Artículo de Pedagogía

Juan Javier Arroyo C. - Magíster en Desarrollo la Inteligencia

N°1 – 10/09/2016 – San Lorenzo - Esmeraldas

La infancia de Emilio

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La educación en la infancia involucra la aplicación de procesos pedagógicos armónicos que favorezcan el desarrollo adecuado de los niños. Es así como, la pedagogía exige hacer de la enseñanza una actividad eficiente, nada fácil en la labor docente, dada su complejidad de dominio.

Este primer trabajo, basado en la obra de Jean Jacques Rousseau “Emilio o la Educación”, tiene como objetivo presentar una propuesta pedagógica, con alto valor humano y social, de mucha utilidad para enriquecer la acción pedagógica de docentes y padres de familia en los niños.

Rousseau, en el Emilio, traza un programa completo de la educación, que abarca desde el mismo momento del nacimiento de este personaje hasta el día en que se casa. El Emilio es un estudiante imaginario, rico, sano, en quién Rousseau marca el sendero de su educación.

Según Rousseau (1979), hay una triple educación: la primera viene de la misma naturaleza; la segunda, de los hombres y la tercera de las cosas. “La naturaleza es el desarrollo interno de nuestras facultades y de nuestros órganos; la de los hombres es el uso que nos enseñan a hacer de este desarrollo; y la de las cosas, lo que nuestra propia experiencia nos da a conocer acerca de los objetos cuyas impresiones recibimos (p.43).

De las tres educaciones planteadas, la de la naturaleza no depende de ningún de modo de nosotros; la de las cosas está en parte en nuestra mano, y solo en la de los hombres es donde somos los verdaderos maestros.

La naturaleza, nos dicen, no es otra cosa que el hábito. ¿Qué significa esto? ¿No existen hábitos adquiridos forzosamente y que nunca ahoga la naturaleza? Por ejemplo, el de aquellas plantas que se evita su crecimiento vertical. La misma planta obedece la inclinación a la que fue obligada, más la savia no cambia su primitiva dirección, y si continúa la vegetación, la planta vuelve a su crecimiento vertical. Esto mismo sucede en las inclinaciones de los seres humanos. En tanto persisten en un mismo estado, pueden conservar las que provienen de la costumbre y son menos naturales, pero cambia y vuelve lo natural cuando la costumbre adquirida por la fuerza deja de actuar (p.67). 

El niño nace sensible, y está afectado de varias formas por los objetos que le rodean. Cuando se tiene la conciencia de las sensaciones, hay disposición de escudriñar o esquivar los objetos que las producen, según sean agradables o desagradables, la conveniencia o la discrepancia entre el individuo y estos objetos, y, por último, según el criterio sobre la idea de felicidad o de perfección que ofrece la razón. Estas disposiciones crecen y se fortalecen a medidas que son sensibles y más claras, pero presionadas por los hábitos, alteran las opiniones.

Reafirmando lo anterior, Rousseau menciona en su obra de pedagogía, que apenas el niño ha salido del vientre de su madre, y apenas disfruta de la facultad de mover y extender sus miembros, cuando se le ponen nuevas ligaduras. Le envuelven, le ponen a dormir con la cabeza, las piernas estiradas y los brazos colgando; le cubren de lienzos y vendajes de toda especie que le privan del cambio de posición. Feliz si no le han apretado hasta el punto de privarle de respirar y si se ha tenido la precaución de acostarle de lado con el fin de que los líquidos que debe sacar por la boca, ya que no le queda libertad de mover la cabeza de lado, para facilitar la salida de los mismos.

El niño recién nacido tiene necesidad de extender y mover sus miembros para sacarlos del adormecimiento en que han estado, a causa del envoltorio, durante tanto tiempo. Los estiran, es verdad, pero les impiden el movimiento; sujetan la cabeza hasta la cabeza con capillos, como si tuviesen miedo de que den señales de vida. La inacción, la presión en que retienen los miembros de un niño, no pueden favorecer en nada la circulación de la sangre y de los humores, es estorbar que se fortalezca o crezca la criatura y alterar su constitución. Una violencia tan cruel. Su primer sentimiento es de dolor y de pena; no hallan otra cosa que obstáculos en todos los movimientos de que tienen necesidad (p.73).

Las mujeres están dejando de amamantar a sus hijos y tan pronto es fastidioso el estado de madre, se encuentra el modo de librarse de él.

Cuando las madres se dignen criar a sus hijos, las costumbres se reformarán en todos los corazones y se repoblará el Estado; este primer punto, este punto único lo reunirá todo. El contraveneno más eficaz contra las malas costumbres es el atractivo de la vida doméstica; acaba siendo grata la pesadez de los niños, logrando que los padres se necesiten más , se amen más unos a otros y estrechen entre ambos el lazo conyugal. Cuando la familia es viva y animada las tareas domésticas son la ocupación más querida para la mujer y más suave el desahogo del marido. Corregido de este modo tal abuso, resultaría pronto una reforma general y en breve la naturaleza recuperaría todos sus derechos. Una vez las mujeres vuelvan a ser madres, también los hombres volverán a ser padres y maridos (p.77).

La educación natural debe procurar que el hombre sea apto para todas las condiciones de la vida humana; por lo tanto es menos racional educar a un rico para que sea pobre que a un pobre para que sea rico, puesto que, en proporción al número de ambos estados, hay más ricos que empobrecen que pobres que enriquezcan. Si escogemos a un rico estaremos seguros de haber hecho un hombre más, mientras que un pobre logra muchas veces hacerse hombre por sí solo.

A este principio dice el maestro: “Por tal motivo no me opondré a que Emilio sea de ilustre cuna, puesto que siempre será una víctima sacada de las garras de los prejuicios. Emilio es huérfano. El que vivan su padre y su madre no influye en nada; si me ha hecho cargo de todas sus obligaciones, justo es que me apropie todos sus derechos. Debe honrar a sus padres, pero a mí solamente debe obedecerme; esta es mi condición previa, o mejor dicha la única. Me veo obligado a añadir otra, que no es más que una derivación de la anterior: no podremos ser separados el uno del otro sin nuestro consentimiento. Esta es la condición esencial, y todavía creo que es tan indispensable el contacto entre el alumno y el ayo que ambos deberían ser inseparables, y que el destino de su vida fuera siempre un objeto común entre ellos. El discípulo mira al maestro como el verdugo de su niñez; el maestro no ve en el discípulo más que una carga pesada, y sólo desea librarse de ella. Aspiran a librarse el uno del otro, y careciendo de cariño mutuo, el uno pondrá poca vigilancia y la docilidad del otro quedará disminuida (p.86)”.

Pero si se consideran como obligados a pasar juntos la vida, les interesa hacerse amar uno del otro, y se aman de verdad. Cuando niño, el alumno no siente ninguna vergüenza de seguir al amigo que ha de tener durante toda su vida y cuando sea hombre, y el ayo pone todos sus afanes en el cultivo de su alumno cuyos frutos ha de recoger. De esta manera, pone a interés para su ancianidad un fondo, que no es otra cosa que el mérito que da a su alumno. Este trato convenido de antemano, supone un parto feliz, un niño bien conformado, robusto y sano.

Un padre carece del derecho de escoger ni debe tener preferencias en la familia que Dios le ha dado.

Todos sus hijos son igualmente suyos; les debe a todos la misma solicitud y el mismo cariño. Que sean deficientes o no, enfermos o robustos, cada uno de ellos es un depósito del cual debe dar cuenta a la mano de quien lo recibió, y el matrimonio es un contrato realizado con la naturaleza al mismo tiempo que entre los cónyuges.

La educación del hombre empieza al nacer; antes de hablar, de comprender, él ya se instruye.

 La experiencia precede a las lecciones; cuando conoce a su madre, tiene ya mucho adquirido. Uno se sorprendería del hombre, el más rústico, si siguiéramos sus progresos desde el momento en que nació hasta aquel en que se halla. Si se dividiese toda la ciencia humana en dos partes, la una común a todos los hombres y la otra propia de los sabios, la última sería muy pequeña comparada con la primera (p. 99).

Las primeras sensaciones de los niños son puramente afectivas, y solamente se distinguen en ellas placer o dolor, y no pudiendo ni andar ni asir, requieren mucho tiempo para formarse poco a poco las sensaciones representativas que le muestran los objetos exteriores pero aguardando que estos objetos se extiendan, se alejen, por así decirlo, de sus ojos, y toman ellos las dimensiones y las figuras, el retorno de las sensaciones comienza  a someterles al imperio del hábito; se ven sus ojos sin cesar volverse a la luz, y si la luz viene de lado, toman insensiblemente esta dirección, por lo que se debe tener cuidado de colocar debes de cara a la luz, para que no se vuelvan bizcos ni se acostumbren a mirar de reojo.

Desde que el niño comience a distinguir los objetos, es importante escoger bien los objetos que se le muestren. Naturalmente que todos los objetos nuevos interesan al hombre. Se siente tan débil que tiene miedo de todo lo que desconoce; el hábito de ver los objetos sin ser afectados por ellos, le destruye este miedo. ¿Por qué, pues, la educación de un niño no comienza antes de que hable y de que entienda, ya que la sola elección de los objetos que se le presentan es capaz de convertirlo en tímido o valiente? Quiero que se habitúe a ver otros objetos nuevos, animales feos, repugnantes y extraños, pero paulatinamente y a alguna distancia, hasta que se acostumbre a ellos, y al ver que otros los tocan; también él los toca. Si en su infancia ha visto sin asustarse sapos, culebras y cangrejos, verá sin espantarse, cuando sea mayor, cualquier otro animal, ya que no hay seres que causen horror al que los ve todos los días (p.101).

En los inicios de la vida, cuando la imaginación y la memoria aún son inactivas, el niño solo está atento a cuanto afecta a sus sentidos.

Las sensaciones, siendo los primeros materiales de sus conocimientos, se le deben ofrecer de un modo conveniente, o sea preparar su memoria para que un día las ofrezca en el mismo orden a su entendimiento, pero como solo atiende a sus sensaciones, es suficiente mostrarle primeramente con distinción la conexión de estas mismas sensaciones con los objetos que las causan. Él quiere tocarlo todo y manejarlo; no nos opongamos a esta inquietud, ya que ello le sugiere un aprendizaje muy necesario.  Es de este modo como aprende a sentir el calor, el frío, la dureza, la blandura, el peso y la ligereza de los cuerpos; a juzgar de su tamaño, de su figura, y todas sus cualidades sensibles, mirando, palpando, escuchando, y sobre todo comparando la vida con el tacto, y apreciando con los ojos la sensación que causan sobre sus dedos (p.103).

Cuando el niño tiende la mano con esfuerzo sin decir nada, cree que alcanzará el objeto debido a que él aún no distingue las distancias; está en un error, pero cuando se queja y grita al alargar la mano, entonces no se engaña más sobre la distancia, y manda al objeto que se acerque a él, o a nosotros que se lo llevemos. En el primer caso, llevadle hacia el objeto lentamente y mediante pequeños pasos; en el segundo, no se le deben dar siquiera muestras de haberle entendido. Cuando más grite, menos debe escuchársele. Importa acostumbrarle a su debido tiempo a no mandar a los hombres, ya que él no es su amo, ni a las cosas, pues tampoco le oyen. Así, cuando un niño desea alguna cosa que ve y que uno quiere dársela, es mejor llevar el niño al objeto que traer el objeto al niño; saca de esta práctica una conclusión propia de su edad, y no hay medio de sugerírsela.

El niño debe crecer libre de ataduras, fajas y cualquier cosa que imposibilite sus movimientos. Sólo se trata de irle dando vigor a un pequeño animalito, a la vez que se procurará que se vaya dando cuenta que él no puede mandar sobre las cosas, y de que está bajo el imperio de la necesidad.

Un principio sabio de Rousseau “Todo es perfecto cuando sale de la mano de Dios: Autor de la Naturaleza; pero sufre una degeneración al contacto con las manos del ser humano…, se perfeccionan las plantas por el cultivo y los hombres por efecto de la educación.”

En efecto, aunque al principio, podríamos deducir que, si el niño nace perfecto, solamente tendríamos que dejarle hacer… Se perfecciona al hombre por la educación. El hombre viene al mundo en inferioridad de condiciones para enfrentarse al medio ambiente, y, más tarde, formar al hombre social sobre la base del natural.

Los primeros movimientos de la naturaleza son siempre derechos; no hay principio de perversidad original en el corazón humano. A partir de aquí, la educación del niño debe consistir en conseguir que éste se desarrolle conforme a su naturaleza. Que el niño se niño y no el hombre del mañana.

Tres educaciones diferentes hay que distinguir y el educador ha de conseguir una armonía en las tres, armonía que ha de consistir en hacer que dos de ellas ( la de las cosas y la de los hombres) se realicen a partir de la primera, que a la vez es tomada como modelo; la de la naturaleza.

La naturaleza es, pues, la única cosa invariable. Aquí podemos descubrir una de las grandes intuiciones de Rousseau: elevar la pedagogía a la categoría de ciencia. Anteriormente, ya se habían publicados tratados de pedagogía; pero no en un plano científico. No se estudiaba su objeto de una manera objetiva; no se partía de la psicología, sino que se desconocía el objeto, la realidad dada y todo se reducía a puros sentimientos, intuiciones, reglas más o menos generales que se imponían al sujeto. Rousseau, piensa que “la educación para ser normal, debe reproducir un modelo dado en la realidad”. Este modelo será el hombre natural.

Para Rousseau la verdadera libertad consiste en hacer lo que se pueda. La libertad contiene un límite. La noción de limitación es esencial. Hace falta una disciplina serena para conseguir esto. Este sentimiento se lo han de dar al niño las cosas no los hombres.

El maestro debe poner al alumno en la situación que cree conveniente para que tal situación le lleve a una determinada conclusión. Debe a veces, poner los medios, disponer las cosas, para hacer ver en el alumno aquello que trata de inculcarle. Hay algo que el maestro no puede olvidar: que jamás debe violar el orden de la naturaleza, y que son las cosas las que deben hablar al alumno, no su boca.

El alumno, ya vimos que no podía mandar sobre el maestro, pero siempre que lo necesite; siempre que sus fuerzas no puedan resolver una necesidad, debe llamarlo y contar con él. Debe sentirse seguro a su lado, a la vez que comprenda o, mejor dicho, que sienta su debilidad respecto a él. El maestro es el que    ha de hacer ver la aparente contradicción de las cosas, como por ejemplo en el caso del palo roto debajo del agua, y siempre se ha de apoyar en las cosas para tales explicaciones. Las respuestas del maestro han de ser cortas.

Fuente base del documento:

Rousseau, J. J., Emilio o la Educción. Cardona y Viano (traductores). 3° edición. Barcelona. Editorial Brugueras, 1979. P. 43, 67, 73, 77, 99, 101, 103. ISBN: 84-02-00774-0.