Discurso graduación MIP

“la vida da muchas vueltas”

Sé que es una frase muy manida, digamos que “poco innovadora” y que -por tanto- casa mal con el nombre del master que hoy termináis, me consta que con el suspiro de quien se siente por fin libre de la sombra del trabajo sin descanso.

Porque también sé que habéis trabajado, y mucho.

“la vida da muchas vueltas”,     digo,         es la consigna.

Sé que después de haberla oído de boca de vuestros padres, abuelos y en general gente siempre más viejuna que vosotros, el que ahora venga yo con ella os dirá a priori muy poco.

Voy a tratar de darle algo de sentido.

Cuando iba al colegio, en la extinta EGB, en clase solía sentarme cerca de la ventana, que daba al patio, donde estaban las porterías de futbito.

Una de mis aficiones era narrarle a mi compañero de pupitre los partidos de los otros niños en su hora de educación física.

Cosa que hacía a costa de amasar negativos con que me obsequiaban los profesores,     debido a mi interés más por el “ahí afuera” que el “aquí dentro”        que ellos trataban de representar ante la clase.

Como pese a ello era buen estudiante, al final me acababan perdonando. Un niño siempre busca el perdón.

Ya sabía entonces que quería ser periodista. En aquél momento, periodista deportivo, claro.

También tenía claro que para ello antes iría a la universidad. Algo que para mi madre fue tan extraordinario, para mi era natural proyectarlo. Ahora me pregunto si también lo será para mi hijo, viendo cómo están cambiando las cosas.

Es justo valorar la oportunidad que tenemos de formarnos, aunque con buen criterio pensemos que esta formación podría ser mejor muchas veces.

Cuando llegó el momento de ir a la universidad, sentado muy inquieto sobre unos 18 años de maximalismos por doquier, me fui convencido de que ahí empezaba, por fin, mi carrera como periodista.

Aunque aún no había publicado en ningún medio encontrable en quiosco alguno, me sentía periodista por el mero hecho de estar matriculándome en una licenciatura con dicho nombre.

Mis planes estaban claros: cuatro años de carrera y a publicar en El País. Todo lo que se saliera de ese esquema se dibujaba en mi cabeza como una catástrofe.

Ya sabía, pues, que cuando acabase la carrera sería periodista. Concretamente, además, periodista de guerra.

Recordad los maximalismos.

El deporte era ya algo demasiado naïf para mis aspiraciones.

Había que demostrarlo todo, ya.

¿Qué más heroico que jugarse la vida por informar?

Mi héroe era Miguel Gil Moreno.

Gil era un abogado que años antes había abandonado Barcelona con su moto, dirección a la Yugoslavia en guerra, adonde consiguió entrar como “periodista” mostrando en la frontera su carnet de suscriptor de la revista ‘Solo Moto’.

Después de eso se convirtió en una leyenda del periodismo bélico, llegando a ser el único periodista occidental en Grozni durante los bombardeos rusos. Murió en Sierra Leona en el año 2000. Trabajando.

Cuando acabé la carrera, y tras prácticas en un portal de Internet, después tres veranos en el Diario Información y habiendo rechazado quedarme para irme a Madrid a estudiar un postgrado sobre periodismo de guerra, y después a Edimburgo a ser usado como mano de obra barata limpiando baños y sirviendo cenas, y de vuelta a España, comencé a comprender que estaba dando muchas vueltas.

Ya sabéis, la vida da muchas.

El tema es que ni siquiera leía periodismo deportivo y ya me daba un poco de cosa ir a morir a una guerra. Que por cierto, ya comenzaba a sospechar que ningún medio me mandaría allí en las condiciones que habían tenido hasta casi entonces los corresponsales en lugares de conflicto.

La crisis en el nuestra profesión comenzó mucho antes que la general.

Sin embargo, seguía pensando en periodismo.

De pequeño me gustó su componente creativo, de hacedor de historias, de construcción y transmisión de realidades, su poder social: el ser escuchado.

De adolescente y de universitario, me fascinaba su poder político. Todos hacemos política, constantemente, pero dominando el periodismo tenía una herramienta para cambiar el mundo.

Denunciar atrocidades en una guerra me parecía la forma suprema de lograrlo, entonces.

Hasta que un día, cuando cumplí 25 años, el 16 de abril de 2006, me abrí un blog.

Y había personas al otro lado.

Y comentaban mi “periodismo”.

Nunca supe la opinión de ningún lector (más allá de mi madre o mi novia) de todos los reportajes que escribí con tanto entusiasmo y dedicación en el Información.

Y sin embargo, ahí sentado en mi casa, podía construir, distribuir realidad… y ¡obtener un feedback!

Lo siguiente vino ya solo:

y fueron casi todo preguntas:

¿Por qué los periódicos online son tan malos?

¿Por qué los hay que aún no permiten comentarios?

¿Por qué hablan siempre de lo mismo?

¿Dónde están sus lectores?

¿Por qué sólo han de ser lectores?

¿Por qué tanta publicidad?

¿Por qué tanto refrito de agencias y noticias absurdas?

Llevo desde entonces, hace ya más de ocho años, tratando de responder a esas preguntas. Aunque la respuesta que busco siempre es la misma:

¿Cómo cambiar el periodismo?

Que en realidad significa: ¿Cómo cambiar el mundo?

Habida cuenta de que constaté muy clara y directamente que no iba a poder obtener respuestas a través de las instituciones periodísticas establecidas, me vi abocado a emprender.

No me impulsó ninguna moda. Cuando monté mi primera empresa, en 2007, no había crisis y los emprendedores no estaban ni bien ni mal vistos.

Simplemente no estaban vistos. Existían, pero como existen los peritos o los procuradores.

No era muy viral la cosa.

Hoy esto ha cambiado. Vosotros y vosotras tenéis edades y procedéis de estudios y experiencias vitales de lo más dispar.

Políticas, Protocolo, Publicidad, Audiovisuales, Periodismo.

Nacidos en el 90 o incluso antes que yo.

Y estáis -estamos- en un contexto dantesco.

Sabéis lo que hay.

Sabéis que el barco se hunde.

Pero también sabéis que la clave no está en reparar el barco sino en construir un nuevo. Una barquita propia, o un barco entre otros pares.

Lo que sea con tal de obtener respuesta a vuestras preguntas.

Por vosotros mismos.

Sin esperar a que el barco se hunda.

En este master, que hoy termina, todos los profesores que hemos participado en él, empezando por la dirección que lo diseñó y lo ha guiado hasta esta orilla de esperanza, hemos tratado de daros una vuelta en la vida.

Que da muchas, como dije.

Una más.

Hemos tratado de ofreceros herramientas y métodos, y quiero pensar que también apoyo y consejo prudente pero decidido y esperanzador.

Cerramos pues la primera edición del Master en Innovación en Periodismo.

Emprender e innovar son palabras pomposas. Manidas, y por tanto sujetas al mancillamiento constante hoy en día.

Por lo tanto, valen muy poco si no se acompañan con hechos.

Los impulsores de este master lo tenían claro

y por eso se ha pretendido que hoy no estemos contentos por haber aprobado un examen o haber presentado un ficticio trabajo final, sino por tener pergeñado un verdadero proyecto de emprendimiento que cambie la forma de hacer las cosas de algún mercado, algún nicho, algo.

Para mejor.

Darle una vuelta, como las que da la vida.

Aprender a emprender es curar las heridas a la palabra “emprendedor”, devolverle su dignidad.

Innovar haciendo, poniendo en práctica lo aprendido, es encontrar nuevos caminos, mejores, con impacto social y económico, en lugar de pretender que el sol gire en torno a la tierra, como parecen exigir algunos de los viejos dinosaurios de la industria periodística.

Yo sigo hoy sin encontrar respuestas definitivas.

¿Cómo lograr cambiar el mundo a través del periodismo?

Sólo puede ser “haciendo”.

Es decir: probando, tropezando, aprendiendo.

El éxito es tan falso como el fracaso.

Ambos son dos maximalismos, como los que embargaban a aquél proyecto de periodista postadolescente que creía que sólo yendo a las guerras podía encontrar la respuesta a la pregunta de arriba.

La verdadera guerra no es una guerra, sino un camino global, para el que os hemos querido pertrechar en estos 9 meses de MIP.

Acabo.

Hoy estoy aquí con vosotros, muy orgulloso,

para qué negarlo,

de que me hayáis invitado a compartir este momento.

Sobre todo porque creo conoceros, tras leer con mucho entusiasmo vuestros trabajos.

En ellos he visto vuestras ilusiones, cómo queréis encontrar vosotros esas respuestas, andar ese camino, hacer, tropezar y aprender.

¿Quién me iba a decir a mí, cuando era un niño que narraba partidos de fútbol, cuando era un postadolescente guerrero, cuando limpiaba baños en Escocia, que iba a tener la oportunidad de estar hoy aquí y de haber aprendido también de vosotros y vuestros proyectos?

La vida da muchas vueltas.

Hoy termina una de 9 meses y empieza otra que quién sabe adónde os llevará.

Pero estoy seguro que con el bagaje que habéis obtenido aquí, sea a dónde sea y tengáis que hacer los cambios que tengáis que hacer, estaréis bien preparados para no perder el rumbo.

Los dinosaurios tienen mucho menos futuro del que aparentan, y vosotros muchísimo más del que podáis imaginar ahora.

La vida da muchas vueltas.

Ha sido un honor. Mucha suerte.