ÚLTIMA NOCHE EN EL HOSPITAL

Los días pasan despacio en el hospital, Ana lleva dos semanas ingresada, a sus once años ya sabe lo duro que es romperse una pierna. Un mal gesto la hizo resbalar y caer por las escaleras. Sus padres llevan a su lado todo este tiempo pero ya mañana podrá volver a casa, Esther, su hermana mayor, se ofrece para cuidarla en el hospital esa última noche:

-Así podréis descansar y preparar la casa para la vuelta de Ana-dijo Esther.

-Sííi "porfa"...-replicó Ana, echaba mucho de menos a su hermana mayor.

-Está bien-dijo su madre-. Si necesitas algo solo tienes que llamar a las enfermeras.

Juan e Isabel se van para casa dejando a sus hijas en la habitación, no sin antes dejarles el teléfono móvil a mano. Si necesitaban algo, en menos de treinta minutos estarían en el hospital.

Ya era casi media noche y Ana se había dormido, las enfermeras habían pasado por la habitación y todo estaba bien. A Ana hacía días que no le dolía la pierna y no necesitaba medicación. Esther quería tomar algo antes de acomodarse en el sillón junto a su hermana y decidió ir a sacar unas chocolatinas de la máquina que había junto al ascensor al final del pasillo de la planta. No le gustaba mucho ir por aquel pasillo casi a oscuras, solo se veía algo de luz en el estar de las enfermeras, pero le podían más las ganas de comer algo. Cuando por fin llegó a la máquina, se sintió bastante fastidiada: estaba rota. En ese momento notó que había alguien tras ella...

-¡Dios mío!-gritó.

El vigilante de seguridad le dio un buen susto.

-Tranquila... Estoy haciendo la ronda-dijo aquel hombre.

El vigilante era alto, delgado y tenía unas profundas ojeras, se notaba que trabajaba en el turno de noche desde hacía tiempo.

-¡Vaya susto me ha dado!-dijo Esther

-Yo también a veces me he asustado aunque ya estoy acostumbrado...

-¿Podría decirme dónde puedo encontrar otra máquina para poder comer algo? Esta no funciona.

-¡Que raro! Hace un rato que he sacado yo unas chocolatinas y funcionaba perfectamente...-dijo el vigilante.


Esther se sorprendió pero no le dio mayor importancia.

-Si quieres puedes bajar al sótano, la máquina está justo delante del ascensor, no tiene pérdida. Yo te acompañaría pero tengo que terminar la ronda.

-No se preocupe, no tengo miedo, el hospital está lleno de gente... ¿Qué me podría pasar?

El vigilante la acompañó al ascensor.

-Tienes que pulsar "-1"– y se despidió con una siniestra sonrisa. Pero Esther no tuvo que pulsar ningún botón. El ascensor cerró las puertas y comenzó a bajar. En ese momento, la chica pensó que quizás podría prescindir de las chocolatinas pero ya era demasiado tarde, el ascensor paró y se abrieron las puertas.

Efectivamente, como había dicho el vigilante, la máquina dispensadora estaba justo frente al ascensor y Esther se vio irresistiblemente atraída por ella. Sus pasos se dirigían hacia aquella luz sin que pudiera evitarlo.

Esther miró los carteles que había en la pared: FARMACIA, ARCHIVOS, MORTUORIO... En ese momento, escuchó un golpe al final del pasillo hacia el que señalaba la última palabra que había leído. Entonces Esther quiso volver al ascensor pero este se había cerrado y no respondía al pulsar el botón. Trató de mantener la calma, sabía que había sido tonta por dejar el teléfono junto a su hermana... Pensó en Ana, esperaba que siguiera durmiendo tranquilamente en la habitación 504.

En ese momento escuchó una voz que le era familiar:

-¡Esther, por favor ven!- era una voz temblorosa.

-¿Ana?, ¿eres tú, Ana?

-¡Esther! Aquí hace mucho frío, ¡quiero salir!-y se volvieron a oír los golpes.

Al escuchar la voz de su hermana, Esther fue corriendo hacia el lugar desde donde venía la voz... Entró en la sala y vio algo que la dejó sin respiración. En el mortuorio, una de las puertas de la cámara frigorífica tenía una tarjeta:

"ANA SAEZ RAMOS habitación 504"

-¡Tengo frío! ¡Tengo frío! ¡Esther!


La voz de su hermana la despertó...le dolía todo el cuerpo. "¿Cómo pudieron dormir mis padres en este sillón durante dos semanas?", pensó. Ana le llamaba para que pidiera otra manta a las enfermeras.

-¿Estás bien, Esther?-le preguntó la pequeña.

-Sí "enana", ha sido sólo una pesadilla.

-¡Cuéntamela!

-¡Ni pensarlo!-dijo Esther, que a esas horas de la madrugada tenía un poco de hambre-. Voy a pedirle una manta a la enfermera.

A los pocos minutos, Esther estaba tapando a su hermana.

-Venga "peque", sigue durmiendo– y la besó en la frente.

Esther se volvió a acomodar en el sillón, su hermana no tardó en volver a dormirse. Ella trataba de olvidar que estaba muerta de hambre, cuando en la puerta de la habitación apareció un vigilante alto, delgado y con ojeras con unas chocolatinas en la mano.

Pablo Martin Gregorio