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Cinco poemas entrañables y cinco interrogantes

Marco Antonio Campos

Grabados españoles (2)

Silencio, por favor, cambien de acto. "¿Recuerdas —me dices— recuerdas aquella vez cuando oíamos las hojas del olivo como música verde en aquel valle griego, recuerdas, recuerdas cuánto te dije: 'Tu poesía es muy amarga, no entiendo por qué tu desamparo...'?"

Y renace iluminándose el rostro dulcísimo y triste de Paulina en el instante que era el universo.

Bah, todo es cierto y no es cierto, era cierto y tan cierto como este coñac que bebo hondo, como este hombre que habla de diciembre y del dolor como algo ajeno. No es para rasgar las vestiduras pero escúchame: uno es hermosamente infeliz y así lo dice, así lo escribe para el oído y los ojos de las generaciones que pasan como hojas. Uno actúa o simula actuar, o mejor, decide o cree que actúa, como el príncipe Hamlet, lleno de luz y lucidez, hasta que otro, ignorante del libreto, opina inopinadamente que el personaje o su disfraz no tienen ni heroísmo ni nobleza mínimos.

   Y la función no continúa.

   Uno es hermosamente infeliz, como te he dicho, como te digo, Paulina, con mexicanísimo modo de aguzar el grito a media sombra, huyéndome del cuatro en el caballo apocalíptico, ¡huyéndome! Al blanco, al negro, al culpable, al soñador, ¡huyéndome!  Exacto: el pez astralmente se me impuso y el agua calló a mi cuerpo hasta volverme sol bajo el olivo en aquel valle desolladamente griego en la mañana terminal cuando oíamos las hojas como música verde.

¿El cielo? ¿Escuchas en el cielo? ¿Crees en verdad que exista un paraíso para culpables? ¿Lo crees? Soy el infierno de mi cielo ético. Me he vuelto flébil, fino, elegante en ocasiones, yo que juré por la llama y la gloria corporales. ¿Me escuchas?, ¿me quieres escuchar? Quizá si te grito me alcances a escuchar: "Yo quise —anhelé— que mi Reino se hiciera en este mundo".

                                                                                                                                  La Granja, 1981

La Otra: Dices en tu poema, y allí está la interrogante y el enigma, ¿qué le responderías a esta pregunta que haces o hiciste a muchos poetas en ese registro?: " 'Tu poesía es muy amarga, no entiendo por qué tu desamparo...'?" ¿Homenaje a José Carlos Becerra?

Marco Antonio Campos (MAC): No, no hay ningún homenaje a Becerra, un poeta del que admiro sólo tres o cuatro poemas, en especial “La Venta”. En el poema hay una conversación imaginaria con Paulina en un valle griego muy seco. Paulina –claro, ése no es el nombre- es de algún modo una muchacha muy bella que amé en mis veinticinco años, y cuando fui a Grecia el siguiente año todo el tiempo me volvía al recuerdo. Aparece varias veces en el curso de mis libros de poemas, incluso en el poema “Pájaros”, de mi último libro. A la larga esa Paulina se volvieron varias jóvenes conocidas en el tiempo. Le hago decirme eso, “Tu poesía es muy amarga, no entiendo por qué tu desamparo”, en el valle griego, quizá porque es algo –lo pienso ahora que me lo preguntas- de alguna manera lo que me decía mi madre cuando tenía veinte años: “Te atormentas demasiado, tienes todo para ser feliz”. De alguna manera se corresponde con el verso que me citas. Pero como he dicho en algunas ocasiones, para mí lo importante no era ni es ser feliz, sino ir adelante, adelante, hacer una obra y hacer una vida, que desde muy joven sabía que irían a la deriva, y no importa, porque también sabía que en la inestabilidad estaba mi estabilidad.

Cefalonia

Era agosto. Era 1988.

Yo veía desde lejos, como si estuviera

  1. en cubierta, la línea verde, la línea larga
  2. verde y sinuosa de la isla de Ítaca.
  3. Oía el silbido de las embarcaciones
  4. a punto de partir.
  5.  
  6. Bajo el sol en fuego de las cuatro de la tarde
  7. a diario subía la colina para contemplar Ítaca
  8. y oía los versos de los líricos arcaicos en el murmullo
  9. de plata de los olivos. E imaginaba Ítaca.
  10.  
  11. En los caseríos de la isla miraba a las ancianas
  12. tejer asiduas a la hora del atardecer y a los viejos
  13. hablar como sólo lo hace el rumor de las olas.
  14. Oía pláticas de los ancianos (que me sonaban 
  15. pero no entendía) frente a puertas y ventanas
  16. de pequeñas casas albas que fulguraban más
  17. con la fulguración del sol. E imaginaba Ítaca.
  18.  
  19. Con dos barcelonesas en las noches
  20. cenaba cordero y ensalada,
  21. mal gustaba del vino de resina, y decía que sí,
  22. con seguridad decía que al día siguiente
  23. me embarcaría hacia Ítaca: me esperaba el barco
  24. en el que iría a la isla que era el final de la navegación.
  25. La isla donde pensaba llegar. La isla
  26. donde siempre pensé llegar.
  27. Pero al alba siguiente posponía el viaje
  28. para el alba siguiente y al alba siguiente
  29. para el otro día. Mientras tanto,
  30. subía a diario las colinas, visitaba en el bus
  31. precipitados pueblos, saludaba
  32. de mañana a los recién llegados,
  33. los despedía al partir, y miraba
  34. de tarde desde la colina
  35. la costa esmeralda y ligeramente sinuosa
  36. de la isla de Ítaca.

                                                                  2001

La Otra: Dices en otros poemas que siempre regresarías a México, a pesar de todo. Este poema traza el curso de un deseo, de un anhelo, quizás el de ser personaje de tu propia poesía, y lo eres. ¿Qué importancia o trascendencia tiene el viaje en el desarrollo cotidiano de éste y en el recuerdo? ¿Hay una Ítaca en tu búsqueda?

MAC: Como se sabe, Cefalonia es la isla más próxima a Ítaca. Yo viajaba en el verano de 1988, en un traghetto, en tercera clase, de Brindisi, en Italia, a Patras, en el Peloponeso. El traghetto hacía una parada en Cefalonia. En cierto momento del viaje, entre dudas, decidí bajar en el puerto de Sami, la capital de Cefalonia para ir a Ítaca, que emblemática y literariamente era el final de la navegación. Desde que tenía veinte años yo leía mucho la Odisea (llegué a dar clases incluso de Literatura Griega en la Universidad Iberoamericana) y había creado en mi imaginación la Ítaca de Odiseo y también mi propia isla final. Llegué al mediodía. El barco a Ítaca había dos salidas incómodas: o muy de mañana o muy de tarde.

   No había una sola habitación en Cefalonia y por primera vez en la vida me quedé en un camping. Era muy barato. Si quería irme debía ser muy temprano porque si llegaba en la noche a Ítaca sería muy difícil buscar dónde quedarme. También había el inconveniente que para ir a Grecia tenía que regresar a Sami porque tenía el boleto para Patras. Pensé, bueno, si estoy en Cefalonia, antes de ir a Ítaca podré conocer la isla, y me puse a viajar por ella, y fue maravilloso, era de una belleza irrepetible. “Mañana iré a Ítaca” me decía, hasta que un día dije, no, mejor no ir, porque sería el final del viaje, y de otra manera, el final de la vida. Es mejor tener la isla imaginada que la real. Y al quinto o sexto día tomé el traghetto… y me fui a Patras. ¿Hice bien o mal?

   La otra Ítaca, la verdadera, es Ciudad de México. Y yo, que he viajado tanto, una y otra vez vuelvo. Creo que lo define muy bien una línea de un poema en prosa que escribí: “Soy el hijo pródigo que regresó a casa demasiadas veces”. Cuando no he vivido en el extranjero siempre he vivido aquí. He viajado infatigablemente la república y cuando analizo en qué ciudad podría pasar los últimos años, la respuesta es la misma: “En ninguna”. Para mí no tener Ciudad de México como centro geográfico es estar fuera del mundo.  

   ¿El viaje? De lo que más me enorgullece es lo que he caminado por América y Europa, los libros que he leído y los buenos amigos que tuve. Me gustaría haber tenido mejor suerte con las mujeres.  

Arles 1996 – Mixcoac 1966

 

                            El estado más puro de nuestra

                                      vida es el adiós.

                                      Péter Dobai, “Campanas apagadas”

 

Ahora el mistral en su furia agarra todo, lleva todo,

arrebata todo: follajes, olas, olores, el color de las

faldas de las mujeres, las miradas desde

las ventanas, el amarillo quemado de las casas.

Miro desde el muelle el puente de un extremo a otro,

de un barrio a otro, a una ciudad que se desvae,

a una soledad que crece, que no ha dejado de crecer.

Teníamos diecisiete años y el patio de la escuela

era inclinado y grande y no necesitábamos decir

ayer porque mañana ilusionaba todo.

¿Qué ayer puede tenerse a los diecisiete años?,

pienso, mientras el Ródano se aleja bajo el puente

y las golondrinas se ponen de amarillo

para medir el trigo y llamean de azul

para anidar el cielo.

¿Y qué pájaro sabe decir adiós como las golondrinas?

¿Qué pájaro mide treinta años en un adiós sin fechas?

Entre ella y las golondrinas quedaba

el verano a la distancia.

El mistral se contrapone a las ventanas,

las miradas huyen, y yo lo oigo, y hay algo

en él, algo, algo en el viento poderoso

–la fuerza, la fiereza, el combate–

que yo hubiera querido comparar a mi vida

–mientras el viento golpea los plátanos, la fachada

del cine y golpea de nuevo la fachada de

la capilla. Golpea.

¿Hubiera sido? Hubiera sido, sin duda.

Pero hoy sólo oigo el mistral sobre el follaje,

la rabia del mistral tremendo en pandemónium,

y el puente se ahuyenta, la ciudad se borra,

antes, claro, de esos diecisiete años, cuando

yo decía en el patio: “Eres la reina”, y ella

me decía: “No sé…tal vez…”

La Otra: El Mistral juega un papel central en este poema donde está el recuerdo de dos personajes presentes en tu poesía, Van Gogh y Rimbaud en su regreso, enfermo, a un hospital de Marsella. Hay cinco elementos muy visibles, el mistral, la juventud, la belleza, el amor, la duda. ¿Qué pinta mejor en tu poema, la ausencia o la admiración?

MAC: En los poemas a Van Gogh y a Rimbaud no está el mistral. Está como ambiente esencial en ese poema “Arles 1996- Mixcoac 1966”. Los tres se hallan en el libro Los adioses del forastero (1997). Ese viento de norte a poniente surge en cualquier estación y es despiadado pero de una belleza extraordinaria: cómo dobla los árboles y se lleva el follaje, cómo parece golpear y llevarse todo, cómo parece llevarnos a nosotros mismos... El poema está escrito en el verano del ’96 a las orillas del Ródano, el río que parte en dos brazos Arles. En el poema, al mirar el Ródano, la iglesia, el puente, me regresaban imágenes del ’66 de la primera muchacha que amé, que estudiaba, como yo, en la Preparatoria Ocho de la UNAM, preparatoria situada en el barrio de Mixcoac. Como todo primer amor aquella muchacha, ni siquiera ahora, que ya han pasado 53 años, ha perdurado y perdurará. Esos amores dejan una herida y al mismo tiempo una intensa luz y al recordarse queda en los ojos la mirada triste de la pérdida y de una ausencia sin remedio. Hay otro poema de un libro posterior, “La estudiante de 1966”, donde vuelvo a hablar de ella. Salvo el poema de Arles y Mixcoac, no recuerdo otro donde el mistral sea esencial como ambiente. Sólo hay dos referencias al mistral, muy de paso, en otro poema arlesiano que se llama “Simple, elemental”, que tiene ecos lopezvelardeanos. En ningún otro. Como dices en el poema de Arles y Mixcoac están la juventud, la belleza, el amor, la duda… pero vistos treinta años después. A ella, luego de la preparatoria, nunca volví a verla, y si nos vimos alguna vez, no nos reconocimos.

Viernes en Jerusalén

                                       a Esther Seligson y Ruth Fine

Desde la clara altura del monte Scopus

contemplo de mañana y tarde las colinas

y resplandece áurea en el centro la cúpula

en círculo del Domo de la Roca, y resplandecen,

en la ladera inferior del Monte de los Olivos,

las cúpulas de oro de la iglesia rusa

de María Magdalena, que parece puesta de pie

sobre un andamio de aire

De tanto en poco y de nuevo en autobús

bajo del monte a la ciudad en sol de viernes,

y atravieso barrios donde pájaros negros

contrapuntean la luz y hablan con Dios, y sólo eso

Y recuerdo a mi madre apoyada en su bastón,

caminar penosamente a través del cuadrángulo

de la nave de San Diego Churubusco,

y me regresan los rostros de los abuelos idos,

que oraban a las nubes en la hora de la labor

en la hacienda aguascalentense,

y reflexiono en el impasse de Oriente Medio,

indescifrable más que un escrito cuneiforme,

donde se cede un ápice para después no darlo,

y creo con razón que “la razón engendra monstruos”,

que razón y corazón y templo no se unen con la regla,

que la muerte amista a la muerte que no muere

Desciendo en King George, cruzo la calle,

enfilo hacia Ben Hillel y miro cómo se multiplican

decenas de gatos esqueléticos, que pasan y sobrepasan,

en la tabla aritmética, el número de mendigos

En meses del invierno –me dicen– llovió mucho

y a las aguas del mar de Galilea y a lo largo del Jordán

bajaron las voces de agua de Juan y de Jesús

Me paro y miro hacia abajo en Ben Yehuda

Ayer, o antaño, o hace poco,

la calle parecía abejera,

pero hoy apenas son visibles

puñados de gente

aquí y allá

Llego a Yaffo

Jóvenes soldados, mujeres y hombres,

con el rifle apuntado hacia la cara,

con el rifle apuntándose a la cara,

defienden su niñez y la niñez de otros

Rogad por la paz de Jerusalén

para que prosperen los que la aman

Rogad a Dios que roguemos por él

para que no viva en la tristeza y desventura

Y la dicha dónde estaba, dónde estaba

el dinero que ciega y abre puertas, la fama

que ciega y abre puertas, el Amor raído

con su vestido a ciegas

Por la calle de Yaffo, las jóvenes israelíes,

tan respirables, tan mediterráneamente frescas,

con el vientre desnudo y los senos frondosos,

dan miel dulcísima a la boca

y vino que gotea sobre la boca

Hermosas son la hijas de Jerusalén,

pero más codiciables, higueras que dan el higo,

palomas en parvada hacia el hueco de la peñas

Frente al Correo Central, de pie con los ingleses,

busco responderme ahora, en la primavera

del año tercero del milenio, con el fardo

de los cincuenta y cuatro años,

después de atravesar un túnel de la larga oscuridad,

por qué seguí una navegación, la cual, desde el principio

yo sabía que la echaría a perder

sin regresar jamás a Ítaca

Oh Jerusalén, color de arena y miel,

ciudad de Dios convertida en un infierno,

donde los hijos caen al filo de cuchillo

y los niños lloran al padre que aún ayer,

después del almuerzo o de la cena,

dejaba en la sala de la casa

el vaso del vino y el humo del cigarro

Llego a la Ciudad Vieja, el centro del cielo vertical

de naciones y tierras, donde el fuego cruzado

de cristianos y árabes, de judíos y de turcos,

perfora la hoja blanca en el pico de la paloma

Por cada terrón, por cada esquirla de calcedonia o vidrio,

de piedra basáltica o caliza, por cada astilla de la madera,

estéril, absurdamente se han sacrificado millares de millones

sin que la vida de asno o del camello se modifique un palmo

Ay, Jerusalén, Ciudad de la Verdad, de tu casa

los pájaros se llevan en el pico la hoja del olivo,

se llevan en las alas el higo ya desecho,

regresan y se elevan llevándose el Hijo ya desecho,

y resuenan con dulzura en los muros de la iglesia

los discos de los címbalos y la letra de las Bienaventuranzas

Llego a la Puerta Nueva y de la calle de El Jadid

desciendo por Frères  y por St. Francis

y los gritos de los árabes a grito herido

solicitan y claman que regresen

los años de alfanje y del bolsillo próspero

Regad por la paz de Jerusalén, ciudad de paz,

aunque el hermano recoja en la acera

el cuerpo agujereado del hermano

Desde los once años dejé de confesarme,

dejé de comulgar, me alejé de la práctica y del rito

Para el niño el sacerdote era como un dios terrible

y rencoroso, que lenta y cruelmente lo hundiría

en las aguas agitadas y el fuego de la Gehena

¿Por qué el catolicismo se basa en el dolor?

¿Por qué Cristo permanece en la cruz

y no lo vemos de pie en la Galilea, cortando

la anémona y la rosa, volviéndose agua

en el agua de los lagos, o en la cumbre

de los montes transfigurándose en luz,

sin más mensaje que el claro renuevo del almendro

y la pulpa del níspero en la boca

en la clara mañana que dará el mañana?

Esta es Jerusalén, a quien Dios puso en medio

de las naciones y a la tierra alrededor de ella

Mezquita, iglesia o sinagoga,

Dios se multiplica por Uno hasta ser muchos,

y regresa, con el pan y los peces, con el vino

y los vasos, para terminar desangrándose por

callejuelas y plazas de la Ciudad Vieja

¿Pero qué puede hacer un hombre con el corazón roto?

Un hombre que buscó         la orientación sin atlas y sin brújula,

y no quiso saber que a siete kilómetros

permanecía íntegra y abierta la Navidad en la tierra

Todo bajo el sol tiene su tiempo, dijo el Predicador,

pero yo vine en el tiempo equivocado

Un día, en fin, a la verdad, sin darte cuenta,

Dios o los dioses te abandonan, sin darte cuenta

crees que el mundo es ancho y grande y múltiple

y se hizo para ti, y vas a la deriva y no lo sabes

Esa vida, esa gran vida no la hiciste,

diste veinte mil vueltas por veinte mil círculos

pensando que la hacías, creyendo que la hacías,

cuando ya la velocidad del caballo era un pie roto

y la fuerza del león el llanto del ternero

Dando traspiés, dejando atrás comercios de baratijas,

sangrando de la espalda y de la frente, ensordecido

por el griterío, enceguecido por el sol de abril,

llego, fuera de la ciudad, a la cima del monte,

miro las lágrimas de la madre sin consolación,

miro al verdugo clavándose las manos, y pienso que

a lo mejor alguna vez, alguna vez, cuando el justo

lo sea de corazón y el sufrido de espíritu

no escuche la canción del necio

cuando el nombre del malvado sea raído y sucumban

el héroe y el mártir fraudulentos, cuando no sea un lloro

el tiempo de la tribulación y el tiempo del infortunio,

el verano se hará una golondrina, el sol verá su luz

en el fruto del naranjo y el vino viejo

se beberá por fin en odre nuevo

Y en ninguna calle de Jerusalén podrá caminarse

porque muchachas y muchachos jugarán en ellas

La Otra: Es éste un poema que da título a tu libro, ganador del Premio Casa de América 2005 en España. Una ciudad mítica engloba diversas temáticas en ese libro, pero el poema te coloca en un punto de la historia. ¿Cómo se cruza tu biografía con el drama de los pueblos?

MAC: Es el poema que prefiero, es el que siento más mío. Como quizá sepa, yo estuve tres meses en Jerusalén para impartir un curso “Mito, historia y poesía en el mundo prehispánico”. La verdad, en el curso, salvo dos argentinos, nadie estaba mayormente interesados, pero acabé entendiéndolo. Los jóvenes trabajan y a la vez estudian y todos, en determinado momento, tienes que hacer tres años de servicio militar (los varones) y dos años (las mujeres). Yo cumplí como siempre trato de hacerlo. Hice mi mejor esfuerzo. Pero también me quedaba mucho tiempo para conocer el país, que, por cierto, es bellísimo, sobre todo la Galilea, y claro, Jerusalén.

   El poema es muy complejo. Es emblemáticamente una vía dolorosa muy personal desde donde se halla la Universidad Hebrea de Jerusalén, en el Monte Scopus, hasta la iglesia del Santo Sepulcro en el barrio cristiano del centro histórico. Por eso es Viernes en Jerusalén. Las estrofas en cursivas que utilizo son paráfrasis de citas de la Biblia donde se menciona a Jerusalén y trato de que vivan dentro del poema.

   Es un trayecto que hago en autobús hasta el centro comercial y luego a pie hasta la ciudad vieja. En el trayecto reflexiono lo que ha sido mi vida y voy haciendo pespuntes. Se integra la vivencia histórica y política con la experiencia autobiográfica, sí, una historia donde la ciudad ha sido escenario donde han dominado judíos o cristianos o turcos o musulmanes desde hace treinta siglos y la ciudad se ha llenado de sangre y no se ha avanzado un ápice. Problemas complejísimos que nadie sabría explicar pero que todos creen hacerlo. La única realidad es la de los hermanos que se matan y seguirán matándose. Los israelíes, en su mayoría, quisieran tierra por paz, pero los halcones de uno y otro lado harán hasta lo imposible porque eso no suceda. En el poema recuerdo o aludo en momentos, entre imágenes de una ciudad sin turistas (acababa de pasar la guerra de Irak), a mi madre recién muerta, a los abuelos en la hacienda, a una enfermedad penosa por la que había pasado el año anterior, mi alejamiento del catolicismo, una vida que fue yéndose a la deriva, y termina con el ascenso al calvario, pero en vez de la crucifixión, doy un giro y pienso que vendrá un día en que Jerusalén tendrá el verano que sea una golondrina y muchachas y muchachos jugarán sin miedo en ella.

En la gran ruta

  1. C’est la vraie marche. En avant, route.
  2. Iluminaciones, Rimbaud

Y cómo no lo iba a hacer, cómo no iba a ser
si el camino era, cómo no iba a andar a pie
si mi paso era de viento, si el vivir no sabía del
fiel de la balanza, andar a pie —decía Thoreau—
es la manera de llegar más lejos, y yo, y yo
de los veinte a los treinta quería conocer todo,
conocía todo —figuras italianas ritmadas
a la más alta pintura, catedrales sin Dios,
calles medidas según la sombra o luz, plazas
del tamaño de una aguja, conventos coloniales
donde el diablo hacía planes con la muerte,
riberas melancólicas del Arno, el Sena y el Danubio,
largos muelles del Jónico en la punta de los dedos—,
conocía el paso leve de los años, el peso de los daños,
escandía el endecasílabo y mi propia manera de avistar:
allá, a ojo de pájaro, vislumbro Barcelona gris
en Año Nuevo, Andalucía con mujeres tan bellas
que Dios se sorprendió de su creación, Cáceres
perfectamente puesta en la piedra medieval,
Salamanca de tarde en el mañana
en el múltiple ayer que ya os decía,
Ávila con el hábito de Teresa
a ras de pasto, Segovia en el recuerdo fresco
de Martha delgada en fuente grande, Madrid mustio
con aire de provincia y con la bota del déspota
en el rostro que a muchos alegraba,
y yo era veloz y fuerte, melancólico y violento,
y me iba, ya lo dije, caray, me iba
cambiándome la máscara según el teatro,
me iba repitiéndome la línea de Eliot:
“No hasta luego, sino adelante, viajeros”.
Pero en los treinta y cuarenta, con el
paso de los años, con el peso de los daños,
en efecto, sí, aún así lo veía todo,
oía todo, todo lo quería hacer mío:
escúchese el Mediterráneo al pie de Cabo Sounion,
el gorrión bajo el ciprés al mirar el mar en Sami,
el olor del jazmín o del geranio en la mínima Karlóvassi
—aquel verano cuando Ritsos veía cerca el fin,
cuando Elytis, en su casa de Atenas veía cerca el fin—,
castillos y ríos de la Provenza, colinas dulcísimas
de Italia, ay, aquella verde Austria
—biblioteca, bosque, ermita, escaparate— con
personas amigas que me dieron la mano en un país
tan pequeñamente grande, tan áspero y
oscuramente bello, en fin, me iba, ya dije, me iba
con la máscara gastada por la distorsión de hechos,
por la fatuidad caída en tierra del Miserere al
De Profundis, me iba, me iba diciéndome
la línea de Eliot:
“No hasta luego, sino adelante, viajeros”.
Pero otra vez el paso de los años, el peso de
los daños: los cincuenta y sesenta, la furia
de la hoguera en el furioso pecho,
creyendo ser de nuevo totalmente
el de los pies de aire, el velocísimo caballo
llevándose en montura la América Latina,
pero el paso callaba, el paso se paraba,
y yo en el despaso, ay, despacio me veía:
la ceniza en la frente, el navío del corazón
hundido a pique, el diapasón llorado en la,
el maquillaje sucio en la cara del payaso,
que dolido, con las armas melladas,
se presenta en el círculo del circo y arroja
las máscaras con ira pues ya no sirven
para esconder nada ni engañar a nadie.
¿Seguir adelante?, sí. ¿Decir palabras como otrora,
antaño o hace ya tiempo?, sí, ¿Valió la pena
la vida?, sí, ¿Me enorgullece haber visto y
viajado como lo hice?, sí. Pero al menos,
al menos contéstenme dos cosas:
¿Dónde quedó lo que yo anduve? ¿Cómo saber
si lo vivido fue?

                                                              2011

La Otra: En este poema te enfrascas en la experiencia del viaje, muy de corte romántico, muy a la manera de los antiguos viajeros. Pero concluyes con una duda lapidaria: "¿Dónde quedó lo que yo anduve? ¿Cómo saber si lo vivido fue?" En este horizonte de un mundo global y de comunicaciones de la simultaneidad ¿Cómo responder a eso?

MAC: No desproporcionemos de tal manera las cosas. Es una cuestión del todo individual, pero estoy seguro que lo mismo han vivido numerosas gentes. Yo empecé a viajar en 1972 y pasaron más de quince años desde entonces para que se empezara hablar de un mundo globalizado. Ni quién pensara en eso, o al menos, a mí ni se me ocurría. En cada país europeo, en la aduana, te sellaban el pasaporte.

   Quise escribir un poema con un ritmo de vértigo, con giros y repeticiones, de experiencias vividas en países europeos, y en mucho menor medida, de América Latina. Hay un verso de Eliot que es un leitmotiv y es clave: “No feliz viaje, sino adelante, viajeros”. Eso puede leerse asimismo como: No importa la felicidad en tus viajes por el mundo, sino ir adelante, conocer lo que sea posible, vivir cuanto sea posible, hacer una obra contra todo. Narrado el poema por décadas (desde mis años veinte hasta mis años sesenta), ese seguir adelante en la vida se va haciendo más difícil “con el paso de los años, con el peso de los daños”.

   Pero cuando veo mi vida en el pasado me parecen imágenes como de sueño. El olvido ha derrotado despiadadamente a la memoria. Y uno, en su soledad, no pocas veces se pregunta: ¿Pero yo viví todos esos viajes? ¿En verdad esas experiencias existieron? ¿O la vida es sólo un sueño lleno de imágenes fragmentadas y el tiempo una convención vacía? Ya lo decía Sófocles: “Porque en la vida que vivimos/ no somos sino imágenes y sombras”. Y sólo imágenes y sombras veo en los ojos de la memoria.