A lo largo de las calles de París daban tumbos las carretas de la muerte. Seis de ellas llevaban la provisión de vino del día a la Guillotina. Las seis carretas parecían gigantescos arados que abrieran enormes surcos entre la gente que se apartaba a ambos lados para dejarles paso. Y tan acostumbrados estaban todos a semejante espectáculo, que era frecuente ver personas que no suspendían sus ocupaciones al paso de aquella triste comitiva.

Entre los que montan las carretas, en aquel último viaje, algunos observan las cosas que los rodean con mirada impasible, otros con el mayor interés. Algunos, sentados y con la cabeza entre las manos, parecen desesperados, y otros dirigen a la multitud miradas semejantes a las que han visto en teatros y en cuadros. Varios tienen los ojos cerrados y reflexionan o tratan de coordinar sus ideas. Solamente uno, de mísero aspecto, está tan trastornado por el terror, que va cantando y hasta trata de bailar. Pero nadie, con sus miradas o con sus gestos, apela a la compasión del pueblo.

Preceden a las carretas algunos guardias a caballo, y la gente les dirige preguntas que ellos contestan de la misma manera: señalando a la tercera carreta y a un hombre que, con la espalda apoyada en la parte posterior de la carreta y la cabeza inclinada, habla con una muchacha sentada en un lado que le coge la mano. Parece no importarle nada de lo que le rodea, pues sigue hablando con la jovencita. A veces se oyen algunos gritos contra él, pero en tales casos se limita a levantar la cabeza y a sonreír.

Ante una iglesia, esperando la llegada de las carretas, está el espía. Mira al primer vehículo y ve que no está. Mira al segundo y tampoco. Entonces se pregunta: “¿Me habrá engañado?”, cuando al mirar a la tercera se tranquiliza.

—¿Quién es Evremonde? —le pregunta un hombre que está a su lado.

—Ese que va en la parte posterior de la tercera carreta.

—¿Ese a quien la muchacha le coge la mano?

—Sí.

—¡Muera Evremonde! —grita el hombre.— ¡A la Guillotina los aristócratas!

—¡Calla! —le dice tímidamente el espía.— Va a pagar sus culpas de una vez. Déjale morir en paz.

El hombre no le hace ningún caso y sigue gritando. Evremonde lo oye y al volverse vio al espía, lo mira atentamente y pasa de largo. A las tres en punto llegaban las carretas al lugar de la ejecución. La gente rodeaba el siniestro aparato, en torno del cual, y sentadas en primera fila, como si estuvieran en el teatro, había numerosas mujeres ocupadas en hacer calceta. Una de ellas era La Venganza, que miraba a todos lados en busca de su amiga.

—¡Teresa! —gritó con su voz más aguda.— ¿Quién ha visto a Teresa?

—Nunca había dejado de venir —dijo otra.

—¡Teresa! —repitió La Venganza.

—Grita más —le recomendó otra.

—¡Grita, Venganza, grita, porque por más que grites y aunque profieras alguna interjección malsonante Teresa no te oirá!

—¡Qué mala suerte! —exclama La Venganza pateando.— ¡Ya están aquí las carretas! ¡Evremonde será despachado sin que ella esté aquí!

Mientras tanto las carretas empezaban a dejar su carga.

Los ministros de la Santa Guillotina estaban vestidos y dispuestos. Se oyó un chasquido y en el acto una mano empuñó una cabeza que mostró al público; las calceteras apenas levantaron los ojos y se limitaron a exclamar a coro: “¡Una!”

Se vació la segunda carreta y se acercó la tercera. Nuevamente se repitió el chasquido y las mujeres contaron: “¡Dos!”. Descendió el supuesto Evremonde e inmediatamente la costurera, que seguía estrechando entre las suyas la mano de su compañero, el cual colocó a la joven de espalda al mortífero aparato que funcionaba sin descanso. Ella le dirigió una mirada de agradecimiento.

—A no ser por ti, mi querido desconocido, no estaría yo tan tranquila, porque soy naturalmente medrosa, ni habría sido capaz de elevar mis pensamientos hacia Aquél que murió para darnos esperanza y consuelo. Creo que el Cielo te ha enviado a mi lado.

—O tú al mío —contestó Sydney Carton.— No apartes tu mirada de mí, querida hija mía, y no te ocupes de nada más.

—Así lo haré mientras estreche tu mano, y trataré de no pensar en nada más cuando la deje, si el golpe es rápido.

—Será rápido. No tengas miedo.

Los dos estaban confundidos con los demás condenados, pero hablaban como si estuvieran solos. Con las manos cogidas y los ojos fijos uno en otro, aquellos dos hijos de la Madre Universal, tan distintos, iban a emprender juntos el viaje eterno.

—Quisiera preguntarte una cosa —dijo ella.

—Pregunta lo que quieras, dulce hermana mía.

¿Crees que tendré que aguardar mucho la llegada de las personas que me son queridas, en el mundo mejor en que muy pronto nos hallaremos tú y yo?

—No, querida mía. Allí no existe el tiempo, ni se conocen los dolores o las pesadumbres.

—¡Cuánto me consuelan tus palabras! ¿He de besarte ahora? ¿Ha llegado el momento?

—Sí.

Ella lo besa en los labios y él la besa también. Solemnemente se bendicen una a otro y la mano de ella no tiembla cuando ha de soltar la de su amigo. La niña es la primera en acercarse a la Guillotina... y ya ha emprendido el viaje eterno. Las calceteras cuentan: “¡Veintidós!”

“Yo soy la Resurrección y la Vida; aquel que cree en Mí, aunque haya muerto vivirá; y el que vive y cree en Mí no morirá jamás.”

Cae nuevamente la cuchilla y las calceteras cuentan: “¡Veintitrés!” Aquella noche, en la ciudad, dijeron que el rostro de aquel hombre fue el más tranquilo de cuantos habían visto en el mismo lugar. Muchos añadieron que su aspecto era sublime y profético.

Una de las más notables víctimas de la Guillotina, una mujer, solicitó, al pie del catafalco, que le permitieran consignar por escrito las ideas que le inspiraba. Si Carton hubiese podido consignar las suyas y éstas hubieran sido proféticas, habría escrito:

“Veo a Barsad, a Cly, a Defarge, a La Venganza, a los jurados, al juez, a la larga fila de opresores de la humanidad, que se han alzado para destruir a los antiguos, caer bajo esta misma cuchilla, antes de que deje de emplearse en su actual función.

”Veo las vidas de aquellos por quienes doy la mía, llenas de paz, útiles a sus semejantes, prósperas y felices, en aquella Inglaterra que no veré ya más. La veo a ella con un niño en su regazo, que lleva mi nombre. Veo a su padre, anciano y encorvado, pero con la mente despierta y útil a todos los hombres. Veo al bondadoso anciano, su amigo desde hace tantos años, enriqueciéndoles, dentro de diez más, con cuanto posee e ir tranquilo a recibir su recompensa.

”Veo que en los corazones de todos ellos tengo un santuario, y también en los de sus descendientes, durante varias generaciones. La veo a ella, ya anciana, llorando por mí en el aniversario de este día. Veo a ella y a su marido, terminado ya su paso por el mundo, descansando uno al lado de otro en un lecho de tierra, y sé que cada uno de ellos no fue tan reverenciado como yo en el corazón del otro.

”Veo que el niño que ella tenía en su regazo y que llevaba mi nombre es ya un hombre que con su talento se abre paso en la carrera que fue mía. Le veo alcanzar tantos éxitos, que mi nombre, ya limpio de las manchas que sobre él arrojé, se hace ilustre gracias a él. Le veo convertido en el más justo de los jueces, honrado por los hombres y educando a un niño de cabellos rubios, que también llevará mi nombre, al que referirá mi historia con alterada voz.

”Esto que hago ahora, es mejor, mucho mejor que cuanto hice en la vida; y el descanso que voy a lograr es mucho más agradable que cuanto conocí anteriormente.”

 

F I N