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RECUERDOS DE MI PRIMERA NOCHE EN EL “CEMENTERIO DE LOS INDIOS”, A ORILLAS DEL RIO SALADILLO

POR GUILLERMO HORACIO GERARDUZZI (COCHITO)

A LAS MEMORIAS DE DON CONSTANCIO BURATTI Y RUFINO BARONI

El paraje que lleva el nombre del lugar que integra el título escogido, se sitúa – al menos en mis recuerdos, porque no he tenido la suerte de regresar al lugar, o a lo poco que las aguas hayan dejado de él en su constante erosionar – sobre la margen Oeste del Río Saladillo, a unos dos o tres kilómetros hacia el punto cardinal  Sur, del puente tendido sobre el curso principal, en la actual Ruta Nº 62 de la Provincia de Santa Fe, que une con sentido general Este-Oeste, las rutas provincial nº 1 (o “de la costa”) a la altura de la localidad de Cayastá, con  la nacional nº 11, en las proximidades de Emilia, pasando por la localidad de Cayastacito, mi pueblo natal.

Fama de “buen pesquero” tenía ese lugar – al que yo no conocía, aunque había escuchado elogiarlo por esa característica y ansiaba llegar hasta él –,  pero la falta de canoa, redes y demás enceres de pesca, eran circunstancias que me impedían visitarlo; además, había que contar con un buen carro y mejores caballos, únicos medios eficaces de traslación por los accidentes del terreno a sortear.

Sin embargo, quiso mí suerte que las personas a quienes dedico estas líneas, me invitaran a ir con ellos en una excursión de pesca, a ese tan mentado sitio.

Ellos fueron hombres probos a carta cabal; realizadores de la “Pampa Gringa”; excelentes esposos, padres y abuelos, que supieron honrar la vida y la condición humana con la  nobleza impar de sus actitudes. Tengo de ellos un emocionado recuerdo y les guardaré permanente gratitud. Sus conductas ejemplares han orientado mi vida y – al menos – he intentado emularlos.

Aquel lugar – allá por los últimos años de la década del “50”  del siglo pasado – situado sobre la margen Oeste del curso. Era un promontorio natural bastante elevado, ya que cuando el río estaba bajo, quedaba a la vista una barranca de unos dos metros de altura. Acusaba la forma de un semicírculo de una ½ hectárea de extensión aproximadamente, rodeado de bañados y brazos secundarios colectores de lluvias, que tributaban su caudal al río principal, cursos a los que había que vadear para llegar, abandonando el camino de tierra hoy transformado en ruta, un par de kilómetros antes de llegar al emplazamiento actual del puente. Seguramente por su elevación respecto al nivel general del terreno circundante, fue el sitio elegido por los aborígenes para dar sepultura a sus muertos, poniéndolos – relativamente - a cubierto de las crecidas periódicas.  

Gruesos algarrobos y fuertes espinillos (a los que llamamos, también, “ñandubay”) seguramente varias veces centenarios, proporcionaban generosa sombra al lugar. Un poco más distantes; chañares y aromitos florecidos impregnaban el aire de exquisita aroma y lo nimbaban de oro en primavera. Calandrias, benteveos, boyeros, bandadas de cardenales rojos y amarillos, y zorzales isleños, atenuaban con la belleza de sus trinos, la desafinada estridencia del parloteo incesante de los loros, asomados al pasaje de ingreso a sus espinosos nidos. A lo largo del río y en sus orillas y bañados, bandadas de bandurrias, teros reales, gallitos del agua (jacanas), chorlitos, patos silvestres de distintas especies, tuyangos y otras zancudas, constituían la flora autóctona y las variedades avícolas que poblaban el pintoresco lugar. Casales de chajaes                         – apropiadamente llamados “centinelas de la costa” - siempre vigilantes y alertas, advertían tempranamente sobre la presencia de extraños, emitiendo repetida y sonoramente la voz onomatopéyica de la cual les deriva el nombre (¡chajá ¡ ¡chajá¡).  

Recuerdo que el viaje lo hicimos en el carro de Don Buratti, que era bastante largo y de barandas bajas, según mis memorias, tirado por un par de buenos caballos, transportando una canoa y dentro de esta los avíos de pesca y los enseres necesarios para pasar varios días en esas distantes soledades. Esos caballos eran de tiro, para remolcar el carro, y también de montar para, ya en el sitio, arrastrar las redes atadas a la cincha.

El agreste y cambiante paisaje; el vadeo de los brazos por pasos de profundidad irregular; el cruce de los bañados poblados de plateados y  huidizos sábalos; y el riesgo cierto de quedar empantanados, constituían una experiencia nueva y excitante para mí, que recién superaba una década de años.

 Y, ya llegados al Cementerio, las tareas previas de capturar mojarras y “quitasueños” con la red adecuada, que servirían luego de carnada para los espineles tendidos a través del río en las zonas más profundas; la fundada esperanza de pescar algún “cachorro” con los “tramperos” - sostenidos en el agua a poca profundidad con cañas o atados a las ramas bajas de los árboles - encarnados con “cascarudos” vivos enganchados de la aleta dorsal en un anzuelo auxiliar - para que pudieran nadar con cierta libertad, tentando al zurubí a atraparlos –, constituyeron actividades que dejaron en mí recuerdos imperecederos.  

Pero - ¡ claro¡ -: había que pasar la noche sobre un cementerio… Sinceramente, no creo que este hecho sea demasiado tranquilizador que digamos para cualquiera, aún hoy. Menos podía serlo para mí con tan pocos años de edad, que iba creciendo atemorizado por “La Solapa Siestera”; relatos sobre sufrientes “ánimas en pena” que, por algún castigo divino no habían sido admitidas a entrar en el cielo; cuentos de espectrales “aparecidos” nocturnos; de brillantes “luces malas” que ambulaban en noches lluviosas; de misteriosos “lobizones” que se corporizaban en una suerte de perro o “Aguará Guazú” los viernes al caer la oración, cuando había luna llena. Decíase sobre ellos que se trataba de los séptimos hijos varones que, por haberles correspondido ese orden en los nacimientos, tenían por Padrino al Presidente de la República en turno, privilegio que, sin  embargo,  era insuficiente para destruir la extraña fama que sostenía que, por vía de metamorfosis, adoptaban aquellas apariencias para nada tranquilizadoras. Entre esas creencias y otras por el estilo, contadas como verdaderas – y tal vez en alguna medida sentidas y temidas como tales – por los mayores al calor del fogón, en desapacibles noches tormentosas, trascurría mi vida por esos tiempos.

Y  -¡para peor¡- ese Cementerio no era como cualquier otro, no…: ¡ era de indios, nada menos ¡  ¿ Y si estábamos violando un sitio sagrado para ellos ?  ¿ Y si de pronto aparecían como espectros enojados y empezaban a los lanzasos …? Nunca sabré por qué razones, el hecho de conocer quienes eran los “moradores” subterráneos del lugar,  hacía que mi imaginación trasformara el sitio en algo sumamente tétrico, poblara mi alma de oscuros presagios e inquietudes nada tranquilizadoras, en vez de inclinar mi ánimo hacia la piedad, ese humano sentimiento que normalmente experimentamos hacia los muertos.

 

Está claro que algunas inquietudes previas en ese sentido yo debía haber tenido -mucho es lo que se escuchaba decir sobre el lugar a ese respecto-, pero seguramente fueron desechadas por la dichosa intrepidez de la juventud y la inexperiencia; lo lejano que a previo parecía estar la posibilidad de vivenciarlo y – sobre todo - las ansias de aventuras, y de conocer y pescar en el Cementerio de los Indios…

Pero les aseguro – y no exagero – que otra cosa muy distinta era el hecho concreto de estar acampando en ese sitio; percibir como la noche en ciernes iba cubriéndolo todo con  sombras que mi miedo transformaba en fantasmagóricas; acallando poco a poco el canto de las aves, alguna de las cuales rompía de pronto el silencio huyendo en vuelo sobresaltado (quizás escapando de alguna comadreja o algún zorro, pienso hoy); el estremecedor chistar de alguna lechuza - ¡ave de mal agüero, para colmo¡, según eran mentas en la zona –, y el extraño y gutural canto de los ñacurutues de vuelo silencioso,  me ponían de punta los pelillos de la nuca.  

Pero lo peor estaba aún por llegar. Y no vino – al menos directamente - precisamente de la noche en ese lugar tan misterioso e inquietante. Juzguen ustedes:

Cochito, soltá los caballos y trae los ‘cabrestos’ ”, me dijo Tito Baroni.

“¿ Y por qué ?” - quise saber -; “los ‘matungos’ se van a ir y nos van a ‘dejar a pata’ …” 

“ Soltalos ” - terció Don Constancio – “ porque que en este lugar no hay caballo que de noche no corte las “guascas” por mas fuertes que sean, y salga espantado disparando  a toda carrera,  vaya a saber hasta donde… Dicen que por el susto que les agarra corren toda la noche hasta reventar  … Por eso no los podemos dejar atados…Dicen que el alma de los indios los espantan…sería como si sintieran que los arañaran en las patas…relinchan y patean desesperados ¡que se yo cuantas cosas dicen¡ Mirá: Yo no creo que sean ciertas ...  vos no le hagás caso, ni tengás miedo…. Pero soltá los caballos, por las dudas no más…cuando están sueltos no se asustan  de nada,  ni se van lejos tampoco…”

¿Qué no tuviera miedo…? ¡ faltaba más ¡ ¡ Pavura es lo que sentía ¡

“Acostate un rato a la sombra, para que no te fleche” la luna cuando salga” - me aconsejó Rufino -; “dormí un poco, descansá, que después vamos a tener que ir a recorrer los espineles y hay que darle con la pala y el botador un rato largo aguas arriba ”.

¿Dormir un poco yo ...? ¿descansar..? ¡ nada menos que tirado en el suelo sobre los huesos de los indios muertos… ¡  ¡ Cualquier noche de  éstas ¡

El querido y recordado Tito Baroni, tenía larga y bien merecida fama de ser muy pesado haciendo bromas, pero les aseguro que una peor que esa no debe haber hecho en su vida…

No hace falta que les diga que muy “fiera” pintaba la noche para mí, si no ocurría algo inesperado que viniera a modificar el curso que llevaban los acontecimientos. Felizmente, ese “algo” ansiado, sucedió:

“¡ Escuchen…escuchen…¡” - dijo Rufino en voz baja de pronto – “¿sienten esos chasquidos que llega por el agua… ? Eso es un cardumen de “moncholos blancos”  que viene por la costa de este  lado  aguas arriba…”.

“Vamos a ver si tenemos suerte y lo encerramos” –dijo Don Constancio–. “Y después  nos hacemos una ‘sartenada’ ”.

Frenética fue la actividad que desarrollamos los tres a partir de ese momento: “Tenemos sólo la red chica de sacar carnada” –dijo Rufino – “ las otras están caladas en las bocas” - se lamentó – “pero lo mismo podremos hacer algo… Cochito, ayudanos a prepararla… Pongamos los palos de escoba en las puntas…en esa que vas a tener vos atale una soga larga, para que cuando te digamos la arrojés hacia la orilla para ayudarte a tirar… ahora vamos a la bajada al río (lugar no barrancoso, de pendiente suave hacia el curso).

Ahora metete al agua arrastrando la red”  – me dijo don Constancio - “dentrá despacito, no hagás bulla, que si no el cardumen se va a desarmar… Tené mucho cuidado, mirá que ahí abajo hay otra barranca y puede ser muy hondo y el agua llegar a taparte … si no ‘haces pié’ no te asustés…no te soltés  del palo que nosotros tiramos de la red y te sacamos”

 Y allí fui yo a introducirme en el cauce, midiendo la profundidad a cada paso a dar. Cuado estuve con el agua al pecho – a unos cuatro o cinco metros de la costa, no más – tomé hacia el sur aguas abajo, de modo tal que la red dibujó una suerte de “L” ( o un gancho, si lo prefieren) con el extremo menor en la orilla en manos de Rufino, y el otro – el más largo - apretado por mí con el palo de escoba contra el lecho del río.  

Y así nos quedamos todos en el mayor de los silencios. Poco a poco el cardumen – de unos diez metros de largo por dos de ancho -, que avanzaba recostado contra la costa, se iba acercando hacia el sitio donde habíamos puesto la red para cerrarle el paso. Delante de él, las mojarras brillaban a la luz de la luna, cuando saltaban fuera del agua en su afán por huir; el agua se movía en la superficie como si una brisa localizada la encrespara, debido a la frenética actividad de los peces que nadaban todos a muy poca profundidad; los bigotes de los moncholos, por momentos, salían fuera del agua; el chasquido que emitían era fuerte y constante.

Yo esperaba con el agua hasta el cuello, casi sin respirar, apretando contra el lecho con el palo la parte inferior red; las boyas flotantes la extendían en sentido vertical.  El cardumen empezó a pasar frente a mí, muy próximo a la orilla, rumbo a la encerrona fatal que les habíamos tendido. Cuando los primeros peces tocaron el extremo de la red que les cerraba el paso, trasmitieron instantáneamente hacia los que venían más atrás alguna señal silenciosa de peligro y – súbitamente -, el bullicio que todos hacían cesó por completo.

Tirame ya la soga, cochito” – gritó apremiándome don Constancio. Y  yo se la arrojé –. “ Ahora apretá fuerte la punta del palo contra el barro para que no se escapen por debajo de las plomadas ”.  Y él comenzó a tirar de la cuerda con energía y rápidamente, desplazándose hacia la posición que tenía Rufino, para formar con la red una especie de círculo. Entonces los tres unimos nuestras fuerzas para tirarla hacia fuera y sacar a los peces del agua.

No fue fácil ni liviana esa tarea, les debo decir: algunos moncholos saltaban por sobre las boyas; otros se escapaban por debajo de las plomadas, aprovechando los surcos que había formado el agua de las lluvias al deslizarse hacia el río, nadando despavoridos en la que había subido arrastrada con ellos hacia afuera y que iba regresando al curso rápidamente. Pero la mayoría quedó en nuestras manos.            

Y entonces presencié otra escena - dentro del espectáculo todo -: Decenas de peces plateados, brillando bajo la luz de la luna, brincaban de modo tal que caían primero de cola y luego de cabeza o viceversa, alternativamente, mientras abrían los opérculos desmesuradamente tratando de obtener oxigeno para las branquias.

No los vayas a pisar… ¡guarda con la chuza del lomo¡” – me advirtió  Don Buratti.

“Tenes que quebrárselas – agregó Rufino.

Y, como yo no podía hacerlo porque eran muy resistentes, me enseñó:

“Así, Cochito, mirá: Primero doblalas un poquito no más para un lado, y ahora para el otro ¿ves que fácil se quiebran así…?

Y fue así que, uno a uno, fuimos recogiendo todos los pescados y los pusimos en un cajón de tejido que volvimos a introducir en el agua, para conservarlos vivos.

Eso sí, se imaginaran que ahí nomás sacrificamos unos cuantos, porque es bien conocido que los peces saben mucho mejor recién sacados del agua.

Pero no nos hicimos “una sartenada”, como preanunciara Don Constancio. La “fritanga” fue en una olla de guisa de tres patas, calentada con leña noble, reseca y fuerte, que brindaba fuego parejo y sostenido, de los algarrobos y espinillos del sitio ¡qué inolvidable banquete¡

¡ ahhh¡: Olvidaba decirles que los caballos pasaron la noche completamente tranquilos; ni se siquiera se alejaron del lugar…¿ había sólo leyenda o mucho de verdad en las palabras de Don Constancio…? ¡ jamás lo sabré ¡    

PARA FINAL

Como es casi un hábito en mí, terminaré esta labor acudiendo a una poesía alegórica, vinculada al lugar donde trascurrieran los hechos que he intentado narrar: “El Cementerio de los Indios”.

Ella se refiere a los denominados “antigales”. Debido a que la RAE aún no ha incorporado esa locución, advierto que me valgo de otra fuente. En ella podemos leer que aquellos son “áreas o restos de las civilizaciones índígenas que habitaban América antes de la conquista española, que los pobladores actuales reconocen como portadores de un antiguo significado. Con ese sentido, la palabra «antigal» es un argentinismo que quiere decir "antiguo" (Wikipedia®).

En ese sentido rescató el término un notable poeta salteño, Ariel Petrochelli, coautor del bello tema que trascribiré. No tengo dudas que muchas y notables interpretaciones hacen solistas y conjuntos folclóricos de él. Pero debo expresar que las versiones de Daniel Toro - allá por los años “60”, cuando fue creada  -, y la impecable de Abel Pintos “a capella” hace relativamente poco tiempo, son las que más me agradan. Es que se trata de un tema que requiere para ser cantado, cualidades vocales verdaderamente notables.  

El Antigal (Zamba)

Letra y Música: Ariel Petrocelli - Daniel Toro

En tu viejo brazo se quedo el ayer,

rescoldo del alma arisca que se fue

el tiempo en tus manos solas,

quedó tendido sobre la luz.

Sangre reseca en la mañana

llorando siglos a la voz del sol

el grito inca estremeció el dolor

silencio descalzo por tu cuerpo va

las piedras al viento le roban la sal

los grillos duermen la tarde

oro desnudo del cerro atrás

cavó la boca de tu noche

el oscuro acero de tu negra piel

para dormirse entre la soledad

Llorando al calor del llanto del indio

es un manantial febril mojado, el antigal.

Lluvia que viene de Dios.

Antiguo cansancio, lento su andar

tiene una lanza por el cardón

y en sus espinas dejó las manos

para la sangre con otro dolor

y al rayo loco dio su corazón.

El destino de tu nombre fue final

y la luna aquella ya no alumbra más.

La hembra cerró su vientre

y por la frente se desangró

dejó sus huellas hacia al norte

buscó camino para allá morir

y como madre llora también su mal.

Ronda por adentro el “amo sideral”

y anda por tus venas, desde que se fue.

Levanta sus ojos negros

para cubrirte muerto y leal

clavó su pecho en la roca

como una herida, y sin gritar su voz

se oyó en el cielo hecha una maldición

Llorando al calor del llanto del indio

Es un manantial febril mojado el antigal.

Lluvia que viene de Dios.

Antiguo cansancio, lento su andar

tiene una lanza por el cardón

y en sus espinas dejó las manos

para la sangre con otro dolor

y al rayo loco dio su corazón.

Y BIEN: ¡FELICIDADES PARA TODOS Y GRACIAS POR LA ATENCIÓN¡

(SANTA FE, NOVIEMBRE/2011)

Guillermo Horacio Gerarduzzi (“Cochito”)

Algo más sobre los huesos encontrados en el Cementerio de los Indios por Guillermo Horacio Gerarduzzi en el siguiente enlace:

El Cementerio de los Indios - Los huesos humanos aquellos.

Más historias de Cayastacito en:

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Comunidades indígenas de la Provincia de Santa Fé en el siguiente enlace a Wikipedia

http://es.wikipedia.org/wiki/Ind%C3%ADgenas_en_Santa_Fe#Comunidades_ind.C3.ADgenas