Extracto del libro:  “3 Importantes Tips Para Un Matrimonio Feliz”

... Por ese tiempo, mi esposo aún no le entregaba su vida al Señor, sin embargo, yo seguía orando por él y esperando con paciencia que llegara ese momento, creyendo que para Dios no hay imposibles.
    Un día, recuerdo que me sentía muy triste, me había ido corriendo a mi recámara para desahogarme, porque le había descubierto una mentira más a mi esposo y no sabía qué hacer. Entré, me arrodillé en mi cama y mientras el sentimiento me hacía llorar le empecé a decir al Señor todo lo que había pasado, lo decepcionada que estaba por su comportamiento; y a la vez le trataba de explicar mis razones para no perdonarlo. Recuerdo que le decía: “
Mira Señor lo que ha hecho mi marido, él dice que me quiere, pero hace hasta lo imposible para mostrarme que no es así; me miente, es áspero conmigo. Tú sabes Señor todo lo que ha pasado entre los dos, la verdad no siento que pueda perdonarlo, me siento muy desilusionada de él; además no parece que cambie. Cuando me pongo a pensar en cómo es conmigo, sólo veo un hombre con el que no quiero vivir, ya no quiero soportar más...”

   Y mientras continuaba mi lamento, sentía que el Espíritu de Dios susurraba en mi interior. Escuchaba su suave y dulce voz decirme: “perdona Laura, perdona”; pero yo insistía de nuevo en darle mis razones para no hacerlo; y cada vez que lo hacía, escuchaba en mi interior: “perdona Laura, perdona; duele ahora, pero traerá descanso a tu alma y a tu corazón. Sé que parece imposible pero no lo es, perdona”.

   En eso vino a mi corazón una palabra que me dejó callada, fue como si escuchara dentro de mí una voz muy agradable, pero a la vez firme que me decía: “Que pase de mí esta copa”. Me fui a las escrituras y empecé a leer ese pasaje lentamente; (Mateo 26:39 RVR1960) era donde Jesús estaba orando antes de ir a la cruz y le dice al Padre: “pero no sea como yo quiero; que se haga tu voluntad y no la mía”.

   De pronto comprendí que fue en ese preciso momento de dolor cuando Jesús decidió obedecer al Padre. A pesar de todo lo que estaba sintiendo y aún sabiendo el sufrimiento que vendría al hacerlo, Él decidió obedecer. En ese momento llegó a mi corazón claramente que Jesús fue capaz de dar su vida para perdonar todas mis faltas, para pagar por todo lo que yo hice. No le importó derramar su última gota de sangre por amor a mí, aunque no lo merecía. Y supe que al igual que Jesús, mi Padre me estaba poniendo delante una decisión para tomar, dos caminos para escoger: el hacer su voluntad o la mía. Entendí que el deseo de Dios era que fuera obediente y lo perdonara a pesar de que me dolía, a pesar de que mi coraje me decía: “¡No, no se lo merece! No tengo ganas, lo que quiero es que sufra como yo estoy sufriendo, quiero que se vaya, no quiero estar más con él”. En esos momentos no deseaba perdonar. Tenía viva la memoria de cada situación pasada, y al pensar en ellas parecían tan grandes, tan dolorosas y tan difíciles de olvidar, que era como sentir lo punzante de una herida viva. Pero el Señor habló a mi corazón diciendo: “Laurita, si tú obedeces me vas a conocer, vas a saber que Yo soy fiel. Yo no soy hombre que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Si yo digo, yo hago. Confía, yo no te voy a fallar, te voy a dar lo que tú has estado anhelando, lo que has pedido desde niña, te voy a dar un matrimonio feliz y para toda la vida(Números 23:19).

   Me quedé sorprendida escuchando lo que me decía, y en medio de mis lágrimas, me calmé un poco y le dije: “-está bien Señor, voy a obedecerte, voy a hacer lo que me pides, voy a perdonarlo, aunque tú sabes que en el fondo no quiero hacerlo porque le he perdido toda la confianza. Voy a perdonarlo a pesar de que no siento ganas ni de hablar con él; me ha lastimado tanto que ya no deseo estar más juntos. Pero lo haré sólo por obediencia a ti. Aunque ahora no alcanzo a comprender lo que harás, o cómo lo harás, sé que en ti sí puedo confiar; porque tú eres fiel a tus promesas, eres maravilloso, todopoderoso y me amas.”

    Y fue ahí, en la quietud de mi recámara, a solas con el Señor, con el dolor y la tristeza que sentía, que decidí perdonar. Entonces le dije una cosa más: “-Señor, tú sabes que voy a perdonarlo, sólo te quiero pedir algo más, que quites de mí este dolor que me atraviesa el alma, es tan fuerte que me hace llorar y llorar y no encontrar consuelo. ¡Por Favor quítame este dolor!, no puedo más con él, no sé cómo dejar de sentirlo o pretender que no lo siento. ¡No puedo salir de mi cuarto y darles una cara diferente a mis hijos, sino de dolor! Creo que ellos ya perciben lo que ha estado pasando entre los dos, y me duele tanto ver sus caritas cuando me ven sufriendo, ¡por favor ayúdame! Callé, esperando una respuesta e intentando parar de llorar, y fue en el silencio que lo escuché de nuevo en mi interior decirme: .

   Ese día salí de mi cuarto diferente, sabía que Dios había estado trabajando en mi vida. ¡Yo ya no era la misma! Me había quitado la tristeza que me acompañaba desde mi niñez; esa que anidaba en mi ser sin darme cuenta y no me permitía sonreír demasiado. Había cambiado mi manera de pensar y de ver las cosas, y seguía su obra en mí; pero ese día me enseñó algo que me cambió para siempre, porque al enseñarme a perdonar sólo por obediencia, me enseñó a mostrar el amor como Él lo muestra; de una manera real, con acciones y sin condiciones. Ahí fue cuando realmente comprendí....