EL LEGADO

Fui engendrado  y criado en las Villas del Común de la Villa del Segura. Mi padre no me ha reconocido, pero nos trajo a la corte, a madre y a mí. Recuerdo la fecha de nuestra llegada: 21 de abril de 1715; ¡era el día de mi sexto cumpleaños!

Estábamos muy cansados, pese a la comodidad de un viaje que había sido preparado con tanto amor como secretismo.  

Ya estaba acostumbrado a ambos desde mi más tierna infancia; nada nos faltaba.

— ¡Tienes el mejor padre del mundo!

Repetía mi madre y cada vez dejaba escapar un suspiro.

Sabía que no podía hacer preguntas y no las hice cuando me anunció, con gozo, el viaje.

Comprendí que nuestro benefactor nos reclamaba.

No quería dejar mi tierra; por otra parte, mi madre, Isabel Carlota, se esforzaba en transmitirme su alegría y en hacerme disfrutar de la comodidad del carruaje.

El recuerdo de las palabras que pronunció con tanto ardor Pedro, la víspera de la salida, me tenía más ocupado.

_Nunca encontrarás hombres tan libres  como aquí.

Estábamos en el puente que Pedro había señalado como obra de los romanos.

_Estas aguas nos han forjado.

Mi interlocutor se refería al río Guadalimar; conocía palmo a palmo el recorrido de éste por mi mundo conocido, aunque madre no me dejaba ir solo, su compañía o la de Pedro me permitían gozar de paseos diarios, incluso cuando había tormenta.

Ambos eran excelente educadores y compañeros de juegos.

El Guadalimar era el único que nos quería en aquellas tierras; de nada sirvió que madre contratara a Pedro, un reputado maestro que dejó de ser bien visto desde que me aceptó como pupilo.

—Estas aguas nos dividen y  nos unen, son bravas y calmas, puras y mezcladas de fragmentos de tiempos y espacios, sanas…

— ¿Y por qué nos odian?

Me había atrevido a preguntar en aquel momento.

En la comodidad del carruaje que nos conducía a un destino que me alejaba del lugar en que quería vivir, yo mismo tenía la respuesta y me hubiera gustado comunicarla a Pedro; éste  viajaba en otro carruaje que trasportaba nuestro equipaje y recuerdos que llevábamos los tres.

Mi madre observaba el paisaje con pena y esperanza. No se le escapaba mi zozobra, y aclaró:

—Todo cambiará y nada alterará el flujo de nuestro querido Guadalimar.

Madre es francesa y comparte nuestro amor por unas aguas que ella ha pintado en todos sus colores, sabores, bravura y acogida.

— ¿Por qué no nos quieren?

—Todo cambiará ahora…

Dudó un buen rato antes de anunciar:

—Tendrás que llamar padre a Pedro.

— ¿Por qué cuando el mío nos reclama?

—Hazme caso ¿No quieres que nos acepten?

Me quedé  confuso, a pesar de que comprendía que si los demás me ven como alguien que tiene padre y madre…

—Pero no somos españoles…

— ¿Quién puede afirmar eso? Tenemos papeles legales que muestran lo contrario. Yo he perdido mi deje francés. Tú nunca lo has tenido…

—Gracias a Pedro.

—Tu padre, según los papeles que muestran nuestro matrimonio, en 1707.

Bueno… Conocimos a Pedro el día de mi cuarto cumpleaños… Vino a traerme un regalo.

Le salió mal el desafío. Felizmente que ese padre que quizá llegue a conocer algún día ha sido siempre muy generoso en los dineros que nos enviaba.

Pedro se quedó con nosotros. Los tres estamos muy unidos, por el Guadalimar, por la Villa del Común del Segura y por las miradas.

No hay más; mi padre y el amado de Isabel Carlota, es ese desconocido que por lo que había dicho ésta, tendremos que seguir ocultando.

Nuestra llegada a la corte me mostraba el disimulo al que ya he tenido que acostumbrarme.

La primera esposa del rey Felipe V, María Luisa Gabriela de Saboya, había muerto  en 1714; dejó tres hijos que aún vivían entonces: Luis, nacido el 25 de agosto de 1707, Felipe Pedro, quien lo hizo el 7 de junio de 1712  y Fernando, que esperó hasta el 23 de septiembre de 1713 para hacerlo.

Las razones de Estado y unas intrigas de las que es mejor y más seguro no ocuparse, trajeron una nueva reina en la persona de Isabel de Farnesio, el 24 de diciembre de 1714.

Desde entonces, los hijos de la difunta fueron aislados de la corte, en menor medida el príncipe de Asturias, por aquello del título.

Nuestro protector tenía gran interés en amparar a estos desgraciados.

Había que evitar que la consorte saciara sus ansias de eliminar los obstáculos al poder de sus vástagos

No se podía dejar tiempo al tiempo y padre tenía las manos atadas por una esposa que le daba un poder que había perdido en los nuevos tiempos.

Por muy niño que fuera, mi madre me había explicado todo eso en el carruaje que nos traía a nuestro nuevo destino.  

Bueno, a su manera; lo suficiente para que comprendiera el papel que me tocaba jugar: el de hijo de unos guardeses, cristianos viejos, deseosos de cumplir con los deseos de la reina.

En realidad, nuestra misión era la de educar a unos niños destinados a funciones a las que su madrastra no tenía la menor intención de facilitar el acceso.

Eso era todo lo que mi madre estimaba que debía saber antes de nuestra llegada.

—A mi padre…

Mi respuesta molestó. Sentí en el rostro de madre una contrariedad mucho más intensa de lo que había podido imaginar.

Estábamos hablando en francés. No era culpa mía, era la lengua en que manteníamos nuestras conversaciones.

Con Pedro siempre utilizábamos el castellano. Nunca tuve la posibilidad de hablar con los niños de las Villas del Común de la Villa del Segura, pero, cuando escuchaba a éstos, comprendía, pero lo decían de forma diferente.

¿Por qué madre, tras expresar en nuestra lengua su enfado, me reprochó tan duramente que la utilizáramos en nuestra intimidad?

No me dejó preguntarlo.

De hecho ya tenía la respuesta en el vestuario que ella había elegido para ambos

Nuestras fachas eran de devotos.

Madre había sobrevivido en el Versalles de la Maintenont, cuando la penitencia se había impuesto en la corte del rey SOL, aunque era una niña descreída.

—Debes saber, en primer lugar, que me llamo actualmente María del Rosario.

No le costó mucho investirse con los aderezos que tenía a mano. Era el vivo retrato de un alma piadosa.

Me entró la risa.

— ¡Jovencito! ¡Es la hora de nuestras oraciones!

No me lo podía creer y ahora ya lo hago.

Somos una familia castellana, con honra, pero sin blasones.

Tenía razón madre cuando decidió empezar tan pronto con los ensayos. Ambos éramos actores porque nos salía de las venas, pero necesitábamos entrar tan bien en nuestros papeles que pudiéramos desactivar todas las metrallas que iban a interponerse en nuestro paso.

—La Farnesio es muy astuta. No podemos permitirnos el menor desliz. Somos los guardianes que ella ha puesto a sus odiados hijastros. No tenemos una gota de sangre impía, lo justo de cerebro y mucha devoción por nuestra señora la reina.

Paró en seco. Comprobó que con el disfraz que nos vestía ya había comprendido y añadió:

—Verás a tu padre, pero, su seguridad y la nuestra dependen de que el encuentro pase desapercibido a los ojos más escrutadores

También lo había comprendido desde que me atribuyó puesto que se me atribuyó un padre putativo.

— ¿Es creyente  la Farnesio?

—Pienso que, como la Maintenont; sabe utilizar el talón de Aquiles de los Borbón: el temor de éstos al castigo divino que acarrea su desenfrenada lujuria.

—Ya…

—Recuerda que un niño de 6 años no debe participar en estas conversaciones. Misas, rosarios, penitencias  y trabajos nos impedirán caer en la tentación.

Yo quería conocer a mi padre, aún a sabiendas de que el secretismo que nos imponía la misión dejaría el encuentro en entredicho.

Consideraba un privilegio el estar unidos por el objetivo de impedir que la reina lograra sus perversos fines.

Incluso me hacía ilusiones de lograr la amistad de los príncipes cautivos.

— ¿Me excluirán ellos también?

Pregunté, angustiado

—En primer lugar, debes de comprender que nosotros estamos al servicio de estos niños…

—Lo sé y también que solamente debo dirigirme a ellos con reverencia y cuando no haya oídos u ojos que…

Madre no me dejó terminar. Casi estábamos llegando a nuestro destino.

Lo harás cuando te lo indique el confesor: ha tenido la amabilidad de ocuparse de tu alma el mismo que lo hace con la de los príncipes. Tú tienes que limitarte a seguir instrucciones y debes esforzarte en dejar claro al sacerdote que su decisión de acogerte ha sido la acertada. No olvides que es un hombre de la reina.

¿Cómo olvidarlo? La esposa de mi padre estaba por medio.

La calurosa recepción que tuvimos a nuestra llegada era ya un claro testimonio del poderío de ésta  Se nos atribuía amplio apartamento, amueblado  con decoro. Teníamos servicio, aunque, por un discreto gesto de mi madre comprendí  a quién servían realmente.

Todo muy bonito. Se nos acogía con mucha bondad. No sentía el rechazo que nos aislaba en mi tierra, pero, cuando probé el agua que tan ceremoniosamente se nos había servido, comprendí, de golpe y porrazo, lo que me habían arrebatado: no estaba el sabor del Guadalimar. Faltaban las entrañas de unas tierras que remontan a tiempos muy anteriores al invento de la escritura y que están muy presentes en la última.

 El puente romano que visité junto a Pedro data del siglo uno antes de Cristo. Sabía y tanto mi madre como él me han mostrado restos de diferentes civilizaciones, que la comarca había atraído a todos los conquistadores de la Península .¿Por qué? Porque la riqueza de estos líquidos proviene de la pureza del manantial y de la asimilación de los perfumes que la tierra que recorre ha guardado desde los más remotos tiempos ¿Qué mejor nutriente para unas tierras que han sido compañeras de vivencias?

Todo eso se ve desde el puente romano: abundancia de cultivo lleno de vida y de sabores,  y de arbolado insultante de fortaleza y de gozo.

—Los romanos construyeron este puente para exportar la aceituna y la resina destinada a la clientela más exigente. Este río tiene tramos navegables   y su fusión con el Guadalquivir facilita el transporte.

Explicaba mi compañero de paseo mientras yo contemplaba los colores de unas aguas claramente orgullosas de haber tomado lo mejor de su recorrido, que muestran su fuerza y su escucha sin arrogancia.

—Cierto, la presencia del molino parece ser la motivación de la construcción de este puente, pero hay pruebas del interés forestal desde la más remota Antigüedad.

¿Por qué había respondido eso? ¿Por qué vino a mi mente cuando probé el agua que me ofrecieron en mi nuevo domicilio y tuve que disimular la náusea que me producía?

¿Por qué sentí un escalofrío cuando comprobé que la libertad y dignidad que otorgaban las “Ordenanzas de la Villa del Común de Villa del Segura y su Tierra”, consensuadas entre el 27 y el 28 de junio de 1580 y rubricadas por Felipe II, el 5 de junio de 1581, que daban la dignidad de mi tierra a sus habitantes, estaban en peligro?

No pude reprimir el escalofrío que me provocó ese temor. ¡Fue tan duro el encuentro con mi nuevo sitio y la gente que me rodeaba!

Disimulé ¿Qué remedio? Madre ya estaba anunciando nuestra urgente necesidad de recluirnos en la capilla para dar gracias por la acogida en nuestro nuevo hogar.

Los inciensos y la devoción que descubrí estupefacto, en mis “padres”, hicieron que el horrible presagio se expresara en ritos que iba aprendiendo.

Lloré amargamente por mi tierra.

Solamente se interpretaba el  que mi corazón se entregaba al “Eterno”.

Lo supe al día siguiente, cuando fui convocado por un confesor de los príncipes que aceptaba, encantado, el cuidado de mi alma.

Alta debía verla mi “director espiritual”, puesto que descubrió mi vocación por el sacerdocio y decidió iniciarme en los latines y en las liturgias.

Bien poco recuerdo de todo aquello, pese a que mis ropajes de monaguillo causaron viva impresión en las dependencias donde estaban recluidos los hijastros de la reina de España.

Desperté la admiración de los dos mayores; Luis,  de 9 años  y Felipe Pedro, de tres; y hasta del  cadete Fernando, pese a que éste no había cumplido los dos añitos cuando me subieron a los altares.

¿Por qué sentí tanto miedo cuando se estableció la primera relación con los cautivos, por muy príncipes que fueran?

De nuevo sentí un pinchazo que me arrastró a los brazos que sostenían al último.

Fue mi primer milagro a los ojos del representante de Dios en aquella cárcel.

El homenajeado soltó su primera parrafada.

Cierto que lo hizo en su lenguaje, pero utilizó mayestática solemnidad suficiente como para hacernos sentir un extraño mensaje del Eterno.

Todos creímos en mi primer milagro, incluidos mis “padres” y yo.

Desencadené los amores de la reina hacia mí y el odio de la misma, al que se declaraba como el superviviente que podría arrebatar poderío a sus vástagos.

Fue realmente una profecía. Los dos mayores fallecieron, aunque Luis logró gobernar unos meses, en 1724 y Fernando VI reinó del nueve de julio de 1746 al 10 de agosto de 1759.

He sentido atracción por los tres, aunque he de reconocer que, pese a la diferencia de edad, con el peque, la relación ha sido más intensa y mucho menos mística que con los otros.

Es verdad que nuestro encuentro era eclesiástico; estábamos arropados por la sotana de nuestro confesor y bajo la atentísima mirada de una Santa Madre Iglesia dividida entre  quienes obedecen a la cruel reina y los que defendemos a los oprimidos.

Suena a pío, aunque aquí nadie somos santos autónomos.

Hay muchos intereses en juego.

Nadie me lo ha explicado pero lo sé desde mi más tierna infancia.

Bueno… saberlo…

No era odio lo que sentía en mis gentes… De hecho, estoy convencido de que ellos me consideraban, asimismo, su gente.

Se trataba de algo diferente; nosotros estábamos cargados de fronteras.

No me había dado cuenta de este detalle hasta que llegamos  a esta cárcel. No creo que allí fuera tanto obstáculo el ser hijo de soltera.

Todo lo contrario de lo que ocurre aquí.

Sería mucho peor, en mi tierra,  si nos vieran ahora, investidos de cristianos viejos.

En las tierras conocidas como las de los cuatro reinos, por el hecho de haber dependido de cuatro  cánones, no puede hablarse de canonjías y aún menos, presentarse como canónigos.

Yo me entendía entonces pero me faltaba llegar a aquel disimulo que adquirí en la “corte”, para ser capaz de explicarlo.

¡De qué poco me ha servido!

Claro que he estado presente en muchos milagros y conjuros, pero, insisto, no me han servido para salvar a mi tierra y a mis gentes.

Yo hice rey a Fernando VI y le llevé ante mis gentes.

¡Me equivoqué!

“Simplemente no era el lugar”, decía mi madre.

¿Qué lugar mejor que el que ofrecen una tierra y una gente soberanos para revivir a un rey?, me sigo preguntando.

Ella, como hace siempre, respondería: “No puedes mostrar a un soberano la existencia, dentro de sus fronteras,  de un Estado distinto del que encabeza: los monarcas absolutos no son bicéfalos.

Es el recuerdo que me queda de madre, además de una herencia que me permite pasar muy holgadamente el resto de mi vida.

¿Cómo la consiguió?

Gracias a mis milagros.

Se hablaba de estos en una corte blindada a los hijastros de la reina.

Circunstancia que hubiera debido despertar las iras de la madrasta no fue así. Se enteró de primera mano por los confidentes que controlaban sus intereses en el encierro. Estos me veían como un profeta de la muerte de los predecesores en la línea sucesoria. Ya solo Felipe usurpaba los derechos que ella atribuía a sus vástagos.

El bando que se apiadaba de los huérfanos vio con buenos ojos lo que tomaban como dulcificación del castigo impuesto.

Mis “padres” recibían por ambas partes y de la multitud de intereses que se cruzaban.

Ambos miraban a sus pagadores con indiferencia. Compartían una Ilustración que consideraban traicionada por los monarcas que la invocaban.

Es un tema complicado que nos llevaría muy lejos.

No me siento utilizado; me dieron excelente educación, como corresponde al hijo de un padre que nunca conoceré.

Me han  hecho entrar en la pocilga que me anunciaba aquel vaso de agua que me produjo nauseas cuando llegué.

¿Por qué Felipe VI no captó la pura riqueza del agua de mi pueblo?

“El gusto se capta cuando no estás contaminado”

Diría y decía madre.

No me sirve la respuesta.

Me grito que no he hecho bien mi trabajo.

Pensaba haberlo hecho.

Saqué a esta criatura del miedo que le amenazaba desde que perdió a su madre con unos pocos meses de vida.

Las razones para tenerlo eran visibles día tras día.

Un padre enfermo de los nervios, de lujuria y de beaterio.

Una madrastra que quiere borrarle del planeta

Intrigas a todas horas

La muerte de sus hermanos.

Podría hacer una letanía pero ya ha pasado la hora en que tenía que lucir uniforme de devoto.

Hice un rey de quien estaba destinado a ser un despojo.

Lo  hice solito; porque, el preceptor asignado era tan noble que obedecía las órdenes de la malvada madrastra: provocaba indolencia y agudizaba las angustias que llevaron a la tumba a un soberano que hubiera podido adecentar el reinado de la recién estrenada, con tal mal pie, dinastía.

No comprendí entonces el mal que estaba haciendo a mi tierra y a mi gente.

“Si no hubiera sido él quien tomó la decisión, hubiera sido otro”

Decía y diría mi madre.

Reconozco que es cierto: la madera de la Sierra del Segura ha sido codiciada desde la más remota Antigüedad.

Lo sabía desde niño.

¿Por qué no llegué a prever que la armada era prioritaria en un imperio que se desmoronaba?

¿Cómo podía esperar que un soberano al que había inculcado la necesidad de protegerse de las nauseabundas intrigas que asolan nuestra enferma Europa, apreciara nuestros productos, como ya le había indicado que lo hacían los romanos, cuando nuestros bosques le indicaban la manera de afilar unos dientes que disuadieran de cualquier intento de meternos la guerra?

Ellos, los que veían las ganancias sabían perfectamente centrar la atención del monarca

Sabores, colores, voces y ordenanzas de predecesores pasaban al fondo; solamente se veían naves y dineros en unas arcas vacías,

Así, Felipe VI acababa de decretar, nunca olvidaré esta fecha: 31 de enero de 1748, la “Ordenanza de Montes de la Marina”, que integraba nuestras Villas del Común en una legislación que contempla la protección de nuestras costas, comercio y territorios ultramarinos.

El soberano  empalideció cuando le di  mi opinión

— ¡Que disparate!

“Un Borbón no puede aceptar insultos de sus súbditos”

Hubiera criticado mi madre.

Lo sabía y hubiera sido el primero en recordárselo a mi pupilo.

Yo ya no era súbdito, amigo o cómplice.

Había fracasado en mi tarea, pese a los muchos laureles y dineros que acumulaba.

La sierra de Segura se convirtió en una fábrica de guerra y el Común fue reemplazado por especuladores.

¿Quién defendería la pureza enriquecida por los tiempos y los espacios de nuestras tierras, de nuestros cultivos, de nuestras carnes y de nuestras gentes?

Yo. Sí, el mismo que causó la desgracia.

Lo hice cuando comprendí que mi vida tenía sentido.

Desde luego, ya no, en una corte en la que había cumplido mi misión.

¿Qué misión?

Sin que se me informara de la misma,  “por razones de seguridad”, me dijeron lo necesario, lo fui descubriendo a través de las razones  por las que Isabel Carlota y yo teníamos que vestirnos de devotos cristianos viejos, como si no fuéramos franceses o desconociéramos el legado de Ninon de l’Enclos.

Madre me habló de ella, pese a mi corta edad, el 17 de octubre de 1708.

Recuerdo la fecha porque fue la primera vez que la vi llorar.

Ella estaba en su alcoba y yo entré sin llamar, pese a haber estado educado para hacerlo.

Siquiera paró su llanto para echarme la reprimenda.

Tenía en sus manos un retrato de alguien que  me pareció un hada, pese a  estar acostumbrado de ver  retratos de bellezas francesas.

Madre había reservado sitio para rememorar vivencias, en sus baúles.

En realidad pienso que nunca dejó sus tierras y que esta circunstancia le impedía dejarse penetrar por las mías; el lugar donde me engendró, parió y crió.

—Es el quinto centenario de su muerte.

Dijo mi madre

Se limpió la cara y tomó un buen rato, para rehacer su maquillaje.

Me dio tiempo para leer la nota bajo el retrato y esta me sacó las preguntas a las que sometí a la madre que ya se presentaba tan impecable como de costumbre. Mis inquietudes no eran infundadas: «Un claro ejemplo del triunfo del vicio, cuando se dirige con inteligencia y se redime con un poco de virtud».

Firmaba Saint-Simón; un libertino que escribe frecuentemente a Madre.

He aprendido a leer y a escribir con esa correspondencia.

Madre considera que tengo que tomar esa letra y que aprender a opinar con ese tino. “Es la única forma de sobrevivir en esta cloaca infectada de ratas rabiosas”, repetía y repetía.

No conseguí que me explicara la frase de Saint Simón. Se limitó a decir: “La mujer de César no tiene que ser honesta”.

—Tiene que parecerlo

Añadí yo acompañando mi frase con una triste sonrisa.

—Ninon está entre nosotros. No hay motivo de tristeza…

La despedida de mi madre no me infundió alegría y ella lo notó. No podía dejarme ir así.

—Hay un legado. El testamento fue concebido de forma que los herederos hagamos lo que ella hubiera hecho.

— ¿Somos herederos?

— ¡Sí!

¿Por qué me viene a la mente este recuerdo?

Ya estoy en mi tierra y he encontrado a mi gente, bueno somos pocos, pero estamos centrados en el cultivo y en la crianza de nuestra deliciosa fauna.

Los dineros de una imprudencia que no hizo sino adelantar la llegada a nuestras tierras de los animales de rapiña, están sirviendo para mantener nuestra excelencia, y el legado de Ninon de L’Enclos  me da fuerzas para estar seguro de que resistiremos hasta que los rapaces encuentren piezas más apetitosas.

¿Para qué indagar más en la misión que me llevó a la corte o en la identidad de mi padre?

Tengo a Pedro con quien comparto la encomienda del legado.