Las impecables construcciones que Dolores Casares ha venido realizando en los últimos años - tal como pudimos ver en la muestra que en el año 2009 realizó en el Centro Cultural Recoleta- son obras propicias para que el juego de luces y sombras proponga transformaciones evanescentes que nos instalan un espacio metafísico.

Si entonces las unidades ópticas de aquellas obras fueron líneas realizadas con metálicas agujas de acupuntura, que traman su dibujo en secuencias que producen efectos cinéticos en el interior de las cajas transparentes, posteriormente, extendiendo la sutileza de sus trabajos anteriores, ahonda su búsqueda todavía más, por sintetizar la oscilación entre fantasmales materializaciones o desmaterializaciones.

En la obra que hoy presenta, extremando la levedad y la gracia, su arte evoluciona hasta un límite que anula casi completamente la pesadumbre de la materia física. Con un cada vez más cuidadoso manejo de los materiales, traza líneas con hilos de nylon en el interior de enorme caja también transparente, que lanza fantásticas energías formales atrapando algo más allá en su interrelación con el espacio infinito.

En cierto modo, su obra podría ser uno de los arquetipos que soñaba Platón en aquel “mundo verdadero”, que el pensador llamó “topos uranos”, pues las esculturas de Dolores Casares debieran considerarse un instrumento que suspendido en el espacio, extremadamente silencioso, logra con su inmaculada fuerza hacer visible la música de las esferas estelares.

Raúl Santana

Junio, del 2010