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HIJOS DEL DIOS TUERTO

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IRGINIA

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ÉREZ DE LA

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Copyright © Virginia Pérez de la Puente, 2015 Copyright © de la portada: Fernando López Ayelo, Virginia Pérez de la Puente

www.virginiaperezdelapuente.com hijosdeldiostuerto.blogspot.com.es

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¿Recuerdas, Odín,

los viejos tiempos

cuando mezclamos nuestra sangre?

Entonces prometiste

que no te servirían cerveza

si no había para ambos.

‘Lokasenna’, Loki a Odín





E

ntre las retorcidas raíces, grandes como fortalezas de piedra y musgo, no había luz. El sol no alcanzaba los sarmientos del grosor de montañas, ni se atrevía a rozar la base del tronco del fresno, las rugosidades como cordilleras, los hongos adheridos al árbol, de los que caía el agua de la lluvia formando cascadas del tamaño de océanos. Más abajo del reino de los muertos, más allá del reino de la oscuridad, las nieblas infinitas y el terror, el sol ni siquiera tenía un nombre.

De las raíces de Yggdrasill colgaban miles de hilos formando telarañas blanquecinas de seda, doseles y cortinajes que se agitaban bajo una brisa inexistente. A lo lejos se oía el constante gruñido, el sonido bronco y afilado de los dientes de Nidhogg, empeñado en roer el tronco del fresno. El olor pungente del musgo, el olor putrefacto de la tierra empapada, de las hojas muertas, convertían el ambiente en una manta sofocante, el aire en una pasta irrespirable. Pero ninguna de las dueñas de aquel rincón oscuro, húmedo y terroso necesitaba respirar.

Las nornas tejían. Cogían los hilos con dedos esbeltos y ágiles; con ayuda de un huso, desenredaban el destino de un hombre del de los demás, para después coserlo a los destinos estirados sobre el bastidor. La negrura agazapada entre las raíces no permitía ver el dibujo que los hilos, hábilmente trenzados, formaban en el tapiz del destino. Ellas tres sí podían verlo: ellas tres lo veían antes de tejerlo. A nadie más, ni siquiera a los dioses de Asgard, ni siquiera a los muertos, ni siquiera al padre de todos, le estaba permitido vislumbrar siquiera una pequeña puntada, un parche, un fragmento de la labor que las tres realizaban desde el origen de los tiempos.

Las nornas tejían, y los nueve mundos colgados de las ramas de Yggdrasill contenían el aliento cada vez que la aguja se hundía entre los hilos sujetos al bastidor.

Verdandi alargó el brazo y cerró los dedos en torno a un hilo. Cuando lo estiró ante sus hermanas, Urdr alzó una ceja interesada mientras dejaba a un lado el huso

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en el que había enrollado el hilo del siguiente hombre, del siguiente destino.

—Ah —musitó Skuld, y esbozó una sonrisa ni triste ni alegre cuando sus ojos se pasearon por el hilo dorado, que relucía débilmente en la completa oscuridad de las raíces de Yggdrasill—. Harek Haraldsson.

Verdandi asintió sin decir una palabra, enhebró el hilo en la aguja de hueso y empezó a entretejerlo con los hilos que ya formaban parte del tapiz, llevándolo hasta el extremo del bastidor. El hilo destellaba bajo sus dedos, hecho de oro puro. Casi parecía palpitar.

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