Sobre “El Retrato de Alicia Baldwin a la manera de La Boudeuse”,

de Eduardo Momeñe.

Nada cambió tanto nuestra manera de ver el mundo, en Madrid, a principios de los años ochenta que ese momento en el que sentimos generacionalmente que el tiempo que estábamos viviendo tenía que ver, por entonces, con otra manera de ver -y de reconocer- la realidad a través, sobre todo, de la fotografía. Muchas de las revistas y medios culturales de la época todavía empleaban la imagen fotográfica como una ilustración, como una viñeta, como un acompañamiento, de lo otro serio e importante que es lo que había que decir y oír.  Nuestra revista, La Luna de Madrid,  a partir de 1982 y 1983, siguiendo el ejemplo de la Factory y del Interview de Andy Warhol, incide de manera radical en el acto de ver como acto de mirar de nuevas, buscando por entonces la complicidad con los nuevos fotógrafos emergentes en la medida en la que queríamos que estos nos ayudaran a que la propia revista se convirtiese en una suerte de personaje activo, en un emblema del propio tiempo de cambio y de transformación que estábamos viviendo, y cuya iconografía estábamos tratando de transformar con las imágenes que producíamos, con nuestros actos y nuestras proclamas. Nuestro ejemplo, debe decirse, pronto influyó en los suplementos dominicales de los grandes medios que hasta la fecha se habían comportado, en ese ámbito, de una manera convencional y antigua.

Para ello, la fotografía creativa en gran formato, exenta de más comentario que la propia imagen, ocupó nuestra revista, nuestra realidad y nuestro mundo. Por allí fueron pasando, en grandes portadas o en grandes retratos de interior de una revista formato sábana que medía 30cm x 40cm, Ouka Leele, Juan Ramon Yuste, Pablo y Luis P. Mínguez, Alberto Garcia Alix, Alejandro Cabrera, Miguel Oriola, Javier Vallhonrat, Antonio Bueno, Humberto Rivas, José Carbonell, Carlos Villasante, Jaime Gorospe, Amador Toril, Antonio Suárez, Jean Marc Manson, Javier Campano, junto a los portfolios de Irving Penn, Bernard Plossu, Cindy Sherman, o los monográficos La Fotografia no existe, con portada de Carlos Serrano GAD y o el numero completo de diciembre del 86, titulado «Los 87 del 87» donde sólo hay retratos de 87 personajes realizados por fotógrafos, sin apenas texto, lo que para una revista cultural de amplia tirada era ya toda una declaración de principios acerca de la fotografía en general y del retrato fotográfico en particular.[1] 

En este contexto aparece, se produce y descubrimos la obra de Eduardo Momeñe, que nos firma la portada de febrero de 1984, hace ahora 35 años, con el “Retrato de Alicia Baldwin a la manera de La Boudeuse” que aparece en este PHotoBolsillo publicado por La Fábrica, y listado con el nº 14. Me centraré en este retrato, como ejemplo del conjunto de los otros que se nos muestran y como una “Puerta Abierta”, -por recordar su aventura televisiva-, que nos permita entrar en el universo personalismo y secreto de nuestro amigo.

Lo primero que llama la atención del “Retrato de Alicia Baldwin” es que de inmediato nos damos cuenta de que lo representado tiene más que ver más con el tiempo que con la forma, y sobre, todo, con la duración de nuestro estar y de nuestro ser en el mundo, con la imposibilidad de mantener una situación de equívoca permanencia. Por eso dirá Eduardo Momeñe y muy bien, en sus palabras preliminares, que su propio estudio está concebido como «un no-lugar», como un espacio fuera del espacio por el que la gente, a lo largo de los años, ya cuarenta, entra, se pasea, se sienta, y de repente es impresionada por la retina del artista a través su cámara. Y esta es una de las más notorias características de los retratos de EM; yo los llamo retratos-haiku, retratos despojados de tiempo, o fuera del tiempo, en ese no-lugar en el que el artista presenta otra clase información tiene que ver, lo dice él mismo, con la búsqueda de la «individualidad y la trascendencia» en el propio retrato. El “Retrato de Alicia Baldwin a la manera de La Boudeuse” es un ejemplo principal de esto que digo y sin duda una de las obras maestras de EM, y de la fotografía española contemporánea.

El Retrato de Alicia Baldwin nos presenta a una mujer joven que posa a la boudeuse, que es una pose clásica francesa y al tiempo una expresión de alguien que se planta ante nosotros de manera algo hierática, mostrando tal vez un cierto descontento, una desazón, pero entre graciosa y enfadica; faire la tête, dicen también los franceses, que, en un extremo, podríamos traducir por el castizo “poniendo morritos”, pero no lo haré porque me parece un algo trivial.

Siempre en blanco y negro, como casi toda su obra, el artista ha sabido presentarnos a una Alicia Balwin desafiante, serena, retadora, tal vez, como decimos, algo contrariada. A primera vista parece que estamos ante un elegante arlequín que viste medias negras y zapatos de punta, todos ellos guiños clásicos que nos remiten a la tradición del retrato pictórico de los artistas de las vanguardias históricas de primeros del siglo XX, en donde estos personajes andróginos se nos presentaban a modo de serio enigma. El fondo sobre el que posa la joven nos recuerda a un decorado teatral decimonónico, y con algo de sfumato en trazo blanco sobre el cortinaje que contribuye a diluir la escena,[2] resaltando la figura emergente y rebelde de la mujer representada.

Estamos ante un retrato rabiosamente posmoderno de una mujer empoderada que se quiere poner el mundo por montera, como correspondía a un tiempo histórico, ahora sí, en el que la mujer, entonces, en esos primeros ochenta, trataba de recuperar sus derechos alejándose del modelo de sociedad patriarcal y machista que durante cuarenta años la había relegado a una minoría legal de edad.  El “Retrato de Alicia Baldwin a la manera de La Boudeuse” de EM es también, y, por tanto, un statement, que dirían los ingleses, una proclama de la nueva mujer que estaba irrumpiendo en aquella sociedad que estaba cambiando, día a día, noche a noche, de manera radical.

He dicho que el “Retrato de Alicia Baldwin” es un retrato posmoderno, como parte de la obra de EM, que está poblada de guiños y apropiaciones históricas, premeditadas o inconscientes, que viene a ser lo mismo, porque su vasta cultura literaria y artística le conduce a ese tipo de interpolaciones sutiles que el fotógrafo muchas veces no explica, y que deja allí, sobre el papel impresionado, a modo de cita o clave oculta. Así, junto a la “referencia temática” ya señalada a los artistas de vanguardia de primeros del siglo XX, “El retrato de Alicia Baldwin”, tanto en el título como en la posición que adopta Alicia Baldwin, es también un homenaje al famoso cuadro rococó del artista francés Jean-Antoine Watteau, de 1718 y que hoy se puede contemplar en el Museo del Hermitage de San Petersburgo. La irónica y posmoderna apelación a uno de los grandes retratistas del siglo XVIII, que le gustaba sorprender a sus modelos, sobre todo en sus retratos teatralizados sobre papel, ya nos dice algo de la manera de trabajar de Eduardo Momeñe.

En este retrato, y reforzando los elementos irónicos y los guiños que ya hemos mencionado, y como en otros tantos de los suyos, nos encontramos ante la obra de un artista no busca la belleza por sí, el canon reproductivo hiperrealista de buscar la mejor pose o el mejor encuadre, pues esto no le interesa, sino ante un artista que quiere penetrar con su mirada el objeto-persona representado para obligarnos a mirar la propia mirada, tal y como proponía Jacques Lacan en su famoso Seminario nº 11 sobre la Mirada.

Esta concentración de la mirada desplazada en la mirada del artista, despojada de información temporal y reducida la anécdota al mínimo, es una característica de la obra de EM que también podemos ver es su sebaldiano ciclo de “Las fotografías de Burton Norton. Un relato de W. G. Jones”, recorrido europeo sentimental o Grand Tour, interior, e iniciático, que se pierde en las fronteras del sueño, para despertarse y concentrarse en la esencia de un paisaje irreal.

Publicado en gran formato en febrero de 1984, como portada de La Luna de Madrid, y junto al titular en amarillo de «Urgencia de la Primavera», el “Retrato de Alicia Baldwin a la manera de La Boudeuse” tuvo un enorme impacto en los medios del momento, y entre aquella juventud que, cámara o guitarra en mano, se había echado a la calle para cumplir el sueño de todo artista adolescente, poniéndose el mundo por montera, como Alicia Baldwin, buscando una Nueva Primavera en todos los órdenes de la vida. La mirada de Alicia, ese enigmático y dubitativo gesto, casi leonardesco que afirma y niega, simbolizó ante muchos ese estado de ánimo líquido, transitorio, por citar al infaltable Zygmunt Bauman, en el que las grandes creencias estaban siendo reemplazadas por las pequeñas citas, por el detalle que deja huella, hoy residuo y testimonio de un momento colectivo de cambio, que señaló una frontera imaginaria luego traspasada por la más absoluta y radical de las apuestas. La de Eduardo Momeñe, la primera de todas.

José Tono Martínez,

Madrid, 30 de marzo de 2017


[1] «Los 87 del 87» fue un ejercicio masivo de retrato fotográfico protagonizado por Alberto Schommer, Ana Torralva, Ariel Marín, Domingo J. Casas, Eduardo Momeñe, Gonzalo De La Serna, Herve Timarche, Humberto Rivas, J.A. Beorlegui, Javier Campano, Javier Ines, José Garcia Poveda, Jose M. Ferrater,  José Seguí, Juan Manuel Castro Prieto, Juan Ramón Yuste, Luis Izquierdo-Mosso, Luis Perez Mínguez, Mario Pacheco, Miguel Oriola, Octavio Muñoz, Pablo Perez Mínguez, Paco Navarro, Reinhard Henning, Xavier Aybar , Xavier Guardans , y Xoan Piñon.

[2] Estos trazos blancos del sfumato fueron realizados por el ilustrador Jacobo Pérez-Enciso.