La leyenda negra y su influencia en la imagen de la España actual, con especial referencia a Extremadura.

(Hernán Cortés en el siglo XXI. V centenario de la llegada de Cortés a México. -Medellín/Trujillo 3 al 6 de abril 2019)

José Julián Barriga Bravo

Página del catecismo del misionero franciscano Pedro de Gante (1480-1572)

        Agradezco, en primer lugar, la invitación que me hizo la Asociación Histórica Metellinense para abordar un tema complicado, al menos controvertido, como es el del olvido en el que la sociedad extremeña tiene recluida la memoria de su relación con América. Recuerdo que les dije que la indiferencia sobre la Conquista, y la participación extraordinaria en ella de extremeños, no era un problema sólo de Extremadura. La amnesia, el complejo, era de toda España, todavía atenazada por la “Sombra de la Leyenda Negra”.

        La invitación, sin duda, estaba relacionada con las reflexiones que, en su día, publiqué en los diarios regionales sobre la apatía, la incomodidad, de las autoridades extremeñas en relación con la Exposición que, en 2014, se celebró en Madrid sobre el legado de Hernán Cortes en México. Poco después, publiqué otro trabajo en el que manifestaba mi sorpresa de que no hubiera ni un solo representante de la Universidad de Extremadura en una obra extraordinaria, en una obra coral, en la que participaron hasta diecisiete profesores universitarios en torno a la LN. Y agradezco, además, que la invitación a participar en este Congreso tuviera también el refrendo de la Federación Extremadura Histórica, a cuya creación me honro de haber contribuido mediante una iniciativa que compartí con algunos de los aquí presentes.

        Quiero suponer que mi presencia, hoy aquí, obedece al ejercicio del pensamiento crítico en torno a una cuestión que a muchos nos suscita una enorme contrariedad, y es el abandono, la apatía y el complejo con el que, en buena parte de España, y muy particularmente en Extremadura, se aborda el acontecimiento más importante de la historia de España: el descubrimiento y la conquista de América. El reconocimiento previo de mi procedencia profesional, ajena a la historia, me concede una única ventaja, la libertad de reflexionar sobre uno de los elementos trascendentales de la cuestión que he de abordar, pero menos advertido que el resto de los ingredientes historiográficos que la integran. Ese aspecto menos transitado es el de la imagen y la comunicación, que, independientemente del relato histórico, pero en él fundamentado, es la materia a la que profesionalmente me he dedicado durante muchas decenas de años. Es, como digo, lo que me autojustifica para estar aquí tratando de desarrollar un tema como el que encabeza esta intervención: La leyenda negra y su influencia en la imagen de la España actual, con especial referencia a Extremadura.

        Para la tranquilidad de los historiadores e investigadores a los que tanto respeto y aprecio, les digo que este periodista que les habla ha documentado estos folios en no menos de 20 tratados específicos sobre la LN y ha seguido con atención las conferencias y debates que sobre este tema se han desarrollado en Universidades y tribunas de prestigio, gracias a los recursos que las nuevas tecnologías nos facilitan. Y aprovecho para poner de manifiesto la extraordinaria eclosión de libros e investigaciones que tienen como denominador común la LN.

        En los dos últimos años, he podido contabilizar hasta una docena de estudios sobre esta materia, sin contar con la enorme y variopinta producción de artículos y conferencias que han hecho que la LN se convierta en una especie de best seller de la literatura histórica con todo lo que ello conlleva en cuanto a la calidad o intencionalidad de los trabajos. Aunque, en muy pocas ocasiones, estas nuevas aportaciones debilitan el valor canónico de los grandes clásicos en esta materia, y que son, en mi opinión, y sin ánimo de agotar la nómina, los que firmaron Antonio Domínguez Ortiz, Ricardo García Cárcel, Joseph Pérez, John Elliott, Stanley G. Payne, María José Villaverde Rico, Antonio Sánchez Jiménez, Hugh Thomas, María Elvira Roca Barea, Salvador de Madariaga, Javier Noya… Los he citado como primer reconocimiento a quienes debo la mayoría de los fundamentos de mi intervención.

        Si, como es lógico, alguno de los presentes estima que mis reflexiones requieren un mayor análisis o una mejor documentación, les ruego consulten el texto completo de mi intervención que tienen a su disposición los organizadores del Congreso.

        Comenzaré por hacer una especie de prólogo conceptual para continuar con algunas aproximaciones históricas a la LN y finalizaré analizando los aspectos más exclusivos de imagen y de comunicación. Pero antes de entrar en materia, me voy a permitir expresar las siguientes consideraciones de carácter previo y general.

I.-CONSIDERACIONES GENERALES

        Primera. Trataré de demostrar que la leyenda negra no es un tema del pasado, un tema histórico en el sentido temporal, sino que, por el contrario, está presente en muchos de los conflictos ideológicos, políticos y sociales del presente. La LN es una especie de virus, una hidra de mil cabezas, que reaparece en todos los periodos históricos, con una sorprendente capacidad de adaptación a todas las contingencias del devenir histórico. ¿No creen ustedes que en los discursos más furibundos de los nacionalistas del presente no está la huella de los propaladores del desprecio a España? No es que, como dijo recientemente el ministro español de Exteriores, Josep Borrell, el independentismo catalán esté “empeñado en construir una nueva leyenda negra”[1] sino que su discurso político está impregnado de los mismos tópicos antiespañoles que utilizaron en Europa quienes combatieron la preponderancia española.

        Para evitar confusiones, me atengo a las dos acepciones que de la LN hace el propio diccionario de la RAE en el sentido de opinión contra lo español difundida a partir del siglo XVI” y “opinión desfavorable y generalizada sobre alguien o algo, generalmente infundada”. Y añadamos la opinión compartida por todos los historiadores cuando señalan, como ejes de la LN, el maltrato de los españoles a los indígenas y la crueldad de los ejércitos de España en los Países Bajos. De modo que aquellos dos hechos han operado como un estigma contra España en muchos foros y en todas las épocas.

        Segunda: La LN es hoy día uno de los asuntos historiográficos que más confrontación ideológica provoca a nivel intelectual, y en los que se entremezclan, en la mayoría de los casos de forma confusa, los aspectos emocionales con los estrictamente históricos. Existe una cierta simetría en la conformación del pensamiento historiográfico en esta materia: el sector conservador, propenso al negacionismo de los hechos en que se basa la LN, acrítico ante los evidentes abusos cometidos, predispuesto a justificar en este hecho las carencias sociales y de convivencia de los españoles a lo largo de los siglos, y, frente a ellos, el sector de izquierdas, siempre proclive a aceptar e, incluso, a aumentar los argumentos, muchas veces los tópicos, en que se fundamenta la Leyenda.

        Entre unos y otros, apenas si hay espacio para conformar una opinión informada y desprejuiciada sobre el gran acontecimiento de la historia de España. Todo lo cual sería sólo lamentable si no hubiera también “contaminado” a los profesionales de la historia, a quienes por su estatus académico debiera exigírseles más rigor e imparcialidad. Y es este uno de los aspectos más preocupantes del problema: la existencia de historiadores, o más bien divulgadores de la historia, sectarios, aquellos que anteponen sus convicciones ideológicas o patrióticas a sus conocimientos científicos y académicos. Está vigente todavía aquella clasificación que Julián Marías estableció en 1985 sobre los historiadores que, a lo largo de los tiempos, se han ocupado de la LN: los contagiados por ella, los indignados o defensores de la leyenda rosa y los libres y abiertos a la verdad[2].

        Recordarán el testimonio lúcido de uno de los historiadores más solventes de nuestra historia contemporánea, José Alvarez Junco, cuando hace solo unos meses escribía: Los historiadores deberíamos estar hartos de que nos utilicen. Deberíamos protestar, sindicarnos, demandar judicialmente a quienes abusen de nuestro trabajo, salir a cortar una avenida céntrica… Somos pocos, me dirán. Pues movilicemos a nuestros estudiantes, que seguro que estarán encantados. Y es que ya está bien. La función de la historia es conocer el pasado. Investigar, recoger pruebas, organizarlas según un esquema racional y explicar lo que pasó de manera convincente. Y punto.

Pero a poca gente le interesa de verdad conocer lo ocurrido, que en general fue complejo y hasta aburrido. Lo que nos piden es algo mucho más excitante: un relato épico, útil para construir identidad[3].

        Nada nuevo, por otra parte, en la historia del mundo, repleta de contradicciones, de claroscuros que ratifica la frase John Elliott: “el pasado es complejo y no se puede escribir en blanco y negro”.[4] Hasta un historiador de tanta reputación como don Antonio Domínguez Ortiz reprochaba a sus colegas el tratamiento que hacían de la labor de España en América, y el hecho de que continúe  provocando juicios divergentes  debido en parte a motivos subjetivos, al espíritu nacionalista, a la excesiva especialización de los historiadores en materias diversas con escaso grado de comunicación entre ellos, a la dificultad de sintetizar y enjuiciar  tantos acontecimientos y con frecuencia contradictorios para abonar sus tesis particulares[5].  

        Tengo para mí que el principal defecto que acompaña la presencia de España en América es que adolece de relato, como si le faltara un prólogo general, una introducción, que explicara que la aventura de España en América no se puede contar por capítulos sueltos y desconectados. Me parece esclarecedor, y de alto valor dialéctico, lo escrito a este mismo respecto, y en relación a la conquista de Méjico por los españoles, el presidente de la Academia Nacional de Historia de la UNAM, el profesor Luis Maldonado: “Propongo un método de análisis histórico  progresivo, es decir, que no se base en la valoración de hechos aislados, sino de sus antecedentes, contextos y efectos sucesivos. No nos erijamos en jueces, sino en intérpretes del ayer”[6]. Más adelante me referiré a cómo en la investigación sobre España y América, los Departamentos de Historia de América, son el pariente pobre de las Universidades españolas.  

        De modo que, hoy día, con frecuencia, abordar la Conquista y la Colonización significa una forma de posicionamiento ideológico utilizando la Leyenda como munición ideológica en el combate político. Quienes defienden el mito de las “dos Españas” tienen materia sobrada para afianzar su tesis. Una España de acendrada ortodoxia católica, autoritaria y desconfiada de todo lo que viene del extranjero, y otra España laica, partidaria del progreso y de hacer tabla rasa del pasado. Ha sido una tendencia permanente y constante en todas las épocas y, en lo que se refiere a LN, desde que Emilia Pardo Bazán y Julián de Juderías la pusieron en circulación[7].

         Tercera. - Es indudable que la LN arraigó y está firmemente asentada tanto en las esferas intelectuales como en las populares. Me referiré a una y otra, comenzando por lamentar cómo la imagen de una España bárbara y sanguinaria arraigó en los ámbitos intelectuales que han marcado en Occidente los grandes itinerarios del progreso y de la modernidad. Confeccionar la nómina de los autores que criticaron a España o se ensañaron con ella propalando la LN es tanto como elaborar el registro intelectual y literario de Europa: Boccaccio, Erasmo, Shakespeare, Lutero, Montaigne, Montesquieu, Casanova, Voltaire, Kant, Diderot, Víctor Hugo, Spengler, Francis Bacon, y tantos otros muchos hasta tiempos bien recientes, como es el caso de Todorov.

        Los grandes movimientos intelectuales de Occidente: el Humanismo, la Enciclopedia, la Ilustración, los movimientos liberales, por no hablar de los movimientos de izquierdas, están plagados de relatos sobre la crueldad y la barbarie de los españoles hasta el punto de quedar grabado en el imaginario intelectual del mundo una idea distorsionada de España. Quienes admiramos la obra y la personalidad de Michel de Montaigne, no podemos por menos de sorprendernos y hasta escandalizarnos de que expresara estos pensamientos: “Tantas ciudades saqueadas y arrasadas, tantas naciones destruidas y llevadas a la ruina; tan infinitos millones de gente inocente de todo sexo, condición y edad, asesinada, destruida y pasadas por las armas; y la parte del mundo más rica y mejor, trastornada, arruinada y deformada por el tráfico de las perlas y de la pimienta”[8].

        O aquello que escribió Montesquieu de que los españoles desarrollaron en América “un plan tan horrible de exterminio”[9]. Y así, a lo largo del tiempo, toda una sarta de juicios adversos hasta llegar a nuestros días.

        Me dirán ustedes que otros muchos e importantes intelectuales rechazaron abanderarse en la nómina de los críticos a España. Cierto, pero no tuvieron la trascendencia de los ya señalados.  Y por supuesto no nos olvidamos del papel de los hispanistas, gracias a los cuales, cuando en España no encontrábamos modo de refutar la LN, ellos, desde postulados académicos irreprochables, consiguieron abrir un nuevo frente de refutación.

        La conmemoración del V Centenario del Descubrimiento, con sus luces y sus sombras, sirvió para alumbrar nuevos estudios, muy particularmente los de Joseph Pérez y Henry Kamen[10], enmarcando la campaña antiespañola como una “guerra de propaganda” financiada y protagonizada por los países que competían con el reino de España para ampliar su imperio colonial. Nunca agradeceremos bastante la importancia de la obra de Stanley G. Payne y su valiente defensa del legado de España[11].  

        Cuarta. - La crítica despiadada de la intelectualidad europea a la presencia de España en América originó en los españoles un sentimiento de culpabilidad que se substanció en un complejo y en falta de autoestima, incapaces de combatir aquella imagen de una España violenta y cruel. Desde muy temprano, los intelectuales españoles se resignaron a soportar el estigma de la LN, y España perdió la batalla del relato histórico y de la imagen. Recordarán aquella reflexión de Ortega y Gasset cuando en Las Meditaciones del Quijote dice que siempre que los españoles se reúnen y reflexionan sobre su oscuro pasado y su difícil presente, sienten o padecen un “oscuro dolor étnico[12].

        Pero no siempre fue así. En un libro de Antonio Sánchez Jiménez, editado en Cátedra, se estudia con abundante documentación cómo los autores españoles en tiempos de López de Vega respondieron a los insultos. El punto culminante del desasosiego, del complejo, de la crisis de autoestima, se produce en 1898 con la pérdida final de las Colonias con las consecuencias de todos conocidas.

        Joaquín Costa y Antonio Machado no son los únicos exponentes, pero sí entre los más elocuentes, del desasosiego con el que los españoles hemos interpretado la historia común de nuestra patria. Aquellos versos paradigmáticos de Machado: “Esa España inferior que ora y bosteza, /vieja y tahúr, zaragatera y triste;/ esa España inferior que ora y embiste,/ cuando se digna usar la cabeza,” a los que podríamos añadir tantos otros textos de Baroja, Azorín… Incluso el Regeneracionismo participó de ese pesimismo melancólico, aquel estado de ánimo colectivo que hizo decir a Pio Baroja “triste país en donde por todas partes y en todos los pueblos se vive pensando en todo menos en la vida[13], y a Azorín cuando invitaba a pensar en “un país de pueblos tristes y miserables, en gobernantes ineptos y venales, pensemos -decía- en esta enorme tristeza de nuestra España”.

        Hasta el punto de que le hiciera pensar, años antes, a Joaquín Costa que la causa de nuestro retraso e inferioridad y de nuestra decadencia era étnica[14]. Josep Perez recoge y glosa un texto esclarecedor de Montesquieu (Consideraciones sobre las riquezas de España) sobre el retraso de España en el sentido de que “si España decayó fue porque vivió con la falsa ilusión de que los tesoros de América eran la fuente de toda la riqueza y toda la potencia; ahora bien, dichos tesoros eran riquezas ficticias, signos; en cambio la propiedad real se basaba en el trabajo y en la industria de los súbditos[15]. Pero no hace falta acudir a Montesquieu. Siglos antes, el extremeño Pedro de Valencia se atrevió a denunciar los riesgos que acarreaba el enriquecimiento súbito, el descrédito del trabajo honrado y productivo provocado por la llegada de la plata americana.

        Frente a los citados, o en paralelo, no debiéramos olvidar a quienes se atrevieron desde tiempos remotos a defender con razones y sin sentimentalismos la labor colonizadora de España: a Quevedo y a Saavedra Fajardo, a Cadalso, a Juan Valera, a Feijoo, a Campomanes (por cierto, director de la Academia de la Historia) y, más recientemente, a Unamuno, Madariaga y Julian Marías, entre otros muchos.

        Quinta: Las consideraciones anteriores refuerzan mi convencimiento de que los desastres causados por la LN a lo largo de la historia se deben, en una altísima proporción, a la falta de interés o a la deficiente gestión que se ha hecho en todas las épocas de los intereses de España en el exterior. Desde que el príncipe de los humanistas, y probablemente el intelectual que más ha influido en la historia intelectual de Occidente, Erasmo de Roterdam, dijera en 1516, aquello de “non placet Hispania[16], no hemos sabido contrarrestar los efectos nocivos que se estaban produciendo en los albores del mundo moderno. La frase de Erasmo, convertida en slogan antiespañol, fue un antecedente de la tergiversación de la historia o si ustedes quieren de esa plaga que hoy asola al mundo de la comunicación social, las fake news.

        ¿No se sorprenden ustedes, en el tiempo presente, de cómo los argumentos de los independentistas catalanes tienen mayor y mejor difusión que los de quienes los refutan? España, en todas las épocas y en todas las circunstancias, no supo en ningún momento combatir la proliferación de afirmaciones o exageraciones que integran la campaña antiespañola, salvo en muy contadas excepciones. Por otra parte, ningún otro país como España, ha hecho un ejercicio tan sincero de autocrítica de uno de los acontecimientos que marcaron su historia[17], como veremos más adelante.

        Sexta y última consideración preliminar: Es sorprendente la descontextualización con la que se produce la retórica en torno al descubrimiento y colonización de América. Se analizan acontecimientos y comportamientos del pasado con ideas y convencimientos del presente. Cuando Cristóbal Colón descubre las Indias, y cuando Hernán Cortés desembarca en Méjico, el sistema de valores que regía el mundo del que ellos procedían apenas había dejado atrás la Edad Media, y los códigos, que convirtieron a Occidente en el arquetipo del progreso y de la justicia, estaban apenas emergiendo. Todavía el Renacimiento no había revolucionado la historia.

        Pilar Gonzalbo Aizpuru, prestigiosa catedrática de la Universidad de México, lo reconoce: “Es inadecuado -dice- aplicar nuestros modernos conceptos de derechos humanos, convivencia, democracia, respeto a las diferencias, como si hubieran existido en el siglo XVI. La mirada anacrónica -concluye- impide conocer la trascendencia de los acontecimientos del pasado[18].

         O como lamenta María Jesús Villaverde, otra de las historiadoras que mejor han contextualizado el hecho de la Conquista, sorprendida de que se continúe enjuiciando a los conquistadores del siglo XVI a partir de valores actuales, “sin atender las costumbres y creencias de cada época”. Por mucho que nos repugnen ahora los conceptos y los códigos con los que actuaron los Conquistadores en América, tenían plena vigencia en el mundo del que procedían.

ll. CINCO PRECISIONES

        Estas consideraciones de carácter general (la vigencia actual de la LN, la confrontación ideológica en torno a ella, el arraigo en los ambientes intelectuales, el complejo de culpabilidad que generó entre los españoles, la deficiente gestión que España hizo y la descontextualización con la que se aborda) me servirán para enmarcar mi interpretación de la pervivencia de la LN y su influencia en la imagen de la España actual.

        Entenderán que no me será fácil la tarea, teniendo en cuenta, además, que, en relación con la LN, existen tres debates trasversales y trenzados: un debate histórico y entre historiadores, un debate ideológico que penetra todas su trayectoria y un debate sobre imagen y comunicación. De todos y de cada uno de ellos deriva la especial dificultad de abordar la LN de forma desprejuiciada y sin determinismos. Todos, incluso quienes tenemos una especial vinculación con el territorio que más protagonismo tuvo con la Colonización, debiéramos esforzarnos en hacer una interpretación objetiva y serena, desprejuiciada, para tratar de alcanzar un cierto consenso sobre los hechos básicos de la Conquista.

        A riesgo de resultar esquemático, es preciso, para posteriormente reflexionar sobre la influencia que ha tenido en la imagen de España, referenciar aquellos acontecimientos, aquellos hechos, que conforman la historia básica del Descubrimiento y de la Conquista. Pienso que es necesario dar respuesta a cinco cuestiones capitales apoyándonos en las investigaciones de los historiadores que me merecen mayor crédito científico o académico. Son las siguientes: razón del Descubrimiento, momento histórico en que sucede, situación de los territorios descubiertos, características de quiénes participan y razones de que la LN haya tenido tan largo y próspero recorrido desde que fray Bartolomé de las Casas publicara la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que, como ven, es un título que ni los más avezados expertos en marketing editorial habrían mejorado.

        En primer lugar, hay que partir del hecho irrefutable de que el descubrimiento de América en 1492 fue un puro azar y, en consecuencia, todo lo ocurrido a partir de esta fecha fueron hechos improvisados e imprevistos. Las carabelas de Colón, financiadas por los Reyes Católicos, buscaban la ruta más corta hacia el universo de las especias. No existían leyes ni códigos sobre cómo gestionar el descubrimiento de un Nuevo Mundo, ni cómo tratar a los habitantes de aquellos territorios tan distintos de ellos mismos.

        El país cuyas banderas enarbolaban las naves descubridoras acababa de poner fin a una contienda de ocho siglos para desalojar a un pueblo invasor, los árabes, cuyas leyes y creencias eran incompatibles con su herencia cristiana y con la cultura heredada de Roma. Los españoles que un 12 de octubre avistaron nuevas tierras, y aquellos que le sucedieron en las siguientes oleadas de colonización, tenían grabado en su entendimiento los códigos medievales de conquista y de poder, los mismos que imperaban en la Europa de entonces.

        En segundo lugar, conviene tener presente, el momento histórico en el que se produce el Descubrimiento. Europa se despertaba del largo letargo de la Edad Media y de las leyes teocráticas que la gobernaron, al tiempo que emergía una nueva civilización y cultura, basadas en el Humanismo y en un nuevo arquetipo de valores en el que la dignidad y libertad de la persona terminarán por configurar una nueva concepción del hombre y del mundo. Estaba naciendo la Edad Moderna con todo su predicamento de libertades y de valores. España, Castilla, comenzaba a ser pieza importante en las estructuras de poder que pugnaban por ser hegemónicas en Europa. Europa vivía abrumada por tres amenazas: por la desmembración religiosa, por el peligro turco y por las incertidumbres derivadas de una nueva conformación territorial. Una situación explosiva, frente a la cual, y como reacción a todo ello, surge una demanda de reconfigurar el sacro imperio romano para asegurar la estabilidad de las naciones y la defensa común frente a los enemigos externos.

        Con un elemento más de confrontación interna: la pugna por determinar cuál de los reinos englobados en aquella coalición ejercería el liderazgo. Coincidente con este marco, los reinos del Sur de Europa, Venecia, Portugal, Castilla, se embarcaron en prodigiosas aventuras descubridoras de nuevas rutas y territorios. Reinaba en el Mediterráneo un frenesí por los descubrimientos. Es en este contexto, y conviene tenerlo siempre presente, cuando Isabel y Fernando reciben la noticia de que las carabelas habían, al fin, tocado tierra en la nueva ruta hacia el universo de las especias. Sin estas apreciaciones, cometeríamos un error manifiesto.

        En tercer lugar, es importante reflexionar sobre la situación que encuentra Colón en su arribada a La Española. La atención que los historiadores han dedicado en los últimos años a estudiar la América precolombina confirma, sin duda, el progreso que alcanzaron los pueblos mayas, aztecas e incas, muy particularmente estos dos últimos. Fijémonos en lo que encuentra Hernán Cortés a su llegada a México, hace quinientos años. Encuentra una sociedad fuertemente jerarquizada y con un indudable desarrollo en el sur del México actual y con un evidente grado de progreso cultural y con avanzadas prácticas agrícolas. Lo mismo que Francisco Pizarro en Perú cuando doblega a un imperio teocrático regido por códigos políticos y religiosos rígidos y autócratas.

        En uno y otro imperio perviven comportamientos y rituales arcaicos, incompatibles con la progresión humanística de la que procedían los descubridores. El resto de los territorios estaban habitados por numerosas tribus en etapas muy primarias de civilización. Pensemos que la Colonización no fue otra cosa que la irrupción súbita, y con frecuencia violenta, de un grupo de personas con una cultura social, política y religiosa enormemente diferente a la de los pueblos del continente americano. Estos habían logrado en algunos casos un cierto desarrollo técnico (como los incas, los mayas o los aztecas) pero su civilización distaba mucho de la alcanzada en la España del siglo XVI gracias a la herencia de las culturas, griega, romana, hebrea y árabe.  Los pueblos precolombinos sometidos no tuvieron ocasión de hacer una evolución espontánea y gradual hacia esas cotas superiores de civilización. Por el contrario, fueron obligados a asumir bruscamente una forma de vida muy diferente, haciendo, en tan solo unas decenas de años, un “salto cultural” que a sus colonizadores les llevó siglos o tal vez más de un milenio en alcanzarlo. Esta es, sin duda alguna, el núcleo principal de la colonización española sobre América, que, siglos más tarde, los países de Europa lo ejecutaron en África, Asia y Oceanía con tanta o mayor violencia. Y, sobre todo, con una diferencia fundamental: España se mestizó con los indígenas, mientras el resto de Europa inventó el “apartheid”

 Reitero que aquellos imperios, aquellas sociedades, especialmente en cuanto respecta a los imperios aztecas e inca, dictaban mucho de la descripción que ofrece Williams Robertson[19] y que es objeto todavía de una gran controversia entre expertos, cuando afirmaba que la mayor parte de los habitantes de la América precolombina no conocían ni el trabajo ni la laboriosidad, ignoraban las artes productivas, y vivían una vida degradada y que solo dos naciones, los imperios mexicanos y peruanos, habían salido de esta situación.

        Pero, al mismo tiempo, es evidente que el avance de la Conquista, y, al fin y al cabo, su éxito final, no se hubiera producido de no haber contado con la complicidad de amplios y poderosos sectores disidentes de los pueblos precolombinos que terminarían tejiendo alianzas con los conquistadores. Incluso historiadores que se han significado por sus investigaciones muy críticas hacia el comportamiento de los españoles en los primeros tiempos de la Conquista avanzan nuevas teorías más favorables al comportamiento de los españoles. Una de las investigadoras más solventes de Méjico, Andrea Martínez Baracs, se refiere documentadamente al hecho de que “no solo los ejércitos indígenas pelearon junto con Cortés, sino que fueron ellos los agentes y fueron ellos quienes triunfaron. Los españoles quedan así reducidos por las fuerzas indígenas a actores manipulados o meros espectadores secundarios[20].

        Y no podemos ocultar, a medida que progresan las investigaciones arqueológicas, la existencia de prácticas rituales de sacrificios humanos y de antropofagia en ceremonias de una crueldad extraordinaria, incompatible -reitero- con la Europa de la que procedían los descubridores, a punto de consolidarse el Humanismo y el Renacimiento. Cuando se habla del encuentro de dos mundos y de civilizaciones de alguna forma se enmascara la indudable realidad del choque y la confrontación de dos civilizaciones radicalmente diferentes, que se encontraban, una y otra, en muy distintos estados de evolución y de perfeccionamiento.

        En cuarto lugar, es necesario examinar la condición de los españoles que participaron en el descubrimiento y en la conquista de América. ¿Bárbaros y crueles, como los pinta la LN o como también los dibuja una reciente serie de televisión producida en España, probablemente con financiación pública, a cargo del ex monopolio de Telefónica, hoy Movistar, que los califica - cito textualmente- de “desgraciados”, “gentes de mal vivir”, “esclavistas” , “condenados a muerte”, “grandes piratas”, “perros de guerra amamantados con hierro y con sangre”?[21] 

        ¿Eran las Indias, como nos dice Cervantes en El celoso extremeño, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores (…), añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos…?”[22]. ¿Cómo eran, en fin, los conquistadores, aquellos que se sintieron tentados a embarcarse hacia las Indias y arrostrar los peligros, las incertidumbres, no solo de un viaje hacia lo desconocido o mal conocido, sino a una aventura que todavía hoy nos sorprende y nos asombra por mucho que los historiadores, los sociólogos y psicólogos del presente se esfuercen en definirlos?

        Si lográsemos limpiar nuestro entendimiento de prejuicios y de todo género de posicionamientos previos, ¿cómo entender, que ese puñado de “desarrapados” conquistara y colonizara territorios inmensos y creara una nueva civilización plagada de universidades, hospitales y que, en determinados casos, llegó a competir con la metrópoli en ciencia e industria?[23]. O, como escribe Stanley G. Payne: ¿”cómo entender que unos miles de exploradores y conquistadores  hayan extendido el dominio  sobre un territorio de dimensiones casi inimaginables (quince millones de kilómetros cuadrados) en menos de medio siglo mientras que a la otra gran potencia de Ultramar, Inglaterra, le llevó más de un siglo y medio ocupar un espacio físico infinitamente menor?”[24] Hombres, también mujeres, que, en medio de mil penalidades, sin mapas y sin brújulas, remontaron cordilleras y selvas, fundaron pueblos y ciudades; legiones de artesanos, de picapedreros, de músicos, de albañiles, desde Alaska hasta la Araucanía[25].

        Y solemos olvidar la presencia española en Filipinas, en los más lejanos confines, como una prolongación de las Indias y administrada con idénticas leyes. Territorios tan lejanos que el viaje a Manila era similar a lo que hoy consideramos viajes siderales. Duraban años y, en la mayoría de los casos, era viajes sin retorno a bordo del mítico Galeón de Manila, en el que se hacinaba un puñado de mercaderes, funcionarios y frailes.

        ¡Franciscanos extremeños en Filipinas! Soy de un pueblo que tiene pendiente rendir homenaje a cerca de una treintena de franciscanos que embarcaron  desde el inicio del Descubrimiento a las Indias y a Filipinas a los que no les guiaba la avaricia ni la codicia sino el sistema de valores espirituales que gobernaba la Europa de su tiempo; frailes de pies descalzaos que, para cristianizar a los indígenas, levantaban iglesias y hospitales, escuelas de música y hasta construían órganos de cañas de bambú, y nos legaron descripciones portentosas de cómo arrostraron penalidades innumerables.

        Den por cierto que se cometieron abusos y crueldades, pero injusto será no reconocer que estamos ante una aventura deslumbrante. Lo dice mejor Salvador de Madariaga: “La más más extraordinaria epopeya de historia humana, la conquista de América fue realizada en menos de veinte años (1519, Cortés en Méjico; 1536, Pizarro en Perú). Además, fue obra -añade- de un número increíblemente corto de españoles; la expedición de Cortes constaba de 416 hombres, y solo 170 siguieron a Pizarro en su avance hasta Cajamarca[26] .

        En los tres siglos que duró la Colonización no más de 300.000 españoles emigraron a América según el cómputo que hace el historiador Antonio Domínguez Ortiz, que se asombra que un número tan modesto de emigrantes haya cambiado de modo sustancial la fisonomía de un continente entero[27]. Por supuesto que eran gentes ambiciosas, codiciosas, ansiosas por acumular riqueza y honra. ¿Qué otra razón les iba a mover a arrostrar peligros y dificultades sin número? También, gentes comprometidas con el progreso y la defensa de los indios.

III. -HECHOS CONTRASTADOS

        A partir de estas consideraciones, es necesario valorar los aspectos más críticos y espinosos en los que se fundamenta la LN y también aquellos otros que no sólo los contradicen, sino que conforman el legado más positivo de la presencia de España en América. Comenzaré por tratar las dos principales acusaciones que se formulan contra España y los españoles: la matanza de los indios y la insaciable avaricia por la plata y el oro, y continuaré con aquellas otras cuestiones que forman parte del balance más positivo de la presencia de España en América: la defensa legal de los indios, el mestizaje, la obra asistencial y cultural realizada por los Conquistadores y la fortuna de un idioma admirable.

Matanza de indios y crueldad de los españoles. Este es el tema crucial, el que alimentó la LN a través de los siglos. Todos los historiadores coinciden en señalar que, en los años primeros de la Conquista, los españoles se comportaron abusivamente. Un historiador tan ecuánime y solvente como Manuel Fernández Alvarez lo reconoce: “de la brutal violencia de la Conquista no cabe duda alguna” y añade: “pero hablar de genocidio es fruto de una necia ignorancia cuando no de una consciente falsedad[28].

        Existe coincidencia en señalar que el proceso de la Colonización tuvo dos fases: un primer periodo incontrolado que duró aproximadamente 50 años, y una fase de control en la que España, más que ninguna otra nación, fue pionera en la regulación y promoción de los derechos humanos. Y sería “injusto y erróneo enjuiciar tres siglos de colonización por lo acaecido durante el primer medio siglo[29].

        Aceptada esta apreciación inicial, insisto, muy asentada en los estudios más solventes sobre la Conquista, es obligado considerar la magnitud de las muertes de indígenas provocadas deliberadamente por los españoles. Y me parece de todo punto estéril entrar en una guerra de cifras que no tienen ninguna solvencia estadística ni científica. ¿Se pueden utilizar datos estadísticos ciertos, incluso aproximados, para tasar el volumen de indígenas que perecieron en los enfrentamientos con los españoles? Me remito a la tesis defendida en el estudio La sombra de la Leyenda Negra, especialmente en la introducción que firman los profesores María José Villaverde y Francisco Castilla Urbano, cuando deducen que las aseveraciones de “millones” de víctimas o “miles” de víctimas significa que fueron muchos las personas sacrificadas o que murieron en batallas desiguales con técnicas y culturas de guerras desproporcionadas.

        Porque, reconozcámoslo, los españoles tenían pertrechos militares y dominaban tácticas bélicas que estaban a la cabeza de Europa. Lo que continúa siendo un enigma, o no encuentra explicación fácil, es que un número tan reducido de combatientes doblegara a colectivos muy superiores en número, y en conocimiento y aclimatados a los territorios conquistados. Sorprende, pues, que pensadores de prestigio hayan entrado con tanta facilidad a polemizar sobre teorías en las que ya de principio se acepta la hipótesis del “genocidio” y del “exterminio”, y que personalidades de la talla del que fuera miembro de la Fundación Academia Europea de Yuste, Tzvetan Todorov, se atreva a decir que “ninguna de las grandes matanzas del siglo XX puede compararse con esta hecatombe”, calificándola de genocidio.[30] 

        Afortunadamente hoy se van abriendo paso las investigaciones que vinculan el hundimiento de la población a las enfermedades transmitidas por los conquistadores. En un estudio riguroso y exhaustivo el profesor de Patología de la Universidad extremeña, Agustín Muñoz Sanz, manifiesta que la despoblación indígena fue el resultado de la suma de numerosos factores muy distintos entre sí y coaligados en el tiempo y en el espacio, principalmente las epidemias transmitidas por los colonizadores y por los animales domésticos que llegaron desde la península, “caídas como tormenta tropical inesperada sobre una población que no estaba preparada inmunológicamente para enfrentarse a tan formidable reto[31].

        Nuevos y rigurosos estudios demuestran que el desplome demográfico se debió en mucha mayor medida a la viruela, sarampión y al tifus que a la acción de los conquistadores.[32]  En un reciente estudio, investigadores de Harvard sostienen que la despoblación de Nuevo México ocurrió un siglo después de la llegada de los españoles, y que fue esencialmente fruto de epidemias.[33] La historia universal no podrá ser narrada científicamente sin el conocimiento de devastaciones demográficas causadas por las grandes pandemias que asolaron a la humanidad. La más próxima, la llamada “gripe española”, se cobró cuarenta millones de víctimas; nada comprable, por otra parte, con los estragos causados por la peste negra, el tifus, el cólera. Por supuesto que hemos de abordar el problema de los atropellos y también de la crueldad con la que, con excesiva frecuencia, se comportaron los Conquistadores, como, por desgracia, ocurrió en todos los procesos de conquista y colonización, y en magnitudes menores a como lo hicieron los súbditos de otros reinos que crearon y utilizaron la LN como herramienta de confrontación económica y política.

La plata de América. El segundo de los acontecimientos que ha producido críticas más severas a la presencia española en América, después del desastre demográfico de los nativos, es el arrasamiento de las riquezas mineras. Es cierto que la plata extraída de las minas de Zacatecas y del Cerro Rico de Potosí fueron el motor de la Conquista, la riqueza que sustentó a la monarquía española y la primera contribución a la economía global.

        La visión que hoy día nos depara el Cerro Rico de Potosí, con sus cavidades y su orografía tortuosa, es similar a la de las Médulas, en El Bierzo leonés. Ambos paisajes tienen idéntico origen y la misma interpretación antropológica. No olvidemos que los españoles que descubrieron América buscaban la ruta más corta para el comercio de las especias y otras mercaderías. Y cuando se convencieron de que, en lugar de pimienta, clavo y canela, aquellas tierras producían oro y plata, se dedicaron a ello con ahínco y fruición.

        ¿Qué buscaban los holandeses en Manhattan, los ingleses en las costas de lo que sería Nueva Inglaterra, los franceses en las Antillas y en África, los portugueses en África y en Asia o, siglos atrás, los romanos en Hispania? ¿Tan difícil es reconocer que todos y cada uno de cuantos hombres y mujeres han participado en cualquier proceso de expansión o de ocupación territorial a lo largo de la historia lo han hecho con el fin de prosperar y, si fuera posible, de enriquecerse? ¿O es que lo hicieron por espíritu evangélico y poder llevar la doctrina de Cristo a los infieles? ¿Por amor a nuestro señor el rey de España y así poder ensanchar sus reinos? ¿Para extender la cultura humanística y del Renacimiento? ¿Para colaborar a la prosperidad de los indígenas?

        Evidentemente, los españoles no fueron nada originales. Podían haberlo hecho como lo hicieron los irlandeses, los holandeses, ingleses, belgas, franceses, suecos, daneses, creando empresas de comercio bajo el nombre de Compañías de Indias fueran Orientales u Occidentales, con poderes tan desproporcionados, como fue el caso de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, de poder declarar la guerra, negociar tratados, acuñar moneda o establecer colonias. Los españoles lo hicieron de diferente forma: se establecieron. Crearon pueblos y ciudades, iglesias y atarazanas, escuelas y centros de artesanos, hospitales y universidades, se mestizaron, intercambiaron los frutos de la tierra, y España y Europa conocieron productos inimaginables que, con el tiempo, les librarían de las hambrunas medievales.

        De regreso, con las primeras remesas de oro y de plata, transportaban semillas de tomate y de maíz, de cacao y unos tubérculos maravillosos que al extremeño Cieza de Leon, primero en designarlos, le asombraron. Y en los viajes de ida, los españoles llevaban semillas de trigo y de cereales, sarmientos de viña, cerdos, machos y hembras, caballos, machos y hembras, y junto a ellos libros piadosos y libros de pensamiento y tubos metálicos y secretos de órganos para que en ellos sonara la música del Renacimiento. ¿Cómo no emocionarse ante el hecho de la llegada de la primera imprenta al Nuevo Mundo en 1539, enviada por la empresa sevillana Cromberger ubicada en la esquina de las calles Moneda y Licenciado Primo Verdad, en la Ciudad de México? ¿Cómo no admirarse ante el hecho de que un extremeño, fray Juan de Garrovillas, a comienzos del siglo XVII, creara en Lumbang (Filipinas) una escuela de música a la que concurrieron 400 niños elegidos entre los más despiertos de cada pueblo y donde se les proporcionaba, además de enseñanza musical, una educación integral?[34] Por supuesto que, junto a los ornamentos sagrados para las primeras iglesias y catedrales, los españoles llevaron espadas y aceros de Toledo para atacar y defenderse. Y, como en los primeros tiempos, las mujeres no los acompañaron, aquellos españoles jóvenes y ambiciosos, se amancebaron con mujeres aztecas, mexicas e incas y procrearon hijos mestizos. Y, por último, los españoles y sus ganados llevaron, sin saberlo, los virus y las bacterias que terminarían por producir una catástrofe demográfica.

        ¿Cuál hubiera sido el destino de las Américas, de las Indias Occidentales, si aquellas primeras hornadas de españoles no hubieran encontrado plata y oro? Pues, muy probablemente, aquellos territorios inexplorados hubieran seguido siendo lo que eran, hasta que otros navegantes, probablemente con menos escrúpulos que los españoles, súbditos de reyes menos humanitarios, los conquistaran. Pero aquellas tierras tenían menos oro del esperado, pero plata a raudales. Y de resultas de que aquellos españoles encontraron plata en abundancia, la historia del mundo cambió. Cambió en primer lugar el patrimonio de los que participaron en la Conquista; muchos de ellos se enriquecieron y construyeron palacios blasonados.         El reino de España, al que por ley le correspondía el 20 por ciento de los metales de las tierras descubiertas, pudo no solo mantener sus fronteras, sino ensancharlas creando el imperio más dilatado que la historia recuerda. Escribe Salvador de Madariaga: “El Nuevo Mundo comenzó a manar oro y plata, hasta el punto de transformar la estructura económica del mundo civilizado. Doscientos mil kilos de oro y diecisiete millones de kilos de plata cree el profesor Hamilton que atravesaron el Atlántico en un siglo; cifra que otro estudioso del tema, Ramón Carande, estima conveniente duplicar si queremos estar más cerca de la verdad”. Y añade Madariaga: “Aquella riada enorme, al no encontrar en la Península una banca o industria capaces de absorberla, se desparramó, Europa adelante, hasta llegar a los últimos confines del mundo”.

        La moneda acuñada en plata por los españoles  era la moneda de curso legal en Londres, Amberes, en Lyon, en Génova  y se comerciaba con ella en los mercados  de El Cairo o Bagdad.[35] John H. Elliott amplia esta consideración para explicar los procesos de expansión y de recesión de las economías europeas, condicionados al ritmo de llegada a los puertos españoles de los metales preciosos procedentes de sus dominios en América.[36] Joseph Perez reafirma que no se entendería el imperialismo español sin el prodigioso aumento de la producción de plata de América confiriéndole una autoridad mundial y financiando la política exterior de los Habsburgos. Los “reales” y las “piastras” fundamentaron la expansión territorial, la influencia diplomática, la hegemonía monetaria, la irradiación cultural e incluso la propagación de la religión. Al fin y al cabo, el glorioso Siglo de Oro español se debió en gran medida a la plata americana[37].

        John Elliott llega a plantear una interesante cuestión: si el arte barroco en Europa, y principalmente en España, hubiera sido posible sin el oro y la plata de las Indias teniendo en cuenta que depende fundamentalmente de la ornamentación de aquellos metales.[38] Y anoto, la opinión discrepante de otro historiador de relieve, la de Antonio Domínguez Ortiz, que considera que no es posible fijar con exactitud la contribución de los caudales de Indias a la política de los Austrias. En su opinión la plata de América fue una ayuda importante, pero el esfuerzo principal recayó sobre Castilla[39]

        Parece lógico concluir que, con la plata de la América española, el mundo civilizado financió el progreso del conocimiento y de la cultura, y Europa se abasteció de ella para su desarrollo económico y social.  España, toda Europa, tienen una deuda con América, con las minas de Zacatecas y Potosí, pero es una deuda del mismo género que la deuda que el imperio romano contrajo con España cuando esquilmó Las Médulas. Roma nos legó el derecho y la cultura. Y hoy día nos sentimos orgullosos del legado romano. La historia, lo saben ustedes mejor que quien les habla, es contradictoria. Es una sucesión de hechos discordantes que no admite una lectura bipolar, sobre todo cuando los acontecimientos sobre los que reflexionamos ocurrieron bajo criterios y esquemas de valores ya prescritos.

        Me he detenido en referenciar la importancia que el oro y la plata tuvieron en la economía del Viejo Mundo para justificar las razones de la confrontación política, diplomática y militar entre España y el resto de las potencias europeas, muy singularmente entre Francia e Inglaterra. Una y otra luchaban por romper la hegemonía del reino de España y el monopolio en la colonización de América impuesta por el Papa a favor de los dos reinos ibéricos. La plata es el principal, tal vez el único argumento, de la LN. En la guerra contra la hegemonía y el monopolio que España ejercía sobre la plata americana sirve todo: la mentira, la exageración y la tergiversación.

El testimonio de fray Bartolomé de las Casas. A Bartolomé de las Casas, uno más de aquellos españoles que buscaban riqueza y honores en América, encomendero y luego fraile dominico, y más tarde obispo de Chiapas, le corresponde el dudoso honor de ser el origen de la LN que tantos estragos ha causado a España y a los españoles a lo largo de la historia. Y también, la honra de haber sido el más persistente promotor del derecho de los indios. Su figura continúa provocando el elogio y el repudio de unos u otros. Para unos, ambicioso e intrigante; para otros, «protector universal de todos los indios de las Indias» hispánicas.

        Pero no fue el pionero de la defensa de los derechos indios. Lo fue otro dominico, Fray Antonio de Montesinos que, en Santo Domingo, en La Española, en la Navidad de 1511, pronunció un célebre sermón cuyos ecos aún resuenan. “Todos estáis en pecado mortal, en el vivís y Morris, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes”. Como dice Salvador de Madariaga,[40] fue este el “primer grito en nombre de la libertad humana en el Nuevo Mundo”. Un año más tarde, el rey católico promulgó las llamadas Leyes de Burgos, el primer texto legal de protección de los indios. No hacía otra cosa que dar cumplimiento al mandato de la Reina Isabel que, en su testamento, en 1504, es decir, doce años después del Descubrimiento, ordena que los indios y los moradores de aquellas tierras recién descubiertas, “ganadas e por ganar (…) no reciban agravio alguno en sus personas e bienes; mas mando que sea bien e justamente tratados”. Insisto, doce años después del Descubrimiento.

        Y olvidamos que, solo dos años más tarde del Descubrimiento, en 1494, la reina Isabel había sometido a consulta de una junta de teólogos y letrados la cuestión de si se podía reducir a esclavitud a los indios. Y la Junta los declaró libres[41]. Evidentemente, no hemos sido capaces de asentar la verdad histórica sobre la voluntad de los Reyes de España de proteger a los indios. Si hubiéramos sido más diligentes y persuasivos, la LN no habría prosperado. Ni supimos divulgar cómo las primeras iglesias promovían la instrucción de los indígenas y alentaban su formación en las “artes mecánicas” y condenaban los abusos de los encomenderos.

España, pionera en la defensa de los Derechos Humanos. Si no hubieran sido suficientes aquellos primeros testimonios de firme defensa de los derechos de los indios, bastaría con aportar otras realidades irrefutables sobre el decisivo papel de España en la formulación de los Derechos Humanos. ¡Qué poco hemos sabido los españoles mostrar al mundo que estos textos son precursores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y del Derecho internacional! Se olvida la enorme significación humanística de la Escuela de Salamanca, cuna del derecho internacional. En ella se clausuran los conceptos medievales del derecho, y se produce la primera reivindicación de la libertad como fundamento jurídico universal, reformulando los derechos naturales del hombre. La figura de Francisco de Vitoria, y su firme defensa de los derechos de los indios, son una prueba definitiva para eliminar la sospecha de la responsabilidad de España en el desastre demográfico en la América de la Conquista.

        Francisco de Vitoria fue el inspirador, en 1550, de la célebre Controversia de Valladolid en la que se enfrentan, en un ejemplo admirable de debate y reflexión, dos formas antagónicas de concebir la Conquista, representadas por Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. Aquel debate fue una aportación decisiva al proceso de construcción de los Derechos Humanos. Sirvió, además, para actualizar las Leyes de Indias y crear la figura del "protector de indios". Años más tarde, se promulgaron las ordenanzas de Felipe II (1573) por las que se llegaron a prohibir nuevas "conquistas" de tal forma que, en teoría, sólo a los religiosos les estaba permitido avanzar en territorios vírgenes. ¿Qué otro país puede exhibir un repertorio normativo tan dilatado y pormenorizado como ese conjunto de 6.377 leyes que conforman la “Recopilación de Leyes de Indias”, que, a juicio de Antonio Domínguez Ortiz, recogen “con espíritu muy avanzado para la época todas las materias de gobierno referentes a una sociedad multirracial con un espíritu de justicia que no hallamos en la legislación colonial de otros países”? [42] 

        Existe además una figura jurídica, los “juicios de residencia”, que podría hoy día ilustrar a quienes combaten la corrupción de los gestores públicos. El “juicio de residencia” consistía en que, al término del desempeño del funcionario público, se sometían a revisión sus actuaciones y se escuchaban los cargos que hubiese en su contra. El funcionario no podía abandonar el lugar donde había ejercido ni asumir otra competencia hasta que concluyese el procedimiento.[43] La severidad de muchas de las actuaciones conocidas evidencia la decidida voluntad de las autoridades españolas para mejorar la administración y corregir cualquier posible comportamiento incorrecto de quienes tuvieron responsabilidad o autoridad.

La exhibición autocritica de España y de los españoles. Es fascinante la capacidad autocrítica de la que hicimos gala los españoles en todas las épocas. Ha sorprendido a los historiadores y estudiosos extranjeros que con mayor objetividad se han ocupado de la historia de España. No solo hemos reconocido los atropellos de los primeros tiempos de la Conquista, sino que hemos abastecido de leña la hoguera en la que se ha sacrificado el prestigio de la Conquista. Ninguna nación como España ha tenido tan claro el sentido de la autocrítica aplicado a su trayectoria en la historia. El número monográfico de la revista “Letras Libres” del pasado mes de febrero recoge el trabajo de los profesores mejicanos Rodrigo Martínez Baracs y Guilhem Olivie reconociendo que “el imperio español fue uno de los pocos que desde el inicio tuvo autoconciencia –recordemos el sermón de fray Antón de Montesino en la Española, en 1511– y generó una firme corriente de cuestionamiento ante la justificación de su presencia en el nuevo continente (resuelta con el superior propósito de plantar la fe en esas tierras) y de discusión respecto de cómo debía normarse[44].

        Algunos historiadores más perspicaces reconocen que la actitud autocrítica desde el mismo comienzo de la Conquista, comenzando por fray Bartolomé de las Casas, ha sido la causa de la temprana y rápida extensión de la imagen negativa de la presencia española. Y, sin embargo, el ejercicio de la autocrítica debiera servirnos actualmente para demostrar que España no se resignó ante el atropello que algunos de sus ciudadanos cometieron. La España institucional del XVI, sus pensadores, sus Universidades, se rebelaron contra los abusos y legislaron en su contra. Pero no hemos sabido comunicar, divulgar, el riquísimo repertorio de leyes y reglamentos promulgados en defensa de los indios. Es admirable que otros países, con un pasado de conquistas similares, no tengan conciencia ni hayan sufrido el complejo del que hemos adolecido los españoles. Lo cierto es que, en la España del XVI, hasta tal punto llegó la autocrítica que, en un determinado momento, se llegó a proponer la paralización del proceso colonizador.  Se olvida que España interrumpió, por primera y única vez en la historia, una conquista hasta determinar el trato  que se debía otorgar a los pueblos conquistados.

        Nadie tal vez como el extremeño Pedro de Valencia (1555-1620) ejerció con mayor contundencia la autocrítica. La actitud de nuestro humanista es representativa de cómo un sector influyente del pensamiento español reprendió los excesos de unos y la relajación de las costumbres con la que la sociedad de entonces acogía el despilfarro y la ostentación que la llegada de metales preciosos de América estaba provocando. Es conocido cómo Pedro de Valencia, aunque se resistió a su nombramiento de Cronista de Indias y de Castilla, se opuso con razones contundentes a la política expansionista del reino de España en América. Se constituyó en promotor de las políticas pacifistas, convencido de que la aventura de España en América estaba arruinando a la nación, corrompiendo a los españoles, porque “nuevas granjerías de oro y plata -dice el zafrense- se atravesaron y fueron causa de nueva perdición de España”. No lo defendía un intelectual rebelde e insubordinado, sino un miembro de la Corte del rey Felipe III. Cuando Pedro de Valencia escribe sus “Relaciones de Indias” había trascurrido poco más de un siglo del Descubrimiento y toda España vivía ofuscada por la abundancia del oro y la plata que llegaba de las Colonias.

        Pero lo más relevante de la actitud del pensador extremeño en relación con su actuación de cronista es su actitud ante la verdad histórica. Pienso que aquellas recomendaciones de una de las figuras más sobresalientes del patrimonio histórico de Extremadura podrían iluminar la tarea de los historiadores en la búsqueda de la verdad a cualquier precio, del rigor para indagar fuentes y testimonios, y -en sus propias palabras- “actividad y diligencia para informarse de muchas personas y buscar papeles dentro y fuera del reino[45]

El valor del mestizaje. Es una de las realidades más positivas de la herencia española en América y debiera determinar de forma concluyente el balance final de la Conquista. El mestizaje es, desde una visión contemporánea, el antecedente de la globalización. Al fin y al cabo, la globalización no es otra cosa que la combinación de culturas, historias e intereses diferentes, y el mejor antídoto frente a los nacionalismos y a sus efectos perversos. Y en esta materia, como en tantas otras, España ha sido adelantada. Serge Gruzinski, una de las autoridades más reconocidas en el estudio del mestizaje y la globalización cultural, ha escrito recientemente:

        “La mundialización nació en España. Esto significa que hay una responsabilidad histórica para explicar este proceso porque lo que vivimos hoy forma parte de este siglo XVI ibérico. …Su gran contribución (de España) a Europa es la historia extraordinaria, penosa y trágica, de sus relaciones con América. La península ibérica ha sido incapaz de explicar al resto de europeos la importancia de sus vínculos con otras partes del mundo como América latina…Hay muchas cosas en nuestro mundo contemporáneo que se pusieron en pie bajo el dominio ibérico y como reacción a este dominio. Si queremos entender nuestro presente como europeos, hay que pasar por el mundo ibérico”.[46]

         El “pasar por el mundo ibérico” significa, en mi modesta opinión, que el mundo actual con todos sus conflictos, pero también con todas sus oportunidades, tiene su referente más poderoso en la herencia que los españoles y portugueses forjaron en la frontera de los siglos XV y XVI conectando el viejo mundo con el mundo transatlántico y asiático a través del Pacífico. Fue el primer y gran proceso de globalización. Los españoles que pusieron rumbo a América eran herederos de la cultura del mestizaje, de la que Extremadura es un buen ejemplo porque sus habitantes habían participado o sufrido variados procesos de mestizaje, desde el imperio romano a la invasión árabe. Ellos mismos, los conquistadores, muy probablemente fueran “mestizos”, una condición que en España tuvo un antecedente elocuente cuando, en el año 171 a.c., el Senado de Roma hubo de enfrentarse a una cuestión imprevista: la reclamación de sus derechos como ciudadanos del Imperio de cuatro mil soldados hijos de combatientes romanos y de mujeres hispanas.[47]  La experiencia que vienen aportando los congresos y jornadas de la Federación “Extremadura  Histórica” prueba cuán alta dosis de mestizaje consiguieron los españoles de la Conquista y los pueblos indígenas de América.

        En un excelente estudio sobre la imagen de España en América latina, publicado hace algo más de diez años[48], se inserta una reveladora encuesta sobre la autoidentificación que hacen los latinoamericanos respecto a su etnia. Los datos son concluyentes: el 42 % se definen como mestizos, el 27 % blancos; el 9 % indígenas; y el resto, entre mulatos y negros. Atrévanse a hacer este mismo estudio sociológico Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda en sus antiguas colonias y debatamos posteriormente sobre la herencia española en América.

        Frente a la dialéctica indigenista, tan pujante hoy día, debiéramos insistir en el valor de la cultura del mestizaje que requeriría de una mayor atención académica y social hasta el punto de convertirlo en el argumento más sólido en la defensa del legado español en América. El indigenismo se nutre, muy particularmente en Norteamérica[49], del evidente agravio causado por la crueldad con la que actuaron los colonos anglosajones, dos siglos más tarde de que los españoles ejercieran el mestizaje, y cuando ya tenía plena vigencia el sistema de valores humanísticos que imperaba en Europa.

        Extremadura cuenta, por otra parte, con uno de los mayores expertos en materia de mestizaje, el catedrático emérito Tomás Calvo Buezas, quien, desde su tesis doctoral en 1976, no ha dejado de profundizar en la teoría del cruce biológico y cultural como una seña de identidad singular de la civilización española en América. “Cortés -ha escrito el profesor Calvo Buezas- es pionero relevante en ese proceso de sincretismo enriquecedor, que generó una nueva sociedad y cultura. El proceso dialéctico es único, a la vez trágico y ambivalente, "destruir/ construyendo", o " construir/ destruyendo”, y así nace la nueva síntesis y nación mestiza de México, que no es ya ni india ni española .Yo lo llamé teóricamente como la "mediación bendita/maldita". Y Cortés fue ese hacedor prometeico, el mediador heroico y maldecido (a la vez) por su gesta singular en la historia

Fundaron hospitales, erigieron Universidades. Pocas polémicas más elocuentes para el prestigio de la presencia española en América que la que mantienen intelectuales de Perú y la Republica Dominicana en torno a cuál sea la Universidad más antigua del Continente. Algo parecido sucede con la fecha en que comenzaron a funcionar los primeros hospitales en los territorios recién conquistados. Parece cierto que la primera Universidad creada por los españoles fue la Universidad Santo Tomás de Aquino en la República Dominicana en 1538, y el primer hospital corresponde al que fundara el brocense Nicolas de Ovando, el hospital de San Nicolas de Bari, en Santo Domingo en 1503. La primera universidad creada en Norteamérica data de 1757, en Filadelfia, dos siglos más tarde que lo hicieran los españolas en Santo Domingo, Lima y México. El primer hospital en Estados Unidos se creó en Nueva York en 1663 para atender a los marineros enfermos. Son datos elocuentes e imprescindibles para valorar la acción de los españoles en la Conquista.

        Inmediatamente detrás de las Universidades de Santo Domingo y de Lima figura ya una de las Universidades de más solera de América, la Real y Pontificia Universidad de México, creada igualmente en 1551. Al principio, aquellas Universidades, todas ellas inspiradas en la de Salamanca, tuvieron solo cátedras humanísticas, pero inmediatamente se fueron incorporando enseñanzas de otra índole. Uno de los primeros virreyes de Perú dotó a la de Lima de 16 cátedras, entre ellas las de cánones, medicina y una cátedra de lengua quechua. Hasta 25 universidades crearon los españoles en América latina. Las de Lima y Santo Domingo pueden presumir de ser coetáneas de las españolas de Santiago de Compostela, Sevilla o Granada, todas ellas creadas por el emperador Carlos V.

        La creación de hospitales fue expresamente ordenada por Carlos V y Felipe II, como anexos a las iglesias para los enfermos no contagiosos, en tanto que los hospitales para contagiosos se edificaban fuera de las ciudades. El segundo hospital de América lo erige Hernán Cortes en Ciudad de México, en 1524, en el mismo lugar donde se reunió por vez primera con Moctezuma, y es hoy día uno de los edificios mas antiguos de la ciudad.[50] En 1566, también en la ciudad de México, se funda el primer manicomio de América. El tercer hospital se erige en Guatemala en 1527, el siguiente lo hace Francisco Pizarro en Lima en 1538, y así sucesivamente en todas y cada una de las ciudades de la Conquista.

        Cualquier interpretación que honradamente hagamos de la tarea desarrollada por los Conquistadores en la creación de hospitales, centros de formación y Universidades, debiera llevar a la conclusión de que los españoles estaban creando, sin que existieran modelos previos, una forma de conquista y de colonización original de la que estaba emergiendo un nuevo sistema de integración, inédito por cuanto los mismos conquistadores se mestizaban con las poblaciones sometidas. Crearon un modelo de asentamiento permanente, promulgando leyes que facilitaron el hecho extraordinario de que aquellos territorios constituyan hoy un subcontinente mayoritariamente mestizo. Esta es la verdadera imagen de la América que fundaron los españoles.

La fuerza del idioma Tal vez no seamos suficientemente conscientes del papel que el castellano, el idioma de Iberoamérica, ha desempeñado y continúa ejerciendo en la cohesión cultural, social y, en parte, política, de unos de los territorios con más personalidad a escala mundial. El castellano ha forjado una nueva realidad cultural y social, y se ha convertido en su principal patrimonio. Si hoy día podemos seguir hablando, reflexionando e incluso polemizando sobre lo acaecido en el Nuevo Mundo es porque cerca de seiscientos millones de personas de veinte países diferentes compartimos una misma lengua, un idioma en franca expansión y sin riesgos notables de disgregación, en la vanguardia del conocimiento y de los nuevos soportes tecnológicos.

        La historia de la evolución del castellano en América es otra faceta extraordinaria de la Conquista. La simbiosis entre el castellano y las lenguas nativas, los esfuerzos para superar las barreras idiomáticas, el respeto inicial que los españoles tuvieron por las lenguas indígenas, son capítulos admirables de la aventura de España en América. Recordemos que fue precisamente en Badajoz donde Felipe II firmó, en 1580, una cédula ordenando que en las Universidades de Lima y México se establecieran cátedras de “lengua general” (lenguas nativas dominantes en los territorios precolombinos) para la formación de los indios, algo que ninguno de los propaladores de la LN menciona[51]. El franciscano Pedro de Gante, uno de los personajes más interesantes de la primera época de la Conquista, creador de la primera escuela en Nueva España, escribía en su diario en 1523 en Texcoco: “en el día enseño a leer, escribir y cantar; en la noche leo la doctrina cristiana y predico[52].  Santiago Muñoz Machado, actual director de la Real Academia Española, recuerda “que España no implantó inicialmente la lengua (...), de hecho, en su consolidación final tuvieron tanta influencia los criollos americanos como los monarcas españoles, cuyas leyes sostuvieron desde el principio el respeto a (la lengua) de los indios” o, como él mismo reconoció, “conseguimos llevar a América algo que nunca habíamos tenido en España: un idioma único para todo el territorio. Para un territorio inmenso además[53] .

IV. ENTRE LA REBELDÍA Y LA RESIGNACIÓN

        La LN continúa siendo el problema más importante que España tiene en cuanto a su imagen y proyección exterior. Frente a él existen dos actitudes diferentes. La primera es aquella que sostienen quienes la niegan: no existe LN porque los hechos en que se basa fueron ciertos. Es la actitud de los intelectuales europeos fundándose en los testimonios de Bartolomé de las Casas y de todos aquellos que han secundado su tesis que va desde el genocidio a los atropellos sistemáticos cometidos por los conquistadores españoles. Es también, a juicio de la historiadora María José Villaverde Rico, la tendencia que “generó una serie de tópicos que sobrevivieron y configuraron la imagen de España en los siglos XVIII, XIX y XX, así como el rebrote de hostilidad que se produce en 1898 durante la guerra con Estados Unidos[54]. Es también la opinión que sustentan hoy día los movimientos populistas en España y los sectores radicales del indigenismo tanto en Latinoamérica como en Estados Unidos, y que protagonizan los actos vandálicos contra los símbolos de la presencia española en América.

        Frente al negacionismo de la LN se sitúan quienes la refutan o, al menos, rebajan sustancialmente las acusaciones contra España. Afortunadamente, en los últimos años, la labor de historiadores de la máxima solvencia académica está sirviendo para hacer una revisión a fondo de los fundamentos en que se basa la Leyenda más allá de las lecturas patrióticas e hipernacionalistas.  Y no olvido que existe una tercera vía que puso en circulación uno de los historiadores que han conseguido mayor respeto de sus colegas. Me refiero a Ricardo García Cárcel que abrió una nueva reflexión sobre la idea de que la LN es más bien fruto del “complejo de persecución” o de una especie de “síndrome de ansiedad” que aqueja cíclicamente a los españoles. En su opinión, no existió como tal un complot contra España sino una reacción frente a un relato patriótico o “leyenda rosa” fundamentada en la incapacidad de los aparatos propagandísticos españoles de los siglos XVI y XVII para contrarrestar lo que desde Amberes, Versalles o Lisboa se escribía y publicaba contra Felipe II.

        Pienso que sobre la definición y alcance de la LN está todo escrito. Me remito al excelente prólogo que figura en “La Sombra de la Leyenda Negra” con la firma de su coordinadora Maria José Villaverde Rico[55]. No existe  tratadista que no haya hecho su propia definición, aunque, en mi opinión, sigue siendo válida la de Julian Juderías: “Entendemos por LN, la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos, lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre a las represiones violentas; enemiga del progreso y de las innovaciones; en otros términos, la leyenda que, habiéndose empezado a difundir  en el siglo XVI, a raíz de la Reforma, no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces, y más especialmente en momentos críticos de nuestra vida nacional”. Añadan las ocho características que componen el friso con el que los españoles hemos transitado por buena parte de la historia intelectual de Europa: avaricia, astucia, soberbia, crueldad, lujuria, barbarie, sangre semita y fanatismo.[56] 

        Y recojo también de la obra citada la aportación descriptiva de Julian Marías en el sentido de que “la leyenda negra consiste en que, partiendo de un hecho concreto, que podemos suponer cierto, se extiende la consideración y descalificación a todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura”. Y subrayo por mi parte la característica de que esta imputación no tiene prescripción en el tiempo, rebrotando siempre que España está débil o le afecta algún problema nuevo. Por ejemplo, en el caso del rebrote independentista que a todos los españoles nos aflige.

        Desde el punto de vista gramatical, leyenda significa “relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos”, y que cuando le aplicamos el adjetivo se convierte, según el diccionario de la RAE en “opinión desfavorable y generalizada sobre alguien o algo, generalmente infundada”. Por su propia definición, pues, “leyenda” no es “historia”, sino algo relacionado con lo fantástico o incierto. En los tiempos en los que se forjó la imagen de esa España bárbara y cruel no existían instrumentos para contrarrestar aquel repertorio de imputaciones que hoy, a duras penas, los historiadores están revisando. ¿Sería exagerado solicitar de los historiadores no contaminados de ideología que formularan una especie de catálogo de verdades, mentiras, tergiversaciones e incertidumbres en relación con el descubrimiento, conquista y colonización de América?

        Por esta razón es tan interesante la respuesta que los diecisiete firmantes del libro tantas veces citado, “La sombra de la leyenda negra”, dan a la cuestión ya formulada por el hispanista Joseph Perez en el sentido de si España ha sufrido a lo largo de la historia un ensañamiento y si ha sido víctima de una discriminación ideológica o incluso racial. Todos los historiadores que colaboraron en esta importante obra respondieron afirmativamente dando por sentado la existencia de la LN[57].  

        Corresponde, pues, preguntarnos por las causas tanto de la formación de la LN como de la propagación de sus principales asertos: por qué razón la afrenta contra España se perpetua en el tiempo mientras que otras naciones que tuvieron comportamientos similares o más graves se han visto libres de este estigma histórico. Julian Marías[58] es quien probablemente las ha descrito con mayor propiedad, sin necesidad de remontarse a épocas remotas: Francia, con la masacre de San Bartolomé, el periodo del terror durante la revolución de 1789 y la represión de la Comuna; Italia, con la violencia encarnizada entre las ciudades Estado; Inglaterra y su historia de atrocidades desde la Edad Media hasta el envilecimiento de Enrique VIII y durante todos los procesos coloniales en los que ha intervenido; Alemania y sus represiones religiosas, el desastre de la Guerra de los Treinta Años hasta concluir en el Holocausto. Y podíamos añadir, los desastres protagonizados por Holanda y Bélgica, sin adentrarnos en el repertorio de crueldad de las invasiones y procesos colonizadores de Asia. En definitiva, si hiciéramos el recuento pormenorizado de las calamidades de la guerra, de las invasiones y ocupaciones, estaríamos narrando la historia mundial de las infamias, que es tanto como decir la historia de la Humanidad. Pero, no podemos dejar de reflexionar sobre las causas por las que, unos países, con un pasado de violencia igual o superior al de España, se han visto exonerados del veredicto de la historia y, sin embargo, España ha pasado a representar el prototipo de violencia, crueldad e intolerancia.

        Antonio Sánchez Jiménez en una monografía ejemplar sobre la imagen de España en tiempos de Lope de Vega[59] enumera las razones de esta injusticia histórica: la lucha contra la hegemonía de España, el factor religioso, la formación de los nacionalismos y el aprovechamiento de la invención de la imprenta. No son las únicas. A ellas habría que añadir el sentimiento racista, y, sobre todo, la desidia de los españoles para combatir los agravios que se les ocasionaron. Me referiré a cada una de ellas brevemente.

        Ningún historiador pone hoy en duda que la principal razón del nacimiento y desarrollo de la LN fue la lucha contra la hegemonía política y económica que ejerció el reino de España durante siglo y medio (1516-1648). La insistencia de España en conservar el monopolio sobre la propiedad del continente americano y de sus riquezas alentó la beligerancia frente a ella. Francia, Inglaterra, los Países Bajos, las potencias emergentes de la Edad Media, no podían por menos que oponerse a aquellas cláusulas de las Bulas Pontificias que otorgaban privilegios discriminatorios, primero a los Reyes Católicos y, a continuación, a los Habsburgos que gobernaron las Españas durante más de siglo y medio.  

        Tiene razón Joseph Pérez cuando puntualiza que lo que entendemos por hegemonía española y de los Reyes de España no es otra cosa que el poder de una familia, los Habsburgo o los Austrias[60]. Quienes dominaban el mundo era un clan familiar a través de una cerrada política de alianzas de consanguinidad, apoyados por el poder de Roma y decididos a controlar el mundo político y religioso de la Cristiandad. Y no se entendería el imperialismo español, la hegemonía de los Habsburgo en Europa, sin el poder que le confería la llegada masiva desde América de plata y de toda suerte de recursos. El poder hegemónico de España no admitía comparación con ningún otro país. Dominaba media Europa, el norte de África, el Nuevo Mundo y, cuando se unifica con Portugal, los reyes españoles extienden sus dominios por toda América y por gran parte de Asia, África y Oceanía.

        ¿Cómo luchar contra el imperio de los Austrias, contra España, por parte de aquellos que no se avenían al poder preeminente de los Tercios de España? Desde luego, con las armas, y con otro instrumento casi tan letal como el de la fuerza de los ejércitos: la imprenta como herramienta de la imagen, lo que hoy entendemos por comunicación. Había nacido la LN apoyada en dos grandes vectores: la matanza de los indios en América y las atrocidades del duque de Alba en Flandes. Los españoles pasamos a ser bárbaros, crueles, inmisericordes.  La edición y las sucesivas traducciones, reediciones, ilustraciones y, en definitiva, la campaña en torno a la  “Brevísima relación de la destrucción de las Indias  de fray Bartolomé podría estudiarse en las Escuelas de Negocios como el ejemplo más cabal de cómo un impreso ha nutrido toda una batalla contra el poder de un imperio.

        La segunda razón, aunque indisolublemente asociada al factor hegemónico que España ejercía en Occidente, es el factor religioso. La Reforma y la Contrarreforma, las guerras de religión entre católicos y protestantes, convirtieron a la dinastía de los Habsburgo españoles en la diana de los ataques de los países que abrazaron la doctrina de Lutero en contra del Vaticano. La Europa Moderna se construye en base a la Reforma Protestante y a la Contrarreforma Católica, y se consolida después de uno de los periodos más sangrientos y sanguinarios de la historia. Cada uno de los países con vocación de liderazgo se ve obligado a alinearse en uno de los bandos que, enarbolando las creencias religiosas, luchan con ferocidad y provocan masacres de una crueldad incomparable. La matanza de San Bartolomé en Francia, la guerra de los campesinos en Alemania, la Guerra de los Ochenta Años en los Países Bajos, la de los Treinta Años, las guerras de religión en Inglaterra, todo un caudal de sangre del que debiéramos sonrojarnos los europeos a perpetuidad.

        En aquella coyuntura España ejercía el liderazgo de los ejércitos de la Contrarreforma y de la ortodoxia católica en tanto ensanchaba sus dominios exclusivos sobre el Nuevo Mundo. Por ello recibió del poder papal opíparas recompensas, la mayor de ellas, como ya hemos dicho, el monopolio de la Colonización. Durante más de siglo y medio, los ejércitos de Isabel y de Fernando, de Carlos V, de Felipe II, Felipe III, Felipe IV, abastecidos en buena parte por los recursos llegados a Sevilla desde América, tuvieron un papel preponderante y, con frecuencia, decisivo. No creo que en torno a este relato existan grandes divergencias entre los historiadores. Pero no se han puesto de acuerdo para explicar un misterio que aún hoy día suscita grandes incertidumbres en su interpretación. ¿Por qué los países de mayoría protestante lograron un mayor desarrollo económico y tecnológico, en tanto que los reinos católicos, y España a la cabeza, no consiguieron la prosperidad de los pueblos que abrazaron la Reforma? Y aplicada esta consideración al Nuevo Mundo, los territorios que España administró no lograron grandes cotas de desarrollo en tanto los que gobernaban los anglosajones prosperaron e incentivaron la propaganda contra España. Un nuevo argumento a favor de la LN y de la España “ignorante”, “incapaz de figurar entre los pueblos cultos”, “enemiga del progreso y de las innovaciones”.

        Esta visión del “atraso económico” de los territorios gobernados por España es utilizado mezquinamente por quienes no se atreven a confesar un argumento racista o supremacista. Desde tiempos muy remotos, España y los españoles no eran considerados europeos en el sentido más estricto. Lo de “África comienza en los Pirineos”, inventado bien por Alejandro Dumas o por Stendhal, ha impregnado el pensamiento europeo en los últimos siglos. España formaba parte de una raza híbrida entre mora y judía, contaminadas sus costumbres de exotismo y barbarismo. Cuando los viajeros ingleses y franceses descubrieron los aspectos más exóticos y orientalizantes de nuestras costumbres, ayudaron a forjar el carácter extraeuropeo de los españoles. Recordarán que durante decenas de años el marketing turístico del franquismo se fundaba en un slogan, el “Spain is different”, que terminó por arrastrar hasta el presente el estereotipo de la diferencia, origen de la discriminación.

        Cuando en la Ilustración se crean las teorías del racismo científico se abre una nueva brecha para discriminar lo español de lo europeo. Las razas europeas, que, por otra parte, no tardaron en abrazar el protestantismo, gozaban de superioridad moral e intelectual en tanto que el mundo católico-latino no había alcanzado todavía el nivel moral e intelectual de sus vecinos del norte. Aunque ahora parezca un despropósito, no olvidemos que la frenología, disfrazada de ciencia, campeó libre durante más de un siglo. Los partidarios de la LN habían encontrado al fin un argumento “académico” para definir esa raza inferior e híbrida de los españoles, entre iberos, árabes y judíos. Pero si ésta era la reputación de España y de los españoles, no nos debe sorprender cuando los Ilustrados y los Enciclopedistas, y a partir de ellos la intelectualidad anglosajona, se ocupan de analizar la inferioridad racial de los indígenas y la “degeneración” en que habían incurrido los españoles trasplantados a América, hasta convertirla en un continente “degenerado”. Dos grandes enciclopedistas citados por la profesora Roca Barea, el conde Buffon y el abate Raynal, defendieron la tesis de la degeneración de los europeos que se establecen en América, incompatibles con la civilización. Raynal se atreve a señalar como prueba irrefutable del estadio racial inferior que “América no había producido ni un buen poeta, ni un matemático ni un solo hombre de genio en arte o ciencia”[61]. Lo que ahora nos parece un puro desatino, fueron doctrinas y opiniones de curso habitual sin que encontraran refutadores en una España que había dejado ya de ser competitiva, y cuando Inglaterra era dueña y señora del comercio marítimo.

        Existe un tercer elemento de la LN menos estudiado que los dos anteriores, pero de gran valor dialéctico en la actualidad. Y es el factor del nacionalismo como ingrediente ideológico de la animadversión contra España. En los tiempos en los que surge y se desarrolla la LN, Europa -lo hemos reiterado- sufre uno de los momentos más convulsos de su historia al dividirse entre católicos y partidarios de la Reforma. Todas las dinastías reinantes, los centros académicos, las elites intelectuales, toman partido encarnizadamente por una u otra confesionalidad en los tiempos en que se está conformando un nuevo mapa de naciones y de países. Parece claro que España asume el liderazgo del bando de las naciones católicas frente a aquellos otros territorios que se conforman substancialmente en base a la Reforma. Y el instrumento que utilizan preferentemente contra España es la LN, pieza esencial en la construcción nacional de algunos países que más propalaron el estigma contra España. Es el caso de Holanda y de Inglaterra principalmente, y también de Francia, Italia y Portugal. De esta forma, la LN es la herramienta que más y con mayor eficacia han utilizado estos países en las fases en las que España daba señales de debilidad. Y es muy interesante la tesis que mantiene Jesús Villanueva[62] cuando afirma que la utilización en base nacionalista de la LN es en buena medida una reelaboración tardía del siglo XIX en el momento de mayor auge de los nacionalismos.

        Cuando se trata de resumir las consecuencias de la LN hay que reseñar estas tres consideraciones: énfasis en todo lo negativo de la historia de España obviando los aspectos positivos; utilización hasta la saciedad de aquellos rasgos que conforman el cliché más tópico de lo español; y acentuación de los aspectos raciales de los españoles hasta un límite fronterizo al racismo.  

        Existe por último en relación con esta materia otra cuestión, en parte subjetiva, pero de la que estoy firmemente convencido. Me refiero al complejo que aqueja a todo género de instituciones a la hora de hacer una defensa del legado histórico español en América por culpa de la interpretación demagógica y sesgada que hizo el Régimen de Franco del Descubrimiento y de la Conquista. El franquismo utilizó la historia como instrumento político para catequizar a los españoles en defensa de un sistema totalitario de poder. Los conceptos asociados a la relación de España con América -la Hispanidad, la Raza, el Imperio, los Conquistadores y sus nombres-, terminaron contaminándose de los ingredientes más desdichados de la Dictadura. La gente de mi generación vivimos marcados por los mitos y las leyendas de un imperio imaginario. Los cuarenta años de la dictadura del general Franco sirvieron para resucitar los más viejos tópicos de la apología de la Hispanidad en el sentido más reaccionario al servicio de una concepción de la España anclada en la defensa de los valores ultraconservadores. La huella de aquella anacronía de la España imperial, con sus conmemoraciones de la Hispanidad y de la Raza, han perdurado de tal forma que, aún hoy día, es fácil detectar su huella en multitud de las actitudes acomplejadas de la clase política e institucional.         Aunque, si grave es la contaminación del pasado franquista sobre el presente de nuestras relaciones con América, tanto o más lo son la prevención y los prejuicios con los que algunos historiadores abordan el tiempo de la Conquista, lastrados todavía por la Dictadura. Y, a la inversa, aquella sobreactuación que ejerció el franquismo en sus relaciones con Iberoamérica está dificultando que la revisión histórica de la Conquista transcurra por cauces estrictamente académicos. Es la razón por la que la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento girara en torno a los aspectos más descomprometidos o que, por ejemplo, otras efemérides se estén desarrollando en medio del desinterés o sujetas a un complejo de timidez. Las huellas de este síndrome de retraimiento en relación con América están presentes todavía en muchas de las decisiones que adoptan las Administraciones y las instituciones que se nutren de recursos públicos. Nuestra relación con América, nuestra historia relacionada con el Descubrimiento y la Conquista, son todavía fuente de conflicto entre las fuerzas políticas del arco parlamentario.

        Antes cité a Serge Gruzinski y su opinión sobre las dificultades que España ha tenido para explicar al resto del mundo la importancia de sus vínculos con América latina. Recupero otra de sus reflexiones: “El regionalismo, la división de España en entidades que reivindicaban, cada una, su pasado y su historia, no ha facilitado la asunción desacomplejada de nuestro pasado. También está claro, la herencia de que el franquismo utilizase todo este pasado iberoamericano para construirse ideológica y políticamente es un hándicap…” Excelente diagnóstico que me permite, por otra parte, una última reflexión sobre un asunto de actualidad, aunque ésta se enmarque en la frontera más polémica de la política. La gente de mi generación, tan pronto como recuperamos las libertades después de la larga noche de la Dictadura, nos embarcamos, sin billete de retorno, en una desaforada competición por diferenciarnos unos de otros inventando mitos o falseando la historia. Y no fue lo más grave la contienda para festejar lo diferente, sino que aquella exaltación autonomista nos indujo a posponer lo común, a minusvalorar la historia de este viejo país llamado España. Ahora es cuando lamentamos las consecuencias.

        A aquella hidra le ha nacido una nueva cabeza: los nacionalismos independentistas. ¿Quién se atreve a denunciar los excesos, muchas veces grotescos, de ese espíritu aldeano que enaltece sobremanera lo regional y menoscaba los fundamentos de la historia común de los españoles?  

V.- COMUNICACIÓN E IMAGEN

        Trato, finalmente, la cuestión sobre la que puedo expresarme con más espontaneidad y también con experiencia profesional: ¿cómo abordar en los tiempos actuales el estigma de la LN? Antes de reflexionar sobre esta importante cuestión, es preciso reiterar algunas conclusiones básicas en las que apoyar cualquier proyecto de comunicación e imagen:

  1. El Descubrimiento y la Conquista de América por los españoles es uno de los grandes acontecimientos de la historia de la Humanidad. Con sus luces y sus sombras, difícilmente encontraremos en el pasado un acontecimiento tan transcendental.
  2. Efectivamente, el comportamiento de los conquistadores, especialmente en las primeras fases de la Conquista, no fue ejemplar, como no fueron ejemplares las conductas de cuantos pueblos han protagonizado procesos de conquista y colonización. Ninguno. Por su propia naturaleza, y por desgracia, los procesos de colonización y de expansión de unos pueblos sobre otros, han sido violentos.
  3. En los estudios sobre el Descubrimiento y la Conquista se comete una gran injusticia al minusvalorar o, al menos, no prestar atención a los aspectos en los que el balance es positivo: el mestizaje, la vinculación a las sociedades más avanzadas, la creación de servicios sociales y de cultura, hasta el punto de que, muy probablemente, en ninguno otro proceso de conquista y de colonización se hayan producido efectos tan notables de integración cultural y social entre comunidades desiguales.

 

        Hasta hace poco, la opinión mayoritaria, prácticamente unánime, de quienes se han ocupado de examinar las repercusiones de la LN coincidían en señalar que la causa principal de su difusión y pervivencia ha sido la negligencia de los españoles, porque -en palabras de Henry Kamen- “los españoles no se preocuparon de responder a la incansable propaganda negativa que contra ellos lanzaban sus enemigos”. Kamen culpa a los intelectuales del Siglo de Oro de no haber reaccionado con eficacia a la opinión contraria a España[63]. Es cierto que, en tiempos más recientes, está opinión está siendo matizada ante la evidencia de que algunos referentes de las letras españoles se alzaron contra el odio manifestado en los círculos de poder de Europa.

         Tres ejemplos, ocurridos en tiempos diferentes, acreditan la negligencia de los españoles en combatir la imagen distorsionada de España. Remontándonos a los orígenes de la LN, la mayoría de los historiadores dan por probada la actitud indolente de Felipe II que sorprendió al propio Voltaire, que no llegaba a entender que no se defendiera de las gravísimas acusaciones que contra él se propalaban por las cortes de europeas. Su negativa a explicar o aclarar lo sucedido a su hijo Carlos trajo unas consecuencias desastrosas para España, y son, en gran medida, el origen, al menos en lo que concierne a la imagen de España, de cuanto ahora lamentamos.

        A mediados del siglo XVIII, uno de los historiadores más influyentes en la cultura anglosajona, William Robertson, se hallaba ocupado en redactar y documentar su Historia de América, una de las obras que han tenido más trascendencia en la conformación de la opinión sobre la América Hispana, y se quejaba amargamente de que se le impidiera el acceso al archivo de Simancas. Y advertía el historiador escocés que esta conducta de obscurantismo operaría en contra de los intereses de España. No se equivocó. Ver y callar, una forma de comportarse de larga tradición en nuestra historia.

        Parecida pasividad con la que se comportaba recientemente un presidente del reino de España cuando el independentismo de Cataluña producía un gravísimo quebranto en el extranjero en la imagen democrática de España. Decía el ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, refiriéndose a la pasividad del anterior Gobierno en relación al proceso de independencia catalán: “La batalla frente a la opinión se ha perdido por incomparecencia. Toneladas de propaganda han caído sobre la imagen de España presentándola como un Estado represivo, franquista, lleno de presos políticos, sin libertades cívicas, sin separación de poderes, y del otro lado, silencio”[64]. O como el lamento de Sandrine Morel, la corresponsal en España de “Le Monde”, uno del periódico más influyente de Europa, cuando relata en un libro valiente y comprometido sus esfuerzos y su frustración ante la actitud pasiva de la Moncloa en facilitarle información en relación al problema catalán en contraposición a la plena disponibilidad de los servicios de prensa de la Generalitat.

        Cada vez que se representa el drama lirico de Giuseppe Verdi, don Carlo, sobre el texto de Friederich Schiller, se está abonando la LN. Cada vez que cualquier melómano se emociona ante la fuerza y la belleza del libreto de Goethe con el que Beethoven inmortalizó el drama del conde Egmont, se perpetúa una ficción que forma parte del patrimonio musical de Occidente. La victima de estas dos obras cumbres de la lírica mundial es el mismo: el rey Felipe II, convertido por obra y gracia de la ficción en un rey perverso, criminal, tirano, sádico, al que ni siquiera la obra de dos de los más acreditados hispanistas, Geoffrey Parker y Joseph Pérez, han logrado rescatar del mundo de la ficción en el que le habían colocado otros dos grandes genios de la literatura universal, Schiller y Goethe, por cierto, ambos luteranos, con la complicidad de otras dos figuras egregias de la cultura universal: Verdi y Beethoven ¡Qué mala suerte la de España, creadora de grandes personajes de ficción: la Celestina, el Lazarillo, don Juan, don Quijote y de este otro, Felipe II, convertido en personaje monstruoso por obra y gracia de sendas ficciones liricas! Algún día habrá que recapitular los estragos causados a la historia verdadera por los fabuladores de narraciones ficticias apoyadas en pretendidas historias verdaderas.

        Pero las grandes construcciones intelectuales que han servido a lo largo de los siglos para perpetuar la sombra de la LN no son solo asuntos del pasado. Aún hoy día se continúan abonando y actualizando sus aspectos más perversos. Por ejemplo, la ya citada serie financiada y emitida por el ex monopolio de telecomunicaciones español, Telefónica, en la que se maltrata y se ofende la memoria de España en América. ¿Recuerdan ustedes si algún historiador se sorprendió ante este descrédito del hecho más relevante protagonizado por España en su historia? ¿Alguna administración pública, alguna Universidad, algún organismo de tantos como existen protestó ante esta ocurrencia perpetrada por Movistar?  ¿Alguno de ustedes saben cuál es el enfoque y la garantía académica de la serie que va a producir Amazon, dirigida por Steven Spielberg, sobre Hernán Cortés, interpretado el personaje por el oscarizado Javier Bardem, o la que en México están rodando tres importantes productoras y la posibilidad de que en ella intervenga en el papel de La Malinche la también oscarizada Yalitza Aparicio, la protagonista de Roma? ¿Han visto ustedes el Sueño de la Malinche, un ambicioso proyecto de Gonzalo Suárez, destinado a exhibirse en museos y en centros educativos? Reconozco la importancia que para el futuro de la reputación del legado español en América tienen los estudios académicos y bibliográficos de la Conquista, pero mucha mayor trascendencia tiene y tendrá lo que acontece en el mundo audiovisual, el cine y las series de televisión. Desde hace dos meses, al menos, el centenario de la llegada de Hernán Cortés a México abarrota las páginas de los periódicos de gran parte del mundo, de las publicaciones serias y de otros medios absolutamente irresponsables, por no hablar de cuanto circula por las redes sociales. ¿Alguien podría decirnos en qué sentido está evolucionando, a tenor de lo que se viene publicitando, la reputación de uno de los españoles de mayor trascendencia histórica?

        Este congreso, la multitud de estudios académicos que actualizan y complementan la historia de España en América, son imprescindibles y meritorios, pero no olvidemos que la opinión pública, y sobre todo la opinión política, se conforma en mucha mayor medida por lo que se transmite a través de los medios de masas. ¿Quiénes tienen responsabilidad, por acción o por omisión, si en esos eventos culturales extraordinarios y masivos que se programan, se perpetra alguna nueva injusticia contra la memoria de uno de los grandes personajes de la historia extremeña? ¿Quién nos defiende contra la mentira y la manipulación histórica?

        Los ejemplos que podría invocar para demostrar cómo los efectos de la LN perduran, crecen e incluso se multiplican, son infinitos. Desde la desconsideración hacia la imagen de los Conquistadores, la supresión de sus efigies, las soflamas, el adoctrinamiento en las escuelas, la publicación de obras ideológicas bajo capa de académicas, las afrentas que sufren las instituciones españolas ante organismos internacionales, hasta la demagogia y los oportunismos populistas de un sector de la representación política española, muy minoritario, por cierto, que favorece los aspectos más tenebrosos de la leyenda…

        En definitiva, ¿cómo enfrentarnos en los tiempos presentes al tema de la LN? ¿Dar por hecho que el problema no tiene solución, estando como está tan arraigada la cultura en que se basa la Leyenda? ¿Es posible establecer una nueva dinámica con el objetivo final de instaurar una nueva “verdad” histórica sobre la presencia española en América? ¿Cómo hacerlo? ¿Quién debe hacerlo?

        Yo me imagino un escenario utópico en el que se hiciera el encargo a un equipo multidisciplinar de limpiar las huellas que la LN ha dejado en el imaginario universal. Cuando hablo de utopía me refiero exclusivamente a la dificultad de establecer un consenso institucional para articular un proceso de puesta en valor del legado español en América y de depuración de todo aquello que no tenga sustento documental. Porque, en definitiva, combatir la LN no es solo tarea de los historiadores. Por supuesto que cualquier estrategia, cualquier diseño de comunicación en torno a esta materia, ha de estar basada sólidamente en la verdad histórica. Pero se necesita además voluntad institucional firme y constante para rebatir cualquier foco que propale la falsedad del mito antiespañol.

        Es claro que promover y diseñar un nuevo modelo de relación con Iberoamérica es una tarea que rebasa la función académica y divulgadora de los historiadores. No debiéramos olvidar que España tiene en la actualidad una serie de organismos, alguno de ellos con generosa dotación de recursos, cuya única finalidad es la de cuidar y promover la imagen de España de forma directa o inducida. Me refiero, en concreto, al Real Instituto Elcano, la antigua Marca España y actualmente “España Global” con rango de Secretaría de Estado, (por cierto gestionada por quien ha sido la amanuense del presidente del Gobierno de España en la publicación de una obra autobiográfica), la propia Secretará General Iberoamericana, la Escuela de Estudios Hispanoamericanos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas con sede en Sevilla, la SEGIB, el Instituto Cervantes, la propia Real Academia Española, la organización de los Premios de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes y su inteligente rotación de premios anuales. ¿Tan difícil es articular una política institucional de Estado que coordine la acción de todos estos organismos de cara a establecer programas y proyectos que promuevan la imagen de España?

        ¿Qué hacer? En primer lugar, perder el miedo a la verdad histórica: fomentar la investigación solvente y científica sobre todos los aspectos que conforman la presencia española en América. Pues claro que muchos españoles, demasiados españoles, cometieron atropellos y vejaciones contra la población indígena. Y precisamente de ello se deriva una mayor responsabilidad de España para mantener y actualizar su vinculación con América. Soy optimista: tengo la certeza de que las investigaciones más rigurosas terminarán por equilibrar en el futuro la balanza del juicio histórico sobre el papel de España. No me corresponde a mí aconsejar a los profesionales de la historia los métodos de análisis, pero parece cierto que la verdadera interpretación de la historia no se hace analizando o valorando hechos aislados, sino mediante análisis integrados de los antecedentes, contextos y consecuencias.

        Y en lo que concierne a nuestra relación con América ha llegado la hora de enfrentarse al pasado sin pasión, sin determinismos y sin prejuicios. Habría que diseñar un sistema de relación académica con todos los centros especializados en la Historia de América, allá donde se encuentren, comenzando por asumir la visión que sobre el Descubrimiento y la Conquista hacen los propios americanos. No podemos repensar la historia de América sin contar, en primerísimo lugar, con las aportaciones e interpretaciones que hacen los Departamentos de Historia de las Universidades de Iberoamérica, las Academias, las Fundaciones, los Institutos de Estudios Históricos, fomentando encuentros, congresos y foros en los que se aborde de forma académica la presencia de España.

        Cuando he tratado de documentar esta intervención me he encontrado sorprendido de la profusión y por la honradez intelectual de los estudios que en Méjico se vienen realizando sobre la Conquista. Y de alguna forma he llegado a la conclusión de que España se está quedando atrás en la investigación científica del Descubrimiento y de la Colonización frente al auge que dichos estudios están teniendo en otras universidades de la América hispana y de Estados Unidos. Es necesario, pues, fomentar la investigación académica. Habría que dotar muy generosamente los Departamentos de Historia de América de las Universidades españolas, coordinar sus líneas de investigación, potenciar la Escuela de Estudios Hispanoamericanos del Consejo Superior, conectarlas con las Universidades y con los Centros de Estudios Americanistas de Iberoamérica y de Estados Unidos, fomentar la presencia de los investigadores españoles con los centros europeos de larga trayectoria en los estudios americanos. Es imprescindible que emerjan nuevas generaciones de americanistas y que puedan tener expectativas favorables para sus carreras profesionales.

        Tendríamos que esforzarnos de dotar de contenido, de argumentario, de análisis integrados de lo que significó la aportación de España al continente americano. En los estudios actuales se da infinitamente más importancia a lo que supuestamente los españoles destruyeron que a lo que erigieron y construyeron. Reparen en los contenidos de la mayoría de los tratados que abordan la Conquista y el Descubrimiento y comprobarán cómo el esfuerzo para rebatir las acusaciones supera con creces al relato en el que se reconoce el legado español.  Los españoles llevaron, en palabras del historiador mejicano Luis Maldonado, “el poso cultural de Egipto y Mesopotamia, el esplendor de la antigua Grecia, del pensamiento filosófico y científico del siglo de Oro de Pericles, la concepción del imperio romano…; es la España del siglo XVI, que supo conjugar la sabiduría helénica, el genio latino, las concepciones medievales, la riqueza de los árabes y el espíritu renacentista[65]. No fue solo el encuentro de dos mundos, fue el encuentro de todo el acervo intelectual y cultural de las civilizaciones indoeuropeas con los pueblos precolombinos.

        Al mismo tiempo hay que reconocer que en el mundo institucional y político están cambiando algunas cosas. Antes preguntaba que quién cuida de la imagen de España. Sin duda, el Estado, el Gobierno de la Nación, y la sociedad en general. Por eso es tan estimable que el Gobierno, bien es cierto que unas horas más tarde de que el presidente Pedro Sánchez anunciara la disolución de la Legislatura, hiciera público la constitución de una “célula de acción reputacional” y una red de enlaces formada por 250 diplomáticos para detectar y anticipar riesgos y oportunidades para la reputación de España en el mundo, y poder responder con inmediatez a las denuncias que se formulen.[66] La información añadía que ese grupo de alerta reputacional estaría regido por cinco personas pertenecientes a la Secretaria de Estado de la España Global del Ministerio de Exteriores. Tres temas figuran entre los prioritarios en la agenda: el V Centenario de la Circunvalación de la Tierra por Magallanes y Elcano, la situación de Cataluña y la Expo de Dubái de 2020. Nada se dice, sin embargo, del centenario de la llegada de Hernán Cortés a México. Estamos donde estábamos, presos del complejo. «Es que allí ese tema es complicado», contestó el ministro de Cultura del reino de España [67] a la pregunta de un periodista sorprendido de que en la agenda de la Acción Cultural de España en el Exterior no figurara el aniversario de Cortés. “Se hará algo, no lo dude”, dijo en el mismo acto el ministro Josep Borrell. Me refiero, como ustedes habrán comprendido, a la rueda de prensa convocada en el Instituto Cervantes para anunciar la Acción Cultural Exterior de España en 2019. De no haber sido por la pregunta impertinente del periodista, den por seguro que la España del común no se habría enterado de la omisión premeditada del Gobierno de soslayar “el tema complicado”. Esa frase y el “se hará algo” reflejan mejor que una tesis doctoral el núcleo de la cuestión: la resignación ante un hecho que hemos de soportar estoicamente, una especie de carga que la historia nos ha impuesto a los españoles como los dioses griegos lo hicieron con aquel joven titan al que Zeus condenó a cargar sobre sus hombros el fardo del universo. Estas son las recomendaciones de quienes gestionan la imagen de España en relación con uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la civilización: “no caer en la ansiedad patriótica”, el “tema es complicado”, “haremos algo”.

        Algo estamos haciendo, evidentemente, cuando hoy ustedes están a punto de finalizar un Congreso de expertos ocupados en actualizar las investigaciones sobre Hernán Cortés. Han conseguido que su nombre y el legado de España en América estén teniendo presencia generosa en los medios de comunicación.

        Algo está sucediendo además, cuando la presión ciudadana ha llevado al Congreso de los Diputados la preocupación por la pasividad de los Gobiernos ante los ataques que la reputación de la Nación estaba sufriendo en gran parte del mundo. En poco más de un año se han registrado más debates parlamentarios sobre el hecho de la Conquista y de la Colonización que en varias Legislaturas anteriores. Es una cuestión bien interesante que está necesitando una investigación a fondo sobre la repercusión en los debates parlamentarios de nuestra historia americana. Comprobaríamos la pasividad, la resignación o la ignorancia de los Gobiernos y de los representantes de los ciudadanos ante la pervivencia de la LN en la cultura de Occidente. En los últimos doce meses se han registrado cuatro debates en el Congreso de los Diputados que, al menos, han servido para que los estados mayores de los partidos políticos fijen posición sobre este tema. En marzo del pasado año, una proposición no de ley del Grupo Popular sobre el fortalecimiento de la cultura y de la Historia de España en Estados Unidos[68]; en abril de 2018, el Congreso aprobó por unanimidad una proposición no de ley presentada por el Grupo Popular[69] sobre esta misma cuestión; en octubre de ese mismo año, el Gobierno respondió a una pregunta por escrito presentada por el diputado de Ciudadanos Fernando Maura Barandiarán[70] en torno a los sucesos vandálicos ocurridos en Estados Unidos contra algunos símbolos de la presencia española y, en febrero de 2019, se presentó una proposición no de ley del Grupo de Ciudadanos sobre la conmemoración del V centenario de la llegada de Hernán Cortés a México[71].

        No es poca cosecha para tantos años de sequía extrema en la consideración parlamentaria de nuestra historia americana. Fijémonos en el último de los sucesos parlamentarios referidos: la discusión sobre el aniversario de Cortés en la Comisión de Cultura y Deportes. Puntualicemos que se trata de una iniciativa sin valor legislativo inmediato. No se aprobó por unanimidad: 26 votos a favor, 9 en contra. El texto de la moción presentada por Ciudadanos, desde el punto de vista histórico, es irreprochable, aunque desde el ámbito político/institucional introduce uno de los elementos más debatidos al considerar, no sin razón, que LN, “erosiona el prestigio internacional de España y es utilizada por quienes hoy quieren romper nuestro país[72]. Recordarán que el portavoz de Podemos justificó los votos en contra en la opinión de que la propuesta respondía a “una política jurásica en materia de memoria cultural e histórica

        Ni la proposición no de ley, ni las respuestas del Gobierno, pueden tranquilizarnos. No dejan de ser hechos de cortesía y de burocracia parlamentaria que no tienen mayor significación si no van acompañadas de un programa de actuación y de las correspondientes dotaciones presupuestarias. Una prueba contundente del desinterés del Gobierno es que, poco más tarde, los representantes del Gobierno ilustraran a la ciudadanía con aquellas frases que hemos comentado: el “tema es complicado”, “haremos algo”. A resultas de aquella respuesta, el diario ABC de Madrid formuló una serie de preguntas a historiadores de prestigio de una y otra orilla del Atlántico. Se les interrogaba sobre si era pertinente conmemorar, y en qué sentido hacerlo, la efeméride del arribo de Hernán Cortés a Méjico. Recojo la opinión autorizada de uno de los más importantes historiadores de América, del ecuatoriano Jorge Cañizares Esguerra, catedrático en la Universidad de Texas, cuando dice que “la retórica de la celebración es tan pecaminosa como la del olvido. Celebrar el colapso demográfico y político y cultural de un continente no tiene sentido. Entender el origen de la «modernidad» sí. Lo que la circunnavegación de Magallanes/Elcano y la conquista de Cortés generan es un proceso americano-continental y transoceánico (atlántico y pacifico) que transformará el mundo, para bien o para mal. El uso de estos episodios para denigrar o para celebrar no han hecho nada más que ofuscar” [73]. 

        En definitiva, no existe voluntad política consolidada de combatir desde el Estado los ataques que se producen contra la presencia de España en América suministrando información y documentación solvente tantas cuantas veces se conculque. No existe un centro de estrategia que coordine y evalúe las políticas que favorezcan la imagen de España, salvo esa célula reputacional recién creada, y en riesgo de reconsideración tan pronto como se constituya el nuevo Gobierno.  La dispersión de competencias, la ineficiente gestión que se hace desde los organismos públicos, confirman el hecho de que España no se ha liberado aún de su complejo respecto a América.

En resumen, cualquier política institucional debiera pasar por:

VI.- EXTREMADURA Y LA CONQUISTA

        Me refiero, por último, a un tema más doméstico, pero que a buen seguro interesará a gran parte de los aquí presentes: la relación de Extremadura con la Conquista. Si en el anterior capítulo decía que el descubrimiento y la conquista de América por los españoles es uno de los grandes acontecimientos de la historia de la Humanidad, reitero ahora que este hecho excepcional, relacionado con Extremadura, eleva esta consideración al límite máximo hasta el punto de estimar que, sin la referencia a América y a los extremeños que en ella participaron, la historia de esta tierra, en todos sus aspectos, sería muy distinta, y probablemente, desde el punto de vista histórico, insignificante, más allá de haber sido, durante siglos, tierra de reparto y de asiento de la Nobleza castellana.

        La participación de extremeños en la Conquista y en la Colonización es nuestra principal referencia histórica, si es que no es la única. Díganme si no, ¿qué otra característica nos particulariza? Y cuando hacemos recuento de celebridades o de personajes notables a lo largo de la Historia, ¿qué nombres aparecen que no sean, y probablemente por este orden, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Núñez de Balboa, Hernando de Soto, Pedro de Valdivia, Francisco de Orellana y Pedro de Alvarado. Y junto a ellos, añadiríamos diez, quince, veinte hombres excepcionales que fundaron naciones, ciudades, crearon universidades, hospitales, catedrales, escuelas, escritores, músicos, artesanos, hombres y mujeres anónimos que protagonizaron uno de los hechos más relevantes de la historia. Y no quiero olvidarme de Cieza de León, un ejemplo destacado de los cronistas más autorizados.[74] 

         Y como voy a hablar de la desidia con la que esta región ha tratado a sus personajes más celebrados, es obligado recordar, como prólogo a esta efeméride del V Centenario de la llegada de Hernán Cortés a Méjico, la exposición internacional que, bajo el título “Itinerario de Hernán Cortés”, se celebró en Madrid en 2014. La exposición, comisariada por los profesores Martín Almagro Gorbea y Cristina Esteras, incluía unas 400 obras, entre las que destacaron las piezas aztecas procedentes del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México y de otros 46 centros como la Real Academia de la Historia de España, el Museo del Prado, el de San Fernando, Patrimonio Nacional o la Catedral de Sevilla. Se celebró sin representación de Extremadura. Ni una sola autoridad del Estado ni de la Comunidad Autónoma extremeña asistió al acto de inauguración o de clausura, y tengo dudas que lo hicieran en el anonimato y, si lo hicieron, sería la prueba definitiva del enorme complejo que nos aqueja a los extremeños respecto a nuestra historia.

        Con anterioridad me he referido al tratamiento que en el Congreso de los Diputados se ha hecho en relación con nuestro pasado y presente en América. Con tanta o mayor razón habría que reflexionar en el parlamento regional sobre el modo como Extremadura cuida y valora su legado histórico. Nos llevaríamos algunas sorpresas. El debate sobre la participación de los organismos públicos extremeños en la conmemoración del V Centenario de la llegada de Cortés a Méjico, celebrado el 7 de febrero pasado, duró no más de cinco minutos, los necesarios para que un portavoz de la oposición preguntara a la consejera por el olvido del ministerio de Cultura de la efeméride, y ésta señalara con evidente razón lo extemporáneo de la pregunta porque acontecimientos como el señalado requerían al menos dos años de preparación. Cosa que evidentemente no ocurrió cuando el Partido Popular gobernaba la nación. Sirvió también para que la consejera acuñara esa frase de “ansiedades patrióticas” referida al entusiasmo con el que la portavoz de la oposición se expresaba en relación con la presencia extremeña en la Conquista. En todo caso, la consejera había inventado una frase, “ansiedades patrióticas”, que al día siguiente campeó en los titulares de la prensa nacional[75].

        El relato sobre la historia de las relaciones de Extremadura con Iberoamérica es breve y relativamente reciente, y ha fluctuado entre la inexistencia y el “discurso imperialista” que comenzó a finales del siglo XIX cuando los primeros movimientos regionalistas no encontraron otro asidero diferente para fundamentar la identidad “extremeñista” que el papel que sus antepasados jugaron durante la Conquista. Con anterioridad, apenas si existe bibliografía más allá de las referencias biográficas de los conquistadores y de los descubridores nacidos en Extremadura y circunscritas a sus localidades de origen.         Es el caso de las conmemoraciones de los centenarios hagiográficos del nacimiento o muerte de cada uno de ellos, muy particularmente, en 1921, del IV Centenario de la Conquista de Méjico; en 1947, de los cuatrocientos años de la muerte de Hernán Cortés y, sobre todo, en 1985, del V centenario de su nacimiento que dio lugar a un Congreso importante y bien nutrido de expertos y autoridades, celebrado en Guadalupe, Cáceres y Medellín. Y no olvido la conmemoración del nacimiento de Orellana en 2011 y muy particularmente los actos conmemorativos del Descubrimiento del “Mar del Sur” por Núñez de Balboa en 2013.  Reitero, son solo, salvo la de Hernán Cortés en 1985 y las de Núñez de Balboa en 2013, evocaciones y reconocimientos localistas que apenas han servido para conformar una actitud regional sobre América.

        Fue con ocasión de la conmemoración del IV Centenario del Descubrimiento, en el siglo XIX, cuando algunas minorías ilustradas extremeñas y muy particularmente un extremeño residente en Madrid, Vicente Barrantes, lograron aglutinar en torno a la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz la iniciativa de una Exposición Regional Extremeña que serviría para despertar, por una parte, los vínculos con Iberoamérica y, por otra, estimular un afán regeneracionista que librara a Extremadura de la situación de decadencia y de abandono en la que estaba sumida. Para el balance de aquella meritoria iniciativa y del despertar de la vocación americana de Extremadura, en el periodo comprendido entre la celebración del IV y el V Centenario, me remito al trabajo del profesor Juan Sánchez Gonzalez de la UEX[76]. De aquella fecha data el “discurso imperialista” sobre la relación de Extremadura y América y el culto casi litúrgico a los Conquistadores, potenciado casi hasta el paroxismo durante la dictadura del general Franco. Aquella evocación acrítica y romántica cosechó abundantes frutos literarios y bibliográficos que tuvieron tal vez sus más enardecidos defensores en las figuras de José López Prudencio y Pedro de Lorenzo, y culminó con éxito con una ficción del navarro Rafael Garcia Serrano titulada “Cuando los dioses nacían en Extremadura”.

        La tendencia apologética se quiebra en los primeros años de la Transición Política, y muy especialmente cuando el Estado y las Administraciones Públicas se ven obligadas a conmemorar el V Centenario del Descubrimiento. Acabábamos de dejar atrás la cultura de la Dictadura y había que hacer frente, con evidente incomodidad, a los festejos del Centenario en un mundo intelectual dominado por las secuelas de la LN. Era necesario reinterpretar la historia de la Conquista y actualizar las relaciones de España con América. No fue fácil realizar esta tarea, pero habrá que destacar la inteligente gestión realizada desde el Programa “Extremadura Enclave 92” que, desde 1987, ejecutó una ingente tarea que desembocó en la celebración de cerca de un centenar de congresos, encuentros, simposios directamente o indirectamente relacionados con América, la publicación de un centenar de libros o monografías, proyectos de investigación, campañas de comunicación, exposiciones, etc. Sin duda, un esfuerzo extraordinario que se interrumpió bruscamente y que, por desgracia, no tuvo continuación. ¿Por qué extraña razón se puso fin a la etapa más fecunda de reforzamiento de las relaciones con Iberoamérica? Han pasado muchos años de desidia e ineficacia, pero es de justicia reseñar el esfuerzo realizado por la Administración Extremeña de aquellos años que echó sobre sus hombros la imposible tarea de enterrar el discurso imperialista del pasado tratando de reorientarlo hacia una vertiente de solidaridad y cooperación, sin renunciar al legado histórico de la Conquista.

        De aquellos tiempos procede, uno de los conceptos que en buena medida ha servido para definir una nueva forma de relacionarse con América. Me refiero a la frase “bajar a los Conquistadores de los caballos”, una metáfora que representa la orientación política y administrativa emprendida por la oficiosidad política extremeña. La invención de la metáfora corresponde al catedrático ya citado, Tomás Calvo Buezas, hispanista notable, que encabezó con esta frase una entrevista en un diario regional, hace 40 años, y cuya cita completa y textual es la siguiente: “Tenemos que buscar símbolos que nos hagan sentirnos hermanos a los americanos y a los españoles y opino que el símbolo del conquistador es el menos apropiado. Para ello, el conquistador es una figura a caballo que indica poder (…) Hay que buscar otros símbolos: la lengua, la religión, etc. Hay que bajar a los conquistadores del caballo, convertir sus espadas en arado y ponerlos a hacer lo que realmente hicieron: arar la tierra y crear una nueva agricultura, porque los extremeños fueron también a arar la tierra y enseñar otros sistemas de vida.[77]

        Pues bien, desde la confrontación de estas dos proclamas – “los dioses nacían en Extremadura” y “bajar a los Conquistadores de los caballos”- ha transcurrido toda una generación que pasará a la historia como la de la desidia y la inacción en relación con América. Desde aquel resurgir del “Enclave 92” hasta el día de hoy, todo un páramo, todo un desierto, con muy pocas excepciones, con muy escasos recursos en los años en que más pródigamente se vertieron sobre Extremadura riadas de dineros públicos. Durante los últimos 20 años, Extremadura ha vivido patológicamente acomplejada, avergonzada de su pasado y de aquellos extremeños que protagonizaron acontecimientos absolutamente extraordinarios. Todavía hoy nos preguntamos qué sucedió para que aquel comienzo esperanzador se quebrara. Ni las Administraciones Públicas, ni la Universidad, ni la sociedad civil extremeña están correspondiendo a su impresionante legado americanista.

        La historia de Extremadura, sin su referencia a la Conquista y al Descubrimiento, es insignificante, y nada ni nadie podrá justificar la desatención con la que la sociedad extremeña, la civil y la institucional, trata su pasado americanista.  

         Hace un año aproximadamente, el presidente de la Academia Nacional de Historia de la UNAM, Luis Maldonado Venegas, se preguntaba en Trujillo “cómo evadir la referencia al hecho manifiesto de que fueron naturales de esta región de Extremadura, los precursores  de la expansión del Imperio español, en los más apartados ámbitos del Nuevo Continente: Hernán Cortés en el México antiguo: Pedro de Alvarado en Guatemala y Centro América; Francisco Pizarro en el Perú Incaico; Pedro de Valdivia en Santiago de Nueva Extremadura Chile; Vasco Núñez de Balboa descubridor del Océano pacífico; Francisco de Orellana del río Amazonas y Alonso de Mendoza conquistador y fundador de la Paz en Bolivia”. Pues, efectivamente, Extremadura ha evadido su responsabilidad histórica con América, al menos la obligación que le impone su propio Estatuto de Autonomía. En él se establece que “…(los poderes públicos regionales) fomentarán las relaciones de cualquier naturaleza con los pueblos e instituciones de la comunidad iberoamericana de naciones[78]. En lo que concierne a la Universidad, el decreto de su constitución justifica su creación “en relación con las necesidades sentidas en la región de Extremadura de tanta significación y trascendencia en el nacimiento de los pueblos de la comunidad hispana[79]. Y, además, en el Estatuto de la Real Academia de las Letras y las Artes de Extremadura se especifica que en el “desarrollo de sus actividades prestará singular atención a Hispanoamérica por su estrecha vinculación con nuestra historia[80] Hasta tal punto América está anclada en el ideario de esta Academia, que quien fuera director de la misma y español eminente, Antonio Hernández Gil, escribió en su discurso de investidura este pensamiento: “Esta Academia se propone ser una nueva ruta de Extremadura hacia América”[81]¿Están cumpliendo la Administración extremeña, la Universidad, la Real Academia, sus fines estatutarios? No, rotundamente no.

        Comencemos por señalar que en las escuelas extremeñas no existe ninguna previsión académica específica sobre la vinculación y el protagonismo de nuestra región con América. En el decreto de Contenidos y de Criterios de Evaluación[82], en los cursos en que se estudia la disciplina de Historia, 2º de Eso y 2º de Bachillerato, la conquista y colonización de América, y por lo tanto el papel de Extremadura en aquellos acontecimientos, no tienen ninguna significación. Los jóvenes y los niños extremeños terminarán la etapa de escolarización obligatoria sin el conocimiento y el aprecio de la contribución de sus antepasados a uno de los grandes acontecimientos históricos, salvo que los profesores de forma espontánea lo remedien.

        No merece la pena insistir en cómo la Administración extremeña ha incumplido su obligación estatutaria de fomentarán las relaciones de cualquier naturaleza con los pueblos e instituciones de la comunidad iberoamericana de naciones. Ojalá la relación de Extremadura con América hubiera tenido los mismos gestores y la misma ambición y la misma eficacia que ha tenido la relación con Europa a través de la Fundación Academia Europea de Yuste.

        Tanto o más sorprendente es el desinterés de la Universidad Extremeña respecto a Iberoamérica. Y lo manifiesto con el respecto debido a las personas y salvando algunos programas concretos de actuación. Pero la falta de investigación y de producción del llamado Departamento de Historia de América, sin apenas recursos, es clamorosa. Hagan ustedes la prueba. Tecleen en su pantalla: “Departamento de Historia de la UEX”. Reparen y contabilicen el catálogo de sus publicaciones o hagan memoria de las contribuciones académicas de la Universidad de Extremadura a la reciente historia de la Conquista y el Descubrimiento. ¡Pero si el logotipo de la Universidad de Extremadura no figura siquiera entre las entidades organizadoras o colaboradoras de este Congreso Internacional sobre Hernán Cortés!

        Como contraste, reparen en la tarea realizada por las diferentes organizaciones agrupadas en la Federación “Extremadura Histórica” o en los servicios de publicaciones de la Diputación provincial de Badajoz. Desde el año 2000, se han celebrado por parte de las Asociaciones que hoy integran la Federación 89 jornadas, en las que han participado 549 investigadores distintos, y han producido 1.415 artículos, muchos de los cuales aluden a la historia americana. Además, se han aportado datos biográficos inéditos de 247 personajes extremeños. Y es obligado que me refiera y elogie la labor realizada en Trujillo por la “Asociación Cultural Coloquios Históricos de Extremadura” que celebra sus congresos desde 1971, a punto de cumplir el medio siglo. Y es esta también la oportunidad de reseñar la extraordinaria tarea de divulgación e investigación llevada a cabo por la revista de “Estudios Extremeños” editada por la Diputación Provincial de Badajoz, que va camino del centenario y constituye, a día de hoy, la mejor base de datos de investigación extremeña en el área de humanidades e historia.

        Pero no es la hora de lamentar, sino de reflexionar y de construir. Den por reproducidas las sugerencias que hice en el capítulo anterior y muy particularmente en lo referente a la necesidad de coordinar todas las acciones encaminadas a revitalizar la relación con América. Pero el problema de la relación de Extremadura con su legado histórico tiene una decalaje mayor y más profundo.  Tendríamos que sugerir un psicoanálisis colectivo para que aflore, en unos, una especie de complejo intelectual provocado por la falta de asimilación de su herencia histórica, y en otros, la huella de la liturgia imperialista de tiempos recientes.

        La izquierda extremeña no se atreve a manifestar su rechazo a la Conquista y enmascara su complejo en demagogias de tipo social. La derecha extremeña es rehén todavía de la literatura apologética. Uno de los escritores que gozan del mayor prestigio social en nuestra Comunidad, José Ramón Alonso de la Torre, escribía hace unos días en el diario de mayor circulación lo siguiente: En Extremadura tenemos el síndrome del conquistador malvado. Es una patología social que aqueja, sobre todo, a quienes podríamos catalogar como progresistas y consiste en asociar la conquista de América únicamente con el genocidio, el expolio y la destrucción. Esa visión de la conquista se extendería a sus protagonistas, los conquistadores, personajes detestables de quienes nos avergonzamos, y vendría impuesta por la leyenda negra urdida en Inglaterra y Holanda, por el rechazo a la utilización que el franquismo hizo de la conquista y por la eclosión del 'Procés' catalán, que nos lleva a tener mucho cuidado para no ser acusados de irredentos nacionalistas españoles franquistas[83]

        Soy un firme defensor de la sociedad civil y de la responsabilidad que nos incumbe a los ciudadanos en la gestión y solución de los problemas. Esta es la razón por la que me atrevo a sugerir que debiéramos provocar una larga y profunda reflexión sobre cómo resituar la relación de Extremadura con América con el objetivo de liderar el pensamiento histórico y reforzar los vínculos señalando objetivos y prioridades. ¿Por qué no esforzarse en construir una especie de consenso, de pacto, entre las fuerzas parlamentarias mayoritarias para dar valor y actualidad al legado extremeño en América? Deleguen las instituciones la elaboración de las bases de ese consenso en personalidades de prestigio intelectual y de autoridad moral, y verán cómo es relativamente fácil llegar a acuerdos que vigoricen la relación de Extremadura con América.

        Cualquier concreción que se nos ocurra pasa por dotar a la Universidad de Extremadura de recursos suficientes para convertirla en referente en el mundo de los estudios iberoamericanos. Se precisa coordinar, desde un órgano eficiente, todas las iniciativas que concurren en el legado de Extremadura respecto a América en todos los órdenes. Una coordinación que debiera llevar implícita la obligación de rendir cuentas cada año ante la asamblea de Extremadura y ante la sociedad civil.

        Uno de los candidatos a la alcaldía de Madrid lleva un su programa la iniciativa de crear un órgano de coordinación de acciones tendentes a convertir la capital del Estado en referencia principal de Iberoamérica en lo cultural, comercial, turístico, económico, empresarial, social. Diferente a lo que ocurre actualmente en Extremadura. Hagan la prueba y traten de encontrar en los programas electorales de los partidos políticos que concurren a las elecciones autonómicas del próximo 26 de mayo algún rastro de iniciativa en relación con América. Busquen alguna referencia, de cualquier tipo, en los programas de investidura de los últimos presidentes del gobierno regional. No les extrañará, pues, que, cuando una diputada de un grupo minoritario pregunte en sede parlamentaria por los proyectos de la Junta de Extremadura en relación con el V centenario de la llegada de Hernán Cortes a México, la representante de la Administración se limite a decir que ayudan a financiar este Congreso, surgido de la iniciativa de una asociación local y de una agrupación de asociaciones culturales.

        Y después de este Congreso, ¿qué? ¿Regresarán las instituciones, la Junta, la Universidad, al estado de desinterés, de apatía, de complejo en el que han permanecido durante el último cuarto de siglo?  O ¿acaso este Congreso servirá para llevar a la conciencia de las instituciones extremeñas la necesidad de poner fin al abandono, a la negligencia con la que los extremeños, con algunas meritorias excepciones, se enfrentan a su única peculiaridad histórica?

        No encuentro mejor conclusión para mis reflexiones sobre la “Leyenda negra y su influencia en la imagen actual de España, con especial referencia a Extremadura” que la aspiración del presidente de la Academia Nacional de Historia y Geografía de la Universidad Autónoma de Méjico en el acto de firma de un convenio de colaboración entre la institución que preside y la Real Academia de Extremadura: “El compromiso que hoy hemos suscrito -decía el profesor Maldonado Venegas- tiene el ánimo de tomar como ocasión propicia  el Quinto centenario de la conquista de México, como un espacio profundo de revisión, análisis, replanteamiento y reconciliación con uno de los capítulos fundacionales de la identidad mexicana; pero hago énfasis en el hecho , de que este pasaje también contribuyó a forjar la identidad española ”[84]

        Mis queridos amigos de la Asociación Metellinense y de la Federación Extremadura Histórica: Gracias por habernos dado la oportunidad de reconciliarnos, como nos pedía el profesor Maldonado Venegas, con quien es el personaje más importante de la Historia de Extremadura, Hernán Cortés y uno de los más notables de la historia de España. No me costaría trabajo hacer un catálogo de opiniones de aquellas personalidades que a lo largo de los tiempos han considerado a su ilustre paisano como uno de los personajes más sobresalientes de la historia. En su homenaje traigo aquella premonición del Nobel mejicano Octavio Paz en el sentido de que “apenas Cortés deje de ser un mito ahistórico y se convierta en lo que es realmente –un personaje histórico–, los mexicanos podrán verse a sí mismos con una mirada más clara, generosa y serena”[85].

        Ojalá tengamos suerte. Ojalá, la intuición del Nobel Octavio Paz, superados ya los tiempos de confrontación, se cumpla y haya llegado el momento de considerar a Cortés con mirada clara, serena y generosa.

        Ojalá, me atrevo a añadir, Extremadura destierre, de una vez por todas, su maldito complejo de inferioridad y ojalá España tenga el coraje de defender el legado más importante de su historia.

                                                                                        Madrid, 17.03.19


[1] Declaración en un desayuno de trabajo celebrado en Madrid el 13 de febrero de 2019

[2] Marías, Julián. España Inteligible. Razón histórica de las Españas. Alianza Editorial.

[3] Alvarez Junco José. Diario El País, 27.01,19

[4] Diario El País, 20 octubre 2018

[5] Domínguez Ortiz, Antonio. España: tres milenios de Historia. Marcial Pons. 2005 pág. 206

[6] Maldonado Venegas, Luis. Conferencia pronunciada en Trujillo el 19 de mayo de 2018 en un acto organizado por la Real Academia de Extremadura.

[7] Sobre el papel de los historiadores en el estudio de la Leyenda Negra, ver el capítulo I de La Leyenda Negra: la batalla sobre la imagen de España de Antonio Sánchez Jimenez. Catedra. 2016. Pág. 8 y ss.

[8] Elliott H. John. El viejo mundo y el nuevo. Alianza Editorial. 1970 p.163.

[9]  Villaverde Rico, María José. La sombra de la Leyenda Negra. Pág. 43

[10] Sánchez Jiménez, Antonio. Leyenda Negra: la batalla sobre la imagen de España. Cátedra.2016 pág. 115

[11] Payne Stanley. En Defensa de España. Espasa. 2017

[12] Ortega y Gasset José. Meditaciones del Quijote. Ediciones Cátedra/Letras Hispánicas. Pág. 86

[13] Baroja, Pío. La leyenda negra. Gadir pág.242

[14] Id. 241

[15] Joseph Perez. La leyenda negra. Gadir. 2009 pág. 147

[16] María José Villaverde Rico y otros. La sombra de la Leyenda Negra. Tecnos. 2016. Pág. 28

[17] Id. Pag.192

[18] Pilar Gonzalbo Aizpuru. ABC, 28.01.2019

[19] López Sastre Gerardo. William Robertson y la Conquista Española de América en la Sombra de Leyenda Negra. Pág. 291 y ss.

[20] Letras Libres. El Encuentro que cambió la historia. N.º 242. Febrero 2019

[21] “Conquistadores: Adventum”. Movistar

[22] Cervantes, Miguel. El celoso extremeño

[23] Domínguez Ortiz Antonio. España, tres milenios de Historia. pág. 195

[24] Payne Stanley G. En defensa de España. Espasa. 2017 pág. 68

[25] Madariaga, Salvador.  El auge y el ocaso del imperio español en América. Tomo primero. Sarpe, 1970 pág. 44

[26] Id.

[27] Domínguez Ortiz, Antonio. España: tres milenios de Historia. Marcial Pons. 2005 pág. 196                              

[28] Fernández Álvarez Manuel. España, biografía de una nación. Austral. 2011. Pág. 232 y 235

[29] Villaverde Rico, María José. La sombra de la Leyenda Negra pág. 38

[30] Id. Pág. 11

[31] Muñoz Sanz, Agustín. La Leyenda Negra. Historia natural y moral de una catástrofe ecológica. Editora Regional de Extremadura. 2012. Pág. 75

[32] Id. Pág. 45 y ss.

[33] Id. Diario El País, 20 mayo, 2017

[34] Díez González, Norberto. “Fray Juan de Garrovillas: Editorial Beturia. 2017

[35] Madariaga, id. Tomo primero pagina 5 y ss.

[36] John H. Elliott. El Viejo Mundo y el Nuevo. Alianza Editorial. pág. 116

[37] Pérez Josep. La Leyenda Negra. Gadir. 2009. Pag.45 y ss.

[38] Elliott John H. El Viejo Mundo y el Nuevo. Alianza Editorial. Pág. 110

[39] Domínguez Ortiz, Antonio. España: tres milenios de Historia. 2005. Pag 206

[40] Madariaga Salvador. El auge y el ocaso del imperio español en América. Sarpe. Tomo 1º prólogo

[41] Id. Pág. 51

[42] Domínguez Ortiz, Antonio. Marcial Pons. 2005 pág. 206

[43] Roca varea Marí Elvira. Imperiofobia y Leyenda Negra. Siruela. 2016 p.305

[44] Letras Libres. El encuentro que cambio la historia. N.º 242. Febrero 2019

[45] De Valencia, Pedro. Relaciones de Indias. 1 Nueva Granada y Virreinato de Perú. Volumen V. Obras Completas. Universidad de León. 1993. Estudio preliminar de Gaspar Morocho Gayo. - Paniagua Perez, Jesús: El humanismo español y la crónica oficial de Indias de Pedro de Valencia. Universidad de Toulouse.2001.

[46] Gruzinski Serge. Entrevista en el Diario El País. 25 de agosto 2018.

[47] Beard Mary. Una historia de la antigua roma. Critica.2016 pág. 212

[48] Javier Noya. La nueva imagen de España en América latina. Tecnos.2009, pág. 76 y ss.

[49] Dunbar-Ortiz Roxanne. La historia indígena de los Estados Unidos. Capitán Swing. 2018

[50] Web Historia de la Medicina. Tomas Cabanas

[51] Id. Boletín Instituto Caro y Cuervo. Tomo XVII. Diciembre 1962.

[52] Id.

[53] Id. El Cultural. 10.11. 2017

[54] Sobre esta cuestión, ver la introducción de “La sombra de la Leyenda Negra” de María José Villaverde Rico y Francisco Castilla Urbano. Tecnos, pág. 74 y ss.

[55] Maria Jose Villaverde Rico y otros. La sombra de la Leyenda Negra. Tecnos. Pág. 71 y ss.

[56] Antonio Sánchez Jimenez, Leyenda Negra: la batalla sobre la imagen de España en los tiempos de Lope de Vega. Cátedra. 2016. Pág. 17

[57] Id. Pág. 78

[58] Marías, Julian España inteligible. Razón histórica de las Españas. Alianza Editorial

[59] Antonio Sánchez Jiménez. Leyenda Negra: la batalla sobre la imagen de España en tiempos de Lope de Vega. Cátedra.2016. Pág. 34 y ss.

[60] Id. Pág. 32

[61] Roca Barea, María Elvira. Imperiofobia y Leyenda Negra. Siruela 2018. Pág. 367

[62] Villanueva, Jesús. Leyenda Negra: una polémica nacionalista en la España del siglo XX. 2011. Catarata.

[63] Sanchez Jiménez Antonio. La Leyenda Negra. La batalla sobre la imagen de España…Cátedra. 2016 pág. 13 y ss.

[64] Diario El país. 2.04.19. pág. 17

[65] Luis Maldonado Venegas. Discurso Trujillo

[66] Diario El País. 18 de febrero 2019. Pág. 18

[67] Diario ABC. 28.01.2019

[68] Diario de sesiones de 22.03.2018. Nº 472

[69] Boletín Oficial de las Cortes Generales. 18 de abril 2018

[70] Id. 15 de octubre 2018

[71] Debate del 28.01.19

[72] Boletín de las Cortes 26.01.19

[73] Id.

[74] Barriga Bravo, José Julián. Discurso de ingreso en la Real Academia de Extremadura. 2018

[75] Asamblea de Extremadura. Sesión plenaria no. 94. 7.02.19

[76] Sánchez Gonzalez, Juan. Reflexiones sobre el IV y el V Centenario del descubrimiento de América: Extremadura entre la desconsideración y el lugar de encuentro. Coloquios Históricos de Extremadura.

[77] Diario HOY. 5.5.1979

[78] Ley Orgánica 1/2011, de 28 de enero, de reforma del Estatuto de Autonomía de la Comunidad Autónoma de Extremadura, art. 7, apartado 19

[79] BOE, 19 de mayo de 1973, pag 9959

[80] Art. 2 . DOE, 30.11.2018

[81] Memorias de la RAE, volumen 1, pág. 45

[82] DOE. Decreto 98/2016. Pág. 17483 y 18148

[83] . Jose Ramon Alonso de la Torre, diario HOY, 6.03.19

[84] Id. Luis Maldonado.

[85] Cita incluida en el trabajo de Guillermo Serés en la revista de Letras Libres. Febrero 2019 pag.4