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El dinero en la literatura
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EL DINERO EN LA LITERATURA

 

1.   ASIGNATURA: Lengua castellana y Literatura

2.   NIVEL: 1º Bachillerato

 

3.   RELACIONADO CON LA UNIDAD DIDÁCTICA:

Aprovechando la salida a la Bolsa, propuesta por el Departamento de Matemáticas, se pretende realizar un recorrido, a los largo de una selección de textos, por las diferentes visiones que sobre el tema del dinero han quedado plasmadas en la literatura. Se intentará, a través de los textos, unir el momento histórico y cultural vivido con una serie de tópicos del dinero que se repiten desde la Antigüedad hasta nuestros días: corrupción, vanidad, vacuidad y, en algunos casos, felicidad.

DURACIÓN: 2 sesiones

PROPUESTA DE ACTIVIDAD

1ª SESIÓN

Repaso de conceptos ya estudiados sobre la sociedad y la cultura medieval: el feudalismo y posterior nacimiento de las ciudades, con los cambios políticos que esto conllevó: creación de las universidades, mercantilización de las relaciones, problemas para conciliar el pecado de la usura frente al establecimiento del dinero como motor de la sociedad, etc.

2ª SESIÓN

Lectura y comentario de diversos textos cuyo tema central será el dinero. Al mismo tiempo se proyectarán imágenes de algunas obras de arte contemporáneas a los textos leídos, con el fin de que los alumnos aprecien el tratamiento de un mismo tema desde dos manifestaciones artísticas diferentes.

Al final de la clase, se encargará a los alumnos la realización de un comentario de texto completo, bien sea de uno de los textos vistos en clase o de algún otro ya estudiado o que conozcan a través del estudio de la literatura de 3º de ESO: La Celestina, El Quijote, El Libro del Buen Amor

 

 

MATERIALES

EL DINERO EN LA LITERATURA. TEXTOS

Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar;

al torpe hace discreto, hombre de respetar,

hace correr al cojo, al mudo le hace hablar;

el que no tiene manos bien lo quiere tomar.

Aun al hombre necio y rudo labrador

dineros le convierten en hidalgo doctor;

cuanto más rico es uno, más grande es su valor,

quien no tiene dineros no es de sí señor.

Y si tienes dinero, tendrás consolación,

placeres y alegrías y del papa la ración,

comprarás paraíso, ganarás la salvación:

donde hay mucho dinero, hay mucha bendición.

Él crea los priores, los obispos, los abades,

arzobispos, doctores, patriarcas, potestades,

a los clérigos necios da muchas dignidades.

De verdad hace mentiras y de mentiras hace verdades.

Él hace muchos clérigos y muchos ordenados,

muchos monjes y monjas, religiosos sagrados:

el dinero les da por bien examinados;

a los pobres les dicen que no son ilustrados.

                                   Juan Ruiz, Libro del Buen Amor

SEMPRONIO.- ¡Oh vieja avarienta, garganta muerta de sed por dinero! ¿No serás contenta con la tercia parte de lo ganado?

CELESTINA.- ¿Qué tercia parte? Vete con Dios de mi casa tú. Y esotro no dé voces, no llegue la vecindad. No me hagáis salir de seso. No queráis que salgan a plaza las cosas de Calisto y vuestras.

SEMPRONIO. - Da voces a gritos, que tú cumplirás lo que prometiste o cumplirás hoy tus días.

ELICIA.- Mete, por Dios, el espada. Ténle, Pármeno, ténle, no la mate ese desvariado.

CELESTINA.- ¡Justicia, justicia, señores vecinos; justicia, que me matan en mi casa estos rufianes!

SEMPRONIO.- ¿Rufianes o qué? Esperad, doña hechicera, que yo te haré ir al infierno con cartas.

CELESTINA.- ¡Ay, que me ha muerto, ay, ay! ¡Confesión, confesión!

PÁRMENO.- ¡Dale, dale, acábala, pues comenzaste! ¡Que nos sentirán! ¡Muera, muera; de los enemigos los menos!

CELESTINA.- ¡Confesión!

ELICIA.- ¡Oh crueles enemigos, en mal poder os veáis! ¡Y para quién tuvistes manos! ¡Muerta es mi madre y mi bien todo!

SEMPRONIO.- ¡Huye, huye, Pármeno, que carga mucha gente! ¡Guarte, guarte, que viene el alguacil!

PÁRMENO.- ¡Oh pecador de mí, que no hay por do nos vamos, que está tomada la puerta

SEMPRONIO. - Saltemos de estas ventanas. No muramos en poder de justicia.

PÁRMENO.- Salta, que yo tras ti voy.

Fernando de Rojas, La Celestina, Acto XII

¿Quién hace al tuerto galán

Y prudente al sin consejo?

¿Quién al avariento viejo

Le sirve de Río Jordán?

¿Quién hace de piedras pan,

Sin ser el Dios verdadero

El Dinero.

¿Quién con su fiereza espanta

El Cetro y Corona al Rey?

¿Quién, careciendo de ley,

Merece nombre de Santa?

¿Quién con la humildad levanta

A los cielos la cabeza?

La Pobreza.

¿Quién los jueces con pasión,

Sin ser ungüento, hace humanos,

Pues untándolos las manos

Los ablanda el corazón?

¿Quién gasta su opilación

Con oro y no con acero?

El Dinero.

¿Quién procura que se aleje

Del suelo la gloria vana?

¿Quién siendo toda Cristiana,

Tiene la cara de hereje?

¿Quién hace que al hombre aqueje

El desprecio y la tristeza?

La Pobreza.

¿Quién la Montaña derriba

Al Valle; la Hermosa al feo?

¿Quién podrá cuanto el deseo,

Aunque imposible, conciba?

¿Y quién lo de abajo arriba

Vuelve en el mundo ligero?

El Dinero.

Don Francisco de Quevedo

 

EL EMPERADOR:

Que cosa es esta que a tan sin pavor

me lleva a su dança a fuerça sin grado?

Creo que es la Muerte, que non ha dolor

de homne que sea grande o cuitado.

Non ay ningund rey nin duque esforçado

que della me pueda agora defender.

Acorredme todos! Mas non puede ser,

que yo tengo della todo el seso turbado.

LA MUERTE:

Emperador muy grande en el mundo potente,

Non vos cuitedes, ca non es tiempo tal

que librar vos pueda imperio nin gente,

oro nin plata, nin otro metal.

Aqui perderedes el vuestro cabdal

que athesoraste con grand tirania,

faciendo batallas de noche e de dia:

morid, non curedes, venga el cardenal.

Dança general de la Muerte, Anónimo

 

Para finalizar la actividad, y ya fuera de la literatura medieval y barroca, se adjunta un texto contemporáneo, satírico con el tema del dinero, que servirá para cerrar la clase y abrir un pequeño debate sobre el tema:

 

 

 

El señor Valéry siempre llevaba bajo el brazo un libro envuelto con una goma y una funda de plástico.

Además de leer el libro, lo utilizaba como monedero para guardar los billetes.

El señor Valéry explicaba:

—Nunca me ha gustado separar la literatura del dinero.

Así pues, el señor Valéry se organizaba del siguiente modo (estas eran sus reglas):

Jamás colocaba más de un billete entre dos páginas del libro.

En las primeras páginas colocaba los billetes menos valiosos, y los más valiosos en las últimas.

En lugar de usar un punto para señalar la página en la que había interrumpido la lectura del libro, colocaba en dicha página las monedas, con lo que el libro engordaba, por así decirlo.

En la última página, el señor Valéry siempre dejaba su carnet de identidad.

Este era el dibujo que el señor Valéry hacía para explicar su relación con la literatura y el dinero

Y cada vez que hacía el dibujo, repetía:

—Nunca me ha gustado separar la literatura del dinero.

El procedimiento del señor Valéry, tanto en la lectura como en un acto comercial, seguía después etapas rigurosas e inalterables.

En primer lugar, retiraba cuidadosamente el libro de la funda de plástico que lo envolvía.

Luego, siempre con mucho cuidado para no dejar caer ninguna moneda o billete, retiraba la goma que ceñía el libro.

El tercer paso consistía en abrir el libro por la página en la que había interrumpido la lectura, lo que era fácil, puesto que era allí donde se encontraban todas las monedas de las que disponía el señor Valéry en ese momento.

Ya se tratara de realizar una transacción comercial o retomar la lectura, el señor Valéry volcaba primero las monedas en la mano, sujetando el libro con cuidado para no dejar caer ningún billete. Después, en el caso de tener que efectuar algún pago, el señor Valéry buscaba los billetes adecuados, hojeando el libro como quien busca una frase señalada.

En el caso de que abriera el libro para leerlo, el señor Valéry, después de echarse las monedas en la mano, las apilaba sobre la mesa que tenía delante, tras lo cual empezaba a prestar atención a las letras. Cuando, en el transcurso de la lectura, el señor Valéry alcanzaba una página en la que había un billete, trasladaba de inmediato ese dinero unas páginas más allá.

Por el contrario, cuando estaba a punto de terminar un libro, pasaba todos los billetes, incluso los valiosos, hacia atrás respecto de la página en que se encontraba, es decir, por detrás de las monedas, lo que siempre le causaba una sensación extraña.

Quienes pasaban por allí y venían al señor Valéry, sentado a la mesa de una cafetería, sujetando con mucha fuerza y con ambas manos los dos lados del libro, nunca acertaban a decir si la tensión de sus brazos revelaba una codicia mezquina o un profundo amor por la literatura.

                                                                  Gonçalo M. Tavares, El señor Valéry (pp. 69-71)

 

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