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Jimena Jurado

Reescribir el vacío

Mientras que la memoria, borrosa a menudo, suele ser un territorio opaco e intemporal que amenaza con desaparecer sus últimos resquicios, los poemas de Ibán de León contrarrestan sus vacíos, trazan imágenes nítidas, son diáfanos y de una precisión casi fotográfica: con palabras pequeñas reinterpretan episodios autobiográficos y emprenden una búsqueda a través de recuerdos, para mostrarnos la claridad que la mente no logra.

Su trabajo parte de la cotidianidad y el intimismo de la propia experiencia: por ejemplo, una infancia que no es sólo floritura o exaltación de lo hermoso, sino entramado de dudas, belleza, violencia, dolor. Pero estas palabras tan universales no son empleadas de forma explícita. Como Chantal Maillard señala y desaprueba, «decimos la muerte en vez de referirnos a un hombre muerto», y en el trabajo de Ibán los grandes conceptos son representados desde lo singular. Sus poemas son el viaje constante y cíclico hacia el interior de un tiempo y espacio que no es “El tiempo”, sino momentos marcados con y por el nombre de las estaciones del año, los meses, las horas, incluso con nombres propios, de pueblos y personas. Oscuridad del agua, Estaciones nocturnas y La rosa y el baldío son un tránsito a través de paisajes recurrentes: el campo y sus mangales, la buganvilia, la casa de la niñez, las gallinas, los potros y las cabras.

Si en su obra, por un lado, habita lo oscuro (noches que transcurren en los dedos, el conteo de los días insomnio tras insomnio), y por otro, lo luminoso (vivencias que poseen colores, aromas y el frescor del campo), si encontramos musicalidad y silencios, lentitud y tiempo detenido, pasado y presente, contrastes, altibajos, claroscuros, entonces puede hablarse de equilibrio. Y éste se halla no sólo en el fondo, donde distribuye con cuidado las ideas y los recursos (algo que Eliana Albala llamaría con palabras técnicas «intuición poética cuantitativamente superior», para referirse a los hallazgos vitales de los poetas) sino en las formas, donde existen el verso “libre”, a veces el soneto y a veces la prosa.

Para mí sus poemas tienen la facultad de frustrarnos y hacernos sonreír al mismo tiempo, de ser entrañables y causar dolor. Su tono de confidencia hace creer que se está frente a un diario abierto, un álbum de fotografías, una bitácora de viaje. Al leerlo, hace falta más, y quizá eso que para él resulta inaprehensible se refleje en el modo de decirnos muchas cosas sin revelarlas, mientras nos oculta otras que quisiéramos leer.

Ibán de León

Pan de la noche

Este calor de lluvia. Esta fragua sudosa de la noche.

Este atril de caballos a galope vertical. Este gotear nublándose de charcos

me hace ir por la punta de mis pelos, llegar hasta la puerta y preguntarme

por el gastado sorgo de la fe.

La fe puede ser agua que deviene.

Y otro millón de moscas. El fango de los sapos.

Yo me llamo Juan, nacido en marzo.

Hay fe si lo repito mirándome los dedos.

Salgo al patio.

Me mojo hasta mojar mi parentesco con su sarro de pobre.

Pensando es que he venido a dar con un recuerdo

del año en que murió mi madre, la única que tuve.

Era en una ciudad. Un hospital grande de ciudad.

Ahí esperábamos, en sillas arrimadas como tumbas por un pasillo angosto.

Mi madre tenía cáncer.

Usted sabe:

tu familiar allá en un cuarto sufre y se cae por sus gritos y se vence

como un pez que entendió que ya es hora

aunque el oxígeno le sobre a sus preguntas.

Estábamos ahí, yo y mis hermanos, a la espera de qué.

La tarde de ese día (no sé cuál) vino un señor

de cabellos oscuros como cielo de lluvia,

de ojos carbones como un árbol podado por el rayo,

de voz dulce como el pan que amanece en las vitrinas del hogar.

Se paró frente a nosotros. Habló de la fe. Y también de Dios

y recuerdo más que dijo muchas veces Jesucristo.

Usted comprende que ahí todos sufríamos y de algo teníamos que agarrarnos.

Yo cerraba mis ojos

y pensé que Dios sí fue el muchacho que pintan en los cuadros de la iglesia.

Y le pedí, perdóneme las lágrimas, que ayudara a mi madre a no morirse.

Y recé siendo niño, porque el hombre lo supo y nos tocó.

Tuve fe, se lo juro. Le conté a Jesús que estamos solos

y que mi mamá es la única mamá que yo tenía.

Pero eso no es todo.

Cuando acabamos la oración el hombre nos convidó a tomar café

y a compartir el pan que había traído, piezas dulces de pan

en una gran canasta,

como la que mi madre se llevaba al mercado.

Yo no podía creer, como no creo a veces en la hierba,

como a veces no creo en el sapo y la mosca debajo de los dientes.

La bondad de un desconocido me conmueve más que el canto del agua,

por eso es que recuerdo y vuelvo al llanto

y me salgo a la lluvia porque ahí no se nota.

[El cuerpo presentaba fuertes quemaduras y tenía una bolsa en la cabeza]:

 

Si averiguas el nombre de la muchacha el día será triste. Si le das una historia que retoñe en un patio donde jugó de niña. (Hay vidrios adentro de tus miedos.)

 

Si dices que salió de clases temprano en la mañana. Si describes sus dientes o el azul de su blusa, puede que pierda el sueño de las noches que llaman a tu puerta.

(Lo anónimo no pesa, es espejo de un rostro en las calles de una ciudad desconocida.)

Si me cuentas que a casa de su madre caminaba. Que la vieron reír cuando tomó su mochila y se fue de la escuela, puede que algo se rompa en esta hoja, quizá la vocal muda aleteando en la lengua del paisaje.

Si hablas de una búsqueda, si me muestras la foto donde se ve feliz, llena de eso que dios llamó el aliento, puede que no resista y precipite el duelo de otros años.

Si dices que el mantel del desayuno se quedó en la mesa, esperándola. (El pan también se llaga en la vigilia.) Que pasaron las horas como una caracola detenida en la angustia, es posible que baje la mirada y comprenda que hay tierra en mi silencio.

Y si al final descubres que su cuerpo fue hallado en el bosque, al pie de una montaña, humeando con la luz de los gorriones, seguro lloraré los veinte años que corrían descalzos por su nombre, su juventud austera de muchacha que sueña con los primeros frutos de la vida.

dolorosamente escucho: dirías “ya no aguanto”. Lagrimaban tus labios. Me miras desde un lado de la muerte que paseando se sentó junto a la cama. Fue lo último que oigo de tu boca. Es lo último, mamá. Se hizo la noche lúcida en tu cáncer. Las campanas sonarán si nadie enciende la llovizna por el vidrio. “Ya no aguanto.” En mi memoria el sueño espiga como un huerto donde puse mis zapatos. Te mirando con tu bata de hospital ahí quejándote.  Eras niña que pide una palabra algún consuelo para así cerrar los ojos y dormir. Para así saber: estamos protegidos por la fe de alguien que afirma pasarán también el llanto y el dolor. Un consuelo me perdiste eras tan niña derramando el desamparo. Al pie de la cama te escuché y escuchándote me iba haciendo viejo sin creer. Lagrimó también mi senectud. Ya tu cabello había sido peinado de temprano por la muerte, ya estaba rota tu betún con sus harinas, tu leña crepitaba a la intemperie. Largo el pasillo de la noche me arropó debajo de las lámparas. Casi dormí. Pero gritaste “ya no aguanto” y cómo el lagrimal durando por tu espejo se teñía. Conservo las palabras en la bolsa, mi camisa: un mayo de otro mes se desprendió, un mayo que invadiendo vino a estar hacia el final de un veintiséis. Un mayo flaco y carcomido por el miedo de los hijos rumiantes con el pan hasta la mesa. Gritabas, sí, el “ya no aguanto”. Nadie pudo confiarte, en esa hora de pabilos, que pronto el barro iba a agrietarse en un costado del pulmón. Tú que a todos nos diste la mañana de tus hambres, te has quedado tan niña en una calle oscura donde mendiga el húmero su harina. “Ya no aguanto” repites como una anunciación del hoyo que anudaron en tu pecho los doctores para sacar de ti el humo de tu primer dolor. Estás ahí acostada, mi mamá, la única que tuve. Rígida y mirando hacia ninguno con los ojos desnudos de la noche. Rígida con tus labios que buscaban un aire ya perdido desde antes.

Cinco son los caballos de la culpa. Cinco las condiciones del miedo. Cinco dolores presenció la madera que construyen las manos de los hombres encontrados en pedazos. Siempre el cinco como un número que pudre el filamento de la voz, la angustia de saber que nunca más este sol dorando las campanas del pueblo al que vinieron con la esperanza de vender un poco su miseria.

[Eran artesanos de Veracruz 5 de los 7 desmembrados.]

Aquí dejo esta flor para olvidarme de Chilapa y sus andamios ensamblados con la muerte. Esta amapola fresca con su aroma ensombrecido la pongo sobre el dorso de la mesa donde un plato se ha hecho cinco multiplicando el hambre de los perros. Acultzingo es montaña que vuelve a la tristeza de las líneas escritas como cinco mutilaciones para un mismo miembro gangrenado. Purulenta la fe con su epitafio de carroza desbocada, con sus caballos que van a despeñarse sobre unas bolsas negras a orillas del sendero.

¿Quién va a escribir el nombre de los otros?, son dos y parecen no importarle al gallo que los llamó a las seis, antes de misa. “Nacieron aquí, señor, por eso valen poco”. La semana concentra siete días, pero mi mano izquierda tiene los cinco dedos del odio apuntando hacia la noche. Si quieres recordarlos pon tu mano derecha sobre el índice del libro que escribiremos juntos, porque hacen falta dos para encender el pan de los que habitan el fuego de la casa. “Eran pareja, tenían una hija que no hemos vuelto a ver y nadie sabe…”

Asfixiada, con cardos de tortura, la muchacha supo de la orfandad antes que el sarro del miedo le cortara la sangre. Qué responderé hoy, cuando el sorgo del día me pregunte qué ha sido de la oruga empeñada en los pétalos del frío. Todo el horror cabrá en las alas que visitan la cruz de la amapola, todo el horror puesto en el aire anunciando que es hora de asegurar las puertas y escondernos debajo de la noche. Mañana escucharé su cuerpo maniatado al fondo de un barranco, la cabeza prendida en el lienzo del alba. Mañana un campesino la encontrará desnuda y cubrirá su espanto con ramas de huizache. Entonces, pasados nueve lutos, habrá una mariposa entre las flores coronando la muerte.  

Hay un viernes que hicimos. La ciudad con nosotros en la marcha. Una de mis hermanas. Tú, recostada en la caja de la que no volviste a salir. Yo mirando el paisaje. Yo no miraba nada, aunque intento regresar a esa tarde por calles desiguales, los charcos que aún no florecían. Pienso en la luz opaca y en los relámpagos que a lo lejos nos mostraban sus venas. A finales de mayo, un veintiséis. El conductor de la carroza puso la radio sin despegar la vista del asfalto. Lentamente las casas se borraron, en su lugar los árboles de ramas verdecidas. Voy a dejar las cosas que amé, decía una voz familiar que tanto te gustaba. A veces un sollozo de mi hermana. Abandonamos la ciudad y luego descendimos camino hacia la costa. Sentí que las gotas me rozaban el brazo. La llovizna, el crepúsculo gris. La tierra ideal se manchaba del agua que caía dormida sobre la carretera. Anocheció y de pronto los cerros de Oaxaca se hicieron en la niebla. Pinos altos velando con los grillos. Curvas densas. Abismos cuyos fondos parecen un cielo derruido. Yo no miraba nada. Y es posible que haya inventado este regreso para olvidar que ibas con nosotros, viajando por lo oscuro, en una noche fría.

De madrugada llegamos a la casa de una de tus hijas. Esto recuerdo: mi hermana descendió de la carroza y se echó en los brazos del marido que vino a recibirla. Los sollozos de tu nieta. El llanto, la queja en alta voz de otras mujeres. Los hombres que cargaron el ataúd para llevarlo adentro, donde un altar con cirios aguardaba. La velación, los rezos, el sábado que respiró tu nombre en el canto de una mujer desconocida: Jesús dulcísimo, la noche llega. La melodía triste cuyo acento de mar nos dejaba más solos estando con nosotros. Esto recuerdo: tu hijo el más inerme ya borracho, dormido en un rincón, el mezcal naufragando por su aliento, extraviado, siempre lejos, mamá. El ámbar de los gallos. Los sapos que en lo oscuro reclamaban la lluvia. Infinidad de sillas invadiendo el patio, bajo el mango cuyos frutos estaban por pudrirse. El olor del pozole que hervía sobre los leños, en la gran cazuela de barro tiznada por el humo. Largas conversaciones como un murmullo gris, una queja perdida en los linderos de la calle. La luz de la mañana que en el café llamaba al desamparo. Flores que iban llegando con señoras que yo desconocía: las amigas que hiciste, tu canasta en lo alto como largo sendero de panes sin memoria. Al fondo, tu rostro debajo del cristal, los años, las arrugas, las canas que no vimos y pasaron, como pasa la luz entre las hojas de la hierba, en el sereno que amanece.  

Hay un viaje que hicimos, mamá. Amanecían campanas, fue domingo. Los gorriones pescaban el desvelo de los charcos. Tomamos café como si de ese modo vaciáramos la fragua de la noche. Llegó un autobús y ascendieron las gentes que te acompañarían al pueblo de tu infancia: tanto hablaste de él por tantos años. Aquello que añorabas cruzó por mis recuerdos como un insecto ahogándose en la lluvia. Tú, mi hermana, yo, de nuevo la carroza. La pequeña caravana partió interminable. El mar a nuestra izquierda era un paño borroso del verano. Del otro lado cerros despidiendo el rocío, el sol que despuntaba en un cielo de violetas. Partimos el domingo. No hay mucho que decir y, sin embargo, algo quedó en el silencio: las palmeras esbeltas que desfilaron sin más por el cristal, los extensos limonares con su fresco verdor, o la hermosa llovizna que apenas duró un tramo del camino. Cuántos pueblos cruzamos. Cuántas casas de lodo, cuántas tejas. Cuántos niños jugando en cuántos patios. “Parece que mamá está pasando por todos los lugares en los que vivió”, oí que me decían. Y mi hermana lloraba.

El chapulín es verde y habita entre las hojas.

El niño viene aquí cada mañana.

Lo busca concentrado cuando el sol es apenas

una aguja en el llanto que escurre por la hierba.

De pronto lo distingue

sobre el tallo curvado de una malva.

Se acerca lentamente para darle el saludo,

pero el insecto brinca

y se pierde en la luz de este jardín salvaje

que los adultos llaman “el baldío”.

En el baldío encontraron un cuerpo. Quiero decir los miembros de ese cuerpo: por aquí el brazo izquierdo, por allá las dos piernas, el torso como un bulto. La sangre ennegrecida sobre la tierra húmeda. La cabeza olvidada en un rincón, tan sola que lloraba sin poder contenerse. Junto a ella una sucia cartulina, donde alguien había escrito con letras desiguales:

[Esto le va a pasar a todos los putos chapulines].

Un chapulín no salta si cree que eres su amigo (piensa el niño).

Dónde aprendiste, madre, el oficio del trigo. Quién te dio la pobreza como un pan para tus doce hijos. Quién amasó la infancia de tus miedos.

Cuando yo te encontré tú ya sabías de qué trata la harina, cómo la levadura se desplaza en la madera, las tablas donde el sol embolla su cansancio.

Es que aquí, con la noche, me detengo a buscar el rostro sucio del niño que te observa desde un patio: tus manos multiplican el destello que va del fuego a la canasta, la tarde y el perfume que no hemos vuelto a oír por esta calle.

Una casa de palitos y lodo al fondo de una huerta.

El horno como un iglú de barro junto al nanche que florece entre mis dudas.

Tú conocías de sobra el rubor de la leña, el peso de las brasas, la ceniza.

Pero dónde aprendiste, quién te enseñó del hambre esa respuesta.

Recuerdo las canastas de carrizo. La pala que adentrándose en el fuego indagó la nostalgia del encino. La batea donde harina y manteca se reunieron con el agua de mayo.

A veces me senté, cuando era niño, a conversar contigo.

Escuchabas, mamá, con atención, aunque anduvieras siempre en tus labores, ocupada con algo, haciendo esto y aquello.

Casi pienso en qué dije, de qué hablamos: los pasos de tu edén, sus colindancias. La hacienda de tus padres donde el grano abundó sobre el tapanco. Milpas que por el cerro verdecían hasta olvidar los cánticos de piedra. Árboles frutales doblados por el peso de su fronda. Los caballos paciendo en la oscurana. Otros guijarros limpios dispuestos en el cauce del otoño.

Cuando yo te encontré tú ya tenías la cicatriz de la orfandad.

Añorabas.

La añoranza nos vuelve solitarios.

Pero un horno, tal vez, en el patio de los abuelos cuyos charcos no rozan mi llovizna.

¿Fue tu madre quien te enseñó a dibujar los  frutos de la espiga?

Se hizo costumbre sentarnos a desgranar las quejas y las dudas, las noticias, los pleitos familiares, cada vez que volvía.

Me enseñaste a querer mi propia casa: era la infancia.

Y hoy que pienso en tu voz dispersa con el humo, láminas de cartón sobre el adobe, me doy cuenta que no te pregunté por el oficio que nos dio la memoria del hogar, que nos cosió a los huesos el aroma primero de la vida.

 

Tú me habrías contado, habrías puesto un retablo de murmullos de savia en mis oídos, una brisa temprana de candiles ardiendo a la intemperie.

 

Quién te enseñó el secreto del azúcar, la textura grumosa del betún, la cocción de la masa.

Dónde aprendiste, Lidia, el consuelo del pan para tus hijos.

CURSIVAS

El cuerpo presentaba fuertes quemaduras y tenía una bolsa en la cabeza (de una nota en el periódico digital Sin Embargo. La Redacción. 7 de junio de 2018).

Eran artesanos de Veracruz 5 de los 7 desmembrados (encabezado de una nota publicada en el periódico La Jornada. Créditos: Héctor Briseño y Sergio Ocampo. 3 de febrero de 2018).

Voy a dejar las cosas que amé/ la tierra ideal… (“Dios nunca muere”, de Macedonio Alcalá con letra de Vicente Garrido. La interpretación es de Pedro Infante).

Jesús dulcísimo, la noche llega (“Jesús dulcísimo”. Alabanza cristiana. Sin dato de autor).

Esto le va a pasar a todos los putos chapulines (parte de un mensaje en una cartulina hallada junto a los restos de un joven desmembrado en el pueblo de Alpuyeca, en el estado de Morelos).

Ibán de León es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011).

Es autor de los libros de poesía Oscuridad del agua (ISC, 2012) y Estaciones nocturnas (FETA, 2016). Ha ganado algunos certámenes literarios, entre ellos el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2014, el Premio Nacional de Poesía Rodulfo Figueroa 2018 y el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2018.