“La contribución de los pensadores a la prosperidad de los pueblos/Aproximación crítica a la Historia de Extremadura”

(Real Academia de las Letras y las Artes de Extremadura.- Trujillo, 1 de diciembre de 2018)

Buenos días….

Uno de los intelectuales europeos que mayor respeto suscita entre los periodistas es Indro Montanelli. El maestro Montanelli decía que “el periodista tiene un océano de sabiduría y de conocimiento, pero con un milímetro de profundidad”. Me reconozco más en lo segundo, en la escasa profundidad de mis conocimientos, que en lo de la sabiduría oceánica, pero me esforzaré en dar algún milímetro más de espesor a esta confesión del maestro Montanelli.

Pues bien, me propongo, utilizando otra de las características de mi oficio, el atrevimiento, tratar de convencerles de las razones por las que unos pueblos prosperan, y otros permanecen en situación de dependencia. O, dicho de otra manera: los pueblos que gozan de prosperidad son naciones que han tenido o tienen pensamiento, es decir pensadores, y aquellas otras que han carecido de ideas son territorios yermos y poco prósperos.

Trataré de exponer esta convicción cabalgando por la historia, la cultura, las artes de esta tierra querida, y con la que me siento muy especialmente comprometido. También cabalgaré, sobre todo, por la historia del pensamiento extremeño, de aquellos extremeños que cultivaron la “funesta manía de pensar”. Y pediré a los dioses lares extremeños que nos encaminen por la senda del pensamiento libre, y nos libren del subalterno o, lo que es peor, del pensamiento mercenario. Porque ni siquiera pretendo que ustedes, o quienes lean en el futuro estas líneas, compartan mi opinión, pues les adelanto que milito en el bando de los escépticos, al estilo de nuestro Pedro de Valencia y de Michel de Montaigne. Me bastará con sembrar en algunos de ustedes nuevas reflexiones sobre las razones de la prosperidad de unos pueblos y el decaimiento de otros. Si lo que voy a decirles durante sólo 45 minutos no les convence, o no acaba de convencerles, esperen, por favor, a leer el texto completo que les entregarán a la salida, antes de formar criterio definitivo sobre la historia que voy a contarles. En todo caso, bienvenida sea la discrepancia sincera y ponderada, como sé que corresponde a cada uno de ustedes.

No esperen, pues, de mí un discurso “académico” en el sentido más clásico. He dicho que soy periodista. Exíjanme que mis palabras estén bien documentadas y que mis interpretaciones sean intelectualmente honradas. Beberé en fuentes muy distintas, en algunas de ellas beberé de bruces como bebían los campesinos de mi aldea en los arroyos cristalinos de mi infancia. En otras, haré parada y fonda. Y agradeceré a los posaderos, algunos de ellos aquí presentes, el impagable favor de haberme abierto los ojos para contemplar mi tierra, la tierra de la mayoría de ustedes, como se mira a una madre, aunque esa madre tenga arrugas o un lunar en salva sea la parte. Llego a esta cita académica no por méritos literarios o artísticos. Llego, o así me lo parece, además de por la generosidad de ustedes, por una dedicación constante al pensamiento crítico, por una obsesión por preguntarme una y mil veces por qué razón la tierra en que nací no es que, como Saturno, devore a sus hijos, pero sí los arroja fuera de su regazo con insidiosa perseverancia en la historia.

En Las Meditaciones del Quijote de Ortega, recordarán aquel pasaje en el que el filósofo dice que, siempre que los españoles se reúnen y reflexionan sobre su oscuro pasado y su difícil presente, sienten o padecen un “oscuro dolor étnico”. La cita textual dice: “Cuando se reúnen unos cuantos españoles sensibilizados por la miseria ideal de su pasado, la sordidez de su presente y la acre hostilidad de su porvenir desciende entre ellos Don Quijote, y el calor fundente de su fisonomía disparatada compagina aquellos corazones dispersos, los ensarta como en un hilo espiritual, los nacionaliza, poniendo tras sus amarguras personales un comunal dolor étnico”. No pretendo provocarles ese “oscuro dolor étnico” fruto de las reflexiones y de los testimonios que aduciré en defensa de una tesis nada novedosa por otra parte, pero poco frecuentada en estas latitudes fronterizas.

Aunque no pretendo, decía, producirles incomodidad ni étnica ni de ninguna otra clase, les confieso que cuando recibí la llamada comunicándome que ustedes habían votado mi candidatura para formar parte de esta institución, recuerdo -y, si no, diga lo contrario a quien cito- yo estaba leyendo a Michel de Montaigne al hilo de una frase lapidaria que a mí me produce un tremendo escozor. Michel de Montaigne, decía al final del capítulo cuadragésimo de sus Ensayos, el titulado “La Experiencia de los bienes y de los males”, citando a Quintiliano y a Séneca, que “nadie está mal mucho tiempo sino por su culpa”.

Leía por aquellos días a Montaigne porque quería documentar uno de los capítulos que integran un libro de ensayos publicado en la primavera pasada por el Club Senior de Extremadura con un título provocador: Qué nos pasa a los extremeños para estar donde estamos…”. Es, como ustedes saben, una reflexión plural y poliédrica de la historia y del presente de Extremadura tratando de explicar una cuestión que a todos, bien seguro, nos ha preocupado a lo largo de nuestra existencia: las razones profundas, históricas, culturales y de toda índole, que hacen que Extremadura sea el territorio menos desarrollado de España. No me atreví entonces a abundar y documentar más la tesis que ahora trato de desarrollar bajo este título La contribución de los pensadores a la prosperidad de los pueblos/Aproximación crítica a la Historia de Extremadura.

Hoy, en cambio, sí me atrevo a defender la convicción de que la principal razón del atraso económico y social de Extremadura reside en la falta o escasa presencia de quienes se han dedicado al cultivo de la inteligencia. Lo haré secuencialmente, tratando de demostrar que en los tiempos en que Extremadura contó con pensadores tuvo cierta prosperidad, y en aquellos otros, los más, que el ingenio vivió apagado, los extremeños fuimos pobres. Permítanme la licencia de referir el nombre de Extremadura a épocas en las que no existía o, al menos, no con este nombre la circunscripción territorial que ahora así denominamos.  Den por hecho que estoy convencido, y así trataré de demostrarlo, que la primera condición para la prosperidad de los pueblos es el pensamiento, y de que existe una correlación directa entre prosperidad y pensamiento. Sin ninguna excepción en la historia, a pueblos prósperos correspondieron pensadores, y la ausencia de pensadores coincide con territorios no desarrollados. Y, como corolario, les adelanto este otro convencimiento: los heterodoxos, es decir quienes anteponen la razón a los comportamientos pautados e impuestos, son y fueron promotores de la prosperidad. Porque, en definitiva, el pensamiento, el pensamiento crítico, es el motor de las artes y de la ciencia, del bienestar, de la justicia y de la ética.

Y advierto que, en modo alguno, mi interpretación del atraso de Extremadura tiene relación con la opinión de aquellos que otorgan algún tipo de consideración superior a determinados grupos sociales o humanos por razones antropológicas o racistas que tan en boga estuvieron en el siglo XIX, y que originaron teorías sobre el “supremacismo” de unos pueblos sobre otros. Son las teorías que provocaron los grandes desastres del siglo XX y cuyas huellas están todavía presentes en el debate político de los nacionalismos en nuestra España actual. Al fin y al cabo, el “supremacismo” racial es una derivada de aquella obsesión taxonómica por clasificar a los pueblos que nació en el Renacimiento, ha tenido un amplio recorrido en la literatura universal, y de la que Extremadura siempre salió malparada. Con la misma convicción que creo que no existen pueblos mejor dotados que otros en orden a la inteligencia, estimo, sin embargo, que existen sociedades que gestionan mejor que otras sus capacidades intelectuales y, sobre todo, saben retener el talento en su propio territorio. Este será en buena medida el curso de mis reflexiones, esta mañana.

Y no puedo olvidar un texto clarividente de Pedro de Valencia, el extremeño cuya imagen  más se ha agigantado durante los últimos años en el aprecio intelectual de Europa y del que me considero un admirador entusiasta, cuando se refiere al hecho poco investigado de que unos pueblos se han dedicado más tarde que otros al cultivo de la ciencia, y razona que ello es debido a que el fomento de la sabiduría requiere de tiempo libre, es decir de gentes que no estén condicionadas por los trabajos de la mera subsistencia. Y de este modo, el desarrollo del conocimiento requiere de determinadas condiciones ambientales, como son, en opinión de Pedro de Valencia, “el poder, la paz y el ocio”, condiciones evidentemente nada frecuentes para el extremeño común, azacaneado durante siglos en espabilar el hambre propia y la de sus hijos. Y prosigue su reflexión Pedro de Valencia señalando cómo los hombres que cultivan la sabiduría suelen merodear por los aledaños de los poderosos y “este tipo de sabios –afirma- se preocupa, en primer lugar, de su estómago y de sus intereses personales y se deja guiar por los argumentos de su propio provecho y medra particular, esos profetas mentirosos y sabios vulgares disfrutan asistiendo asiduamente a los palacios y revoloteando en torno de reyes y personajes pudientes, hasta llenar la cocina de los ricos, cual enjambre de moscas”

Este pasaje, escrito por Pedro de Valencia y fechado en Zafra en febrero de 1590, y que sirve de introducción a su obra Cuestiones Académicas o sobre el criterio de verdad, contiene, en mi opinión, dos de los argumentos más sólidos de cuantos trato de exponer esta mañana. Por una parte, sirve de apoyo a mi tesis de que el pensamiento y la sabiduría requirieren para su expansión un determinado nivel de desarrollo económico, y que uno y otro –pensamiento y desarrollo- se retroalimentan. La segunda idea luminosa es que la proximidad al poder de los hombres de sabiduría, los intelectuales, los mediatiza y los corrompe “cual enjambre de moscas” en palabras de quien, a juicio de este opinador, merece la mayor consideración intelectual de todos los extremeños de todos los tiempos.

Permítanme una última reflexión que, aunque parezca reiterativa, me servirá para entrar definitivamente en la materia que me he propuesto. Y es la firme convicción de que el progreso, la modernidad, tuvieron origen, por muy obvio que parezca, en el pensamiento, es decir, en la filosofía. Y han sido los filósofos, los pensadores, quienes lo han abanderado hasta tiempos bien recientes. En cita de Nietzsche: “Las más grandes ideas son los más grandes acontecimientos”. Y la filosofía, los pensadores, han nutrido, han lubrificado, el desarrollo de todos los conocimientos. El padre de las ciencias, Newton, fue filósofo; los parteros de la ética y de los derechos humanos fueron filósofos; el inventor de la Economía, Adam Smith, fue filósofo. Hasta las revoluciones que han transformado o convulsionado a la humanidad fueron encabezadas por los filósofos. Carlos Marx fue filósofo, como también lo fue su inspirador y maestro, Hegel, profesor en la Universidad de Jena, una pequeña ciudad del centro de Alemania y que ha sido uno de los centros intelectuales más importantes de Occidente, creada por un infante de España, Fernando I de Habsburgo, hermano menor de Carlos V. El Renacimiento puso fin al embelesamiento de Occidente con la cultura clásica y desató la “bestia” de la razón, enclaustrada durante siglos por las creencias más fanáticas, aquellas que pusieron a Newton al borde de la hoguera. Y para consolidar el predominio de la razón llegó un frágil escolar de los jesuitas, René Descartes, también filósofo, y con él comenzó la modernidad y la secularización de las ideas. La idea del progreso constituye, pues, la primera ideología moderna, el primer dogma científico de la humanidad, y bajo su invocación nacieron la cultura y la civilización que hoy están vigentes en el mundo.

He citado antes a Adam Smith (1723-1790), un oscuro profesor de filosofía en Glasgow, mejor dicho, de ética, como inventor de la economía, del capitalismo, del mundo de la sociedad empresarial, del comercio, del lucro y del dinero. Muchos opinan que es el libro más importante que nunca se haya escrito, La riqueza de las naciones y, sin duda, el más citado en todos los estudios y en los discursos políticos modernos. Es también conocido que Jovellanos redactó su informe sobre la Reforma Agraria influido por aquella obra singular. Parece que confesó que lo había leído cuatro veces, con lo cual se produce una interesante conexión entre el pensamiento económico moderno con quien va a representar en el futuro el más importante proyecto de transformación de las estructuras agrarias españolas, todavía ancladas en el Medievo. Un puñado de hombres, Feijoo, Campomanes, Jovellanos, influidos por Adam Smith, se empeñaron en rescatar para la modernidad a la España durmiente y reclinada en los rescoldos de un viejo imperio.

Con la cita a los Ilustrados termino mi referencia a las raíces del pensamiento moderno como motor e impulsor del desarrollo de los pueblos. Pero, permítanme subrayar el hecho históricamente irrebatible de que, en los tiempos en que España vivía reclinada en los rescoldos de los tiempos pretéritos, se había ya forjado el mito y la imagen de Extremadura como, “la provincia más atrasada de España y de la que menos interés ofrece al pasajero”, en frase de Mariano José de Larra, de origen extremeño, por cierto, por línea materna como todos ustedes saben. Si, desde hace quinientos años, España padece el síndrome de la Leyenda Negra, parémonos a pensar por un instante las consecuencias que para nuestra tierra ha tenido y continúa teniendo ser el apéndice de una de las naciones más condicionadas por su memoria histórica.

Todo lo cual me sirve de pórtico para el recorrido que sobre la historia de Extremadura pretendo hacer señalando, como punto de partida, esa especie de síndrome pendular que la aqueja, y que consiste en la secuencia de etapas de esplendor y dinamismo, seguidas de otras de oscurantismo y pasividad. O lo que es lo mismo: cómo explicar el hecho de que, a lo largo de su historia, se hayan producido periodos de indudable esplendor y, poco después, y más prolongadamente, fases de oscuridad. Se podrá argumentar que este fenómeno no es exclusivo de la región extremeña, sino el destino de toda sociedad cuando se la observa con sentido historicista. Sin embargo, y a pesar de ello, el “síndrome pendular” en la historia extremeña es mucho más patente o, al menos, reviste oscilaciones más destacadas tanto en sus periodos de notoriedad como en las fases de decaimiento.

Extremadura ha vivido a lo largo de su historia tres momentos de esplendor: los tiempos de Augusta Emérita, el siglo de Oro y de los Conquistadores, y el empuje intelectual del siglo XIX. Y me van a permitir extenderme brevemente en su interpretación en relación con el tema de mi intervención.

Hay un primer momento extraordinario en la historia extremeña: la Mérida romana y la Mérida visigoda. Mérida, campamento romano y capital de la Lusitania. Es la Mérida en la que se conserva el primer vestigio en toda Hispania de una nueva religión que será, con el tiempo, la partera de la civilización occidental, y bajo cuyo influjo se ha creado el sistema más perfecto de prosperidad y de convivencia en la historia de la Humanidad. Pero no debiéramos detenernos en demasía en ponderar la importancia de aquella Augusta Emérita, no sólo por la distancia temporal sino también por la diferencia espacial de un territorio que excedía en mucho lo que hoy entendemos por Extremadura, aunque sí es necesario reconocer y proclamar el rango institucional de la Mérida romana y visigoda. Y tampoco debiéramos entretenernos cavilando qué hubiera sido de lo que actualmente consideramos Extremadura si la invasión musulmana no hubiera puesto fin a aquella cabecera de un imperio dependiente de Roma. Pero lo cierto es que, tanto durante el periodo romano como en el visigodo, Mérida tuvo un cierto carácter de centralidad frente al papel periférico que Extremadura ha tenido durante el resto de la Historia.

Me interesa más, en orden al argumento principal de mi discurso, detenerme en la etapa histórica centrada en la Reconquista, por parte de los reinos cristianos de Castilla y de León, de los territorios coincidentes con la actual circunscripción extremeña. Durante los siglos XIV y XV se registra el acontecimiento más importante de la historia de Extremadura porque ahorma su pasado y su presente. Durante este periodo se inicia y se consolida el elemento que más ha influido en la configuración territorial y socioeconómica de la región: el sistema de reparto de tierras con el que los Reyes de Castilla y de León recompensaron a la nobleza civil y eclesiástica que participó en las guerras cristianas contra los árabes durante los dos siglos que dura la Reconquista. Durante este periodo, Extremadura se convierte en tierra de contiendas cristianas y, sobre todo, en territorio de reparto y recompensa.

 Parece obvio llegar a la conclusión de que los repartimientos de tierras durante la Reconquista, y la consiguiente formación de inmensos latifundios sometidos a la autoridad feudal, civil o religiosa, son el origen, la razón y la causa de la situación que ha arrastrado Extremadura a lo largo de toda la historia y con trascendencia en la hora presente. Nada de cuanto actualmente nos ocurre, en pleno siglo XXI, en el orden económico y social, es ajeno a la conformación territorial que se gestó y consolidó en el periodo que analizamos. Las aptitudes del territorio extremeño para el mantenimiento de los grandes rebaños de merinas, convertidos en el mayor negocio y fuente de riqueza de la época, originaron la mayor desgracia de nuestra tierra. La geografía y, sobre todo el clima bonancible de los otoños y de los inviernos, convirtieron a Extremadura en rehén del poder ganadero de los reinos cristianos y fue la causa de la difícil convivencia entre agricultores y ganaderos, y por ende, la principal razón de su decadencia. Me atrevo a proponer a ustedes un ejercicio de imaginación, o más bien de interpretación, de los paisajes que todos ustedes habrán disfrutado esta mañana camino de Trujillo por cualquiera de sus puntos cardinales. Habrán reparado seguramente en la belleza del paisaje; en sus dilatados horizontes de naturaleza primigenia apenas modificada durante siglos y siglos; en las dehesas arboladas de cientos, miles, de hectáreas, en las que, como antaño, se apacienta apaciblemente el ganado…Y si ustedes han tenido suerte, habrán podido contemplar enormes bandos de grullas engullendo los frutos de las encinas centenarias. Un escenario de perfecta armonía milenaria. A ustedes, mis amigos, yo les digo que esa indudable hermosura es la causa y razón del mayor de los infortunios extremeños.

El segundo periodo en importancia, derivado de todo lo descrito anteriormente, es la contribución de Extremadura al Descubrimiento y Colonización de América que coincide, por otra parte, con la eclosión intelectual y artística del siglo de Oro. Consumada la Reconquista, se registra en nuestra región uno de los acontecimientos señeros de su historia, que por mucho que nos empeñemos en difuminarlo, minusvalorarlo o renegar de él, no lograremos jamás restar un ápice de su importancia. El siglo XVI es el siglo de Oro de la historia extremeña. Fue una auténtica explosión de pensamiento y de talento que le hizo exclamar a quien sigue siendo todavía el máximo exponente crítico de la historia intelectual de Extremadura, Antonio Rodríguez Moñino, lo siguiente: “¿Qué región o provincia española puede presentar durante el siglo XVI un haz de nombres entre los que figuren dramáticos como Torres Naharro, místicos como san Pedro de Alcántara, escriturarios de la talla de Arias Montano, médicos como Arceo, historiadores como Hernán Cortés, filósofos como Fr. Luis de Carvajal, filólogos como el Brocense, músicos como Juan Vásquez,  teólogos como el padre Maldonado, matemáticos como el cardenal Silíceo, poetas como Francisco de Aldana el Divino, épicos como Luis Zapata, todos ellos nombres de primer orden en su especialidad y escogidos al azar entre tantísimos otros?”

Ninguna otra región o territorio –reitera el historiador Miguel Ángel Teijeiro- alcanzó en el XVI la pujanza de lo protagonizado por los extremeños. No hay disciplina en la que no se registren figuras notables y, en algunos casos, excepcionales en la Conquista y Colonización de América, uno de los grandes acontecimientos de la Historia de la Humanidad. Esta es, en mi opinión, la única explicación del apogeo intelectual de Extremadura entre los siglos XV y XVI, el siglo de Oro, el único periodo en el que Extremadura compitió y, en algunos casos, aventajó al resto de los territorios de España.

Pero el brillo y la fama de la Extremadura del siglo de Oro se agotaron tan pronto como la nobleza trasladó a la Corte sus cuarteles generales. Quedaron los administradores de sus latifundios, los cobradores de los diezmos; desaparecieron el personal de servicio y sus lacayos; quedó el pueblo sumiso y dependiente, y cuando ya no existían más territorios de reparto, o cuando los feudos entraron en conflicto, los Reyes no tuvieron más remedio que compensar a la nobleza con nuevas prebendas, ampliando y reforzando el poder de la Mesta y los privilegios de sus rebaños que impidieron la evolución de las tierras extremeñas hacia sistemas de cultivos agrícolas más prósperos.

A finales del siglo XVI, Extremadura había vuelto a las tinieblas: los extremeños están exhaustos; el hambre, la peste y las guerras con Portugal asolan las comarcas de norte a sur de la región. Una situación descrita por Marcelino Cardalliaguet de este modo: “Extremadura sufrió durante todo el siglo XVII y en la primera mitad del XVIII la más larga y penosa crisis de toda su historia (…) Extremadura, nuevamente frontera de guerras y conflictos, hubo de sufrir devastaciones, y saqueos, abandono de la tierra, despoblación y pobreza a causa de las dos guerras con Portugal”. Paradójicamente, es, en estos años, en la segunda mitad del siglo XVII, cuando Extremadura se conforma como unidad administrativa y territorial. Representantes de la oligarquía local extremeña, a la que en un reciente estudio de Felipe Lorenzana se le llama “lobby extremeño”, consiguen en Madrid el voto en Cortes. La Extremadura política y administrativa se conforma, pues, como resultado de los intereses oligárquicos de esa minoría que desde los tiempos de los reyes de Castilla y León monopolizan el poder y la representación.

El tercer y último de los periodos más trascendentales de la historia de Extremadura es una nueva eclosión de talento y de protagonismo de los extremeños a lo largo del siglo XIX. Y no son fáciles de explicar las razones que puedan esclarecer este hecho sorprendente porque no era Extremadura el territorio más favorable para promover aquel fenómeno inédito de profusión de personalidades registrado en el siglo XIX. No reiteraremos las condiciones de postración de aquel territorio lejano, situado en la periferia de la nación, poblado por algo menos de medio millón de habitantes según los censos de Ensenada y Floridablanca, con más de un 70 por ciento de analfabetismo donde solo el clero y una reducida minoría de propietarios rurales y funcionarios tenían acceso a la cultura.

La situación social y económica de Extremadura era lacerante, pero existían, ya en el final del s. XVIII, unas minorías preparadas, que, por ejemplo, produjeron el hecho excepcional y sorprendente de que cinco extremeños alcanzaran la más alta magistratura del Gobierno de España. Nunca, ni antes ni después, en ninguna otra época, los extremeños alcanzaron tan alta distinción. Durante esta centuria ocurrieron en España tres grandes acontecimientos: la Guerra de la Independencia, las Cortes de Cádiz y, a partir de ella, una serie de movimientos políticos tectónicos de avances y retroceso en el nacimiento de la España moderna. En todos ellos actuaron o fueron protagonistas destacadas personalidades nacidas en Extremadura y otras ejercieron una influencia relevante en el pensamiento español en ese periodo. Fueron, entre otros: Pedro de Quevedo y Quintano, Juan Meléndez Valdés, Diego Muñoz Torrero, Manuel Godoy, Álvaro Gómez Becerra, Juan Pablo Forner, Bartolomé José Gallardo, José María Calatrava Peinado, Antonio González y González, Juan Bravo Murillo y Juan Donoso Cortés.

El aliento reformador, la rebeldía de aquellas minorías extremeñas que tan preñado dejaron el s. XIX de esperanzas reformadoras, se truncaron otra vez de repente. Hasta la Guerra Civil de 1936, Extremadura vivió en un periodo de efervescencia intelectual, política y social inusitado. La Guerra puso fin a una de las etapas, no solo más dinámicas y convulsas, sino también a un tiempo en el que el sector agrario y su reforma monopolizaron el discurso intelectual y político de los extremeños.

La muerte de Franco y el final de la Dictadura marcaron un nuevo periodo de reactivación intelectual en todo el territorio nacional y en Extremadura. El entusiasmo con el que la sociedad extremeña vivió la creación y desarrollo de la Universidad en 1973 presagiaba tiempos de esperanza para recuperar el pulso intelectual perdido a lo largo de los últimos 40 años. La constitución de la Comunidad Autónoma, las transferencias administrativas desde el Estado a las instituciones regionales, creó un clima de euforia como pocas otras veces se había registrado en la historia. Era un tiempo para alentar expectativas ambiciosas: al fin, los extremeños podríamos demostrar lo que somos capaces de hacer poniendo en práctica aquel carácter étnico de ambición referido por nuestros exégetas literarios. Ustedes mismos pueden juzgar si aquellas expectativas se han cumplido o, por el contrario, se ha producido un nuevo tiempo de frustración.

Hasta aquí, mi modesta interpretación histórica, absolutamente necesaria para analizar el papel que los pensadores han podido tener en la prosperidad del pueblo, de un pueblo que ha mantenido su configuración territorial y jerárquica hasta los tiempos recientes, si es que no perviviera en la actualidad. Pero para formar criterio debiéramos tener presente una reflexión que nos ayude a valorar, con sentido histórico, el progreso de los pueblos. La prosperidad de una nación se mide por el equilibrio de cuatro principales vectores: su extensión territorial, su población, la creación de riqueza y su distribución. Extremadura, por más que nos pese y por mucho que nos empeñemos en esconder la cabeza debajo del ala, es el ejemplo más pertinaz de desequilibrio interterritorial. Extremadura en la actualidad ocupa el 8% del territorio nacional; tiene una población equivalente al 2,3 % del total de España, una participación en PIB global nacional del 1,7 % y la renta per cápita más baja del Estado. Con esta referencia meramente estadística pongo punto final a mi reflexión histórica, imprescindible para adentrarnos en la historia de los pensadores extremeños. E insisto, y aclaro nuevamente, que estas mis cavilaciones terminan en el momento de la creación de la Universidad de Extremadura, en 1973. Si el buen Dios que tutela la edad provecta lo permite, trataré de cavilar de nuevo sobre las razones por las que, a pesar de su Universidad, Extremadura continúa expulsando talento fuera de sus fronteras.

Los periodistas somos propensos –no hace falta que me moleste en demostrarlo- en establecer clasificaciones y rankings para ponderar la excelencia de toda suerte de personalidades o acontecimientos. No voy a renunciar a esta –llamémosla- “deformación profesional” porque me va a ser útil para llegar a algunas conclusiones sobre el patrimonio intelectual de Extremadura y sobre su permanente incapacidad para retener en su territorio el caudal de talento que Extremadura ha producido en casi todas las épocas. Para explicar esta tragedia es por lo que antes me he demorado en el relato de las circunstancias históricas que han lastrado el desarrollo económico y social de los extremeños.

Trataré de hacer un catálogo del patrimonio intelectual de Extremadura y de sus figuras más relevantes, aún a riesgo de resultar esquemático. He leído con atención los textos que se refieren a la historia intelectual de Extremadura desde los más propensos al encomio como aquellos otros que refrenan sus impulsos regionalistas. He subrayado los textos del primero de los antólogos de las glorias extremeñas, el naturalista de Logrosán, Juan Sorapán de Rieros, y he rastreado las páginas de Vicente Barrantes, de José López Prudencio y de Bartolomé José Gallardo. He hecho caso al príncipe de los bibliófilos extremeños, don Antonio Rodríguez Moñino para no atender los textos indocumentados de Nicolás Díaz Perez. Las encendidas alabanzas de Pedro de Lorenzo desperdigadas a lo largo de toda su obra. Los análisis valientes e irreprochables de Adolfo Maíllo. Tengo bien presentes los estudios de quien considero mi maestro en el saber intelectual de los extremeños, el secretario de esta Academia, Manuel Pecellín Lancharro. Tengo en alta estima los libros no numerosos, pero sí aleccionadores, de Marceliano Cardalliaguet y de Esteban Cortijo. Debo mucho a la Revista de Estudios Extremeños y al Servicio de Publicaciones de la Diputación de Badajoz. He estado atento a todo cuanto Marcelino Menéndez Pelayo dejó escrito de los heterodoxos extremeños, que fue mucho y, creo, que atinado. Y me he servido de tantas cuantas monografías han caído en mis manos.

Pertrechado por estas lecturas y por muchas horas de polémica y también de divergencias, me atrevo a nombrar a quienes, a mi juicio, han sido las figuras extremeñas que han tenido y continúan teniendo prestigio incuestionable fuera de las fronteras de nuestro territorio, y a valorar la influencia que han tenido en el interior. No me atrevo a pronunciarme sobre si el número y calidad de los “genios” extremeños está o no en parangón con los de otras regiones en relación con la extensión del territorio y su poblamiento. Advierto que la relación de los seleccionados es limitada porque, de acumular otros nombres, estaríamos restando brillantez a los primeros, a aquellos extremeños de trascendencia contrastada. Pues bien, en mi opinión, en orden al pensamiento introspectivo son cuatro las figuras más sobresalientes de la historia intelectual de Extremadura: Benito Arias Montano, Francisco Sánchez “el Brocense”, Pedro de Valencia y Juan Donoso Cortés. ¿Sólo ellos? Principalmente, ellos. Porque, de acumular otros nombres -insisto- restaríamos el brillo con el que la historia los ha adornado. Me queda la duda, de introducir otro nombre eminente: el de Juan de Garavito (San Pedro de Alcántara). En el orden de las artes, señalo con todo convencimiento los nombres de Francisco de Zurbarán y de Luis de Morales y, si esta nuestra tierra hubiera sido algo más diligente, podríamos incluso situar junto a ellos la figura de Juan Fernández “El Labrador”, un pintor barroco del XVII, pendiente aún de recuperar para su tierra de origen.

Obviamente no termina aquí la nómina de la extraordinaria contribución de Extremadura a la historia. El siglo de Oro, independientemente de su esplendor en las Letras y en las Artes, registró la más alta cota de gloria y celebridad con el Descubrimiento y la Conquista de América. Pero, miren ustedes por dónde, aquello que más tendríamos que elogiar y rentabilizar, permanece, por decisión política y por la desidia administrativa, en el olvido. Siete extremeños, encabezados por quien tal vez sea la personalidad más importante de nuestra historia, Hernán Cortés, conforman la nómina de los siete grandes colosos de la Conquista: Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Nuñez de Balboa, Hernando de Soto, Pedro de Valdivia, Francisco de Orellana y Pedro de Alvarado.

Pronunciar estos nombres aquí, en este recinto, en la vecindad de palacios y de las casas solariegas de los Pizarro, Orellana, García de Paredes, Carvajales, Chaves, Monroy, Altamiranos, Calderón, Hinojosas, produce una honda emoción a cualquiera que esté mínimamente abastecido de conocimiento histórico y a todos aquellos que no estén heridos por el fanatismo, la intolerancia o la indolencia. En ningún otro lugar de España existe una tan alta concentración de historia hispanoamericana como en los cien metros a la redonda de donde nos encontramos. La biografía de cualquiera de ellos serviría para mantener viva su memoria. Nos hallamos hoy, aquí, en la casa palacio sede de esta Academia bajo el nombre de palacio de Lorenzana, la estirpe de don Álvaro Quiñones y Osorio, primer marqués de Lorenzana, gobernador y capitán general de Panamá y Guatemala, muerto en un naufragio en el océano pacífico en 1642. Y si lo cito, es solo como excusa para reseñar alguna de sus contribuciones al patrimonio social de la Conquista en un momento en el que la sombra de la leyenda negra se espesa. Este primer marqués de Lorenzana prohibió que los indios fueran destinados a trabajos penosos, creó la figura de “abogado de pobres” con cargo a los recursos de la comunidad e instituyó el oficio de escribano en los poblados de indios. Miren ustedes por dónde, los que nos sentamos en el estrado de esta academia con alguna dedicación a la escritura tenemos en don Álvaro Quiñones un ilustre antecedente en nuestros afanes escriturarios. Y cuando terminemos esta sesión esta mañana, nos desplazaremos, a solo unos metros de aquí, para asistir al cóctel, al que fuera convento de san Francisco el Real, el convento de la Coria, sede de la Fundación Xavier de Salas, rescatado de la ruina por una benemérita iniciativa de un particular, por una Fundación que lleva su nombre, y les ruego a quienes lo visiten por primera vez se asombren de la excelencia de su restauración y si tuvieran ocasión no dejen de preguntar por los espacios dedicados a homenajear a quienes, desde la otra orilla, compartimos lengua y  letras: desde fray Bartolomé de las Casas a sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Darío o Pablo Neruda. Disculpen esta deriva argumental, pero les aseguro que cualquiera de las piedras que sus manos toquen en esta ciudad monumental serviría para evocar una historia fascinante del mestizaje entre dos de las culturas que han producido mayores cotas de relevancia intelectual de la Humanidad.

Regreso, pues, a mi discurso en torno a los nombres de los extremeños que protagonizaron no sé ni una de las mayores epopeyas de la historia de nuestra civilización, pero sí la página más sobresaliente de la historia de Extremadura. Y junto a los nombres ya citados, añadiría diez, quince, veinte hombres, mujeres excepcionales que fundaron naciones, ciudades, crearon universidades, hospitales, catedrales, escuelas, escritores, músicos, artesanos, hombres y mujeres anónimos que protagonizaron la mayor de las proezas: el mestizaje. Y entre ellas, la trujillana María Escobar, a quien se atribuye la introducción del trigo en Perú cuyas simientes ella misma transportó desde estos campos trujillanos. Y no quiero olvidarme de Cieza de León, un ejemplo destacado de los cronistas más autorizados.

Estas son las figuras más notables. Pero no me quedaría tranquilo si no mencionara los nombres de otras personalidades muy notables: el cardenal Silíceo, matemático y filósofo; el poeta Francisco de Aldana, el médico Francisco Arceo, del dramaturgo Bartolomé Torres Naharro, del médico placentino Luis del Toro, del poeta Garci Sánchez de Badajoz,  de los músicos Juan Vásquez y Domingo Marcos Durán,  del poeta y autor de teatro Vasco Diaz Tanco, de Felipe Trigo, de Roso de Luna, y de otros tantos ya citados y de algunos que hoy exhiben su origen extremeño. E incluso enlazaría con nombres importantes de la época más reciente y comprenderán que sea prudente en las menciones, pero no me olvido de Arturo Barea, de Enrique Díez-Canedo, de Godofredo Ortega Muñoz y Juan Barjola.

Sobre otros, tengo una especial predilección: los pensadores locales, es decir aquellos que en las provincias y en sus pueblos mantuvieron viva la antorcha de la sabiduría y de la cultura, aquellos personajes “raros” que en la ciudad o en las villas o aldeas se atrevieron a pensar diferente. Maestros, párrocos, médicos, farmacéuticos, modestos funcionarios que se reunían en tertulias, en círculos, que crearon y mantuvieron pequeñas imprentas, que fundaron publicaciones, fueran o no ideológicas. Y gracias a aquel esfuerzo, podemos hoy hablar con algún conocimiento de la historia extremeña. En modo alguno quiero destacar ninguna referencia local por muy significativa que sea pues estoy convencido de que en todos los pueblos y ciudades extremeñas existió esa estirpe de hombres y de iniciativas que, remontando el ambiente, poco o nada propicio, desarrollaron una labor de mérito. De los de mi generación, muchos somos deudores de aquellos rescoldos intelectuales en el páramo intelectual de la postguerra.

Pero no podemos olvidar que fueron personas y actividades excepcionales y minoritarias procedentes de unas élites que tuvieron la fortuna de tener acceso al mundo de la formación y del conocimiento. Y muchos de ellos, tal vez la mayoría, cuando lo alcanzaron, o estuvieron en vías de alcanzarlo, se marcharon a otros espacios que le permitieran seguir desarrollando sus capacidades intelectuales.  

Otros se quedaron y ejercieron la libertad de pensamiento en una tierra en la que uno de sus jerarcas blasonó, en tiempos no tan remotos, de ser martillo del liberalismo y de la modernidad. Me centraré, para justificar el elogio y la admiración en una persona y en tres instituciones. La persona es Tomás Romero de Castilla. Las instituciones, la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz, la Revista de Extremadura y el movimiento de los institucionalistas extremeños.

Parece cierto que el oliventino Tomás Romero de Castilla (1833-1910) es quien mejor puede representar la vinculación con el territorio extremeño de un intelectual que renunció a hacer carrera profesional fuera de su región. Las minorías progresistas pacenses de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX son en buena parte deudoras de la labor que Tomás Romero de Castilla desarrolló desde sus cátedras del Instituto de Segunda Enseñanza de Badajoz.

Así como en la provincia de Badajoz la semilla krausista de Tomás Romero de Castilla tuvo un largo recorrido con sus confluencias con los movimientos de progreso y de la izquierda ideológica, en Cáceres nació otra iniciativa que dejó una huella profunda. Me refiero a la Revista de Extremadura fundada en 1899, y de la que Ortega y Gasset llegó a decir que fue el “más serio y valioso esfuerzo que en provincias se ha hecho de aportación a la cultura”. La revista nació gracias a los impulsos regeneracionistas de nueve cacereños capitaneados por un marqués y otros ocho socios: un jurista, un licenciado en Ciencias, un farmacéutico, un erudito local, un asturiano registrador de la propiedad, un mallorquín catedrático de historia, un arquitecto, un periodista y un profesor de Instituto. Dirigidos por un personaje singular, Publio Hurtado, fueron los artífices de la realidad intelectual más destacada en la Extremadura finisecular.

Desde Madrid, y a través de sus conexiones con la región, fueron el fermento del movimiento reformista más interesante de la historia de Extremadura: el regeneracionismo y el regionalismo, que en algunos casos se solapan y, en otros, coinciden plenamente. “Extremadura llegará tarde a la corriente regionalista –escribe el profesor Alfonso Pinilla-, entre otras razones porque sin características diferenciales objetivas, resultaba complicado argumentar una identidad propia” o en razón a que el discurso regionalista extremeño –en opinión del profesor Juan Sánchez Gonzalez- se caracterizará por su intemporalidad (…) probablemente porque se sustentan en realidades socioeconómicas muy estancadas y sin apenas saltos cualitativos reseñables”

Doy por sentado que algunos de ustedes, o quienes lean en el futuro estas elucubraciones, juzgarán que he sido poco generoso en el relato de la nómina de quienes protagonizaron el esplendor intelectual de Extremadura. Y, sin embargo, ensanchar la nómina de celebridades resulta intrascendente si reconocemos, como no puede ser de otra manera, una característica que ensombrece aún más el patrimonio intelectual de Extremadura: todos ellos –insisto, sin apenas excepción- ejercieron fuera de la región y la mayoría, desde edades muy tempranas. La “extremeñidad” que a cada uno le otorgamos fue solo un episodio biográfico con nula o escasa trascendencia en la historia cultural de Extremadura.

 Mis queridos colegas: esta es la primera y principal lacra, el más importante baldón de nuestra historia. La emigración constante del talento es la causa y razón del retraso de Extremadura. Cuando actualmente lamentamos la pérdida que para el patrimonio biológico de Extremadura supone la emigración de los jóvenes, en cuya formación la sociedad no escatimó ni tiempo ni recursos, no ocurre nada diferente a lo que sucedió, desde los tiempos más remotos, con el éxodo de las elites intelectuales extremeñas. La emigración del talento es como si fuera una maldición que ha acompañado a esta tierra a lo largo de la historia. Y debiéramos comenzar por solventar la duda que el salmantino Luis Bello introdujo en los primeros años del siglo XX sobre el verdadero carácter extremeño de la mayoría de nuestras glorias del siglo de Oro cuando escribió sobre “si los extremeños de la Conquista eran en realidad extremeños, de sangre y raza, o dominadores de Extremadura afincados y establecidos en el suelo que invadieron sus mayores…).

Ni Arias Montano ni El Brocense residieron en Extremadura. Y la residencia de Pedro de Valencia fue muy limitada y no olvidemos que firmó una de sus obras más destacadas (Académica) “en Zafra, en los confines de la Bética” y que, tan pronto como tuvo obligaciones familiares, buscó apoyo para emigrar; o que Zurbarán se nominara a sí mismo como “maestro pintor de la ciudad de Sevilla”. Solo a Luis de Morales podemos considerarlo con ejercicio en su tierra. Ni Hernán Cortés, ni Donoso Cortés, ni Bravo Murillo, ni Calatrava, ni el resto de los mencionados, residieron en ella. En consecuencia, no resulta procedente plantearse la repercusión o incidencia que pudieran haber tenido en el pensamiento regional, y menos en su progreso económico y social.

 Quien más batalló por ensalzar el “genio literario de Extremadura”, José Lopez Prudencio, en sus Notas literarias puso en duda la adscripción territorial de cualquier escritor por el mero hecho de su nacimiento ocasional o circunstancial, “si no va seguido de permanencia y convivencia en un determinado país (…) ¿Qué trascendencia puede tener la localización de ese acontecimiento, cuando se trate de estudiar la fecundidad de una raza, de un país o de un pueblo determinado?”.

Mayor interés tiene otro aspecto muy frecuentado por historiadores y bibliógrafos: determinar si existe una cultura o un substrato intelectual, -“étnico” diría López Prudencio-, propio o específico de Extremadura. Una cultura de la que el hombre, en palabras de Ortega, “no pueda desentenderse porque está fundida con su existencia individual…, hincada en el hombre, autóctona.” Es ésta una vertiente que tiene un amplio recorrido en los autores ya citados, glosada en la Historia de los heterodoxos de Menéndez Pelayo, y con insistente huella en los escritos de los regionalistas extremeños. Y así encontramos de forma muy reiterada y hasta tópica la referencia al carácter de los intelectuales extremeños: aspereza, arrogancia, integridad, espíritu polémico, rebeldía, intemperancia, características que tal vez tengan su más depurada representación en El Brocense. Adolfo Maíllo resume su opinión sobre los pensadores extremeños otorgándoles una “tendencia al pensamiento dilemático, que oscila entre los extremos de la línea lógica, sin detenerse en los puntos intermedios”.

Deberíamos profundizar en otro aspecto relevante y sorprendente del carácter intelectual de los extremeños, y es su inclinación y su dedicación al pensamiento introspectivo, es decir su afición  predominante a las letras y a las artes, con descuido evidente del pensamiento positivo y tecnocrático.

Y finalmente, en relación con la condición intelectual de los escritores y pensadores extremeños, me parece de gran interés la línea crítica emprendida modernamente por el ya citado Adolfo Maíllo y continuada por el profesor Sánchez Marroyo y Marceliano Cardalliaguet. Maíllo trae a colación un texto de comienzo del siglo XX del historiador Juan Pérez de Guzmán de su Crónica General de España en el que, referido a los escritores extremeños, los califica de artífices de una “literatura estrecha y anticuada que se reduce a guardar las memorias locales de familias, héroes, y hazañas particulares, de los templos y sillas episcopales, de monasterios y Órdenes Caballerescas”. Adolfo Maíllo acuñó el término de “preteritomanía” que es un síndrome que a su juicio aqueja a los escritores extremeños, para concluir diciendo que “jamás se subrayará suficientemente el daño inmenso que han hecho a Extremadura historiadores y eruditos invitando a sus habitantes a dormir el sueño del presente arrullados por las viejas glorias, sin proyectos para el futuro”.

Aquel fermento pronto derivó a lo que el profesor Sánchez Marroyo califica de “ensimismamiento literario y poético” y coloca a López Prudencio y a Juan Luis Cordero como máximos representantes de esta tendencia. Años antes de que Sánchez Marroyo se refiriera al “ensimismamiento literario y poético” de la élite intelectual extremeña, en tiempos mucho más recientes, un escritor y periodista moralo y madrileño, injustamente olvidado, José María Pérez Lozano, dijo refiriéndose a la élite extremeña residente en Madrid algo así como que estaban “enfermos de erudición y de viejas grandezas” .

Dentro de esta misma actitud crítica, Marcelino Cardalliaguet introduce un elemento de enorme carga dialéctica al reproducir la opinión de Iván Berend cuando señala “la exaltación del atraso como un valor y la orgullosa glorificación de las deformaciones como rasgos del carácter nacional que convierten a la estructura mental de los países pobres en un nuevo círculo vicioso del subdesarrollo”. Marcelino Cardalliaguet se abona a esta tesis y proclama que éste es el caso extremeño y que los agentes retardatarios “han abortado en sus inicios cualquier cambio de progreso, exaltando, el atraso, la miseria cultural y la frugalidad económica como notas típicas de la personalidad regional”. Incluso una de las personas que más ditirámbicamente han exaltado los valores del “genio” extremeño, el ya citado Pedro de Lorenzo, en un momento, no sabemos si de sinceridad o de distracción, llegó a escribir lo siguiente: Hay algo más dañino que el silencio de los mejores. Y es: el elogio de los mediocres, el canto de una Extremadura tópica, onomatopéyica y rural.

Las consecuencias de todo ello están ya descritas, reiteradas. Son efectos derivados de la situación económica y social de Extremadura, a las que con tanta insistencia me he venido refiriendo. La pervivencia de un sistema casi feudal, la propiedad de la tierra y el sistema de explotación, abocaron a los extremeños de toda condición a la emigración. Mi generación es el ejemplo más concluyente e irrebatible. Comprendo y comparto el lamento de Manuel Pecellín cuando escribe: “Cuántos hijos de esta región, ubicados en territorios foráneos, serán figuras sobresalientes en ciencias, letras, filosofía, periodismo, política, sindicalismos, empresas, artes plásticas, cine, deportes,…mientras el terruño propio languidece, a la cola del resto de la Península”.

Sería interesante por otra parte, reflexionar sobre los vínculos afectivos que los “emigrados” mantuvieron con su tierra, porque no siempre la relación fue sosegada y amable. En la mayoría de los casos el desinterés fue la actitud más habitual, mientras que algunos - ¿muchos?- maldijeron esa evidente propensión regional a desalojar a quienes se sintieron incómodos en la atonía intelectual que imperó en Extremadura en muchos siglos de su historia. Me vienen a la memoria unos versos desgarrados, probablemente los más amargos de cuantos se hayan escrito nunca, de un poeta emigrado, recientemente antologado por la Editora Regional, Pablo Jiménez, que de este modo murmura de su nacencia:

Aquí arraigó del hombre

el corazón no más; la inteligencia

ramoneó buscando pastura fronteriza,

laicos abrevaderos lejanos donde fuera

remunerado al menos el dolor.

Pero aquí a desnacer retornan todos

irremediablemente

porque está escrito

que han de reunirse el hombre y su mirada

antes de izar las velas del último naufragio.

 Si la razón “étnica” es de todo punto insostenible, sí podríamos, en cambio, plantearnos si existen algunas características comunes a la mayoría de quienes han ejercido el pensamiento en Extremadura más allá del ensimismamiento literario, del afán por la preteritomanía y de la Extremadura tópica. Como lector perseverante de la historia de Extremadura pienso que la mirada del intelectual extremeño, tanto la de los de dentro como la de los de fuera, se ha fijado de forma persistente en la situación calamitosa sufrida por los extremeños en todas las épocas, sometidos al dominio de un poder feudal mantenido a lo largo de los siglos. Es el discurso que comienza con Pedro de Valencia en el siglo XVI y que persiste en el pensamiento de cuantos, en los tiempos actuales, lamentan la falta de convergencia de su tierra con el resto de los territorios más avanzados. Es la actitud crítica que nutre el “pesimismo antropológico” de los extremeños ilustrados y que conformaría una cierta peculiaridad del pensamiento autóctono que favorece, en unos casos, la rebeldía de ciertas élites y, en otros, la resignación, la pasividad y la permanente “quejumbre”.

Es fácil descubrir en los pensadores extremeños a lo largo de los siglos la huella de la rebeldía, de la protesta y de la queja ante la injusticia de los poderosos. No sólo de “quejumbre”. No encuentro otra característica más evidente y más persistente en la bibliografía extremeña. Incluso en nuestros escritores y poetas más líricos y más rendidos a los fervores extremeñistas –Gabriel y Galán, Chamizo, Huertas, García Plata- no es difícil descubrir el enojo contra la injusticia o la solidaridad con los más desvalidos. Recuerdo una acalorada polémica con José Antonio Gabriel y Galán defendiendo yo la razón social de los versos de su abuelo.  Desde el siglo XVI, desde que alborea el pensamiento extremeño, existe una evidente rebelión frente a la propiedad de la tierra en un sentido casi telúrico. La propiedad de la tierra, su injusta distribución, el acaparamiento que de ella hizo una nobleza terriblemente codiciosa, el hambre y el infortunio de los campesinos, han sido, pues, el telón de fondo en el que se ha representado la historia en Extremadura en todas las épocas. Latifundio y absentismo son dos conceptos que los extremeños arrastramos penosamente a lo largo de toda nuestra historia.

Cuando Rodríguez Moñino rastrea con paciencia infinita los primeros vestigios culturales o literarios de Extremadura se encuentra con un texto que tiene un simbolismo extraordinario. Ese texto es una carta escrita en el siglo III por un hacendado romano y dirigida al administrador de sus propiedades rústicas. La carta, aparte de otras consideraciones administrativas, sirve para fijar los límites de su latifundio extremeño (“limites latifundii a monte Anceti ad cippos finales Agri municipalis Lacipae”). Ya tenemos pues fijados, desde el comienzo de nuestra civilización, dos de los elementos que más han influido en la identidad extremeña: el latifundio y el propietario absentista.

Podríamos hacer una historia detallada del lamento agrario de los intelectuales extremeños. Su rebeldía y su denuncia, desde los albores de su siglo de Oro a los discursos incendiarios de la Segunda República. Me podría referir a Luis de Zapata, Torres Naharro, Sánchez de Badajoz, El Brocense, Vicente Paíno, Julián Antero de Zugasti, al deán de Plasencia José Polo Benito, León Leal o Juan Luis Cordero. No hay tiempo ni espacio. Pero me voy a permitir muy brevemente reseñar dos grandes personalidades que sirvan de paradigma de lo que, en mi opinión, es la nota definitoria del pensamiento extremeño: la reivindicación agrarista.

La primera figura, como no podía ser de otro modo, es la de Pedro de Valencia. La actualidad del pensamiento de Pedro de Valencia es incontestable. En pleno siglo XVII formula unas tesis equiparable en la actualidad al pensamiento social más avanzado: contra la codicia de los ricos, el despilfarro y la corrupción de la oligarquía, al tiempo que proclama la solidaridad con los pobres.  

El segundo paradigma del pensamiento reivindicativo agrario es el ribereño Juan Meléndez Valdés, convertido en el referente del reformismo agrario de quien Menéndez Pelayo se mofa en su Historia de los heterodoxos censurando su “amor enfático y vago a la humanidad, esa universal ternura, ese candoroso e indefinido entusiasmo por las mejoras sociales”. Trato de imaginarme cómo resonarían en el antiguo convento franciscano de Cáceres, el 27 de abril de 1791, la oratoria de aquel poeta, escritor, jurisconsulto, político ilustrado que amaba a su tierra y dejó a la posteridad el discurso doliente más sincero y elocuente: "Extremadura ha sido hasta aquí en el imperio español una provincia tan ilustre y rica como olvidada. (…) Todo está por crear en ella. (…) Hasta aquella escasa porción de conocimientos que en otras provincias se suele hallar entre sus nobles y su clero, es aquí por lo común más limitada; la veréis envuelta en sombras y tinieblas espesas. (…) Ni los nobles de Extremadura, retirados y ociosos en el seno de sus familias, con unas almas grandes y elevadas, pero duras y encogidas, han cuidado más bien de disfrutar sus gruesos patrimonios y acrecentar sus granjerías que de salir a ilustrarse ni ejercitar su razón en el país inmenso de las ciencias. (…)  Su población, ¡cuán pequeña es! cuán desacordada con la que puede y debe mantener”. Y así podríamos seguir recitando durante una hora las modulaciones de uno de los intelectuales españoles más celebrados del XVIII."

Les ahorro recitar otros testimonios similares de propios y de foráneos; de clérigos y de laicos; en prosa o en verso…; de antiguo y de presente. La antología de la denuncia social y agrarista está bien surtida. En modo alguno pretendo colaborar a difundir aún más la imagen, la leyenda negra, que ha acompañado a nuestra tierra a lo largo de los siglos y que la generación del XIX amplificó hasta extremos extraordinarios y que ha tenido continuación hasta el presente. El 4 de abril de 1984 se estrenó en la Gran Vía madrileña la versión cinematográfica de una obra de Miguel Delibes, Los Santos Inocentes. Regresé a casa impactado por la rotunda calidad del filme y convencido de que aquella película sería una nueva punta de lanza en la divulgación de la imagen negra de nuestra tierra. Por desgracia no me equivoqué. Cincuenta años más tarde, el espectro de Las Hurdes, tierra sin pan, volvía a impactar a una sociedad convencida del atraso de los extremeños. Nada nuevo, por otra parte. Seguían la estela de los relatos sombríos de Antonio Ponz, de los viajeros ingleses, de Unamuno, de Pío Baroja, de Luis Bello, de Mauricio Legendre, Felipe Trigo, Luis Buñuel, Camilo José Cela y Miguel Delibes. Todos ellos, y cada uno de ellos, esculpieron a golpe de imprenta o de pantalla la imagen de pobreza, ignorancia e indolencia con la que muchos tratan de definir a los extremeños. Ya me gustaría extenderme en examinar los efectos de la leyenda negra extremeña y, sobre todo, sobre los instrumentos para combatirla. Pero no es esta la oportunidad, aunque les adelanto mi convicción de que también la imagen consolidada a lo largo de los siglos es uno de los ingredientes importantes del retraso económico y social.

Debía poner aquí punto final, pero no quiero terminar sin hacer el resumen conclusivo de estos folios: Extremadura ha sido pródiga en producir pensamiento, pero huraña en retenerlo. Ha ido desalojando sucesivamente a sus pensadores y a sus hombres de acción. No busquen otra causa o razón del retraso de Extremadura que la de la expulsión del talento.  Es falso y estúpido decir que los dioses nacieron en Extremadura y que fue un territorio poblado de genios. Lo malo es que sus pensadores, la inmensa mayoría de ellos, nacieron, pero no vivieron en Extremadura. Preguntémonos cuál es la solución definitiva para remediar el atraso de Extremadura. En mi opinión, sólo existe una alternativa: retener la inteligencia, mantener el talento.

Permítanme aducir un testimonio de autoridad proveniente de una de las personas que más méritos contrajeron modernamente con nuestra tierra. Me refiero al profesor Ricardo Senabre, que, en 1988, recopiló en un libro, Escritores de Extremadura, algunos de sus trabajos de investigación literaria. En la introducción hace una historia de la implantación de la imprenta en Extremadura desde su invención y de cómo esta tierra se mantuvo al margen del florecimiento impresor de otras regiones y de qué forma Extremadura renunció a franquear el umbral de la modernidad, según sus palabras. Senabre lamenta la constante “emigración de inteligencias que fructificaron fuera” y concluye mirando al presente, a los años finales del siglo XX, con esta consideración: “Si Extremadura no acierta a imprimir un giro de ciento ochenta grados (a) sus comportamientos culturales pretéritos -hechos también de paro y de emigración- sucederá algo cuya probabilidad teórica suelen negar los historiadores: que la historia… volverá implacablemente, inexorablemente, a repetirse”

Y termino: Recordarán que inicié mis reflexiones citando un pasaje de las Meditaciones del Quijote de Ortega y Gasset. Una de sus mayores aportaciones al pensamiento filosófico occidental está esbozada por vez primera en sus Meditaciones. Se refiere al descubrimiento de la circunstancia como elemento capital de la persona, sea particular o colectiva. El “yo soy yo y mi circunstancia” traspuesto al “Extremadura es ella y su circunstancia” daría mucho de sí para debatir cuál sea la verdadera identidad de nuestra tierra, y cuáles sus circunstancias. No como divertimento dialéctico o de erudición, sino para concluir en la convicción, es mi opinión particular, de cómo las circunstancias, en este caso, se han impuesto al núcleo de la entidad; de cómo la circunstancia histórica y geográfica (la tierra y el latifundio) han terminado por condicionar la vida de los extremeños. Una situación que siguiendo la estela reflexiva de Ortega no se solventará hasta la “reabsorción de la circunstancia por el hombre”. Hasta que Extremadura no reabsorba su circunstancia estaremos condenados a repetir, si no el lamento, sí la rebeldía, frente a una situación que seguirá produciéndonos aquel “oscuro dolor étnico” orteguiano del que les hablé al comienzo de mi intervención.

Señores académicos de Extremadura, desde hoy mis colegas, llego aquí con la modestia de mi origen y de mis conocimientos, pero con la firme convicción de que esta Casa, esta Academia, tiene también una gran responsabilidad en producir pensamiento al servicio de los jóvenes extremeños.

Muchas gracias