar por ejercicio. Pero porque en este tratado vamos diciendo del ejercicio particular (que es de una parte del cuerpo), ahora diremos de cómo en un mismo oficio y en un solo hombre se halla trabajo que puede ser común y particular ejercicio, y aun se podrá decir mixto.
Por esta causa, para que todo lo abrace y comprenda lo pusimos aquí. Para lo cual se note que, si en los libros donde alguna doctrina se pone no hubiese universalidad en lo que en él se trata para que todos fuesen aprovechados con ella, cierto que podría el tal libro padecer gran defecto y falta. Y porque aquí tratamos (como se ha visto) de qué manera se ha de hacer el ejercicio para conservar la salud, y tenemos dicho casi el ejercicio de todas las personas, parecióme mostrar cómo los oficiales que continuo trabajan pudiesen en esto ser aprovechados, porque éstos no sintiesen algún agravio.
Y primero se traiga a la memoria una regla que comúnmente se dice. Y es que en las cosas que tenemos gran costumbre de hacer, ninguna pasión sentimos, ni tampoco obrándolas continuo traen detrimento ni pesadumbre, aunque sean muy trabajosas. Y esto está muy claro en cualquier oficio, porque bien se ve en un herrero o carpintero, que todo un día, y aun toda la semana y toda la vida, tienen su trabajo sin sentirlo ni traerles descontento, antes no se hallan cuando no lo usan. Pues luego, a éstos es menester darles reglas, para que en esto tomen alguna utilidad.
Y primero se ha de considerar que en los oficios hay oficiales que, por ser ricos o ya viejos, o por poner otro en su lugar, o tener aprendices que son hábiles, dar orden en lo que han de hacer y entender ellos en otras cosas, no usan de sus oficios, así como un terciopelero, platero, armero o herrero, o zapatero y otros así. Estos tales podrían en su mismo oficio tomar gran provecho, y sería que antes de comer o cenar, por su placer y no con voluntad sujeta, trabajasen el tiempo que les pareciese, hasta que tomasen cansancio y sudasen un rato. Y después podrían hacer lo que se requiere para que no dañe el trabajo, tomado como abajo diremos.
Y podrían hacer este común ejercicio como si fuese herrero y majase el tal tiempo en la fragua, porque todo el cuerpo menean, o particular, si se sentase a picar una lima, que no ejercita más que los brazos y el medio cuerpo. Y así está notorio lo de arriba, que en él se muestra ejercicio mixto de particular y común.
Y porque universalmente, cuando así damos ejemplo de algún oficio, luego decimos un zapatero, sastre o herrero, diré lo que vi al santo arzobispo de Granada, fray Pedro de Alba, que antes que lo fuese era allí prior de san Jerónimo. Cuando predicaba y se le ofrecía poner ejemplo de algún oficio, siempre decía algunos de los oficios que dijimos arriba. Y había allí muchos oficiales muy honrados, que se le quejaron diciendo que Su Reverencia les trataba mal en poner siempre ejemplo en ellos. Yo estaba presente a la queja, y se les respondió que era manera de hablar, y que supiesen que en los oficios había unos más honrados que otros, porque todos los que son diputados, principalmente para el culto divino, como terciopelero, platero, borlador y los que son también aptos para la caballería, así como armero, silleros, guarnicioneros y otros así, son en alguna manera preferidos a los otros, y que por eso no se habían de sentir tanto. Por esta razón esto también digo yo, porque no se quejen de mí si pongo ejemplo, así como el señor arzobispo decía.
Pues tornando a nuestro propósito, éstos, si tienen continuo trabajo, que no lo sienten por la razón dicha, lo pueden hacer ejercicio con sus condiciones, y que les sea muy en extremo provechoso. Y será que, una hora antes que dejen de obrar, sea en la mañana cuando van a comer o a la noche cuando acaban, que se den más prisa en su oficio que lo que comúnmente hacen en todo el día, y esto por su voluntad y con placer. Y como con esto se aumenta más la calor, gástanse muchas superfluidades y alcanzan lo que se sigue del ejercicio ordenado. Esta regla me enseñaron unos oficiales, y por cierto que es de oír cómo la aprendí de ellos.
Cuando venía de las Indias llegamos a la Habana, que es una isla, donde descansamos y tomamos refresco. Yo venía muy mal dispuesto y tenía necesidad de mucho refrigerio, y salíame muchas veces a la orilla de la mar a ver pescar o a buscar en qué entender. Y estaban unos calafates (71) calafateando una barca, y por mi pasatiempo parábame muchas veces a ver lo que hacían y aun a oír lo que hablaban. Y veíales que, cuando acababan de obrar o iban a comer, una hora antes dábanse tanta prisa y trabajaban tanto que muchas veces les decía: "Mirad que no se meten bien estos estoperones, y sería gran inconveniente para la barca", y, como los marineros son de mala digestión (72), decíame un viejo que allí estaba, que parecía como el mayor oficial de ellos: "Entended vos en ver vuestras orinas, y dejadnos a nosotros hacer nuestro oficio".
Tuve atención y veía muchas veces que decía aquél a los otros: "Dáos mucha prisa, que es tarde". Yo pensaba que, como iban a comer, que el descanso que habían de tener en la comida o después lo querían pagar en trabajar más entonces, y dije al dueño de la barca: "Qué es esto, no veis estos diablos, que en todo el día están parados y ahora se dan prisa, y que os echan a perder lo que hacen?".
Y no pudiéndolo sufrir, pregunté un día a aquel viejo: "Por vuestra vida, que me digáis por qué trabajáis tanto todas las veces que alzáis de obra", y respondióme estas palabras, dignas de oír para el propósito: "Mirad señor, todo el día trabajamos porque esta barca no haga agua, y una hora antes que alzamos de obra (73), lo hacemos doblado por hacerla en nosotros". Por cierto que luego dije que no lo entendí, y tornéle a preguntar qué era lo que decía. Y díjome: "Habéis de saber que aquí estamos cinco hombres, los dos son mis hijos y los otros son mis criados. Mándoles que se den prisa porque con el demasiado trabajo de entonces sudemos, que es hacer agua, y vivimos sanos, porque con aquello los cuerpos se limpian y tienen salud. Y esto me mandó mi padre que hiciese, que vivió ochenta años y nunca se sangró ni purgó en toda su vida, porque no lo hubo menester, y así lo hago yo, y lo mando a estos mozos. Yo he cincuenta años (74), y por cierto que ha más de treinta que nunca tuve alguna enfermedad. Así que, señor, que esto es hacer nosotros agua con el trabajo, que en lo de la barca está claro".
Esto es, por cierto, mucha verdad que me aconteció con el calafate. De modo que cualquier oficial puede hacer lo mismo y ser muy aprovechado, y es de notar el dicho de aquel hombre para persuadir al ejercicio.
En el ejercicio particular, y también en el común, será bien que digamos cuál es el más fácil y sin perjuicio y que pueda traer más provecho. Y porque sea bien particularizado el ejercicio particular, digamos ahora cuál sea el mejor de todos los particulares. A mi parecer, es el pasear el más principal y que más provecho trae, y llámolo particular porque en éste no tan solamente se ejercita el medio cuerpo abajo, porque todo lo demás del cuerpo, aunque se menee, en comparación con lo otro es casi nada, aunque a éste le haremos común, como abajo veremos.
Y para probar que sea así, ya tenemos dicho las condiciones del buen ejercicio, que son tres: que haya voluntad libre, y que sea tanto el movimiento que en él se haga el aliento frecuente y corto, y lo tercero, que en él haya placer y regocijo. Pues probado que todas estas tres cosas haya en el pasear, sin duda que tenemos declarado cómo sea el mejor y más provechoso de todos.
Cuanto a lo primero, que en él se halle la voluntad, está notorio, porque qué hombre hay, cualquiera que sea, así como santidad, majestad, ilustrísimo, reverendísimo, reverendo o muy magnífico, o magnífico, o noble, que no pueda tomar una hora antes de comer, o si no, antes de cenar, y se pasee cuanto quisiere o como quisiere? Y si el tal tiene el tiempo limitado para la comida o cena, así como los señores que con orden viven, o frailes o clérigos, que comen en verano (75) a las diez y cenan a las seis, y en invierno a las once y a las nueve en la noche, que no pueda tomar antes el tiempo dicho para conservar su salud. Si está ocupado <a> aquella hora, pospóngase la tal comida y tome aquel tiempo para su salud. Dígolo si no tiene atención a esperar a otros, y si la hay, dése continuo la tal orden a todos para que comúnmente haya este ejercicio, y sea el bien común.
Hay algunos que dicen: "Por cierto que no tengo tiempo, que antes me falta". Cómo que se tenga tiempo para todos los negocios del mundo y que para éste falte, y que sea el que quisiere libre para hacer del tiempo lo que mandare e impedirlo en otras cosas que son de mucha importancia, y que para su salud no lo quiera tomar? Decid, señor, quienquiera que seáis, cuando queréis intimar (76) una cosa, por muy dificultosa, no decís "váme la vida en ello"? Pues aquí, que va la misma vida en ello, pues es para tenerla con salud (porque faltando ella no es sino muerte), por qué no se han de dejar todas las cosas por ella? Allende de esto, esta ocupación que puede esto impedir, o es propia vuestra, o toca a otros. Si a vos, por estar impedido en vuestros negocios, ya está probado que lo podéis muy bien hacer, y que tenéis mucha libertad para tomar el dicho tiempo para este ejercicio.
Si son negocios ajenos, que son los señores que tienen grandes cargos, yo digo que ninguna causa tienen para no ser libres en esto, porque qué negocio hay ajeno tan importante (como dije) que se iguale a lo que toca a vuestra salud? Pues la buena caridad, en sí mismo comienza. Quién no puede mandar en su casa, al paje o criado, que diga al que viene con negocios: "Está ocupado mi señor en cierta cosa para su salud"? Y qué negociante hay que no se huelgue de ello y que no diga: "Sea enhorabuena", y que no se espere un rato? Así que en este ejercicio hay mucha libertad y no hay, si queremos, quien no lo pueda tomar.
Pues mírese si ha menester mucho aparato: no más, por verdad, que tomar cuando se requiere, de veinticuatro horas que hay en el día y noche, una hora o las más que os pareciere. Pues mirad si la libertad para esto es señora de sí. Pues el lugar, quién no tiene una cámara de veinticinco pies (77) de largo para dar las vueltas que quisiere para tomar este ejercicio? De modo que el más voluntario movimiento que hoy se puede pensar es éste. Y porque dijimos arriba del ejercicio de las señoras, no hay necesidad de tornarlo a repetir, baste que se sepa que éste es el más fácil y mejor de todos para ellas, y para pasearse todos y todas por aquellas salazas grandes (como dije) cuanto quisieren y como quisieren.
La segunda condición del ejercicio es que tanto se trabaje, con esta voluntad dicha, que se venga a hacer el resuello con mucha frecuencia y velocidad, y porque esto está en vuestra mano, está muy notorio que se puede hacer como quisiéreis.
Quién impide al que se paseare que, si tiene una hora para este ejercicio, se dé tanta prisa y haga tanto movimiento que le aumente el calor del corazón? Que venga a tener el resuello muy corto no hay quien lo ignore, y, si tiene más tiempo, ande más despacio, y vendrá al fin del tiempo a hacer lo mismo. Pues luego, libertad tiene cada uno para hacerlo sin que le dé pesadumbre. Es también tan fácil que donde quiera que estuviéreis lo podéis tomar, y en todo lugar, porque, si estáis en vuestras haciendas, habiendo visto vuestros olivares o huertas o viñas, venid a pie media legua o lo que os pareciere que propiamente es pasearos; si vais a algún regocijo o banquete fuera de la ciudad, haced lo mismo; si estáis en vuestra casa, como diremos, de cualquier manera lo podéis muy buenamente usar. Luego, está notorio que en él está la voluntad libre, tanto para tomarlo como para apresuraros en hacer gran movimiento para aumentar el calor, por el cual se consuman y gasten muchas superfluidades, y se sigan los provechos declarados.
Capítulo doce, donde se prueba cómo en el tal ejercicio del pasear se halla la tercera condición, que es tomar placer y alegría, y se prueba cómo es ejercicio común y pone tres cosas que son necesarias para que no dañen este ejercicio y los demás
Porque este movimiento que en el pasear se halla es el más usado y del que más tenemos que notar, justo será que hablemos con más particularidad de él. Pues visto cómo en él hay las condiciones del ejercicio, que es voluntad libre, y lo podemos apresurar tanto que vengamos en él a tener el aliento frecuente y veloz, veamos ahora de la tercera condición, que es que en él se tome placer y alegría. Esto está claro, porque paseándoos podéis ver casi todo lo que se hace en el medio de la sala, que si no son las vueltas que se dan, ninguna otra cosa lo impide, porque allí se puede esgrimir, jugar picas (78) con espada y broquel (79), luchar, bailar, danzar y así cosas de esta manera con que os holguéis. Y decimos todo esto para que tome cada uno lo que mejor le estuviere.
También el sentido del oír se puede aquí usar mucho en el paseo, porque podéis oír música y libros que os lean, que así os den sabor en oírlos como aprovecharos si sois letrado de cualquier facultad, y aun podéis estudiar y leerlos con hacer este ejercicio. Y así mismo, podéis tener conversación sabrosa con hombres graciosos, que os den placer oyendo sus razones sutiles y bien dichas. Podéis también rezar vuestra media docena de rosarios, y si sois eclesiástico, leyendo en un diurnal (80) haréis lo mismo. Allende de esto, podéis notar cualquier carta o cartas, u otra cosa que quisiéreis; puédese recapacitar lo sabido y estudiado, tomar de memoria lo que tenéis escrito; podéis negociar con vuestros súbditos, así oyéndoles como hablándoles, sin impedimento alguno.
Piense cada uno lo que quisiere, que no siento cosa que de especulación haya que con el tal ejercicio no se pueda usar. Esto es muy fácil, como dije, no trae impedimento. En él sois libre, en él tomáis placer, con él os movéis tanto que todo provecho se sigue de su uso. Es verdad, por cierto, que yo no hallo escrito de este ejercicio cosa alguna, porque el gran griego (81)lo que más alaba son fricaciones o el juego de la pelota, y en los tales no se puede hallar tan universal provecho como en éste. Qué más queréis, que todas las potencias animales (como tengo dicho) en esto se ejercitan, y véalo cada uno de lo que tenemos mostrado: en lo que se oye y ve, el sentido común, y en lo que podéis imaginar y fantasear, la imaginativa y fantasía, y en lo que quisiéreis pensar, la memoria y cogitativa. Todo esto, paseándoos lo podéis hacer. No digo juntamente, sino cuando lo uno o lo otro, que bien se entiende. De modo que en el tal ejercicio todo placer se puede alcanzar.
Pues que sea común, ya está mostrado. <Así> como con dar voces o hablar alto se ejercita el medio cuerpo arriba, pues en el paseo se ejercita lo de abajo. Luego, bien se ve cómo es común en todo el cuerpo. Y así, qué inconveniente será, si estáis solo, que paseándoos cantéis si sois músico? O si no, tomad en la memoria lo que quisiéreis, dando voces, o si no, argüir en vos solo como si habláseis con otro, y menearéis los brazos, y será muy notable ejercicio.
También es bueno dejar todos los enojos de vuestros criados, como un señor que yo conocí hacía, al tiempo del pasear. Y tomaba mucha ira entonces y es muy gran medicina para los flemáticos, por cierto que seréis aprovechado. Y si no queréis esto y sois persona de mucha autoridad y de negocios, sin duda que paseándoos lo podéis hacer. Y si viniere a negociar vuestro igual, con pasearos con él lo podéis oír. Y si no es igual, <con> el otro parado se puede hacer, y responderle a lo que preguntare.
Una cosa tiene este ejercicio muy notable: que impedido en todo lo dicho, sin sentir lo que hacéis se sigue el provecho que en todos los ejercicios se hace, porque en todos los otros tenéis atención a ellos. Pongo ejemplo que sea jugar de espada: sólo allí os empleáis, pero éste, con pasearos entendéis en todo lo dicho, y sin tener advertencia a él lo hacéis. Pues luego, no pienso que haya quien lo deje de usar, si no fuere por descuido o por pensar que se podría dañar, teniendo alguna enfermedad que fuese de calor, así como reumas calientes, pasiones de estómago de calor, o gota, o dolor de riñón, y así mal de junturas. Porque en el tal caso, haciendo estos movimientos u otros semejantes aumentaréis la calor y sería traerles mayor daño.
Para lo cual yo respondo tres cosas, las cuales no tan solamente para esto son buenas, mas también para todos los otros ejercicios que pudiesen traer en esto daño. Lo primero, que ya se sabe cómo éste nuestro libro no es sino para que los sanos que ahora se pueden decir sanos conserven su salud; por lo cual, los que están enfermos no usen lo que en él se escribe, si les pareciere que les ha de perjudicar. Lo segundo, digo que por eso esta medicina del ejercicio es movimiento voluntario, y lo podéis hacer cuanto quisiéreis, y como quisiéreis, y donde quisiéreis. Y así, comenzándolo a hacer, si sintiéreis que alguna parte del cuerpo siente notable lesión, bien será dejarlo, pues está en vuestra mano hacerlo. Lo tercero, digo que, comenzando a usar este ejercicio u otro, y con el movimiento, se mueve algún humor caliente y comienza a dar algún desabrimiento. Yo doy por consejo que todavía se prosiguiese, porque sería posible, y así podría acontecer, que con el tal ejercicio se gastase y consumiese el tal humor, y sería, llegando adelante, una muy notable utilidad, y muy necesaria. Y por eso lo remito al buen juicio del que el tal ejercicio hiciere, que, pudiéndolo sufrir, lo prosiga, y sin duda le podría ser muy conveniente.
Y esto baste para este ejercicio del pasear, que es el más notable y más común y que más provecho traiga que todos, como lo tenemos probado.
Hay también una duda muy buena: pongo <por> caso que por ninguna manera alguno no pudiese hacer algún ejercicio, ni tomar purga, ni hacer cosa para mundificar el cuerpo de las tales superfluidades, queréis saber lo que haría? Yo digo que dos cosas: la primera, que coma lo menos que pudiere; la segunda, lo mejor que hallare y que haga pocas superfluidades. Y esto baste para este tratado.
Fin de la segunda parte.
TRATADO TERCERO, DEL EJERCICIO COMÚN Y CUÁL SEA EL MEJOR DE ELLOS, Y DE OTRAS COSAS QUE A ÉL CONVIENEN
Ya tenemos mostrado qué sea ejercicio particular, y cuál sea el mejor y el que se puede usar con más facilidad. Digamos ahora del ejercicio común. Y llámase ejercicio común porque en él se ejercitan todas las partes del cuerpo, que, <así> como en el ejercicio particular era moverse una sola parte, como el brazo, o pierna, o medio cuerpo, así acá es todo el cuerpo; y, como allá dijimos cuál era el más provechoso de los ejercicios particulares, así diremos del común.
De estos ejercicios comunes hay muchos, y todos se hacen estando en pie el hombre, si no es cuando hay regocijo de caballeros o de ir a cazar, que van cabalgando, que son buenos ejercicios. Y son así como jugar birlos, o jugar a la herradura, herrón o tejo, tirar barra (82), lanza o dardo; correr parejas, saltar, bailar, esgrimir, jugar espada de dos manos, bastón, juego de pelota, o chueca (83), o vilorta (84).
Todos estos ejercicios se pueden tomar, pero los más son de hombres robustos. Sólo cuatro los pueden moderadamente usar hombres delicados, así como ir a cazar, bailar, jugar birlos y pelota. Porque qué señora hay que no pueda dentro de su sala, en regocijo con otras señoras o retraimiento (donde no las vean), jugar birlos y bailar, teniendo oportunidad? Pues ir a cazar, muchas señoras lo hacen. Todo esto se dice para tomar o hacer algún ejercicio, que en todo está la voluntad y posibilidad muy a la mano. En el bailar, por cierto que hay mujeres que tanto y <tan> continuo lo hacen, que he visto cansar a muchos hombres. Y dígolo porque, estando en Salamanca, en una boda de las que allá se hacían, bailó una mujer tanto un día, que cansó a cuatro hombres y todavía mantenía ella la tela (85), que no sudaba ni parecía que hacía algún movimiento. Y ciertamente no pensaba sino que, como ellas son de fría complexión (porque se dice que el más frío de los hombres es más caliente que la mujer que más calor tenga), que por esta causa sufría en esto más el trabajo, y no se le aumentaba tanto el calor para que tuviese pena en el resollar. Esto parece cosa de burla, <el> poner comparación con los hombres, pero dígolo por el ejercicio del bailar.
El juego de la pelota también es para los delicados, porque, como dijimos, lo pueden usar como quisieren. Pues luego, de todos estos ejercicios, estos cuatro son más para delicados (como dije), porque aun las mujeres los pueden usar. Que en los más de éstos se ejercita todo el cuerpo, esto está claro, como decía. Y quiero poner ejemplo en los birlos, porque cuando corréis, o para ir a echar la bola, o venís tras de ella, se ejercita mucho la mitad del cuerpo abajo. Y cuando echáis la bola, con aquel movimiento meneáis toda la otra mitad del cuerpo arriba. Y si os ladeáis para que la bola se ladee, que es el mayor desatino del mundo, también hacéis movimiento en lo medio del cuerpo. Y también si dais voces, o rogando a la bola que entre por los birlos, como se suele hacer, o pesándoos porque no llevó algo de camino, o riñendo si topó en algo o en alguno, o porfiando en alguna manera, se ejercitan (como dije) todas las partes de la boca, y lengua, y pulmón, y pecho, y todo lo que tenemos probado que se hace con dar voces. De modo que en el juego de los birlos se ejercita muy bien todo el cuerpo, como tenemos dicho.
No dejaré de decir lo que me decía a esto un gran jugador de estos birlos, que comúnmente se ladean echando la bola, y se hace también en la herradura, y tejo, y herrón, en los cuales juegos era muy hábil este hombre, y en tanta manera que nunca perdía, jugando mucho a ellos. Yo le preguntaba que por qué hacía aquello. No veía que en ninguna manera aprovechaba, y era quebrantarse y molerse sin provecho. Y decíame que muchas veces ponía tanta eficacia en ello, que sin duda veía que le aprovechaba y que la bola se volvía hacia donde él se meneaba. Y si jugaba a la herradura y le parecía que iba algo ladeada, que se ladeaba a la otra parte, y sin duda le parecía que le era bueno y la volvía donde quería.
Y era medio bachiller, y aun del todo, y decía que sin duda hallaba que la imaginación hacía al caso (86) muchas veces fuera del cuerpo, y ponía ejemplo en esto que a él le acontecía. Y aun decía que, estando una noche en su cámara, tenía un orinal colgado en su vasera de un clavo, y que imaginó que se quebraba, y que oyó como se quebró, y se levantó dejándolo sano y lo halló quebrado. Yo tengo todo esto por gran necedad, pensar que era así, y sería no sentir bien de la verdad si tal se creyese. Y, por cierto, pienso que el demonio lo hace y que Dios Nuestro Señor lo permite por nuestra maldad. Y tal no se ha de creer, ni pensar, que la imaginación haga al caso fuera del cuerpo, como yo tengo en otras partes probado. Diga quien quisiere otra cosa.
Lo cierto es que lo que éste decía, que nunca perdió a este juego de birlos y herradura, sería la causa que era muy certero y tenía tan buen juicio que había bien medido la distancia donde jugaba, y que tal era el peso de la bola o herradura con la que tiraba, que nunca erraba ni excedía de lo que quería, y más si jugaba mucho tiempo en un lugar, y así sacaba por partido que no había de mudar el puesto de donde jugaba, ni de mudar los birlos ni el hito a donde tiraban.
Hay habilidades del demonio, y juicios empleados en lo que cada uno quiere, que los señorea para lo que les mandan. Así, porque tenemos hablado de estos ejercicios, dijimos esto al propósito. Concluyendo, digo que si en todos estos juegos hay movimiento con las condiciones del ejercicio, se alcanza en ellos muy gran utilidad para la salud. Sacando de todos estos cuatro que dijimos, que son más para personas delicadas, así como ir a cazar, jugar birlos, danzar o bailar y juego de pelota, puse los más que pude hallar donde el ejercicio común se puede verificar. Si algunos más hubiere, añádanse aquí, y así tome cada uno el que mejor de estos se aplicare.
Todos estos ejercicios, comúnmente los aplica cada uno según su inclinación natural; pero, para los mancebos, yo no hallo otro mejor que el de las armas y el que se toma del juego de la pelota y montar a un caballo, como quisiéreis. El de las armas, así como jugar espada de dos manos, rodela y espada, y espada y broquel, y las puntas que ahora usan, que en verdad se puede decir desdichado, y no parecen los hombres sino demonios en aquella postura que ahora se ponen para jugarlo, y llámole desdichado por la manera que ahora se usa, y aun porque algunos son muertos no tomándolo de veras, sino jugando de burla.
En México estaba un mancebo, el más hábil que se podría pensar, según todos decían. Y jugando con otro, que también se preciaba de ello, le dio al primero un tan gran golpe en el ojo, que no duró siete horas. Y dicen que fue la causa porque hizo burla diciendo que no era tan diestro como él.
Yo no aconsejaría que tan mal ejercicio usasen los hombres, aunque ahora dicen que han hecho un remedio muy grande, y es que ponen a las puntas de las espadas unas bolicas de madera para que, aunque den con la punta, no traigan daño. Pero yo digo que se podría quebrar un ojo y que con todo esto no lo hagan.
De manera que el ejercicio de las armas es muy bueno para los mancebos, así para conservar su salud como para hacerse diestros y hábiles, o para una necesidad de defenderse, o para ofender cuando fuere menester, aunque en muchas partes lo usan para tan solamente saberlo.
El señor conde de Arcos, don Manuel, que Dios haya, decía que los hijosdalgo y caballeros no habían de aprender más que a escribir y leer, y saber nadar, y que todo lo demás, si no fuese natural, que valía poco. Y así, no tenía paje que, si no supiese esto, luego mandaba que lo aprendiese. Y es verdad que muchas noches veía yo al señor don Roldán, su hijo, cuando no tenía aquella infeliz indisposición, salirse a nadar al río. Y por cierto que parece que Su Señoría decía bien, porque me acuerdo que, viniendo de Salamanca, llegamos una noche a Toledo y posamos en un mesón, y estaban allí gentes de mala arte que blasonaban (87) mucho del arnés. Y preguntóle uno a otro de los que allí estaban que cómo cuando se acuchillaba nunca le herían, no sabiendo jugar de espada, y herir él a muchos diestros. Decía el otro: "Hermano, tened buen ánimo y mirad siempre la punta de la espada del contrario, y no tendréis necesidad de más". Y aunque hemos autorizado el dicho de caballero tan insigne como el del señor conde con el del rufián, hémosle traído por la experiencia que éste tenía, sin saber jugar a ningún juego de armas.
Mas aunque parece que Su Señoría tenía razón y que no se ha de aprender el cabalgar a caballo de ninguna silla, ni otras cosas que traen primor, así en cosa de armas como en lo dicho, porque basta el buen juicio e inclinación natural; yo digo que para nuestro ejercicio es bien aprenderlo y <de> continuo usarlo y hacerlo cuando quisieren, para conservar la salud, y aun para cabalgar a caballo de entrambas sillas. Si hay primor que se pueda saber, yo digo que se aprenda y se use, y, aunque sea verdad que viéndolo a otros que lo saben bien hacer baste para el buen entendimiento, todavía es muy bueno tomar parecer en cosa de doctrina, para más perfeccionar lo que se sabe. Este ejercicio de cabalgar a caballo también es muy bueno, y ningún mancebo (quienquiera que sea) lo había de dejar de hacer en su tiempo, porque ya se sabe cuánta gracia trae, y aun por cierto algunas veces armarse, y <aun>que fuese en blanco (88), y correr un caballo, sería muy galano provecho para acostumbrarse a sentir qué es trabajo.
Por verdad que, estando estudiando en Salamanca, tenía por compañero <a> un mancebo que estudiaba leyes, hijo de un letrado del Corral de Almaguer, muy honrado, y cuando en invierno entrábamos a las seis a estudiar (que suele ser desde las seis hasta las nueve), se ponía una cota y unos zaragüelles (89) de malla, y un casco, y un guante en la mano izquierda, y estudiaba así sus tres horas. Y veíale yo así algunas veces armado y preguntábale que por qué hacía aquello, y decíame "¿Qué quiere decir hacéos (90) a las armas?, pues lo que se trae por refrán quiero yo poner por obra, porque no sé cuándo lo habré menester".
Así que, señor, cualquier ejercicio que hagan los nobles es muy bueno, como veremos diciendo del juego de la pelota, y no tan solamente para nuestro libro, que es para aprovechar a la salud, mas también para que se sepa qué es trabajo cuando fuere menester.
El marqués del Valle (91), mi señor, que Dios tenga en su gloria, era curioso en tener primores de muchos regalos. Y yo decíale "Señor, cómo es esto, no se rija así Vuestra Señoría". Y decíame "Mirad: si fuere menester no comer diez días, lo sabré hacer, y un año andar armado lo sufriré, y dormir en el suelo no me dará pesadumbre, y también me huelgo con estos regalos, como veis, y el hombre que no sabe usar de la necesidad que trae el tiempo, no se diga hombre". Pues luego el ejercicio está bien visto, y aunque aprovecha para la salud, es muy bueno para tener experiencia en sufrir cualquier aflicción que viniere.
Capítulo tercero, de otros ejercicios que hay también comunes, y pone una regla muy buena que se requiere en el ejercicio, y dice cómo, de los ejercicios comunes, <el mejor> es el de la pelota
Hay un ejercicio muy galano (92) que no se usa comúnmente en nuestras partes, que es jugar de bastón. Yo no vi a nadie jugar de él, si no fue al señor don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España. Y por cierto, no fue sino al caso que, como este señor sea tan honestísimo, si no era en cosas de letras, así de astrología como de otras facultades (que para todo tiene Su Señoría muy sutil y acendrado ingenio y muy agudo entendimiento), no se comunicaba en mi tiempo con todos.
Y fue así que, cuando hubo paces con el rey de Francia, hiciéronse muchas y muy grandes fiestas en México. Y como Su Señoría estaba ocupado siempre en los negocios de la gobernación, pocas veces cabalgaba a la jineta (93). Y el día de las fiestas jugó cañas y estuvo muy regocijado, y otro día después sentía muy gran dolor en el cuerpo y mucho molimiento, como suele acontecer a los que no son usados a este ejercicio. Y preguntóme qué haría para aquel descontento y desabrimiento que tenía, y yo le dije: "O Vuestra Señoría torne a jugar hoy las cañas, o haga algún buen ejercicio". Parecióle bueno el consejo, y tomó un bastón y jugó un rato, y por cierto muy bien, y con el mucho movimiento el calor se le aumentó y sudó un poco y consumióse lo que el día antes se había movido, que no se acabó de resolver, y Su Señoría se halló bueno.
Y así, acontece a los que van <de> camino, si no lo han usado, que el primer día tienen gran molimiento, y el segundo menos, y el tercero no lo sienten. Y por eso el ejercicio se ha de continuar, y esto sea una regla general para esto, pero será bueno ver la causa de acontecer este trabajo. El primer día que se comienza el ejercicio, así de los caminantes como de los que lo hacen, si no lo usan, es así que con el primer movimiento muévense los humores y con ellos algunas superfluidades que estaban quietas, y con la calor que se aumenta se sutilizan y penetran, y pónense en los músculos de todo el cuerpo. Y con el aire que nos cerca (como por la mayor parte enfría), espésase en las partes <donde> antes no estaban y dan aquel dolor y pesadumbre, y principalmente en los lugares que más se movieron.
O, si no hacéis movimiento, habitúanse allí o consúmense después de muchos días, y no dan pasión alguna. Mas si otro día andáis camino o tornáis a lo mismo que antes habíais hecho, tórnanse a mover y consúmense, y aun os sentís más aliviado y con más salud. También se puede dar otra razón, que, como con el movimiento el calor se aumenta (como dije) y su propiedad de él sea abrir, dilátanse con él los poros del cuerpo y entra el aire, que siempre está con alguna frialdad, y da aquel dolor o quebrantamiento, hasta que el aire se calienta o torna a salir con otro calor que se aumente por alguna vía.
Y así, los señores médicos mandan que, luego que uno se sangre, que no duerma, porque, como con la sangría se hace aquella agitación en los humores, si luego dormís, la calor se mete adentro, y el mismo aire que nos cerca, que es nuestro gran enemigo, los cuaja e inhabilita, y siéntese como un quebrantamiento en el cuerpo, como era en lo que decíamos en el movimiento.
Pues luego, bien está dicho de estos ejercicios, y cómo el bastón es muy bueno, y cómo se han de continuar para que aprovechen. Y, porque en el de la pelota hay muchas utilidades y tiene las condiciones que propiamente se requieren en el ejercicio, trataremos de él como más principal de los comunes, como fue el pasear en los particulares.
Bien será que probemos primero la gran facilidad que se toma del juego de la pelota, comparado a todos los otros. Por lo cual se note que ninguno de ellos hay que no tenga necesidad de muchas cosas para usarlo; si no, véase en el de las armas, que son menester espadas, broqueles, rodelas, compañía, lugar dispuesto para el juego; pues qué será en todos los otros, así como birlos, herradura, herrón, lanza, dardo, jugar barras? Porque mucho más tienen éstos necesidad de todo lo dicho, y aún más si tenéis que ir fuera de vuestra casa a tomar placer con ellos, porque habéis de buscar mozo que los lleve.
Sólo el juego de la pelota no pide nada de estas cosas, porque para ejercitaros con ella en un rincón de vuestra casa, sin que nadie esté con vos, la podéis hacer botándola de una pared en otra todo el tiempo que quisiéreis. Y si habéis de ir fuera de vuestra casa, con llevar una pelota, y aun bien chica, en la mano, o manga, o faltriquera (94), basta.
Quién ignora lo que es menester si os queréis ejercitar en montar a un caballo o tomar placer en ir a cazar? La verdad es que los que inventaron la caza, así como de conejos, liebres, venados, puercos y jabalíes y otras cosas semejantes, como volatería, porque mezclaron el trabajo con mucho placer y alegría, fueron muy doctos y son dignos de mucha alabanza, pues aprovecharon a nuestra naturaleza humana con tan buen ejercicio.
Aunque por cierto, si se consideran tres cosas que son muy necesarias para la caza, quienquiera verá muy bien que, queriendo tomar en ella algún ejercicio, es, en comparación del de la pelota, muy dificultoso, porque en él se requieren principalmente riquezas para que se sustente, y mucha ociosidad para usarlo, y grande aparato para que sobre. Y para mostrar esto, quiero poner ejemplo en la caza de conejos, porque parece que es muy fácil y que cualquier pobre lo puede usar; para lo cual véase por el aparato, que son menester perros chicos y grandes, hurón, redes, azadón para cavar la madriguera si el hurón no sale, calabozo para chapodar (95) Podar. la zarza u otra cosa que os impida, y aun hacha; bestia en que vais, y para llevar lo más de esto, muchas veces es menester. Y también hay necesidad de saber el lugar donde habéis de ir, si hay conejos y si es vedado, para pedir licencia al dueño de él. Porque los que cazan algún animal a traición, así como liebres y conejos con cuerdas, o perdices con perdigón o de otra manera, así como a traidores, si fuese justicia los mandaría matar, y aunque parece que es así necesario para la república, porque si así no fuese habría poca caza para sustentarse, torno a decir que, si fuese en mi mano, en ninguna manera lo consentiría.
Pues tornando al propósito, si en esta caza de conejos, que es tan liviana, tanto se requiere (como tenemos dicho), qué será en las otras de mayor importancia? Porque si se tiene por oficio, ya entonces no se toma por ejercicio, sino por puro trabajo, pues que sea menester renta y mucha hacienda teniéndolo para vuestro pasatiempo, ninguno pondrá duda en ello. En lo del tiempo y ociosidad para ir a tomar este ejercicio, quién hay que no alcance cuánto sea necesario? Y aun muchas veces lo concertáis <en> la noche y en la mañana no podéis ponerlo por obra; y ya que queréis, no faltan negocios que os <lo> impidan; y ya salido de la ciudad, siempre hay quién os estorbe, o por no hacer tiempo o porque los perros se vuelven, o sucede algún desastre que os trae vejación y desabrimiento. En conclusión digo, que para tomar este ejercicio de la caza, si no es señor de mucha renta u hombre que tenga hacienda para continuo conservarla, y grandes ocupaciones, no lo podrá sufrir.
Y aunque parezca gran liviandad poner comparación en el ejercicio del juego de la pelota con el de la caza, por tener el uno tanta facilidad y presteza y en el otro hallarse tanta autoridad y estima, yo me puedo bien relevar de culpa, porque yo hablo a quien mando el ejercicio para conservar la salud, y porque el de la pelota (como tenemos dicho) tiene más facilidad y trae más provecho que todos. Por eso hablamos <de> lo que en cada uno se halla, para probar cómo sea mejor que todos.
Otra cosa tiene grande: que a los otros ejercicios que tenemos dicho, habéis vos de tener respeto y atención para tomarlos, por lo mucho que se requiere para usarlos, y éste lo tiene a vos, porque no trae pesadumbre por ser tan fácil como es. También en él se hallan las condiciones del ejercicio, porque tenéis libertad para tomarlo cuando quisiéreis y tomar placer en ejercitarlo, y usar tanto de él que se aumente tanto el calor que tengáis necesidad de tener mayor y más continuo el resuello. Así que bien está probado cómo ninguna pesadumbre traiga el ejercicio común que se toma del juego de la pelota.
Capítulo quinto, donde se pone cuán solícito ha de ser el buen jugador de la pelota y las condiciones que ha de tener, y cómo el buen capitán ha de tener lo mismo
Por cierto que parece que lo que hemos dicho del juego de la pelota se entiende cuando alguno se quiere ejercitar solo jugando con ella. Veamos ahora su provecho cuando juegan muchos. Aunque los movimientos que en ella se hacen son ocasionales, ha de tener muchas cosas de gran aviso (96) y cuidado el que la jugare, porque si el que espera la pelota, después que la sirvió no mira con atención si viene recia o flaca, o dónde ha de parar, y no está advertido a si le ha de dar de bote o de botivoleo (97), o de revés o con entrambas manos, o con la izquierda, o echarla sobre la cabeza o por debajo del brazo, o, si no es para botarla, guardarse que no le toque porque no sea falta, darlo por perdido, ha de tener mucha viveza, muy gran atención y solicitud, pues el que está en el puesto y la bota, después de servida, qué aviso ha de tener en mirar si hay chaza (98), si le ha de dar recio o quedito, y ha de ver el contrario dónde está para que así la arroje.
Y también, cuando la tornare a botar, aunque a entrambos toca que no dé a la cuerda ni pase por debajo de ella, qué buen corredor ha de ser y qué bien ha de saltar a todas partes, pues qué certero. Y si hay en el juego alguna parte donde pueda hacer la falta, trabajar por echarla allí, o no echarla si le daña, y hacer que dé al compañero del contrario. Es gran presteza y gran aviso el que en este ejercicio se halla; no se aprende, sin duda, sino que es natural. No hay cosa en que más se ejercite la potencia visiva y más provecho tome y el entendimiento se avive.
Quiero decir lo que vi en Granada, en el año diecisiete, en los casamientos del señor duque de Lesa, padre del señor duque que ahora es. Estaban en aquellas fiestas muchos señores y jugaban a la pelota unos caballeros de mucho precio, y había muy buenos jugadores, y en especial estaba un mancebo que se decía ser el mayor en el juego que entonces se hallaba. Y miraban muchos el juego, y estaba entre ellos un caballero ya viejo, con una barba blanca muy larga, y mostraba por cierto muy grande autoridad en su persona, y decía haber servido muchos años al señor Gran Capitán en Italia. Y éste decía: "Con razón se alababa mucho aquel mancebo de buen jugador de pelota, porque, a lo que parece, tiene todas las condiciones que ha de tener el buen jugador". Otros caballeros le rogaron mucho que dijese las tales condiciones, y decía que el buen jugador de pelota no había de ser muy alto de cuerpo, porque los que lo son no se hallan muy diligentes; y que había de estar flaco, porque sufriese el trabajo; y había de tener las manos largas, porque pudiese tomar mejor la pelota; y así los brazos, porque los extendiese muy bien cuando fuere necesario; y había de tener la cintura delgada, porque mejor se pudiese doblegar.
Por cierto que para ahora es bueno esto, que no parecen los hombres sino mármoles y traen el cinto sobre los muslos; sin duda que se hacen en extremo flojos, y que en mi tiempo quien más delgada cintura tenía se alababa, pero háse pasado esto en las señoras, que las más galanas se precian de ello. Todo parece que va al revés.
Así que había de tener la cintura delgada para lo dicho, y había de ser en todo muy ligero, buen corredor y saltador y, sobre todo, gran certero, avisado, diligente, de gran entendimiento para poder dañar y defenderse del daño. Y no había de beber vino ni mucha agua, sino acostumbrado a beber poco, porque aunque tuviese sed en el juego, la sufriese. Y en la comida había de ser templado y, sobre todo, había de tener gran costumbre en el juego, porque no se cansase con el trabajo que en él se halla.
Y también decía que si estas condiciones no tenía, o las más, bien se podría decir jugador de pelota, pero no buen jugador. Allende de esto, dijo: "Sabed, caballeros, que, porque el buen capitán ha de tener las más condiciones de éstas, por eso se notaba en mi tiempo esto del buen jugador de la pelota; porque para ser un buen capitán, allende de ser animoso y esforzado, no ha de ser flojo, ni muy en carnes, ni gran comedor, sufrir mucho la sed, no beber vino sino muy poco y muy templado, o nunca verlo, acostumbrado a trabajo ligero, suelto en todas las cosas, solícito, mirado, cuidadoso, prudentísimo, sobre todo en proveer bien lo por venir y saber bien guardar lo ganado, y evitar el daño que podría venir en perderlo, y saberlo bien hacer al enemigo para ganar de nuevo".
La verdad es que el gran griego pone algo de esto en aquel libro que hizo del juego de la pelota, pero no tan copioso como aquel caballero decía. De modo que, para ser uno buen capitán, ha de ser en alguna manera buen jugador de pelota. Pues luego, señores, si allende de conservar la salud tanto bien se sigue del juego de la pelota, no haya caballero que la primera cosa que en su casa labre no sea el juego de la pelota, para que así los hijos como los criados lo usen y se ejerciten en él, en su tiempo y con su moderación, como diremos.
Qué cosa puede ser de más estima y valor que saber los hombres gustar del trabajo, para no sentirlo a su tiempo, pues está notorio que en todas las cosas no hay peor cosa que el hombre ser siempre bien afortunado, porque con muy poca infelicidad es perdido. Y así me parece que por todas las vías está mostrado ser muy gran bien este ejercicio, no tan solamente para acostumbrar el cuerpo a trabajo y tener salud, mas también para avivar el entendimiento y ser hombre muy avisado.
Capítulo sexto, donde se dice cómo en el ejercicio del juego de la pelota se ejercita todo el cuerpo, y dice cómo en él no hay ningún daño. Y pone la orden que se ha de tener de lo que en él podría haber
Bien será probar, y que por evidencia se muestre, que en el juego de la pelota todo el cuerpo se ejercita, lo cual está muy claro. Así, si el jugador, después de algún espacio de tiempo, moviendo poco o casi nada las piernas, con gran ímpetu botare la pelota, éste ejercita las partes altas del cuerpo y muy poco las bajas. Mas si el mismo jugador, corriendo con mucha velocidad, diere algunos saltos a una parte (que suele acontecer), y, después de algún tiempo haciendo estos movimientos, arrojare la pelota, el tal ejercita las partes bajas del cuerpo. Mas se note que cuando alguno en el juego está quedo (99) y no arroja la pelota ni se menea, si no mueve los brazos o hace algún conato para esperar la pelota o para quererla arrojar, el tal ejercita el pulmón y el medio cuerpo desde el pecho hasta la cintura.
Después de esto, cuando se toma la pelota y se torna a botar, y otra vez se espera, y estáis cerca de la cuerda y la botan lejos, y, por el contrario, estáis lejos y la botan cerca de ella, este correr, estos conatos, y arrojar la pelota y esperarla, y otros saltos a una parte y a otra, y bajar algunas veces la cara, o alzarla, o menearla a un lado o a otro, y botar la pelota con la mano derecha o izquierda, o de bote, o de botivoleo, o de revés, o por encima de la cabeza con dos manos, o con la una por debajo del brazo, en esto se ejercita juntamente todo el cuerpo y del tal ejercicio se siguen los grandes provechos que tenemos dicho.
Pues luego, bien se ve cuán notorio está cómo sea muy bueno el ejercicio del juego de la pelota, y cuán universal y común a todo el cuerpo, por lo cual no hay necesidad de persuadir a que se use con tino para conservar la salud en su tiempo y quien lo pueda hacer. Téngase también por cierto que del tal ejercicio, si algún daño se sigue, no son sino dos muy poco trabajosos; el primero es si alguno acaso diese alguna caída, o por apresurarse mucho se encontró con el que juega, o dióse algún golpe recio en la pared, y otras cosas que pueden allí acontecer. Pero porque en este juego se requiere la ligereza y presteza con el movimiento, y los buenos jugadores no han de ser pesados ni muy flojos, y también porque está manifiesto que si caen no están muy lejos del suelo, no puede ser el peligro muy grande, si no se diese algún golpe en la cabeza muy pesado, que trajese gran lesión. Y mirado bien lo que en alguno de los otros ejercicios comunes suele acontecer, éstos son casi nada, porque en la caza o en el regocijo de cabalgar a caballo, ya se sabe cuántos son muertos de caídas de caballos, pues en las armas ya dijimos de algunos.
Allende de esto, cuántas enemistades y rencores se toman por dar algún golpe del que se enoja con quien jugáis, y se engendran odios y malquerencias, y aun por eso se abrazan cuando acaban de jugar! Pues tirando lanza, o dardo o barra, siempre se desnudan en camisa, y, como ha de ser en el campo, síguense muchos males. Y aunque se hace esto jugando con la pelota chica, es en casa y no trae mucho perjuicio, pero en ésta y en la de viento, y en el juego de vilorta, se suele hacer, por lo cual yo no aconsejaría sino que fuese medianamente cubierto, y principalmente el estómago.
La verdad es que, diciéndolo yo a algunos mancebos, me han dicho que para los viejos como yo es bueno aquello. Pues yo vi a algún mancebo muy recio y bien dispuesto darle tan gran dolor de estómago que pensó morir de ello. Así que en los otros hay inconvenientes ordinarios, pero en éste muy pocos.
Lo segundo que aquí se halla de gran trabajo es la mucha sed, para lo cual aconsejo que mientras se jugare y acabare de jugar, por ninguna manera se beba gran golpe de agua junto, porque sería posible morir súbitamente, sino que cuando jugare y la sed fuere mucha, se beba uno o dos tragos de agua no muy fría, aunque se diga que se aumente la sed porque hay más calor, como acontece en la fragua. Esto se entiende echándola una vez, pero en la sed no será así, siendo poca el agua y muchas veces tomada; cuanto más, que en este ejercicio, y en los demás, es muy gran provecho sufrirla cuanto fuere posible, porque será gran parte para consumir muchas superfluidades.
Tiene también este juego una gran virtud, que todo lo que en él se ganare es muy lícito, sin obligación de restituirlo, si no hubiese algún engaño en que se hacen perdedizos la primera vez por ganar mucho al contrario, lo cual yo tengo visto, o tomarse la pelota con la mano para echarla donde quisiese, que muchas veces se hace.
En conclusión, que en ejercicio que tanto bien se halla, no es lícito no usarlo, pero no continuo ni con tomar gran trabajo, sino con las condiciones dichas del ejercicio, porque por mucho usarlo y sin orden ha acontecido morir algún hombre. Y por eso háse de tomar (como dije) con moderación, porque las cosas moderadas son las que duran y permanecen. Y aunque hayamos sido prolijos, esto baste para este ejercicio del juego de la pelota, pues es tan bueno para conservar la salud.
Capitulo séptimo, del ejercicio que en cada edad se requiere para conservar la salud, y pone aquí del de la infancia y del de la puericia (100)
Estos capítulos son muy necesarios y cualquier persona los debía de tener en la memoria para conservar la salud, porque no salen de alguna de las edades que tenemos. Para lo cual, ninguno ignora cómo hay seis edades, y la primera es la infancia, que es hasta tres años, aunque algunos dicen que hasta cinco, que es el tiempo cuando los niños saben hablar. Y el ejercicio de éstos es traerlos muy suavemente en sus cunas y hacerlos dormir con cantares muy dulces y sabrosos. Y principalmente es bueno el llorar, porque con esto hacen los niños muy gran ejercicio, porque cuando lloran menean los brazos y piernas y aun todo el cuerpo, y enciéndese el calor y ayúdales mucho a digerir lo que tienen en el estómago, <para> que no les vengan algunas indisposiciones, porque las más son en los niños de repleción. Y así, se manda que, cuando el niño despertare del sueño, que llore un poco antes que se le dé de mamar, y aunque se tema, según algunos piensan, que se quebrara, no ha de ser el lloro tan excesivo que venga a tanto extremo, sino un lloro suave como que se queja, y no con mucha braveza, pero sin duda que les es gran bien el llorar antes que anden, que lo dicho hasta este tiempo se entiende, porque después, con andar mucho (como ellos lo hacen) les es muy bueno y muy saludable.
La segunda edad es hasta catorce años, que se llama puericia, porque hasta entonces tienen los hombres toda la limpieza, y plega a Dios (101) que a los diez la tengan, que el día de hoy tienen tanta malicia que muy niños saben tanto que suple su saber por la edad. Y todos, de seis años arriba, han de comenzar a ir a la escuela o comenzarles a adoctrinar, y si fuere antes, ha de ser por su voluntad y que no les den trabajo, sino que estén cuanto quisieren y hagan lo que les pareciere. Y después que vinieren, pueden darles el ejercicio que quisieren, porque tienen muchos, sea en la mañana o en la tarde, o cuando el ayo les hubiere dado su lección. Para lo cual, luego les den su pelota y, solos o con sus compañeros, o con sus hermanos y con sus pajes, no hagan sino jugar o dar botes en la pared, con que hagan algún movimiento, o que corran parejas, o saltar, o luchar con regocijo, o que jueguen al toro como los muchachos suelen hacer, u otros juegos donde se ejerciten, o jugar al trompo. Y guárdeles Dios de otros juegos, que aunque birlos es buen juego, y argolla (102), porque en ellos se sigue interés les es mucho mal, y toman muy ruines resabios, y peligrosos. Nunca vean jugar naipes ni tengan malas compañías, ni tomen mal ejemplo de sus padres y criados, porque luego son perdidos, cuanto más que semejantes cosas, cuando son grandes no falta donde lo aprendan ni quien se lo enseñe.
Y porque algunas veces, si después de comer hacen demasiado movimiento, les suele venir aquella desdichada enfermedad que es piedra en la vejiga, dése orden que estén sosegados y no hagan movimiento demasiado, aunque esta enfermedad desde el vientre de su madre la pueden traer. Yo vi en México abrir a un niño, hijo de un muy honrado hombre que se decía Villaseñor, y no tenía cinco años, y le sacaron una piedra casi del tamaño de un huevo, y sin duda, según su cantidad, que se le hizo antes que naciese.
Así que este movimiento muy grande después de comer les es para esto muy aparejado, así a los mancebos y aun a los de mayor edad, porque con el tal movimiento se les aumenta la calor, sudan mucho, y las partes de donde el sudor sale, para que no se dé cosa vacía en ellas, atraen el manjar indigesto del estómago y el mismo calor se le debilita y hácense muchas superfluidades, y por las vías de la orina vánse a la vejiga. Y como son pegajosas, alléganse allí, una vez un poquito, y después más. Como el tal movimiento se concibe después de comer y el mismo calor natural que allí se halla va gastando lo sutil y endureciendo lo grueso, hácese piedra y así se va aumentando hasta que se hace grande y no puede salir, y se va a lo hondo a la vejiga; y como tiene allí disposición para recibir más, hácese mayor hasta que viene a matar el hombre, o a matarlo con abrirlo, o quedar sano, como acontece a muchos.
Y aunque parezca que sea sin propósito lo dicho, y no muy declarado por ser breve, hémoslo traído para mostrar cómo acontece esto en los niños y aun en los grandes, para lo cual es muy bien tener quietud en el tiempo dicho. Y de mi parecer yo enseñaría a los muchachos a jugar al ajedrez, porque, aunque sea juego de especulación y a algunos parece que entonces dañaría, por mejor lo tengo que hacer movimiento demasiado. Yo conocí a un señor, eclesiástico de mucha autoridad, que mandaba que sus pajes, en aquel tiempo, jugasen a este juego, porque no anduviesen distraídos y fuese causa de alguna indisposición, y porque aún entonces no es tiempo de enviarlos a alguna doctrina. No estoy mal con este consejo: cada uno haga lo que le pareciere, con tal condición que en ninguna manera sobre (103) <la> comida se haga movimiento demasiado ni superfluo.
Dicho de las dos edades, conviene a saber, infancia y puericia, digamos de las otras, que es la primera adolescencia, y ésta es hasta veinticinco años, que es el tiempo cuando los hombres crecen, y algunos dicen que llegan a veinticinco y a treinta, y otros a treinta y tres.
Como quiera que sea, en este tiempo se toma el estado en que los hombres han de permanecer, y la orden de la vida, y donde menos se sienten los trabajos, y por eso para esta edad cualquiera de los ejercicios comunes, los cuales ya dijimos en los capítulos precedentes, se puede tomar.
Y porque en este tiempo es cuando hay más salud, hay necesidad de tomar el mejor de todos los ejercicios, o el que más le aplicare a cada uno para conseguirla y conservarla. Y porque hay muchos mancebos de mucha honestidad y virtud y no les está bien alguno de los ejercicios mostrados, yo alabo mucho en ellos el ejercicio del pasear, porque así letrados como religiosos u hombres de semejantes condiciones lo pueden usar, y así las señoras de cualquier estado. De manera que, como dijimos, aunque los ejercicios dichos sean para hombres robustos, así como juego de armas, caza, montar caballos y los otros juegos declarados, sin duda la honestidad, aunque sea en mancebos y de mucho ánimo, se puede bien emplear en el paseo, aunque en secreto puede tomar el que mejor le pareciere y a quien más fácilmente se aplicaren (como dije).
La cuarta edad es la juventud, que es cuando los hombres están en toda su fuerza y vigor, y cuéntase hasta cuarenta o cuarenta y cinco años. Y en esta edad se requiere más el ejercicio, porque aunque en la otra pasada dijimos que se había de escoger para adelante (104), en ésta se ha de usar más, porque en ésta ya va cuesta abajo de la vida, y el calor se va en alguna manera disminuyendo y se engendran más superfluidades, y es menester ayudar más a nuestra naturaleza. Porque si no se da orden en gastarlas y consumirlas, vienen las enfermedades que a la vejez a los más hay trabajo (105), así como pasiones de hijada y riñones, gota y mal de piedra. Pues luego, elija cada uno (como dije) en la adolescencia su ejercicio, y habitúese a él para que tenga costumbre en la juventud de usarlo. Y no se me da nada (106) que diga el gran médico latino Cornelio Celso que el hombre sano no se ha de someter a las leyes de <la> medicina. Esto que digo no es dar ley, sino hacer que los hombres no vengan a someterse a las leyes de <la> medicina, cuanto más, que lo que él mismo alaba para excusarse de esto, es lo que voy diciendo.
Así que, tornando al propósito, cada uno tome para sí el ejercicio de los muchos que tenemos dicho, no olvidando para los recogidos el pasear, y para los demás la pelota, si no hubiere aplicación particular de algún otro.
La quinta edad es la vejez, que es hasta cuarenta años poco más o menos, y el ejercicio propio de éstos es cabalgar a mula, andar un rato a pie, y si se tuvo costumbre de algún ejercicio de los pasados, y fue de los muy graves y pesados y lo usó y le conservó bien su salud, el proseguirlo con moderación es bueno, porque si lo deja, naturaleza, acostumbrada a aquella ayuda, descuidarse ha en expeler lo que con el tal ejercicio hacía, y sería muy gran inconveniente. Cuanto más que a los hombres bien regidos en la adolescencia y juventud, que se hacen entonces viejos, para vivir sanos poco ejercicio en ellos aprovecha. Y así, el ejercicio propio de esta edad y de la sexta, que es el decrépito -que será desde setenta años en adelante-, es el movimiento suave, y usar<lo>, como dije, con más templanza de lo acostumbrado.
Y porque los que están en estas edades por la mayor parte no se podrán decir sanos, porque su misma salud es enfermedad, y antes podríamos decir que <de> continuo los reducimos a salud, es bien darles dos reglas útiles y provechosas para el propósito. La primera es que ya tengo dicho que coman poco y bueno, los que pudieren hacerlo, porque se hagan menos superfluidades. Lo segundo, que tomasen alguna cosa en el mes o semanas que les ayudase a limpiar algo de lo superfluo que de nuevo continuo se les engendra, según al médico perito que las cura y conoce su complexión le pareciere, aunque teniendo atención a muchas cosas que en los tales se halla en el tiempo dicho. Yo les daría estas píldoras que se llaman de regimiento, porque preservan de corrupción y evacuación y aun consumen algún humor malo. Y así, dice un sabio médico que nunca las dio en tiempo de pestilencia a hombre que de ella muriese. Y es tanta su virtud, que tengo hallado escrito que si una pipa (107), o tinaja, o cuba de vino se fuese a corromper y le echasen cantidad suficiente, que lo adobaría y lo tornaría a su bondad, y por esta razón, mejor lo hará en un cuerpo de un hombre, donde hay perfecta regulación. Para lo cual, a los viejos y a todos los decrépitos, por tener la calor natural flaca, se les aumentan muchas superfluidades y es menester ayudarles con algo (como mostré) para limpiarlas, y también a los unos y a los otros es bueno provocarles cura, porque en alguna manera se les enciende la calor y ayuda a gastar algo de lo superfluo que tienen.
También es bueno a los ya viejos, y ésles gran ejercicio, mecerlos con mucha suavidad en cunas, porque, como tornan a la edad de niños, tenemos que darles el ejercicio como a ellos.
Esta regla se guarde en estas dos edades postreras, y es que cuando hiciere ejercicio donde el calor se aumentare mucho, que pare en hacerlo cuando se siente algún alivio en el cuerpo y les parece que se descarga de alguna pesadumbre que tenían, porque sin duda es verdad que, cuando naturaleza despide algo superfluo y que no ha de menester, aunque sea bueno, se siente en el cuerpo una demasiada delectación, así como cuando algo se expele por las vías bajas. Y aun se dice que la delectación que se halla en el ayuntamiento del varón con la hembra es <en> gran parte aquello que se expele, que es superfluidad, y en el cuerpo no había necesidad de ello.
Pues así se tenga esta orden el ejercicio en las tales edades, que, sintiendo lo dicho, se deje, porque si va adelante, es poco el calor que tienen y podría ser consumirse y traer mayor perjuicio que el provecho que de ello se siga. Y esto baste para esto de las edades, donde hemos traído algunas cosas que, si de raíz se dijesen, era menester para cada una hacer un libro.
Capítulo noveno, del ejercicio que convenga para algunas enfermedades, y pónese para ejemplo una cura que el autor hizo en un enfermo
Porque no dejemos de notar cómo el ejercicio conviene, así para dar salud al que le falta como para conservarlo en ella, lícito será poner algunas enfermedades que tienen necesidad de algún movimiento para ser expelidas o quitadas del cuerpo humano. Y porque el tal movimiento los enfermos por sí no lo pueden hacer, mándase que lo hagan en otras cosas; y así, dicen que es muy bueno <para> el que está muy flaco, por alguna superflua evacuación de algún humor demasiado o de mala calidad, o por haber tomado purga, que se desenfrenase, que lo meneen muy suavemente en cunas, porque así moviéndolo han de provocarle a sueño, y, como en alguna manera se aumente la calor en el sueño, consúmense algunas ventosidades y es gran alivio. Y nótese que esto no se ha de hacer cuando alguno tuviese flujo demasiado o actualmente estuviese con él, sino cuando se le hubiese quitado y tuviese mucha flaqueza por él, porque en el tal caso no convenía.
Porque ésta es regla de nuestra medicina, que la quietud se compara al sueño y el movimiento a la vigilia, y porque el movimiento trae muy gran inconveniente y daño para los que tienen cámaras (108), por eso no le aprovecharía moverlos; y así se haga cuando están muy flacos por haber tenido demasiada consunción o gasto de virtud, aunque se puede considerar que, teniendo la tal evacuación superflua, les puede aprovechar el tal movimiento, porque por él se podría provocar sueño, que en extremo aprovecharía mucho. Porque ésta es una regla en nuestra medicina muy cierta, que el sueño tiene costumbre de quitar las fuertes evacuaciones sacando el sudor, y por eso, provocando sueño, sería gran provecho para las cámaras.
Como quiera que sea, por una vía o por otra, es bueno este movimiento, aunque mejor en los muy flacos (como tengo dicho). Y porque sería para nunca acabar, no digo qué es la razón porque el sueño quita las fuertes evacuaciones; baste que la virtud retentiva se conforta con él, que es gran medicina para los que tienen flujo superfluo.
También se dice que moverse mucho en la cama es provecho para los que tienen fiebres compuestas y flemáticas y para la hidropesía (109) y pasiones de hijada y gota y de riñones, porque con esta agitación se hacen los humores hábiles para evacuarse, y porque este movimiento ha de ser según la disposición del enfermo, porque el que está flaco no lo puede hacer tan recio como el que tiene mayor virtud; por eso, a los muy débiles les convendrá estando acostados, y a los otros <es> muy útil traerlos en carros, porque reciben mayor movimiento, y más les puede aprovechar en todas las enfermedades ya dichas. También se dice que a los leprosos e hidrópicos, y a los que tienen muchas frialdades en el estómago, les es bueno traerlos en barcos a la orilla de la mar o meterlos en navíos al mar alto, porque les provoca a vómito y expelen muchas superfluidades que tienen en el vientre pegadas, que sin duda traen mucho perjuicio y daño.
Estando en la isla de San Miguel (110), cuando venía de México, <el> año cuarenta y cinco, por tener temor de franceses, por venir en ruin nave, quedéme allí a vivir hasta haber mejor oportunidad, y, para pasar la vida, curaba a los que podía. Y estaba allí un portugués, factor (111) del rey, muy honrada persona, que tenía una calentura flemática muy malvada, de la cual le habían curado los médicos que en la isla estaban. Y yo también le purgué e hice los beneficios que me parecían convenirle. Y, como estas fiebres por la mayor parte tienen su principio en el estómago (por ser, como se sabe, laguna de flemas), aunque le provocábamos vómito y lo confortamos con muchas medicinas, algunas veces se hallaba bueno, pero tornaba muchas veces a recidivar, y siempre se quejaba del estómago.
Y roguéle que nos fuéramos a holgar a Villafranca, que es un lugar en la misma isla, <a> tres leguas de allí, al cual podíamos ir por la tierra y por la mar. Y mandó aparejar caballos y díjome que fuésemos, que todo estaba a punto, a lo cual dije: "Bueno será, señor, que vayamos por la mar". Él me respondió: "Puede ser mayor desatino que ese que decís, que podemos ir por la tierra y decís que vamos por mar?". Y era por cierto bien sabio, y maravillándose de la ida por la mar, tornóme a decir: "No sabéis que de tres cosas hemos de hacer penitencia toda nuestra vida? La una de pasarse algún día sin saber algo de nuevo, la otra de descubrir nuestros secretos a las mujeres, y la otra de ir por la mar pudiendo ir por la tierra. Pues por cierto que nunca yo haga penitencia, si puedo". Yo le dije que convenía para su salud ir por la mar, y concedió con lo que yo decía, y mandó traer un esquife (112) con muchos remos, y metidos en él, yo dije a los que remaban que no se apartasen mucho de la costa, porque con la resaca del agua hiciese más movimiento el batel.
Y ya que habíamos andado, comenzó el factor a dar voces, diciendo que se moría del estómago, y dále un desmayo, y con él un rigor y temblor tan grande, que por cierto yo pensé que se iba su camino (113), y tentando el pulso, estaba bien escondido, y así no lo hallaba. Y hágole tornar en sí y metió en la boca una pluma mojada en aceite que yo mandé llevar, y echó más de dos grandes platos de una flema vítrea tan pegajosa como un engrudo, sin el manjar que había comido, que si fuera en ayunas, yo pienso que muriera, porque este vómito casi es artificial, y decía que le parecía que, cuando lo quería expeler, que se le arrancaba el estómago.
Plugo a Dios, aunque yo llevé parte del vómito (que no me hizo poco provecho), que el portugués tornó a la disposición que tenía. Y llevábamos conservas y buen vino y lavámonos los ojos con él, y yo hice tornar al puerto <de> donde salimos, y nunca más le vino calentura. Y después, estando en conversación, me decía muchas veces: "Aunque vuestra medicina está en tener buen juicio, siempre lo que sucede es causa de buena estima".
Concluyendo: que aunque en esto no se verifiquen muy por extenso las reglas de nuestro ejercicio, baste que el movimiento traiga esta utilidad y se haya mostrado cómo para la reducción de la salud no daña.
Fin de la tercera parte
TRATADO CUARTO, DEL TIEMPO EN QUE SE HA DE HACER EL EJERCICIO, Y PONE OTRAS COSAS MUY BUENAS
Capítulo primero, del tiempo en que se ha de usar el ejercicio
Lo que más importa en este libro es saber muy por extenso cuál sea el tiempo más convenible para hacer el ejercicio. Y para alcanzarlo y muy bien entenderlo, hay necesidad de traer a la memoria (como dijimos en el capítulo décimo) que había en el cuerpo del hombre dos humedades, una radical y otra nutrimental. La radical no hace a nuestro propósito, y esta nutrimental se hace de lo que cada día comemos. Y para venir a mantenernos con ello, primero pasa por cuatro digestiones. La primera se comienza a hacer en el estómago y allí se limpia de sus superfluidades, que van a las tripas y, porque naturaleza, como cosa sin provecho las desmampara (114) , y su calor natural no las conserva ni regula, tiene mal olor, como vemos en un cuerpo muerto. Y esto se hace en el estómago de este mantenimiento, quitado (como tengo dicho) lo malo y superfluo, se llama quilo, que es como un hordiate que se hace de cebada, y ésta se llama la primera digestión. Ésta va después al hígado y tórnase a digerir, y se hace quimo, que son los cuatro humores, así como sangre, cólera, flema melancolía. Y que sea cada uno distinto o que sea sólo sangre, que tenga a todos los otros en virtud, diga cada uno lo que quisiere, que todo se puede sustentar.
Baste para nuestro propósito que allí se hace otra digestión que también tiene su superfluidad, que es lo que se recibe en el bazo, que es la hez de la sangre, que se dice la melancolía, y lo que se ayunta en la hiel, que acá decimos que es la cólera. Esta sangre o estos humores que se llaman quimo vánse a las venas y tornan otra vez a digerirse; y como de una leche cuajada se hace suero, así se hace de aquella digestión la orina, que es como un suero, y váse por sus vías a la vejiga, y pasa primero por los riñones, que son como unas esponjas que chupan alguna sangre que con la tal orina va, con que se mantienen, y también mucha untuosidad que se pega alrededor de ellos, de donde se ve el sebo, que en cantidad está alrededor de los riñones en cualquier animal, y así es en los hombres.
Después, apurada (115) así esta sangre por la tercera digestión, se hace otra en los miembros para convertirse en su sustancia, porque aquella sangre se vuelve en una cosa que es como un rocío, y esto se espesa y se hace como engrudo, y pégase en los miembros, y toma la manera y forma de ellos, y para tomar estas mudanzas se va limpiando. Y hay también sus superfluidades, de las cuales, según alguna opinión, se hace la simiente del varón y hembra, que se va a los vasos seminarios para la generación, aunque otros dicen que es superfluidad de la tercera digestión. No paro en esto, sino que se sepa, como tenemos dicho, que hay cuatro digestiones, como también declaramos en el capítulo diez del primer tratado.
Pues de las superfluidades de esta cuarta se meten algunas en los poros del cuerpo, y el tiempo propio del buen ejercicio que se ha de hacer es ya cumplidas y acabadas, perfeccionadas, estas cuatro digestiones. De donde se note que el tal ejercicio no se ha de hacer en ayunas, si no se tiene por cierto que ya van al fin estas digestiones.
El cómo se conozca que sean acabadas, en el capítulo que se sigue se verá, porque si el tal movimiento se hiciese antes de ser esto acabado, sin duda que se seguirían grandes daños e inconvenientes muy perjudiciales. Porque, como el movimiento aumente la calor, sale afuera del estómago y de todas las otras partes, y el manjar no se digiere, y no tan solamente en las partes principales hay crudezas, mas en todas las del cuerpo. Y también, como con el tal calor se limpian las tales superfluidades, porque no se dé cosa vacía, de aquel lugar de donde se evacue lo otro tráese el manjar del estómago crudo en todo el cuerpo, y vienen grandes enfermedades, así como fiebres pútridas y opilaciones grandes entre el hígado y estómago, y en las tripas y riñones e hijada se hacen indisposiciones perniciosas y mortíferas. Porque, como haya estas indigestiones por la causa dicha, va el manjar medio crudo, y, como no se pueda regular bien, de naturaleza recibe corrupción y causa lo que tenemos dicho, aunque se aumente la calor con él, por no haberse concluido las tales digestiones.
Capítulo segundo, de cómo se conoce cuándo son acabadas las digestiones dichas, y lo que se ha de hacer antes del ejercicio
Dicho se ha cómo el ejercicio se ha de hacer celebradas estas digestiones, de manera que cuando se sienta que sean perfeccionadas, tarde o mañana, se puede tomar el movimiento que os pareciere. La verdad es que algunos dicen que la virtud digestiva, que en todos los miembros se halla, siempre está obrando, aunque algunos dicen lo contrario; y también se nota que esta digestión se hace sucesiva, porque dicen que el manjar se digiere poco a poco en el estómago y así se va limpiando, y lo superfluo cae a las tripas y lo demás va al hígado. Y así, hecho lo que allí conviene, va a las venas hasta que se convierte en sustancia de nuestros miembros, y de esta manera nunca tendrán fin las tales digestiones. A esto respondo que la principal intención que se ha de tener es acabada la primera digestión del estómago, porque faltando ésta y no siendo perfeccionada, las demás que se siguen son faltas. Y si se dice que el daño de ésta se puede corregir en la segunda, el gran griego sostiene lo contrario.
Pero concluyendo, para el propósito, el mayor cuidado que se ha de tener para el ejercicio ha de ser éste: que por ninguna vía se tome, sino, como tengo dicho tantas veces, a lo menos sabido bien que la del estómago es acabada.
Algunos, cuanto al tiempo, dicen que después de siete horas se acaba. Otros ponen ocho y algunos diez. A esto digo que no hay regla cierta, porque la edad, el tiempo cuando se come, el manjar que se toma -mucho o poco, o diverso-, y otras cosas semejantes, hacen mucha mudanza en esto, para que el tiempo no se pueda dar precisamente. Pongamos pues otras cosas para bien conocerlo.
El mejor tiempo es en la mañana, lejos de la cena, pues entonces hay más tiempo para haberse mejor digesto (116)lo comido. Para esto se note que si dormísteis bien toda la noche, sin pesadumbre en el sueño, y despertásteis en la mañana con el estómago liviano, sin sabor en la lengua ni olor del manjar, ni ventosidades demasiadas por abajo y por arriba, y sin náuseas ni vómito, y con gran alivio de todo el cuerpo, tened por cierto que estas digestiones están cumplidas. Y si el cuerpo se ha limpiado por abajo por ambas vías, muestra también lo mismo. Y los que quieren vivir con razón, ven su orina, y si tiene color de sidra o como paja, algo amarilla y con un asiento, o como un copo blanco de algodón en medio, es también muy buena señal. Pero si la orina está como blanca o verde, sin duda que hay lo contrario, y para esto es muy bueno beber dos tragos de vino muy fino, o enjuagarse la boca con aguardiente, o tornar a dormir. Y así, con estas señales se toma sin duda conocimiento que están, para lo que toca a lo que se ha de hacer antes del ejercicio, cumplidas las digestiones.
Y aunque se ha de hacer esto que ahora diré cada mañana, muy mejor se aplican a ello cuando el ejercicio se ha de tomar. Y es que, limpio el cuerpo (como dije) y teniendo sabido lo dicho, luego se lave el rostro con agua fría, y límpiese los ojos de sus lagañas, y con el dedo chiquito se limpie muy bien las narices y oídos, y aun se meneen mucho dentro, y lávese dientes y boca muy bien con su agua, y si pudiere, lave los ojos, si es mancebo, con agua rosada, y si es viejo, con vino, y ambos tomen dos tragos del agua y gargaricen muy suavemente. Y si hiciere sol, miren hacia él y estornuden, y después tomen una raíz de nogal y límpiense los dientes con ella, porque dicen que de cinco en cinco días es muy bueno para las reumas; y luego tomen un grano de sal blanca y refriéguense los dientes con él, o con un poco de mirra, que les trae muy gran provecho. Y antes de todo esto, estando en la cama, pidan un poco de vino muy oloroso y mojen un paño en él, y refriéguense debajo los brazos y las partes bajas, y entre los dedos de los pies, que, allende de ser gran limpieza, es medicina muy provechosa.
Después de todo esto hecho, si tiene costumbre de almorzar, aquel día de ejercicio no se haga. Pero si fuere, sea poco, y tómese esta regla, que es muy necesaria y provechosa: que por ninguna vía se haga aquel movimiento grande, habiendo hambre demasiada. Porque tanto inconveniente se sigue como hacerlo muy harto, porque aquel movimiento disminuye mucho la virtud y aun hace henchir el estómago de muchas superfluidades. Y esto baste para lo que se ha de hacer antes del ejercicio; lo cual acabado, luego se comenzará, y esto se entiende cuando el ejercicio es muy fuerte y con propósito de hacerlo para conservar la salud.
Capítulo tercero, de lo que se ha de hacer después de comer y cenar, y si ha de haber algún ejercicio, y la orden que se ha de tener en el sueño
Considerado lo dicho del tiempo en que se ha de tomar el ejercicio, y lo que se ha de hacer antes de él y antes de comer, veamos ahora la orden que se ha de tener después de comer y cenar, porque, quitada aparte la costumbre, no ha de ser la comida en el día, más de estas dos veces, las que han de comer. Cuanto más que los antiguos (según algunos dicen) no comían más de una vez al día, que se llamaba cena. Se dice que los ángeles no comen, y los santos una vez al día, y los hombres dos, y las bestias no paran en todo el día y noche. Y por eso, será bien que haya templanza, y no seamos semejantes a las bestias.
De aquí venimos los médicos a decir que lo crudo sobre lo indigesto (117) es causa de muchas enfermedades, porque comiendo así no está lo uno digesto y ponéis lo otro crudo encima, váse medio cocido y causa lo antes dicho. Pues luego, para vivir con razón baste comer dos veces al día, y si más tiene de costumbre (que es almuerzo o merienda), sea moderado, y lo uno y lo otro siempre se tome con gana de comer, y aun es bueno que se quede con ella. Después de haber comido o cenado, se tenga orden que luego haya mucho reposo, y que aquel tiempo se pase en conversación sabrosa, y la cantidad del tal tiempo, cuanto mayor fuere, será mejor. Y después de esta cantidad y sosiego, se ha de pasear un rato, que son los mil pasos que se suelen decir, o suaves pasos. Porque, como los antiguos no comían más de una vez, que llamaban cena (como dije), por eso decían que anduviesen sobre la cena o hubiesen movimiento suave.
La verdad es que se dice que en tres casos convenía hacer gran movimiento sobre el comer y cenar. Una, si se tiene costumbre de ello, como hay muchos que van luego a sus oficios o corren la posta, aunque entonces se ha de comer muy poco, y algunos tienen costumbre de jugar luego en comiendo a la pelota, lo cual no alabo. El segundo caso se dice en los muy flacos y debilitados; habiendo comido buen manjar y poco, es bien entonces hacer ejercicio, porque con el tal auméntaseles la calor y ayuda mucho a la digestión. Lo tercero es si alguno hubiere comido cosas que engendran muchas ventosidades, es bueno, un poco después de haber comido, hacer movimiento grande para consumirlas.
También se dice (aunque parece que es contra nuestra regla dicha, que es que después de comer no haya fuerte ejercicio), que si a alguno le parece que ha comido mucho, habiendo reposado gran espacio de tiempo sobre la tal comida, es bueno hacer movimiento algo grande, para que, aumentada la calor, mejor se cueza el manjar. Estas reglas consideradas, para quien las pudiere guardar, le serán provechosas para su salud.
Cuanto a lo que toca al sueño, éste se dice que se ha de evitar al mediodía en cuanto se pudiere. Pero diremos que hay personas que aún comiendo han sueño. Aquí digo que es muy gran inconveniente y no se debe hacer si no fuese la costumbre mucha, y aunque la hubiese, se ha de quitar. Y acontece que, en comiendo, da luego gran voluntad de dormir; y si os levantáis, luego se olvida y es gran provecho. Y ya que esto no se pueda excusar, aconsejo que luego se levante de la mesa y baje una escalera algo recio, para que el manjar baje a lo hondo del estómago, donde se ha de digerir. De este sueño así luego en comiendo vienen muchas reumas y aun catarros no poco trabajosos. Y parece que se podría decir que, como digo que haya quietud sobre la comida, que supla el sueño por ella. Mucha diferencia hay, y no se haga si es posible.
Pues luego, habiendo reposado y hecho aquel movimiento suave sobre la comida (que dijimos), el sueño se siga. Y si fuere después de comer (el cual se ha de excusar cuanto el otro es necesario), para que no dañe ha de tener seis condiciones. La primera, que se tenga costumbre de tomarlo, y así, para los letrados, con las condiciones dichas, les es muy saludable y necesario. Es la segunda que sea sentado en una silla y acostado sobre el lado derecho, y aun cuando comieren han de estar algo sobre aquel lado. Será la tercera que tenga cubiertos los extremos, así como pies y manos. La cuarta, que sea sueño limitado, con no dormir tanto como se hace en la noche, sino media o una hora. Es la quinta que después de despierto, si está satisfecho, no se torne a dormir. Lo sexto, que en ninguna manera se despierte con sobresalto, que sería gran inconveniente. Esto digo así superficialmente, porque sale de nuestro propósito. Y esto baste para este capítulo. Digo lo que se ha de hacer para conservar la salud, cada uno haga lo que quisiere o pudiere.
Ninguno ignora cómo el año se divide en cuatro partes, conviene a saber: verano (118), que es marzo, abril y mayo; estío: junio, julio y agosto; otoño: septiembre, octubre y noviembre; invierno: diciembre, enero y febrero. Y estas dos partes del año, verano y otoño, son las más templadas, aunque esta templanza en la tierra yo digo que muchas veces acontece por el sitio, alto o bajo, que tiene en la región, ciudad, villa u otro lugar cualquiera de la tierra.
Pero hablamos de lo que toca al ejercicio, y por eso se dice que estos dichos meses que caen en las tales partes del año son algo semejantes en la templanza, aunque, como parece, el verano va creciendo en los días, y así en la calor, y el otoño los disminuye en lo mismo. Pero como quiera que sea, porque estos dos tiempos en algo se remedan, el ejercicio en ellos ha de ser con las condiciones dichas, antes de comer y cenar, por esta templanza que diré que en ellos se halla. Luego, bien está que, teniendo la vida ordenada, comiendo en el verano a las diez y cenando a las seis y en el otoño casi lo mismo, aunque se precede o pospone algo, el que tuviere el ejercicio del paseo, entonces lo tome.
Los demás ejercicios, en el estío e invierno hay otra consideración, porque en el uno es mucha la calor y casi todo el día, y a lo menos aquí en Andalucía se nos pasa haciendo ejercicio, porque siempre sudamos. Y en el otro, son los días tan pequeños que falta tiempo. Para lo cual, en el estío, los más dicen que en cualquier región se haga el ejercicio de mañana y antes que el sol salga, si fuere posible, porque hay entonces mucha templanza y tenéis lugar de hacer vuestro movimiento y será el provecho mucho.
Y aunque se diga que basta sudar, como se hace en tal tiempo, esto se note: que el sudor que viene con demasiado movimiento, quiero decir, con las condiciones dichas del ejercicio, es muy diferente y trae los provechos que tenemos dicho, lo cual no se hace con sudar y dar calor, porque esto trae solamente lo que está en la superficie del cuerpo. El otro gasta lo malo que está en lo interior y en todas las partes del cuerpo, y consume las superfluidades de los miembros naturales y animales. Y por esto conviene que se haga el tal ejercicio, y es más necesario en el estío que en otro tiempo. Baste esto para persuadir que se haga, porque allí, en el sudar por estar mucho al sol, no se aumenta la calor como en el movimiento. La cual es instrumento con que todos los bienes de nuestro cuerpo se hacen. Así que, en el estío, éste es el tiempo convenible. En el invierno, bien se podría hacer en la noche antes de la cena, siendo ejercicio que entonces se pueda tomar. Pero también con dilatar la comida después de las doce se podrá tomar en la mañana. De manera que, teniendo atención al tiempo que dijimos del ejercicio, sacando el estío por la mucha calor, se puede tomar en la hora dicha en los tales tiempos. También se dice que los muy flacos, con estar un poco al sol antes de comer, y antes de cenar con estar a la lumbre, se podría en alguna manera pasar por ejercicio, pero por cierto grande bien es el movimiento.
Los más dicen que en el ejercicio se han de considerar tres tiempos, que son el principio y el medio y el fin, y también notan que en el principio del ejercicio ha de haber moderación y háse de ir aumentando hasta el medio, donde ya crece la calor y el cuerpo se para bermejo y las venas se paran gruesas y hay algún sudor. Y entonces es el medio tiempo, en el cual es muy bueno detener un poco el resuello, porque dicen que los espíritus se limpian y aun todo el pecho recibe gran utilidad, porque en él con la tal calor se consumen muchas superfluidades que en él están. Y llegado a este medio, si no se siente cansancio, es muy bueno proseguir el movimiento hasta que lo sintáis, y cuando este cansancio se muestra, entonces se sigue el provecho del tal ejercicio; y en este tiempo se ha de apresurar mucho el tal ejercicio, porque del todo se siga su provecho, y de ahí en adelante irá en disminución y ya se sigue el tiempo postrero. Y el que no tuviere algún regalo (119), váyalo poco a poco acabando, porque si luego parase sería muy gran inconveniente, porque, estando la camisa mojada con el mucho sudor, se le enfriaría, y como los poros del cuerpo están abiertos con la calor, entrando el aire frío puede traer mucho daño.
De manera que, sintiendo el trabajo en el ejercicio, también el cansancio es la señal verdadera de su provecho. Pero esto por la mayor parte se considera en los ejercicios que son muy fuertes y con mucha velocidad hechos, porque en el templado y que se hace con moderación, que es el que yo digo que usemos, no se halla de esto, y de aquí se podía sacar la orden que se ha de tener en el ejercicio de las complexiones.
Porque el que es flemático o melancólico por tener muchas superfluidades que consumir, se siente presto cansado. Y por eso en los tales se ha de usar de más fuerte ejercicio, y aunque sienta trabajo, todavía es bueno proseguirlo, hasta que las superfluidades sean consumidas y gastadas. Así que los que tienen esta complexión flemática y melancólica han de hacer mayor ejercicio (como dije) y con mayor velocidad y fortaleza, por la razón dicha. A los que son coléricos y a los que tienen los humores más sutiles no les conviene tanto el ejercicio, porque los tales, estando medianamente sanos, vendrían a ser enfermos. Porque el calor natural, aumentado y ayuntado con los humores coléricos y sutiles, vendrían a tener muy gran consunción, para lo cual ha de ser, en comparación de los otros, menos el ejercicio. Y sentido algún desabrimiento en él, luego se ha de dejar.
Los que tienen complexión sanguínea median entre éstos, y así como en el flemático ha de ser mucho y en el colérico poco el ejercicio, el del sanguíneo ha de tener el medio, porque tiene calor como el colérico y humedad como el flemático, y por eso ha de mediar entre ellos con su ejercicio. Y para el ejercicio de los tales háse de tener atención al cansancio y al descontento que en él se hallare, porque el flemático y melancólico han de sufrir mucho, y el colérico poco, y el sanguíneo medianamente, para conocer que lo superfluo de todos está consumido. En la complexión templada (si se hallare), yo pienso que no es menester el ejercicio, porque su naturaleza no pide más de lo que ha de digerir para mantener el cuerpo de donde se halla, y por esta causa tienen pocas superfluidades, y éstas, naturaleza las consumirá con su calor natural, sin que dé vejación y trabajo.
Capítulo seis, de lo que se ha de hacer después del ejercicio
Este capítulo se pone al fin del tratado, porque muestra lo postrero que se ha de hacer después de acabado el ejercicio. Para lo cual se note, como tenemos dicho, cómo el ejercicio templado tiene gran preeminencia y más virtud, y es mejor y más provechoso que los otros, y en éste no es menester poner lo que han de hacer después de haberlo hecho, sino que haya reposo y recreación después de acabado. Y si algún sudor hubiere, lávese el rostro con un poco de vino aguado y se limpie con un paño áspero. Pero si el ejercicio es muy fuerte y se consideran en él los tiempos ya dichos, si el que lo tomó tiene posibilidad para usar de regalo, no lo ha de dejar de golpe y súbitamente, sino poco a poco, porque sería inconveniente. Mas tomando de alguno de los que pueden seguir y hacer lo que en nuestro libro se trata y muestra, ha de tener esta orden que diremos, y es que, después de concluido el tal ejercicio, fuese haber jugado mucho a la pelota o armas, o por su pasatiempo, o por ejercitarse, o viniese de caza o se hubiese hallado en algún regocijo de juego de cañas, o se hubiese armado para ensayarse para justar (120) o hubiese justado, o tomase algún ejercicio semejante, o fuese señor grave, así como un prelado, que se pasease tanto que viniese a tener las condiciones que dijimos en el capítulo precedente, pues digo que la tal persona lo puede hacer.
Acabado el ejercicio, háse luego de acostar en su cama, con que no esté muy fría, desnudada la camisa, con paños algo ásperos fregarse el cuerpo por todas las maneras que se pudiere hacer, y así los brazos hacia abajo, así las piernas y todo lo demás, y limpiarse ha todos los desaguaderos de la cabeza, así oídos, ojos, narices, como enjuagarse la boca con su vino aguado tibio y gargarizar con mucha suavidad, lavarse con el mismo vino debajo de los brazos y los dedos de los pies y lo demás encubierto. Y después de todo esto limpio, untarse el rostro con agua olorosa, y así los pulsos, vestirse ha su camisa sahumada con algún buen olor, y lo mejor y más sano es romero, y reposará casi media hora y lo que más quisiere.
Yo juro en verdad que, acabado de hacer esto, que se siente muy gran recreación, y así especial alivio en el cuerpo. Luego vendrá la comida, y aquel día será bien ordenada, y de mejor manjar, y muy bueno y con más regocijo. Y aunque tengamos ya dicho que la edad, el tiempo del año y la complexión tengan su propio ejercicio, los señores, y también los que son doctos que quieren vivir con orden y razón, han de elegir una hora del día para, con moderación y templanza, hacer este ejercicio, o un día en la semana, o dos días en el mes, porque si pasa de este tiempo, ya pienso que no sería provechoso. Cuanto más que, como quiera que sea, siendo fuerte el tal ejercicio, aunque fuese una vez en el mes, o de dos a dos meses, haría provecho. Y así me parece que quien tiene mediana posibilidad podría hacer esto para conservar su salud, pues es señora de todo merecimiento.
Capítulo sexto (121),cómo se ha de ejercitar el que tiene alguna parte del cuerpo flaca porque no le venga daño del movimiento, y pone el perjuicio que podría venir del mucho ejercicio
Porque no se halle alguna falta en nuestro libro, y ninguno se queje que no le dimos reglas para conservar su salud, bien será mostrar cómo se ha de ejercitar el que estuviese tullido o muy cojo, de manera que no pudiese hacer movimiento, o si acaso tuviese el medio cuerpo o alguna parte de él tan mal dispuesto que, moviéndolo mucho, le viniese mayor daño que el que tenía.
Para lo cual, el que estuviese cojo o tullido, que no pudiese andar, podría bien tomar su ejercicio si se sentase en una silla rasa, sin espaldar ni otra cosa, y tomase una espada y esgrimiese mucho con ella, o menease un palo con mucha frecuencia a una parte y a otra, o atase alguna cosa pesada a un cordel y lo menease alrededor. Yo pienso que haría buen ejercicio y le sería no poco provechoso, y aun los tales tienen necesidad de él más que otro, porque, como por no andar no hacen ningún movimiento, no ayuda a naturaleza en ninguna cosa, y tendrán causa de tener más enfermedades si no tienen gran regimiento en la vida, como un señor muy sabio que yo conozco lo hace.
Los demás que tienen alguna parte del cuerpo flaca, así como las piernas porque tienen gota o alguna llaga en alguna pierna, que aunque anden, si es mucho, luego sienten en la tal parte o dolor demasiado o se les hinchan o les viene algún ardor, si esto es de la cintura abajo, como pongo ejemplo, lo mismo pueden hacer que los pasados, y como estén sentados, hagan todo el ejercicio que les pareciere, porque está notorio que no se menea más del medio cuerpo arriba.
Pero si estuviese la lesión en la parte alta, así como en la cabeza o en el pecho o brazos, o estuviese en algún miembro natural, como el hígado o en el estómago, y sin duda se conociese que el movimiento le perjudica mucho, para esto yo diría que es bueno el pasear, sin menear cabeza ni brazos, ni hablar, porque parece tan solamente se hace movimiento en las piernas y del cuerpo abajo, o cabalgar a la bastarda (122) y menear mucho las partes bajas; o si no, aunque parezca que esto no tenga gracia, cabalgar en una silla de estradiota (123) puesta sobre un sillero alto, y menear mucho las piernas, aunque por cierto cualquiera me dirá que es imposible que en estos movimientos, y en los demás de arriba, que no se menee todo el cuerpo.
Para esto digo, concluyendo, que las fricaciones, para todo lo que toca en este capítulo, es lo más mejor y más provechoso, y no tengo hecho mucha mención en todo este libro de ellas, aunque el gran griego hizo casi un libro tratando de su provecho, como cualquier docto médico sabe. Pero, porque hablando del ejercicio, que es movimiento voluntario, y porque en estas fricaciones no se verifica tanto esta voluntad libre, por sí solo las puede hacer, y también porque no me he arrimado mucho en este libro al parecer de todos, no traté de ellas, y así se podrá ver en él algo de nuevo, lo cual juntado con lo que los antiguos dijeron, podrá traer sabor y no poca dulzura.
Pues concluyendo, digo que si el medio cuerpo de abajo no se puede menear, háganse grandes fricaciones en lo alto, y pasará por ejercicio. Y así por contrario en la otra parte. Y si en un brazo hubiere daño, friéguese mucho el otro, y así en las piernas y en cualquier parte del cuerpo, porque allende de consumirse lo que en la tal parte estuviere, tráese lo malo de la otra y todo se gasta junto, y síguese la utilidad común a todo.
Y aun por cierto para todo miembro principal que tiene lesión son las fricaciones muy convenibles y muy buenas, sabiéndolas mandar hacer y en su tiempo, que por no ser prolijo no digo grandes cosas de ellas. Baste que si mucho os peináis en la mañana, es bueno para las reumas y no ayuda poco a tener buena memoria. Un caballero muy noble me decía que tuvo gran opilación en el bazo, y, con haberle hecho muchos beneficios, no le aprovechó sino en las mañanas fregarlo mucho con saliva en ayunas. Yo lo creo, porque no podríamos decir poco de la saliva del hombre. Así que las fricaciones son muy grande ejercicio, y no traen poco provecho.
Del mucho ejercicio se sigue un grande inconveniente, como el gran filósofo dice en sus Problemas, que es que los que mucho se ejercitan ven poco, porque se les consume mucho la humedad de los ojos. A esto se responde que, como sea el ejercicio moderado y con mucha templanza, según y en la manera que tenemos dicho y alabado, y el que se ha de usar y acostumbrar, no pienso que habrá en él perjuicio alguno. Antes será muy útil y provechoso para la vista, como lo es para los otros miembros del cuerpo.
Y esto baste para el presente, dando fin y conclusión a este libro, aunque la voluntad que tengo para servir a todos y aprovecharles no bastaría a mostrarla, aunque viviese más años que Matusalén. Y todo sea para gloria y honra de Dios Nuestro Señor y de la siempre virgen su madre, Santa María, con el gran patriarca San José, mi abogado.
A gloria y alabanza de Nuestro Redentor Jesucristo (per cum omnia facta sunt), hace fin la presente obra. Compuesta por el doctor Cristóbal Méndez, médico peritísimo, vecino de la ciudad de Jaén, la cual compuso siendo morador de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, donde fue impreso por el maestro Gregorio de la Torre. Acabóse en principio de marzo, año de mil quinientos cincuenta y tres.
N O T A S :
(12) Además.
(13) Ijada, cualquiera de las dos cavidades del cuerpo, simétricamente colocadas entre las costillas falsas y los huesos de las caderas.
(14) Sífilis.
(15) Triaca, medicamento hecho de muchos ingredientes, que se empleaba contra las mordeduras de animales venenosos.
(16) Aventajar una cosa a otra en cualquier línea.
(17) Aprendía.
(18) Planta herbácea, de las gramíneas, con el tallo rastrero, que echa raicillas por los nudos.
(19) Ditaína, alcaloide que se emplea como febrífugo.
(20) Olivo silvestre.
(21) Aplícase a la masa o pan fermentado con levadura.
(22) Pedazo de carne seco y salado o acecinado para que se conserve. Por extensión, pedazo cortado o tajado de cualquier carne.
(23) Aloque: de color rojo claro. Aplícase especialmente al vino.
(24) Estiaje, nivel más bajo o caudal mínimo de un río.
(25) Estípticas, con capacidad astringente.
(26) Junco de la espadaña.
(27) Espliego.
(28) Sahumar: dar humo aromático a una cosa para que huela bien.
(29) Planta malvácea cuya semilla, de olor almizcleño, se emplea en perfumería.
(30) Opilación: obstrucción de los conductos fisiológicos.
(31) Juego que consistía en tirar desde cierta distancia un disco de hierro perforado, tratando de meterlo en un clavo hincado en tierra.
(32) Así pues, por lo tanto.
(33) Entortar: poner torcido o doblado lo que estaba derecho.
(34) Bilis.
(35) Se pone, se muestra.
(36) Bebida que se hace de cebada, semejante a la tisana.
(37) Lugar en donde se siembran las semillas de las plantas que se han de trasplantar después.
(38) Mundificar: limpiar, purificar.
(39) Absceso o tumor supurado.
(40) Sustancia gomosa y sacarina que fluye de una especie de fresno y se emplea en farmacia como un suave purgante.
(41) Cañafístula, árbol de las leguminosas cuyos frutos contienen una pulpa negruzca y dulce, que se usa en medicina.
(42) Áloe.
(43) La mayoría.
(44) Planta herbácea, escrofulariácea, usada en oftalmología.
(45) Planta herbácea, papaverácea, cuyo jugo amarillo y cáustico se ha usado para quitar las verrugas.
(46)Mineral de color rojo, muy venenoso, compuesto de arsénico y azufre.
(47) Especie de perfume.
(48) Impedir, evitar.
(49) Planta perenne, de la familia de las rutáceas, de olor fuerte y desagradable, usada en medicina.
(50) Gomorresina de la planta del mismo nombre, de olor muy fuerte y fétido, que se usa en medicina.
(51) Las pasiones de la madre: los dolores del parto.
(52) La mayoría de los sentidos.
(53) Garguero, parte superior de la tráquea.
(54) Faringe.
(55) El que, en funciones de iglesia, tocaba algún instrumento de viento.
(56) Resina clara y algo aromática, que se extrae de una variedad de lentisco.
(57) Mosto cocido hasta que toma consistencia de jarabe. Dulce que se hace cociendo en este mosto trozos de fruta.
(58) Pulmones.
(59)Amadís de Gaula, primer libro de caballería.
(60) Tablas reales, juego de tablero parecido al actual juego de las damas.
(61) Cierto juego de naipes.
(62) Me alegro mucho de ello.
(63) La comarca más occidental de la provincia de Sevilla, integrada por terrenos altos, que forman una llanura en la margen derecha del Guadalquivir, se denomina Aljarafe. Es una campiña sin arbolado, con ligeras ondulaciones de relieve, clima templado y una atmósfera despejada durante casi todo el año. Su fundamento económico es la agricultura, el olivar, la "tierra calma" o de labor y la horticultura.
(64) Instrumento cortante, de hoja ancha y fuerte, para podar.
(65) Portátil.
(66) Bastantes.
(67) Desmarojar: quitar a los árboles el marojo, planta parásita, muy parecida al muérdago.
(68) Cepa nueva.
(69) Limpiar con la criba el trigo u otras semillas.
(70) Adorno del cuello, que se hacía de lienzo plegado y alechugado.
(71) Calafatear: cerrar con estopa y brea las junturas de las embarcaciones de madera, para que no entre el agua.
(72) Mal carácter.
(73) Alzar de obra: entre trabajadores, dar fin, suspender el trabajo.
(74) Tengo cincuenta años.
(75) En el texto se establece una división del año en cuatro estaciones, cuyos nombres no coinciden con los utilizados en la actualidad. Aquí, el verano es lo que nosotros llamamos primavera (marzo, abril y mayo), y el estío correspondería a nuestro verano (junio, julio y agosto).
(76) Requerir, exigir el cumplimiento de algo, especialmente con autoridad o fuerza para obligar a hacerlo.
(77) Medida de longitud que equivale aproximadamente a 28 centímetros.
(78) Especie de lanza larga, con un hierro pequeño y agudo en el extremo superior.
(79) Escudo pequeño de madera o hierro.
(80) Libro del rezo que contiene las horas menores desde laudes hasta completas.
(81) Se refiere a Galeno.
(82) Pieza larga de hierro con la que se juega, tirándola de un sitio determinado. Gana el que la arroja a mayor distancia, cuando la barra cae de punta.
(83) Juego en el que los jugadores se ponen unos enfrente de otros en dos bandos iguales, armados de palos, con los cuales impulsan una bolita, y gana el bando que la echa más allá de la raya que defienden los adversarios.
(84) Juego que consiste en lanzar por el aire, con ayuda del vilorto, una bola de madera que ha de pasar a través de una fila de pinas o estacas.
(85) Mantener la tela, tomar parte principal en una conversación.
(86) Tenía relación con.
(87) Fanfarroneaban.
(88) Sin armas.
(89) Especie de calzones anchos y follados en pliegues, que se usaban antiguamente.
(90) Acostumbraos.
(91) Se refiere a Hernán Cortés, Marqués del Valle de Oaxaca.
(92) Elegante y agradable.
(93) Arte de montar a caballo con los estribos cortos y las piernas dobladas, pero en posición vertical desde la rodilla abajo.
(94) Bolsillo de las prendas de vestir.
(95) Podar.
(96) Prudencia.
(97) Acción de pasar la pelota a volea después que ha botado en el suelo.
(98) En el juego de la pelota, suerte en que ésta vuelve contraprestada, y se para o la detienen antes de llegar al saque. Señal que se pone donde paró la pelota.
(99) Quieto.
(100) Puericia: edad que media entre la niñez y la adolescencia.
(101) Quiera Dios.
(102) Juego que consiste en hacer pasar, por una argolla hincada en el suelo, unas bolas de madera, golpeándolas con mazas adecuadas.
(103) Después de.
(104) Para el futuro.
(105) A la mayoría dan trabajo.
(106) No me importa.
(107) Tonel o cuba.
(108) Diarrea.
(109) Acumulación anormal de humor seroso en cualquier cavidad del cuerpo.
(110) San Miguel de la Palma, en las islas Canarias.
(111) Oficial real que en las Indias recaudaba las rentas.
(112) Barco pequeño que se lleva en el navío para saltar a tierra.
(113) Pensé que se moría.
(114) Las abandona, renuncia a ellas.
(115) Purificada.
(116) Digerido.
(117) No digerido.
(118) Recuérdese que aquí el verano corresponde a nuestra primavera.
(119) Comodidad o descanso.
(120) Pelear en las justas, luchas o combates singulares a caballo y con lanza.
(121) Error del autor o del impresor, puesto que éste es en realidad el capítulo séptimo.
(122) En silla bastarda, la antigua en que se llevaban las piernas menos estiradas que cabalgaldo a la brida y más que cabalgando a la jineta.
(123) A la estradiota, cierta manera de montar a caballo.
Tomado de la página W de la Junta de Andalucía, INSTITUTO ANDALUZ DEL DEPORTE, IAD