Ricardo de Lafuente Machain,

gran biógrafo de minúsculas

Miguel Angel Elkoroberezibar[1]

“Ciudades antiguas: Arquitectura y patrimonio.

Asunción, Buenos Aires, Montevideo”

Simposio internacional

en homenaje a Don Ricardo de Lafuente Machain

Buenos Aires, 12 de noviembre de 2009

Ricardo de Lafuente Machain revindicó las innumerables minúsculas que componen el inconcluso Libro de la Historia, esos personajes secundarios que habitualmente permanecen a la sombra de las consideradas figuras mayúsculas, “cuyo tamaño y sitio preferente atraen todas las miradas del lector, pero que aisladas no significarían nada.”[2] Al hacer esa afirmación en su estudio genealógico de los Sáenz Valiente y Aguirre, Lafuente Machain parafraseó al poeta y dramaturgo  Edmond Rostand, autor del célebre Cyrano de Bergerac, quien al igual que el bonaerense hiciera con Irala, logró sacar de la penumbra a quien a priori parecía estar condenado a la indiferencia y el olvido.

Ocho años después, en boca de Flambeau en L’Aiglon,  reproduciría fielmente la cita del francés en la introducción de su gran obra, Los conquistadores del Río de la Plata: “[…] Et vous ne seriez rien sans l’armée humble et noire, / Qu’il faut pour composer une page d’histoire!”[3] (Y no seríais nada sin la humilde y negra armada, / Que hace falta para componer una página de historia). En dicha obra Lafuente Machain nos presenta alfabéticamente la galería interminable de personajes que pertenecían a esa armada humilde y negra que protagonizó la conquista del Río de la Plata, desde 1535 a 1580. Entre ellos encontramos al bergarés Domingo de Irala, quien tras vender todos sus bienes libres de vínculo se lanzara a la aventura americana, llegando a ser el Gobernador del Río de la Plata.Y esa letra que no dejaron crecer durmió el sueño de los justos hasta que, gracias a investigadores como Lafuente Machain, pudo comenzar de nuevo su andadura, tras un largo punto y aparte, y con la envergadura que se merecía. Lafuente Machain lo salvó de la muerte segura, pues según él mismo propugnaba, “la única muerte verdadera y completa es la del olvido”[4].  La tierra natal de Irala, por su parte, no tuvo piedad.

Ese rescate se fraguó años atrás; en una ferrería, la de los Machain. Tras reencontrarse con su pasado, Ricardo de Lafuente Machain llevó al yunque los documentos e informaciones que obraban en su poder y con el mazo de la constancia forjó la primera biografía de Domingo de Irala; ayudado en la sujeción de la obra con las tenazas de Fernando del Valle Lersundi en el fundamental Irala[5] de 1932, y en solitario, proporcionándole la forma deseada, en El Gobernador Domingo Martínez de Irala[6] de 1939.

La mención a la ferrería no es una mera licencia literaria. Ya a partir de la primera década del siglo XX, Lafuente Machain se propuso recopilar todos los datos a su alcance referentes a  sus antepasados, pues como afirmaba en su estudio genealógico de los Machain, conviene “tener presente los orígenes de donde venimos, cosa útil puesto que no somos sino la resultante de esas fuerzas desaparecidas y muchas veces ignoradas”[7], y añadía más adelante, que no conviene que se olviden “las ventajas que trae el origen, pues el interés hace recordarlo, y para ello es necesario producir informaciones que reaviven un recuerdo que no conviene dejar borrarse”[8]. De ahí su intento de recomponer el itinerario de una familia a lo largo de los años, elaborando prácticamente su genealogía completa, pues “para conocer bien al sujeto, es necesario no solamente conocer sus hechos, y las manifestaciones de su espíritu, sino es necesario también, conocer sus antecedentes de familia, el ambiente donde se formó y el aporte con que han colaborado para darle el ser o imprimir una modalidad a su medio.”[9] Y así, en el estudio de sus orígenes por línea materna, topó con dos elementos esenciales que, a mi modo de ver, condicionaron su devenir: por una parte su tierra de origen, Gipuzkoa, en el País Vasco, donde “los ocupantes de su suelo son descendientes de sus dueños desde tiempo inmemorial”[10]; y, por otro lado, el entronque con un guipuzcoano, Domingo de Irala. Todo ello pasando, inevitablemente, por Paraguay, pues como me reconocía su nieta Gloria en un correo, “siempre nos inculcó un gran respeto por nuestro país hermano, que siempre visitaba y nos hablaba con mucho cariño de la querida familia Machain.”[11] 

La bifurcación se produce con sus bisabuelos: siguiendo la línea del capitán Juan José de Machain (1779-1836), llegamos hasta la ferrería Matxain, la arriba mencionada, en la localidad guipuzcoana de Zumarraga. Y partiendo del mismo cruce de caminos de Asunción por la línea de su bisabuela Petrona Rafaela de Zavala (1787-1862), llegamos hasta Bergara con Domingo de Irala, vía Úrsula de Irala, su hija. Y así se cierra el triángulo que comenzó en dos localidades vecinas y confluyó en la capital paraguaya.

Debido a que el enfoque de este artículo está dirigido a Lafuente Machain como biógrafo y, en cierto modo, restaurador de Irala y recoge, a su vez, la vinculación que tuvo con Bergara y Gipuzkoa, he de obviar otros dos posibles elementos esenciales en la citada línea materna, la misma que nos llevaba a Domingo de Irala: la provincia de Bizkaia, en el País Vasco, y  una figura fundamental en la historia de Buenos Aires, Juan de Garay. Lafuente Machain no acometió su biografía, a pesar de ser descendiente suyo. “Creo que lo engrandecen más de lo justo”, opinaba en 1922, y añadía: “existe una incógnita que sería interesante despejar. La de establecer su origen, pues a pesar de cuanto se ha escrito no existe probado.”[12] 

Menciona su origen vizcaíno en Los Machain[13](1926), relaciona su descendencia, y designa Villalba de Losa (Burgos) su lugar de nacimiento. Enrique de Gandía defendió un año después en Dónde nació el fundador de Buenos Aires[14] (1927) la teoría que señalaba a Orduña (Bizkaia) como el pueblo que le viera nacer. Inmediatamente fue replicado por el estudioso vizcaíno Fernando del Valle Lersundi en RIEV (Revista Internacional de Estudios Vascos)[15]. Cinco años después, Lafuente Machain animó al propio Fernando del Valle Lersundi a que dilucidara esta cuestión. Su propuesta publicada por el Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas de Buenos Aires[16] (1932) fue la de otro pueblo, Gordejuela, también en Bizkaia. Al año siguiente y en el mismo boletín[17], Enrique de Gandía refutó las teorías de Valle Lersundi, a quien admiraba por sus méritos históricos[18], postura que el argentino aún mantuvo cincuenta años después, en 1980, durante el transcurso de los actos[19] de celebración del 4º centenario de la fundación de Buenos Aires (el controvertido tema de la fundación de Buenos Aires fue precisamente el eje de otro artículo importante de Lafuente Machain escrito en 1936, Don Pedro de Mendoza y el Puerto de Buenos Aires[20]). Así pues, no es de extrañar que Lafuente Machain abandonara esa línea de trabajo y se centrara en Irala; de hecho, en su célebre Conquistadores del Río de la Plata[21] de 1937 no mencionó siquiera el origen de Juan de Garay.

Pero volvamos a los dos elementos esenciales que nos ocupan. Ricardo de Lafuente Machain no llegó a saber que en Zumarraga, junto al arroyo llamado Matxain que hace de linde con la localidad vecina de Legazpi, en inicio de lo que hoy en día se denomina el Valle del Hierro, existió una ferrería de igual nombre. Disponemos de  vestigios de su existencia en el siglo XIV, pero para el año 1533 la ferrería se había reconvertido en molino. Durante el siglo XVI, la mayoría de los terrenos dedicados a la extracción de leña para las ferrerías se vendieron como tierra de labranza y fue entonces cuando proliferaron los caseríos.[22] El visitante que se acerque a este paraje tan evocador comprobará que actualmente existen dos caseríos, Matxainerdikoa (de en medio), cuya referencia escrita más antigua es de 1739 y Matxainbekoa (de abajo), de 1755. El originario caserío Matxaingoikoa (de arriba) fue derribado a principios del siglo XX, pocos años antes de que Lafuente Machain se acercara al lugar. La construcción del ferrocarril se llevó la casa por delante.

Fruto de sus investigaciones en Gipuzkoa, logró publicar en 1926 Los Machain, al que seguiría Los Saenz Valiente y Aguirre, en 1929. Para ello contó con la ayuda de una brigada autóctona de archiveros, estudiosos, genealogistas, párrocos, dueños de solares, etc., pues como él mismo reconocía, “la mayor dificultad a vencer es la de encontrar la persona competente por su preparación, honestidad y servicial, que en cada caso, esté dispuesta a prestar su ayuda.”[23] Dos de esas personas fueron los ilustres Juan Carlos Guerra, de Arrasate (Gipuzkoa), y Fernando del Valle Lersundi, de Markina (Bizkaia). Ambos resultaron determinantes para la consecución de Los Machain y para el estudio del mencionado segundo elemento esencial: Domingo de Irala.

Según la correspondencia mantenida por Lafuente Machain con estos dos colaboradores, podemos concluir que allá por 1919 entabló relación con Juan Carlos Guerra por mediación de Juan José Munita. Juan Carlos Guerra fue quien le proporcionó la mayoría de los datos para confeccionar el estudio genealógico de los Machain, que para 1923 ya había concluido. Y así se lo agradeció en carta ese mismo año: “[…] Estoy convencido que sin Vd. no hubiera conseguido ninguno de los datos que ahora tengo. […]”[24]. Y ya en 1926, tras la publicación del libro, no dudó en reiterarle su agradecimiento, expresando asimismo su satisfacción por el deber cumplido y por haber superado las dificultades propias de un trabajo transoceánico: “Por fin puedo enviarle un ejemplar de la publicación ofrecida hace años, sobre mi familia materna, para cuyo trabajo tantos datos valiosos he recibido de Vd. sin cuya cooperación seguramente no hubiera podido hacer nada. […] si allí [en Gipuzkoa] se hace difícil el encontrar datos muchas veces, se puede imaginar lo que es para nosotros pedirlos desde acá y con cuántos inconvenientes tropezamos. Pero a pesar de ello, creo poder decir que dados los elementos que he tenido a mano, no se podía hacer nada más completo.”[25] Juan Carlos Guerra, por su parte, le dedicó una reseña bibliográfica en RIEV describiendo al autor como “caballero argentino que une a vastísima cultura los sentimientos del más acendrado patriotismo retrospectivo.”[26] No tardó la respuesta de ultramar. De entre sus líneas quisiera destacar una apreciación del argentino: “Ha interpretado Vd. perfectamente mi intención de no hacerme eco de fábulas ni de leyendas, que si bien hacen más entretenida la lectura de un libro, le quitan seriedad, sirviendo solamente para lucir erudición de su autor.”(1927)[27] Ya a finales de 1922, cuando prácticamente había concluido el citado libro, le reconocía en una carta al guipuzcoano que “deseo no insertar ningún dato que no esté justificado en documento.”[28] Éste es un pensamiento recurrente en Lafuente Machain; en su artículo acerca de Pedro de Mendoza, por ejemplo, deja clara la diferencia entre la ficción y la historia, utilizando para ello una cita del genealogista Luis de Roa y Ursúa[29].

En la carta de 1927, Lafuente Machain comunica a Juan Carlos Guerra su intención de prestar su ayuda para la construcción de un pabellón con el nombre de Domingo Martinez de Irala en el hospital que la Sociedad Española de Socorros Mutuos tenía previsto construir en Asunción. Dicho y hecho. El 17 de mayo de 1928 se inauguró el pabellón donado por Lafuente Machain. En carta de 23 de mayo de ese año explicó sus tres motivos: “mi admiración por la magna obra llevada a cabo por España en América; mi simpatía por Guipúzcoa y el respeto por la memoria del ilustre Conquistador, antepasado mío, cuyo nombre se citará como el de uno de los más ilustres Capitanes españoles, cuando llegue el momento de la justicia histórica que aún no ha sonado.” Y continúa: “Es éste el primer monumento que se levanta a su memoria, pues según creo, ni allí en Vergara, su cuna, nada hay que recuerde sus hazañas. También es el primero que se levanta en Paraguay.”[30] 

Un año después se celebrarían importantes actos en Bergara y, esta vez también, encontramos a Lafuente Machain como principal artífice. El 20 de junio de 1929, la Junta Municipal de Asunción ofreció al Ayuntamiento de Bergara una placa de bronce donada por Lafuente Machain como recuerdo de gratitud. Para llevar a cabo la entrega, la Comuna nombró una comisión delegada, compuesta por Luis Azarola, Juan Carlos Guerra y Fernando del Valle Lersundi.

 El 21 de agosto, Ángel Múgica, alcalde de Bergara, expresó en consecuencia la necesidad de honrar la figura de Irala y propuso para perpetuar su recuerdo se erigiese un monumento en su memoria en la Plaza de Mizpildi y que se diera a dicha plaza el nombre de Domingo Martínez de Irala (hoy se llama Plaza de la Magdalena). El pleno aprobó por aclamación la propuesta.[31] El 25 de agosto fue el día elegido. Aunque la placa aún no había llegado, se quiso aprovechar que estaba en Gipuzkoa Miguel Primo de Rivera, presidente del consejo de ministros y descendiente de Domingo de Irala, para que presidiera los actos. Tras unas palabras de Juan Carlos Guerra en nombre de la comisión, del alcalde, incluso recitando versos de Martín del Barco Centenera, cerró el acto Primo de Rivera. (Dos años antes, el propio Lafuente Machain le había dedicado a Primo de Rivera un estudio acerca de sus ascendientes americanos.[32] Fernando del Valle Lersundi lo referenció el el diario El Pueblo Vasco[33] del mismo 25 de agosto de 1929)

A finales de septiembre de 1929, llegó al puerto de Bilbo el vapor “Cabo San Sebastián”, procedente de Buenos Aires, trayendo consigo la placa de bronce que Fernando del Valle Lersundi entregaría oficialmente al Ayuntamiento de Bergara el 30 de diciembre de ese año. En la placa, bajo el escudo de Irala, se podía leer: “A la memoria del Gobernador Domingo Martínez de Irala. Primer colonizador del Paraguay donde hizo fructificar las altas condiciones de su raza contribuyendo a la obra de civilización y progreso emprendida por España única en la historia. MCMXXIX.”

Irala ha sido un personaje con presencia itinerante en Bergara y, a la vez, prácticamente desconocido.

Itinerante, porque primero tuvo una plaza en su honor, después otra y, por último, una calle. En la primera plaza le colocaron un monumento, al igual que se hizo en la segunda; la calle Domingo de Irala, por su parte, es una de las más transitadas de Bergara. Y desconocido en Bergara y en la provincia, porque poco se ha hablado de él, a parte de que tuviera “cientos de mujeres, e hijos por doquier”, y apenas se ha reflejado su biografía en letra impresa por estos lares. Ya en las crónicas, libros de viajes y libros de historia de la provincia desde el siglo XVII hasta el primer tercio del siglo XX hacen caso omiso de su figura. Cronistas tan variopintos como Lope de Isasti, Pablo Gorosábel o Nicolás de Soraluce, entre otros muchos, no lo referencian en sus obras, en el apartado de personajes ilustres de Gipuzkoa.

Pero más llamativo es que a principios del siglo XX, el propio ayuntamiento del pueblo de donde era natural no le considerara suficientemente importante como para figurar entre los dieciocho retratos de insignes bergareses que decoran el salón consistorial. Una justificación podría ser que en aquella época muchos creían que Domingo de Irala había nacido en la vecina Antzuola y correspondía a ellos rendirle los consiguientes homenajes. En 1929 se unió a las imágenes la placa de bronce donada por Lafuente Machain y permaneció en las paredes del salón consistorial durante varios años, para pasar después al zaguán del ayuntamiento. A fecha de hoy, la placa se encuentra guardada (arrinconada y olvidada) en uno de los almacenes municipales.

En la fachada del ayuntamiento de Bergara podemos leer la siguiente frase de la Biblia esculpida en la piedra que refleja muy a las claras el comportamientos de un pueblo con respecto a personajes como Irala: O qué mucho lo de allá, o qué poco lo de acá.

 

Tuvo que ser alguien como Ricardo de Lafuente Machain, alguien de muy allá, quien se preocupara de uno de los más importantes hijos de Bergara. Como en aquel célebre poema infantil del colombiano Rafael Pombo en el que repasa todas las consonantes y vocales minúsculas y concluye que si les pones los anteojos de la abuela, se harán grandes en el acto, así hizo Lafuente Machain con el bergarés. Le acercó sus anteojos de investigador y genealogista y engrandeció en el acto esa letra minúscula que había sido relegada a un segundo plano.

Tras la finalización de Los Machain, entabló una relación muy fluida con Fernando del Valle Lersundi. A finales de los años veinte colaboraron codo con codo para recopilar documentos e informaciones relacionadas con Irala hasta entonces inéditas y, en muchos casos, desconocidas. Según sus propias palabras, “creemos que aportan alguna luz sobre los antecedentes familiares del famoso conquistador y colonizador Domingo Martínez de Irala, gobernador que fue del Río de la Plata; antecedentes que se nos muestran bajo un nuevo aspecto, digno de ser conocido: el del mayor desinterés ante las riquezas que podamos encontrar en conquistador alguno, y nos hacen conocer el temple de su carácter, que llevó al más alto rango de gobierno, a pesar de sus pocos años. Los ofrecemos gustosos a la consideración de los estudiosos, convencidos de cumplir, al hacerlo, con la obligación de facilitar la tarea a los que vendrán más tarde para completar la obra de justicia, que debe ser grata a todos los historiadores, de rehabilitar la memoria de las personas que consagraron sus actividades al triunfo de un ideal, sin escatimar sacrificios, y cuya memoria se ha transmitido empañada por los intereses particulares de sus coetáneos y el desconocimiento de la posteridad.”[34] Estas palabras expresadas por ambos investigadores en la capital guipuzcoana en 1931 abren las puertas de una obra crucial para el estudio de Domingo de Irala que vería la luz en Madrid al año siguiente.

Justo dos meses antes de ser escritas esas palabras, el omnipresente Enrique de Gandía, quien recientemente había publicado el testamento de Domingo de Irala (1930),[35] escribía una interesante carta a Julio de Urquijo, presidente de la Sociedad de Estudios Vascos (Lafuente Machain fue socio de la misma), en la que afirmaba que “me alegra el saber que los señores Del Valle y Lafuente publicarán pronto una biografía de Irala. Como ya hace por lo menos dos años que tienen esta idea, supongo que entre los dos harán una obra verdaderamente notable. Lástima que tarden tanto en darle a luz, y si a mediados de este año aún no lo han publicado, creo que en un par de meses escribiré yo una agotando todo cuanto se conoce en América acerca de Irala.”[36] No fue necesario. En 1932 la entente Del Valle Lersundi – Lafuente Machain publicó su Irala[37].

No fue una biografía al uso, pero se ha convertido durante décadas en el libro de cabecera de cualquier investigador que opte por escudriñar en la vida de Irala. El libro tiene tres partes claramente diferenciadas: una primera parte consistente en una larga introducción en que los autores analizan de manera muy crítica los estudios sobre Irala existentes y reflexionan sobre su tratamiento; una segunda compuesta por una interesante presentación de la documentación inédita por ellos aportada y que es anexada; y una tercera parte en la podremos conocer con detalle tanto la familia de Domingo de Irala, como la casa solar y el escudo de los Irala.

Tras el análisis de diferentes antecedentes (obras y estudios realizados por diferentes investigadores), Del Valle Lersundi y Lafuente Machain insisten en la introducción que “habrá necesidad de borrar muchas páginas que falsean la verdad por haberse escrito precipitadamente, dando completa fe a documentos unilaterales, redactados con propósitos políticos o interesados, representativos del espíritu partidista que animó a sus autores.”[38] En realidad, el complejo estudio de la historia no consiste más que en recoger y analizar lo que unos dijeron que hicieron y lo que otros dijeron que hicieron los unos. Para ello hay que despejar una incógnita: la cantidad de mentira y de verdad que estamos dispuestos a gestionar. El genial escritor guipuzcoano Pío Baroja lo expuso en boca del médico Andrés Hurtado, protagonista principal de El Árbol de la Ciencia: “El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de la crítica, el instinto de la averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que se necesita para la vida.”[39] Es un duro postulado, pero necesario aclarar antes de embarcarse en cualquier trabajo de investigación. Como reza en el lema en euskara del Boletín del Instituto Americano de Estudios Vascos de Buenos Aires, del que Lafuente Machain fue miembro, “ustea ez da egia” (lo que se cree no siempre es verdad). Pues como añadían nuestros dos autores, “es indudable que nuestra pereza natural nos lleva a adoptar las conclusiones consagradas, sin averiguar si hubo errores al hacerlas.”[40] Ciertamente, la búsqueda de la verdad es una constante en Lafuente Machain; así quedó reflejada tres años antes en su estudio sobre los Sáenz Valiente y Aguirre: “El documento debe ser verificado, de no hacerlo así, se puede llegar a resultados alejados de la verdad, pues podrían inducirnos a juzgar los acontecimientos desde un falso punto de vista por deficiencia de elementos.”[41] O cinco años después, al estudiar los conquistadores del Río de la Plata, considerando que a aquellos “tal vez los menos brillantes, esos que realizaron la obra silenciosa y obscura […] se les volverá la gratitud de la posteridad, cuando la “Historia” sea un tributo a la “Verdad”.”[42]

La segunda parte del libro recoge nueve documentos y comentarios al respecto. Son la base del libro y su mayor tesoro. Los documentos en cuestión son transcripciones de otros tantos protocolos, herramientas imprescindibles para conocer la vida de Domingo de Irala. Entre ellos encontramos el testamento de Martín Pérez de Irala (1516), padre de Domingo; la real cédula de Carlos V, autorizando la institución de mayorazgo por los cónyuges Irala-Albisua (1521), sus padres; el testamento conjunto e institución de mayorazgo por parte de sus padres (1529); el contrato dotal Arguizain-Irala (1540), sus cuñados; el proceso de nombramiento de curador de los bienes de Domingo (1551); el compromiso y sentencia arbitral sobre la herencia de Gracia de Irala (1551), su  hermana; el poder de los contadores Marútegui y Olazabal (1551); el testamento de Domingo de Irala (1556); y autos sobre tutela de sus hijos (1558-1577). Todos son documentos inéditos, excepto el testamento de 1556, publicado dos años antes por Enrique de Gandía. Se incluyen dos documentos originales, uno que pretende ser el testamento de Martín Pérez de Irala de 1516 y otro que recoge el testamento conjunto e institución de mayorazgo por Martín Pérez de Irala y Marina de Albisua, de 1529. Afirmo que el primero pretende serlo, pues en realidad corresponde al testamento de Domingo de Irala y no al de su padre. El error fue subsanado por quien firma este artículo en su Domingo de Irala y su entorno en la villa de Bergara[43] de 2006, reproduciendo fielmente el original. El error pervivió durante más de setenta años sin que aparentemente nadie lo advirtiera.

Por último, nuestros dos investigadores abren la espita del Domingo de Irala más íntimo y más desconocido, el de antes de partir a América. Repasan su familia, nos proporcionan una visita guiada por el solar de los Irala en Antzuola y hacen un breve análisis del escudo familiar. Para ello, investigaron sobre el terreno y rastrearon palmo a palmo los archivos públicos y privados más importantes de Gipuzkoa y Bizkaia y conocieron in situ el caserío Irala Torre de Antzuola y la localidad que viera nacer a Domingo de Irala, Bergara.

Pero este libro no podía quedar así. Necesitaba ser completado, necesitaba su contraparte americana. Y así lo hizo Lafuente Machain, esta vez en solitario. Finalizado en 1938, en 1939 publicó su definitivo El Gobernador Domingo Martínez de Irala[44], aquél que en 2006 sería reeditado[45] por la Academia Paraguaya de la Historia, dando comienzo así al año de celebración del quinto centenario del nacimiento de Irala.

Fue la maestría y persuasión de quien fuera presidente de la Academia Paraguaya de la Historia y uno de los mayores especialistas en Irala, Roberto Quevedo,  lo que contribuyó a la reedición y lanzamiento de esa obra agotada, que él mismo prologó. ¡Cuántos personajes de la historia paraguaya recuperados por él! Este asunceño es como Alcuino de York para la corte de Carlomagno; el abad y profesor francés tuvo que inventar las minúsculas para unificar y difundir la cultura entre los súbditos de Carlos I el Grande. Ello se logró en gran medida; aunque el emperador, según cuentan, no llegó siquiera a aprender a escribir correctamente, pero sí logró que las minúsculas carolingias se extendieran por toda Europa occidental, derivando de ellas la tipografía moderna.

 Estudiadas las posturas de especialistas y académicos (2004/10/22), Roberto Quevedo, tuvo que “inventar” o resolver una efeméride[46] (el año del nacimiento de Domingo de Irala es aún un misterio sin esclarecer) para que dentro de un marco de celebraciones pudieran reeditarse en un mismo año (2006) el libro de Lafuente Machain y el del navarro de origen vizcaíno Ramón Irala (Vida y obra de Domingo de Irala[47], publicado en España con el mismo título tres años antes), y se editara un estudio de la primera época de Domingo de Irala, quizá la más oscura y desconocida, que comprende los años anteriores a su embarque a América (Domingo de Irala y su entorno en la villa de Bergara[48]). No podemos olvidar tampoco el boletín monográfico sobre Irala de la Academia Paraguaya de la Historia y todos los actos institucionales y conferencias celebrados. En todos ellos Lafuente Machain estuvo siempre presente.

Precisamente el propio Roberto Quevedo me comentaba hace no mucho, alzando la voz y con ganas de dar al César lo que es del César, que “Lafuente Machain fue el que enfiló el timón del siglo XVI paraguayo hacia Irala; que fue el argentino quien se encargó de descubrir la figura del bergarés.”[49] De igual opinión es Ramón Irala, que en relación a Lafuente Machain, me recordaba en un correo reciente que “le debemos el mérito de haber sacado del anonimato a una figura tan relevante como Domingo de Irala. En buena medida fue algo quijotesco, pues reflotar a un conquistador no es tarea fácil, debido a su aureola negativa, y menos si el que lo intenta reflotar es además americano. La verdad es que trabajó con tesón y rigurosidad y nos ha dejado una ingente obra que a muchos nos ha servido de arranque.”[50]

El historiador y genealogista argentino de Corrientes, Gustavo Sorg, que participó en la reedición de la biografía de Irala en 2006, me escribía hace unos días en la misma línea y me testimoniaba la admiración que sentía por su compatriota: “El legado bibliográfico del Dr. Ricardo de Lafuente Machain es sin duda uno de los aportes más significativos que se realizaron a la historiografía argentino-paraguaya en la primera mitad del siglo XIX. La mayoría de sus obras constituye la base de cuanta investigación se quiera emprender y hasta el día de hoy no han sido superadas por las obras contemporáneas gracias a su abundante contenido testimonial y documental de una de las épocas más apasionantes de nuestra primitiva historia colonial. Su obra Conquistadores del Río de la Plata es el diccionario biográfico más completo y detallado de los conquistadores que se ha publicado, y resulta indispensable al comenzar cualquier investigación histórico-genealógica para determinar el origen de las familias que se fueron conformando en la antigua provincia del Río de la Plata. El gobernador Domingo Martínez de Irala fue quizás su obra cumbre, la responsable de reconocer y hacer justicia a los sobrados méritos de Domingo de Irala en la consolidación de una sociedad mestiza sin precedentes en América, obra en que se denota la pasión que sentía por su biografiado y al que llegó a conocer y entender más que ningun otro historiador. Resulta además admirable el basto repertorio documental al que recurrió trasponiendo los limites geográficos para componer sus obras, cuyas fuentes rara vez aparecen citadas sólo por el hecho de que no se consideraba necesario apuntarlas, porque la sola autoría de Lafuente Machain representaba la seriedad y solvencia de sus trabajos.”[51]

Escribir la biografía de Domingo de Irala es una labor ingrata. Hay que sentirse muy motivado y su malinterpretado prestigio no ayuda mucho. En los años sesenta hubo un intento por parte de José de Arteche, archivero y bibliotecario de la Diputación Foral de Gipuzkoa, así como autor de una extensa obra periodística y literaria. Quien escribiera la biografía de San Ignacio de Loyola, Elcano, Urdaneta, Legazpi, Lope de Aguirre o San Francisco de Javier, entre otros, apuntaba lo siguiente en su diario el 5 de mayo de 1965: “Anteayer comencé las primeras líneas de Irala, biografía que me piden algunos. Pero no me siento con fuerzas, o mejor dicho, con ganas para escribir esta historia. No me estimula. No debe escribirse ningún libro a desgana. No me van las biografías por encargo. Desisto.”[52]  Años antes, Lafuente Machain se armó de valor y lo hizo.

Pero fue bastantes años después de lo que hubiera realmente querido. Ya en 1922, cuando estaba finalizando Los Machain, se lo reconocía a Juan Carlos Guerra: “Hace unos años empecé a reunir apuntes con la intención de hacer un ensayo, pero no lo continué, pues como desciendo de él, iban a decir que esa era la causa de defenderle y enaltecerle.”[53] Después de publicar sus estudios y biografía, tuvo aún que llevar la marca de iralista a ultranza. Así lo etiquetó, por ejemplo,  Julio César Chaves, quien también fuera presidente de la Academia Paraguaya de la Historia: “Tuvo Irala apasionados partidarios y encontrados enemigos. Los historiadores al juzgarlo se han dividido con igual o mayor pasión. […] Lafuente Machain ha sido su gran panegerista; en el lado opuesto está Gandía.”[54] 

Lafuente Machain comenzó la biografía de Irala de manera rotunda: “La gloria también tiene sus predilectos. Unos comienzan a disfrutar sus halagos en vida, y otros deben esperar el reconocimiento de sus méritos, durante años o la consagración de la lejana posteridad.”[55] Aquel joven mayorazgo de buena posición que partió a lo desconocido en pos, probablemente, de aventura, gloria y riquezas, no fue agraciado por el factor “suerte” que defiende Lafuente Machain, pues fue a parar a un territorio que, “deshabitado y pobre, exigía un esfuerzo de todos los días y en cambio no daba riquezas ni lustre a quienes dedicaban sus afanes y su vida a la conquista de tan vastas regiones.”[56] Ya en Los Machain describió con claridad la situación del principal actor del Río de la Plata: “La pobreza del medio, lo vasto del escenario en que actuara, la distancia del espectador y la negligencia de los Gobiernos, hacen ver más reducida la figura de Irala.”[57] Una minúscula en toda regla, sin posibilidad aparente de ser reconocida su valía.

Lafuente Machain reunió cuanto documento vinculado a Domingo de Irala le fue posible encontrar (“Deseo contribuir con algo a esta revisión, que en resumidas cuentas es un acto de justicia,”[58] insistía) y, sosteniendo firmemente el carboncillo en su mano, comenzó a perfilar los primeros trazos y siluetas en un lienzo al que seis años antes ya había aplicado una capa de pintura, la base documental e información necesarias sobre contexto de Irala previo a su llegada a América. De esa manera, comenzó a mezclar los colores en la paleta y no lanzó su primera pincelada hasta que de la mezcla de datos contrastados no obtuvo la tonalidad deseada. Y así hasta relatar y analizar en más de medio millar de páginas todo el periplo americano de Irala y aportar, anexos, gran cantidad de documentos inéditos. “No pretendo haber agotado el material. Ofrezco una simple recopilación de piezas, hasta hoy dispersas, algunas desconocidas, con las acotaciones indispensables para darles cohesión. Su valor resultará de la interpretación que se haga de ellas, al relacionarlas con las demás de su época, cuyo conjunto terminará el cuadro, del cual este trabajo no es sino un boceto.”[59] 

Su obra ha sido referencia obligada para quienes nos hemos acercado a la figura de Irala. Han pasado setenta años desde su publicación y son pocos a ambos lados del Océano los que han osado desplegar el caballete y utilizar el pincel o la espátula. Aquel hombre estudioso y amante de los libros y de la historia, a la que dedicaba largas horas del día sentado en su biblioteca de la calle Guido 1845, leyendo y escribiendo, rodeado de libros, documentos y papeles, y siempre con un gran sentido del humor con sus chistes y cuentos, como me recordaba su nieta Gloria, supuso un punto y aparte en el estudio de Domingo de Irala. Y como es sabido, tras el punto la letra pequeña se convierte en mayúscula. El tiempo pone a cada uno en su sitio.

En Bergara, junio de 2009

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[1] Miembro Correspondiente de la Academia Paraguaya de la Historia en España. Para cualquier comentario o sugerencia:  maelkoro@gmail.com

[2] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los Sáenz Valiente y Aguirre. Ed. La Baskonia. Buenos Aires, 1929. p. 14

[3] ROSTAND, Edmond. L’Aiglon. Acto II, esc. IX. En LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los conquistadores del Río de la Plata. Ed. Talleres Gráficos de Sebastián de Amorrortu e hijos. Buenos Aires, 1938. p. IX

[4] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los Sáenz Valiente y Aguirre. Opus cit. p. 19

[5] VALLE LERSUNDI, Fernando del y LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Irala. Madrid, 1932.

[6] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. El Gobernador Domingo Martínez de Irala. Ed. “La Facultad” Bernabé y Cía. Buenos Aires, 1939.

[7] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los Machain. Ed. Roca y Cía. Buenos Aires, 1926. p. 7

[8] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Ibidem.  pp. 12-13

[9] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los Sáenz Valiente y Aguirre. Opus cit. p. 12

[10] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los Machain. Opus cit.. p. 13

[11] LAFUENTE, Gloria de. En carta a  Miguel Angel Elkoroberezibar. 2009-04-02. Fondo M.A. Elkoroberezibar.

[12] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. En carta a Juan Carlos Guerra. 1922-08-18. Fondo privado Juan Carlos Guerra. Ref. 3235 GH. Euskaltzaindia – Academia de la Lengua Vasca. Bilbo.

[13] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los Machain. Opus cit.. p. 107-118

[14] GANDÍA, Enrique de. Dónde nació el fundador de Buenos Aires. Ed. La Facultad. Buenos Aires, 1927.

[15] VALLE LERSUNDI, Fernando del. “Enrique de Gandía. Dónde nació el fundador de Buenos Aires.” RIEV (Revista Internacional de Estudios Vascos) t. XVIII. Donosita, 1927. pp. 364-367.

[16] VALLE LERSUNDI, Fernando del. “Juan de Garay. Natural de Gordejuela.” Boletín del Instituto de investigaciones históricas [de la Facultad de Filosofía y Letras] T. XV. Nº 54. pp. 458-474. Buenos Aires, octubre-diciembre 1932.

[17] GANDÍA, Enrique de. “La patria de Juan de Garay”. Boletín del Instituto de investigaciones históricas [de la Facultad de Filosofía y Letras] T. XVI. Nº 55. pp. 181-239. Buenos Aires, enero-septiembre 1933.

[18] GANDÍA, Enrique de. En carta a Julio de Urquijo. 1928-03-03. Fondo Julio de Urquijo. Ref. JU 050905794. Biblioteca Koldo Mitxelena. Donostia.

[19] GANDÍA, Enrique de. “La patria de Juan de Garay”.[Conferencia] Boletín del Instituto Americano de Estudios Vascos. T. XXXI. pp. 67-77. Buenos Aires, julio-diciembre 1980.

[20] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Don Pedro de Mendoza y el Puerto de Buenos Aires. Ed. Talleres Gráficos de Sebastián de Amorrortu e hijos. Buenos Aires, 1936

[21] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los conquistadores del Río de la Plata. Ed. Talleres Gráficos de Sebastián de Amorrortu e hijos. Buenos Aires, 1937. p. 221-225.

[22] MENDIZABAL, Antxiñe. Zumarragako baserriak. Ed. Ayuntamiento de Zumarraga. 2007. p. 103

[23] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los Sáenz Valiente y Aguirre. Opus cit. p. 31

[24] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. En carta a Juan Carlos Guerra. 1923-04-04. Fondo privado Juan Carlos Guerra. Ref. 3235 GH. Euskaltzaindia – Academia de la Lengua Vasca. Bilbo.

[25] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. En carta a Juan Carlos Guerra. 1926-11-14. Fondo privado Juan Carlos Guerra. Ref. 3235 GH. Euskaltzaindia – Academia de la Lengua Vasca. Bilbo.

[26] GUERRA, Juan Carlos. “R. de Lafuente Machain.- Los Machain” RIEV. T. XVIII. 1927. p. 200

[27] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. En carta a Juan Carlos Guerra. 1927-06-06. Fondo privado Juan Carlos Guerra. Ref. 3235 GH. Euskaltzaindia – Academia de la Lengua Vasca. Bilbo.

[28] Ibidem. 1922-08-18.

[29] ROA Y URSÚA, Luis de. [“Una es la Novela y otra la Historia: admite la primera todo lo verosímil y que sirve para prestigio de su héroe; en la Historia sólo tienen cabida los hechos comprobados.”] En LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Don pedro de Mendoza y el Puerto de Buenos Aires. Ed. Talleres Gráficos de Sebastián de Amorrortu e hijos. Buenos Aires, 1936

[30] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. En carta a Juan Carlos Guerra. 1928-05-23. Fondo privado Juan Carlos Guerra. Ref. 3235 GH. Euskaltzaindia – Academia de la Lengua Vasca. Bilbo.

[31] BUA. Acta de plenos. 1929/08/21. C/0055. p. 24v

[32] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Ascendientes Americanos de la casa Primo de Rivera. Ed. [s.n.] Buenos Aires, 1927

[33] VALLE LERSUNDI, Fernando del. “Primo de Rivera, descendiente de Irala”. El Pueblo Vasco. Donostia, 1929-08-25.

[34] VALLE LERSUNDI, Fernando y LAFUENTE MACHAIN, Ricardo. Irala. Madrid, 1932. p. 6

[35] GANDÍA, Enrique de. “El testamento de Domingo Martínez de Irala”. Boletín del Instituto de investigaciones históricas [de la Facultad de filosofía y letras] t. X. Ed. Imprenta de la Universidad. Buenos Aires, enero-junio, 1930. pp. 54-77

[36] GANDÍA, Enrique de. En carta a Julio de Urquijo. 1931-01-30. Fondo Julio de Urquijo. Ref. JU 050905794. Biblioteca Koldo Mitxelena. Donostia.

[37] VALLE LERSUNDI, Fernando y LAFUENTE MACHAIN, Ricardo. Opus cit..

[38] Ibidem. p. 9

[39] BAROJA, Pío. El Árbol de la Ciencia. Ed. Alianza Editorial. (24ª ed.) Madrid, 1985. p. 131.

[40] VALLE LERSUNDI, Fernando y LAFUENTE MACHAIN, Ricardo. Opus cit. p. 9

[41] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los Sáenz Valiente y Aguirre. Opus cit. p. 22

[42] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los conquistadores del Río de la Plata. Opus cit. p. XI.

[43] ELKOROBEREZIBAR, Miguel Angel. Domingo de Irala y su entorno en la villa de Bergara. (Separata) Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia. Vol. XLVI. Asunción, 2006.

[44] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. El Gobernador Domingo Martínez de Irala. Ed. Librería y Editorial “La Facultad”. Buenos Aires, 1939.

[45] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. El Gobernador Domingo Martínez de Irala. Ed. Academia Paraguaya de la Historia. Asunción, 2006.

[46] Dictámen de la Academia Paraguaya de la Historia sobre el nacimiento del Gobernador Domingo de Irala. pp. 405-418. “Resolución de la Academia Paraguaya de la Historia”. p. 418. Boletín de la Academia Paraguaya de la Historia. Vol. XLIV. Asunción, 2004.

[47] IRALA, Ramón. Vida y obra de Domingo de Irala. Ed. Academia Paraguaya de la Historia. Asunción, 2006

[48] ELKOROBEREZIBAR, Miguel Angel. Opus cit.

[49] QUEVEDO, Roberto. En comunicación con Miguel Angel Elkoroberezibar. 2009-05-19.

[50] IRALA, Ramón. En carta a  Miguel Angel Elkoroberezibar. 2009-05-11. Fondo M.A. Elkoroberezibar.

[51] SORG, Gustavo. En carta a  Miguel Angel Elkoroberezibar. 2009-06-08. Fondo M.A. Elkoroberezibar.

[52] ARTECHE, José de. Un vasco en la posguerra. Diario 1939-71. Ed. [s/n] Donostia, 1977. p. 164.

[53] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. En carta a Juan Carlos Guerra. 1922-08-18. Fondo privado Juan Carlos Guerra. Ref. 3235 GH. Euskaltzaindia – Academia de la Lengua Vasca. Bilbo.

[54] CHAVES, Julio César. Descubrimiento y conquista del Río de la Plata y Paraguay. Ed. Nizza. Asunción, 1968. p. 250.

[55] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. El Gobernador Domingo Martínez de Irala. Opus cit. XXXI

[56] Ibidem. p. XXXII

[57] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. Los Machain. Opus cit.. p. 148

[58] LAFUENTE MACHAIN, Ricardo de. El Gobernador Domingo Martínez de Irala. Opus cit. p. XXXIV

[59] Ibidem. p. XXXV