La mesa del domingo

www.seculorum.es. Tertia Opera.   Año XIX   Nº10

Domingo 1 de Cuaresma. Ciclo C. 10 marzo de 2019


El diablo juega en contra                                                                                   Lucas 4, 1-13

    Al comenzar este camino de cinco semanas que la Iglesia nos propone hasta llegar a los días de la Semana Santa, cuando celebremos la pasión, muerte y resurrección del Señor, la liturgia de la Palabra trata de ponernos hoy en situación, de darle todo un contexto que dota de pleno sentido este recorrido cuaresmal. En la primera lectura se hace mención de la pascua judía. A propósito de la ofrenda de las primicias, se recuerda el momento fundacional del pueblo de Israel: su salida de Egipto por la mano poderosa de Dios. Así, pues, nos hace presente que la meta de la Cuaresma será celebrar la Pascua, aunque no precisamente la judía. En la segunda lectura, San Pablo nos habla de la creencia y la confesión de que Jesús resucitó de entre los muertos. Y esta sí que va a ser la Pascua que vamos a celebrar. La Cuaresma tiene como meta, por tanto, llevarnos a celebrar la Pascua del Señor renovando nuestra vida con su vida resucitada.

   El pasaje del evangelio es otro cantar. En él vemos las tentaciones, este año según la versión de San Lucas. En él hay dos personajes; uno encarna el bien y otro encarna el mal. Son Jesús y el tentador, respectivamente. El tentador es el diablo. Muchas personas creen que el diablo no existe; otras piensan que se trata de una figura literaria para representar el mal. Pues se equivocan. El diablo es un ser personal y espiritual. Si no nos cuesta creer que Dios es un ser personal y espiritual, pues así también es el diablo. Su misión es conseguir que nosotros no hagamos la voluntad de Dios; él busca que seamos infieles a Dios y que nos apartemos progresivamente de él. Lo hace con disimulo, inteligentemente, confundiendo nuestro pensamiento y nuestra ética. Veamos las tres tentaciones de Jesús y notaremos las formas sutiles que el diablo utiliza con él como con nosotros mismos.

   La primera de las tentaciones es aprovecharse de la necesidad. “¿Tienes hambre? Utiliza tu poder y convierte en pan las piedras. Demuéstrate a ti mismo que eres el Hijo de Dios”. La segunda tentación utiliza la mentira y el engaño, igual que la serpiente en el paraíso. ¿Qué es eso de que todos los reinos le pertenecen y él los da a quien quiere? ¡Falso! Si Jesús se arrodilla ante él, lo único que conseguirá será darle la espalda a Dios, pero no obtendrá ningún reino. Para la tercera tentación, el diablo ya ha notado que Jesús utiliza las Escrituras para rechazarle, así que, como es muy inteligente, ahora es él quien va a utilizar las Escrituras también para conseguir que Jesús tiente a Dios y le haga a él una demostración de que Dios protegerá a su Hijo. Después de la tercera ocasión, el diablo desiste. ¿Por qué Jesús no ha cedido a la tentación? Por su trato especial con Dios; por su amor y cercanía con él, porque ha decidido serle fiel en todo.  De hecho, Lucas nos previene antes de que Jesús está lleno del Espíritu Santo.

   Ahora, el diablo está integrado en nuestra vida aunque nosotros no seamos conscientes. Como con Jesús, se aprovecha de nuestra necesidad. Su objetivo es romper nuestro vínculo de fidelidad a Dios y, de hecho, gana muchísimas pequeñas batallas en nuestras vidas. De ahí nacen el egoísmo, el orgullo, la vanidad, la avaricia, el afán por el tener, el fraude, el robo, los celos, las envidias, los enfrentamientos de unos contra otros… Como hizo con Jesús, trata de confundirnos con la treta del engaño y la mentira. Confunde nuestro pensamiento justificando nuestras faltas y pecados; nos hace creer que lo malo es bueno para nosotros, que nos lo merecemos, que no va a pasar nada, que no tendrá consecuencias; siempre haciéndonos inclinar por nuestros puntos débiles, por nuestro punto flaco y dándoles la vuelta a los valores éticos y morales. El tercer modo de tentación es que nosotros tentemos al mismísimo Dios. Es convertirlo en nuestro rival; hacernos sentir que si le guardamos fidelidad perdemos nuestra libertad; que nos convertimos en esclavos suyos que tienen que renunciar a su yo, a su propia dignidad, porque Dios pretende absorber nuestra propia dignidad para él, que lo acapara todo para su gloria. Insisto: el diablo es un ser personal espiritual que tenemos perfectamente integrado en nuestra vida de todos los días. Es mejor saberlo porque, de esta manera, sabremos mejor combatirlo y superarlo. Sin perder de vista que él puede ganar batallas, pero que va a perder la guerra. ¡Seguro! Y es que Dios puede más que él; el Bien puede siempre más que el Mal. Al diablo se le gana amando; si amo, gano, porque el amor y el mal -el amor y el diablo- son incompatibles. .

   Es fácil que una tentación que estamos sintiendo casi todos nosotros es la de dejar pasar la Cuaresma sin que nos moleste demasiado. Y ahora… ¿a quién queremos obedecer? Según decidamos, así nos va a ir.                                                      

P. Juan Segura.