MEDALLAS DE GALICIA, 2017

Museo Centro Gaiás. Ciudad de la Cultura de Galicia

Santiago de Compostela, 24 de julio de 2017

 

Quisiera que mis primeras palabras fueran un emocionado recuerdo para las víctimas del accidente del ALVIA, acaecido hoy hace cuatro años y también para los vecinos de Angrois, que en la noche más oscura del alma compostelana dieron una lección inmensa de humanidad y humanismo. A mi amigo Enrique Beotas, Medalla de Galicia también, lo perdimos allí y hoy lo recuerdo especialmente.

 

Esta Medalla de Galicia es para mí un inmenso honor inesperado e inmerecido; honor que aumenta por la personalidad de los otros premiados. Una de las grandes empresarias de nuestro país; uno de los padres indiscutibles del Portugal moderno y Miguel Ángel Blanco, el Jan Palach de nuestra democracia, la Ana Frank de nuestras vidas, víctima de la barbarie y símbolo eterno de todas las víctimas.

 

Esta mañana hay un sentimiento que no puedo ocultar, que quiero compartir con ustedes, ese sentimiento es la gratitud y déjenme que lo exprese con los versos de Jorge Luis Borges:

 

Gracias quiero dar, al Divino

laberinto de los efectos y de las causas.

 

Por Betanzos, mi Ítaca de verde eternidad.

 

Por mis hijos, nietos y bisnietos, yo soy ellos.

 

Por la Corona, pasado, presente y futuro de este viejo Reino de España.

 

Por Popper, que acaso descifró el mejor modelo de convivencia: la Sociedad abierta, de la libertad y la justicia.

 

Por Quevedo:

Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos.

Por Winston Churchill, por no rendirse jamás.

 

Por Albor, padre fundador. Bo e Xeneroxo.

 

Por los Jesuitas, uno de los muchos dones que España regaló al mundo, que me educaron.

 

Quiero dar las gracias:

 

Por Adolfo Suárez, por la Transición, Los mejores años de nuestra vida.

 

Por Felipe González, el político más formidable que la izquierda ha ofrecido jamás a España.

 

Por D. Manuel Fraga, gigante cuyos Austerlitzs fueron muchos más que sus Waterloos, y eso lo digo yo que estuve allí.

 

Por el Papa Francisco, que sabe que el verdadero poder es servir y quiere una Iglesia pobre y para los pobres.

 

Polas nais galegas,  de las que mamamos un matriarcado profundo y feroz, que nunca se sacia.

 

 

 

 

Por Octavio Paz:  

 

Los otros que me dan plena existencia

no soy, no hay yo, siempre somos nosotros.

 

Versos que quiero dedicar a todos mis colaboradores, muchos están aquí. Sin ellos nada hubiese sido posible. Esta Medalla de Galicia es también suya.

 

Por Amancio Ortega, que demostró que sí se puede.

 

Por la Ley Nacional de Trasplantes, las leyes siempre se escriben en prosa, pero ésta, maravillosamente, se escribió en verso.

 

Y también quiero dar las gracias:

 

Por el Consejo de Estado, que me permitió comprender a Hölderlin: “Hay que seguir el vuelo de los grandes o morir”.

 

Por Rafa Nadal, ese otro Churchill.

 

Por la prudencia, una de las tres cosas esenciales para sobrevivir en política, las otras dos son: la prudencia y la prudencia.

 

Por los más débiles, por las minorías, por el pueblo crucificado que decía Monseñor Romero; ellos confirman que la política es la vocación más noble que puede sentir un hombre.

 

Por el Rey Felipe VI, por ganarnos en muy poco tiempo con el arma más débil y poderosa que existe: el ejemplo.

 

Por la lucha contra la Polio y por el 061, mis dos máximos aciertos, celebrados y bendecidos urbi et orbi.  

Quiero dar las gracias:

 

Por mis padres, mi ejemplo y mi espejo.

 

Por el Partido Popular, el Partido de Miguel Ángel Blanco y Gregorio Ordóñez, mi Partido.

 

Por la decencia, la honradez, el único patrimonio que nadie puede expropiar a un hombre.

 

Por la Diputación de La Coruña, donde tuve el honor de suceder a mi padre y trabajar para llevar el progreso y la cultura a todas as parroquias e vilas, e a todos os veciños da provincia. 

 

Por mis hermanos, que vivieron mis Lepantos y Trafalgares como propios.

 

Por Europa, a nosa casa, o noso sono.

 

Por la sanidad pública española, la joya de la Corona de nuestro Estado de Bienestar.

 

Por Auden:

 

Hacia derrotas nuevas ha de ir todavía,

hacia dolores nuevos y mayores,

y hacia la derrota del dolor.

Por el humanismo, esa otra religión.

 

Polas vacas galegas, mellorando a sua xenetica aumentamos a sua felicidade e, especialmente, a dos seus donos.

 

Y quiero dar las gracias:

 

Por Cervantes, por regalarnos a D. Quijote y a Sancho: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

 

Por los libros, el único camino cierto que conozco hacia la sabiduría y la felicidad.

 

Por la política, el único instrumento con el que contamos, según Ortega, para modificar la realidad social circundante, lo único que cabalga hacia la derrota del dolor.

 

Pola loita contra os incendios, que salvou o corazón verde de Galicia.

 

Por las Sociedades Abiertas y el liberalismo reformista, el liberalismo bueno.

 

Por el Rey Don Juan Carlos, nuestro Lincoln, que nos sentó a todos los españoles a la Mesa de la Hermandad.

 

Por Rilke:

Que el Dios se contente con nosotros

con nuestro instante insigne.

 

Por Rosalía, o heterónimo mais fermoso de Galicia.

 

Por Portugal, os nosos irmans ós que estamos unidos pola raia.

 

Por mis autores, apóstoles de las democracias liberales, Faros en la Tormenta.

 

Pola sanidade galega, chea de Salorios, Castro-Beiras, Juffés, Cuencas e Manueles Gómez; chea de Domíngueces, Ovídios, Peña Guitianes e Poteles; chea de Carrillos, Carracedos, Juanateys e tantos outros que sanan e iluminan a vida dos galegos. 

 

Por Baudelaire: Hay en mí más recuerdos que en mil años de vida.

 

Por último, quiero dar las gracias:

 

Por Pilar, mi mujer, que me hizo alcanzar la felicidad y aunque parezca demasiado ambicioso la sensación de amar y ser amado; por mis hijos, nietos y bisnietos que tanto le deben a ella.

 

Por William Shakespeare, estamos hechos de la misma madera que nuestros sueños.

 

Por nuestros hermanos de América:

 

Estás, España silenciosa, en nosotros,

en los íntimos hábitos de la sangre.

 

Por este viejo reino de España, unido y diverso:

 

España del Islam, de la cábala,

y de la Noche Oscura del Alma.

 

Por la lengua española, la única que planta cara al inglés en el mundo, la que ha desplazado en el bazar de las lenguas a la lengua de Montaigne, Baudelaire y Víctor Hugo, hecho admirable y asombroso.

 

Por mis años en la Xunta de Galicia, primero con Albor y después con D. Manuel, los mejores años de mi vida, como pueden atestiguar tantos de mis magníficos colaboradores de entonces, hoy aquí reunidos. En la Vicepresidencia primero, y en las Consellerías de Agricultura y Sanidade después, recibí más satisfacciones de las que nunca soñé merecer. Todas y cada una de las gallegas que pudieron realizarse mamografías cerca de sus casas porque las fuimos a buscar allí, son la mejor y más preciada Medalla de Galicia que uno puede recibir, además de esta.  

 

Por los muchos que conmigo empezaron, por haberme hecho mejor, por haber llegado a donde yo nunca llegué. Por Alberto Núñez Feijóo, ese otro hijo que representa tan bien todos mis sueños.

 

Por Galicia, a nosa terra, pola que sentimos un inmenso amor que e a nosa maneira de amar a España.

 

Por Pessoa:

No soy nada

nunca seré nada

no puedo querer ser nada

aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo

 

Pola lingua galega, o tesouro mais preciado de Galicia, a fror mais fraxil, fermosa e sensible do xardin da galeguidade.

 

Por Jorge Luis Borges, hermano en los metales de Cervantes y Quevedo, al que en mañanas como esta, felizmente, contradigo:

 

“He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados”.

 

Yo que aprendí tanto de Borges fui feliz y no quiero que me olviden.

 

J.M. Romay