Ha abierto los ojos dos minutos antes de que le sonara el despertador. Cada lunes le pasa igual, dos minutos antes de las ocho de la mañana se despierta y ya no se puede volver a dormir, sólo que hoy lo ha hecho agitado por el ruido del viento. Toda la noche ha oído cómo las ramas de los árboles que rodean su casa se agitaban y ha notado cómo se colaba un ligero soplido por debajo de la puerta, una voz ronca que resonaba en todos los rincones de la habitación, como si detrás del armario o debajo de la cama se escondiera un hombre alto y gordo con un altavoz, susurrando y gritando a la vez. Sin querer se está volviendo a dormir pero lo que le despierta, a las 8 de la mañana del lunes 2 de febrero, no es el despertador: es la ráfaga de viento más fuerte que ha oído nunca. Abre los ojos y mira aterrorizado a su alrededor…”

Su habitación está distinta, ya no es la misma. Las paredes que antes estaban llenas de pósters ahora ya no le quedan nada más que el polvo acumulado por el largo de los días. Es entonces cuando se acuerda que aquella había sido la ultima noche que pasaba a la que sería su antigua casa. El día antes ya lo había recogido todo así que solo le queda vestirse para poder cerrar la maleta definitivamente. A Víctor nunca le han gustado los cambios, y menos uno tan radical como el que está por venir. Se siente triste, perdido y cansado.

Se acerca a la ventana. La calle está solitaria, solo se mueven algunos papeles que el fuerte viento ha arrastrado. Entonces, sin saber porqué aquella imágen le hace gracia. El viento, que lo arrastra todo, no ha podido con su dolor. Claro, piensa, solo necesita tiempo. Y es que de tiempo tendrá mucho ahora que le esperan unos largos años al nuevo orfanato. Que rápido que te puede cambiar la vida con un cerrar y abrir de ojos.